RATAPLÁN (II)

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RATAPLÁN

(cuento)

II

Ello es que no tardé en empezar mis tareas animosamente, en medio de una santa y envidiable paz. Ésta duró quince días; al decimosexto me distrajo bastante un ruido particular que salía del patio y sonaba como á toque de generala ó de parada militar; pero de un modo tan desagradable, que nadie se lo figuraría. Luego, ya comprendí que se trataba de un simple tambor tocado de prisa y desordenadamente. Y esto sucedía á las ocho de la mañana, en Octubre, á muy poco de empezar el curso, en el momento de ir á prepararme para la lección de la cátedra. Como el ruido no cesaba y me sentía molestadísimo, me asomé á la ventana, y vi que el empecatado autor no era otro que el nieto del dueño de la casa. Este chiquillín de seis á siete años, morenillo, feo, de mal color, con una nariz tan recia que semejaba un manubrio, llevaba pendiente de una correa un tambor casi mayor que él, sobre cuyo parche menudeaba los golpes con todo el entusiasmo bélico de un veterano. Acompañábase al mismo tiempo de su voz aguda y resonante, gritando: «¡Plan, plan, rataplán, plan, plan!»

—¡Eh! Fernandito, ¿quieres callarte? Ó bajo y se lo digo á tu abuelo,—le advertí desde la ventana.

Pero el condenado chiquillo continuó impertérrito, como si le hubiera hablado en griego, cruzando el patio en todas las direcciones y machacando sobre su tambor, con aire tan marcial como insolente. Dos horas duró la tal música aquella mañana. Después pregunté á mis padres la razón de tenerlo el abuelo en su compañía, que no podía ser más sencilla y natural: habiendo fallecido la madre del niño, y hallándose el padre constantemente fuera de la población, por estar como ingeniero al frente de unas minas, pensaron que en ninguna parte se hallaría mejor que bajo su vigilancia. Desgraciadamente, la abuela, que era una malva y una excelente señora , se pasaba el día en la iglesia ó en las juntas de piadosas congregaciones, y el abuelo, D. Camilo Cebrián, si no era sordo por completo, le faltaba muy poco.

—¡Bah! Ya se cansará de tocar, me dije yo algunos días después; los niños tienen también sus manías, y aun es peor muchas veces llevarles la contraria. Pero, ¡ay de mí!, aquella manía no pertenecía sin duda á las comunes ni á las que fácilmente ceden ó se extinguen. Pasó un día, corrió un mes, contáronse seis meses, y terminó el curso sin que la tal manía dejase de estallar á la hora menos pensada. Hallábame á lo mejor desentrañando una proposición abstrusa en lo más peliagudo de mi tarea, cuando de pronto oía en el fondo del patio los maldecidos redobles del chiquillo, que sonaban en mis oídos como la murga más antipática del mundo. Cada idea se escapaba por un lado; ya no cabía ilación en ningún razonamiento, y aquello era el caos de la meditación, la danza macabra de los conceptos, el Walpulgis de la lógica. ¡Poderoso Dios! ¿Cómo discurrir con tino en medio de tan atronadoras disonancias? Imposible; había que desistir de la empresa. Pues ya comprenderéis que para perniquebrar á Condillac y echar la zancadilla á John Stuart Mili, necesitábase mucha paz, mucho sosiego y mucha tranquilidad de espíritu.

Cierto que podía haber trabajado de noche en esta santa empresa; pero á causa de una afección á la vista que padecí de niño, se me quedó hasta el presente tan sensible y delicada, que hube de renunciar á todo lo que fuese velar con luz artificial más de media hora. Aun en las primaveras suelo usar gafas de cristal azul para librarme de molestas irritaciones y de los reflejos vivos y deslumbradores. En resumen: que con tales distracciones no adelantaba gran cosa en mis estudios.

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JOSÉ Mª. MATHEU.

Publicado originalmente en

LA ESPAÑA MODERNA AÑO II Nº XVII

(REVISTA IBERO-AMERICANA)

MAYO – 1890

 

RATAPLAN I

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RATAPLÁN

(cuento)

I

AQUEL más animoso de mis lectores que se haya presentado á exponer lo que sabe de cualquier arte ó ciencia delante de cinco pasmosos profesores, y enfrente de dos ladinos contrincantes, comprenderá el valor y la poca aprensión que se necesitan. Ese valor lo tuve yo en dos ocasiones. En la tercera no fué ya valor, sino desesperación, porque después de haber llevado dos revolcones, con alguna justicia, era preciso, para presentarse á otra oposición, estar muy desesperado ó no tener chispa de vergüenza. Y, sin embargo, el éxito, ó mejor dicho, el tribunal coronó esta nueva proeza, y me vi nombrado de la noche á la mañana catedrático de psicología, lógica y ética. No os hablaré por de pronto del alegrón que recibí al saberlo, pues han corrido bastantes años de entonces á acá, y ya no lo siento para reproducirlo con la misma intensidad y viveza. Por otra parte, no soy retórico, y no puedo acudir al socorrido repertorio de hipérboles, simplificaciones, paradojas, símiles y demás tropos. Lo único que recordaré como indubitable es que me apresuré á recoger el título en el ministerio, á arreglar el baúl, y á despedirme de los compañeros de Madrid, por el ansia que me había entrado de hallarme lo más pronto posible en Cayudes.

Cayudes es mi patria, y no debe extrañarse que tuviera tanta prisa por dejarme ver en ella. Era esta una de las primeras, y por consiguiente más vivas satisfacciones que me proporcionaba el estudio. Existía además otro motivo que me impulsaba á no dilatar indefinidamente mi estancia en la corte: oyendo á unos y otros, vine á formar idea de la merecida estimación que gozaban entre el profesorado los autores de obras de alguna importancia ó trascendencia. Estas obras se presentaban luego al Consejo de Instrucción pública, que informaba acerca de su mérito, y según fuese éste, el Gobierno las declaraba de texto en las Universidades. Otro gran aliciente: en los concursos á cátedras se tenían muy en cuenta los trabajos originales publicados por el opositor.

Todas estas observaciones me sugirieron la idea de estudiar á conciencia mi asignatura, y ver de pergeñar un libro aceptable, útil, nuevo por el método ó por la mucha sustancia de su doctrina, lo cual llevaba más de dos docenas de perendengues, como dicen en mi tierra. Concebido así mi plan, y determinado á realizarlo, no me faltaba para poner manos á la obra más que una cómoda instalación y mucha tranquilidad de espíritu. Cediéronme mis padres con este exclusivo objeto la habitación más retirada de la casa, un cuarto muy capaz, alto de techo, con una hermosa ventana que caía al patio, y recibía la luz del mediodía. Hacía ya veintiséis años que ocupábamos el piso segundo, mientras el dueño se había reservado el principal, los sótanos ó bajos y este patio, un perfecto cuadrado, bastante espacioso para poder convertirse en jardinillo. Pero hubo de contentarse al principio con plantar en los rincones dos parras, una frente á otra, y así se quedó para in aeternum. Al llegar la primavera, estas dos parras alegraban con sus verdes reflejos los tonos terrosos y sucios de aquellos paredones, que debían ser obra morisca, ó de la época de los Felipes, cuando menos.

De todos modos, complacíame en extremo el sosiego casi monacal que parecía reinar en aquel recinto de la casa, destinado nada menos que á restaurar la verdadera psicología. Porque, en efecto, la escuela inglesa, lo mismo que los Enciclopedistas, habían hecho mangas y capirotes de esta egregia rama de la filosofía clásica y tradicional. Reducíase mi tarea, por lo tanto, á aplastar á los unos y á perniquebrar á los otros á fuerza de lógica. En cuanto á Cousin y á sus hermanos en eclecticismo y en elegancias de estilo, me bastaba con unos cuantos alfilerazos bien dirigidos para que se deshinchasen y viniesen á tierra, blandos, vacíos y rugosos, como esos glóbulos de goma que sujetan los niños con un hilo. Excuso decir igualmente á mis lectores lo que yo pensaría de aquel famoso Krause, que por aquella época despuntaba en nuestro horizonte filosófico. Para él, y aun para otros de mayor cuantía, reservaba, no ya dos ó tres argumentos de sentido común, sino una especie de catapulta de argumentos. Pues este buen señor había tenido la paciencia de encerrar sus sofismas bajo una forma tan impenetrable, tan áspera y aparatosa, que más que razonamientos y tesis de metafísica, parecían cachazudos galápagos ocultando su cabeza entre dos conchas.

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RATAPLAN II

JMMatheu2JOSÉ Mª. MATHEU.

Publicado originalmente en

LA ESPAÑA MODERNA AÑO II Nº XVII

              (REVISTA IBERO-AMERICANA)

MAYO – 1890

PROMETEO

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PROMETEO

A MI QUERIDO AMIGO

DON RAMON CAMPO AMOR

Las gradas estaban llenas;

Ruidosa y alborotada

La muchedumbre apiñada

Cabía en el circo apenas.

Desierta quedóse Atenas

Desde el Pireo al Pecilo,

Que más que al famoso Milo

El atleta de Cretona,

El pueblo aplaude y pregona

Los personajes de Esquilo.

 

Hierve la inmensa canalla

Con estrépito sonoro;

Comienza á cantar el coro

Y el ronco murmullo calla.

Cruza el rayo, el trueno estalla;

Sobre el Cáucaso elevado,

Desnudo y ensangrentado

Gime un hombre sin consuelo,

Pero en vano clama al cielo

Prometeo encadenado.

 

De aquel gigante caído

Que en vano impotente lucha,

Con espanto, el pueblo escucha

El aterrador gemido.

Bate el pueblo conmovido

Las palmas con emoción,

Sin saber que la ficción

Que en el escenario aprueba.

Es la tragedia que lleva

El hombre en el corazón.

 

Como gigante oprimido

Que se revuelve y se agita,

Así el corazón palpita

Dentro del pecho escondido.

Misterio no comprendido

Que le condena á ser reo.

Cadenas forja al deseo

Que intenta romper en vano;

Cada corazón humano

Lleva dentro un Prometeo.

 

No hay razón por que se asombre

El pueblo ante aquella escena:

Arriba, el cielo que truena;

Abajo, el dolor del hombre.

De otra tragedia sin nombre

La humanidad es actora;

Eterna y aterradora

La gran tragedia se mueve:

Arriba el cielo que llueve;

Abajo el hombre que llora.

 

Inquietud gigante, inmensa,

Que al espíritu combate;

Lo que en el corazón late,

Lo que en el cerebro piensa.

Esa vaguedad intensa

En que se agita el deseo:

Fé inspirada en Galileo,

Constancia heroica en Colón,

Ensueño, caos, razón,

¡Prometeo, Prometeo!

 

Destino, error, fatalismo.

Virtud, serena conciencia…

De un lado, el bien y la ciencia;

Del otro, el mal y el abismo.

En medio, noble heroísmo

Que alienta en el corazón:

Por el hombre, abnegación;

Por la patria, libertad;

Por el progreso, verdad;

Por el cielo, religión.

 

Firme fé, que contra el yugo

De la ignorancia y del vicio

En heroico sacrificio

Su cerviz rinde al verdugo.

Defender al bien le plugo

En titánica disputa,

Y el temor nunca la inmuta;

Ante el bien, nada le arredra;

Ni Esteban teme la piedra,

Ni Sócrates la cicuta.

 

El cielo airado; teñido

De nieblas el horizonte;

Sobre la cima de un monte,

Desnudo un hombre oprimido.

Marque triunfa; bien vencido;

Verbo de Dios encarnado…

Cristo en la cruz enclavado…

Llanto y dolor… No os asombre.

Es la tragedia del hombre:

Prometeo encadenado.

 

Rodando en la inmensidad

Peñasco informe es la tierra,

Quebrado monte que encierra

Sujeta á la humanidad.

Luchando por la verdad

Y de la ignorancia esclava,

Su dolor el tiempo agrava

Y su mal nunca remedia;

Esa es la eterna tragedia,

Tragedia que no se acaba.

 

¡Ay! al pueblo que aplaudía,

Más que el esfuerzo de Milo,

El genio sacro de Esquilo

Que el Prometeo escribía,

Nadie le dijo aquel día:

La poética ficción

Que tu aplauso y tu emoción,

En el escenario, aprueba,

Es la tragedia que lleva

El hombre en el corazón.

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RICARDO BLANCO ASENJO

De su libro de poesías y poemas: PENUMBRA (1881)

IMPRENTA DE FERNANDO CAO Y DOMINGO DE VAL

LA ÓPERA SERIA

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LA ÓPERA SERIA

Para unos pocos es el sancta sanctorum de la música, el deleite mayor del mundo, la audición más sublime y más veneranda; para una gran parte de los mortales un ruido extraño que casi molesta, unos gritos agudos que hieren el tímpano del oído, un estruendo orquestral; para el mundo elegante el espectáculo de moda, el ramo de lujo, de rigor en el presupuesto de toda persona que aspire á ser considerada comme il faut.

La ópera es un pretexto para exhibir las damas sus vestidos, sus galas y sus brillantes; su correcta tenú los pollos; su porte diplomático los gallos.

Por otra parte, es un espectáculo que puede presenciarse á telón corrido, sin que sea necesario guardar absoluto silencio. Puede hablarse perfectamente con la dueña adorada de nuestros pensamientos enamorados, y la mujer que nos ama ó nos finge amor goza del privilegio de marearnos á sus anchas entre el perfume de sus esencias, el resplandor de sus joyas y la tentadora blancura de sus escotes.

Poco importa que el tenor ó la diva den notas sublimes ó gallos desgarradores; para la mayor parte del público pasan del todo desapercibidos, porque no escucha otra voz que la del adorado ó simpático amigo, espectador ó espectadora que tiene á su lado, y cuyo acento escucha en unas ocasiones como una música celestial ó como una infernal en otras. O queda dulcemente impresionado por la dulzura de tanta palabra de miel como oye, ó imposibilitado de apreciar ninguna nota agradable por las salidas de tono de su bella ingrata.

Lo cierto es que los empresarios de ópera seria hacen su agosto en cualquier mes del invierno ó del otoño y tienen llenos sus teatros, como ocurre ahora.

Eso es lo positivo, aunque no he conocido un solo empresario de ópera que me haya confesado ingenuamente sus ganancias.

Todos ponen el grito en el cielo y se quejan de su pícara suerte; pero reinciden. Les pasa en esto lo mismo que al público, que nunca está contento de los artistas y acude á oirlos todas las noches que puede, pagando más que por ir á otro teatro en que se rinda culto al arte dramático nacional.

Cosi va la ópera seria.

PEDRO SAÑUDO AUTRAN

Publicado en su obra

NARRACIONES ESPAÑOLAS Y AMERICANAS, 1886

Segunda parte.

Narraciones y artículos.

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Un bonito negocio (conclusión)

Un bonito negocio (conclusión)

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V

La irritación y los comentarios de la gente duraron muchos días. Desde tiempo inmemorial, en una población tan pacífica y morigerada en sus costumbres sociales, no se había visto cosa semejante. Haría ya un mes y medio desde la fecha de aquel triste suceso, cuando cierta mañana se presentó en casa de la señora Martina un hombre morenote, algo rayado de viruelas, y de difícil palabra, preguntando por su amigo Bernabé. ¿Había vuelto ya de Valladolid?

A todos sus íntimos amigos les dijo lo mismo: «Dentro de tres días ó cuatro estaré de vuelta.» Y esta es la hora en que nadie sabe su paradero.

—A nosotros nos dijo lo mismo — afirmó seriamente la madre, —pero á casa no ha vuelto.

—Esto es muy extraño, señora. . . muy extraño, que ustedes ignoren dónde está su pariente; y yo no me lo explico.

—Pues no lo extrañe, señor, porque mi hijo Bernabé no suele dar explicaciones á su familia de lo que piensa hacer. Es mayor de edad, y además tiene su carácter y. . . si usted supiera, misa dijera, como dijo el otro,—contestó la madre suspirando de recio y conteniendo el abundante manantial de sus pesares y sentires, que desbordaba de su maternal corazón. Era cauta como buena castellana vieja, y temía casi siempre correrse demasiado.

—Eso está bien para usté, pero yo vengo aquí á pedir lo mío, y me extraña mucho, como le he repetido, que nadie sepa en Burgos dónde para ese hombre;—y dicho esto, miróla el morenote con tanta desconfianza y tan mediana cara, que la señora Martina no pudo menos de sentir penosísima impresión. Y aun mucho más al oír que se marchaba maldiciendo de Bernabé y echando sapos y culebras por su boca.

Pero aquel mismo día, á la hora de comer, volvió Lucio tan triste y avergonzado, que al punto lo echó de ver su madre.

Ésta le interrogó con una larga mirada:

—¿Sabe usté, madre, lo que pasa?… Que Bernabé no parece por ningún lao; que no fue á Valladolid, como dijo; que ese señor Melguiza le pide no sé cuántos miles de pesetas, y que un tal Bonilla dice que también le falta no sé cuánto … ¡Sandiez! Ese nos hará salir á la cara la vergüenza, verá usté.

—¡Jesús! ¡Jesús! ¡Qué chiquito ése!—exclamó la madre, estupefacta y apenada.—Pero eso lo dirá la gente, las malas lenguas, y no será verdad. Vamos… que no puedo creerlo. ¿Y el dinero que había cobrado hace dos meses?

—Eso fue una engañifa, madre, una mentiraza muy gorda que todos nos tragamos. Lo ha confesao ese señor Melguiza que fue pastor en Cardeña-Jimeno, y que vino de allá con él. Y hay otra cosa

además.

—¿Peor que eso? — preguntó la madre con azoramiento.

—No sé si será peor; que la Ventura hace dos días que falta de su casa. Algunos murmuran que si se habrá ido con él… Y no van descaminados. ¡Qué mundo este, madre! Cuando él me contó que había sido su novio, me dio un vuelco el corazón y sentí una rabia… que si no es mi hermano, le echo la mano al gaznate y lo ahogo como un perro. Créalo usté, madre. Pero uno mira las cosas… y usté estaba delante. ¡Qué mundo este! Pero el corazón no me engañaba.

—Tal para cual. No te dé pena, hijo; que esa tunanta . . . las ha de pagar. Dios tiene un palo muy largo y á todos les llega. Pero oye, oye: si obra aquí la justicia, es un suponer, vamos á tener nosotros algo que ver.. .

—¿Nosotros? ¿Por qué? ¿Nos habernos comido algo de otro, pongo por caso?

Lucio se engañaba en sus cálculos, puesto que al dar parte al Juzgado, como se dio aquel día, habían de ir uno y otro á prestar las consiguientes declaraciones acerca de lo que supieran del paradero de Bernabé.

Circulaban rumores muy fundados de que el gran proyectista, al desaparecer de Burgos, se había llevado las 15.000 pesetas prestadas por su amigo Melguiza, las 25.000 de don Nicasio Bonilla,

y las que logró cobrar por el traspaso de la tienda modelo con todas sus existencias, como si fuese su exclusivo dueño; otro negocio de mala fe que se realizó á cencerros tapados, como á él le convenía.

Vivía don Nicasio Bonilla, que era viudo, con tres hijos menores de edad y una sirvienta. Sospechábase, por lo tanto, que Bernabé debió conquistar á esta última para que le abriera la puerta, estando la familia fuera de casa. De este modo, con llaves falsas, consiguió abrir el cajón de la mesa del despacho, donde el descuidado Bonilla había encerrado los billetes que sacó el día anterior del Banco.

Aunque de mala gana, en cuanto vino Miguelillo del taller, sacó la señora Martina la sopa de fideo gordo, y Lucio comió realmente por comer, por sostener las fuerzas. Pues estas graves noticias de su hermano se le entraban corazón adentro, y le dolían mucho más que los sablazos del maldecido sargento. Cuando volvió después á su trabajo, observó que en la acera de la casa había dos caballeros hablando con el dueño, con Fernández Prieto, de los rumores que circulaban sobre la desaparición total de Bernabé Corella. Al penetrar en el portal oyó muy claro que el señor Fernández decía á los otros:

—Una de las mayores plagas que afligen y consumen á nuestro país, es ese enjambre de vividores, de farsantes, de vagos, de estafadores en grande y en pequeño, de falsificadores y estampilladores, de parásitos y chupópteros de toda casta, gente sobrado lista, que ha de vivir sin trabajar, á costa del trabajo y del dinero de los demás. Los verán ustedes en todas las clases sociales, y hasta en el mismo pueblo. Y ahí tienen ustedes como tipo ese chiquito que acaba de realizar en Burgos un bonito negocio, como dirá él. Vaya, que se necesita habilidad para darla á tanta gente como se la dio ese briboncillo que se ha llevado el dinero de nuestro amigo Bonilla.

—Y algo podría evitarse, ¿no le parece á usted, Fernández? — apuntó uno de los caballeros —con una buena ley de vagos y una fiscalización especial. . .

—Nada de fiscalizaciones. La culpa es de una cierta cobardía moral que nos corroe los huesos; la culpa es de todos nosotros, que no sabemos asociarnos, ni defendernos mancomunadamente, ni protestar en alta voz desde todos los ámbitos de la nación contra ciertos hombres y contra ciertas cosas.. .

En este momento, Lucio tuvo que entrar al patio por una lata de color de ocre claro, y no llegó á oír lo que replicaron los otros.

Desde el percance aquel en que fue herido en el brazo, volvía á casa algo más temprano para curarse. Sabía, además, que había de encontrar á la Daría con la aguja en la mano, zurciendo alguna camisa vieja ó ayudando en cualquier otra labor á la señora Martina. Allí se hablaba de lo presente, de lo bien que se anunciaba la temporada con las buenas cosechas recogidas en las postrimerías del verano. Alguna que otra vez recordaba la pobre madre el nombre de Bernabé, de quien nada dijeron los papeles, y al que se le suponía camino de América, pues ninguno de ellos tenía la menor noticia. A Lucio, aunque callase, le atosigaban en ocasiones aquellas palabrejas de parásitos y chupópteros que oyó al dueño de la casa, y cuya significación no comprendía. ¿Sería acaso peor y más denigrante que la de estafador? Se lo hubiera preguntado de buena gana al mismo señor Fernández, pero sentía una vergüenza abrumadora por tratarse de su propio hermano, y nunca se atrevía. Chupópteros, parásitos. . . Sólo al pronunciarlas le traía al buen Lucio, sin saber cómo, el rubor y el calorcillo sofocante de la humillación, al igual del que ha cometido una bajeza.

Esto no obstante, se presentó una de estas noches mucho más animado y decidor que de costumbre. Había celebrado con todos sus compañeros, obreros y oficiales, el santo del maestro, que estuvo muy generoso con ellos. Después de una abundante y sabrosa merienda, se desocuparon varias botellas de rico vino de Navarra y una añeja de Aranda, que era una delicia.

—En fin, un rato de broma y de charla y de mover los dientes y dar gusto al gaznate —decía Lucio dirigiéndose á su madre y echando una ojeada á la Daría.—Bueno, ha de haber de todo una miaja; no hay caso. Pero yo me digo: no es esto todo lo que uno desea, el hombre que vive de su arte y de su trabajo. Para mí hay otra cuestión. Yo conozco, y esto es un suponer, una chiquita trabajadora, callada, de muy buenos ojos, pelinegra por más señas, que es una cosa buena, pero sobrebuena; la flor de nuestro barrio, vamos al decir. Usté también la conoce, madre. Y yo cavilo y me digo: si esta mujer pensara alguna vez en un hombre, que eso tiene que suceder un día ú otro, ¿no es verdá? Pues si ella pensaría en un hombre y ese hombre fuera yo … Vamos, madre, que eso sería una bendición, lo mejor de lo mejor. ¿No le parece á usté?

—¿A mí? Pues que mientras que yo no conozca á esa individua. . .

—Pero si usté la conoce como yo, no se haga usté la boba. Y la conoce también la Daría.

—Esta noche —expresó la aludida algo ruborizada— ha venido Lucio muy contento y quiere que todos nos alegremos con sus bromas, ¿verdá usté, señora Martina?

—Es que no son bromas, Daría; quisiera ponerme muy formal y muy serio, pero esta noche tengo así como una corazonada, algo que se me ha metido en la cabeza, de que ha pensao usté, por casualidá. por chiripa, en este mísero artista, porque me ha mirao usté de una manera . . . ¡que me sé yo!

—¡Qué bobos son los hombres! La Daría te ha mirao y te ha remirao como siempre, con muy buenos ojos.

—¿De veras, Daría?… —y como la muchacha le contemplase sin decir palabra, enmudecida por la emoción de este florecimiento repentino de un amor soñado, añadió sentándose á su lado:

—¿Pero de veras?

—Sí, señor. ¿Por qué negarlo? Ya usté sabe que una puede tener simpatías por unas personas más que por otras. Yo siempre . . . la verdá, le he mirao con simpatía, como á una persona buena.

—Siempre, ya lo oye usté, madre; y yo que traía mis miedos por. . . esas chirimbinas y turuntelas que uno ha tenido por ahí. Pero de veras, Daría, ¿no me engañará usté? —Y como ella volviese á mirarle con alguna fijeza, añadió en seguida:

—¡Qué burro soy! Perdóneme usté y no tome á mal esta desconfianza mía, porque anda uno tan resabiao desde . . . aquello. Conque hagamos las paces; quiere decirse, míreme usté como antes de soltar esa gracia. Y sepa usté que mi madre me ha hablao de usté más de dos y tres veces con el aquel de que abriera los ojos, y yo nada, más cegato que un topo.

—La señora Martina me hace demasiado favor, pero ya sabe que soy una pobre artesana, que no tengo más que mis manos y la ropa que llevo puesta,—expresó la joven con una sinceridad realmente conmovedora.—Ya sabe que en casa no podemos ahorrar ni un céntimo, y esto es otra desdicha que nos alcanza á muchas mujeres.

—También mi madre se casó pobre,—repuso Lucio con viva y repentina vehemencia —y esto no quita para que fuese dichosa con mi padre, que ganaba un jornal como nosotros; ¿verdá, madre?…

—No había por qué tener envidia á ninguno, eso es lo cierto. Era un hombre honrao y de mucho provecho, y en casa había paz, y pocas veces nos faltó que comer, á Dios gracias. Han pasao después cosas tristes; tuvimos algunas penas y más de una necesidad cuando la familia crecía y aumentaba. Nadie está libre tampoco de una mala voluntad; pero como nos encontrábamos bien unidos todos, pasábamos los días de castigo; hubo salud, y aquí estamos todos. ¡Y á vivir!

—Ya lo oye usté, Daría. Si usté quiere . . . también nosotros podemos vivir así . . . felizmente —dijo Lucio envolviendo en una intensa y amorosa mirada á la joven, que no acertaba á responder. A su vez ésta le contempló por un instante, estremecida de emoción y de alegría, como si una ola de nueva y ardorosa sangre, después de acelerar los latidos de su corazón, se difundiera dulce y calladamente por todas sus venas.

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JMMatheu2JOSÉ Mª. MATHEU.

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Publicado originalmente en

El cuento semanal

AÑO II – 27 de marzo de 1908 – Nº 65

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Un bonito negocio IV

Un bonito negocio IV

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No eran, efectivamente, una fantasía los temores del mozo al saber que veían á su novia acompañada de otro hombre. Su propio hermano, que hablaba y se entendía con la Ventura, le había indicado, por saberlo de buena tinta, que ella se veía perseguida en todas partes por el militar; presumía, además, que si le permitía acercársele sería acaso por miedo. La vida independiente de la muchacha; su carácter ligero, travieso, burloncillo y dispuesto siempre á la chachara y á la broma, pueden explicar en parte esta especie de intriga, estas ligerezas y coqueteos peligrosos. En otra cualquiera parecerían incomprensibles, conociendo la formalidad y la buena conducta de Lucio. Por su parte, Bernabé la veía recorrer con secreto gozo este enigmático camino. Acariciaba cierto proyecto, y por otro lado la Ventura, incitante, loquilla y cada día más guapa, le atraía de un singular modo, sin darse él mismo cuenta. Asemejábase esta atracción al oleaje manso y espumoso de aquel mar azul donde se había bañado algunas veces, sintiendo la embriaguez del agua tibia, enervante y acariciadora.

El sargento Ramírez era otro de los que, al verla con frecuencia en casa de una paisana suya, se había enamorado de tal modo, que en cuanto disponía de una hora ya estaba esperándola en cualquiera esquina. Aun sabiendo que la Ventura tenía novio, no le parecía al sargento una enormidad, ni cosa del otro jueves, al encontrarla sola casi siempre, muy gustosa de gastar palique, lo de suplantarle el día menos pensado. Habíase visto en otras más negras, y no le asustaban los hombres, por bragados que fuesen.

Claro es que los domingos, cuando la veía salir acompañada de Lucio y dirigirse al Parral ó al paseo de la Isla, se contentaba con seguirla de lejos, con dos amigotes suyos, sargentos de Artillería. A Lucio, en cuanto los guipaba, se lo llevaban los demonios; pero se mantenía muy serio y muy prudente, recordando las advertencias repetidas de su madre, enemiga de armar camorra por un quítame allá esas pajas. A no ser por esto, y dejándose llevar de sus buenos puños, que eran dos sólidos martillos de hierro, de poco le valiera el ser de tropa ni que sacara el charrasco… Se conocía muy bien: lo trituraría., lo haría polvo.

En los comienzos de Junio circuló por la población una noticia que puso á la señora Martina más alegre que unas Pascuas. Entre los amigos y conocidos de Bernabé causó verdadero asombro y gran estupefacción. Ello fue que llegaron de Londres las consabidas letras, y en unión de un íntimo amigo suyo llamado Damián Melguiza, cobraron sesenta mil pesetas en la Sucursal del Banco. Pero su madre, admiradísima, ignoraba, igual que todo el mundo, los antecedentes históricos y secretos de este asunto. Este Damián Melguiza se determinó á ir á Buenos Aires, embaucado como tantos otros. Apenas sabía leer y echar malamente su firma. Había sido Pastor en Cardeña-Jimeno, entendía mucho de ganado, de lanas y de curtidos, y era hombre de tanta suerte que en cualquier compra ó venta de este género hallaba negocio.

BN41Traficaba y se entendía con la casa de comercio donde Bernabé llevaba la contabilidad, y se le calculaba en este último año una ganancia de cuatro á cinco mil pesos.

Hombre algo obscuro, sin educación, de escasas palabras, se vio aconsejado en ciertos pormenores por su paisano, y se hicieron amigos inseparables. Falleciendo de una fiebre la mujer que llevó consigo, cansóse de rodar solo por el mundo, de la vida comercia, y vínole la idea de volver á su tierra. Pero ¿cómo traer tanto dinero sin exposición ni riesgo de ninguna clase? Bernabé le sugirió la idea del giro por una casa inglesa de mucho crédito. Damián conservaba en Burgos una caterva de parientes pobres: primos hermanos, cuñados, tíos, sobrinos que, al enterarse del dineral que cobraba, habían de abrumarle á peticiones. Con el hambre atrasada que traerían y su ansia de ver algunas pesetillas reunidas, cosa que habrían soñado alguna vez en su larga existencia, calcúlese ahora la que le aguardaba al buen Damián Melguiza.

Imaginábase verlos á todos ellos como una trailla de habrientos y voraces perros, dispuestos á comérselo hasta por los pies.

Su amigo Bernabé le dio la solución: «A mí no me importa pasar por rico. Lo cobraré como de los dos. estando tú delante.» Y este fue el motivo de que sonara el nombre de don Bernabé Corella como uno de los que habían cobrado en el Banco más de sesenta mil pesetas. Llegaron también sus ahorrillos, aunque insignificantes al lado de este caudaloso río de plata. Como el interesado en esta cobranza no había de desmentirlo por el presente, claro es que la mayoría de sus amigos y compañeros lo creyeron. Su pobre madre lloró de alegría.

¡Ella que llevaba los gastos de la casa al céntimo, que era tan aficionadilla al dinero, una de sus mayores debilidades!… El mismo Lucio, que desconfiaba tanto ó más que su madre, mirábalo como un portentoso milagro de la suerte.

Transcurridas dos ó tres semanas, Bernabé, que habló decididamente á algunos comerciantes de un cierto negocio que nadie explotaba, acabó por encontrar la ocasión de una magnífica tienda de ultramarinos, en la calle de Lain Calvo, que se cedía en buenas condiciones. Su amigo Melguiza le prestaba, mediante escritura pública, unas quince mil pesetas, hipotecando el valor total de la tienda y señalándole el diez por ciento de beneficio en las ganancias que se realizasen. Era, á no dudar, un bonito negocio este de un comercio montado á la moderna, con grandes escaparates, lámparas de luz eléctrica y géneros de primera, como no existía en todo un Burgos. Melguiza consintió sin reparo, porque colocaba una parte del capital sin que sus parientes se percataran.

Aquella misma semana echóse Bernabé á buscar una persona pudiente que se asociara á su empresa y le aportase desde luego veinte ó veinticinco mil pesetas para comprar existencias en grande escala. Si respondía el público á este exquisito llamamiento, como era de esperar, montaría una gran fábrica de chocolate, químicamente puro, novedad desconocida en estas comarcas de Castilla. Su familia seguía asombradísima. Bernabé, parroquiano del café Suizo, alternaba á diario con los comerciantes, empleados, viajantes y militares, toda la burguesía oficial que frecuentaba este establecimiento. Aquel su aire de caballero y la facilidad de expresión que adquirió en América, le servían ahora admirablemente para no hacer desairado papel entre esta gente de la clase media. «¡Es un hombre de suerte, una suerte loca!», exclamaban algunos que le miraban con la bonachona benevolencia de Lucio. Otros repetían en voz baja: «Este es un tuno de mucha trastienda.» Sea lo que fuere, según la pública opinión, lo cierto es que encontró una excelente persona, un tal don Nicasio Bonilla, que se decidió á entrar como socio en la proyectada empresa.

bn42Corriendo el tiempo entre tanto amaneció el 15 de Agosto, en que se celebraba la Asunción de la Virgen, día señalado para Burgos, lo mismo que el siguiente, de San Roque. Se guarda también fiesta en éste por agradecimiento al santo, que la libró, según la tradición, en cierta época de una terrible epidemia colérica. Durante estos dos ó tres días, cientos y cientos de familias se dirigen con sus meriendas á todos los alrededores de Burgos donde hay arbolado y frescura, un poco de sombra y algún horizonte. Por entonces era el sitio preferido el que llaman el Capiscol. Es uno de los más amenos, tendido en las ondulaciones del terreno, á la manera de un valle irregular, con sus extensos sotos sombreados por altos y silvestres chopos que crecían entre verde y espesa rebuja, matas y hierbajos. Corría por un lado la acequia de un molino harinero; los cercaba por el otro la vía y el puente del ferrocarril. Y bajo la sombra, amiga y protectora de estos grupos de chopos viejísimos, acaso centenarios, que mostraban en la parte baja de los troncos sus enormes jorobas, se congregaban innumerables familias. Iban á celebrar el día y á disfrutar de una mesa campestre entre las caricias de un sol ardoroso y las frescas alentadas de un vientecillo Norte ó Nordeste que suele templar por las tardes estos ardores caniculares.

El paisaje es variado; por una parte se divisaba la carretera de Logroño, los campos y el pueblo de Gamonal; un poco más lejos el monte de Villafría, como una extensa franja de un pardo verdoso, y por la parte contraria los montículos cercanos, los suaves desniveles del terreno, alegre y pintoresco por el ancho marco del hermoso arbolado que le circunda. Formando un grupo casi numeroso, hallábanse, bajo un olmo copudo, la Ventura, una prima suya y la Urbana, amiga de éstas, con Lucio, Bernabé, Miguelillo, el novio de la prima y otro compañero de éste.

Aun no haría media hora que se habían sentado cuando amanecieron por allí cerca los dos sargentos consabidos, con otro amigote que era músico militar, y dos muchachas morenas, que debían ser sus novias. Desde el primer momento el sargento Ramírez no quitó ojo de la Venturilla. Descubiertas luego las cestas, se empezó á comer y á beber de lo lindo. Pero, pasado un largo rato, se levantó el citado sargento, llevando en la mano un vaso de vino, y se lo ofreció á la Venturilla de parte de su amiga Cesárea. Dándoles las gracias, tomólo aquélla muy risueña y bebió la mayor parte. A Lucio, que miró este obsequio con el semblante demudado, le ardía la sangre en las venas. A los pocos minutos volvió el sargento y le ofreció á la muchacha un pastelito de parte de sus amigas.

—¿Quiere usté dejarnos en paz, militar?… —gritó Lucio algo pálido, puesto ya de pie y con los puños crispados —¿No ve usté que tenemos merienda de sobra?

—¡Cámara, no hay que sofocarse por tan poco, que hoy es día de San Roque y todo va bien!

—Esta es la última vez que usté se acerca por aquí.

—Hombre, pero en estas circunstancias. . . las chiquitas son amigas. ..

—No hay caso. Ya está dicho.

—¡Cámara, qué bruto es usted! — Y dirigiéndose de nuevo á la Ventura, le brindó el pastelito puesto en un papel blanco —Vamos, niña, no me lo desprecie.

De repente, Lucio largó tan recia manotada al pastelillo ofrecido, que fue á parar de un vuelo á más de treinta pasos de distancia. Sintiendo tal golpazo en la mano, echóse atrás el sargento, desenvainó el sable y lo descargó sin tino, sin acierto, por estar algo alumbrado, sobre los hombros y el brazo de su contrincante. Pero éste se acercó rápidamente, doblando un poco el cuerpo, y le asestó al militar una patada en el vientre, tan certera y potente, que lo tumbó en tierra. En seguida se arrojó sobre el caído y le quitó el sable de la mano para arrimarle una tanda de sablazos en la cabeza y acabar con él, según era la furia acometedora que mostraba. Pero los compañeros del sargento se abalanzaron sobre el mozo y lo desarmaron á viva fuerza. Todo esto en menos de diez segundos. Intervinieron al mismo tiempo los que estaban con Lucio, gritando y protestando de la insensata insistencia y pesadez del sargento. Asustadísimas las muchachas al escuchar los gritos, las insolencias y las palabrotas amenazadoras de los soldados, se levantaron á toda prisa. Otro grupo de artesanos que, desde cercano sitio donde estaban merendando, habían observado la provocación del susodicho sargento, vinieron en seguida á dar la razón á los que defendían á Lucio. Subieron de punto las voces, las amenazas y los insultos. Al ver á los militares como acorralados, acudieron otros muchos cabos y sargentos, algunos de Caballería, que se hallaban en el mismo Capiscol con sus novias ó sus amigos y paisanos. Al poco rato habíase formado un inmenso tumulto y nadie se entendía.

Fue una desdichada casualidad para todos, los de uno y otro bando, el que se hallara á esta hora en las cercanías, paseando, el comandante de la fuerza, que recibió aviso por un cabo de lo que allí sucedía. Hombre de arrebatado carácter, militar de una sola pieza, careciendo de aquella perspicaz previsión y alcance que debe tener como don propio y nativo toda autoridad, dirigióse de prisa al Capiscol. Reunió al punto á los soldados que pudo, envió al cabo para que viniera del próximo cuartel una sección de Caballería, y en cuanto llegó con estos refuerzos á la vista de los grupos contendientes, ordenó á la tropa desalojar á los paisanos del Capiscol. Desenvaináronse sables, brillaron las bayonetas y empezaron los empellones, los chillidos de las señoras, las carreras y las protestas furiosas de los paisanos. Aun careciendo de armas para defenderse del atropello, todo el mundo protestaba, negándose á abandonar sin motivo ni fundamento el sitio ocupado por sus familias. Algunos levantaron los palos. Otros huyeron atemorizados ante la brutal acometida. Por parte de las mujeres, la desbandada fue general, clamorosa y atropelladísima. Todo aquel vasto terreno del Capiscol, que era una pradera, quedó pintorescamente sembrado de cacerolas, de botellas vacías, de latas, cestas, servilletas, vasos y abanicos.

Después, al obscurecer, tuvieron que venir algunas camillas del hospital para recoger á varios heridos de alguna gravedad, imposibilitados de volver por su pie. Con haber arrestado á los culpables y detenido á cuatro ó cinco paisanos, habríase evitado á la población este triste espectáculo. Tan grande fue luego la excitación que hubo entre el pueblo, la rabia y el ansia de vengar el fuero atropellado, que, según se dijo, el comandante de la fuerza se vio en la necesidad de salir aquella misma noche, disfrazado, de Burgos. Cuatro hombres de corazón le iban buscando sigilosamente por todas partes para darle de puñaladas.

Sin perder su sangre fría, Bernabé escurrió el bulto á las primeras de cambio. Nadie lo vio en la refriega, Lucio, que recibió un pinchazo en el brazo izquierdo, se determinó á entrar en una farmacia donde era conocido, frente al teatro, y como la herida no interesaba ninguna arteria, se le hizo allí mismo la primera cura. Pero al poco rato, cuando su madre lo vio entrar en casa con un tremendo rasguño en la oreja, que aun chorreaba sangre, y el brazo vendado, pálido, sudoroso, con la chaqueta rasgada y la boina azul llena de polvo, recibió un susto de muerte. Acababa de traerle Modesta la noticia, exagerada, como siempre en tales casos, de que en el Capiscol había ocurrido una colisión sangrienta entre militares y paisanos, resultando infinidad de muertos y heridos. Lucio la tranquilizó al momento respecto á este particular. El estado moral del herido era lo que realmente determinaba su palidez y el decaimiento de sus fuerzas y la tristeza visible de su semblante. En cuanto supo que habían cenado, bajó á preguntar por Lucio la vecinita del piso cuarto. Este le dio las gracias y volvió á contar, por estar allí presentes Modesta y Miguelillo, la historia del reciente y trágico suceso. Como ocurre en casos semejantes, todos ponían el obligado comentario: la señora Martina, la Daría y los hermanillos de Lucio.

Después de un rato de charla, levantó éste la cabeza y le dijo á su madre:

—Con que ya lo ve usté: no hay en todo Burgos una mujer más comprometedora que esa. ¡Si parece mentira lo que acaba de pasar! ¡Qué sé yo. . . si se me figura que lo he soñao; porque mire usté que.. .! No, mañana mismo, en cuanto que le eche la vista encima, le suelto dos ó tres que ni su padre se las dice más claras. Quiero quitarme este peso de encima. ¡Sandiez! Que se las canto como dos y tres son cinco; que la pongo colorada, vamos, aunque luego no la vea más en mi vida.

—¿Colorada la Ventura?.. . Tiene esa muy poquita vergüenza para cambiar de color, hijo —afirmó la señoraMartina.

Daría contempló á Lucio con tristeza, pero no dijo nada. También tenía ella en casa sus penas y sus quebraderos de cabeza; que así es la vida en muchas ocasiones tan dura y tan amarga para los humildes.

cont1Conclusión.

JMMatheu2JOSÉ Mª. MATHEU.

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El cuento semanal

AÑO II – 27 de marzo de 1908 – Nº 65

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Un bonito negocio III

Un bonito negocio III

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III

Como Bernabé dijo muy bien, era la Ventura una de las muchachas más graciosillas y coquetonas que se paseaban los domingos por el Parral.

De regular estatura, delgada y esbelta, de animado semblante, de color trigueño, tan claro y limpio de lunarcillos que parecía blanco; con los ojos y los cabellos castaños, llamaba dondequiera la atención por su desenfado y su carácter alegre y burloncillo. Impulsada por este temperamento, un poco danzarín, hubo de abandonar agujas y tijeras por los peines y tenacillas. Aseguraban las parroquianas á quienes peinaba, que tenía para tal oficio muy lindas manos, y que sólo le faltaba que sentara un poquito la cabeza. Pues la tal Venturilla nunca contaba con hora en su reloj, ni había que confiar mucho en su palabra.

Pocos días después volvieron á encontrarse en la tienda de la Morcillona, Bernabé y la simpática peinadora.

Hallábase esta tienda, muy conocida y acreditada, á la entrada de la plaza de Vega. Un simple cartelillo estampado en letra de mano, que simulaba de imprenta. Se pone de comer, anunciaba al transeúnte que allí encontraría de cuanto pertenece á una modesta bucólica, con el natural aditamento de vinos y licores. El sitio era céntrico y de mucho pasaje; desde la puerta, un tanto mezquina y achatada, alcanzábase á ver por un lado la vulgarota fachada del convento de las Luisas y la escueta calle de Madrid; por el otro, la cuádruple fila de las copudas acacias del paseo del Espolón, el puente de Santa María y aun el mismo Arco. Algo más lejos, como por otros puntos de vista de la población, sobre las viejas techumbres urbanas se alzaban las esbeltas y maravillosas torres de la Catedral. En resumen, que era una taberna de las más decentitas que se hallan en aquel barrio, y su dueña, la propia Morcillona, así llamada, sin duda, por su excesiva gordura y corpulencia.

Largo rato hacía que Bernabé se había instalado en la puerta de la tienda, cuando acertó á cruzar la Ventura, que iba con su bolso para los menesteres del oficio.

—¿Ya vas á comer? —le preguntó Bernabé muy risueño —De buena gana te convidaba á un plato de caparrones fresquitos y á una bacalada rica, que no se sirve mejor al emperador de la China. ¿Estás oyendo, chiquita?

—Es usté muy fisno, caballero; pero voy de prisa. Todavía me falta la casa de la Pelada.

—¿Y dónde vas á sacar la raya en la cabeza de la Pelada?— interrogó de nuevo con mucha socarronería.

—Pues mira, chico, donde se pueda. ¡Qué bromista está el tiempo! Pero así me gusta á mí la gente, divertida y francota — exclamó la muchacha, mostrando al reírse una fila de dientes blancos y menuditos.

—¡Ay!, no me lo digas dos veces, que me muero de gusto, pero aquí mismo.

—No, aquí no, que me compromete usté. Muérase usté en cualquiera otra parte.

—En tus brazos querría yo morirme, Venturilla preciosa. ¡Ah!, ¿sabes que le conté á Lucio nuestro encuentro y los amores aquellos que tuvimos. . . ? ¡Y qué cara puso más fea, cámara! Si te gasta en casa esa cara cuando vaya á verte. . . vas á estar divertida, como hay Dios.

—Quiá, chico; á mí no me gusta la gente vestida de luto.

—Ni aun siquiera vestida de alivio de luto, ¿verdá? A mí tampoco. Por eso digo que nosotros nos entenderíamos muy pronto.

—¡Ave María, qué disparatón! Qué cara iba á poner entonces Lucio, que tanto me quiere, según dice él.

—Mira, chiquita; de quereres y dineros, todos oyen los cencerros; lo cual significa, á mi corto entender, que no puede uno fiarse ni de los juramentos amorosos, ni de las promesas de dinero. —Buen granuja estás tú hecho. Vaya, adiós; voy de prisa, corriendito, corriendito.

—Mira no tropieces si corres tanto, tanto; que hay caíditas peligrosas. . .

—Tengo muy buena vista, so guasón.

—Oye, que mañana te espero aquí mismo. Palabra, ¿eh. . . ?

Siguió la muchacha su camino con la risa en los labios, dándole á entender con la cabeza que de ninguna manera. Pero al otro día Bernabé, que debía conocer el paño por las hechuras, la esperó á pie firme largo rato en la puerta de la tienda. Y Ventura volvió á pasar á la misma hora, minutos más ó minutos menos, con su chaquetilla entallada de pañete azul, su buen mantón de lana y su falda de florecillas verdes y encarnadas en fondo de color café claro, bien calzada, ligerita y risueña como siempre.

Por aquellos días pudo observar la señora Martina que Lucio continuaba muy preocupado, con poquísimas ganas de hablar, y, lo que es peor, de hincar el diente al modesto guisote que le tenía preparado. Una noche que vino más temprano halló á su madre poniendo lo que llaman las costureras un cuchillo á unos calzoncillos viejos de algodón. A su lado, sentada en una silla baja, cosía una muchacha morenilla que no carecía de gracia, con los ojos negros como las moras, sombreados por largas y sedosas pestañas. No podía decirse que fuera bonita, de finas y correctas facciones; pero bien mirada, encontrábase en su rostro lleno, ligeramente sonrosado, el atractivo inexplicable de la bondad nativa, de la inteligencia que desconoce sus fuerzas, de la sencillez encantadora que acompaña á los seres pacientes y humildemente heroicos.

Su historia y su valer los conocía la señora Martina, por cuya razón la recibía en su casa con sincero agrado, con el alma y la vida, como ella decía. Huérfana de padre y madre, que murieron en la última invasión colérica del 85, hubo de quedar al cuidado de sus hermanos mayores, Alejo y Vicente, y de una tía carnal, que era precisamente la señora Micaela, conocida por la Morcillona. Alguno que otro día iba ésta á dar una vuelta por su casa; pero con el cuidado de sus hijos y de la tienda abierta, apenas le quedaba tiempo para visitarla. Era, pues, Daría la que cocineaba, fregaba, cosía y la que iba á todas partes por cuanto hiciera falta. Vivía consagrada, como una buena madre, al cuidado de sus hermanos, solteros, con oficio, pero holgazanes y borrachotes como ellos solos. A la mejor ocasión, como lo permitiera el tiempo, se iban á pasar la tarde á los ventorros, á consumir unas cuantas manchegas, ó con una tanda de amigos á visitar las innumerables tabernas de Burgos. Otras veces madrugaban grandemente para ir con un buen almuerzo á cazar pájaros con liga, que aquí, como en otros puntos, cuenta este deporte con muchos aficionados.

La consecuencia natural de todas estas jiras, madrugamientos y paseos, era que los maestros no los llamaban más que cuando la necesidad apretaba. Perdían jornales sin cuento, faltaba el dinero preciso, sobraba vino, y venía á pagarlo la pobre Daría, que nunca podía ahorrar una peseta, como le aconsejaba la señora Martina. Algunas noches oía ésta desde su cuarto los gritos y los empellones y las palabrotas de los borrachines, que pedían á su hermana un guisado de vaca y una botella de vino. Siempre les daba patatas con pimientos, ó alubias cocidas y pan de álaga. Ellos preferían el blanquillo, que sabía mejor. Estos malos tratos de los hermanos, esta falta de consideración por la única que se afanaba por ellos y que todo podía hacerlo menos moneda, falsa ó buena, la tenían como amedrentada y encogida.

No se le habían conocido novios, si se exceptúa á un amigote de sus hermanos, que era herrero, más feo que Picio y de los mismos gustos y aficiones que éstos. A la muchacha, por esto, más que agradarle, le afligía en extremo verlo á su lado. En cambio, cuando se hallaba cosiendo ó ayudando en cualquier tarea á la señora Martina, al ver entrar á Lucio se le alegraban los cinco sentidos. Mirábale á hurtadillas y lo hallaba tan simpático, tan formal, tan buen hombre, que envidiaba en su interior á la feliz mujer á quien él dedicaba todo cuanto valía. Para la viuda no había caído en saco roto esta secreta simpatía de la muchacha, y no hay que añadir si lo miraría con buenos ojos. Pero nunca se atrevió á hacer la menor indicación hallándose ellos presentes, por evitarle á la Daría el consiguiente rubor, y á Lucio el mal rato que había de pasar al darle como en rostro con aquel callado afecto.

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Una de aquellas noches contóle Daría, entre otras menudas noticias, que por la mañana, al atravesar la Plaza Mayor, había visto á la Ventura acompañada de un sargento de Infantería. Era el tal un guapo mozo, de bigote retorcido y de aire muy marcial y desenvuelto. Debía ser pariente suyo por la confianza y sosiego con que iban conversando por los soportales. Hablando estaban de esto las dos mujeres cuando llegó Lucio. Al parecer traía demasiado apetito, y les dijo que el maestro se había quedado contentísimo de la obra. Acabada la pintura del piso principal, empezarían á escape la del portal de la casa, que era grandón y admitía mucha brocha gorda. La finca pertenecía al señor Fernández Prieto, que allí lo veían, después de comer, tan sencillote y corriente, charlando con todos ellos. Sin saber cómo, variando luego de conversación, vino á soltar la señora Martina la noticia traída por la Daría, de haber visto á la Venturilla acompañada de un sargento.

Al punto saltó Lucio como picado de una víbora:

—¿Qué sargento es ese? ¿Usté le conoce?

—Yo no le conozco, como que nunca le había visto.

—¡Sandiez! A ese sargento le voy yo á arrimar una de palos el mejor día, que pa qué. ¡Qué mala sangre tienen algunos hombres! ¡Maldita sea la.. . !

—¿Qué te pasa, hombre, qué te pasa. . . para soltar de ese modo puerros y cebollas? —preguntó la madre al escuchar la tanda de votos, interjecciones y demás frases pintorescas y expresivas que empezaba á añadir el otro por vía de acompañamiento.

—Nada, madre; que hay que hacer una, y que no puedo más. ¡Sandiez! Porque estoy hasta el cogote de cargao.

—Pues eso ya es algo, y más valdría que no pasara nada. No te metas con la tropa, eso es lo que te digo mismamente, porque esa tiene fuero.

—Ya han sido tres las personas que han visto á la Ventura con el tal sargento. Ya usté ve que eso…

—Por mi parte — expresó Daría con noble sinceridad —siento mucho haber hablado de esto si puede servir para que Lucio se disguste, tal vez sin motivo. Hay personas que exageran todo lo que ven, con malas intenciones; créame usté, Lucio.

—Bien puede ser —repuso la madre —porque, al fin y al cabo, el que una chiquita vaya acompañada de un amigo ó de cualsiquiera, no es motivo para. . .

—Que no, madre, que no; que hay cosas que entran por los ojos como la luz, y á no estar uno ciego… Aquí, la Daría, es demasiado buena, y es natural, juzga por ella misma. Ya me daría yo con un canto en el pecho porque cierta persona tuviera sus buenos sentimientos y el carácter de usté, dicho sea sin ofender á nadie.

Algo sonrojada, la muchacha puso los ojos en la costura, inclinando la cabeza, porque se sentía tan dichosa al recibir aquella sencilla flor de los propios labios de Lucio. .. De repente se levantó éste de la silla y dijo resueltamente: «Me voy á la calle, madre, á tomar el aire. Parece que se le calienta á uno demasiao la cabeza.»

La señora Martina lanzó un gran suspiro en cuanto salió Lucio del cuarto; luego contempló con pena á la muchacha, que seguía cosiendo, con la cabeza inclinada, iluminado todavía el semblante por el reflejo de la pasada emoción.

Otra noche cruzaba Lucio el puente de San Pablo, al salir del trabajo, y echando una mirada hacia la plazuela vecina, creyó distinguir la singular pareja de una muchacha de mantón, muy bien peinada, y un militar, cabo, sargento ó lo que fuese. Le dio un vuelco el corazón. Mil confusos pensamientos cruzaron instantáneamente por su imaginación; pero decidiéndose de pronto, adelantó el paso con el vivo deseo de salir de una vez de dudas. Como si mediara algo de brujería ó de influencia ó sugestión telepática, en este momento le vino también á la pareja la feliz idea de adelantar el paso; y hete aquí á Lucio que, soltando una de las suyas, se le encendió más y más la curiosidad y el ansia que traía.

«Yo he de verlo, se repetía á sí mismo; yo he de verlo, y como sea el tal y ella la Ventura, esta noche pasa algo aquí, ¡maldita sea la madre que la echó al mundo!» Cruzaron la plaza, tomaron la calle de Santander y salieron á la de San Juan. Al final había una farola, y Lucio se adelantó por la acera opuesta, de forma que al doblar la esquina los vio de cara y se convenció, en efecto, de que no eran ellos. Le engañó su extraordinaria semejanza. Y como si se sintiera aliviado de un gran peso, Lucio respiró con facilidad, á satisfacción, porque iba determinado á poner las cosas en claro con un sacudimiento de polvo que fuera sonado en Burgos. Así, entre satisfecho y vacilante y un poquito corrido, observó que una joven morena, de mantón y pañolillo á la cabeza, lo miraba con dulce y callada insistencia, desde el portal de enfrente.

Lucio la reconoció al momento y se acercó á saludarla.

—Tanto bueno por aquí.. . ; ¿cómo es eso?

—Esperaba á mis hermanos.

—¿Trabajan ahora? Vamos, menos mal. . .

—Eso es, y hay obra para largo. Están ahí hablando con el maestro, y hoy es sábado y cobran, ¿sabe usté?

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—Y usté ha venido á la caza, vamos al decir.

—Mismamente. Porque ahora salen, como usté y como yo, y les hago ver que falta pagar el cuarto, y el mes va á entrar, y hay que comer algo, mas que sean patatas y alubias y un cacho de pan. Pero luego vienen los compañeros, que son peores que ellos, y los convidan, y comienza la ronda por la taberna de la Chata, que está ahí cerca. Luego se van á la del tío Corcova, y luego á la otra, y á la otra, y no acaban. Y mire usté, los bobos son ellos que lo pagan, y no los otros que los convidan.

—Todos son unos; créalo, Daría, que no se llevan ni un pelo de conejo. Conozco á la cuadrilla: buena gente, buena de verdá.

—Y, yo me digo: ¿qué gusto sacarán de hartarse de tanto vinazo?. . .

—Ellos no se lo preguntan, van á cosa hecha.

Porque el caso es beber, de lo bueno ó de lo malo, beber y alegrarse.

—Buena alegría te dé Dios. Luego no saben ni lo que comen, ni lo que hacen, ni lo que quieren. Pero ya los veo salir de la obra. Me voy; me voy corriendo. Buenas noches, Lucio.

—Muy buenas; y salud y buena suerte.

Salían los dos hermanos, con tres compañeros más, hablando recio, manoteando, parándose en medio de la calle…

La hermana se acercó á uno de aquellos y le habló aparte.

Lucio, que lo observaba desde cierta distancia, sintió una gran lástima y una viva simpatía por aquella pobre mujer que atendía á todos los menesteres de la casa y se veía en la dura necesidad de ir á esperar á sus hermanos para sacarles lo indispensable si habían de vivir y atender á sus obligaciones.

Era una empresa heroica dar de comer y vestir y sacar adelante á esta familiota de borrachines que, en el fondo, no pasaban de ser unos grandes cernícalos.

En la génesis de nuestros sueños existe siempre algo de la realidad. Imagínense que es una realidad disfrazada, que elige, según las circunstancias, su risueño ó su fúnebre disfraz para presentarse ante los despiertos ojos de nosotros, que nunca se cierran del todo. Cuando su vista transparente, limpia y azulada como el cielo de una hermosa primavera, se eleva entonces la gentil figura de un ensueño plácido, que torna á desvanecerse entre las nieblas de una indefinible y grata inconsciencia, y apenas si se le recuerda cuando uno se despierta. Pero si se ciñe la toga negra del fiscal que acusa á los sucios harapos de un ser monstruoso ó deforme que nos amenaza ó trata de empujarnos con su velluda mano á un encubierto abismo, es el instante en que cuaja y se presenta la pesadilla abrumadora, de la cual sale uno al despertar como sobresaltado, con un gran susto, la boca seca y una vaga inquietud.

Pues esto vino á acontecerle aquella noche á la joven Daría. De la lucha porfiada que sostuvo con ambos hermanos y de la ansiedad que llevó á su casa, acaso pudo originarse el mal sueño que tuvo en las últimas horas de la madrugada. Soñó que salía de su vivienda desolada y sorprendida, á causa de haberse quedado sin pan. Conocía muy bien las tahonas que lo tenían en abundancia, y se acercó al mostrador de la primera que halló más cerca. «Mira, chiquita, se nos ha acabado; no queda ni una migaja». ¡Lance bien extraño!, pensó la joven. Y corrió á la segunda tahona. Idéntica contestación. Acababan de vender el último panecillo. Se encaminó á la tercera, algo más fatigada de su correría. «¿Viene usted por pan, chiquita? Pues ya no tenemos.»

Y la desdichada Daría se quedó perpleja, mirando á uno y otro lado de la calle, y recapacitando un poco ¿qué dirá de esto Vicente? Pues, ¿y Alejo, que le gusta tanto el blanquillo:’… Se sentía inquieta, angustiada, dolorosamente angustiada; ¿qué hacer en este caso? De pronto, sin saber cómo, observó aún con mayor inquietud que sus hermanos le hacían señas desde lejos, la llamaban no sé qué feo nombre, le amenazaban con los puños cerrados… Quería huir, y no podía; escapar de allí, y sus pies eran de plomo; las lágrimas se le saltaban de los ojos; era un dolor horrible, agudo, tan penetrante, que llegó á arrancarla de los blandos brazos del sueño. Se despertó sobresaltada, sudorosa y miró la oscuridad del cuarto con el temor de encontrarse inesperadamente, aun allí mismo, con los puños amenazadores de sus hermanos.

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JMMatheu2JOSÉ Mª. MATHEU.

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Publicado originalmente en

El cuento semanal

AÑO II – 27 de marzo de 1908 – Nº 65

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