HASTA LOS GATOS QUIEREN ZAPATOS (Conclusión)

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zapatero

III

Agapito, hijo único, y de viuda por añadidura, acostumbrado, como es de suponer, á salirse con la suya, no reconocía freno ni respeto humanos, proponiéndose una vez satisfacer sus caprichos, lo cual, unido á su terquedad nativa y á una petulancia sin límites, daba por resultado un carácter díscolo, sumamente difícil de gobernar. Soledad había predicado en desierto: el estudiantino no podía habituarse á la idea de un desaire, y procuraba persuadirse de que los desdenes y los enojos de aquella eran fingidos, y de que el tiempo y su constancia lograrían lo que ahora se presentaba como imposible; pues, como dice el refrán: Pobre porfión saca mendrugo. Por otra parte, Soledad se había, según él, complacido en mortificarle, tratándole como á un chiquillo, y él estaba muy interesado en demostrar que, aunque de pocos años, poseía toda la entereza y la dignidad de un hombre.

Dio, pues, un real de vellón á un mozo de cordel, conocido suyo, para que entregase á Soledad una carta, en que pedía perdón á ésta por las palabras que pudieran haberla ofendido en la última entrevista, manifestando al par que seguiría visitándola, como si nada hubiera sucedido, y amándola en silencio, con su permiso, que era cuanto sacrificio se hallaba resignado á hacer en su obsequio. La carta iba plagada materialmente, de la cruz á la fecha, de admiraciones, puntos suspensivos, interrogantes y otros signos ortográficos, que indican las grandes inquietudes del alma y las profundas agitaciones del corazón. Presentábase en ella como una víctima expiatoria, como un Isaac sui-generis, que se inmolaba por el sosiego de la que le había arrebatado el suyo, á quien juntamente enderezaba una porción de versos de Zorrilla, fragmentos de las cartas de Eloisa y Abelardo, y unas lúgubres endechas, que pescó en un Semanario del tiempo del romanticismo; endechas que, en su concepto, eran capaces de enternecer y ablandar un mármol, y de las cuales Soledad, guiada por su buen sentido, haría pajaritas y devanadores.

Agapito cumplió su palabra. A los tres ó cuatro días encaminóse á ver á Soledad, y entró en la calle taconeando ruidosamente, mirando á los balcones y luciendo un largo veguero, con el cual se regalaba como un hombre de pro. Pero hete aquí que al pasar por delante del portal de un zapatero de viejo, y cuando más embebido miraba á lo alto, porque se le figuró haber visto en el balcón á Soledad y Emilia, la primera de mantilla clara, y la segunda de capota, pisa en la acera una manzana podrida, da un tremendo resbalón, y cae de bruces en el suelo, quedando despatarrado como una rana. El hombre de corazón más compasivo ó de carácter más tétrico suelta la risa que le retoza en el cuerpo, cuando ve al prójimo en situación tan desastrosa; con todo, allí nadie pronunció una palabra ni hizo demostración alguna de ese género.

Levantóse como pudo nuestro Agapito, y observó con amargura inexplicable que los guantes habían estallado, y que el pantalón se le abría por la entrepierna. Como el niño tenía la pícara costumbre de adelantar siempre el discurso, costumbre que le exponía con frecuencia á mil lances desagradables, la primera idea que le ocurrió fué la de que el zapatero, por burlarse de él, habría arrojado intencionadamente á la acera la manzana, origen de una discordia que debía ser funesta al desgraciado Agapito. Abrochóse el gabán para cubrir la herida del pantalón, observada ya por el sastre del portal de enfrente y el calderero de al lado; y encarándose con el inocente zapatero, le llenó de insolencias, y aun le amenazó con que haría y acontecería. El zapatero, hombre de correa larga, se contentó con reírsele en las futuras barbas, teniendo la prudencia de decirle solamente estas palabras:

—Si no tiene usté más jijas que un mosquito! ¡Seo silbante!

—Canalla! Gentuza! respondió el mancebillo, revolviendo los ojos á todas partes.

—Vaya usté mucho con Dios, Sr. D. Agapito! —repuso el zapatero ya quemado, acertando por casualidad el nombre del estudiante, y murmurando luego para si:—Buena la has hecho! ¡Te ha caído la Santa Unción!

El calderero y el sastre toman los insultos dirigidos á su convecino como ofensas propias, y no bien oyen el nombre del doncel, pareciéndoles excelente á su intento, principian el uno á tocar á rebato una almirez descomunal, el otro una campanilla, y el principalmente ofendido á descargar sobre la piedra del oficio cada martillazo que canta el misterio, gritando los tres en falsete, una porción de veces, con tonillo lastimero:

—Señor D. Agapito! pitito!… pitito!… pitirriito!

No hace muchos años, la persona decentemente vestida que se atrevía á pasar por ciertos barrios de Madrid era objeto de diversión y chacota para sus moradores, los cuales tenían siempre á mano un repertorio interminable de chistes, generalmente de grueso calibre, pero de originalidad é intención pasmosas, bajo cuyo peso abrumaban al transeúnte incauto. Este salvajismo social ha ido desapareciendo, y dentro de poco tiempo es de creer que pertenecerá á la historia; pero todavía en algunos puntos de la corte á veces se advierte que la tradición se conserva, aun sin motivo, cuanto más habiéndolo justo, como lo tenía el zapatero hasta para sacudir al mequetrefe de los tacones.

Para una persona de las pretensiones absurdas de Agapito, la referida ovación improvisada, que, como quien ve los toros desde talanquera, presenciaban inalterables en el balcón Soledad y Emilia, era el castigo más inhumano que pudiera imponérsele; así es que casi le dieron ganas de llorar, y tragó no poca bilis. A dejarse llevar de su genio pendenciero y soberanamente irascible, y á saber de positivo quién era el autor de su caída, la hubiera emprendido con él á bastonazos; pero lo ignoraba; por otra parte, el temor de verse puesto en ridículo segunda vez delante de Soledad templó un tanto sus ímpetus belicosos.

Después de un instante de vacilación, decidióse á hacer la visita, siquiera por tomar aliento, pues en cuanto á lo demás, así estaba él para amorosas empresas como para bailar unas seguidillas. Pobre Agapito! Estira, estira el cuello de la camisa, arréglate la corbata, sacude el polvo del gabán, quítate los guantes y guárdalos. ¿Cómo ocultar tu vergüenza, si aunque no te hubiesen visto Soledad y Emilia, el inexorable D. Ambrosio, que te persigue como un remordimiento, como la sombra del Comendador á D. Juan Tenorio, lo ha presenciado todito desde el estanco próximo, mientras le escogían una docena de cigarros? Don Ambrosio te vio resbalar, y aun dijo con tal motivo á la estanquera: —Qué bien debe patinar ese joven!—Don Ambrosio, con sus ojos de lince, descubrió la solución de continuidad de tú ajustado pantalón oscuro, y asomando por ella un apéndice blanco, así como de batista, ó por lo menos de holanda inglesa; D. Ambrosio, en fin , esperaba solamente á que echases á andar hacia la casa de Soledad, para seguir tus pasos, y tener el gusto de prodigarte en ella los consuelos que estuviesen á su alcance.

Las dos hermanas, observando el movimiento y la dirección de Agapito, prefirieron salirle al encuentro en la calle á recibir la visita, que si era tan pesada como otras veces, las privaría de ir á sus cosas, pues tenían tasado el tiempo.

Al poner Agapito el pie en el umbral de la casa, se encontró con Soledad y Emilia, elegantísimas y hermosas como soles, incorporándose á todos ellos, dos minutos después, el sencillo y franco D. Ambrosio.

—A dónde, bueno, niñas? preguntó éste.

—A hacer unas compras, respondió Soledad.

—Van ustedes á la calle de Postas?

—Sí, señor.

—Entonces las acompaño hasta la Puerta del Sol. Ea, en marcha!

Adelántanse las señoras, y los caballeros las siguen por la acera. Don Ambrosio pregunta en alta voz á su compañero:

—Se ha lastimado usted, Agapito ?

—No comprendo.

—Es singular! Nunca comprende usted lo que le digo. Será desgracia mía! Preguntaba si la caída ha tenido consecuencias. Le he visto á usted caer; le he visto los guantes rotos; le he visto… lo digo?… Pero eso no vale nada; se ha descosido un poco, y con cuatro puntadas queda como si tal cosa. Ustedes,—continúa D. Ambrosio, dirigiéndola palabra á las señoras, —deben haber presenciado también el sensible percance.

—Sí, señor, dice Soledad.

—Por cierto,—añade Emilia,—que creímos que se había estrellado; tanto, que mi hermana gritó: «Jesús! Pobre señor!»

—Yo me figuro,—observa D. Ambrosio,—que todo ha sido efecto de una distracción; apuesto á que el amigo iba mirando al cielo, tropezó, y… A eso se exponen los enamorados, Sr. D. Agapito. Mire usted cómo yo no me caigo. Bien es verdad que, además, como me contento con mi estatura, no necesito caminar sobre tacones de á cuarta.

El zapatero, el sastre y el calderero estaban ya de acuerdo para escarmentar á Agapito, pues así que hubieron pasado las dos hermanas delante de sus puertas, salió de todas ellas un fuego graneado de pullas contra el infeliz amante, que de veras le quemó la sangre.

—Señor D. Agapito!… —decían—pito!… pito!… pitirrrrriiiito!… —acompañados por la consabida orquesta.

—A usted le llaman, —dijo D. Ambrosio; —usted, querido mío, es el hombre de la dicha; en todas partes tiene relaciones.

En seguida principió á cantar el sastre:

Calzón-roto se paseda

Desde el soto á la alameda;

Se paseda Calzon-roto

Desde la alameda al soto.

El calderero asomo la cabeza por la puerta, y gritó:

—¿Quién ha visto un corderito negro con el rabo blanco?

Los vecinos, que estaban en autos, se reían como bobos.

Soledad y Emilia reventaban por imitarles, y al mismo tiempo sentían algo parecido á la compasión por Agapito.

—Oye usted, compañero? — dice D. Ambrosio al aludido. —Preguntan que quién ha visto un corderito negro con el rabo blanco. ¿Si se le saldrá á usted la camisa por atrás?… A ver ?

El zapatero, como más agraviado, no se da por satisfecho con tan poco, sino que, corriendo detrás de Agapito, le detiene, agarrándole por un brazo, y le dice:

—A ver, D. Agapito, deme usté la liebre, y dejémonos de historias.

—Qué liebre? pregunta el estudiante, poniéndose de veinte colores, con unos ojos más espantados que los del animalito que le reclaman.

—La que ha cogido usté en la acera.

—Ha cogido usted alguna liebre, Agapito? Pregunta D. Ambrosio, haciéndose el cándido.

—Yo no he cogido liebre ninguna , responde formalmente el colegial, ignorando que entre el pueblo se suele decir del que cae como cayó él: Que coge una liebre, que coge la cena.

—No ha cogido usté liebre ninguna?— exclamó el zapatero.—Pues ponga usté por bajo que no he dicho nada, y… usté perdone.

Excusado es añadir que Ricardo, el marido de Soledad, enterado por ella de lo que pasaba, no necesitó recurrir á nada para ahuyentar de su casa al niño mosca.

Si lo que Soledad había dicho á éste repetidas veces no era bastante para obtener tan buen resultado, los crueles y continuos sarcasmos de D. Ambrosio y las escenas que acababan de representarse hubieran sido suficientes para acobardar á otros más guapos que Agapito; de quien no he oído que haya vuelto á exponerse á que alguno le diga lo que dijo D. Ambrosio en casa de Soledad, refiriéndose á él: Hasta los gatos quieren zapatos.

FIN

Ventura Ruiz Aguilera

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PROVERBIOS ESPAÑOLES (primera serie)

Publicado en Madrid en 1884

LIBRERÍA DE DON LEOCADIO LÓPEZ.

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HASTA LOS GATOS QUIEREN ZAPATOS II

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HASTA LOS GATOS QUIEREN ZAPATOS

II

Ahuyentado Agapito de casa de Soledad por la presencia de su enemigo D. Ambrosio, no se arrepentía, sin embargo, de su conducta nada cuerda, y no sólo no se arrepentía, sino que una tras otra, hizo que llegasen á manos de aquella tres cartas, nada menos, en las que había reunido cuanto á él le pareció más sublime en materia de amor. Lo que el pobre chico debió cavilar y sudar para ir compaginando y zurciendo aquellos curiosos documentos; los paseos que se dio por las soledades é intrincados laberintos del Buen Retiro para inspirarse en tan amenos sitios, entre los perfumes campestres de sus verdes bosquecillos y el cántico de colorines y ruiseñores, sólo Dios y él pudieran decirlo. En la última de las tres cartas, viendo que á las anteriores no recibió contestación, anunciaba á Soledad una visita, para oír de boca de ésta la sentencia de su vida ó de su muerte. La perseguida esposa estaba dispuesta á dársela, y de tal naturaleza, que no le quedasen ganas de volver por otra; esto, suponiendo que él no hiciese caso de los consejos que le tenía preparados.

Un martes, á las tres de la tarde, se presentó Agapito á reclamar contestación, como el acreedor necesitado á cobrar un pagaré á su favor, en el día y hora fijos del vencimiento.

—Ingrata! fué la primera palabra que dijo, después del saludo.

—No creo que haya motivos para atribuirme semejante defecto.

—Qué no hay motivos! ¡Y lo dice usted tan serena!…

Yo tengo por ingrata á la persona que no se acuerda de quien á todas horas la conserva en su memoria y en su corazón. Usted no se ha dignado acordarse de mí, consagrarme un recuerdo.

Agapito llevaba perfectamente estudiado su sermón algo mejor que las conferencias á San Isidro; así es que, lejos de tropezar, expresábase con facilidad pasmosa, fingiendo una ternura y una pasión, que ya quisieran muchos cómicos.

—Se equivoca usted, amigo,—repuso al momento Soledad;—me he acordado bastante, y soy franca, deseaba que viniese usted por aquí.

—Con que he tenido tanta dicha?… ¿Y qué me contesta usted, Soledad? Ha leído usted mis cartas?

—Vaya! Sí, señor.

—Qué le parecen á usted?

—Qué quiere usted que me parezcan?… Conforme las iba leyendo, me preguntaba yo á mí misma; «Pero, señor, dónde he visto yo esto?» Discurre por aquí, discurre por allí… nada! Hasta que al fin, leyendo la tercera, dije: «Ah! ya caigo! ¡Pues si es del Rafael, de Lamartine!…! Sólo que él, es decir, usted, ha cambiado y suprimido alguna que otra palabra para aplicarla al caso.

—Cómo puede ser eso?… No me explico…

—Sí, señor, del Rafael, cuando Julia le dice á él lo que usted me dice á mí. Aquí está el Rafael; precisamente lo he acabado hace ocho días, y por cierto que es una novela en la que todo me parece afectado. Oiga usted, oiga usted.

Y Soledad leyó lo que sigue:

«Yo no sé si lo que siento por vos es lo que se llama amor en la lengua pobre y confusa del mundo, en la que las mismas palabras sirven para expresar cosas que solamente se asemejan en el sonido que producen en los labios del hombre; no quiero saberlo… Pero sé que es la más suprema y la más completa felicidad que el alma de un ser vivo puede aspirar del alma, de los ojos, de la voz de otro ser, que se le asemeja, que le faltaba, y que se completa encontrándolo. Al lado de esta felicidad sin límites, de esta aspiración mutua de los pensamientos por los pensamientos, de…» Pero ¿á qué seguir leyendo? Basta que yo lo diga. No se ponga usted colorado, Agapito; no es usted el primero que entra en los jardines ajenos á coger flores para obsequiar á las damas.

Agapito estaba corrido como una mona. Con todo, conociendo que era preciso decir algo, inventar una disculpa cualquiera para no quedar tan en berlina, exclamó:

—Confieso mi hurto, Soledad. La situación de mi espíritu era tal en el momento de escribir á usted, que no hubiera acertado á coordinar media docena de palabras; entonces me ocurrió esa inocente estratagema.

—Es decir, que ha hablado usted por boca de ganso. También indica usted no sé qué de opresiones y de tiranos, que sólo existen en su imaginación exaltada y calenturienta. En mi casa, Sr. D. Agapito, no hay más tiranos, á Dios gracias, que mi esposo, hombre

de bien á carta cabal, y mi hermana Emilia, que es un ángel; así es, que vivimos en la gloria.

—Señora, la pasión hace presumir cosas… porque la fuerza de la pasión… y la…

—Qué pasión, hijo mío, ni qué niño muerto! Usted es una criatura que aun está, como suele decirse, con la leche en los labios, que tiene el cerebro lleno de novelas, que no conoce el mundo ni los resultados de ciertas indiscreciones, y se lanza en busca de aventuras peligrosas. No se figure que se me ha escapado, la inclinación ó el capricho de usted hacia mi, como no se le habrá escapado quizás á ninguna persona de las que nos tratan; pero yo no podía evitarlo mientras usted no me lo hiciera saber; ahora, pues, le ruego y le aconsejo que no se acuerde de mí más que como una amiga que le aprecia, ó me veré obligada á revelar, á mi marido lo que hay; cosa que, en verdad, por el bien de usted no he querido decirle hasta ahora.

—Habla usted con formalidad?

—Que si hablo con formalidad? ¡Me gusta la ocurrencia! Qué había usted llegado á figurarse? Si usted en su imaginación ha podido hacerme la ofensa de creer que podría yo faltar á mis deberes, como lo indica su pregunta, ha procedido con una ligereza incalificable.

—Yo creía haber observado en usted muestras de simpatías… especiales hacia mí.

—¡Gracias por el favor que me dispensa, atribuyéndome semejante cosa! ¡Cada vez lo va usted componiendo más! Repito que le aprecio á usted como hijo de una antigua amiga de mi mamá, y nada más; sentiría tener que modificar el buen concepto que de usted me había formado.

—Si usted, según manifiesta, había ya advertido mi inclinación amorosa, que por cierto no es de hoy, sino de mucho tiempo atrás, debió no alimentar con su aquiescencia esta pasión, que será causa de mi eterna desventura.

—¿Acaso yo he alimentado eso que usted llama su pasión? Cómo, cuándo, de qué manera? Hable usted. Vamos, usted ha perdido el seso! ¿Qué quería usted, criatura? ¿Que cuando se colocaba á mi lado llamase á un municipal para que le quitase de allí, y que cuando me miraba le tapase los ojos?

—Lo cierto es que yo he perdido mi alegría y mi salud.

—Pues mire usted, se conoce bien poco; pero en fin, celebraré en el alma que usted se alivie.

—Es imposible; yo había acariciado, acá en mi mente, unas ilusiones así… tan… tan… Mi amores tan puro, tan…

—Diablo, con las purezas de usted! ¡ Dios nos libre de ellas! ¿No hay solteras en Madrid, á quienes un joven como usted pueda consagrar su cariño? ¿No sabe usted que es pecado codiciar los bienes ajenos? ¡Qué pronto olvida el catecismo de la doctrina cristiana!

—Eso es llamarme niño.

—Sí, señor; es usted niño por sus años, si no por su conducta; perdone usted que le hable con esta franqueza. Déjeme usted vivir en paz y en gracia de Dios; renuncie á su proyecto insensato, emplee el tiempo en cosas útiles y más propias de su edad que esta clase de galanteos, y goce y disfrute, antes que el conocimiento y la experiencia del mundo le roben verdaderamente esa alegría y esa salud de que, hoy al menos, si no me equivoco, se halla usted en plena posesión, por más que afirme lo contrario. Y ahora, tome usted sus cartas… no quiero comprometerle conservándolas.

—Yo espero que usted meditará… que no me exigirá que desista de mi…

—Vaya si se lo exigiré! Sí, señor; de ningún modo autorizaré que por apariencias se de lugar á murmuraciones que hayan de perjudicarme. Si usted no desiste, enteraré de todo á mi marido, y entonces…

—¿Y qué derechos tiene sobre mí su marido de usted?

—Vamos! Más vale tomarlo á risa ! Está bien. Agapito, haga usted lo que quiera; yo haré lo que me convenga. Hemos concluido.

Hubo un momento de silencio, durante el cual Agapito se puso derecho el lazo de la corbata, que se le había corrido hacia la nuca, y en seguida, aunque demostrando serenidad é indiferencia, despidióse altamente enojado; pues, como dice con razón Quevedo: Su colerilla tiene cualquier mosca.

cont1Conclusión.

Ventura Ruiz Aguilera

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PROVERBIOS ESPAÑOLES (primera serie)

Publicado en Madrid en 1884

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HASTA LOS GATOS QUIEREN ZAPATOS

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HASTA LOS GATOS QUIEREN ZAPATOS

I

Soledad y Emilia acababan de asomarse á uno de los dos balcones de su cuarto, coronados de enredaderas, llenas de campanillas azules, blancas y amarillas, en una hermosa mañana de otoño, cuando la primera se retiró precipitadamente de aquel sitio, diciendo:

—Emilia, entra corriendo!

—Pues, qué sucede?

—Entra, mujer; ahora lo sabrás.

Retírase también Emilia, cierra Soledad el balcón, cuidando de no meter ruido; y acercándose á la puerta de la sala, grita:

—Lorenza! Lorenza!

—Mande usté, señora, responde la criada.

—Oiga usted: si llama D. Agapito y pregunta por nosotras, dígale usted que hemos salido hace un momento, y que volveremos tarde.

—Está bien.

La criada se vuelve á la cocina.

—Qué!—dice Emilia á su hermana,—le has visto?

Estás segura ?

—Como de que estoy hablando contigo. Ya! ¡Ya es penitencia la que tengo con el tal monigote!

—Por qué no se lo cuentas á tu marido?

—Son cosas muy delicadas; él tiene mal genio, y sería capaz de arrojar por el balcón á ese títere.

—¿Crees que tu marido no habrá ya sospechado algo?

—No sería extraño, porque el otro de nada se recata, aunque le observe todo el mundo. Al contrario, se complace en que le vean y en dar á entender lo que no existe. Es mucho cuento! Si vamos á misa, nos sale al encuentro, y nos habla, y nos da agua bendita; salimos á tiendas, y nos persigue como una sombra; concurrimos al teatro, y se sienta á nuestro lado, ó si está lejos, me clava los gemelos, y me echa unas miradas tan particulares, que parece que se le saltan los ojos.

—Y qué piensas hacer?

—No sé.

—Díselo á su madre para que le aconseje que renuncie á sus pretensiones.

—A quien? A Dª Feliciana? Tan tonta es la madre como el hijo, y serían capaces, entre los dos, de armarme un lío.

El que oyese la conversación de las dos hermanas, creería, viéndolas tan alarmadas, que Agapito es un monstruo, un tirano, un traidor de melodrama; no es esto precisamente, pero es algo no muy bueno. Agapito es la antítesis del viejo verde; un conato de hombre, un renacuajo de diez y seis años, un aspirante á persona, estirado, grave, presuntuoso, descaradillo. que pretende hablar grueso (á pesar de su voz afeminada), fuma puros que abultan más que él, pisa fuerte, gasta cara seria y tacones de seis dedos de alto, y se unta con corteza de tocino, grasa de oso y otras porquerías para que le nazca el bigote; un filósofo precoz, formado en los cafés, y quizás en otros sitios peores; una raquítica parodia de D. Juan Tenorio; un libertino en agraz, moralmente decrépito, antes de haber principiado á vivir; que habla de decepciones, sin haber visto el mundo más que por un agujero; que tiene, por supuesto, sus ribetes de descreído, y en circunstancias, sus pujos de devoto á la moda; que huye de los muchachos de su edad, y busca la compañía de hombres de importancia, prefiriendo también, como es consiguiente, las casadas á las solteras. Témele, sin embargo, Soledad, no por lo peligroso que él sea, sino por lo que pudieran sospechar ó inventar las gentes, viéndole pegado siempre á ella como una lapa; y á no ser tan antiguas las relaciones que existen entre las dos familias, ya le hubiera echado de sí con cajas destempladas.

A pesar de las órdenes del ama, Lorenza abre la puerta al intrépido Agapito, porque éste se formaliza y se empeña en que ha visto en el balcón á las dos hermanas.

Soledad dice á Emilia que la deje sola; que está resuelta á despachar de una vez al niño aquel, como tenga la audacia de dirigirle una palabra siquiera que revele las pretensiones que indudablemente abriga.

Entra, pues, Agapito en la sala, más tieso que un huso, taconeando como nunca, y pasándose una mano por la rizada melena.

Como hasta ahora no ha encontrado una ocasión favorable para declarar á la dama de sus pensamientos el atrevido que alimenta, viendo, al fin, el campo libre de testigos , determina hacer algún pinito insinuante, tentar el vado. Qué osadía en su mirada! ¡Qué presunción tan cómica en toda su personilla! Soledad no acaba de asombrarse.

—A los pies de usted, dice Agapito.

—Buenos días, responde Soledad, sin levantar los ojos del bastidor en que marca un pañuelo con letras de realce.

—Usted tan buena ?

—Perfectamente. Y la mamá?

—Sin novedad. Supongo que Emilia disfrutará también la salud más completa; la he visto al balcón.

—Sí, señor.

—Sin embargo, Lorenza me las negaba á ustedes.

La fortuna, que yo las había atisbado; que sí no!…

—Habrá sido una distracción suya…

—Quizás! Pero como ya va de tres veces!… Yo tengo acá mis sospechas… Si supiera que molesto!… Pero, hablando de otra cosa… ¡Qué divinamente bordadas están esas letras, Soledad!

—Le gustan á usted?

—A mí me gusta todo lo que usted hace.

—Burlón!

—Le digo ú usted lo que siento; si otra me queda!…

—Gracias, si es así.

—Oh! y si tuviera yo la suerte de poseer un pañuelo bordado por usted, lo colocaría sobre mi corazón como una reliquia sagrada, como un…

—Ave María purísima! ¿Qué está usted diciendo, criatura?

—Lo que usted oye.

—Y en verano también?

—También.

—Jesús, qué angustia! Qué sofoco! Pero, hijo, entonces, con qué había usted de sonarse?

Esta prosaica observación deja parado á nuestro Agapito; pero como él no se ahoga en tan poca agua, al momento responde:

—Llevaría otro de repuesto en el bolsillo.

—Eso sería convertirse en acémila. Hablemos formalmente, Agapito. Es usted muy exagerado, lee usted muchas novelas, y aplica el lenguaje y los sentimientos falsos, que contiene gran parte de ellas, á la práctica de la vida real, con la que forman el más opuesto contraste.

—A la prueba, pues; bórdeme usted uno , y…

—No doy palabra; por bordar éste me he quedado casi ciega.

—Se puede saber para quién es?

—No hay inconveniente: para mi marido.

—Dichosos los maridos, que gozan privilegios tan envidiables!

—¿Por qué no se casa usted, y será de los privilegiados?

—Quién ha de quererme á mi? Muy dejada ha de estar de la mano de Dios la que de mí se enamore. (Aquí Agapito se mira, desde la silla que ocupa, en el espejo de enfrente, y se relame, en prueba de lo satisfecho que le ha dejado la contemplación de su figura.)

—¡Vamos, vamos, no hay que echarse tanto por los suelos! Todo se sabe, hasta lo de la callejuela.

—Le juro á usted, bajo palabra de honor, que hasta ahora no conozco la dicha de ser correspondido, por la sencilla razón de que no me he declarado á la mujer que adoro.

—Y ha tenido usted buena elección ?—exclama Soledad, viendo ya al insigne Agapito en el terreno á que ella se ha propuesto conducirle.—Bien que (añade), usted qué ha de decir?

—Amo á una mujer, que ni soñada.

—Le doy á usted la enhorabuena.

—Pero amo un imposible.

—No comprendo.

—Es una mujer casada.

—Ya sabe usted el noveno-mandamiento: No desear la mujer de tu prójimo.

—Me confieso culpable: yo amo á la mujer de mi prójimo, dice Agapito con la mayor desfachatez, aproximándose otro poco á Soledad.

—La conozco yo?… pregunta ésta, levantando sus hermosísimos ojos negros, cuyas miradas incendian como relámpagos el corazón del atrevido adolescente.

Agapito, en medio de sus arrebatos y del aturdimiento y del vértigo que le causan estas miradas asesinas, no oye la campanilla de la puerta; así es que en el instante mismo de ir á declararse á Soledad, y aun acaso á besarla la mano, sin pensar en las consecuencias, ve asomar por la puerta á D. Ambrosio, hombre á quien aborrece con sus cinco sentidos, porque en varias ocasiones de las más críticas para él le había recordado indirectamente su corta edad, sin duda con la mira de ridiculizarle.

Siéntase D. Ambrosio, y después de escaramucear un momento con los ojos, escaramuzas que hacen sonreír á Soledad y ruborizarse al buen Agapito, y deseando ahuyentar á éste para tratar con aquella del asunto que allí le conduce, exclama :

—Ay, Soledad de mi alma! Esto no es para viejos; vengo rendido, hecho pedazos.

—No ha ido Ricardo por su casa de usted?

—No, señora.

—Si supiera usted lo que lo siento! ¡ Y tanto como se lo encargué, para evitarle á usted este paseo!

—Cómo ha de ser! Otra vez nos meteremos en un coche, y andando. El mal no consiste sólo en la distancia, sino en esos picaros de pedernales. Y gracias á que traigo zapatos de castor, con tacones bajos como el canto de un duro. No concibo cómo pueden andar por Madrid los que los llevan altos á manera de zancos; verbigratia, el señor. Yo me torcería los pies á cada paso.

Un taconazo sobre el estómago no hubiera producido en Agapito el efecto abominable que las naturalísimas palabras de D. Ambrosio.

—Diga Usted, Agapito, —continúa éste para remachar el clavo,—¿son ustedes este año muchos niños en San Isidro ?

—Muchos, responde secamente Agapito.

—Sobre cuántos ?

—No lo sé.

—¿Creo que están ustedes muy recargados de estudio?

—Psit!

—Pues, francamente, eso es matar á los angelitos, abusar de sus fuerzas intelectuales; ¿no es verdad lo que digo? Usted, que lo sabe por experiencia, puede responder. ¡Y hay algunos tan tiernos, que es una lástima! Usted por fin ya es granadito… ¡No ha dado usted mal estirón desde que no nos vemos! Bien que, así en broma, ya se irá usted arrimando á los quince años.

Don Ambrosio consigue lo que desea. Su víctima no puede ó no quiere resistir más sus feroces indirectas, y se retira con visibles muestras de disgusto profundo.

—Válgate Dios!—exclama D. Ambrosio, arqueando las cejas, después de salir el otro.—Válgate Dios! ¡Hasta los escarabajos tienen tos!

—Cómo!

—Que hasta los gatos quieren zapatos.

—Por qué lo dice usted?

—Por nada, hija, por nada, responde D. Ambrosio, rascándose detrás de una oreja con redomada socarronería.

cont1Segunda parte.

 

Ventura Ruiz Aguilera

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PROVERBIOS ESPAÑOLES (primera serie)

Publicado en Madrid en 1884

LIBRERÍA DE DON LEOCADIO LÓPEZ.

La niña bonita

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LA NIÑA BONITA

No hay nada más insoportable en el mundo.

Ahí la tiene V. en aquel palco adoptando una postura que ha estudiado en su casa antes de venir al teatro.

¡Y qué manera de poner la cara y los, ojos y el cuerpo más violenta y más estrambótica!

¿Menearse ? ¡Ahí es nada si la tarea es difícil!

¿Estará mejor de perfil, de frente, con el hombro levantado, con la cabeza alta ó con toda su individua indolente?

La niña bonita es víctima de su belleza, y cuenta el número de sus víctimas por el de los infelices que se le acercan á decirle cuatro galanterías.

No hay que contar en el número de las mujeres bonitas que se hallan persuadidas de que lo son á esas muchachas que vemos por Madrid con frecuencia, y que ignoran, ó cuando menos en nada estiman su belleza, como no sea para no perder el cariño del hombre á quien quieren.

El ser bonitas para ellas no tiene otro valor que el de mantener las ilusiones del novio. Son mujeres que se deben al hombre escogido por su corazón, no á cualquiera que haga elogios de su belleza.

No le sonríen al primer amigo que se les acerque y les eche una flor, para animarle, estimularle y obligarle á que siga perfumándoles

el oído; no son niñas bonitas de profesión.

Porque existe una clase, no muy numerosa, por fortuna, pero sí muy esparcida por donde quiera, de niñas bonitas que no se ocupan de otra cosa que de significar en todas partes que lo son, de empalagar á todo el mundo con sus dengues, de perjudicar el sexo á que pertenecen y de alejar á los hombres del matrimonio con su desdichado plan de campaña.

Es una plaga como otra cualquiera.

En esa lotería de cartones y bolas numeradas que se juega en las tertulias de confianza, al ser extraído del saquillo el número 15, suele decir el encargado de esta faena:

—¡La niña bonita!

Esto es debido á creerse que no hay ninguna mujer fea á los quince años.

Error crasísimo.

Las hay que espantan, que aterrorizan al más valiente, aunque tengan únicamente quince años; ya hemos dicho cómo se llaman: niñas bonitas de profesión.

PEDRO SAÑUDO AUTRAN

Publicado en su obra

NARRACIONES ESPAÑOLAS Y AMERICANAS, 1886

Segunda parte.

Narraciones y artículos.

CLAMAVI

catedralTOLEDO

CLAMAVI

A MI RESPETABLE AMIGO

DON GASPAR NUÑEZ DE ARCE

A tí clamé, mi Dios, y no me oíste.

Yo uní mi voz al misterioso acento

De la campana de metal sonoro,

Que al cielo lleva el viento,

A la par del murmullo grave y lento

De las sagradas vírgenes del coro.

 

Yo te adoré en la imagen de madera

De tu madre bendita.

Que por santa patrona se venera.

No lejos de mi pueblo, en la ladera

De un monte, donde elévase una ermita.

 

Yo te busqué en los góticos pilares.

A través de los vidrios de colores,

Y á través del incienso, en los altares

Llenos por tí, de joyas y de flores.

 

Yo te busqué en el mágico concierto

Del órgano, y el cántico y las luces,

Y en el fulgor incierto

De las capas de seda y de brocado

Que agítanse con iris nacarado

En torno de los cirios y las cruces.

 

Yo te buscaba; pero tú. Dios mío,

Tú no oíste mi voz; murió en mi pecho

La santa fe que cobijó mi cuna;

Helóse el alma de la duda al frío,

Y el corazón deshecho

Sin ley, ni norte, ni esperanza alguna,

Solo quedó en las sombras y el vacío.

RICARDO BLANCO ASENJO

De su libro de poesías y poemas: PENUMBRA (1881)

IMPRENTA DE FERNANDO CAO Y DOMINGO DE VAL

HACER DE TRIPAS CORAZÓN (conclusión)

Leer la parte I

Leer la parte II

PROVERBIOS ESPAÑOLES

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HACER DE TRIPAS CORAZÓN (conclusión)

III

Lo mismo fué aparecer en las tablas la hermosísima gaditana, partieron de todos los puntos del teatro ruidosas aclamaciones y bravos, expresión inequívoca de las simpatías que su sola presencia despertaba. El público adivinó al momento que tenía delante de sí una bolera de raza, como se adivina, en el modo de saludar y de presentarse una persona, si es ó no de buena sociedad, si ha recibido ó no una educación esmerada. Estrella estaba en su verdadero terreno; el escenario era su trono; y mientras durase el baile, tenía seguridad completa de ser reina y señora de todas las voluntades y de todos los corazones.

Estrella no había querido someterse al yugo extranjero, adoptando la cortísima y vaporosa falda de linón, pomposamente hueca y sin adornos, que de entonces acá viene desnaturalizando el carácter del airoso traje nacional. Esclava de la tradición española, lucía una falda de maja, de raso azul celeste, bordada de plata, con abundante pasamanería de colores y varias guarniciones de blonda negra, que le llegaba un poco más abajo de las rodillas; corpiño de carmesí de la misma tela, peineta á un lado y rosas á la cabeza. Adelantóse hasta el proscenio con gentil desembarazo, hizo un saludo con una graciosa sonrisa y una elegante inflexión de cintura, y al compás de la orquesta, mezclado con el repiqueteo de las castañuelas, dio principio al Jaleo de Jerez, y fin á la impaciencia de los espectadores.

El Jaleo es uno de los bailes que más elocuentemente hablan á los sentidos, insurreccionando todos los instintos carnales con el estímulo, para algunas organizaciones irresistible, de una mímica fascinadora; pero no sin dejar también en el alma , como la música, por lo vago é indeterminado de su lenguaje, ciertos sentimientos melancólicos y aspiraciones confusas.

Ved cómo lo baila esa hechicera criatura. Sola en la escena, encendida como una rosa de Alejandría, objeto de todas las miradas, de todos los pensamientos, de todas las palabras y de todos los aplausos, ostenta en sus pintorescas actitudes y movimientos la flexibilidad del junco y la ágil soltura de la pantera; ya se dobla con dulce abandono, y parece desmayarse, pidiendo con sus ojos de gitana, que poseen la atracción de los abismos, y con su boca de claveles, sonrisas y besos á todos los ojos y á todos los labios; ya su paso menudo y veloz recuerda la carrera de la perdiz por las llanuras; ya, en fin, parece que se enoja, dirigiendo al cielo una mirada soberbia, fulminante, y hollando con soberana firmeza el tablado, que tiembla y gime bajo su planta. Írguese unas veces, más derecha que un pino de Guadarrama, no menos que si se clavase en las tablas, sobre las puntas de unos pies que pudieran pasar por modelos hasta en Andalucía; y al par que la pureza de sus contornos, se admira la rigidez de sus músculos y de sus tendones de acero, que se creería incompatible con la suavidad y la redondez de sus formas. Otras veces se arrodilla ó se sienta, y arqueando y retorciendo los brazos, y doblándose á todos lados, lo mismo que si sus miembros no tuviesen articulaciones, desplega sucesivamente el conjunto armonioso de sus atractivos, como se desplegan las figuras del país de un abanico abierto por la mano de una hermosa. Enróscase su mirada en los corazones, como la serpiente del paraíso se enroscaba en el árbol funesto para tentar y perder á nuestros primeros padres; y de esa mirada, y de la sonrisa que juega en su boca, en sus ojos y en sus mejillas, brotan corrientes eléctricas, inflamando la atmósfera voluptuosa que allí se respira.

Apenas podemos comprender hoy las entusiastas ovaciones que en el tiempo á que me refiero se tributaban á las bailarinas; las apuestas sobre el mérito de unas y otras; los partidos que en torno de ellas se agitaban, y que en varias ocasiones, desconfiando de la persuasión de las palabras, estuvieron á punto de pasar á vías de hecho. Escatimábanse entonces á los poetas los aplausos, recompensa de sus vigilias y de sus talentos; pero se talaban los jardines de las inmediaciones de Madrid, para arrojar á las plantas de aquellas monstruosos ramilletes de flores, comprados á precios exorbitantes; marcando más y más cada uno de estos triunfos, juntamente con los de los gimnastas en los circos ecuestres y los de los toreros en la plaza, en medio de un entusiasmo frenético, nuestra miseria moral y literaria.

¿Quién no hubiera, pues, considerado á la bella gaditana en el colmo de la dicha y de la gloria durante el Jaleo? ¿Quién hubiera sospechado que aquella sonrisa, que la alegría aquella, que se comunicaba como un dulce contagio, era el velo engañoso de un gran dolor, del más grande y más verdadero que pudiera sufrir la bailarina?

Ella, que no lloraría viendo morir de amor un hombre á sus pies; ella, que quizás no había exhalado un solo suspiro por la perdida inocencia, y cuya lengua escarneció á menudo las cosas más respetables, cubriendo su corazón con una armadura invulnerable á muchos afectos nobles, acordóse de repente de la pobre Pepa, de su solo amor, de su pasión única; y todo el mundo pudo ver bañarse en llanto sus ojos, y agitado su pecho por los sollozos que involuntariamente lanzaba. Llovían flores y flores á sus pies, echáronle coronas y dulces, soltaron palomas, crecieron los aplausos, y ella siempre llorando.

No hubo nadie en el teatro que no reparase en sus lágrimas: los indiferentes y los benévolos atribuyéronlas al contento por el triunfo conseguido ó á una indisposición cualquiera repentina; pero habiendo asegurado, bajo palabra de honor, uno de esos graciosos en que tanto abunda la sociedad, que el llanto aquel procedía de haber tenido la bailarina una furiosa reyerta con su amante, que la abandonaba por otra rival, la agudísima ocurrencia pasó de boca en boca hasta generalizarse y adquirir el carácter de una verdad demostrada.

—Pobre muchacha ! dijeron unos.

—Zalamerías! Farsas! exclamaron otros.

Estrella hacía esfuerzos increíbles para reprimir su inquietud y su angustia; pero de repente, al volver la cabeza, ve á su criada entre bastidores, dale un vuelco el corazón, adivina lo que sucede, y vacilando su cuerpo como un arbolillo agitado por el viento, cae desplomada sobre las flores mismas que acaban de arrojarla. Retíranla del escenario, entra la confusión general, y á poco se sabe que su madre había expirado mientras ella bailaba, tanto al compás de los aplausos como de la orquesta. ¡Con razón se había resistido á salir á las tablas en aquella noche! Pero la Pepa le había dicho: «El oficio de la gente de teatro es muy duro, hija mía; bien lo sabes tú. ¡Cuántas y cuántas no habrán tenido que violentarse, que hacer de tripas corazón más de una vez, para no perjudicar á nadie, y trabajar y fingir contento!» Y obedeciendo á estas palabras de la moribunda, que le imponían el sacrificio más costoso para ella, aunque se hallase en consonancia con su índole generosa, la compañía tuvo al fin un pedazo de pan que llevarse á la boca, y la empresa logró escapar milagrosamente del temido naufragio.

FIN

 

 

Ventura Ruiz Aguilera

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PROVERBIOS ESPAÑOLES (primera serie)

Publicado en Madrid en 1884

LIBRERÍA DE DON LEOCADIO LÓPEZ.

HACER DE TRIPAS CORAZÓN II.

Leer la parte I

PROVERBIOS EJEMPLARES

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HACER DE TRIPAS CORAZÓN

II

Al recibir D. Juan la noticia del fatal percance, nubláronsele los ojos, alborotósele el corazón, y le faltó poco para caer sin conocimiento en una butaca. El recadito de la bolera, dado por el avisador del teatro con sencillez y naturalidad pasmosas, fué para la persona á quien iba dirigido, una puñalada, que le atravesó de parte á parte el pecho, esto es, el bolsillo; fué peor que confesarle y administrarle; fué acabar con él, conducirle al cementerio, abrir una sepultura, echarle tierra encima y ponerle un epitafio ramplón, que, para mayor desconsuelo, no leería ningún curioso. Propagóse la noticia con rapidez eléctrica desde el primer galán hasta el último de los utilidades; hubo entre bastidores cuchicheos, corrillos, murmuraciones, conatos de sedición, y aun , en medio de la general sorpresa, profiriéronse amenazas vergonzantes, y se descargaron sobre los mofletes del empresario más de seis bofetones… morales. Por último , formulada por la compañía en pleno una especie de protesta contra la intolerable conducta económica de D. Juan, comunicósela el primer galán en los términos más claros y explícitos.

De la protesta resultaba que nadie quería ya trabajar; que iban á darse poderes amplios al autor ó representante de la compañía para perseguir, no sólo á D. Juan, sino al propio lucero del alba, ante los tribunales, y que los ensayos para la función de la noche se suspendían. El empresario, que era un muñeco por su ruin estatura, cogía, sin embargo, el cielo con las manos, trinaba y gorjeaba pestes contra las cinco partes del mundo, que el embajador oía como quien

oye llover. No le era ya posible á la compañía seguir manteniéndose, como hasta entonces, de palabras y de ilusiones. Si es verdad que al principio los actores cobraron sus quincenas puntualmente, no lo es menos que poco á poco fueron descendiendo al estado lastimoso de almas en pena. Harto conocía D. Juan la razón de tales quejas; pero qué remedio? El estaba tronado; había de meterse á monedero falso? ¿Había de robar?

El único recurso era acudir á Estrella , apelar á su corazón; rogarle por toda la corte celestial que tendiese una mirada protectora, no ya á la empresa, que harto, ay! lo había menester, sino á los infelices actores, cuyas familias se lamentaban en la mayor miseria, é indicarle, con diplomacia que la empresa no olvidaría merced tan insigne.

Estrella no había conocido padres: recogida, á la edad de tres años, en medio de las calles de Cádiz por la pobre mujer que ahora se hallaba poco menos que espirando, fué criada por ella con el regalo de una princesa y con tanto amor como si la hubiese llevado en sus propias entrañas. A los trece años entró la chica en el teatro, y ganó aplausos, dinero y coronas, en cambio del candor y de la pureza, que al mismo compás fué perdiendo. Era aún niña, y no obstante, su rostro, su mirada, sus modales revelaban ya un conocimiento consumado del mundo. A los diez y ocho era mujer capaz de arruinar en cuatro días con sus caprichos al más opulento capitalista, y á la sazón desplumaba dulcemente al rico primogénito de un título de Castilla, que ciego por ella, había venido siguiéndola desde Córdoba. Estrella bailaba divinamente; pero sabiendo que la fama y la fortuna de muchas compañeras, más que á su habilidad, más que á su arte, eran debidas á sus alardes de cínica desenvoltura, tuvo la debilidad de seguir la misma senda, á pesar de saber también que el mundo, aunque cómplice de ellas, mira ciertas cosas como una degradación, como una afrenta. En efecto, desde el momento en que una mujer descorre deshonestamente, ante la vista indiscreta y codiciosa del mundo, el velo que oculta los misterios del pudor y de la inocencia, esa mujer está profanada, esa mujer, aunque sea modelo de perfecciones en lo restante, se ve reducida á vivir, como los parias, en un círculo aparte del círculo en que viven las demás mujeres, y hasta abdica el derecho santo de hablar de virtudes de su sexo, que ella ha vendido en público mercado, no sólo sin llorarlas, sino locamente embriagada por el brillo del oro ó por las seducciones de una gloria funesta. Pero esas pobres criaturas, á quienes ninguna alma benéfica puede rehusar su compasión, conservan generalmente (porque son extremadas en todo) allá en lo íntimo de su pecho, como en sagrario inviolable, la virginidad y la energía de sentimientos nobilísimos, que otras más completas acaso no posean en grado tan alto.

Estando ya nuestra bailarina en edad de apreciar lo mucho que debía á la Pepa, como llamaba ella á la que creían su madre, amábala con tan acendrado cariño, que casi rayaba en lo pueril, y mucho más á los ojos de quien conociera su soberbia altanería, ó mejor dicho, su insolente despego. La Pepa era una mujer ordinaria, que de naranjera en sus floridos años, había llegado, por una serie de curiosas metamorfosis, á ser todo un poder del estado… teatral, puesto que á veces su mediación con Estrella, una sola palabra suya, una seña, un ademán, bastaban para evitarlos conflictos, resolver las crisis y conjurar las tormentas de entre bambalinas. Esta influencia no carecía, como he dicho, de fundamento: á Estrella le hubiera enseñado su instinto de mujer apasionada, á no enseñárselo desde niña los cuidados y el entrañable afecto de la Pepa, que el corazón de ésta encerraba tesoros de ternura infinita, tesoros que habría derramado en sus hijos, como los derramaba en Estrella, á concederle Dios la dicha de ser madre.

Cuando entró D. Juan en casa de Estrella, hallábase ésta con la Pepa en una alcoba, separada de la sala únicamente por un débil tabique. La bailarina estaba pálida; pero no con la palidez morbosa de las naturalezas gastadas, sino por efecto de la inquieta noche pasada en velar y asistir á la enferma.

—Acabo de recibir el recadito de usted,— dijo el empresario en el tono más respetuoso; —y comprendiendo la gravedad del motivo que la asiste para no trabajar esta noche, no puedo menos de aplaudir, como se merece, su conducta. Pero usted ignora sin duda el compromiso de la empresa con el público. La empresa había anunciado la salida de usted; á estas horas ya no hay localidades; con la entrada se ha pagado á ciertos acreedores; de modo que no es humanamente posible devolver el dinero, y el crédito del teatro sufriría también no poco anunciando que por un accidente imprevisto se suspende la función. Estos accidentes imprevistos se miran como farsas de mal género.

—Y yo qué le he de hacer?

—Lo de menos sería, no obstante, el crédito del teatro, si al fin la compañía se prestase á trabajar; pero como no se le ha dado ni un maravedí de la entrada, me quiere hacer la forzosa, se han suspendido los ensayos, y se trata de citarme ante un juzgado.

—Lo siento mucho.

—La empresa,—continuó D. Juan, caminando derechamente á su fin, sin fijarse en las breves interrupciones de la bolera,—la empresa no viene á interceder por sus intereses; viene en nombre de una infinidad de familias que le piden pan, y que no sólo sufren las miserias y privaciones presentes, sino que si la empresa llegase á quebrar, estando, como estamos, á principios de temporada, quedarían materialmente en la calle.

—Lo que usted dice me aflige en extremo, señor D. Juan; y si de mí sola dependiera, en el acto mismo remediaría todas esas necesidades; pero no se canse usted: yo no bailo, estando mi madre, como quien dice, en sus últimos.

—Pero, niña, hágase usted cargo de mi situación! A saber lo que durará la enfermedad! Figúrese usted por un momento que su madre de usted se muere; ya tenemos otra interrupción; figúrese usted que…

—Es grande lo que á mí me sucede! —exclamó Estrella, dando una patada en el suelo; —¡esta gente cree que una no tiene entrañas, que somos de piedra pajarilla, y no de carne y hueso, como ellos!

—Si yo creyese tal cosa, ciertamente no hubiera apelado á su bondad; sino que, al contrario, haciendo uso de mi derecho…

—Pues hágalo usted,—interrumpió seca y desdeñosamente la bailarina.—Qué podrá suceder? ¿Que me lleven al teatro entre bayonetas?…

Las pretensiones de D. Juan fundábanse en una porción de antecedentes históricos: á Fulana, graciosa del Príncipe, se le había muerto años atrás su padre mientras ella cantaba y coqueteaba alegremente en una pieza tan cómica, que hacia desternillarse de risa hasta las piedras; á Mengano, que tanto se lucía á la sazón en la Cruz, desempeñando El Héroe por fuerza, le acababa de caer soldado su hijo, que puede decirse era la única esperanza de la familia; á Zutanita, dama joven de Variedades, le acometieron dolores de parto sobre la escena, haciendo el papel de doncella de una generala; accidente que no le habría sucedido allí, á no prestarse gustosa á servir á la empresa y á sus compañeros de ejercicio. Todos estos ejemplos los había reservado el astuto D. Juan para un caso de apuro, para el caso en que sus ruegos no surtiesen efecto. Sin embargo, Estrella permaneció impasible como una estatua, y hasta pareció no fijarse mucho en las observaciones del empresario, que interiormente se daba á trescientos mil pares de diablos. En tal estado la cuestión, la enferma, que todo lo había oído, llama á Estrella y le dice:

—Es preciso que bailes, niña.

—Mira, Pepa, mándame rodar, y rodaré; pero bailar?… eso sí que no.

—Pues sino bailas, hazte cuenta que arrebatas el pan de la boca á toda la compañía. El oficio de la gente de teatro es muy duro, hija mía, bien lo sabes tú. ¡Cuántas y cuántas no habrán tenido que violentarse, que hacer de tripas corazón más de una vez, para no perjudicar á nadie, y trabajar y fingir contento!

—Lo sé, Pepa, y ninguna me gana á generosa; pero…

—Si por algo te he querido siempre, es por tu excelente corazón.

—Pepa, ¡te olvidas de que estás confesada y sacramentada!

—Al contrario; porque me acuerdo, es precisamente por lo que te insto más á que bailes; ¿te parece que si muero, no me tendrá Dios en cuenta mis buenas acciones?

No fué menester más que estas palabras para que Estrella obedeciese á los bellos impulsos de su alma. Tocó la frente de la enferma con sus labios de fuego, y la roció con sus lágrimas, diciendo:

—Tranquilízate, Pepa; saldré á las tablas, y puesto que me lo mandas, bailaré mejor que nunca; pero con la condición de que si se agravase tu mal…

—Descuida: te avisará el muchacho ó la criada.

—Con que, Estrella, —dijo D. Juan, después de volver ésta á la sala, —¿permitirá usted que me retire sin esperanza de ser complacido? Cuento con usted?

—Sí, señor.

—Que sí? Ha dicho usted que sí?—-repitió el empresario, balbuceando de placer;—bailará usted?

—Bailaré.

—Es usted un ángel. Jamas olvidaré este rasgo sublime, que al par que la enaltece tanto, evitará la ruina de la empresa y la desesperación de una multitud de infelices.

Esto dicho, despidióse D. Juan , y partió rápido como una flecha al Circo, en donde vio rostros nublados y taciturnos iluminarse repentinamente con el alegrón que les produjo la nueva de que Estrella bailaría el Jaleo de Jerez, tan esperado por todo el mundo.

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Ventura Ruiz Aguilera

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PROVERBIOS ESPAÑOLES (primera serie)

Publicado en Madrid en 1884

LIBRERÍA DE DON LEOCADIO LÓPEZ.