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LOS AMORES DE SAN ANTONIO (continuación)

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Leer la primera parte

LOS AMORES DE SAN ANTONIO

(continuación)

Uno de los cholos sirvientes que nos acompañaban calzó al aita unas grandes polainas, y cogiendo ambos sus respectivas escopetas encamináronse á pie hacia la vizcachera, desafiando la lluvia torrencial, que convertía la montaña en furiosa catarata.

Quedamos nosotras dentro del chalet, y una india, lista y avispada como una ardilla, sacó del horno tres pieles de carnero curadas, extendiéndolas en el suelo para que nos sentásemos.

Tendría la india veinte años y ya era madre de cuatro indiecillos que se arrastraban revueltos con cinco ó seis perros, otros tantos gatos, algunas docenas de cuyes (conejitos de indias) y dos cuchis (cerdos), no muy pequeñitos por cierto.

Todos aquellos animales, racionales ó no, vivían juntos y en la mejor armonía, como si la misma madre los hubiera parido y á los mismos pechos se hubiesen criado.

Otra india vieja hilaba sin hablar palabra, mirándonos de vez en cuando con expresión seráfica, como si nos creyese imágenes de su divino culto, y otra jovencilla que ligeramente pasaba los puntos de una media de lana, apenas se atrevía á levantar los ojos, ruborizándose cuando la dirigíamos la palabra.

Ninguna de las tres indias entendía el castellano, pero Virginia Ortiz de Villate hablaba perfectamente el quichua y podíamos comunicarnos con los moradores de la choza.

La vieja era madre de las jóvenes; todas estaban casadas, y los tres maridos, en compañía de otro personaje importantísimo para el indio, el asno, habían ido á las montañas á sembrar patatas.

Faltaban, pues, tres hombres y un burro para completar aquella dilatada familia que apenas tenía una choza de seis metros de largo por cuatro de ancho para guarecerse de la intemperie.

Confieso que de esto me asombré sin motivo, pues en Asturias viven muchas familias en idénticas condiciones: lo que tiene que yo había salido de mi país siendo niña y no recordaba haber visto en mi

vida semejantes revoltijos.

Hacía ocho días que se casara la india jovencita, y por más preguntas que Virginia la hizo, no pudimos conseguir que nos hablase de sus amores ni de su marido, ni menos que nos dijese si lo quería ó no lo quería; y es que cuando una india se emperra en no hablar, no despliega los labios aunque la maten, pero expresa tan admirablemente y sin darse cuenta sus sensaciones, que no es difícil adivinar la respuesta.

Así, cuando la preguntamos si quería á su hombre leímos en su semblante un poema de amor con destellos de pasión ardentísima.

¿Y si quisiese á otra?, le preguntó Virginia, instigada por mí.

La india continuó en su mutismo, pero nos mira con feroz expresión, convertida rápidamente en maliciosa sonrisa, como si quisiera decirnos:

Ya os entiendo; queréis enojarme para que hable; os fastidiáis; no hablaré.

Y se salió con la suya, porque no habló.

Volvió el taita después de cazar algunas vizcachas y á pesar de su ascendiente sobre los indígenas, tampoco pudo conseguir que la muchacha le contestase.

Cesó la lluvia y salimos para ver la industria á que se dedicaban los habitantes del chalet.

Eran alfareros y tenían su hornada de cazuelas y pucheros metida en un montón de rescoldo, tan amazacotado y compacto que á pesar de la fuerte lluvia apenas había penetrado el agua en aquel horno de nueva invención.

Cuando volvimos para montar de nuevo, sorprendimos á la indiecilla charlando como una descosida con uno de nuestros sirvientes.

Era éste un cholo buen mozo, con mucha malicia y cierto airecillo de inocencia que no le sentaba mal, según atestiguaban algunas cholitas que se morían por sus pedazos.

No pudo entender Virginia una palabra de lo que él decía bajito á la india, pero oyó claramente que ésta le contestaba: «Tú eres más guapo y más gente que mi marido.»

Al apercibirse de nuestra presencia, corrió la muchacha á meterse y acurrucarse dentro de la choza, y continuamos el viaje sin volverá verla, pero con la seguridad de que aquella noche soñaría la india, á pesar de su hombre, con lo que al oído le contara nuestro sirviente.

Seguimos bajando la quebrada con agradable temperatura y siendo casi despejada la estrecha faja de firmamento que divisábamos; ya distinguíamos claramente los pueblos enclavados en ambas laderas.

Al contemplarlos con sus grandes extensiones de casas sombreadas por frondosos árboles, daban envidia á quien como nosotros bajaba del Cerro de Pasco, en donde no se ve un tiesto ni crece una mala hierbecita; pero una vez cerca, el desencanto era grande: los árboles que nosotros suponíamos frutales no eran otra cosa que saúcos robustos y copudos; en fin, siquiera veíamos árboles, y algo era algo.

Declaro que aquellos pueblos habitados únicamente por indios me parecían trasunto fiel del paraíso.

Para quien había nacido y vivido entre flores y árboles tenía que ser monótona la vida, contemplando cómo de las entrañas de la tierra se extraían pedruscos que después de pasar por muchas fases venían á convertirse en el codiciado metal que perturba conciencias y atropella aun lo más santo y lo más respetable.

Llegamos á Cuchis, nombre que fielmente traducido del quichua, quiere decir cerdos, y la verdad, había tantos de estos sabrosos animalitos en el tal pueblo, que tuvimos por admirablemente puesto su nombre oficial.

Corrieron los indios de casa en casa anunciando la llegada del taita Lloverás con tres niñas y larga comitiva, y se apresuraron las autoridades á saludarnos respetuosamente.

Se nos presentó el jois (juez) con sus ministros, indios armados de larga vara, por lo cual pude colegir que aquéllos eran remedo de los antiguos ministriles españoles.

Era el jois un personaje aristocrático entre los de su raza, pues ya tres veces había sido investido con autoridad; favor tan señalado entre ellos, que imponía superioridad inusitada. Era, pues, hijo del hombre y no hijo de perro, expresión gráfica con la cual hacen ver que no son cualquier cosa.

No podíamos detenernos mucho tiempo, y el taita dijo que al día siguiente recibiría en corte; es decir, que oiría cuantas demandas y reclamaciones tuvieran que hacerle en su quinta de Visco.

Y como la recepción habría de acabar seguramente con algunas copas de chacta (alcohol), dicho se está que todos prometían no faltar.

El jois se apresuró á limpiar las polainas del taita, teniéndole el estribo para que montase de nuevo, y después de hacernos profundas reverencias, así como los ministros y todos los presentes, partimos á galope.

Estábamos á más de dos leguas de Visco y deseábamos llegar de día porque los caminos desde allí eran mucho peores y más estrechos.

Sin más incidente que un solemne zarpazo que por atrevida sufrió mi pobre humanidad, llegamos contentísimas á la quinta de Santa Rosa, escondida entre flores y peñas, al pie de una montaña arrullada por una catarata que desde lo alto se precipita amenazando el edificio, y cuyas aguas van por estrecho cauce á perderse en el río de la quebrada, que bastante caudaloso en aquel término y sombreado por álamos gigantescos, lame las plantas de la quinta y arrulla á sus moradores con el incesante batir de la corriente espumosa contra los infinitos peñascos de su lecho.

Está, pues, el pueblecito situado en el fondo de la quebrada, y por uno de los accidentes del terreno no se le ve hasta que á él se llega.

Unas cuantas casitas de indios, semejantes al chalet de la bajada de San Antonio, y una iglesia derruida constituían entonces el pueblo, que sólo de gala se vestía cuando el galante dueño de Santa Rosa llegaba con huéspedes, y esto ocurría muy á menudo.

Perennemente sostenía allí el taita una cocinera y un criado que nos esperaban, y dicho se está que después de apearnos y saltar dando gritos, recorriendo la casa, el jardín, el río y hasta parte de la montaña, nos sentamos á la mesa bien provista y mejor servida que la de un monarca en activo servicio.

Así nos parecía á nosotros, y la verdad era que ninguna hubiera trocado su presente por cuanto de más codiciado hubiese en la tierra.

Durante la comida se hizo el programa. Descansaríamos cazando á pie por los alrededores dos días; emplearíamos otros dos en visitar algunos pueblos y una famosa quinta en donde abundaba la fruta exquisita; dormiríamos en un pueblo de relativa importancia, Yanahuanca, y regresaríamos al tercer día á Visco, dedicando cuarenta y ocho horas á recibir las visitas de despedida y devolver banquetes, para regresar al octavo día al Cerro de Pasco, en donde se nos esperaba sin falta.

¡Qué seductor programa! ¡Cuántas cosas veríamos y cuánto aprenderíamos de usos y costumbres!

Nada más tentador que el empleo que nuestro querido cicerone daba al tiempo. ¡Qué bien repartido!

Sirvieron el café y no mostraba el taita señales de referirnos la tradición milagrosa, pero yo no estaba dispuesta á pasar la noche sin satisfacer la curiosidad.

Taitito, ¿y el cuento?, le dije.

Mañana.

¡No, no!, gritamos las tres, ¡ahora, ahora!

Vaya, caprichosas, pues ahora.

Antes de comenzar la conseja del santo grabado en la peña, he de hacer una observación pertinente, cuyo desentrañamiento dejo á la consideración de los sabios que se dedican á estudios antropológicos.

En mis largos viajes y en mi constante afán de estudiar usos y costumbres incásicas, cuya civilización sorprendió á los propios conquistadores, hanme saltado á la vista puntos de contacto y semejanzas extraordinarias con algunas regiones españolas, especialmente con la asturiana, en su confín con la provincia de Lugo.

Dejo á un lado por tener sencillísima explicación lo que á la indumentaria se refiere: encuentro también natural que vistan unas indias como las castellanas viejas, otras como las sayaguesas, otras como las mujeres del Valle de Anzó y todas semejantes á las campesinas de varias provincias de España, y no me sorprende que la música del indio peruano tenga las cadencias montañosas de Asturias y los gemidos apasionados de las sultanas granadinas.

La quena una especie de flauta de caña cuya tradición romancesca atribuye su invento al enamorado que de un fémur de la mujer amada hizo el instrumento que tan tristes notas produce, no es otra cosa que la flauta ó silbato de los pastores occidentales de

Asturias. En las montañas que unen el partido de Castropol con el de Fonsagrada, puede oírse una especie de quena peruana cuando el pastorcillo recoge sus ovejas y sus cabras en las melancólicas tardes de primavera y estío.

Los desfiladeros de los cordales asturianos seméjanse entonces á los majestuosos Andes; algún viajero caminando al paso tardo de su caballejo gallego ó de su mula mañosa, y el zafio Batilo saltando breñas y matorrales, persiguiendo su menudo ganado, ó sentado en una peña lanzando al aire lamentos inconscientes por los toscos agujeros de su flauta de caña.

¿Que pudo ser este instrumento importación ó exportación de la conquista? Bueno. Pero no lo ha sido seguramente la predilección que así los indios como los asturianos de Occidente tienen por el pelo rubio.

Para los primeros, un hombre ó una mujer de pelo blondo son descendientes de la Virgen ó de los santos; para los segundos, todos los rubios son hermosos por horribles quesean. Las morenas y los morenos,en Asturias son feos porque sí, y allí no se miran facciones, ni expresión, ni ojos, ni talle, ni cosa alguna: es blanco y rubio… el summum, la perfección, el tipo acabado de la belleza.

Un niño blanco y rubio es para las indias un ángel; así, recuerdo siempre con infinita ternura que indias se arrodillaban delante de mi pequeño de dos años, tocaban sus rizadas guedejitas con la punta los dedos y los llevaban á los labios con unción seráfica.

Niñito lau (expresión sublime), hijito de la Virgen… con tu pelito de oro… ruega por nosotros.

Cuando me tradujeron estas frases sentí una emoción profundísima. ¿Era pena por la ignorancia de aquellos parias ó satisfacción por ver así adorado al pedazo de mis entrañas? No lo sé; pero puedo asegurar es que mi hijo sintió infinito placer cuando vio los aldeanos de mi pueblo.

Son cholos, mamá, me decía, y sólo el tiempo y la costumbre pudieron convencerle de que los aldeanos de Asturias no eran cholos peruanos.

Cuando la india llega á la pubertad y siente los primeros gritos del sexo que la incita á mirar en el hombre á su compañero, suele volverse de cara á la pared y escarbar con la uña, prueba evidentísima de que anda lacia y tristona por falta de requiebros o que su corazón ha sentido el primer golpetazo amoros.

Y en Asturias cuando una mocita empieza á mirar de reojo á los mozos y á ponerse colorada si de alguno le hablan, dicen las gentes que ya comienza a escarbar.

¿Puede tener relación lo uno con lo otro? La tienc indudablemente, y tal vez la naturaleza en sus espontaneidades animales ajenas á la racionalidad, daría la explicación de hechos que no tienen ni la muy socorrida del atavismo.

Si me propusiese señalar en un trabajillo como el presente, ajeno por completo á la seriedad que quieren ciertos estudios, los puntos de contacto que los hijos del Sol tienen con los aldeanos del Occidente de Asturias, encontraría muchas, muchísimas cosas dignas de parar mientes en ellas.

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Tomó el taita Lloveras la palabra, y con su marcadísimo acento catalán, que á tan larga distancia de España me parecía delicioso, comenzó á referirnos lo que á su vez había escuchado de un viejo indígena, cronicón parlante de su raza.

Las tradiciones y la historia pasan en los indios como herencia de padres á hijos más ó menos adulteradas, según la inteligencia ó la fantasía del narrador.

Había hace muchos, muchísimos años, dos siglos acaso, una pobre vivienda de indios situada en lo alto de la quebrada de Chaupi-Huaranga, frente por frente al grupo de peñas llamadas hoy de San Antonio. Ocupaban la choza, que se componía de dos habitaciones terrenas, un matrimonio joven y una vieja sirviente, que con respeto impropio de seres igualmente desgraciados obedecía y respetaba á sus amos.

Respetábanlos así mismo cuantos indios llegaban á la choza, y ninguno pasaba por delante de ella sin hincar la rodilla en señal de acatamiento, prueba más que fehaciente de que el joven matrimonio

descendía en línea recta de los venerados emperadores Incas.

María se llamaba la mujer y Antonio el marido; amábanse con ternura, y eran los dos creyentes fervorosos, como lo son todos los de su raza.

Idólatra por el culto católico el indio, va adonde la religión por boca de sus ministros le lleva, y nada más venerando para los hijos del Sol que las imágenes, tuertas ó derechas, feas ó bonitas, que adoran en sus churriguerescos templos.

Como quiera que visten á sus santos como mejor les parece, y lo mejor es aquello que más reluce, he visto un San Miguel con traje de bailarina, un José con casaca á la Federica y un San Juan con trusas y dalmática. Si fuese á describir los atavíos de algunas santas, necesitaría imprimir un volumen de doscientas páginas y me quedaría corta.

Antonio había comprado la imagen de su patrón para sorprender á María un día de Pascua era su guatamano, equivalente á nuestro aguinaldo.

¡Qué figura tan hermosa la del santo! María no se cansaba de mirarlo ni de dar gracias á su marido por tan rico presente.

¡Un San Antonio rubio, blanco y encarnado gracias á los chafarrinones de almazarrón con que le habían embadurnado las mejillas! ¡Con qué pulcritud abrieron una hornacina en los adobes de la renegrida pared! ¡Qué adorno más bello para la pobre choza!

Era muy hermosa la india: tenía los ojos grandes, grandísimos y expresivos; el cutis suave, como todas las mujeres incas, y de un trigueño claro, por lo cual corrían rumores de revoltijo entre una de sus bisabuelas y un apuesto jefe de los invasores.

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ink6EVA CANEL

Publicado originalmente en

La Ilustración Artística

Barcelona, 1 de diciembre de 1890. Núm 466

LOS AMORES DE SAN ANTONIO

Quebrada de Chaupihuaranga Pasco - Peru

Quebrada Chaupi-Huaranga

 

LOS AMORES DE SAN ANTONIO

Á mi querida prima Luisa Lacas

Nuestro querido amigo el rico minero catalán don Andrés Lloveras nos había invitado á pasar ocho días recorriendo la quebrada de Chaupi-Huaranga y á las diez de una mañana saltábamos ligeras como plumas tres intrépidas amazonas sobre nuestros hermosos caballos, sin temor al suelo ni al cielo. Los caminos con un metro de barro y las nubes amenazando chubascos, de aquellos que no se parecen á los chubascos de otras regiones, no nos infundían temor alguno. Íbamos pertrechadas: los ponchos de vicuña y las bufandas nos preservarían del frío; los ponchos de jebe ó impermeables de montaña, impedirían que nos llegase el agua á lo vivo.

A las doce estábamos almorzando en Paria, hacienda mineral de nuestro simpático acompañante y de su socio, otro buen compatriota, don Miguel Gallo. Después de almorzar opípara y alegremente y de pasear, entre los circos de amalgamación y los ingenios, cuyas ruedas girando sin cesar alrededor del cárcavo trituran el metal, y de enterarnos como buenas curiosas de todas las faenas del beneficio argentífero, proseguimos nuestro viaje tan alegres y revoltosas, que á nuestro galante anfitrión y compañero de paseo le sacamos en aquel viaje canas verdes.

Siete leguas largas de talle nos faltaban para llegar al término de nuestra primera excursión, y una hora escasa debían tardar las nubes en levantar las compuertas de los grandes acequiones que riegan la tierra.

íbamos á tomar temperamento, como allí se dice, á buscar clima templado, y con este pretexto nos trasladábamos del Cerro de Pasco á Visco, en donde poseía un verdadero nido, oculto entre montañas nuestro cariñoso taita Lloveras como le llamábamos con afecto profundísimo.

Cuidaba éste de nosotras con paternal solicitud, impidiéndonos diablear y separarnos del camino que nos trazaba á causa de las ocultas y muy hondas charcas extendidas por la pampa (llanura).

Trotábamos largo sobre mullida alfombra, traidora y encharcada, pues con apariencias de un verde seductor ocultaba pantanos en donde los caballos se hundían hasta los ijares.

La alfombra que con agrado nuestro pisaban los caballos, chapoteando el agua y mojándonos los ropones hasta empaparlos, veíase levantada á grandes trechos; y cuál no sería mi asombro al saber que aquellas que á mí me parecían casitas diseminadas por acá y por acullá, eran montones de la capa verde levantada por los indios, para una vez seca utilizarla como combustible.

El indio no aprovecha lo que le sobra, pero tampoco carece de lo que le falta.

Así, con la champa, como llama á la corteza de la tierra, suple la leña que no tiene; pero ni usa ni utiliza para sí la muchísima hulla que sobra en aquella región peruana, y que por falta de vías de comunicación no puede transportarse á la costa ni á los grandes centros.

Se acabó por fin el piso alfombrado, que más parecía extenderse cuanto más adelantábamos, y salimos de la puna (altura llana y fría), llegando á lo alto de la quebrada de Chaupi-Huaranga, á la bajada de San Antonio.

Las elevadas peñas que habíamos divisado dos leguas antes se nos presentaron admirables, bellas y semejantes á un centinela que guardase el paso de la quebrada y al cual había que rendir tributo de

miración antes de comenzar el descenso.

Veamos, nos dijo el taita Lloveras. ¿Que distinguen Vds. en el picacho más elevado de esas rocas?

Hicimos alto y nos volvimos todas ojos.

Virginia Ortiz de Villate y Corina Ariza, que así se llamaban mis lindas compañeras, respondieron que veían peñas de punto inglés. Y verdaderamente que parecía de encaje aquel grupito, vástago orográfico de los Andes, afiligranado por la crudeza de la intemperie y hermoseado por el transcurso de los siglos, que de modo tal habían calado y festoneado las imponentes rocas.

Fíjense Vds. bien, insistió nuestro caballero.

Nos dimos por vencidas después de mirar y remirar.

¿No ven Vds. un San Antonio con su niñito en brazos?

¡Oh poder de la imaginación!

Las peñas cambiaron de aspecto á nuestros ojos: ¡ya lo creo que lo veíamos! Pero ¡qué tontas! ¡No haber caído antes!… Pues si estaba tan claro… tan patentísimo…

Un San Antonio, sí, señor: con el niñito en el brazo izquierdo. ¡Y qué bien hecho! ¡Qué redondita la cabeza del rorro! ¡Qué admirablemente dibujada la del santo!… hasta los dedos se le distinguían… ¡A poco más hubiéramos podido apreciar el color de los ojos!

Acordamos llamarnos ciegas y bobas, y sabe Dios cuántas cosas más.

¿Qué quiere decir esto, taita?, preguntamos al señor Lloveras. ¿Se debe esa imagen á casualidad ó á humorada de un escultor anónimo?

Es un milagro, según la tradición cuenta.

¿Y sabe V. la tradición?

¡Ya lo creo!

¡Cuéntenosla V.!

¡Vaya, vaya, niñitas, niñitas! debemos apretar el paso: nos restan más de tres leguas de bajada y la tormenta ya ruge cercana: pongámonos los ponchos de agua para no hacer otra parada, y á picar duro, ¿eh?

Bueno; ¿pero nos contará V. el milagro cuando lleguemos á Visco?

Esta noche de sobremesa.

¡Adelante, pues!

Y salimos escapadas comenzando á bajar la quebrada, que á primera vista ya nos infundía admiración y asombro.

Ibamos en fila, pues apenas dos caballos podían emparejarse; á la derecha teníamos el precipicio, á la izquierda la montaña poblada de chozas, sembrada de maíz y papas (patatas) y semejante á un tablero de damas por sus cuadros simétricamente dibujados.

Aquellos terrenos no tienen dueño, son comunes, y todos los años reparten las autoridades la porción que á cada indio corresponde, según sus necesidades y número de familias (hijos). El cura se llama también á la parte; y como el juez que mide y adjudica suele ser un indio, dicho se está que los mejores terrenos son para el padre de almas, que por cierto suelen ser éstos para los feligreses peores que malos padrastros.

El cultivo tampoco cuesta nada al taita cora (padre cura); pues cuando quiere reunir los gratuitos jornaleros, manda tocar de cierta manera la campana de la iglesia, y los indios que oyen al oscurecer el aviso ya saben que han de presentarse voluntariamente en la mañanita del siguiente día.

¡Y pobre del que reacio se mostrase!

Al infierno iría de cabeza cuando se muriese ó tendría que dar al cura una cantidad no despreciable para la remisión de tan atroces penas, sin prejuicio de purgar preventivamente el desacato en la cárcel del pueblo ó soltar algunos pesos, aunque para reunirlos fuese preciso vender á su amigo más fiel, al borriquito.

Sorprendentes son los ejercicios de equilirio que el indio se ve obligado á hacer para sembrar aquellas tierras. Excuso decir que ni bestias ni arado pueden ocuparse en las faenas agrícolas de la quebrada; mas como el indio es ingenioso para cuanto le conviene, aunque sea indolente y flojo para el blanco, ha ideado una manera de hacer surcos, pesadísima, interminable y fatigosa, pero de buen resultado y única dadas las condiciones del terreno.

Calza la reja del arado en un palo largo y fuerte, dejando las orejas de la primera bastante salientes para poder enterrarla apretando con el pie izquierdo ó derecho, según la dirección; clava la reja, la hunde cuanto sus fuerzas le permiten y baja el mango echándose de pechos sobre él cuando el suelo está fuerte y sale la reja levantando la porción de tierra que inclina al lado conveniente, quedando así formado el surco tan hondo como sea menester.

Si un indio solo tuviese que cultivar mucho terreno de quebrada, seguramente pasaría el año arando y podría recoger el fruto primero sembrado, cuando terminase el último surco; pero como no tocan á grandes porciones de tierra, aprovechan el trabajo empleado.

No pudo soñar Virgilio para sus Geórgicas herramientas de labranza más primitivas ni raras que las usadas por el indio; y si bien es verdad que el padre didáctico de la agricultura se asombraría hoy, viendo arados de vapor, segadoras, trilladoras y demás instrumentos de utilidad y precisión, no es menos cierto que desecharía por rudimentarios los aperos que usan los descendientes de los Incas.

¡Y que les vayan con otros!

Mientras el taita Lloveras nos refería mil cosas respecto á usos y costumbres de aquellas gentes, caminaban nuestros caballos quebrada abajo y de veras que la tormenta nos alcanzaba.

En la opuesta ladera retumbaban los truenos, cuyo ruido venía de rechazo á estrellarse en nuestros oídos, descendiendo pausadamente por las ondulaciones y el cauce del río, cuya impetuosa corriente serpenteaba entre rocas y guijos con inusitada violencia.

Como los truenos tableteaban chocando encajonados en las estrechísimas gargantas de la aneróidea quebrada, empalmábanse el morir de uno y el apuntar de otro, infundiéndonos verdadero espanto.

Los relámpagos despedían vivísimo centelleo, y de vez en cuando hería nuestra retina el culebreo de una chispa que nos obligaba á cerrar los párpados apretándolos mucho.

Los caballos sacudían la cabeza moviendo nerviosamente las orejas, y resoplaban tascando el freno, que á duras penas contenía los ímpetus que la electricidad les comunicaba.

Fueron las nubes de plomizas tornándose negras, y la obscuridad nos impedía ya divisar la opuesta ladera, de vez en cuando iluminada por una centella que nos hacía lanzar gritos ahogados y miedosos.

Por fin las nubes se rasgaron comenzando á soltar cubas de agua sobre la tierra: aquello no era llover; era vaciar nieve líquida, y arrojar granizo con fuerza contra nuestras fisonomías, que no por muy embozadas dejaban de recibir alguna peladilla helada que nos hacía ver las estrellas.

¡Corramos para guarecernos en aquel chalet! Dijo nuestro cariñoso compañero.

¡No corramos, por Dios!, grité yo; los rayos persiguen á los cobardes; acortemos el paso.

Llegamos sin apresurarnos á lo que el taita con muy buena sombra, llamara chalet, y que no era sino una cabaña hecha de adobes, á la cual daba acceso un hueco tan menguadito que nos fué preciso entrar casi á gatas.

La primera operación se redujo á vestir las monturas con nuestros impermeables, pues que lo peor del caso hubiera sido que se mojasen, y cuando cada cual se hubo cuidado de lo más importante, que era su respectiva cabalgadura, nos apercibimos de los infinitos seres que se hacinaban en aquella choza.

Había frente á ésta unas peñas llenas de agujeros apenas perceptibles, en donde era fama que anidaban vizcachas en abundancia, especie de liebres pequeñas, de carne sabrosa, pero que repugna á muchos europeos, sin que se me alcance el porqué de la repugnancia.

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EVA CANEL

 

Publicado originalmente en

La Ilustración Artística

Barcelona, 24 de noviembre de 1890. Núm 465

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EL DRAGÓN EN LAS ASCUAS

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EL DRAGÓN EN LAS ASCUAS

Peleábase reciamente en Navarra, en 1794, contra los franceses. Habían éstos ocupado el Baztan y amenazaban Pamplona y las Castillas; las fuerzas españolas, al mando del general Caro, habían tenido que ponerse á la defensiva.

Entre otras tropas tomaba parte en la campaña contra los republicanos un regimiento de dragones, distribuido en numerosos destacamentos A lo largo del Arga. Uno de esos destacamentos al mando de un teniente estaba acantonado en Puente la Reina.

El teniente era joven, guapo y emprendedor; en conquistas femeniles podía rivalizar con el Burlador de Sevilla, y habíanse rendido á sus bizarras prendas lo mismo las duquesas de la corte que las Dulcineas de los villorrios, por lo cual hubo de irritarle en alto grado la resistencia que opusiera á su amoroso asedio una preciosa casera de las cercanías de la villa antes nombrada, tanto más en cuanto la tal, cuyo nombre era Fermina, no contaba con más defensa que su innata virtud, por hallarse á la sazón ausente su marido, supónese que por dedicarse al negocio del contrabando.

Así transcurrieron cuatro meses hasta que, por fin, pareció ablandarse algo el corazón de la zahareña navarra, que era en verdad digna de ser adorada por cuantos de amadores de lo bello se preciaran, pues según cuentan las crónicas, ya que el autor no tuvo el honor de conocerla ni se conserva de ella ningún retrato, era de bien proporcionada estatura, con opulentísima cabellera castaño oscura, frente que semejaba á un cuarto de luna en su creciente, ojos garzos, la nariz algo incorrecta en sus líneas, pero con eso más bonita aun, labios que merecían compararse con el arco de Cupido y en cada comisura una especie de amoroso repliegue redondito que ejercía inexplicable atractivo; la piel de un blanco mate; el torso digno de la Venus de Médicis, pues aun no se había descubierto la de Milo; cintura esbelta, manos pequeñas y finas. El traje, si modesto, limpio y bien cortado; en la cabeza una peineta de desaforadas dimensiones, aunque harto necesaria para sujetar el abultado rodete de aquel pelo que, según parece, constituía una inocente vanidad de su propietaria.

No sabemos como fué, pero ello es que un anochecer de octubre hallábase la Fermina en la casería, departiendo en el zaguán con el gallardo militar, como si se despidieran tiernamente, cuando se oyó rumor de pasos que iban acercándose presurosamente hacia allí.

La casera se estremeció y con voz embargada por el espanto dijo al apuesto galancete:

—Ven, corre, escóndete ahí. ¡Es mi marido!

Algo se resistió el otro, pero la mujer, que era recia y forzuda, le metió casi á empujones en una reducida cuadra donde en otros tiempos se albergaba el jaco del casero, y cerró la puerta, metiéndose la llave en el bolsillo, á tiempo en que aparecía en el umbral del zaguán la silueta de un hombre. Fermina se adelantó entonces hacia él y se arrojó en sus brazos, recibiéndola el otro con marcada frialdad.

—¡Te vi venir desde arriba, Pablo!—exclamó la mujer.

—¿Estabas sola?—preguntó el hombre.

—Sí, sola. ¿Con quien quieres que estuviese?

—Como tienes aun la puerta abierta, y ya anochecido…

—Es verdad. Se me había olvidado. Pero hablemos de ti. ¿Cómo estás? ¿Te encuentras bien?

—Traigo mucho cansancio y mucho frío. Dame la llave de la cuadra; hay allí leña y paja y subiré alguna para encender fuego.

—¿La llave…? Pues… mira tú… desde hace dos ó tres semanas la perdí… Como no hacía falta no he mandado hacer otra.

—Déjalo entonces,—dijo el hombre;—pero tengo frío, y quiero calentarme.

Y cogiendo un hacha que había colgada de la pared del zaguán entre otros aperos de labranza, salió de la casa, y dirigiéndose hacia un olivo comenzó á descargar golpes contra el tronco, hasta que lo derribó, haciéndolo luego astillas y leños que entre él y su mujer fueron trasportando al zaguán.

El hombre con la mayor flema, subió al piso y se metió en un zaquizamí, donde dejó caer el montón de leña que llevaba en brazos.

—Anda por más,—dijo á su mujer.

Obedeció la mujer, y mientras estaba ausente, rompió á hachazos un corto espacio del pavimento, cayendo el cascajo en la cuadra donde estaba el teniente y formándose luego un regular agujero.

Al volver la mujer, pálida y temblorosa, con una brazada más de leña, exclamó sin poder ocultar su terror:

—¿Vas á encender fuego aquí? ¿Por qué no vamos á calentarnos junto al hogar?

—No; quiero calentarme aquí. Además hay aquí muchos bicharracos y con eso les achicharraremos, y sacándose del bolsillo pedernal y pajuelas, consiguió echar lumbre, arrimó luego á la pajuela un puñado de paja y en poco tiempo comenzó á arder la hoguera.

El casero, sentado, mientras su mujer, de pie detrás de él, se retorcía las manos con desesperación, comenzó con un palo á hacer caer brasas por el agujero.

De pronto oyóse un estornudo que procedía de la cuadra.

—Ya sabía yo que había bicharracos por aquí. Fermina,—dijo con la mayor tranquilidad.

Y levantándose, hizo caer por el agujero un montón de brasas encendidas, al mismo tiempo que se oían fuertes golpes contra la puerta de la cuadra.

La mujer, lanzando un grito, se lanzó por la escalera abajo, pero el hombre siguió tras ella y cogiéndola brutalmente la derribó en tierra.

Oíanse horribles gritos en la cuadra, voces de misericordia, hasta que, por fin, cesaron.

El casero hizo levantar entonces á su mujer y la llevó ante la puerta, que cayó al suelo, ardiendo.

—Mira el dragón,—exclamó señalando un informe bulto negro, que ardía entre la infernal hoguera.

Ha querido meterse aquí y ha ido á caer en las ascuas.

Fermina, loca de horror, cayó al suelo sin sentido; el casero la dejó allí, arrojó cubos de agua en el incendio hasta que quedó dominado, y volviendo luego al lado de la desdichada, que no había recobrado aun el conocimiento, la dio con el pie y murmuró:

—¡Bribona! Ahí te quedas.

Un momento después desaparecía Pablo, de quien es fama se embarcó para América, no volviéndose á saber de él.

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Alfredo Opisso i Vinyas

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IRIS

BARCELONA, 30 de septiembre de 1899. Num 21.

EL JURAMENTO

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EL JURAMENTO

Por fin, después de tantos años de lucha había conseguido Joaquín Baeza sujetar decididamente la rueda de la fortuna. Sus zarzuelas en un acto le hacían ganar muy buenos cuartos; los últimos trimestres había cobrado treinta mil reales.

Ya era rico, pues, y se podría casar. Queríale ella de una manera loca, y jamás hubiera pospuesto el instante del casorio al estado de fondos de Joaquín, pero la familia se había negado hasta que el futuro pudiera contar con una posición segura.

Enriqueta, que así se llamaba el ídolo del afortunado zarzuelista, contaba entonces veintiún años, cuatro menos que el novio. Pertenecía á una familia de hacendados de Jaén, que residían en Madrid, y tenían ciertas ínfulas aristocráticas por su parentesco con un marqués consorte, y por lo mismo no veían con buenos ojos que su pimpollo se casara con un chico del teatro. Sólo cuando éste alcanzó repetidos y fructuosos éxitos, se dignaron D. José Naranjo y su esposa D.ª Lucía cesar en su oposición.

El casamiento se fijó para el invierno próximo; comenzaba entonces el verano, y la niña necesitaba tomar baños de mar.

Fueron los Naranjos á San Sebastián, y allí se presentó también Joaquín Baeza, no precisamente á tomar baños sino á acompañar á su novia. Con todo, acabó por hacer como los demás, y se zambulló en el líquido elemento.

Al día siguiente experimentó algunos golpes de tos; un constipado. Fué llamado el médico.

Era éste joven, y gozaba reputación de muy inteligente. Al saber que tenía el honor de tomarle el pulso á D. Joaquín Baeza, el autor de Las camareras y de la famosa Mari-Blanca ó los aguadores de antaño y Sacristanes apicarados, el grande exitazo de la temporada, redobló al parecer su atención en el examen del paciente.

—Mi querido D. Joaquín,—acabó diciendo,—es preciso cuidar eso…

—¿Cómo? ¿Acaso estoy malo de veras?

—No… pero… hay que precaverse. No le conviene á usted tomar más baños de mar. Lo mejor sería que se llegara usted hasta Panticosa. Le probarían á usted mucho aquellas aguas.

¡A Panticosa! ¿Qué pensaba, pues, aquel mequetrefe?

Baeza se enfadó tanto que le envió recado de que no volviera, y envió á buscar á otro médico.

Este era viejo, y al parecer ignoraba que hubiera en el mundo Camareras y Mari-Blancas. La visita fué breve.

—Está usted amenazado de una tisis,—le dijo.—Hay que defenderse como se pueda; vida tranquila, quieta; buena alimentación; evitar los calores y los fríos excesivos. Si pudiera usted trasladarse á Málaga sería lo mejor.

Dejó una receta, se despidió secamente y dijo que en caso de novedad volviesen á llamarle.

Joaquín Baeza quedó aterrado. ¡Estaba tísico! ¡Estaba condenado á muerte! Todos sus sueños de ventura se habían disipado… Pero ¿y ella? Disimuló cuanto pudo, aunque sin poder ocultar su tristeza.

No volvió á tomar baños. La tos no cedía; se cansaba subiendo escaleras. Un día, poco antes de regresar á Madrid, echó por la boca algunos esputos de sangre.

—Bueno, bueno,—se dijo,

—Me quieren echar. Eso ha sido cosa de alguno de esos currinches á quienes he ahuyentado de las tablas. Se han vengado propinándome una tisis.

Ya en Madrid fué otro cantar. Los médicos de San Sebastián eran unas acémilas.

Envió á llamar á su amigo, Pepe Márquez, especialista en enfermedades del pecho. Se le echó á reír. Tan tísico estaba él como el Felipe III de la Plaza Mayor.

Baeza se puso loco de alegría, sólo que al día siguiente volvieron los esputos. Pepe Márquez dijo que aquello era su salvación.

Aumentó el cansancio; se fué el apetito. Vino otro médico, y declaró que la cosa no tenía compostura.

Decía que á él no le gustaba engañar á nadie. Ya en esto se había echado encima el otoño, con sus vendavales, sus variaciones y sus repentinas ráfagas de aire frío. Joaquín estaba perdido. Pidió una entrevista á Enriqueta, la primera que le pedía. Viéronse al anochecer, al salir ella de visita en casa de unas amigas.

—Enriqueta, yo me voy á morir pronto.

—¡Joaquín! ¡Por Dios! ¡No digas eso!

—¿Me quieres?

—¡Puedes dudarlo! ¡Hasta la muerte!

—Eso es lo que pretendo… Si muero ¿morirás conmigo?

—Te lo juro, Joaquín. No será ¡oh! no, no lo querrá Dios, pero el día que tú mueras, moriré yo!

—Gracias, Enriqueta. ¡Ya sabía yo que me dirías eso!

Al día siguiente, Joaquín se acostó, pues no podía ya tenerse en pie. Fueron á visitarle los Naranjos, y quedo, muy quedo, más con los ojos que con los labios, repitiéronse los amantes la promesa.

La enfermedad siguió un curso rápido. Enriqueta, una tarde, se presentó sola en casa de Joaquín.

No había en la habitación más que su criado; el enfermo lo alejó con un pretexto.

—Enriqueta,—murmuró,—¿te acuerdas de lo prometido?

-Sí.

—¿Me acompañarás en la muerte? ¡Lo quiero! ¿Oyes? ¡Lo quiero!—exclamó con los ojos brillantes por la fiebre, mientras la cogía fuertemente una mano con la suya abrasadora.

—Joaquín… no digas eso.

—Mira,—exclamó el enfermo, enseñándola un frasquito lleno de un polvo blanco.—Con tomar nada más que la mitad de lo que hay aquí morimos los dos rápidamente, sin sufrir. El médico me lo daba para quitarme los sudores y servirá para quitarnos la vida.

¡Morir! ¡Morir ella! ¡Tan joven, tan exuberante de salud, tan hermosa! ¿Qué exigía aquel hombre?

¿Qué pacto infernal quería llevar á cumplimiento?

—¡Oh! ¡No! ¡No! ¡Adiós!—exclamó Enriqueta poseída de un terror horrible; desprendiéndose violentamente de las manos de Joaquín, y abriendo la puerta precipitóse por las escaleras.

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Saltó del lecho Joaquín, loco de ira, y cayó al suelo en cuanto dio dos pasos muerto.

Alfredo Opisso i Vinyas

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BARCELONA, 26 de agosto de 1899

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VIBRACIONES

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VIBRACIONES

La opinión que se tenía en los círculos literarios del carácter distintivo de Julio Santavilla era unánime: Santavilla era un escritor vibrante; no bastaba brillante, y además tampoco podía decirse con motivo de la consonancia.

Dicha reputación era, como no podía menos, muy merecida, y ganada en buena lid. Los versos, los párrafos de Santavilla vibraban de la manera más evidente, á lo cual no contribuía poco el frecuente empleo que hacía de las palabras derivadas de vibrar, así las contenidas en el Diccionario como las formadas por él, v. gr.: vibrancia, vibratibilidad, revibrando, etc.

Pero ya no se contentó Julio Santavilla con ser lo susodicho en lo literario, sino que creyó del caso deber acomodar también su tan decantado vibracionismo á la vida común ú ordinaria, traduciéndose en su manera de andar, de comer, de hablar y de llevar el bastón.

Aquel estremecimiento fibrillar de la carne palpitante, aquellas sordas ondulaciones del éter en las esferas psíquicas del ser, aquellas titilaciones de lo inconsciente en las confusas vaguedades del protoplasma acabaron por comunicarle una sensibilidad radiométrica, de tal manera que no tenía momento de sosiego.

Las mujeres, sobre todo, le tenían hecho un alambre de telégrafo; por él pasaban de continuo un sinnúmero de corrientes, siendo vanos sus esfuerzos para aislar la comunicación. Ir por la calle era para él como exponerse á la acción de una continuidad de descargas eléctricas. ¡Cómo se retorcían los átomos oscuros de su red nerviosa no al contacto, sino por la visión á distancia, —como si dijéramos el telégrafo sin hilos,—de cualquier hembra de mistó, barbiana, moza juncal, gran dama, ó que tal le pareciera! Nunca como entonces vibraba Julio Santavilla, y en menos de un segundo ya tenía aderezada la frase descriptiva y hecha la operación de la caracterización estética de la Dulcinea. De ahí que cuando vaciaba sobre el papel sus emociones fuese su letra tan vibrante que tuviera que menester treinta ó cuarenta cuartillas para exhalar sus sentimientos; había líneas con una sola palabra; cuartillas con solo tres líneas. Era el rayo trazando surcos en el espacio; la ola gigantesca barriendo de un golpe una extensión de tres kilómetros.

Bien mirado, sin embargo, tanto y tanto vibrar acababa por hacerse insoportable, y no faltaban lectores, pertenecientes al gremio esencialmente burgués de chocolateros, ó al no menos mesocrático de almacenistas de loza, que después de leer el cuento, la evocación, la novela corta, la ráfaga ó la instantánea de Julio Santavilla, acabasen preguntándose con mal humor:

—Bien, ¿y qué ha dicho ese mequetrefe después de gastar tantas palabras?

Había que confesar, efectivamente, que Santavilla decía poco; pero aquellos mentecatos no comprendían toda la sugestividad de sus producciones literarias, que era precisamente el escondido mérito que tenía el vibrante escritor. La única nota que cultivaba era el adulterio (tema novísimo como ningún otro), y había que ver de que manera se ocupaba Santavilla en tan interesante asunto; como le echaba toda la culpa al aborrecible Yorick y sublimaba á Alicia y Edmundo. ¡Cómo vibraba al cantar á Paolo y Francesca, bajo los nombres de la señá Menegilda y el Patas! ¡Cómo se elevaba á la región de lo superiormente bello al tergiversar el argumento de El Nudo Gordiano, haciendo de ella una cigarrera y de él un simón!

Así duraban las cosas desde hacía un quinquenio cuando una noche, en el teatro, hubo de sentir Santavilla que la acostumbrada corriente eléctrica le sacudía más que de ordinario; difícil le era precisar su origen, pues no sabía si venía de la señora que tenía á su lado, en la butaca contigua, ó de la segunda corista de la derecha, ó de una jamona de un palco inmediato, ó de la tiple, que iba tiznada (pues se estaba echando el Dúo de la Africana), ó bien de una señorita que ocupaba un asiento de la delantera de la galería, hasta que, por fin, pudo convencerse de que la corriente procedía de una butaca algunas filas más atrás, que no había visto hasta entonces. La pila tenía la forma de una preciosa niña cursi, que iba escoltada por una mamá horrorosa.

Santavilla se estremeció, pues tuvo la seguridad de que estaba perdido para siempre. En cuanto miró á la señorita dejó de vibrar. Comprendió que tenía que casarse con ella.

Y se casó, con quince duros al mes, teniendo que ir á vivir al hogar paterno de su suegra.

¡Oh arpa de cuerdas flojas! ¡violín sin clavijas! ¡polichinela sin hilos! ¡acordeón sin llaves! Desde que Julio Santavilla se casó con Julieta Villasanta se acabó todo. Se quedó hecho un poste; nada le emocionaba; jamás hubo parecida alma de cántaro; era insensible á todos los reactivos; oyó la Novena Sinfonía sin escucharla y le leyó á su suegra los presupuestos de Villaverde como sí rezara la letanía.

Llegó el adulterio, y ni por esas. Julio supo que Julieta se la pegaba con un fabricante de almidón, y en vez de vibrar se fué á dormir. Era una brújula sin la aguja imantada; un termómetro sin mercurio; una caldera sin vapor. Habíase cumplido en él la ley que condena al desgaste á los objetos demasiado usados. Tanto había vibrado que acabó por no moverse de su sitio aunque llovieran rayos.

Julio Santavilla dejó de ser poeta, periodista, novelista y crítico para abrazar la profesión de escribiente del Ayuntamiento, en el negociado de Empedrados. De todo su pasado literario sólo conserva el cargo de apuntador en un teatro de aficionados, en el cual Julieta hace de primera dama y el fabricante de almidón de galán joven; sin embargo, un día en que se representaba D. Juan Tenorio se le permitió hacer el papel de Comendador.

Julio ha engordado, y por mandato de su suegra ha dejado de fumar y se ha afeitado la barba. En las pasadas elecciones de concejales fué interventor ministerial y tomó resignadamente cinco duros que le dio, como propina, D. Eulogio, el fabricante de almidón, por haber obtenido 15,759 votos, sin haber ido á votar más que tres personas y dos policías. Santavilla está resignado con su suerte y se consuela de su actual inercia al pensar en lo mucho, en lo excesivamente que vibró antes de conocer á Julieta. Necesitaba descansar.

sep6Alfredo Opisso i Vinyas

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BARCELONA, 2 de diciembre de 1899

MIGNON

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MIGNON

No recordaré el día, ni citaré la fecha de cuando ocurrió lo que voy á referir; además, apenas si me viene á la memoria cuándo fué. Lo que no he dado al olvido ha sido la invencible aversión, que desde que empecé á leer me inspiraron cuantas narraciones principiaban con la frase sacramental de: Era una hermosa mañana, etc.; ó bien: Corría el mes tal de tal año, y como son numerosas las que empiezan de manera tan peregrina, es inútil asegurar que comencé la lectura de muchas y acabé muy pocas.

La casualidad me llevó un día á una de esas indescriptibles y alegres fiestas campestres que sirven de solaz al pueblo; la impresión que sentí difícilmente podré olvidarla. Parecíame más bella la naturaleza; seductor como nunca el panorama que admiraba, grandioso y poético cuanto abarcaba la vista. Involuntariamente di en discurrir sobre los opuestos contrastes que resultan entre una fiesta del gran mundo, toda ficción, y una fiesta del pueblo, toda realidad; porque efectivamente, ¿qué tiene de natural una fiesta del gran mundo, cuando la primera condición para asistir á ella, es presentarse revestido de una seriedad que raya en caricaturesca? Entramos en un suntuoso salón: y artificial es la luz que despiden las mil bujías y lámparas suspendidas en artesonado techo; ilusión nada más, los lienzos cuyas pinturas parecen animarse á nuestros ojos; obra ficticia, los primores de arte que admiramos; pobre remedo de hermosas flores, las que campean en la mullida alfombra; artificial la tibia atmósfera que se respira, saturada de perfumes artificiales á su vez; reflejándose igual carácter en los ceremoniosos obsequios tributados por pura cortesía, en los saludos de mera fórmula, y hasta en las mentidas beldades que podríamos llamar policromas…

En cambio una fiesta del pueblo tiene el irresistible atractivo de la realidad. ¡Qué brillante cuadro el que se presenta á la vista! Hermoso y sereno el cielo, inundado de luz; dilatada alfombra de mágicos colores; árboles frondosos; pájaros que, ocultos entre las ramas, gorjean en melodioso concierto; saltos de agua que se despeñan cual argentada sábana; fresco y perfumado ambiente; por doquier alegres y bulliciosos grupos, y para completar tan gratas impresiones, común fraternidad entre la multitud, confundida en una sola aspiración.

Así discurriendo y así vagando el pensamiento, encontrábame á poco trecho del sitio donde tanta animación reinaba, cuando vino á sacarme de mis reflexiones una pobre muchacha, de rostro tan triste y traje tan andrajoso que no pude menos de acordarme de Mignon (1) al verla.

Morena la tez, negros los rasgados ojos, y de vivo carmín los labios mal cerrados para dar paso á fatigosa respiración, ocultaba pudorosamente con su negra cabellera los desnudos hombros. Todo su vestido lo componía una rota saya, que, por lo corta, no alcanzaba á resguardar sus pies descalzos. Mignon, que así la llamaré, sostenía con ambas manos un violín que permanecía mudo; mientras el débil cuerpo de la niña descansaba apoyada en el tronco de copudo árbol cuyas frondosas ramas le ocultaban á los rayos del sol.

Llegué á ella y la dirigí la primera pregunta que se dirige á los niños:

—¿Cómo te llamas?

—Lo ignoro,—me contestó.

Su acento saboyano me reveló su origen; mas, sin embargo, insistí diciendo:

—¿Eres saboyana?

—No lo sé,—repuso.

La parquedad de sus contestaciones no me desanimó y repliqué:

—¿Tienes padres?

—No me lo han dicho,—contestó con mayor sequedad; y viéndola fijar en mi sus grandes ojos con aterradora angustia, adiviné que mi interrogatorio la hacía quizás sufrir.

—¿Quieres venirte conmigo á la capital?—la dije.—Haré que te vistan como es menester, pues tal como vas debes sentir mucho frío.

—¿Que yo os siga? ¡lmposible!—exclamó.—Si me vieran me prenderían otra vez; no quiero.

—¿Te prenderían otra vez?—repetí.—Luego tú has estado presa ya…

La pobre muchacha se echó á llorar amargamente, y entre sollozos y quejas, díjome estas ó parecidas palabras:

—¿Me creéis saboyana? Razón tenéis, pues allí nací en efecto, pero balbuceaba apenas cuando unos hombres me llevaron con ellos, haciéndome recorrer el mundo entero.

Donde quiera que llegaba, ¿sabéis lo qué hacía? Bailar en calles y plazas al son de este violín. ¡Cuántas carcajadas oí! ¡Cuántas palabras insolentes hirieron mis oídos! Si hasta en los seres ruines brota un sentimiento de amor propio, ¿qué mucho que brotara en mí cuando me di cuenta de mi desdichada condición? Me rebelé resueltamente contra el yugo infame que me sujetaba, pero sólo conseguí que mi opresor redoblara sus crueldades para conmigo. Un día huí de su poder; pero al poco tiempo me recobró y excuso ponderaros la barbarie con que desde entonces fui tratada; me fugué de nuevo, hará próximamente dos meses, y desde entonces no he abandonado este sitio. Día y noche permanezco bajo este árbol, y cuando menos no hallo en los elementos tanto rigor como hallé en aquella fiera humana.

—Pero aquí, ¿de qué vives?—la pregunté.

Mignon continuo:

—Cuando rendida por fatigosa carrera caí exánime al pie de este árbol, sentí poco á poco que me abandonaban las fuerzas, llegando a perder todas mis facultades. Al recobrar los sentidos, quédeme sorprendida al ver junto á mi á un pobre niño que me abrigaba con su vieja y gruesa chaqueta y me contemplaba con profunda conmiseración; luego, se alejó, volviendo al anochecer con una cestita que contenía las limosnas recogidas por él durante el día y compartió conmigo su pobre comida. Maravillábame el verle silencioso siempre, por más que aumentasen de cada instante más la compasión expresada en sus ojos y la dulzura pintada en su semblante; pero sus labios no se desplegaban… ¡Por señas me hizo comprender, por fin, que era mudo, ya veis, pues; la única palabra de compasión que hubiera podido regalar mis oídos, no podía, ni podré oírla jamas! Su bondad no se limitó á aquella sola ocasión diariamente viene á este sitio y juntos partimos nuestras limosnas. Comprended, pues, que es imposible que yo abandone este sitio. ¿Qué otro hallé jamás tan hospitalario y que mayor seguridad me ofreciera? ¿Y como abandonar á mi pobre bienhechor?

Me alejé de Mignon prometiéndola volver á verla á los pocos días. Sin embargo, contra mi voluntad, tardé un mes, y al hallarme de nuevo donde la había dejado, vi abandonado el árbol y abandonado también el violín. Cuando lo recogí entre mis manos, levantáronse de su hueco dos alondras que remontaron su vuelo hacia el infinito.

¡Pobre Mignon!

ANTONIA OPISSO.

Publicado originalmente en

La Ilustración Ibérica

Barcelona 7 de abril de 1883

(1).-Suponemos que la autora hace referencia a la ópera de título MIGNON, opéra cómica en tres actos, con música de Ambroise Thomas y libreto en francés de Barbier y Carré, basado en la novela Wilhelm Meister de Goethe.

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Un liberal pasado por agua (10).-LA PRIMAVERA

Continuamos compartiendo la obra que escribió el gran poeta Manuel del Palacio durante su destierro en Puerto Rico.

Pueden leer el comienzo de Un liberal pasado por agua aquí.

Como siempre, los comentarios sobre la obra están, extraídos de la magnífica tesis doctoral sobre la obra de Manuel del Palacio realizada por Francisco Javier Voces Ergueta:

«Salutación a la llegada de la estación florida es “La primavera”, con el ruego de que renueve, además del ciclo de la naturaleza, preocupaciones, glorias e incluso damas rancias, expuesto en un romance octosílabo de cincuenta y ocho versos. Combina lo grave y lo burlesco en el poema desde su inicio»

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LA PRIMAVERA.

De verde se van vistiendo

prados, laderas y montes,

á riesgo de que los burros

del vestido les despojen.

Cantan trozos de zarzuela

los pájaros en el bosque,

y según costumbre antigua,

florecen los alcornoques.

Abejas y literatos

roban su jugo á las flores,

que en miel convierten las unas

y los otros en arrope,

que repartido en entregas

circula, franco de porte,

dando al público inocente

mas de cuatro indigestiones,

Al resplandor de la luna

va al Prado la maritornes,

en busca del artillero

que á su pasión corresponde,

y que en Chamberí una tarde

delante de mas de doce,

juró que fiel la sería

como el perro de San Roque.

¡Ah! Bien vengas, primavera,

estación rica de goces,

en que el que no tiene casa

se duerme arrimado á un poste;

en que le queda un recurso

de ayunar al que no come,

ó el de marcharse al Retiro

y ver allí muchos hombres

echando pan á unos gansos

que ni siquiera conocen.

Bien vengas, estación dulce

de fresa y albaricoques,

con tus corridas de toros,

de otra edad recuerdo innoble,

y tus circos de caballos,

y tus campestres reuniones,

y tu calor sofocante

que quiera Dios no me ahogue.

Mas si á renovar la vida

vienes, del tiempo en el orden,

no renueves solamente

álamos, pinos y robles,

ni naranjos, ni acebuches

de que hay sobra ya en la corte,

sino haz por que se renueven

mil rancias preocupaciones,

mil glorias que se apolillan,

y mil absurdos sin nombre.

Y si quieres complacerme

y está en tu mano el resorte,

renueva todas las viejas

que fueron guapas de jóvenes,

y así que esté la semilla

yo me encargo de que brote.

Manuel del Palacio.

Se publicó en Gil Blas, el día 7 de mayo de 1868.

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