MISS ADELINA (conclusión)

 

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IV

Entretanto, la pobre Adelaida llevaba una existencia triste y miserable. Carecía en absoluto de toda distracción; la necesidad le obligaba á comer los alimentos más malos, escasos siempre; tenía frío en invierno cubierto su cuerpo con insuficientes ropas, y se veía maltratada por los saltimbanquis cuando se negaba á aprender algún ejercicio. Eran estos tan difíciles para su fuerza y su edad que, á pesar de su natural ligereza que tanto había excitado la atención de Francisco, le costaba trabajo llegar á ejecutar lo que el amo quería.

Al fin logró vencer las dificultades y pudo salir á la plaza de un pueblo. Tuvo un éxito extraordinario; sus pocos años y su belleza causaron entusiasmo creciente y la pequeña acróbata proporcionó á la compañía grandes ganancias.

El niño Juan compartía los triunfos con ella: éste y el perro eran sus únicos amigos.

A aquél le hablaba de su pasado, de su hermano querido al que no vería jamás, de sus padres que la adoraban; pero en presencia de los demás individuos nunca nombraba á su familia y ellos pudieron creer que ya la había olvidado.

Poco á poco y sin advertirlo, fué acostumbrándose á aquella vida, los aplausos la llenaban de satisfacción, pero tanto Adelaida como Juan eran ambiciosos y no se contentaban para su porvenir con trabajar en las plazas públicas.

Ambos hacían sus ejercicios cada día mejor; eran arrojados quizá porque amaban poco la existencia, y Francisco comprendió al cabo que podía sacar mayor partido que hasta entonces de los dos pequeños gimnastas.

Al efecto dividió en dos su compañía. Marcela, su hermana, Laurencio y el perro, con un payaso que se había enamorado de la cuñada del director, siguieron dando funciones de pueblo en pueblo, y Francisco partió para una ciudad más importante, donde logró contratar á los niños por una corta suma. Era preciso empezar así para formarles una reputación.

El empresario del circo, que los vio trabajar antes de ajustarlos, anunció con grandes letras en un cartel el debut de los dos célebres acróbatas Mister Jolin y Miss Adelina, porque en los circos, sea cual fuere la nacionalidad de las artistas á todas se las llama miss. Añadía que habían trabajado con extraordinario aplauso en los principales reinos de Europa.

No fué sin sentir una profunda emoción que los dos niños salieron al circo. La inmensa concurrencia, el exceso de luces, los aparatos nuevos, aquella gran red colocada bajo ellos y que hasta cierto punto garantizaba sus vidas, los trajes recién hechos, las mallas no zurcidas, los compañeros más tratables y más elegantes que los vistos hasta entonces, todo les sorprendía y estaban temerosos de turbarse y no salir airosos en sus trabajos. Felizmente al subir al trapecio olvidaron aquello y ejecutaron sus ejercicios como no los habían hecho nunca. El público los aplaudió sin cesar, un público culto, que no les dirigía en medio de sus alabanzas frases groseras y que al hacerlos salir repetidas veces á la pista les arrojó flores y dulces.

Allí trabajaron algunas noches más, siempre con gran éxito, y Francisco fué mostrándose más exigente cada vez, pidiendo mayores beneficios.

Trabajaron luego en otros circos de importancia, y por fin marcharon al extranjero, donde miss Adelina fué acogida con entusiasmo creciente. Sus ejercicios en el alambre le valieron una completa ovación.

V

Ya tenía Adelaida doce años cuando regresó á su país. Había cambiado mucho, poco ó nada se parecía á la hermosa niña que Francisco robó una noche en el parque de los señores de Rivera, sus cabellos se habían obscurecido, sus facciones habían adquirido gran perfección, sus ojos de celestial mirada tenían un indecible encanto lleno de candor á pesar de su vida vagabunda y de los malos ejemplos que le habían dado.

Juan no era hermoso, pero su figura inspiraba simpatía y su rostro franco y expresivo atraía la atención general. Quería á Adelaida con toda su alma, teniendo el inefable placer de verse correspondido de igual modo. La niña no olvidaba que Juan había sido siempre bueno y cariñoso para ella, que le había evitado gran número de golpes y reprimendas atribuyéndose faltas cometidas sin advertirlo por la pobre criatura y que era el único ser que en medio de aquella atmósfera que la rodeaba traía á su mente recuerdos de una sociedad mejor y más culta. Juan, nacido en una barraca de saltimbanquis, tenía cierta natural distinción que formaba singular contraste con las maneras de sus padres y de su hermano. Desde que Adelaida vivía con ellos había concentrado toda su ternura en aquella hermosa niña destinada á compartir con él los ejercicios más difíciles y los aplausos más Espontáneos.

Ya hacía muchas noches que mister John y miss Adelina trabajaban en la capital de España, obteniendo cada día una nueva ovación. A causa de una ligera dislocación que había sufrido Juan en una muñeca, tuvo que suspenderse el ejercicio del doble trapecio trabajando sola en el alambre tirante la niña Adelaida, nombrada siempre en los carteles miss Adelina.

Mientras la joven funámbula, vestida sobre mallas de color rosado, con traje de terciopelo verde obscuro, con el cabello suelto sujeto con una sencilla cinta de seda y el balancín en la mano, ejecutaba aquellos difíciles ejercicios, Juan, que llevaba la librea azul de los empleados del circo, cuidaba de que nadie se acercara á las cuerdas que sostenían la red y seguía con absorta mirada todos los movimientos de la niña. Francisco contemplaba también á su discípula con la codicia del avaro que tuviera ante sí una mina de oro.

El ejercicio acabó felizmente y la funámbula fué llamada á la pista, en donde tuvo que presentarse varias veces. Ya iba á retirarse, cuando un elegante adolescente le entregó al pasar un precioso ramo de flores. Acompañaba á dicho joven un caballero que parecía su padre.

Al fijar miss Adelina sus ojos en la persona que le había dado el ramo, se quedó un instante parada y confusa sin acertar á moverse de allí. Luego en voz muy baja, pero que sin embargo fué oída, pronunció conmovida el nombre de Genaro.

—¿Me conoce usted?—preguntó con asombro el adolescente.

Pero ella no contestó nada, alejándose con precipitación.

El padre de Genaro notó una sensación extraña al oír la sola palabra pronunciada por la funámbula y murmuró:

—¡Si fuera ella!

Cogió el programa de la función y aquel nombre, aunque algo variado, vino á confirmar su sospecha.

—Sigúeme, —dijo á Genaro.

Salieron, dirigiéndose hacia donde estaban las habitaciones de los gimnastas. La de miss Adelina tenía la puerta abierta, y la niña estaba aún con su traje de acróbata conversando animadamente con Juan.

El señor de Rivera, pues ya le habrán reconocido mis lectores, entró sin vacilar allí y dijo á la funámbula que le miraba sin sorpresa.

—Hace siete años vivía yo con mi mujer, un hijo y una hija. El hijo está á mi lado, la niña desapareció, mi pobre esposa se murió de pena.

-—¡Murió mi madre!—interrumpió Adelaida.

—¿Luego eres tú, hija querida? Ven á mis brazos. ¿Cómo no me ha advertido el corazón quien eras? ¡Mi adorada niña! ¡Quién me había de decir que después de buscarte inútilmente tanto tiempo te había de hallar en este triste estado? Todo me afirma que eres digna de nuestro cariño y de nuestro aprecio, pero me espantan los riesgos á que has estado expuesta.

Genaro miraba á su hermana con embeleso y buscaba en vano en el rostro de miss Adelina algún rasgo qué recordase el de Adelaida; sólo la voz era la misma, aquella voz que había pronunciado su nombre al reconocerle. Algo le había atraído á la niña; jamás se le ocurrió hasta esa noche ofrecer un ramo de flores á ninguna acróbata.

Hablaban los tres á un tiempo y olvidaban que transcurrían los minutos. Sólo Juan permanecía frío é indiferente al parecer, aunque en realidad lamentase aquel inesperado encuentro.

Temía que volviese su padre y que aquella conmovedora escena tuviera un desenlace fatal.

Al fin decidió intervenir, recordando á Rivera y á sus hijos lo difícil de su situación.

—Ustedes,—dijo,—no pueden asegurar que Adelaida es de su familia; mi padre lo negará y será necesario buscar pruebas. Si mientras las hallan queda esta niña con nosotros, mi padre la hará que huya con él y no volverán ustedes á verla. Es necesario proceder con prudencia. Díganme donde viven y mañana conduciré allí á mi hermana adoptiva; esta noche sería peligroso que intentasen llevársela.

Rivera vacilaba, pero su hija le aseguró que podía fiarse de Juan, haciendo los más sinceros elogios de él.

Salieron del cuarto de la funámbula Genaro y su padre, después de prodigarse unos y otros tiernas caricias, pero no se alejaron del circo.

A las doce y media vieron á Francisco con Adelaida y Juan; los siguieron á su casa y luego se quedó vigilando Genaro hasta que su padre mandó un criado de toda su confianza para que no perdiese de vista la morada de los saltimbanquis.

A la mañana siguiente salió Francisco muy temprano y una hora después lo hicieron miss Adelina y mister John, dirigiéndose á la vivienda de Rivera. Allí se renovaron las dulces expansiones de la noche anterior. Cuándo Juan quiso despedirse de Adelaida, la niña le abrazó llorando, suplicándole que no la dejase jamás.

—No podría ser feliz sin él—dijo á su padre.

—Ha sido un hermano solícito para mí durante siete años; si se alejara me moriría de pena.

No se sabe quién advirtió á Francisco lo ocurrido, acaso se lo escribiese el mismo Juan, lo cierto es que cuando fueron á buscarle para ponerle preso, el antiguo director había desaparecido.

Fué á reunirse con su mujer y el resto de su familia y murió á causa de grandes disgustos domésticos y en medio de la más espantosa miseria.

Rivera trabajó entonces activamente porque se prohibiese la salida en los circos de los niños y tuvo la satisfacción de que más adelante otros alcanzaran lo que él inició; lo cual no ha impedido que criaturas de corta edad, á pesar de la ley, sigan ejecutando penosos ejercicios. Pero amargó sus días el amor de su hija por Juan, viéndose obligado á aceptarlo al fin y á tener por yerno al que había sido un saltimbanqui.

A causa de este matrimonio, que no resultó desigual más que por el nacimiento, puesto que Juan al dejar de ser acróbata recibió una educación esmerada al mismo tiempo que Adelaida, Rivera con su hija y el esposo de ésta se retiró á su casa de campo, aquella donde Francisco robó á la niña muchos años antes. Genaro pasaba con ellos algunas temporadas, pero residía habitualmente en la capital. Quería á Juan como á un hermano y tanto hizo éste para granjearse el aprecio y la simpatía de su nueva familia, que al cabo olvidaron su obscuro nacimiento viviendo los cuatro completamente felices y tranquilos.

Julia de Asensi y Laiglesia

Publicado originalmente en su libro de cuentos:

AURAS DE OTOÑO

CUENTOS PARA NIÑOS Y NIÑAS

CON ILUSTRACIONES DE CABRINETTY Y OTROS ARTISTAS

de la colección BIBLIOTECA AZUCENA

BARCELONA

Librería de Antonio J. Bastinos, editor.

Calles de Pelayo 52 y consejo de ciento 306

1897

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MISS ADELINA

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MISS ADELINA

(A mi sobrina Rosario de Asensi y Gracia)

I

¡Pobre Natalia! Después de haber trabajado con lucimiento en casi todos los pueblos de España, donde fué con la compañía de saltimbanquis de que formaba parte; después de haber sido calurosamente aplaudida en sus ejercicios sobre la cuerda tirante y en el trapecio por un público más ó menos ilustrado, pero que siempre le demostró simpatías, la infeliz niña murió, no de resultas de una caída, como hubiera sido fácil al ejecutar alguno de sus peligrosos trabajos, sino á consecuencia de una fiebre que descuidaron al principio y que luego no se pudo cortar.

Fué aquel un golpe horrible para el director de la compañía, aquel coloso que lo mismo hacía los ejercicios de fuerza que recibía en traje de payaso y con la cara pintada de blanco los bofetones que, para desquitarse de los que sufría en casa, le daba su mujer en público. Francisco no podía consolarse de la pérdida de aquella criatura, porque además de que Natalia era lo más notable de todos los saltimbanquis que trabajaban bajo sus órdenes, había muchos ejercicios que no podían ejecutarse ya, además de aquellos en que la niña realizaba sola. Ella era la que en los juegos icarios quedaba encima colocándose en artística postura, la que hacía el doble trapecio con el niño Laurencio, la que bailaba en los intermedios con el pequeño Juan; ella salía también en aquellas estúpidas escenas en verso ó prosa que representaba Francisco con Marcela su mujer, y cuando al terminar la primera y la última parte de la función pasaba por delante del público con su bandeja en la mano, nadie recogía tan tos cuartos como Natalia, y las pocas monedas de plata que daba lo más distinguido ó lo más caritativo de la concurrencia, eran entregadas siempre á la niña. No era hija, sino sobrina de Francisco, huérfana de padre y madre; todos convenían en que hubiera llegado á ser una notabilidad.

Completaban la compañía una hermana de Marcela, que cantaba con muy poca gracia y sólo trabajaba en unión de los otros en los juegos icarios, y un perro amaestrado.

Apenas enterraron á Natalia en el humilde cementerio de un pueblo, guardaron cuidadosamente sus mallas, sus corpiños de seda, sus faldas bordadas de lentejuelas y Francisco dijo á su mujer:

—Es preciso que busquemos por ahí otra niña.

—¿Nos la dejarán?—preguntó Marcela.

—Seguramente no, pero eso no hace falta.

—¿Pues qué piensas hacer?

—La robaremos.

II

En casa de los señores de Rivera se celebraba el 25 de Marzo una brillante fiesta de niños. Además de lo solemne del día, era aquel el cumpleaños del hijo mayor, que tenía nueve, y habían sido convidados al baile todos los pequeños amigos de Genaro y las familias de ellos.

Hacían los honores de la casa el citado niño y su hermana Adelaida, una encantadora criatura que era la delicia de su hogar, y ambos recibían con tanta gracia como afecto á sus jóvenes conocidos, repartiendo en profusión dulces y juguetes.

Genaro tenía el cabello y los ojos negros; Adelaida era rubia con ojos azules; su espléndida cabellera de oro naturalmente rizada, caía en caprichosos bucles sobre sus hombros y cubría en parte su frente blanca y despejada. Era tan inteligente como su hermano, elegante, esbelta, y ninguna niña bailaba con tanta gracia como ella ni atraía más la atención general.

Rodeaba la casa de Rivera un hermoso y bien cultivado jardín, que se veía á través de las cerradas vidrieras del piso bajo, donde se celebraba la fiesta. Debía esta terminar á las diez de la noche para los niños, y prolongarse para los demás hasta una hora muy avanzada. Ya se habían retirado casi todos los pequeños convidados; sólo quedaban una niña y un niño que eran los amigos predilectos de Genaro y Adelaida. Al despedirse, no pudiendo los dos hermanos resolverse á separarse de ellos tan pronto, Genaro salió al jardín con sus compañeros

para dejarlos en el coche, que esperaba no lejos de la escalinata de mármol, y Adelaida le siguió.

—¿Por qué no subís con nosotros un rato?—dijo el niño.—Antes de salir del jardín os bajáis del carruaje y entráis en vuestra casa donde no os habrán echado de menos, puesto que la fiesta para nosotros ha concluido y creerán que os estáis acostando; es cuestión de dos minutos.

—¿Qué te parece?—preguntó Genaro á su hermana.

—Por mi parte, vamos—contestó la niña.

En vano la institutriz que acompañaba á los dos amiguitos de los de Rivera hizo algunas observaciones manifestando que aquello no estaba bien, que Genaro y Adelaida podían resfriarse, que era expuesto que se volvieran luego solos por corta que fuera la distancia que debieran recorrer; sus discípulos insistieron y los niños de la casa siguieron hasta la verja con sus amigos.

Allí se besaron con efusión, y después que la puerta de hierro fué cerrada por uno de los criados, que debía permanecer junto á ella hasta que la fiesta terminase, Adelaida y su hermano volvieron lentamente hacia su morada.

Pero antes de llegar, llamó su atención que uno de los perros ladrase, porque donde él estaba no pasaba nadie á aquella hora.

—Esto es que me ha oído—dijo Genaro—y quiere qué vaya á hacerle una caricia.

—Voy contigo á verle—repuso Adelaida.

Pero pensando en que aquel lado del jardín estaría a obscuras, tuyo miedo y añadió:

—No, mejor será que te espere aquí, pero no tardes.

El niño se alejó corriendo mientras su hermana; fija la mirada en él, no observaba que á pocos pasos de ella un hombre de mal aspecto se aproximaba con lentitud al sitio en que se hallaba.

Iba muy pobremente vestido; una capa negra y bastante usada cubría casi en total su traje andrajoso y llevaba un sombrero no menos estropeado que lo demás.

Al hallarse detrás de Adelaida esta se volvió de repente; al ver á aquel hombre quiso gritar, pero él le tapó la boca con la mano, cogió en sus brazos á la niña, la cubrió por completo con su capa y se alejó con rapidez. La infeliz criatura, temblando de miedo, no opuso la menor resistencia; temía que si hacía cualquier movimiento, aquel hombre la matase.

Así llegaron á uno de los ángulos del jardín, donde la tapia era baja y podía saltarse con facilidad. El hombre subió, no sin dificultades, á ella porque no quiso soltar á la niña, y cuando estuvo sentado dijo á una persona que sin duda aguardaba en el campo:

—Voy á atarla á la cuerda, cógela.

Adelaida, envuelta siempre en la capa del andrajoso, sintió que la echaban hacia el lado opuesto de su parque y entonces un débil grito se escapó de sus labios. La pobre niña había perdido el conocimiento.

III

Cuando volvió en sí se halló en un miserable cuarto de una mala posada.

Dos mujeres remendaban trajes viejos de saltimbanquis; un hombre fumaba tranquilamente en una pipa; dos niños harapientos, de tez curtida y cabellera rizada, la miraban con curiosidad, y un perro, único punto simpático de aquel cuadro, lamía una de las manos de Adelaida con cariño.

Al ver que abría los ojos, el chico menor acercó á la boca de la niña un vaso de estaño con vino, orden que sin duda había recibido de antemano, pero ella no lo quiso probar é hizo un gesto de repugnancia porque el vaso estaba sucio.

—Es bonita—dijo Marcela,—más aún que Natalia.

—Y muy ágil—repuso Francisco. —¡Cómo baila! da gusto verla, será una artista notable.

Esta era la que yo tenía elegida; la había observado desde el jardín cuando ella estaba en el salón; todos la contemplaban embelesados, pero me decía: Si esa no sale y se presenta otra habrá que contentarse con coger la que ofrezca menos dificultades; así es que me alegré muchísimo cuando la encontré sola; ha sido una gran suerte. Ahora lo que hay que hacer es irnos cuanto antes porque la buscarán y si la hallaran con nosotros no lo pasaríamos muy bien. Ante todo quitadle ese traje para que no llame la atención.

—Mis buenos señores—dijo Adelaida—yo no seré mala, pero llévenme ustedes con mis padres y mi hermanito.

—Si, te vamos á llevar, hermosa —replicó Marcela,—no llores ni te apures.

La hermana de ésta sacó de un baúl uno de los vestidos de Natalia, una falda de lana muy raída, una chaqueta negra y un pañuelo de seda viejo y harto vistoso, y quitando á Adelaida su precioso traje le puso el de la otra niña que era demasiado grande para ella. Adelaida lloraba sin consuelo al verse despojada de sus ropas, aunque le prometieron devolvérselas, y más aún cuando deshicieron sus bucles de oro para trenzar sus cabellos y le pusieron en la cabeza el pañuelo de colores.

Enseguida prepararon el carro, del que tiraba un mal caballo, colocaron el equipaje bajo el toldo, se sentaron las dos mujeres y los chicos poniendo en medio á Adelaida, que no hallaba alivio á su pena, y Francisco, seguido del perro, fué guiando á pie al caballo, procurando alejarse deprisa de aquella población y pasar por los caminos menos frecuentados.

En balde los señores de Rivera buscaron á su hija; cuando tuvieron el convencimiento de que Adelaida no estaba en su casa ni en el jardín, cuando se hubo registrado el lago, dieron parte á las autoridades, pero ya los saltimbanquis se hallaban muy lejos y nadie pudo proporcionar noticias de la niña.

Los titiriteros no habían dado función allí, habían ido solo de paso y los dueños de la posada donde pararon no vieron salir á la hermana de Genaro que Marcela y su esposo tuvieron buen cuidado de ocultar. Además ¿quién hubiera reconocido en aquella criatura humildemente vestida á la gentil Adelaida, cuyas señas se habían dado diciendo que llevaba un traje con encajes, un cinturón de raso, collar y pendientes de oro y perlas, zapatos blancos y lazos y flores en el pelo?

Inconsolables quedaron los padres de la niña al ver pasarse los días y los meses sin tener la menor noticia de ella y no menos desesperado su hermano, del que se apoderó después una melancolía que nada lograba disipar.

Al cabo de algún tiempo perdieron por completo la esperanza de hallarla y ya no hicieron más pesquisas. Como no podían atribuir aquella

desgracia á un rapto, por haberse verificado éste en el jardín y no haber dejado la menor huella, creyeron al fin en su muerte, debida á un accidente cualquiera, causado por una imprevisión de la niña, y como su cuerpo no había parecido por ningún lado, elevaron á su memoria una pequeña capilla, en la que Genaro y sus padres depositaban innumerables flores.

cont1Conclusión

 

Julia de Asensi y Laiglesia

Publicado originalmente en su libro de cuentos:

AURAS DE OTOÑO

CUENTOS PARA NIÑOS Y NIÑAS

CON ILUSTRACIONES DE CABRINETTY Y OTROS ARTISTAS

de la colección BIBLIOTECA AZUCENA

BARCELONA

Librería de Antonio J. Bastinos, editor.

Calles de Pelayo 52 y consejo de ciento 306

1897

LOS DOS NIÑOS MÚSICOS.

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LOS DOS NIÑOS MÚSICOS.

Todos los días pasaba Antonio con su violín por la calle donde María se sentaba á pedir limosna, entonando ésta de vez en cuando una

triste canción que acompañaba con una guitarra pequeña y mal afinada.

Antonio tocaba muy bien, había nacido músico y llevaba por las noches gran cantidad de monedas de cobre á su amo. Este se contentaba con demostrarle su gratitud no pegándole casi nunca, lo que no hacía con los otros dos niños que vivían con él y que, menos hábiles ó más aficionados á jugar y perder el tiempo que su compañero, llegaban siempre con los bolsillos casi vacíos.

El violinista tendría unos diez años y sabía arrancar tan dulces notas al instrumento, darle tan triste expresión, que la gente se paraba para oírle y rara era la persona que no depositaba en el sombrero, colocado á sus pies, algunos cuartos.

María contaba, poco más ó menos, la misma edad que él; vivía con su madre enferma y con su padre, que la trataba mal y gastaba en la taberna lo poco que la pobre niña recogía después de permanecer largas horas, ya de pie, ya sentada en el suelo, cantando la mayor parte del día y aun de la noche.

Antonio se había interesado vivamente por aquella criatura, más triste y desamparada que él. Una mañana, dos ó tres después de haberla visto por vez primera, se había atrevido á acercarse á ella, luego que la hubo oído cantar, y aun le había dado una moneda, él que tanto la necesitaba también.

—Gracias,—dijo María después de besar la pieza de cobre y guardarla en su bolsillo;—es lo primero que gano hoy y acaso será lo último.

—Estás en mal sitio,—murmuró Antonio,—esta calle es muy sola y te cansas inútilmente.

—Mis padres no quieren que me aleje más de casa, porque de vez en cuando puedo ir á cuidar á mi madre, encender la lumbre, cuando la hay, y arreglar la comida si comemos otra cosa que pan.

—¡Pobre niña!—exclamó Antonio.

Siguió su camino, pero desde aquel día guardó una de las monedas que ganaba para dársela á María, llegando en breve á unir á los dos niños una tierna amistad.

Antonio y ella se hablaban un rato todas las mañanas; ya sabía la niña que él tenía su familia en un pueblo, pero que siendo muy pobres sus padres y con muchos hijos, se habían visto obligados á separarse de él porque, á pesar de sus pocos años, ya podía ganarse un pedazo de pan viviendo con aquel amo, paisano suyo, que en el lugar le había enseñado á tocar el violín para que bailasen allí los mozos; pero como no había bailes más que los días de fiesta y pagaban muy poco, resultaba que la ayuda que prestaba á sus padres no era ninguna. Entonces, como el maestro se fuera á la ciudad, le siguieron tres de sus discípulos, de los que era Antonio el más hábil y el preferido.

María poco podía contarle; su infancia se iba deslizando bien tristemente; no había jugado nunca, ni corrido y saltado como otras criaturas.

Al principio había pedido limosna con su madre, luego había venido la enfermedad de ésta; aprendió á tocar algo la guitarra para acompañarse á cantar y no descansaba jamás, aunque tuviese gran necesidad de reposo.

Un día, acababa de volver de su casa, cuando vio á Antonio que cruzaba la calle para ir á otro barrio.

—¿Dónde vas?—le preguntó María.

—A la plaza Mayor,—contestó él.

—Si me fuera contigo…

—¿Y por qué no?

—¿Qué hay en esa plaza? ¿Hay muñecas?

—¡Pues pocas que digamos!

—Me gustan mucho las muñecas y yo no he tenido más que una á la que faltaban la cabeza y las piernas. ¿Sabes cómo la tuve? Pues verás. Estaba yo descansando luego que hube cantado:

Nunca música aprendí, yo canto como las aves que entonan dulces gorjeos y no las enseña nadie.

Cuando se abrió un balcón, se asomó una niña muy pequeña con otra algo mayor. Esta llevaba una muñeca preciosa, de esas que mueven la cabeza y los brazos, con traje de seda y sombrero de ala ancha; á la pequeña, que tenía la otra muñeca rota en los brazos, se le hubo de antojarla nueva, empezó á gritar, tiró la suya á la calle y nadie se cuidó de recogerla.

La mamá obligó á las dos niñas á irse del balcón y yo cogí la muñeca rota, que conservaba una falda azul con un volante abajo, unas enaguas muy finas con puntillas y una camisita igual. Otro día perdieron unos chicos una pelota, y como yo la encontrase después ¿qué dirás que hice? pues se la puse de cabeza á mi muñeca con un pañuelo que corté de un trozo de percal que había en una espuerta que bajaron con la basura de una casa.

Así pensaba jugar, pero no tenía tiempo; llegaba tan cansada que ni miraba á mi muñeca; por fin un día, en que nevó mucho y no salí, fui á buscarla y no la encontré; creyendo que eran unos trapos viejos, mi madre la había tirado hacía una semana.

—¡Pobre María! —exclamó Antonio, —te ofrezco que cuando gane más dinero te compraré una muñeca que tenga cabeza y cara.

—No lo olvides y te querré todavía más.

Pero ahora llévame á la plaza.

Ambos se dirigieron allí, quedando María extasiada ante la colección de muñecas colocadas en los escaparates. Una sobre todo llamó su atención por ser igual á la que vio en brazos de aquella niña en el balcón de la calle donde cantaba. Pero cuando estaba más embebecida, se sintió coger por un brazo bruscamente y oyó la voz de su padre que le decía:

—¿Es este el modo que tienes de interesar á la gente y pedir limosna?

La niña se alejó llorando y el niño pensó que el día en que él fuese más rico sacaría á María del poder de su tirano dándole una felicidad de que no había disfrutado nunca.

El tiempo fué pasando y los dos niños continuaron viéndose, hasta que un día Antonio faltó á la cita.

Un caballero que le había oído tocar, se interesó por el muchacho, se lo llevó á su casa y le tomó un buen profesor. Pero el niño estaba muy sujeto, ya no salía solo, ni podía ver á María, aunque siempre se acordaba de ella.

Un año después pasó con su bienhechor por la calle donde la niña cantaba y no la encontró allí. Pidió al caballero permiso para enterarse de su paradero y le dijeron que la madre había muerto, que el padre se había marchado sin que se supiese dónde y la niña se hallaba en un asilo al que la habían llevado por caridad unas señoras. Era imposible que él la visitase, pero, como tenía algún dinero, compró una muñeca preciosa, la misma que ella vio, la metió en una caja y encargó que se la entregasen á María sin dar su nombre.

Antonio siguió estudiando y llegó á ser un grande artista. Dio conciertos en España y en el extranjero, lo que le permitió mejorar la situación de sus padres y hermanos, sin separarse nunca de su protector.

Al regresar á la ciudad donde tocara el violín por las calles, fué al asilo á informarse de María, y le dijeron que había salido de él. Ella también tuvo suerte; una señora, la presidenta, se la llevó á su casa para que la acompañase, dándole después una brillante educación.

Al día siguiente recibió Antonio un magnífico violín en nombre de la joven. Con este motivo fué á visitarla y se sorprendió al verla tan cambiada. María era muy bella, lo que no prometía en su infancia; se acordaba siempre de él, y en prueba de ello le llevó á ver su muñeca que conservaba intacta, habiéndola tenido como un objeto siempre querido.

Antonio y María se casaron y dieron brillantes conciertos, él tocando el violín, ella el piano que había aprendido en casa de su protectora.

Lo que no pudo la joven fué volver á cantar á causa de lo mucho que había abusado de su voz en sus primeros años.

Julia de Asensi y Laiglesia

Publicado originalmente en su libro de cuentos:

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CUENTOS PARA NIÑOS Y NIÑAS

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1897

EL GATO NEGRO

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EL GATO NEGRO

Dos gatitos, nada más, había tenido la gata de Doña Casimira Vallejo, y ya habían pedido á la citada señora nada menos que catorce. Y es que los gatitos eran completamente negros, y sabido es que hay muchas personas que creen que aquéllos traen la felicidad á las casas.

De buena gana Doña Casimira no se hubiera desprendido de aquellos dos hijos de su Sultana; pero su esposo le había declarado que no quería más gatos en su vivienda, y la buena señora tuvo que resignarse á regalarlos al día siguiente de que cumplieran los dos meses.

Mucho tiempo estuvo pensando dónde quedarían mejor colocados; el vecino del piso bajo perdía muchos gatos y no faltaba quien sospechase que se los comía; el tendero de enfrente los dejaba salir á la calle y se los robaban; la vieja del cuarto entresuelo era muy económica

y no les daba de comer; el cura tenía un perro que asustaba á los animalitos; y así, de uno en otro, resultó que los catorce pedidos se redujeron para Doña Casimira solamente á dos, casualmente el número de gatos que tenía. Aún así, no acabaron sus cavilaciones.

Moro, el más hermoso y más grave de los dos gatitos, convendría mejor á Doña Carlota, la vecina del tercero de la izquierda, que tenía una hija muy juiciosa á pesar de sus cortos años; pero Fígaro (así nombrado por el marido de Doña Casimira por haberle hallado un día jugando con su guitarra, cuyas cuerdas sonaban no muy armoniosamente)… Fígaro, que, según decían, tenía una vaga semejanza con el barbero del número 8 de aquella calle, por lo que había merecido dos veces ser llamado de aquella manera, no estaría del todo bien en casa de D. Serafín, cuyos niños eran muy revoltosos y trataban con dureza á los animales.

Pero al cabo, como él tiempo urgía, Morito fué entregado á Doña Carlota y Fígaro á Don Serafín.

Ambos fueron adornados con collares rojos y cascabeles, y Blanca, la niña de la viuda, y Alejandro y Pepita, hijos del caballero, que también era vecino de Doña Casimira habitando en el otro tercero, no dudaron que en sus moradas todo sería bienestar y ventura con haber llevado á ellas á los dos gatitos.

Al pronto la casualidad vino á confirmar aquella idea: Doña Carlota ganó un premio á la lotería y D. Serafín, que estaba cesante, fué colocado con doce mil reales en un Ministerio.

—¡El gato negro!—exclamaban los chicos.

—¡El gato negro!

Lo que no impedía que Alejandro y Pepita maltratasen al pobre Fígaro, que, cuando podía, se vengaba de ellos clavando en sus manos los dientes ó las uñas; pero como era tan pequeño no les hacía gran daño.

En cambio Morito pasaba los días en la falda de su joven ama y las noches en un colchoncito muy blando que hizo Blanca para el gato en cuanto se lo dieron. Demostraba él su contento con ese sonido acompasado que es indicio de felicidad completa, y es seguro que si hubiese sabido hablar no hubiera dejado de decir á Doña Casimira que no podía haberle proporcionado una casa mejor.

A los diez meses de estar Fígaro con D. Serafín, todo cambió en la morada de éste: Alejandro estuvo gravemente enfermo con una erupción, su padre se quedó cojo de una caída, una criada le robó los cubiertos, y Pepita no cesaba de perder, ya pendientes, ya pañuelos, ya muñecas.

—¡Vaya una suerte que nos ha traído el gato negro!—decían mirándole con rabia.

En cambio Blanca estaba cada día mejor de salud, le regalaban muchos juguetes y parecía que la prosperidad había entrado en su casa con Morito.

Hablando un día D. Serafín con la vecina del piso entresuelo, delante de los dos niños, en tono de burla, de la felicidad que les había llevado el gato negro, la señora le dijo:

—Hay dos clases de gatos negros: unos que dan la ventura y otros que la quitan. Aunque hijos de la misma gata, es fácil que Moro sea un gato de los buenos y Fígaro de los malos.

Usted, amigo mío, ha tenido la mala suerte mereciéndola mejor que Doña Carlota.

Alejandro se quedó muy preocupado al oír aquello, y Pepita más. A los dos se les ocurrió lo mismo: puesto que los gatos eran iguales ¿por qué no los habían de cambiar?

Había en la casa un patio muy pequeño al que daban las cocinas de Doña Carlota y Don Serafín, teniendo las ventanas una enfrente de otra. Por allí se habían asomado muchas veces los vecinitos Alejandro y su hermana para hacer muecas á Blanca, y ésta para enseñarles sus juguetes. El niño, que era muy malo, dijo á Pepita que se fingiera amiga de la hija de Doña Carlota para entrar en la casa más fácilmente y coger al gato, á lo que ella se prestó gustosa porque ya miraba á Fígaro con horror.

Aquello fué muy fácil: Blanca, con permiso de su madre, convidó varias veces á Pepita á almorzar con ella. Las niñas jugaban juntas y salían también á paseo.

Aprovechando una de estas salidas, fué Alejandro un día á casa de Doña Carlota y dijo á la criada, que sin desconfianza le hizo pasar, que iba á esperar la vuelta de su hermana porque tenía un recado urgente que darle.

La criada se volvió á la cocina, y entretanto el niño pasó al comedor, donde dormía el gato junto al brasero, y cogió á Moro, que no opuso la menor resistencia porque era muy manso.

Llegó á la antesala, dejó abierta la puerta y, entrando en su casa, encerró al gato en su habitación y llevó á Fígaro al comedor de al lado. Pero si era fácil que confundieran á los dos gatos, no podía evitarse que ellos extrañasen cuanto les rodeaba; así es que Fígaro fué enseguida á esconderse debajo del aparador para que nadie le viera.

Cuando Doña Carlota volvió de paseo con las niñas, lo primero que hizo Blanca fué llamar á Morito; pero el gato no salió como de costumbre.

—No se qué le pasa hoy á Moro,—dijo Alejandro;— está debajo del armario y gruñe cuando se le quiere sacar de su escondite.

—Habrá algún ratón,—dijo Doña Carlota.

Pepita y su hermano se marcharon, diciendo que al día siguiente no podrían volver porque esperaban á un pariente que venía de fuera.

Y aguardaron las venturas que el nuevo gato había de llevar á la casa.

Pero la mala suerte no se interrumpía. Como D. Serafín, á causa de la pierna rota, había dejado de ir á la oficina, ocurrió que por la noche le llevaron la cesantía. Mas los niños dijeron que aquello se había firmado cuando aún estaba en la casa Fígaro.

Así pasaron unos días, sin que Pepita y Alejandro hubieran ido á ver á Blanca.

Los gatos salían ya á comer, pero no se dejaban tocar, todavía.

Un sábado estaban limpiando las cocinas en ambas casas. Fígaro, en la de Doña Carlota, se asomó á la ventana y reconoció, no sin asombro, á la criada de D. Serafín, que antes le daba carne cruda todas las mañanas.

—Aquella sí que es mi casa,—debió decirse, —pero se quedó un tanto parado al ver un gato igual á él en el cuarto de enfrente.

En cuanto á Morito, miraba aquellas cacerolas tan relucientes, aquellos platos blancos con flores de colores donde le servían la leche, y

hasta veía sus dos cazuelas, que la cocinera acababa de fregar, lo mismo que cuando comía él.

—Allí vivía yo,—pensó sin duda;—y por cierto que estaba mejor que aquí.

La criada de Doña Carlota empezó á llamarle: él se refregaba contra la ventana y hacía mil demostraciones de júbilo.

Al fin Fígaro miró al patio y pareció medir la distancia que le separaba de la ventana vecina.

Moro lo comprendió y, sin reflexionar, dio un gran salto, cayendo aturdido á los pies de la cocinera de Blanca.

—Este sí que es mi gato,—decía la buena mujer acariciándole.—Bien sospechaba yo que aquí había ocurrido alguna cosa. Esos infames chicos de al lado son los culpables.

Entretanto Fígaro había saltado también: pero como la criada de D. Serafín había salido de la cocina para abrir la puerta de la calle, porque acababan de llamar, no se enteró de aquel cambio de gatos.

Alejandro y Pepita siguieron creyendo que Moro estaba en su casa y Fígaro en el otro tercero.

Mas las desdichas continuaban y no sabían á qué achacarlas ya.

Con este motivo Fígaro llevaba algunas palizas diarias, y el gato, que era reflexivo, pensó que le tendría más cuenta volverse á la casa de al lado. Era fácil saltar por el mismo camino; pero ¡ay! el pobre gato midió mal la distancia y fué á parar á una tabla, donde Doña Casimira ponía el botijo para que se refrescase el agua, lastimándose un poco.

Fígaro conservaba un vago recuerdo de aquella casa, en la que había pasado sus primeros meses, y allí fué recibido con entusiasmo para reemplazar á Sultana que acababa de morir en los brazos de su dueña.

¿Llevó Fígaro la desgracia á su nueva morada?

No por cierto. Doña Casimira continuó, como antes, siendo la mujer más afortunada de la tierra, como lo eran Doña Carlota y Blanca.

Don Serafín murió, dejando á sus hijos á cargo de un pariente, que los encerró en colegios á fin de que cambiaran su mala condición; y los niños, pensando en que ya no tenían el gato negro, llegaron á convencerse de que éste no llevaba la buena ni la mala suerte, sino que la desgracia estaba en ellos, que realmente no merecían otra cosa.

Así, un día que fueron á visitar á Doña Casimira, dieron á Fígaro bizcochos y queso, que el gato se comió demostrándoles después su gratitud con un arañazo.

Su nueva dueña dedujo que Fígaro había reconocido á Alejandro y á Pepita: era un gato muy inteligente.

Julia de Asensi y Laiglesia

Publicado originalmente en su libro de cuentos:

AURAS DE OTOÑO

CUENTOS PARA NIÑOS Y NIÑAS

CON ILUSTRACIONES DE CABRINETTY Y OTROS ARTISTAS

de la colección BIBLIOTECA AZUCENA

BARCELONA

Librería de Antonio J. Bastinos, editor.

Calles de Pelayo 52 y consejo de ciento 306

1897

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TIRIOS Y TROYANOS

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TIRIOS Y TROYANOS

Graves alteraciones eran las que ocurrían en Salamanca allá por los años de 1790. La famosa Universidad, sumida en el más profundo letargo desde hacía cerca de dos siglos, parecía querer recobrar su antigua celebridad á fuerza de asonadas y rebullicios; pero nunca como esta vez revestía tan amenazadoras proporciones el conflicto.

Porque no se trataba ya ahora de lances y querellas entre medicinantes y legistas, ó entre castellanos y leoneses, ni siquiera entre los sectarios de las novedades francesas y los partidarios de las

venerandas tradiciones españolas, sino que los lastimosos disturbios dimanaban de agravios entre los alumnos de Minerva y los fieros hijos de Marte, dignamente representados por el regimiento de dragones de Villaviciosa.

La ciudad, tan tranquila de ordinario, presentaba ahora el aspecto de un campo de Agramante; nada más peligroso que salir de noche, so pena de encontrarse envuelto á lo mejor en alguna de las tremolinas que se armaban á cada dos por tres en cuanto un grupo de estudiantes se topaba con otro de dragones. Salían entonces de sus vainas las espadas, relucían las dragonas, volaban por el aire los mugrientos tricornios de tres picos de los unos contendientes y rodaban por el suelo los sombreros de galón de los otros; los manteos arrollados, hacían veces de rodelas, las capas terciadas se tornaban en corazas, y todo era estruendo, chispas, gritería, tumulto, hasta que se oía el pesado caer de un cuerpo en tierra ó el ahogado gemido de una voz, tras de lo cual quedaba todo en el más profundo silencio.

Dos meses hacía que duraba aquella situación sin que á cierta ciencia pudiera decirse á qué causa obedecía la deplorable contienda; la cosa había empezado por una pendencia entre un legista y un alférez, la cual riña, á su vez, se había originado de un incidente baladí si los había. El estudiantón, que era un mozo que tañía muy bien la guitarra y se preciaba de una bonita voz, había tenido por conveniente plantificarse delante de una casa habitada por encopetada familia, y cantar… sencillamente lo que en lo futuro debía servir de letra á una petenera:

Señor alcalde mayor no prenda usted á los ladrones, porque tiene usted una hija que roba los corazones.

Apresurémonos á decir que en la casa susodicha no vivía, sin embargo, ningún alcalde mayor: quien vivía era el señor corregidor.

Ello es que después de sendas contumelias el alférez requirió la espada, el estudiante convirtió en porra su guitarra y se trabó singular contienda, que pronto se transformó en plural en cuanto comenzaron á llegar amigos poniéndose de parte de uno y otro, sin preguntar absolutamente nada sobre el motivo de la brega.

Por fin, llegaron órdenes del Supremo Consejo de Castilla para que el corregidor procediese sin levantar mano á depurar la naturaleza de aquellos hechos, pero en vano eran todas sus diligencias y desvelos; nada se podía descubrir; los ánimos continuaban excitados; el peligro era continuo, y lo más extraño era que cada vez que el señor corregidor iba á misa con su familia, ó salía á dar un paseo por las deliciosas riberas del Termes, también con la familia, ó iba de visitas, con la susodicha, parecía como si soplase sobre Salamanca un maligno viento que exacerbase los enconos é hiciese rebullir las sangres, á pesar de correr entonces los más crudos meses del invierno, hasta que, por fin, un día en que hubo que deplorar la importante cifra de diez y siete bajas de sangre entre los concurrentes á las aulas y los oficiales del regimiento, hubo el señor corregidor de quedar profundamente turbado al ver deshecha á su hija, la hermosísima Inesita, en un mar de lágrimas.

Preguntóla atónito su padre á qué venía aquel luctuoso exabrupto, aquel doloroso gemir y aquel tristísimo suspirar, é Inesita, enjugándose con un albo pañizuelo las lágrimas que desprendiéndose de sus grandes ojos negros surcaban sus mejillas de ambarina pulpa, baja la cabeza y entrecortada la voz, exclamó:

—En mí tienes, ¡oh padre mío!, á la culpable causante de todos estos trastornos y bullicios, y hasta que no abandonemos esta ciudad, trastornada por mi fatal hermosura, no renacerá en ella la tranquilidad de que es tan merecedora. Un joven estudiante puso en mí los ojos, no me dejó á sol ni á sombra cantándome ternezas cuando no podía murmurarlas en prosa en mi oído ó enviármelas en bien rimados madrigales. En vano, sin embargo, eran sus amorosas quejas; mi pecho estaba cerrado á sus amantes cuitas. Por fin, un día, al salir á pasar revista los dragones, estaba yo en el balcón, y cayóse mi pañuelo al arroyo. Al momento saltó de su caballo un apuesto alférez, recogió la batista y subió hasta aquí… á entregármela… ¡Perdóname, padre mío, mas desde aquel instante yo le amé! El otro se puso hecho una furia al comprender que mi afecto no era para él. Citóle una noche, y le llamó Páris. El oficial preguntó que quien era Páris, y el legista le dijo que era un pastor, que había robado á Helena de su esposo Menelao… —Entonces ¿usted es Menelao?—le preguntó el oficial. —Por tal me tengo.—Pues, señor Menelao, aquí tiene usted á Páris dispuesto á romperse con usted la crisma. Riñeron, formáronse los dos bandos de tirios y troyanos, y ya ves, no hay más remedio para que se restablezca la paz, que marcharnos.

Asombrado quedó el buen corregidor de la revelación de Inesita, y deseando evitar á Salamanca los horrores del sitio de Troya, pretextó no convenirle los aires de aquella tierra, y así terminó el conflicto, con general satisfacción del vecindario.

Sensible nos es tener que certificar ahora, á tenor de lo que las crónicas refieren, que así Páris como Menelao no hubieron de tardar mucho en consolarse de la partida de la fatal Helena en el amor de dos dignas descendientes de aquella gentil Esperancita, que el Príncipe de los Ingenios Españoles inmortalizara en una de sus Novelas ejemplares.

Siguiendo el consejo castizamente español de que un clavo saca otro clavo, sacáronse la diamantina flecha de D.ª Inés con la mellada saeta de la Estudianta y la Mostachos, encantadoras ninfas, á las cuales canto Menelao en versos sino pindáricos cuando menos dignos de Iglesias ó Melendez, y en cuyo obsequio hacía el dragón caracolear su caballo por la Plaza Mayor no sin grave escándalo de la sesuda población salmantina.

Y así se pasaron dos años, al cabo de los cuales el legista regresó á sus patrios lares de Viana del Bollo y el alférez fué destinado á Cataluña, sin que ni uno ni otro recordaran ya á la prístina causante de sus desavenencias, en lo cual estaban iguales, pues Inés había casado ya por entonces con un joven alcalde de casa y corte, en virtud de habérselo ordenado así su señor padre: por donde se ve que la humanidad cambia muy poco…

Alfredo Opisso i Vinyas

Publicado originalmente en

Iris

Barcelona. 22 de julio de 1899

Ceylan.

LA INDIA

Y

LA INDO CHINA

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CAPÍTULO DOS

Ceylan.

Prosiguió su marcha el Santiago, rumbo al Sudeste, y al cabo de ocho días de navegación aparecía en lontananza, como suspendido en los aires, sobre las nubes, el famoso Pico de Adán, cima culminante de la antigua ínsula Trapobana, hoy Ceylan, fondeando el vapor á las pocas horas en la bahía de Colombo, puerto y capital de la isla, en la costa occidental de ésta. No había sido esta vez la travesía tan aburrida como la del Mar Rojo, conservando de ella D. Severiano Ansúrez, que así se llamaba el galeno, el recuerdo del cabo Guardafuí, punta extrema oriental del África, en la costa meridional del golfo de Aden, de la isla Socotora, al este del cabo susodicho, y del grupo de las Maldivas, centinelas avanzados al oeste de Ceylan, notables por su espléndida vegetación de palmeras, que las hace aparecer como verdes canastillas en medio del mar azul.

Es Colombo toda una gran ciudad, con 127.000 habitantes, y un importantísimo centro comercial, pues no bajan de 4.000 los buques que allí entran y salen anualmente. La población está dividida en dos barrios: el europeo y el indígena, radicando en el primero, al Norte y á orillas del Kalani, las dependencias del Gobierno de la Colonia, las bibliotecas, los museos, la Bolsa, la catedral católica (1877), los templos protestantes, los hospitales, etc., y ocupado el segundo por las viviendas y pagodas de los cingaleses.

De igual manera que sucediera en Aden, apresuráronse los viajeros á saltar en tierra, pero esta vez el espectáculo era radicalísimamente distinto. Todo lo que en Aden era aridez y negrura se cambiaba en Ceylan en vegetación exuberante, violenta, furiosa, si así puede decirse. Colombo, con ser tan grande, parecía ahogada por el peso del verdor que por doquier la rodeaba, la llenaba, la invadía; las palmeras ocultaban bajo su follaje las fachadas, los árboles de vastísimo ramaje interceptaban la perspectiva de las calles, los jardines de que están rodeadas allí las casas constituían otros tantos obstáculos para descubrir las moradas, y á la atmósfera abrasada y polvorienta de Aden sucedía un ambiente húmedo, denso, más pesado aún con las fuertes emanaciones de las flores y las plantas por do quier presentes.

Era entonces al caer de la tarde, y D. Severiano, solo esta vez, recorría, sintiéndose lleno de extrañeza, las calles, largas y anchas, de rojizo suelo, sombreadas por colosales palmeras, con las casas ocultas entre la espesura de los jardines, que saturaban la atmósfera con sus penetrantes aromas de sándalo, de canela, de alcanfor y de otros mil desconocidos olores, suaves, irritantes, de todo género.

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Mareado casi, detúvose D. Severiano, y se sentó frente á la verja de un jardín. Y allí pudo formarse cargo de lo que era la vegetación en aquella tierra: el tal jardín, uno de tantos nada más, era como el sueño realizado de un paraíso tropical: inmensos cocoteros, palmeras de innumerables variedades, helechos de desaforada corpulencia, ebenuces, pinas de Indias, sándalos, cedros, canelos de altura descomunal, baobabs, laureles de alcanfor y cien otros árboles tropicales crecían, y por decirlo así, entretejían sus ramas sobre una espesísima alfombra de toda suerte de flores de esplendísimas corolas, entre las cuales sobresalían, surgiendo de en medio de un estanque, los magníficos lotos de color de rosa, mientras que allá en el fondo se levantaba, blanca como una visión, la casa, la villa, empenachada de verdura y rajada y hendida por hermosas galerías, escalinatas, balaustradas, marquesinas, terrazas, miradores, con flores por doquier, y lámparas, y pajareras, y linternas, y mil objetos peregrinos, los únicos en consonancia con la rareza del lugar.

No había visto jamás igual nuestro D. Severiano, pero hete ahí que cuando más embebecido estaba en la contemplación de aquellas maravillas tropicales, hubo de volverle á la realidad una formidable rociada que recibió de pronto y que le hizo, poner pies en polvorosa para refugiarse en un Hotel allí vecino. Era que, de pronto, descargaba un chubasco.

Presente aún en su memoria el recuerdo del famoso restaurant de Aden, creyóse de pronto nuestro médico que se había equivocado al ver el lujo del salón donde penetrara, pero no le duró mucho la incertidumbre: se hallaba en el comedor del hotel.

Sentóse D. Severiano á la mesa, ya que allí no se iba á beber cerveza sino á comer, y hubo de llamarle desde luego la atención la heterogénea procedencia de los comensales; de todo había allí: ingleses, de frac y corbata blanca, rubios, colorados y orgullosos, de paso para la India, para Nueva Zelandia, para Australia, y también inglesas, de cuellos no menos envarados y de cabellos no menos rubios y de trajes no menos ceremoniosos que los hombres; chinos, annamitas, alemanes, franceses, de paso para el Tonkin, japoneses, rusos, armenios; y sirviendo á todos numerosos cingaleses, de aspecto delicado, piel bronceada, larguísimos cabellos, recogidos en moño y sujetos por un peine de concha, rostros lampiños y llenos de dulzura, y por vestido unas ligeras cuanto limpias enaguas blancas.

Eran larguísimas las mesas, cubiertas de magnífica vajilla y por de contado, adornadas con infinidad de flores colocadas en sendos búcaros y centros de cristal, pero lo que llamó más que nada la atención del vallisoletano fueron los inmensos punkas ó abanicos de rojo color, que un criado hacía mover acompasadamente yendo de una pared á otra, como gigantesco péndulo, produciendo una continua y suave renovación del aire, muy agradable á tales horas y en semejante ocasión.

Comía D. Severiano con singular apetito, pero sin llegar de mucho á lo que engullían los ingleses, aunque le hubiera sido difícil averiguar que platos eran aquellos tan sabrosos; en cambio no parecía disponer de tan buen estómago uno de sus vecinos, el que tenía á la izquierda, sujeto de unos treinta años, y que, por sus trazas parecía meriodional de Europa.

Mirábale éste á D . Severiano con cierta curiosidad, como si tuviera deseos de entablar conversación con él, hasta que por fin se decidió á ello preguntándole en inglés si hacía mucho que había llegado á Colombo. D. Severiano, que ignoraba casi por completo el idioma de Shakpeare le respondió en mal chapurreado francés que había llegado aquella tarde y se marchaba á la siguiente noche, y el otro, entonces, repuso en castellano bastante correcto:

—Es V. español, me parece.

—Sí, señor, dijo Ansúrez; del riñon de Castilla, de Valladolid.

—Somos vecinos, replicó el otro. Yo soy portugués, de Oporto, y he tenido mucho negocio con Galicia; hace dos años pasé á fundar en Cloa una casa de comercio y he de venir con frecuencia á Ceylan, pero el clima no me prueba, y quiero realizar en breve mis existencias para regresar á mi país, donde me dedicaré á criar gallinas.

—¿Tan temprano?

—Sí; tengo ya lo bastante para mis necesidades y estoy cansado de correr mundo.

—Bueno es, sin embargo, viajar algo. Si nadie se moviera de su casa las naciones quedarían estadizas.

—Estoy conforme con lo que dice V., pero, amigo, la salud ante todo.

—Justamente.

—Y por estas tierras se echa á perder muy fácilmente, sobre todo si uno no se conduce con la mayor templanza. Pero, dejando eso aparte ¿dice V. que se va mañana?

—Sin falta; al anochecer.

—Pues entonces aún tendríamos tiempo de llegarnos hasta Kandí, donde tengo una sucursal. Está ahí mismo, y se vá en ferrocarril. No desaire V. mi invitación, si le es posible; no sabe V. la alegría que me ha dado encontrarme con un casi portugués.

—Y á mí con un casi español, respondió Ansúrez. Acepto, mi querido señor…

—Antonio José de Mora Barrientos Salgado, servidor de usted.

—Muchas gracias.

—Pues entonces, le espero á V. mañana en la estación, á las seis.

—No faltaré.

El vallisoletano fué exactísimo, con gran satisfacción del Sr. Mora Barrientos, que ya no parecía el mismo según la animación de su semblante.

Una vez en el coche dijo el lusitano:

—Ya ve V. las vueltas que da el mundo. Esto era nuestro; nosotros introdujimos aquí el cristianismo, nosotros regeneramos la raza, pero vinieron los holandeses y poco á poco nos lo fueron quitando todo, hasta que á su vez, fueron arrojados de aquí por los ingleses.

—Justo castigo á su perversidad, interrumpió Ansúrez.

—Sólo quedan como recuerdo de nuestra dominación algunos nombres, como Colombo,—el apellido del descubridor de América,—y algunas familias, de pura cepa portuguesa, aunque reducidas hoy á la más humilde condición; en cambio, los burghers, quiero decir, los mestizos de holandeses é ingleses y cingaleses lo llenan todo: oficinas, comercio, magistratura.

Pero en fin, ¡qué le vamos á hacer!

—Sí; lo mejor es tomar las cosas con filosofía.

—Aparte de esto, sería injusto negar la inmensa pérdida que sufrimos al ser desposeídos de esta isla magnífica, tan importante por muchos y distintos conceptos. Es grande,—63.975 kilómetros cuadrados; tiene 1,100 kilómetros de circuito; no es malsana, no es excesivamente calurosa, y es imponderablemente rica y no menos imponderablemente interesante para esos que estudian las artes, la literatura y las religiones de la India.

La isla afecta la forma de una almendra, con la punta al norte y la base al sur. El litoral es llano y ofrece pocos accidentes; las montañas se hallan en el centro y hacia el S., y se levantan en ellas algunos picos de respetable altura, como el de Adán que tiene 2.262 metros, y aún le supera otro, el Pedrotallagalla, que tiene 2.540 metros. En punto á ríos, pocos países están mejor regados que este, y si bienios de las llanuras se secan con frecuencia, no puede darse más abundancia de aguas que la que se ve en los altos valles. Lagos no los hay, pero los antiguos reyes de Ceylan construyeron tan soberbios pantanos y trincheras para sustituirlos, que basta ver la magnificencia de tales obras para apreciar toda la grandeza de aquellos soberanos. El clima es sano, fuera de las partes bajas, donde las fiebres no respetan ni aún á los indígenas, y no se siente tanto calor como en el continente.

Abunda esta isla en ricas minas de hierro, antracita, kaolín y plombagina; en yacimientos de diamantes, rubíes, granates y záfiros, y es muy productiva la extracción de sal de las lagunas de la costa, pero los principales rendimientos se deben al reino vegetal; la vegetación como habrá V. podido ver en los Jardines de los Cinamomos

—V. dispense, pero no he visto eso, replicó Ansúrez.

—Sí, señor; es el barrio donde está el hotel en que tuve el gusto de verle á V. anoche. Los holandeses que lo fundaron le pusieron este nombre.

—Perdone V. mi interrupción, Sr. Mora, y le ruego continúe…

—Pues, como le decía á V. y habrá V. visto, no puede ser más espléndida la vegetación de Ceylan: aquí se da de una manera prodigiosa el arroz, base de la alimentación de los indígenas; crecen después el café, la canela, el cocotero, el the, la quina, el cacao. No le hablo de los árboles silvestres, porque sería interminable la enumeración y tienen su análogo en los bosques de la India y de la Malasia, pero si diré que hay algunas especies exclusivamente propias de aquí, como el baobab, el ebenuz, el árbol de la nuez moscada, el mangustan, el dorian,—introducido por nosotros,—y gran número de palmeras como el dhum de Egipto que ha adquirido un desarrollo soberbio, la palmera roten, la de asta única, el árbol del pan, la tuna, el caobo… En fin, baste decir para dar idea de lo que es este país que se cuentan más de 3.000 especies de plantas fanerógamas ..

—¡Es asombroso! exclamó D. Severiano.

—En cuanto al reino animal, conviene V. saber que no hay aquí tigres, ni lobos, ni tampoco antílopes, y que apenas quedan elefantes; en cambio pida V. monos de toda casta, y papagayos de brillantísimos colores, y guárdese de ciertas minúsculas sanguijuelas que pululan á millares por los bosques. Abundan en las costas las ostras perlíferas, aunque, por lo mucho que se explota esa riqueza lleva trazas de dar fin en breve. La principal ocupación del país es la agricultura; la industria cuenta por poco; el comercio se ejerce en la exportación de café, canela, aceite de coco, especias, lana, madera de nogal, diamantes y perlas, y en la importación de productos manufacturados de Europa…

—¿Y qué es lo que V. exporta ó importa? preguntó Ansúrez, que no acababa de convencerse de que aquel hablador fuese el desganado comensal que tenía á su lado la noche antes.

—Pues ¡canela! replicó el portugués, como asombrado de la pregunta. Y, sin esperar á que el otro le preguntase, prosiguió, disparado: —Y que este país prospera se lo demostrará á V. el aumento de la población: era esta de 2.405,000 habitantes en 1871; hoy llega á cerca de tres millones y medio.

Estos pobladores pertenecen á distintas razas: tenemos primero los aborígenes, es decir, los cingaleses; estos ocupan la parte central y meridional (la montuosa) y todo el litoral de poniente y forman dos clases: los Patarata…

—V. dispense, ¿cómo dice V.? preguntó Ansúrez algo extrañado, ¿los Patarata?

—Eso mismo, los Patarata ó sea gente de la tierra baja, y los Udarata, o gentes de la tierra alta. Los cingaleses forman el 67 por 100 de la población total; ocupan las tres cuartas partes de su superficie y profesan el budhismo el 91 por 100 y el cristianismo el 9 por igual proporción.

Siguen á los cingaleses los hindos venidos del Coromanclel; forman el 25 por 100 de la población total, están acantonados en el Norte,-—la parte llana,—y el litoral oriental, y profesan el cristianiemo el 14 por 100. El resto de la población está compuesto de moros, malayos y europeos.

En cuanto al gobierno, es Ceylan una colonia inglesa que en lugar de depender de la administración de la India depende directamente de la metrópoli. Está dividida en ocho provincias (del Norte, del Sur, del Este, del Nordeste, Central, etcétera), y cada provincia en distritos, pero que no se llaman así sino con denominaciones cingalesas que marearían á cualquiera no tuviese la paciencia de un civilian inglés.

Estaba ya resuelto D. Severiano á manifestar al señor Antonio José de MoraBarrientos Salgado no se molestase en darle más explicaciones, cuando afortunadamente se detuvo el tren, y se oyó una voz que gritaba:

—¡Kandy!

—Ya estamos, exclamó alegremente el portugués, apresurándose á saltar del coche. ¡Vamos á casa!

No fué poca la extrañeza de D, Severiano al hallarse con que en Kan di hacía frío, pero no quiso quejarse y siguió al portugués hacia su morada, yéndosele de paso los ojos ante la extraña catadura de las gentes que encontraba. Las cingalesas, elegantemente envueltas en mantas de algodón de un solo color, blanco, carmesí ó pardo, recordaban por la manera como sabían hacer caer los pliegues de los paños las famosas estatuitas de barro cocido de Tanagra. Aparte de esto, veíase que aquellos habitantes eran gente pacífica, dichosa con su suerte y singularmente circunspecta. Veíanse poquísimos europeos, y menos casas también de este carácter: todo era indio puro; calles estrechas, casas bajas.  ceylan3

EL portugués le hizo entrar á su flamante amigo en un antiguo monasterio budhista, de puro estilo indiano, en la que se adora un diente de Budha y donde fueron recibidos por dos bonzos, envueltos en una especie de hopas amarillas, rapada la cabeza. El diente de marras está colocado dentro de una cajita cuajada de pedrería, encerrada en el interior de una imagen, en cristal, de Budha. No hizo gran caso D. Severiano del diente ni de las piedras, ni de las mil demoníacas esculturas de que estaban cubiertas las paredes, pero le costó contener en parte la admiración al asomarse á la balaustrada que forma uno de los lados de la pagoda, viendo el paisaje maravilloso que ante sus ojos se ofrecía: un lago artificial, de más de tres kilómetros de circuito, rodeado de bosques que parecían arrancados al sueño de un pintor de paisajes mágicos.

Llegaron por fin al bungalow del portugués, especie de cabaña oculta entre la tupida vegetación arbórea, y allí sí que D. Severiano no pudo menos de exclamar:

—Pues, amigo Mora, nadie diría que nos hallamos bajo el sexto paralelo sur.

—¿Por qué dice V. eso, amigo Almirez?

—Porque estoy, ya ve V. tiritando de frío; hasta temer que me salgan sabañones.

—Encenderemos fuego.

Así lo hicieron, con gran contentamiento del vallisoletano, el cual, repuesto ya, fué á visitar con su amigo la propiedad que éste tenía en Kandi, magnífica plantación de the, cacao y algodón, cultivada por cafres y negros, restos de unos contingentes importados á Ceylan por los ingleses para formar un regimiento, que luego fué disuelto, compuesto de cingaleses, tamils, malayos, negros de Jamaica y cafres del África Austral.

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Terminada su visita de inspección regresaron nuestros expedicionarios á Colombo, y como esta vez no estaba embargado D. Severiano por la chachara del lusitano, pudo á su sabor admirar el paisaje que se desarrollaba á ambos lados del tren, mientras bajaban; y ¡qué de cosas raras pudo observar! La máquina en vez de carbón, quemaba leñas odoríferas; las estaciones de la línea eran cabañitas tapizadas de llores trepadoras; parecía que el tren cruzara por en medio de un jardín, de chámpales y frangipanes, alegrado por bandadas de papagayos multicolores y miríadas de mariposas de anchas alas, semejantes á fugaces pedrerías; y era ahora el bosque impenetrable, por entre cuya espesura veíanse mover pausadamente las moles grises de los elefantes y entre cuyas ramas armaban infernal estruendo millares de monos, entregados á las más grotescas cabriolas, y era enseguida una llanura medio agua plateada y medio verdor esmeraldino, los arrozales, hasta que por fin el tren no bajó más, deslizándose sobre la llanura fangosa bañada por el Kalani y cubierta de cauchos y bambúes.

Tiempo de sobras tuvo aún D. Severiano para volver á bordo antes de que el Santiago anunciara su partida, y no lo dio por mal empleado, pues tuvo ocasión de conocer á varios doctores ceylaneses, ataviados con el traje del país, y cuyo inglés, según le aseguró su amigo, no dejaba absolutamente nada que desear, siendo reconocidos universalmente como verdaderas notabilidades en su profesión.

Por fin hubo de despedirse nuestro médico de su excelente amigo portuense, que le rogó no dejara de comunicarle noticias de cómo lo pasara. Levó anclas el vapor, y prosiguió su marcha.

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Alfredo Opisso i Vinyas

LA INDIA Y LA INDO CHINA.—ADEN.—Dos antiguos amigos.

LA INDIA

Y

LA INDO CHINA

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CAPÍTULO PRIMERO

ADEN.—Dos antiguos amigos.

Acababan de fondear en la bahía de Aden, una tarde del mes de abril de 189*, casi á la misma hora, dos colosales trasatlánticos: el Santiago, procedente de Barcelona, con rumbo á Manila, y el Imerina, que regresaba á Tolón, de vuelta de Madagascar.

Apenas hubieron anclado los dos vapores, apresuráronse los viajeros á saltar en tierra, anhelantes de librarse por algunas horas del horrible calor y la no muy agradable atmósfera de á bordo, por mas que les esperase un solemne desengaño al suponer que habrían de experimentar en Aden la inefable dicha de sentir un poco de frescura.

Sea como fuere, sin embargo, en breve quedaron poco menos que desiertos los vapores, dirigiéndose todo el mundo á la ciudad, con la esperanza de respirar allí á sus anchas, y el secreto anhelo de ver otras caras que las sempiternas de los compañeros de viaje.

El espectáculo que se ofreció á la vista de los impacientes pasajeros del Santiago una vez hubieron salido de la asfixiante atmósfera de cubierta,—guarnecida en toda su extensión por una doble tienda de lona, al objeto de librarse de la cegadora luz y el insoportable calor del febeo astro,—no era muy propio, sin embargo, para inspirarles gran confianza de encontrar inferior temperatura á la de 40° de que eran víctimas desde que, pasado el Canal de Suez, comenzaron á bajar por el Mar Rojo. Áridas montañas, formadas de rocas volcánicas, negras, de durísimos perfiles, como no las imaginara el propio Gustavo Doré para representar los más tétricos paisajes descritos en el poema inmortal del vate florentino, coronadas por numerosos fuertes en los que ondeaba la inevitable bandera inglesa, pesadilla de cuantos, no siendo ingleses, viajan por esos mares; en lo profundo, pues no merecía llamarse aquello valle sino pozo, Aden, no menos negro que las rocas, pero negro de carbón; arriba un cielo ferozmente azul, sin la más ligera nube; á la izquierda, una interminable franja cenicienta,—la costa de Arabia,—y en primer término una porción de grupos de negros de todos tamaños, cubiertos apenas con algún trapo rojo; multitud de judíos, pringosos, repugnantes, atosigando á los viajeros para que les comprasen plumas de avestruz; una fila de camellos, echados en tierra; una recua de mulos, de muy escasa talla, y cruzando indiferentes por entre la muchedumbre, dos soldados ingleses, tiesos y graves, armados con sendas raquetas de jugar al tennys. Muchos de los pasajeros del Santiago, convencidos de que en Aden no había nada que ver, como no fuesen depósitos de carbón, se dirigieron al restaurant de un Hotel, el único que podía jactarse de contar con un magnífico jardín, y en efecto, el jardín consistía en un patio, rodeado por una pared erizada de cascos de botellas y otros vidrios rotos, en cuyo centro crecían raquíticas y desmedradas cuatro acacias, objeto de celosísimo cuidado por parte de los dueños, ya que representaban la totalidad de la flora adeniana.

En torno de una mesa de aquel Edén, pues, tomaron asiento cuatro pasajeros del Santiago, á saber: un magistrado destinado á la audiencia de Manila, un médico vallisoletano que pensaba establecerse en Cebú, un comerciante catalán que tenía que hacer en Filipinas y un negociante vizcaíno que se proponía explotar una pesquería de perlas en cierta isla, que se callaba, de nuestro archipiélago oceánico.

Allí se estaban los citados señores quejándose de aquel calor bochornoso que les tenía medio derretidos, de aquel sudar sin fin, de aquel calentarse la ropa, como si á uno le envolvieran en vestidos puestos al horno, cuando apareció en el jardín un grupo de franceses, pasajeros del Imerina, que, saludando cortésmente á los españoles fueron á ocupar una mesa situada á corta distancia de la que hemos dicho, mas apenas habían tomado asiento, cuando se levantó uno de ellos, mozo de unos veinticinco años, alto, moreno, de rostro tan varonil como inteligente, y marcial apostura, el cual dirigiéndose hacia donde estaban los cuatro pasajeros españoles exclamó:

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—¡El mismo! ¡Por vida de!!! ¡Severiano!

Al oír aquella voz, levantó al punto la cabeza el médico, joven rubio, de finas facciones y delicado aspecto, y le faltó tiempo para arrojarse en brazos del otro, exclamando en voz embargada por la emoción:

—¡Rafael! ¡Pero si esto parece un sueño!

Grandemente hubieron de sorprenderse los circunstantes ante aquella escena, pero no tardaron en explicársela al decirles D. Severiano á sus compañeros de viaje:

—Señores, tengo el gusto de presentar á Vds. á mi amigo íntimo, D. Rafael Segovia, oficial de la legión extranjera de Francia.

—Pero siempre español, en cuerpo y alma, se apresuró á declarar Rafael. Azares de la vida me llevaron á Argelia, donde me alisté en el cuerpo á que he pertenecido hasta hace poco, pues ha terminado el plazo de mi enganche, y he recobrado mi plena libertad. Y ahora, con su permiso de Vds. desearía hablar á solas con mi amigo…

—Sí, señor; Vds. son muy dueños; ¡no faltaría más! Dijeron todos.

El ex militar francés se dirigió entonces á donde estaban sus camaradas, y enterándoles de lo que pasaba les pidió á su vez le excusasen si abandonaba su compañía.

Retiráronse los dos amigos á una sala del hotel, donde no había nadie ala sazón, y sentándose en sendas mecedoras, comenzó á decir Rafael:

—¡Qué dicha tan grande el habernos encontrado al cabo de una separación tan larga! ¿Y dónde vas ahora?

—A Filipinas; he alcanzado una plaza de médico titular de un pueblo cerca de Cebú… ¿Y tú, dónde vas?

—Pues; ni en cien años acertarás: voy á la India; he abandonado á Marte por Mercurio.

—¡A la India! ¿Y cómo es eso? ¿Conoces allí á alguien?

—¡Ya lo creo! Voy en condiciones magnificas; se trata de que entre al servicio de una Compañía Electricista, muy acaudalada, que tiene contraídos ya una porción de compromisos para construir tranvías, proporcionar fuerza motriz, alumbrado, y en una palabra todas las aplicaciones de la electricidad. Como en Magadascar, que acabamos de conquistar, es decir, que acaban de conquistar los franceses, no hay mas que ingleses, tuve ocasión de prestar cierto servicio á uno de esos señores, y este es el que me ha proporcionado la colocación, muy de mi gusto, pues entiendo bastante en esas cosas…

—Sí; porque te faltó poco para concluir los estudios de ingeniero que seguías en Glasgow…

Nublóse la frente de D. Rafael, y dijo:

—Desgracias de familia, como sabes, me llevaron á una situación desesperada, y de que salí gracias á tu familia y á algunos pocos más amigos de Valladolid. Pasé á Argelia; las cosas rodaron de mal en peor… y acabé por sentar plaza. He hecho la campaña de Madagascar, y en cuanto terminó pedí la absoluta, no queriendo reengancharme…

Rápidas transcurrieron las horas que pasaron juntos los dos amigos y paisanos, hasta que el ronco son de una sirena les arrancó á su coloquio, recordando á D. Severiano y sus compañeros que les esperaba el Santiago, y á bordo se fué, dejando lleno de tristeza á D. Rafael, que debía permanecer en Aden hasta la llegada del vapor inglés, Bentinok, en el que había de embarcarse para Bombay.

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Alfredo Opisso i Vinyas