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Ceylan.

LA INDIA

Y

LA INDO CHINA

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CAPÍTULO DOS

Ceylan.

Prosiguió su marcha el Santiago, rumbo al Sudeste, y al cabo de ocho días de navegación aparecía en lontananza, como suspendido en los aires, sobre las nubes, el famoso Pico de Adán, cima culminante de la antigua ínsula Trapobana, hoy Ceylan, fondeando el vapor á las pocas horas en la bahía de Colombo, puerto y capital de la isla, en la costa occidental de ésta. No había sido esta vez la travesía tan aburrida como la del Mar Rojo, conservando de ella D. Severiano Ansúrez, que así se llamaba el galeno, el recuerdo del cabo Guardafuí, punta extrema oriental del África, en la costa meridional del golfo de Aden, de la isla Socotora, al este del cabo susodicho, y del grupo de las Maldivas, centinelas avanzados al oeste de Ceylan, notables por su espléndida vegetación de palmeras, que las hace aparecer como verdes canastillas en medio del mar azul.

Es Colombo toda una gran ciudad, con 127.000 habitantes, y un importantísimo centro comercial, pues no bajan de 4.000 los buques que allí entran y salen anualmente. La población está dividida en dos barrios: el europeo y el indígena, radicando en el primero, al Norte y á orillas del Kalani, las dependencias del Gobierno de la Colonia, las bibliotecas, los museos, la Bolsa, la catedral católica (1877), los templos protestantes, los hospitales, etc., y ocupado el segundo por las viviendas y pagodas de los cingaleses.

De igual manera que sucediera en Aden, apresuráronse los viajeros á saltar en tierra, pero esta vez el espectáculo era radicalísimamente distinto. Todo lo que en Aden era aridez y negrura se cambiaba en Ceylan en vegetación exuberante, violenta, furiosa, si así puede decirse. Colombo, con ser tan grande, parecía ahogada por el peso del verdor que por doquier la rodeaba, la llenaba, la invadía; las palmeras ocultaban bajo su follaje las fachadas, los árboles de vastísimo ramaje interceptaban la perspectiva de las calles, los jardines de que están rodeadas allí las casas constituían otros tantos obstáculos para descubrir las moradas, y á la atmósfera abrasada y polvorienta de Aden sucedía un ambiente húmedo, denso, más pesado aún con las fuertes emanaciones de las flores y las plantas por do quier presentes.

Era entonces al caer de la tarde, y D. Severiano, solo esta vez, recorría, sintiéndose lleno de extrañeza, las calles, largas y anchas, de rojizo suelo, sombreadas por colosales palmeras, con las casas ocultas entre la espesura de los jardines, que saturaban la atmósfera con sus penetrantes aromas de sándalo, de canela, de alcanfor y de otros mil desconocidos olores, suaves, irritantes, de todo género.

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Mareado casi, detúvose D. Severiano, y se sentó frente á la verja de un jardín. Y allí pudo formarse cargo de lo que era la vegetación en aquella tierra: el tal jardín, uno de tantos nada más, era como el sueño realizado de un paraíso tropical: inmensos cocoteros, palmeras de innumerables variedades, helechos de desaforada corpulencia, ebenuces, pinas de Indias, sándalos, cedros, canelos de altura descomunal, baobabs, laureles de alcanfor y cien otros árboles tropicales crecían, y por decirlo así, entretejían sus ramas sobre una espesísima alfombra de toda suerte de flores de esplendísimas corolas, entre las cuales sobresalían, surgiendo de en medio de un estanque, los magníficos lotos de color de rosa, mientras que allá en el fondo se levantaba, blanca como una visión, la casa, la villa, empenachada de verdura y rajada y hendida por hermosas galerías, escalinatas, balaustradas, marquesinas, terrazas, miradores, con flores por doquier, y lámparas, y pajareras, y linternas, y mil objetos peregrinos, los únicos en consonancia con la rareza del lugar.

No había visto jamás igual nuestro D. Severiano, pero hete ahí que cuando más embebecido estaba en la contemplación de aquellas maravillas tropicales, hubo de volverle á la realidad una formidable rociada que recibió de pronto y que le hizo, poner pies en polvorosa para refugiarse en un Hotel allí vecino. Era que, de pronto, descargaba un chubasco.

Presente aún en su memoria el recuerdo del famoso restaurant de Aden, creyóse de pronto nuestro médico que se había equivocado al ver el lujo del salón donde penetrara, pero no le duró mucho la incertidumbre: se hallaba en el comedor del hotel.

Sentóse D. Severiano á la mesa, ya que allí no se iba á beber cerveza sino á comer, y hubo de llamarle desde luego la atención la heterogénea procedencia de los comensales; de todo había allí: ingleses, de frac y corbata blanca, rubios, colorados y orgullosos, de paso para la India, para Nueva Zelandia, para Australia, y también inglesas, de cuellos no menos envarados y de cabellos no menos rubios y de trajes no menos ceremoniosos que los hombres; chinos, annamitas, alemanes, franceses, de paso para el Tonkin, japoneses, rusos, armenios; y sirviendo á todos numerosos cingaleses, de aspecto delicado, piel bronceada, larguísimos cabellos, recogidos en moño y sujetos por un peine de concha, rostros lampiños y llenos de dulzura, y por vestido unas ligeras cuanto limpias enaguas blancas.

Eran larguísimas las mesas, cubiertas de magnífica vajilla y por de contado, adornadas con infinidad de flores colocadas en sendos búcaros y centros de cristal, pero lo que llamó más que nada la atención del vallisoletano fueron los inmensos punkas ó abanicos de rojo color, que un criado hacía mover acompasadamente yendo de una pared á otra, como gigantesco péndulo, produciendo una continua y suave renovación del aire, muy agradable á tales horas y en semejante ocasión.

Comía D. Severiano con singular apetito, pero sin llegar de mucho á lo que engullían los ingleses, aunque le hubiera sido difícil averiguar que platos eran aquellos tan sabrosos; en cambio no parecía disponer de tan buen estómago uno de sus vecinos, el que tenía á la izquierda, sujeto de unos treinta años, y que, por sus trazas parecía meriodional de Europa.

Mirábale éste á D . Severiano con cierta curiosidad, como si tuviera deseos de entablar conversación con él, hasta que por fin se decidió á ello preguntándole en inglés si hacía mucho que había llegado á Colombo. D. Severiano, que ignoraba casi por completo el idioma de Shakpeare le respondió en mal chapurreado francés que había llegado aquella tarde y se marchaba á la siguiente noche, y el otro, entonces, repuso en castellano bastante correcto:

—Es V. español, me parece.

—Sí, señor, dijo Ansúrez; del riñon de Castilla, de Valladolid.

—Somos vecinos, replicó el otro. Yo soy portugués, de Oporto, y he tenido mucho negocio con Galicia; hace dos años pasé á fundar en Cloa una casa de comercio y he de venir con frecuencia á Ceylan, pero el clima no me prueba, y quiero realizar en breve mis existencias para regresar á mi país, donde me dedicaré á criar gallinas.

—¿Tan temprano?

—Sí; tengo ya lo bastante para mis necesidades y estoy cansado de correr mundo.

—Bueno es, sin embargo, viajar algo. Si nadie se moviera de su casa las naciones quedarían estadizas.

—Estoy conforme con lo que dice V., pero, amigo, la salud ante todo.

—Justamente.

—Y por estas tierras se echa á perder muy fácilmente, sobre todo si uno no se conduce con la mayor templanza. Pero, dejando eso aparte ¿dice V. que se va mañana?

—Sin falta; al anochecer.

—Pues entonces aún tendríamos tiempo de llegarnos hasta Kandí, donde tengo una sucursal. Está ahí mismo, y se vá en ferrocarril. No desaire V. mi invitación, si le es posible; no sabe V. la alegría que me ha dado encontrarme con un casi portugués.

—Y á mí con un casi español, respondió Ansúrez. Acepto, mi querido señor…

—Antonio José de Mora Barrientos Salgado, servidor de usted.

—Muchas gracias.

—Pues entonces, le espero á V. mañana en la estación, á las seis.

—No faltaré.

El vallisoletano fué exactísimo, con gran satisfacción del Sr. Mora Barrientos, que ya no parecía el mismo según la animación de su semblante.

Una vez en el coche dijo el lusitano:

—Ya ve V. las vueltas que da el mundo. Esto era nuestro; nosotros introdujimos aquí el cristianismo, nosotros regeneramos la raza, pero vinieron los holandeses y poco á poco nos lo fueron quitando todo, hasta que á su vez, fueron arrojados de aquí por los ingleses.

—Justo castigo á su perversidad, interrumpió Ansúrez.

—Sólo quedan como recuerdo de nuestra dominación algunos nombres, como Colombo,—el apellido del descubridor de América,—y algunas familias, de pura cepa portuguesa, aunque reducidas hoy á la más humilde condición; en cambio, los burghers, quiero decir, los mestizos de holandeses é ingleses y cingaleses lo llenan todo: oficinas, comercio, magistratura.

Pero en fin, ¡qué le vamos á hacer!

—Sí; lo mejor es tomar las cosas con filosofía.

—Aparte de esto, sería injusto negar la inmensa pérdida que sufrimos al ser desposeídos de esta isla magnífica, tan importante por muchos y distintos conceptos. Es grande,—63.975 kilómetros cuadrados; tiene 1,100 kilómetros de circuito; no es malsana, no es excesivamente calurosa, y es imponderablemente rica y no menos imponderablemente interesante para esos que estudian las artes, la literatura y las religiones de la India.

La isla afecta la forma de una almendra, con la punta al norte y la base al sur. El litoral es llano y ofrece pocos accidentes; las montañas se hallan en el centro y hacia el S., y se levantan en ellas algunos picos de respetable altura, como el de Adán que tiene 2.262 metros, y aún le supera otro, el Pedrotallagalla, que tiene 2.540 metros. En punto á ríos, pocos países están mejor regados que este, y si bienios de las llanuras se secan con frecuencia, no puede darse más abundancia de aguas que la que se ve en los altos valles. Lagos no los hay, pero los antiguos reyes de Ceylan construyeron tan soberbios pantanos y trincheras para sustituirlos, que basta ver la magnificencia de tales obras para apreciar toda la grandeza de aquellos soberanos. El clima es sano, fuera de las partes bajas, donde las fiebres no respetan ni aún á los indígenas, y no se siente tanto calor como en el continente.

Abunda esta isla en ricas minas de hierro, antracita, kaolín y plombagina; en yacimientos de diamantes, rubíes, granates y záfiros, y es muy productiva la extracción de sal de las lagunas de la costa, pero los principales rendimientos se deben al reino vegetal; la vegetación como habrá V. podido ver en los Jardines de los Cinamomos

—V. dispense, pero no he visto eso, replicó Ansúrez.

—Sí, señor; es el barrio donde está el hotel en que tuve el gusto de verle á V. anoche. Los holandeses que lo fundaron le pusieron este nombre.

—Perdone V. mi interrupción, Sr. Mora, y le ruego continúe…

—Pues, como le decía á V. y habrá V. visto, no puede ser más espléndida la vegetación de Ceylan: aquí se da de una manera prodigiosa el arroz, base de la alimentación de los indígenas; crecen después el café, la canela, el cocotero, el the, la quina, el cacao. No le hablo de los árboles silvestres, porque sería interminable la enumeración y tienen su análogo en los bosques de la India y de la Malasia, pero si diré que hay algunas especies exclusivamente propias de aquí, como el baobab, el ebenuz, el árbol de la nuez moscada, el mangustan, el dorian,—introducido por nosotros,—y gran número de palmeras como el dhum de Egipto que ha adquirido un desarrollo soberbio, la palmera roten, la de asta única, el árbol del pan, la tuna, el caobo… En fin, baste decir para dar idea de lo que es este país que se cuentan más de 3.000 especies de plantas fanerógamas ..

—¡Es asombroso! exclamó D. Severiano.

—En cuanto al reino animal, conviene V. saber que no hay aquí tigres, ni lobos, ni tampoco antílopes, y que apenas quedan elefantes; en cambio pida V. monos de toda casta, y papagayos de brillantísimos colores, y guárdese de ciertas minúsculas sanguijuelas que pululan á millares por los bosques. Abundan en las costas las ostras perlíferas, aunque, por lo mucho que se explota esa riqueza lleva trazas de dar fin en breve. La principal ocupación del país es la agricultura; la industria cuenta por poco; el comercio se ejerce en la exportación de café, canela, aceite de coco, especias, lana, madera de nogal, diamantes y perlas, y en la importación de productos manufacturados de Europa…

—¿Y qué es lo que V. exporta ó importa? preguntó Ansúrez, que no acababa de convencerse de que aquel hablador fuese el desganado comensal que tenía á su lado la noche antes.

—Pues ¡canela! replicó el portugués, como asombrado de la pregunta. Y, sin esperar á que el otro le preguntase, prosiguió, disparado: —Y que este país prospera se lo demostrará á V. el aumento de la población: era esta de 2.405,000 habitantes en 1871; hoy llega á cerca de tres millones y medio.

Estos pobladores pertenecen á distintas razas: tenemos primero los aborígenes, es decir, los cingaleses; estos ocupan la parte central y meridional (la montuosa) y todo el litoral de poniente y forman dos clases: los Patarata…

—V. dispense, ¿cómo dice V.? preguntó Ansúrez algo extrañado, ¿los Patarata?

—Eso mismo, los Patarata ó sea gente de la tierra baja, y los Udarata, o gentes de la tierra alta. Los cingaleses forman el 67 por 100 de la población total; ocupan las tres cuartas partes de su superficie y profesan el budhismo el 91 por 100 y el cristianismo el 9 por igual proporción.

Siguen á los cingaleses los hindos venidos del Coromanclel; forman el 25 por 100 de la población total, están acantonados en el Norte,-—la parte llana,—y el litoral oriental, y profesan el cristianiemo el 14 por 100. El resto de la población está compuesto de moros, malayos y europeos.

En cuanto al gobierno, es Ceylan una colonia inglesa que en lugar de depender de la administración de la India depende directamente de la metrópoli. Está dividida en ocho provincias (del Norte, del Sur, del Este, del Nordeste, Central, etcétera), y cada provincia en distritos, pero que no se llaman así sino con denominaciones cingalesas que marearían á cualquiera no tuviese la paciencia de un civilian inglés.

Estaba ya resuelto D. Severiano á manifestar al señor Antonio José de MoraBarrientos Salgado no se molestase en darle más explicaciones, cuando afortunadamente se detuvo el tren, y se oyó una voz que gritaba:

—¡Kandy!

—Ya estamos, exclamó alegremente el portugués, apresurándose á saltar del coche. ¡Vamos á casa!

No fué poca la extrañeza de D, Severiano al hallarse con que en Kan di hacía frío, pero no quiso quejarse y siguió al portugués hacia su morada, yéndosele de paso los ojos ante la extraña catadura de las gentes que encontraba. Las cingalesas, elegantemente envueltas en mantas de algodón de un solo color, blanco, carmesí ó pardo, recordaban por la manera como sabían hacer caer los pliegues de los paños las famosas estatuitas de barro cocido de Tanagra. Aparte de esto, veíase que aquellos habitantes eran gente pacífica, dichosa con su suerte y singularmente circunspecta. Veíanse poquísimos europeos, y menos casas también de este carácter: todo era indio puro; calles estrechas, casas bajas.  ceylan3

EL portugués le hizo entrar á su flamante amigo en un antiguo monasterio budhista, de puro estilo indiano, en la que se adora un diente de Budha y donde fueron recibidos por dos bonzos, envueltos en una especie de hopas amarillas, rapada la cabeza. El diente de marras está colocado dentro de una cajita cuajada de pedrería, encerrada en el interior de una imagen, en cristal, de Budha. No hizo gran caso D. Severiano del diente ni de las piedras, ni de las mil demoníacas esculturas de que estaban cubiertas las paredes, pero le costó contener en parte la admiración al asomarse á la balaustrada que forma uno de los lados de la pagoda, viendo el paisaje maravilloso que ante sus ojos se ofrecía: un lago artificial, de más de tres kilómetros de circuito, rodeado de bosques que parecían arrancados al sueño de un pintor de paisajes mágicos.

Llegaron por fin al bungalow del portugués, especie de cabaña oculta entre la tupida vegetación arbórea, y allí sí que D. Severiano no pudo menos de exclamar:

—Pues, amigo Mora, nadie diría que nos hallamos bajo el sexto paralelo sur.

—¿Por qué dice V. eso, amigo Almirez?

—Porque estoy, ya ve V. tiritando de frío; hasta temer que me salgan sabañones.

—Encenderemos fuego.

Así lo hicieron, con gran contentamiento del vallisoletano, el cual, repuesto ya, fué á visitar con su amigo la propiedad que éste tenía en Kandi, magnífica plantación de the, cacao y algodón, cultivada por cafres y negros, restos de unos contingentes importados á Ceylan por los ingleses para formar un regimiento, que luego fué disuelto, compuesto de cingaleses, tamils, malayos, negros de Jamaica y cafres del África Austral.

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Terminada su visita de inspección regresaron nuestros expedicionarios á Colombo, y como esta vez no estaba embargado D. Severiano por la chachara del lusitano, pudo á su sabor admirar el paisaje que se desarrollaba á ambos lados del tren, mientras bajaban; y ¡qué de cosas raras pudo observar! La máquina en vez de carbón, quemaba leñas odoríferas; las estaciones de la línea eran cabañitas tapizadas de llores trepadoras; parecía que el tren cruzara por en medio de un jardín, de chámpales y frangipanes, alegrado por bandadas de papagayos multicolores y miríadas de mariposas de anchas alas, semejantes á fugaces pedrerías; y era ahora el bosque impenetrable, por entre cuya espesura veíanse mover pausadamente las moles grises de los elefantes y entre cuyas ramas armaban infernal estruendo millares de monos, entregados á las más grotescas cabriolas, y era enseguida una llanura medio agua plateada y medio verdor esmeraldino, los arrozales, hasta que por fin el tren no bajó más, deslizándose sobre la llanura fangosa bañada por el Kalani y cubierta de cauchos y bambúes.

Tiempo de sobras tuvo aún D. Severiano para volver á bordo antes de que el Santiago anunciara su partida, y no lo dio por mal empleado, pues tuvo ocasión de conocer á varios doctores ceylaneses, ataviados con el traje del país, y cuyo inglés, según le aseguró su amigo, no dejaba absolutamente nada que desear, siendo reconocidos universalmente como verdaderas notabilidades en su profesión.

Por fin hubo de despedirse nuestro médico de su excelente amigo portuense, que le rogó no dejara de comunicarle noticias de cómo lo pasara. Levó anclas el vapor, y prosiguió su marcha.

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Alfredo Opisso i Vinyas

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LA INDIA Y LA INDO CHINA.—ADEN.—Dos antiguos amigos.

LA INDIA

Y

LA INDO CHINA

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CAPÍTULO PRIMERO

ADEN.—Dos antiguos amigos.

Acababan de fondear en la bahía de Aden, una tarde del mes de abril de 189*, casi á la misma hora, dos colosales trasatlánticos: el Santiago, procedente de Barcelona, con rumbo á Manila, y el Imerina, que regresaba á Tolón, de vuelta de Madagascar.

Apenas hubieron anclado los dos vapores, apresuráronse los viajeros á saltar en tierra, anhelantes de librarse por algunas horas del horrible calor y la no muy agradable atmósfera de á bordo, por mas que les esperase un solemne desengaño al suponer que habrían de experimentar en Aden la inefable dicha de sentir un poco de frescura.

Sea como fuere, sin embargo, en breve quedaron poco menos que desiertos los vapores, dirigiéndose todo el mundo á la ciudad, con la esperanza de respirar allí á sus anchas, y el secreto anhelo de ver otras caras que las sempiternas de los compañeros de viaje.

El espectáculo que se ofreció á la vista de los impacientes pasajeros del Santiago una vez hubieron salido de la asfixiante atmósfera de cubierta,—guarnecida en toda su extensión por una doble tienda de lona, al objeto de librarse de la cegadora luz y el insoportable calor del febeo astro,—no era muy propio, sin embargo, para inspirarles gran confianza de encontrar inferior temperatura á la de 40° de que eran víctimas desde que, pasado el Canal de Suez, comenzaron á bajar por el Mar Rojo. Áridas montañas, formadas de rocas volcánicas, negras, de durísimos perfiles, como no las imaginara el propio Gustavo Doré para representar los más tétricos paisajes descritos en el poema inmortal del vate florentino, coronadas por numerosos fuertes en los que ondeaba la inevitable bandera inglesa, pesadilla de cuantos, no siendo ingleses, viajan por esos mares; en lo profundo, pues no merecía llamarse aquello valle sino pozo, Aden, no menos negro que las rocas, pero negro de carbón; arriba un cielo ferozmente azul, sin la más ligera nube; á la izquierda, una interminable franja cenicienta,—la costa de Arabia,—y en primer término una porción de grupos de negros de todos tamaños, cubiertos apenas con algún trapo rojo; multitud de judíos, pringosos, repugnantes, atosigando á los viajeros para que les comprasen plumas de avestruz; una fila de camellos, echados en tierra; una recua de mulos, de muy escasa talla, y cruzando indiferentes por entre la muchedumbre, dos soldados ingleses, tiesos y graves, armados con sendas raquetas de jugar al tennys. Muchos de los pasajeros del Santiago, convencidos de que en Aden no había nada que ver, como no fuesen depósitos de carbón, se dirigieron al restaurant de un Hotel, el único que podía jactarse de contar con un magnífico jardín, y en efecto, el jardín consistía en un patio, rodeado por una pared erizada de cascos de botellas y otros vidrios rotos, en cuyo centro crecían raquíticas y desmedradas cuatro acacias, objeto de celosísimo cuidado por parte de los dueños, ya que representaban la totalidad de la flora adeniana.

En torno de una mesa de aquel Edén, pues, tomaron asiento cuatro pasajeros del Santiago, á saber: un magistrado destinado á la audiencia de Manila, un médico vallisoletano que pensaba establecerse en Cebú, un comerciante catalán que tenía que hacer en Filipinas y un negociante vizcaíno que se proponía explotar una pesquería de perlas en cierta isla, que se callaba, de nuestro archipiélago oceánico.

Allí se estaban los citados señores quejándose de aquel calor bochornoso que les tenía medio derretidos, de aquel sudar sin fin, de aquel calentarse la ropa, como si á uno le envolvieran en vestidos puestos al horno, cuando apareció en el jardín un grupo de franceses, pasajeros del Imerina, que, saludando cortésmente á los españoles fueron á ocupar una mesa situada á corta distancia de la que hemos dicho, mas apenas habían tomado asiento, cuando se levantó uno de ellos, mozo de unos veinticinco años, alto, moreno, de rostro tan varonil como inteligente, y marcial apostura, el cual dirigiéndose hacia donde estaban los cuatro pasajeros españoles exclamó:

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—¡El mismo! ¡Por vida de!!! ¡Severiano!

Al oír aquella voz, levantó al punto la cabeza el médico, joven rubio, de finas facciones y delicado aspecto, y le faltó tiempo para arrojarse en brazos del otro, exclamando en voz embargada por la emoción:

—¡Rafael! ¡Pero si esto parece un sueño!

Grandemente hubieron de sorprenderse los circunstantes ante aquella escena, pero no tardaron en explicársela al decirles D. Severiano á sus compañeros de viaje:

—Señores, tengo el gusto de presentar á Vds. á mi amigo íntimo, D. Rafael Segovia, oficial de la legión extranjera de Francia.

—Pero siempre español, en cuerpo y alma, se apresuró á declarar Rafael. Azares de la vida me llevaron á Argelia, donde me alisté en el cuerpo á que he pertenecido hasta hace poco, pues ha terminado el plazo de mi enganche, y he recobrado mi plena libertad. Y ahora, con su permiso de Vds. desearía hablar á solas con mi amigo…

—Sí, señor; Vds. son muy dueños; ¡no faltaría más! Dijeron todos.

El ex militar francés se dirigió entonces á donde estaban sus camaradas, y enterándoles de lo que pasaba les pidió á su vez le excusasen si abandonaba su compañía.

Retiráronse los dos amigos á una sala del hotel, donde no había nadie ala sazón, y sentándose en sendas mecedoras, comenzó á decir Rafael:

—¡Qué dicha tan grande el habernos encontrado al cabo de una separación tan larga! ¿Y dónde vas ahora?

—A Filipinas; he alcanzado una plaza de médico titular de un pueblo cerca de Cebú… ¿Y tú, dónde vas?

—Pues; ni en cien años acertarás: voy á la India; he abandonado á Marte por Mercurio.

—¡A la India! ¿Y cómo es eso? ¿Conoces allí á alguien?

—¡Ya lo creo! Voy en condiciones magnificas; se trata de que entre al servicio de una Compañía Electricista, muy acaudalada, que tiene contraídos ya una porción de compromisos para construir tranvías, proporcionar fuerza motriz, alumbrado, y en una palabra todas las aplicaciones de la electricidad. Como en Magadascar, que acabamos de conquistar, es decir, que acaban de conquistar los franceses, no hay mas que ingleses, tuve ocasión de prestar cierto servicio á uno de esos señores, y este es el que me ha proporcionado la colocación, muy de mi gusto, pues entiendo bastante en esas cosas…

—Sí; porque te faltó poco para concluir los estudios de ingeniero que seguías en Glasgow…

Nublóse la frente de D. Rafael, y dijo:

—Desgracias de familia, como sabes, me llevaron á una situación desesperada, y de que salí gracias á tu familia y á algunos pocos más amigos de Valladolid. Pasé á Argelia; las cosas rodaron de mal en peor… y acabé por sentar plaza. He hecho la campaña de Madagascar, y en cuanto terminó pedí la absoluta, no queriendo reengancharme…

Rápidas transcurrieron las horas que pasaron juntos los dos amigos y paisanos, hasta que el ronco son de una sirena les arrancó á su coloquio, recordando á D. Severiano y sus compañeros que les esperaba el Santiago, y á bordo se fué, dejando lleno de tristeza á D. Rafael, que debía permanecer en Aden hasta la llegada del vapor inglés, Bentinok, en el que había de embarcarse para Bombay.

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Alfredo Opisso i Vinyas

UN CORAZÓN VIEJO (conclusión)

Un corazón viejo I

Un corazón viejo II

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UN CORAZÓN VIEJO (conclusión)

III

Conseguían lo que tanto habían deseado: eran riquísimos. Luciano podía realizar sus sueños de banquero: casa propia en la Castellana, coche á la puerta, una gran cruz, numerosos amigos etc…. etc…., y ni siquiera pensó en eso. Recibió el dinero que entraba por las puertas de su casa como recibiría al lodo de las calles en un día de lluvia: con la mayor indiferencia.

Supuso que el enfriamiento de su corazón constituía una oculta enfermedad y marchó á París para consultar á la ciencia médica. En España ¡verdadera desgracia! no debía de haber quien comprendiese su dolencia. Después pasó á Alemania, recorrió la Suiza y se instaló por algún tiempo en una casita de la pintoresca Niza.

Cuando al cabo de seis ó siete meses de viaje se presentó en su casa, Carmen le encontró desconocido. Había engrosado bárbaramente, traía un voraz apetito y una ansia de buenos bocados que no se satisfacía con nada. Tenía momentos de lucidez, ó más bien, de melancolía, y momentos de una alegría loca y desenfrenada … (1) con algunas amigas decía …

—No sé lo que le da. Ayer mismo se destornillaba de risa…, pero él solo.

Tan saludable cambio lo atribuía al agua medicinal de unas botellas que trajo del extranjero.

Esta agua tenía la particularidad de poder beberse á cualquier hora del día ó de la noche. Las consecuencias del susodicho cambio se dejaron sentir bien pronto. Reunióse con sus antiguos compinches y volvió á jugar con mayor locura que antes. La banca se estableció en su casa, y allí pasaba muchísimas noches, rodeado de diez ó doce puntos que se divertían y le saqueaban de lo lindo.

Consuelo misma, la leal amiga de Carmen le hizo observar, llevándola una tarde á su habitación, las frecuentes visitas de Luciano á cierta viudita joven, vecina suya por más señas.

Otra noche, en un baile de máscaras, sobre la mesa del improvisado café volaron media docena de botellas y se promovió un escándalo mayúsculo. La opinión pública señaló á Luciano como su verdadero autor. Al mismo tiempo corría la voz de que en cierta ocasión que Carmen le había pedido explicación de su conducta, hubo de alzarle la mano y…. pero el portero negaba que fuesen verdad tantas medianas cosas como se contaban.

Lo positivo era que en el concepto general de la gente iba desmereciendo de tal manera que los menos de sus conocidos le acusaban de lunático, y otros afirmaban que había traído de París vena de loco; pero los más opinaban que no debía acabar bien.

Interrogado en el Casino el doctor Benítez, médico y amigo de la familia, contestó, sobre poco más ó menos con las siguientes reflexiones.

—Qué quieren ustedes que les diga, la manera de ser de nuestra juventud imprime y crea en nosotros una segunda naturaleza; todo suele depender de esto. El que se educa en el trabajo acaba por ser laborioso sin dificultad; el que se entrega á los vicios vuelve por recurso á sus antiguas mañas. El vicio es como una querida que no se deja tan fácilmente como algunos suponen. Con todo hay excepciones; pero me temo que nuestro amigo Luciano confirme la regla general.

Cruzaba, una noche Carmen, por el pasillo de una de las habitaciones de su marido cuando oyó un ruido particular de vasos, una algazara infernal, voces vinosas y descompuestas …. Dirigióse á la puerta de escape del cuarto más próximo, la entornó y miró: al rededor de una mesita de palo santo maqueada se hallaban sentados y en actitudes un tanto grotescas seis ó siete caballeritos, desconocidos totalmente para ella. En aquél momento Luciano, alegre y decidido como el que se dispone á brindar, se levantaba de su asiento tambaleándose. Reíanse todos entre cómicos gestos y expresivas muecas, bebían á sorbos y se daban palmaditas en el vientre. Entonces pudo ella observar, con no poco asombro, que las botellas que se iban apurando y adornaban la mesita, eran precisamente las mismas de la famosa agua medicinal.

Quedóse Carmen como petrificada y sus rodillas parecieron doblarse. Con profunda pena lo veía y desde lo más íntimo de su ser protestaba calladamente de aquel inmerecido castigo. Si la cruz caía como desechada de los brazos del hombre, ¿cómo no había de anonadar á la mujer? Cuando ella se retiraba oyóse cantar una copla con aire rasgado y rufianesco que dominó la confusa palabrería y dijo así:

A la sombra de un peral

suspiraba una carreta,

porque vio á la catedral

que estaba haciendo calceta.

Indudablemente todos estaban borrachos.

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JOSÉ Mª. MATHEU.  JMMatheu2

 

 

Publicado originalmente en

COLECCIÓN DIAMANTE XXII

Cuentos

Barcelona – 1890

Un corazón viejo I

Un corazón viejo II

UN CORAZÓN VIEJO II.

Un corazón viejo I

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UN CORAZÓN VIEJO

II

Ahora volvamos á nuestra tesis. Estos antecedentes eran necesarios para poder juzgar el estupor de Luciano, cuando la mirada de Carmen nada dijo a sus ojos, cuando se encontró sin voz y sin ideas á su lado, cuando sintióse frío y confuso en presencia de aquella hechicera criatura. En el primer momento Ilevóse la mano al pecho y oprimió su corazón, imaginando que habla cesado de latir. Admirada Carmen de tan largo silencio le dijo:

—¿Qué te pasa? ¿no hay nada que contar á tu mujercita? ¿De dónde vienes?

—Pues mira, dudo que pueda satisfacer tu curiosidad. Casi no sé de donde vengo.

Carmen le miró con extrañeza. Luciano añadió dos ó tres frases vulgarísimas, protestando para retirarse un cierto malestar, una pesadez grandísima de cabeza.

Se engañó á sí mismo, creyendo que en efecto podía ser un estado del alma pasajero. El golpe estaba dado, y una resolución interna se operó pacíficamente en su espíritu. Desde aquel día sus deseos, sus afectos, su imaginación, flotaron entre la indiferencia y el hastío. En Carmen encontró un adorno especial, un juguete de lujo, un joyero más ó menos bonito que podía poseer, y poseía, sin interesar á sus sentidos.

Contra este alucinamiento invocaba el recuerdo de su pasión, los incentivos de aquel último amor, el cariño de aquella mujer que le había arrancado de la vida mísera y aventurera para constituirlo en familia y regalarle en recompensa la felicidad. ¿Cómo dudarlo? había sido feliz en sus brazos. Bajo el azul de sus ojos, como bajo el azulado cielo, había sentido el deslumbramiento de lo infinito, la voluptuosidad de la luz, el interno placer que produce la contemplación del horizonte celeste, óptico de una viva imaginación que sueña con lo imposible, olvidándose de la tierra. Pues bien, todos estos recuerdos eran ineficaces para despertar de nuevo su sensibilidad. Parecíale que una lenta filtración de puro hielo había como atrofiado aquella víscera que representa la vida del sentimiento, las delicadezas y los entusiasmos de la juventud. Su corazón, como un viejo gastado, carecía de fuerzas hasta para sentir el espolazo del deseo. En vista de esto esperó inútilmente una semana y luego un mes. Lo que más le mortificaba era el disimulo. ¡Qué insufrible llegaba á ser para él aquella careta con que podía desfigurar algún tanto la deformidad de su hastío! Entonces recorrió al expediente de los maridos incorregibles en sus locuras; fingió que la tramitación del pleito reclamaba todos sus cuidados y pasaba los días fuera de casa.

Tenía Luciano un amigo que le llevaba en edad algunos años y además era viudo, dos circunstancias que debían darle más experiencia y conocimiento de las cosas de la vida. Luciano al menos se los daba, razón por la cual se presentó una mañana en su casa á hablar largamente de este usual negocio. Una vez en su despacho y cerrada la puerta le dijo con mucha seriedad.

—No sé, Alberto, si habrás pasado por lo que yo paso, pero te confieso de veras que haría cualquier sacrificio por ahorrarme esta pena….

—Veamos de que se trata—indicó Alberto contemplando con cierta curiosidad el rostro adusto, oscuro, moreno casi bronceado de su amigo.

—Acabo de ver á Carmen….

—Se trata de tu mujer? me lo figuraba. Es una epidemia contemporánea, aunque pasajera, que ataca á la mayoría de los casados. ¿Con quién la has visto?

—No es eso. Déjame concluir la frase: acabo de ver á Carmen llorando. A mi no me vela porque ha sido por mi parte una sorpresa. Estaba sola en su tocador, enjugándose las lágrimas… La vi y la dejé con la mayor indiferencia.

—Nada, tú como si tal cosa. ¡Muy bien! Admirable! pero permíteme que te lo diga: tú no tienes sentido.

—No es eso. No olvides como la conocí y de que modo nació nuestra pasión. Hoy, querido Alberto, nuestro pasado no existe. No hay afecto posible que nos una. Es como si fuese para mi imaginación una figura borrosa á punto de desvanecerse por completo. Mujer, joven, bella, encantadora…. pues no la deseo.

—¿Acabaste? ignoras acaso que debe haber una higiene para el alma lo mismo que para el cuerpo? Tal vez estás hastiado de tu mujer … Tú no eres joven, y, sin embargo, te has precipitado como los jóvenes; has hecho un viaje de quince meses en quince días. Pues mira, la felicidad del matrimonio es como un reloj descompuesto; unas veces se atrasa y otras se adelanta. En saber esperar la hora oportuna estriba el ingenio del marido. Lo preveo…. y lo temo: tú vives adelantado.

—Tampoco es eso.

—¿Tampoco? pues entonces ¿quién diablos te entiende?

—Escucha. La pasión momentánea, las fuerzas físicas…. comprendo que se agoten; pero la energía moral, el cariño, el afecto vivo…. ¿ves que inmensa desgracia? yo no amo á Carmen. Aquí—repetía Luciano, golpeándose el pecho como un ardiente devoto —aquí no existe nada para ella. Y yo sufro.

—Es extraño…. Pero ante todo un consejo de amigo y concluyamos. Lo que no encuentras en casa búscalo fuera. Antes que sufrir envejeciendo conviene distraerse, aunque sea cantando; ahora, no vayas á tomar las palabras al pie de la letra; me refiero al espíritu, al esparcimiento del ánimo, á la alegría sensata, á los placeres naturales que no embrutecen. ¡Quién sabe! á veces los empalagosos manjares de los convites y banquetes extraordinarios nos traen á la memoria el sencillo guisado de nuestra mesa, ó el cocido del artesano saboreado al pie de la obra empezada. Bueno será que pruebes.

Y Luciano se despidió de su amigo, prometiéndole hacer la prueba.

Pero sucedió que si antes pasaba los días fuera de casa, ahora fueron las noches, y hubo que poner al amigo Alberto punto menos que á las puertas de la muerte, como excusa para ir á velarlo con frecuencia. Llegó Carmen, celosa como nunca, á percibirse de los trapicheos de su marido, y un día, reuniendo todas sus fuerzas, concentrando sus rabias y furores en una explosión suprema, le dirigió esta pregunta:

—¿Dónde pasaste ayer la noche?

—Naturalmente…. —contestó él con visible contrariedad —en casa de Alberto. Ya sabes como se encuentra y que sigue bastante grave.

—Te equivocas…. ¿Qué te hice yo para que así me abofetees? Tú no puedes disimular ni disfrazar tu rostro; leyendo estoy en tus ojos: me engañas.

Calló Luciano, puesto, según expresión vulgar entre la espada y la pared. Mal si le mentía y peor si le confesaba la verdad. Entonces trato de recurrir como un pecador cualquiera al arrepentimiento:

—Perdón Carmen mía, perdóname…. ya sé que no lo merezco…. ya sé que no es corresponder á tu cariño…. Fue una debilidad que no volveré á tener, yo te lo juro.

Mirábalo ella con asombro. Estas palabras dulces y sentidas contrastaban desde luego con la dureza y la inmovilidad de su semblante. Una estatua de piedra que pudiera hablar hubiérale causado menos efecto; parecía imposible que Luciano se expresara de aquel modo. ¡Ah! si el hielo de los estanques tuviera algún tiempo voz, hablarla con menos frialdad seguramente. Carmen tornó á mirarle y no le vio sus ojos se arrasaron en lágrimas. Corrió á su alcoba porque Luciano no la observara, porque necesitaba estar sola y darse cuenta de aquella triste realidad que le abrumaba. Así pasó la noche.

Al otro día siguiendo la conducta del arrepentido almorzaba Luciano en compañía de su mujer. Aunque Alberto no intervenía como abogado en la cuestión del pleito, supo por coincidencia el fallo del tribunal, y olvidando por completo su papel de enfermo gravísimo, se presentó en casa de su amigo. Imagínese el disgusto de Luciano y la pena más honda y más acerba de Carmen, al ver confirmada con la presencia del supuesto doliente, hasta la última de sus sospechas.

—Soy el primero —dijo Alberto— en traeros la noticia que menos esperabais en este momento. Que sea enhorabuena.

Las magnificas dehesas de Toledo son vuestras. Es un verdadero capitalazo. Conque buen provecho os haga y….

Ambos callaron al oírle. Alberto continuó aunque contrariado:

«Bonito recibimiento!…. ni siquiera me dais las gracias.»

Luciano se apresuró á levantarse.— Dispénsame querido: ninguno de los dos estamos bien. Yo debo tener fiebre, y por eso me ves así.

—No lo niego, pero qué diantre! no será para tanto. Cualquiera pensaría que he venido á despedir algún duelo.

Después le ocurrió de pronto. Cayó en la cuenta de la enfermedad imaginaria , pero ya no tenía remedio.

 

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cont1Conclusión

JOSÉ Mª. MATHEU.

Publicado originalmente en

COLECCIÓN DIAMANTE XXII

Cuentos

Barcelona – 1890

UN CORAZÓN VIEJO

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UN CORAZÓN VIEJO

I

Hay momentos en los que el hombre de más valor y más grande espíritu se siente cobarde y como sobrecogido de inexplicable espanto; en uno de estos precisamente, se encontraba Luciano cuando al volver á su casa, y al sentarse junto al bastidor donde bordaba Carmen, viose acometido de un indecible aburrimiento y de una mortal indiferencia.

En otras ocasiones, la mirada de Carmen llegando hasta el fondo de su pecho, Ilenábalo de una santa tranquilidad, de un súbito regocijo, avivaba recuerdos que dormían, suscitaba esperanzas que alboreaban, y todos estos plácidos y alegres sentimientos se condensaban en una interna satisfacción que invadía todo su ser y ponía en sus labios una palabra dulce, efusiva, interminable, una locuacidad de niño una charla de cortesano que repite la misma idea bajo mil formas distintas, buscando siempre lo vario bajo lo agradable. Le hablaba de sus amigos, de sus aventuras, de sus aspiraciones, mezclando de este modo lo presente con lo pasado y mostrándose tal como era: una alma apasionada, móvil, activa y tempestuosa.

Había obtenido triunfos en su carrera, habla sido orador y después político. Después, tentando fortuna se metió en la Bolsa y jugó. Tras los azares del juego vinieron las tormentas del corazón, lo cual parece extraño, pero era hombre así. Y el dinero ganado con tan buena suerte lo derrochó en aventuras y en amistades improvisadas. Esto lo sabía su mujer, porque Luciano tenía el don de los hombres apasionados: la franqueza; sus extravíos lo mismo que sus ideas no quedaban en el fondo de la conciencia, subían á flor de agua, se hacían trasparentes.

Lanzado al mundo antes de los quince años, complicado en todas las peripecias de la vida política, traído y llevado por las corrientes de la pasión, había vivido mucho en breve tiempo. Libó de todas las flores posibles; paladeó el vino de todas las embriagueces, desde el beso de la virgen hasta la alegría insólita y profunda del jugador que ve sus bolsillos atestados de oro. Y para que los contrastes fuesen más violentos, después del derroche apareció la pobreza; pobreza relativa, si se quiere, porque su padre había muerto intestado, y creía tener cierto derecho á unas magníficas dehesas próximas á Toledo, llamadas allí guadalerzas, que le disputaban los parientes de su madre. El litigio fué de rigor.

Tal vez su actividad y su perseverancia hubieran apresurado el desenlace, pero olvidóse de demandas y notificaciones, de notarios y leguleyos y pensó en Carmen. Tres meses después estaba casado.

Como Carmen era rica, Luciano pudo salir á flote. Además de esta riqueza poseía otros encantos naturales que la sublimaban sobre el vulgo de las de su sexo. Era mucho más que bonita; era adorable. Más bien blanca que rubia, tenía la languidez propia de las mujeres meridionales y cierta gracia natural y cierta timidez sin afectación, que producían al presentarse en cualquier parte, singular encanto y una como corriente magnética de simpatía. A esta belleza exterior de su espíritu, á ese conjunto de cosas agradables, unía la distinción de sus maneras. Tenía formas aristocráticas sin haberlas heredado.

Su carácter armonizaba con la impresión que producía su rostro, su mirada, el tono de su voz y hasta su particular belleza. Era dulce como su imaginación quieta y reposada, con un fondo permanente de pureza. Sin embargo, cuando se aferraba á una idea llegaba hasta la tenacidad, lo cual es propio y forma quizá como un contrasentido en algunos espíritus débiles y afeminados.

Esta era la esposa de Luciano hacía cinco meses.

Accediendo á sus repetidas instancias volvió á activar el pleito que dormía en la curia, pagando á los ministriles sus enormes atrasos.

cont1Segunda parte.

JMMatheu2JOSÉ Mª. MATHEU.

Publicado originalmente en

COLECCIÓN DIAMANTE XXII

Cuentos

Barcelona – 1890

 

 

 

 

 

 

 

LA REMOLIENDA (conclusión)

LA REMOLIENDA (conclusión)

(COSTUMBRES CHILENAS)

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…Efectivamente, Antuca aguardaba que le diese Cucho celos con los dos petimetres que le calentaban los oídos, pero no estaba preparada para una pregunta que le llegaba á lo vivo. Era verdad que había mirado á la puerta varias veces y hasta que había parado la oreja, fingiéndose distraída, escuchando si sonaban pisadas de caballo sobre los morrillos del patio, pero no creyó que su novio pudiese penetrar su pensamiento ni sus miradas.

-Vaya, Antuquita, confiésame que algo te farta.

-A mí no me falta naita, que too lo tengo.

-Yo sí que lo tengo too, ingratona, cuando sueño que tú me quieres; pero mira, niña: hace ocho días que no duermo pensando en un hombre que en mal hora ha venío á esta casa para llenarme el alma de congojas.

-¿Y pues de quién hablas?

-¿Mo te lo has figurao? del que no ha venío hoy, de ese buen moso santíaguino, á quien Dios confunda.

-Tú tas vuelto loco, Cuchito. ¿Piensas que una persona como esa había de querer casarse con una huasa?

-Casarse no, pero pienso que está templao contigo (enamorado de tí) y que no te disgusta su temple: ya lo creo, ¡como es tan guapaso!

-¿Sabis, Cucho, que estáis mú cargoso (cargante)?

-Lo que estoy es loco; tan loco, que sería capaz de matar á ese hombre si tú le correspondieses.

Antuca se puso pálida; envolvió á Cucho en una mirada, centelleante primero y graciosa después, en una mirada de las que apaciguan las tempestades de celos, y le dijo:

-Porque sabes que te quiero te pones así, pero sábete al mesmo tiempo que si por celos tocas á ese señor… ó á otro, jamás de la vida me casaré contigo y llegaré á tenerte tanto odio como amor te tengo en el día.

-¡Ay, niña! pues no será mucho.

Geniaso diablo, no me des penas, cuando no pienso más que en divertirme.

Y Antuca se dirigió á ocupar una silla junto á las cantaoras á tiempo que éstas decían:

Una mujer y una liebre

¡Ay, por Diosl

Se apostaron á correr

¡Ay de mí, qué haré yo!

Y como el premio era un hombre

¡Ay, por Dios!

Se lo llevo la mujer.

¡Ay de mí, qué haré yo!

Tremenda algazara siguió á la copla con la cual dio fin la tonada.

Los vasos de chicha corrían de mano en mano; las copas del aguardiente tampoco estaban en reposo, y cada cual brindaba con la persona de sus simpatías, siguiendo la costumbre de América, en donde nadie bebe sin invitar á otro para que lo acompañe.

-Tomaremos (beberemos) por esto, decían unos; tomaremos por aquello, respondían otros; por Antuquita; por la niña regalona (mimada) por su paire (padre); -y libación tras libación iban las cabezas desvaneciéndose, los pechos caldeándose, y ya se escuchaban frases apasionadas, se pescaban miradas tiernas, y se advertían contactos y cuchicheos íntimos y recatados.

Y es que el chileno, cuyo carácter difiere en mucho del resto de los americanos, no se muestra expansivo hasta que un agente cascabelero y entusiasta se le apodera del cerebro, dando al traste con la seriedad de que reviste todos sus actos.

Comienzan los compases de otra cueca y se oyen piafar caballos en el patio.

Antuca, apercibida antes que nadie, corre hacia la puerta y ve dos jinetes que echan pie á tierra: no cabe en sí de orgullo y de gozo; es el caballero santíaguino, es el buen mozo, que tantos celos inspira al mayordomo, que no se ha olvidado de su santo patrón.

Cesó la música porque todo el mundo se agolpó á la puerta para ver quiénes eran los recién llegados, pero Cucho que no necesitaba verlos para saber que allí estaba su rival, continuó inmóvil con la mano puesta sobre el gancho de la montura, los ojos fijos en el suelo y el oído atento á los golpes con que á su corazón llamaban los celos despiadadamente.

-¡Cucho! – gritó Antuca -recoge estos caballos.

Una bofetada traidora que le hubieran dado, á él, que no aguantaba desmanes de nadie, no le hubiera producido ira más reconcentrada que la que aquel mandato le producía.

-¿Qué hacis, Cucho? ¿no oíste? Recogei estos caballos.

Cucho dio un paso, pero volvió á quedar inmóvil. Por fin, ejerciendo fuerte presión sobre su orgullo indomable, adelantó hasta la puerta; llamó con un grito á un peón y le transmitió la orden que había recibido, volviéndose inmediatamente al lado de la silla de montar que parecía objeto aquella noche de sus amores y de sus ilusiones.

Los recién llegados, después de saludar al amo de casa fueron con Antuca hacia la mesa llena de vasos, copas y botellas, brindando con la joven que con una copita de mistela acompañó las de aguardiente que tomaron ellos.

Ambos eran jóvenes y guapos, pero Ramón Llamas, el odiado rival del mayordomo de la chacra, era la más bella figura que un escultor pudiera elegir para modelo de masculina corrección.

Quizás en un salón del gran mundo no fuese tipo de suprema elegancia; pero en el campo, con el pintoresco traje de montar, en aquella atmósfera saturada de galantes requiebros, de amores apenas velados, y de confianzas que estaban muy lejos de ser licencias pero que seducían por el arrebatado desorden de la autonomía individual, era Ramón algo como una tentación diabólica que atraía las miradas de las mujeres y hacía con las suyas que la sangre de las impresionables huasas circulase por las venas cual ardiente lava por los calcinados surcos de las montañas ígneas.

-Creí que no venía V. á felicitarme, -díjole Antuca bajando los párpados con más cortedad de la que hablaba á su mayordomo.

-¿Me echaba de menos, niña?

-¡Y cómo no!

-¿Es decir, que se acordaba de mi?

-¡Qué gracioso! ¿Y no había de acordarme?

-Se lo agradezco: pues tomanos por ese recuerdo.

-Tomemos.

Esta libación era casi un pacto; y Cucho que los había visto beber brindando por algo que no comprendía, pero por algo al fin, tuvo impulsos de interponerse y de arrebatar de la mano de Llamas la copa, antes que pudiera llevarla á sus labios. Reparó también ¿y cómo no repararlo? que habían bebido mirándose con fijeza, diciéndose con la mirada lo que no puede traducir el humano lenguaje, y él sabía que esta manera de brindar era valor entendido entre enamorados que no necesitan balbucear frases para saber por lo que brindan y por lo que hacen votos.

He dicho que vestía Ramón Llamas el traje de campo y debo explicar en qué consistía.

Del pantalón poco puedo decir: desaparecía bajo las botas de cuero encarnado, que se prolongaban hasta el muslo, y una americana de terciopelo negro bajaba hasta tocar con la caña de la bota. El poncho de vicuña, corto, como en Chile se usan, habíalo recogido sobre el hombro derecho para más libertad del brazo, y un finísimo sombrero de castor, de anchas alas, sombreaba su rostro, prestando á la figura irresistible atractivo.

Ramón Llamas, vestido de aquel modo, estaba pídiendo á gritos el pincel de Van Dyck.

Cucho acumulaba todas las penas del infierno dentro del pecho, y clavaba las uñas en las palmas de las manos sin que los dolores del alma diesen permiso á la carne para sentir el martirio.

Ramón y Antuca fueron á sentarse juntos, muy juntos, y el santiaguino que en los primeros momentos pudo haberse mostrado poco expansivo, se transformaba á los ojos del huaso, que le parecía ver en él un demonio de siniestra hermosura, ante cuya presencia sentía flaquear su valor, porque era tan hechicero aquel hombre, que casi encontraba justificable la infidelidad de su amada.

La cueca, que se interrumpiera con la llegada de Llamas y de su compañero, comenzó de nuevo, y Cucho, sin meditarlo, obedeciendo seguramente al deseo de apartar á su niña de aquel satán fascinador, se dirigió á ella resueltamente y la invitó á bailar.

Antuca le contestó con bastante aspereza: -Después. Ahora voy á bailar con el caballero.

Sintió el huaso el desaire en medio del alma y sin replicar retiróse al sitio que parecía tenerlo encantado, pero rebosando odio por todos sus poros.

-Vamos á bailar esta copla, -dijo Antuca levantándose, sacudiendo su pañuelo y saliendo al medio de la sala seguida de Ramón que también se aprontaba para ponerse en facha.

La fisonomía de Antuca no brillaba con los fulgores de la coquetería y de la gracia, como cuando requebrándose juguetona se había puesto frente á Cucho. Estaba más pálida: sentía un desasosiego que jamás había sentido y por vez primera en su vida tenía necesidad de que se acabase la remolienda y hubiera querido quedarse sola con el hermoso forastero para que sin testigos le repitiese las palabras que acababa de decirle.

Cucho la devoraba con los ojos.

Comenzó la copla y comenzó el paseo de los bailadores.

La cantaora decía desgañitándose:

Y siempre dando y cavando

Contra tu propia existencia.

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Las figuras habían comenzado y Antuca no parecía la misma; no mareaba á este compañero como había mareado al anterior; no le incitaba acercándosele para huir y obligarle á seguirla; por el contrario: se le pegaba tanto que en algunos momentos confundíanse sus alientos y la mocita aspiraba con la nariz dilatada, los ojos entornados y los brazos caídos un perfume embriagador que laxaba su espíritu y ponía en traidora tensión su sistema nervioso. Antuca no flameaba el pañuelo y esto era imperdonable en bailadora que tan á maravilla solía pasarlo rozando la frente del hombre.

Ramón contagiado por la languidez de Antuca cuidaba más de fascinarla que de ganar fama en el baile, pero la concurrencia que no podía conformarse con que los bailarines se acariciasen solamente con la mirada, comenzó á soltar frases de las que en tales casos se estilan:

Échale guaras, -dijo una voz, y esto vale tanto como decir al hombre: «hazle quiebros y monadas.»

La cantaora repetía:

Y siempre dando y cavando

Contra tu propia existencia:

Si no halláis correspondencia

¿Por qué te estáis aguantando

iAy!layayay!

Que porqué te estáis aguantando…

—¡Aro! ¡aro!-gritó uno de los señoritos saliendo en medio de la estancia con una copa de aguardiente en cada mano, ofreciéndolas á los bailadores.

Las arpas y la cantaora cesaron, y por Dios que sin presumirlo fué oportuno el interruptor, pues ya por las pupilas de Cucho pasaban oleadas de sangre, y ni un segundo más hubiera dejado transcurrir sin lanzarse furioso en medio de la estancia para abofetear al hombre que le robaba su amor y su dicha.

La palabra ¡aro! pronunciada cuando se baila la zamacueca, supone interrupción del baile para beber, volviendo á reanudarlo una vez que se han apurado las copas.

Cucho salió al patio.

La cueca comenzó de nuevo y Ramón y Antuca volvieron á colocarse el uno frente al otro.

Ella miró recelosa á todas partes porque no estaba el huaso en su rincón, pero no alcanzó á verlo.

Cuando en la segunda vuelta comienzan las palmas de los concurrentes á jalear, animando á los bailadores, creyó oír Antuca que desde el patio los jaleaban también y le pareció que eran aquellas las palmas del mayordomo.

-¡Échale guaras! -dijo una voz ronca que la joven reconoció ser la de Cucho, y un frío glacial recorrió entonces sus miembros, pues no la inspiraba confianza aquella frase que venía del patio indudablemente y que estaba alterada tan perceptiblemente, que la joven tuvo miedo al huaso por vez primera desde que le conocía.

Entusiasmado Ramón, obedeció la voz de mando y se acercó á su pareja tanto, que se le vio posar sus labios sobre la cabeza que Antuca inclinaba más que de costumbre.

Una explosión de aplausos animó más y más al fogoso bailarín, y el entusiasmo de la concurrencia llegaba al colmo.

«¡Ay! ¡ayayay! -seguía jipiando la cantaora. -qué porqué te estáis oguantando…»

Llamas imprudentemente arrastrado por las ardientes miradas que Antuca le dirigía desde que él la animaba con sus escarceos y por la proximidad del rostro que la niña diabla casi le abandonaba, iba á posar de nuevo sus labios no sobre el cabello sino sobre la mejilla incitante de su pareja, en el momento que un tiro de rifle sembró el terror y el espanto en aquella mansión de alborotada felicidad y el hermoso santiaguino cayó al suelo con el cráneo hecho pedazos.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Cucho desapareció de la chacra sin que lograse verle jamás ninguno de sus conocidos ni la policía pudiese dar con él, pero mis lectores volverán á encontrarlo en un episodio de mis viajes.

 

EVA CANEL

Leer: La remolienda (primera parte).

Publicado originalmente en

La Ilustración Artística

Barcelona 12 de mayo de 1890,

LA REMOLIENDA (Eva Canel)

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LA REMOLIENDA

(COSTUMBRES CHILENAS)

Miradla requebrándose incitante; llevando y trayendo á su pareja del uno al otro lado de la estancia, cogiendo apenas con la punta de los dedos de su mano izquierda la falda de apretados frunces y levantando graciosamente su derecha, en donde revolotea un pañuelo que parece el banderín de enganche de las mujeres sandungueras.

Es la huasa chilena, la hija de un diacarero (labrador) la que arrogante, con el cuello erguido, las mejillas echando lumbre y los ojos despidiendo chispas, aguarda que acaben los alborotados compases que de introducción sirven á la Zamacueca y á que comience la copla para contonearse arrullando á su pareja, tan pronto rozándole la mejilla con el juguetón pañuelo, como obligándole á seguirla jadeante, en fuerza de tantos quiebros y de tantas guiñadas.

El huaso (campesino), buen mozo, que de frente la mira, es un pretendiente con más estampa que fortuna; pues la ingrata de sus ilusiones, suele darle los más negros celos que jamás un corazón pudieran haber torturado.

Es Antuca (Antonia) una mocita caprichosa y coqueta, de talle esbelto y de cintura más cimbreadora que las palmeras del coco, ni alta ni baja, apretadita de carnes, de color tostado y de cutis suavísimo que exhala por todos los poros el perfume cálido de una sangre hirviente y pastosa.

Cucho (Agustín), su pretendiente, es el mayordomo de la chacra elevado casi á la categoría de dueño, pues el patrón padece una parálisis que le imposibilita para ocuparse de sus tierras, consistentes en una legua de terreno, bien cultivado, con cuyo producto viven con holgura y algo queda para obsequiar, siguiendo la hospitalaria costumbre americana, á todo el que echa pie á tierra en los dominios del hacendado, pidiendo un plato de cazuela para él y un pienso para su caballo.

Aspiraba el mayordomo á la mano de Antuca, sin otros títulos para merecerla que su figura no despreciable de huaso leío y escrebío que por algo sus difuntos padres le habían mandado de niño al colegio para que deprendiese lo que sabía.

Era trabajador y formal, bebía razonablemente, quiere decir, que ni perdía el aplomo ni se tomaba (emborrachaba), por lo cual conservaba siempre la serenidad, de que tanto gustaba su patrón, y no miraba éste con malos ojos que el amor hacia su hija, de día en día sentase con más arraigo sus reales en aquel corazón indomable á la par que ternísimo.

La caprichosa mocita cuidábase poco de que la traidora duda fuese causa de que despidiesen fulgurosos relámpagos las negras pupilas del huaso, cuando un golpetazo imprevisto sonaba cruel en la puerta medio entornada de sus esperanzas.

La noche que les vemos, uno frente á otro, mirándose, él á ella con pasión y á él ella con lánguida y traidora coquetería, celebrábase en la chacra el santo de Antuquita con una remolienda de las que empiezan en Chile, cuando menos se piensa, sin que al empezarla pueda nadie asegurar la hora ni el día que ha de tener término.

Gozaba el padre de Antuca fama de rumboso, y la verdad era que cuando en su hacienda se remolía arroyaban la chicha y el aguardiente y no se daban punto de reposo las arpistas y cántaras, hasta que al rayar el alba se descansaba para reparar las fuerzas con el exquisito charquicán.

Es este guiso chileno un caldo con tropezoncitos de charqui (cecina), tan gustoso y agradable que sabe á gloria después de una noche de remolienda de señores ó de huasos, que para los efectos del charquicán viene á ser lo mismo, y reanima los desmayados cuerpos disponiéndolos á continuar remoliendo hasta que las reuniones se deshacen por ausencia de los unos y de los otros, pero nunca por cansancio ni menos por insinuación de los dueños de la casa.

Si la fiesta se prolonga por algunos días, allí se almuerza y se come, haciendo cada cual como s¡ en la propia casa estuviera, seguro que no ha de molestar, pues que á tanto se prestan la cordialidad y las costumbres benditas del mundo de Colón.

Alguien ha dicho que los chilenos no son hospitalarios y esta es una calumnia como un templo: son tardos para franquear sus puertas, porque desconfían del amigo improvisado, pero una vez franqueadas conviértense en esclavos del huésped, como las leyes de la hospitalidad tienen desde tiempo inmemorial prescrito.

San Antonio había llevado á la hacienda del padre de Antuca á todos los huasos vecinos, y también á tres ó cuatro elegantes jóvenes de la ciudad cercana, que gustaban de la gracia y donaire de la huasa y bebían por ella los vientos.

Trataba á todos Antuca con el propio despego, no obstante recibir con sin igual complacencia los regalitos que solían llevarla jutres (señoritos), y esta facilidad de la mocita para dejarse querer sin compromiso, constituía el martirio de muchos y la desesperación de Cucho, que se sublevaba cada vez que su novia, pues que lo era, admitía obsequios de algún hombre.

Eran las diez de la noche y estaba el baile en su apogeo.

Tres arpas lanzaban al unísono compases de cueca y otras tantas cantaoras turnaban en las coplas, que por turno también bailaban las animadas parejas.

—¡Venga! —dice una voz cuando la cantaora se dispone á soltar los gallos y jipios con que la cueca de buena ley, sin mistificaciones artísticas, debe ser cantada.

Y la cantadora dice:

Que si de vidrio fueran

iAy, mamita! los corazones:

Ay qué claritas se vieran

¡Ay, mamita! las intenciones,

Y aquí comienzan los concurrentes á corear con palmas y frases criollas, mientras la cantadora repite tantas veces como la ordenanza prescribe:

«¡Ay! ¡ayayay! ¡ay, mamita! las intenciones, etc., etc.»

Y no continúo porque tiene la música indígena algo que ni se expresa ni se copia ni puede reflejarla el que no la ha escuchado, cuando en la cuna le arrullaban con ella; se oye y se siente, la mente y el alma la recogen y la cantan para sí, pero no le resulta al profano que quiere repetirla creyendo entusiasmar con la copia como á él le hubo entusiasmado el original.

Terminan Cucho y Antuca su ronda compuesta de dos coplas y suena una salva de aplausos. Ella corre á sentarse serena y arrogante con su triunfo, entre los jutres que le ofrecen asiento en un banco, y él con menor precipitación, se retira á un extremo de la estancia recostándose sobre uno de los caballetes que sostienen monturas y arreos, chapeados de plata.

La sala en donde el baile se celebraba era más larga que ancha y muy espaciosa. La puerta exterior comunicaba con un gran patio empedrado, en donde estaban las cuadras, cocina, cuartos de mayordomo y peones, con las demás dependencias necesarias á una hacienda, que si no era de las mejores no era tampoco de las más malas.

En las dos cabeceras de lo que, por su tamaño, debiéramos llamar salón, estaban los dormitorios de Antuca y su padre, cuyas entradas, apenas cubiertas con cortinas de percal recogidas á ambos lados de las puertas, dejaban ver el interior de aquéllos, limpios y hasta elegantes para lo que esperarse pudiera de una hacienda de huasos.

A las claras se echaba de ver que el dormitorio de la izquierda era de Antuca. La cama tenía colgaduras de percal igualito al de las cortinas y tenía también tocador, mientras su padre se conformaba con un tres pies de hierro para sostener la jofaina de hoja de lata, y veíanse en las paredes algunas estampas encerradas en marquitos de madera ó en medias cañas doradas.

El salón, llamémosle así, hacía las veces de tal y también de comedor, á la vez que en él se guardaban las monturas y los frenos, para librarlos de algún aficionado á las cosas buenas, y era el tal salón ó comedor un conjunto abigarrado de objetos muy diferentes entre sí, colocados sin la menor noción de la estética, pero con el instinto del orden y del bien parecer.

De algunas escarpias que agujereaban la pared más de lo conveniente al yeso que la blanqueaba, pendían dos vihuelas, instrumento indispensable para la vida del huaso, y unos cuantos marcos sosteniendo grabados de novelas por entregas y retratos de prohombres chilenos.

Un José Miguel Carrera, de litografía, amarillento ya y salpicado de puntos que acusaban la presencia de asquerosos bichejos alados, era de mayor tamaño que sus compañeros de época, como si al destacarse en aquellas humildes paredes, quisiese recordar á los que le contemplaban que mayores habían sido también su grandeza y sus infortunios.

La gran mesa, tosca, renegrida y antiquísima, labrada con arabescos que parecían hechos á punta de cuchillo romo, había sido arrimada para dejar más espacio á los bailadores y veíase ocupada por una batería de vasos, copas, botellas de aguardiente y jarros de chicha.

Tres caballetes ó burros de madera cargados con monturas, frenos y jáquimas, hacían pendaní á la mesa, y las sillas y bancos por acá y acullá repartidos estaban ocupados por huasas, jóvenes la mayor parte, aunque no faltaba alguna madre de buena vitola que echaba su vuelta con más gracia y donaire que la mocita que mejor lo hiciese.

En un rincón apiñábanse arpistas y cantadoras con el apéndice de un vihuelista que tocaba polkas y valses, por si á algún jutre le daba la gana de pedirlos.

Eran las arpistas ya entradas en años, y las cantaoras jóvenes todavía, pero viéndolas nadie podía presumir que se convirtiesen en grillos mal mantenidos ó en gatas escaldadas cuando lanzaban los chillidos inevitables por la muy alta tesitura en que la cueca se canta.

zamacueca3¡Qué resistencia de gargantas!

Imposible competir con ellas en dureza de laringe, ni menos prescindir de sus gritos; sin éstos, ni el baile estaría en carácter, ni produciría los entusiasmos que produce.

He dicho que Cucho se había arrimado á uno de los caballetes que sostenían las monturas: era precisamente el que tenía la de Antuca, una silla muy mona de terciopelo punzó (encarnado) bordada con hilo de plata que no había más que pedir, pero entonces estaba cuidadosamente cubierta con una funda de ante.

Puso el huaso su mano derecha sobre el gancho y por unos segundos se quedó contemplando el asiento que tantas veces había sostenido á la intrépida jinete que le robaba el alma.

Antuca, que hablaba con los dos júfres acaramelados que le chicharreaban en ambos oídos, miraba á su amante con el rabillo del ojo y comprendía que aquella noche, como otras muchas, lo atormentaban los celos, cosa que á la huasa llenaba de orgullo, porque más que de quererlos gustaba de que la quisiesen los hombres y sobre todo de que pasasen fatigas por sus pedazos.

Volvieron á oírse preludios de música; esta vez era la vihuela que templaba sus cuerdas para acompañar á las niñas cantaoras algunas tonadas de aquellas dulces y cadenciosas, que tienen su origen en la viveza de pasiones del campesino chileno.

Antuca se levantó; encaminóse á su cuarto, y pudo ver

Cucho que mirándose al espejo alisábase un poco el cabello y componía las dos largas trenzas que por la espalda se le desmadejaban.

Terminado que hubo su sencillo retoque reapareció en la sala y fuese derecha á donde Cucho estaba recostado.

-¿Qué hacis aquí tan callao? -le dijo, clavando sus traidores ojos en los apasionados de su amante.

-Mirándote (contracción de pues).

-¿Y qué me miras?

-Lo que estás mostrando.

-¿Y qué es lo que muestro?

-Pues, que no me quieres.

Antuca soltó una carcajada que fué para el huaso más cruel mil veces que si la punta de un hierro candente penetrase en sus carnes.

-¿Con que no te quiero?

-¡No!

-¿Y en qué lo has conosío?

-En que tienes el tiemple (el amor) en otra parte.

-¿De quién hablas? de aquellos dos jútres?

-¿De aquellos? No.

-Pues no te entiendo.

-De sobra que sí que me entiendes, pero no quieres darte por entendía.

-Te igo que no.

-Pues dime si no echas de menos alguno.

-Yo no echo de menos á naide cuando tú estas á mi vera.

-Entonces ¿por qué aguaitas (miras, espías) de vez en cuando como si esperases ver dentrar alguno?

-Pues ay verás tú.

-Contesta: cualquiera diría que tas quedao múa.

-Sí, pú, múa.

-Pues, múa, ¿por qué no contestas?

Efectivamente, Antuca aguardaba que le diese Cucho celos con los dos petimetres que le calentaban los oídos, pero no estaba preparada para una pregunta que le llegaba á lo vivo. Era verdad que había mirado á la puerta varias veces y hasta que había parado la oreja, fingiéndose distraída, escuchando si sonaban pisadas de caballo sobre los morrillos del patio, pero no creyó que su novio pudiese penetrar su pensamiento ni sus miradas.

EVA CANEL

 

cont1LA REMOLIENDA (conclusión)

Publicado originalmente en

La Ilustración Artística

Barcelona 12 de mayo de 1890,