Un bonito negocio (II)

Un bonito negocio II

unbonitonegocio4

Leer capítulo I

II

Á la hora de la cena volvieron á esperar á Bernabé, que fue el último que vino, lo mismo aquel día memorable que los subsiguientes. Guardaba Lucio, igual que su madre, un elocuente y significativo silencio. La conversación del medio día los había dejado un poco fríos. «Este Bernabé» pensaba ella para sus adentros «fue siempre algo despegado con la familia; pero lo que es ahora. . .»

Y Lucio continuaba callado, cavilaba sobre la vida que habría llevado en la República Argentina este buen Bernabé, que volvía con tantos humos y arrogancias, convertido en un caballero, ó poco menos, que todo lo encontraba mezquino y miserable.

Así es que, por consejo de la madre, desde aquella noche se habló en la mesa de cosas menudas, indiferentes. Pero ocurría á lo mejor que, vinieran ó no á cuento, Bernabé acababa siempre por afear algún uso añejo, algo de lo que había sucedido, oído ó visto en la población. Por ejemplo: existe en Burgos la costumbre de pasear un rato, antes de comer, por los soportales de la Plaza Mayor; durante el verano este paseo se repite de noche en las anchas aceras del café Suizo, frente al Espolón. Las muchachas más distinguidas de la burguesía adinerada se dan cita en un corto trecho, que siempre es el mismo.

Bernabé se lo explicaba á su familia de este modo:

—Venimos de la Plaza, de dar vueltas á la noria como los borricos. Setecientas vueltas . . .; ya hemos ganado el jornal.

Otras veces, en broma ó no en broma, le decía á su madre, que tanto se esmeraba en los guisos, que era una mediana cocinera. En el extranjero, en cualquier figón, se comía admirablemente. Aquí no sabíamos presentar un plato bien hecho, teniendo tan buenas carnes y tan sabrosísimas verduras.

Como tanto ponderaba la cocina de allá, le dijo un día Lucio que debía haber ganado muy buenos pesos para catar de aquellos exquisitos platos tan alabados. Con un triste jornal de dos pesetas, como él ganaba, no había para ir de fonda y de bureo á cada dos por tres.

—Naturalmente; yo sabía ganarlo —contestó muy despacio, como si midiera las palabras, quitándose el cigarro puro de la boca —Estaba yo entonces en una gran casa, que comerciaba en cueros y pieles, llevando la contabilidad, con ocho mil pesetas de sueldo. Sólo que aquello era una sujeción de perro atado todo el día á la cadena. A las ocho en punto tenía que hallarme en el escritorio, y de allí no salía más que media hora, con reloj en mano, para comer á escape y volver al punto, hasta las nueve de la noche. Se volvía uno loco con tantas cuentas y tantos papelotes. Y como lo primero es lo primero, y nadie me ha de dar otra pelleja, si pierdo ésta, no tuve más remedio que picar soleta y decir á los amos: «Ahí queda eso, y otro talla.»

—¿De manera que, al fin, no podrías ahorrar como otros, que se traen de allá una dinerada? —le interrogó la madre, aprovechando este momento de espontánea franqueza con que el hijo les contaba un extenso capítulo de su historia.

—¡Phs!, naturalmente, alguna cosilla— contestó éste, alzando los hombros y con gesto de desdeñosa indiferencia —Veremos cómo está la plaza y lo que esto promete; y si algo puede hacerse de provecho… , se hará lo que se pueda.

—¿Y qué es lo que te propones, si se puede saber?…

—¡Bah!, proyectos no me faltan. Lo primerito que echo de menos en Burgos, es la instalación de un café de primera, cómodo, confortable, bien ventilado, donde se pueda estar tres ó cuatro horas

con los amigos, sin cansarse. Naturalmente, esto no se consigue sin algún sacrificio y contando con algo de pesquis. En este café de que os hablo, debe haber sus buenas mesas de billar, sus mesillas de tresillo y ajedrez, una hermosa y divina pianola para recrear el oído de los parroquianos, y de vez en cuando una parejita de zíngaros, de

gitanas ó de andaluzas que hagan la delicia del público masculino. ¿Se comprende la cosa? Si no se comprende, no hay caso.

—Hombre, cualquiera comprenderá de lo que se trata…

—¡Que cualquiera!. . . No se trata de un establecimiento de puro lujo. La cuestión estriba, señor don Lucio, en saber sacar el dinero del bolsillo ajeno.

—Un poco durilla de bolsillo es la gente de aquí. . .

—Se le ablandará, no te quepa duda. Ese es el verdadero arte y sabiduría de un cafetero inteligente: hacer que los parroquianos se sienten y acomoden y se encuentren mejor que en su casa, y que realito á realito vayan soltando la guita sin darse cuenta, entretenidos, agradablemente entretenidos. Esta es la madre del cordero.

—Y á usté, ¿qué le parece, madre, que se hace la mortecina y no suelta palabra? —preguntó Lucio á la señora Martina.

—¿A mí?. . . Yo he visto poco mundo, hijo; ¿qué quieres que te diga? Que la gente tira á gastar poco, eso es una verdá; que Bernabé, que es hombre leído, por lo que veo, sepa dar un tentoncillo al bolsillo de cada cual, eso no se puede adivinar.

O éste, ó nosotros, vamos equivocados. Más valiera que fuéramos nosotros.

—Es que á usted también le tocará su parte, madre —repuso Bernabé, que parecía estar de buenas —Si yo monto ese establecimiento, tan y conforme lo llevo en el magín, no se van á quedar en la calle, cruzados de brazos, contemplando cómo entra la gente en el café; no, señor. Mi señora madre, bien peinada y algo más compuesta que al presente, se sentará á la cabecera del mostrador como una presidenta. Mi hermano Lucio ha de andar por allí, por el mostrador, por las mesas, por todas partes, como el gerente y representante de la casa, para estar al tanto de lo que ocurra. Modesta se vestirá de largo, lucirá ese buen pelo que Dios le ha dado, sedoso y negro, y servirá las copas y botellas que pidan en el mostrador. Yo le daré unas cuantas lecciones. De vez en cuando, miraditas frecuentes á los parroquianos, un poco de coqueteo. Una chiquita joven, morenilla y agraciada como Modesta, es un excelente llamativo y aun aperitivo para la gente boba que va á pasar el rato al café.

—¡Me valga Jesús! —exclamó la señora Martina al escuchar tales y tan atrevidos conceptos para sus oídos de castellana casta y comedida —¡Vaya unos consejos que estás dando á tu hermana, que es una criatura!

—¡Qué criatura, señora, si sabe más que usted en ese género; si las chiquitas salen hoy día de la tripa de su madre engañando á la abuela y pidiendo mojama! ¿A qué tanto aspaviento?

—Vaya, vaya, habrá que dejarte. Pero no te creas: ni Modesta ni yo servimos para ciertas mojigangas.

—¿Pero usted quiere ganar dinero?, ¿sí ó no? ¿Sí?, pues entonces déjese usted de mojigangas y tome usted los consejos de uno que ha visto lo que da de sí este mundo amargo, y que ha probado de todo, y que no se mama el dedo.

—Todo eso … —le interrumpió Lucio con ánimo de cortar una conversación que se le antojaba bien inútil —todo eso es como hablar de la mar. Hasta que llegue el día. . .

—Que sí llegará, que es un bonito negocio, y algún lunes ó martes precisamente me darás la razón.

Oyendo esto la señora Martina, miró á Bernabé de un modo particular, á manera de interrogante, y se quedó como sumida en nuevas y temerosas dudas.

Y no les habló más de los proyectos que traía. Ordinariamente se levantaba á las diez y media; salía á dar una vuelta, con el cigarro puro en la boca, y comía con sus hermanos, y algunos días solo, servido por su propia madre. Luego pasaba la tarde en el café, en sus asuntos particulares, ó se iba á los ventorros con algún compinche, no volviendo á casa hasta la hora de la cena. Una noche que vino más risueño, y algo más comunicativo que de costumbre, halló á su madre y á Lucio que continuaban sentados todavía al lado de la mesa. Sin que ninguno de ellos le sacara esta conversación, empezó Bernabé á indicarles, mientras se sentaban á cenar, que insistía en su gran proyecto de montar un café modelo, con muchas comodidades, alto de techo, con ventiladores de última invención y servido por camareros que fuesen la flor de la amabilidad y de la limpieza. Y allí se tomaría café de verdad, hecho á la vista del público, en cafeteras modelo, y no sería el repugnante brebaje que suele servirse en la mayoría de nuestros establecimientos.

Para realizar esta magna empresa, ó cualquier otra de las que acariciaba su magín, no esperaba más que le girasen de Londres unas letras que cobraría fácilmente en la sucursal del Banco de España. Por algunos días éste fue el socorrido tema de su conversación, entretenimiento de sobremesa que le servía para criticar y zaherir á los cafeteros timbirimbas, es decir, que convertían el café en una timba.

Estos señores vivos no se contentaban con ganar menos de un 85 ó 90 por 100. ¿Y quién lo pagaba en último término? La salud del parroquiano constante.

unbonitonegocio5

Aquella misma semana entró Bernabé un día, antes del almuerzo, en el cuartejo de su madre, y le pidió quince pesetas. Presentía, sin duda, que, según el régimen de economía que imperaba en su familia, debía tener sus ahorrillos. La señora Martina, que lo había mimado de niño y consentido ciertas libertades, porque le quería como quieren muchas viudas al único hijo que amamantaron, no se negó, desde luego. Le entregó lo pedido y le suplicó únicamente que mirase mucho cómo lo gastaba; los míseros jornales de sus hermanos daban muy poco de sí. Pero como estas peticiones se repitieran de vez en cuando, tuvo que advertirle su madre que, para ganarlo, eran dos, y para comérselo cinco.

—Es que usted no cuenta con que dentro de poco voy á salir de apuros.

—Pues, mira, más vale rabera en mano que buitre volando, como decimos aquí. A lo seguro, hijo, á lo seguro. Y lo seguro es la peseta que puedas ahorrar para el día en que te tumbes en una cama ó no encuentres trabajo.

—¿Desconfía usted de mí, madre?… Yo no sé que haya dado motivos. Vamos, que también usted es bien roñosa, ¡y conmigo!

Y esto, dicho en el tono del hombre resentido, pero con cierto dejo entre amargo y cariñoso; miró á su madre de un modo, que la pobre mujer, á pesar de su desconfianza, sacó el dinero de un bolso, lo contó dos veces y se lo entregó á Bernabé.

Como tipo, era de la misma hechura que su hermano Lucio, con la diferencia de aparecer de alguna más talla, quizás por ser más delgado, de un moreno algo más limpio, con los ojos más pequeños y vivos, más recogida la barba y la nariz más fina. Mirado de perfil, como solía inclinarse un poco hacia adelante al andar, en medio de aquel paso ligero, medido y oscilante de rastrero, que apenas se percibía, habríase encontrado alguna semejanza con el avanzar del zorro.

Pronto transcurrió un mes sin que variara poco ni mucho su género de vida. Al volver á casa Lucio, si no hallaba á su hermano, como de costumbre, se dirigía á su madre para preguntarle en tono de broma: «¿Aun no ha vuelto de paseo el señorito?» Pero este buen humor lo perdió el mozo á los pocos días, al parecer sin causa ni motivo que se supiera. Traía un semblante tan distinto… Cierta noche, después de cenar, como se hallasen solos, la señora Martina, que tenía grandes sospechas, le interrogó acerca de este particular:

—Oye, tú, Lucio; parece que vienes con empacho hace unos días. . . ¿Has sabido algo que tenga que ver con Bernabé? No me lo ocultes, hijo, porque lo peor es que no sepa una nada y haya como barruntos. ¿Qué dicen por ahí?

—No sé; no me han contao nada.

—Pues no estás bueno entonces . . . Tú algo rumias.

—Son cosas mías.

—¡Ah!, vamos. ¿Ha ocurrido algo en casa de Ventura?

—La Ventura no parece la misma. Yo no puedo remediarlo, madre. Pero la quiero con el querer de la vida, y estos días la encuentro tan despegada, tan otra. . . que vaya, yo no lo entiendo.

Si habría motivo. . . —añadió el mozo con súbita vehemencia, usando esta forma de verbo tan común en Burgos —yo sería el primero en decir: sí, señora; hice esto, lo otro ó lo de más allá; pero cuando no hay razón ni miajas de fundamento, entonces… sería cosa de cogerla por el cuello…

—Ya os arreglaréis. Eso no vale ni dos ochavos, cuanto más que tú te calabacees por tan poco.

—No lo crea usté, madre. Esto va más hondo; esto es como una puñalada que se recibe por la espalda, que se siente, y usté no ve la mano que la dao.

—Contra más hociques, peor. La Ventura presume demasiao, porque nunca le ha faltao un chiquito que la rondara. De ahí viene el mal. Y qué lástima de suerte, ¡recacho! Bien merecían otras que un hombre de bien se las llevara á su casa, que no iría mal con ella. Y ahí tienes á la Daría, la vecina del cuarto de arriba, que es una chica tan hacendosa y de mucho provecho, y sin sombra de novio.

Hablando de esto estaban cuando llamaron en la puerta, y entró Bernabé, que venía á cenar á última hora, según su costumbre. Agotado el tema de su magna empresa del café modelo, después de maldecir de la destemplanza del clima, que convertía la población en una Siberia, ¡y esto á mediados de Mayo!, se lamentó del retraso de las letras que debía recibir de Londres. En España era ya cosa sabida: ni telegramas, ni cartas, ni letras, ni tarjetas llegan á su debido tiempo. Desde el primer ministro hasta el último barrendero de la calle, todo el mundo anda con el reloj atrasado. Por esto, pedir puntualidad á la Administración, es como pedir que el Estado nos señale una buena renta, cosa inusitada y absurda.

Acabada la cena, se volvió hacia su hermano, y le dijo en otro tono:

—¿Sabes á quién he visto esta tarde en la tienda de la Morcillona?, á la Ventura. ¡Y vaya que está guapa la chiquita esa!

—¿Tú la conocías?. . .

—Anda, anda; ¡pues no hace pocos años!

Como que fui novio suyo cuando ella tenía catorce años y medio, antes de marcharme á Buenos Aires. ¡Y poquito que nos queríamos los dos!

—Nada me habías dicho…

—¿Pues eso se dice? ¿Quién hace caso de chiquilladas y amoríos de esa clase?

—¿Y la has encontrado ahora más guapa?

—Ya lo creo; reteguapísima. De lo mejor que se pasea por el Parral; porque supongo que iréis los domingos al Parral ó al Capiscol.

Lucio no contestó nada. Quedóse pensativo y silencioso, como si aquella inesperada confesión de su hermano le hubiese herido en lo más vivo de sus sentimientos.

Viendo que la conversación languidecía, se levantó la señora Martina de la silla y le dijo á Lucio:

—Chico, chico, basta de cavilaciones. Para gastar luz y quedarse mudos, más vale que nos vayamos á dormir. Conque, ¿en qué quedamos, en la peseta, ó en los treinta cuartos? Optaron desde luego por la peseta, y uno tras otro se retiraron al punto á descansar, siguiendo la opinión tan oportuna de la señora Martina.

Á la hora de la cena volvieron á esperar á Bernabé, que fue el último que vino, lo mismo aquel día memorable que los subsiguientes. Guardaba Lucio, igual que su madre, un elocuente y significativo silencio. La conversación del medio día los había dejado un poco fríos. «Este Bernabé» pensaba ella para sus adentros «fue siempre algo despegado con la familia; pero lo que es ahora. . .»

Y Lucio continuaba callado, cavilaba sobre la vida que habría llevado en la República Argentina este buen Bernabé, que volvía con tantos humos y arrogancias, convertido en un caballero, ó poco menos, que todo lo encontraba mezquino y miserable.

Así es que, por consejo de la madre, desde aquella noche se habló en la mesa de cosas menudas, indiferentes. Pero ocurría á lo mejor que, vinieran ó no á cuento, Bernabé acababa siempre por afear algún uso añejo, algo de lo que había sucedido, oído ó visto en la población. Por ejemplo: existe en Burgos la costumbre de pasear un rato, antes de comer, por los soportales de la Plaza Mayor; durante el verano este paseo se repite de noche en las anchas aceras del café Suizo, frente al Espolón. Las muchachas más distinguidas de la burguesía adinerada se dan cita en un corto trecho, que siempre es el mismo.

Bernabé se lo explicaba á su familia de este modo:

—Venimos de la Plaza, de dar vueltas á la noria como los borricos. Setecientas vueltas . . .; ya hemos ganado el jornal.

Otras veces, en broma ó no en broma, le decía á su madre, que tanto se esmeraba en los guisos, que era una mediana cocinera. En el extranjero, en cualquier figón, se comía admirablemente. Aquí no sabíamos presentar un plato bien hecho, teniendo tan buenas carnes y tan sabrosísimas verduras.

Como tanto ponderaba la cocina de allá, le dijo un día Lucio que debía haber ganado muy buenos pesos para catar de aquellos exquisitos platos tan alabados. Con un triste jornal de dos pesetas, como él ganaba, no había para ir de fonda y de bureo á cada dos por tres.

—Naturalmente; yo sabía ganarlo —contestó muy despacio, como si midiera las palabras, quitándose el cigarro puro de la boca —Estaba yo entonces en una gran casa, que comerciaba en cueros y pieles, llevando la contabilidad, con ocho mil pesetas de sueldo. Sólo que aquello era una sujeción de perro atado todo el día á la cadena. A las ocho en punto tenía que hallarme en el escritorio, y de allí no salía más que media hora, con reloj en mano, para comer á escape y volver al punto, hasta las nueve de la noche. Se volvía uno loco con tantas cuentas y tantos papelotes. Y como lo primero es lo primero, y nadie me ha de dar otra pelleja, si pierdo ésta, no tuve más remedio que picar soleta y decir á los amos: «Ahí queda eso, y otro talla.»

—¿De manera que, al fin, no podrías ahorrar como otros, que se traen de allá una dinerada? —le interrogó la madre, aprovechando este momento de espontánea franqueza con que el hijo les contaba un extenso capítulo de su historia.

—¡Phs!, naturalmente, alguna cosilla— contestó éste, alzando los hombros y con gesto de desdeñosa indiferencia —Veremos cómo está la plaza y lo que esto promete; y si algo puede hacerse de provecho… , se hará lo que se pueda.

—¿Y qué es lo que te propones, si se puede saber?…

—¡Bah!, proyectos no me faltan. Lo primerito que echo de menos en Burgos, es la instalación de un café de primera, cómodo, confortable, bien ventilado, donde se pueda estar tres ó cuatro horas

con los amigos, sin cansarse. Naturalmente, esto no se consigue sin algún sacrificio y contando con algo de pesquis. En este café de que os hablo, debe haber sus buenas mesas de billar, sus mesillas de tresillo y ajedrez, una hermosa y divina pianola para recrear el oído de los parroquianos, y de vez en cuando una parejita de zíngaros, de

gitanas ó de andaluzas que hagan la delicia del público masculino. ¿Se comprende la cosa? Si no se comprende, no hay caso.

—Hombre, cualquiera comprenderá de lo que se trata…

—¡Que cualquiera!. . . No se trata de un establecimiento de puro lujo. La cuestión estriba, señor don Lucio, en saber sacar el dinero del bolsillo ajeno.

—Un poco durilla de bolsillo es la gente de aquí. . .

—Se le ablandará, no te quepa duda. Ese es el verdadero arte y sabiduría de un cafetero inteligente: hacer que los parroquianos se sienten y acomoden y se encuentren mejor que en su casa, y que realito á realito vayan soltando la guita sin darse cuenta, entretenidos, agradablemente entretenidos. Esta es la madre del cordero.

—Y á usté, ¿qué le parece, madre, que se hace la mortecina y no suelta palabra? —preguntó Lucio á la señora Martina.

—¿A mí?. . . Yo he visto poco mundo, hijo; ¿qué quieres que te diga? Que la gente tira á gastar poco, eso es una verdá; que Bernabé, que es hombre leído, por lo que veo, sepa dar un tentoncillo al bolsillo de cada cual, eso no se puede adivinar.

O éste, ó nosotros, vamos equivocados. Más valiera que fuéramos nosotros.

—Es que á usted también le tocará su parte, madre —repuso Bernabé, que parecía estar de buenas —Si yo monto ese establecimiento, tan y conforme lo llevo en el magín, no se van á quedar en la calle, cruzados de brazos, contemplando cómo entra la gente en el café; no, señor. Mi señora madre, bien peinada y algo más compuesta que al presente, se sentará á la cabecera del mostrador como una presidenta. Mi hermano Lucio ha de andar por allí, por el mostrador, por las mesas, por todas partes, como el gerente y representante de la casa, para estar al tanto de lo que ocurra. Modesta se vestirá de largo, lucirá ese buen pelo que Dios le ha dado, sedoso y negro, y servirá las copas y botellas que pidan en el mostrador. Yo le daré unas cuantas lecciones. De vez en cuando, miraditas frecuentes á los parroquianos, un poco de coqueteo. Una chiquita joven, morenilla y agraciada como Modesta, es un excelente llamativo y aun aperitivo para la gente boba que va á pasar el rato al café.

—¡Me valga Jesús! —exclamó la señora Martina al escuchar tales y tan atrevidos conceptos para sus oídos de castellana casta y comedida —¡Vaya unos consejos que estás dando á tu hermana, que es una criatura!

—¡Qué criatura, señora, si sabe más que usted en ese género; si las chiquitas salen hoy día de la tripa de su madre engañando á la abuela y pidiendo mojama! ¿A qué tanto aspaviento?

—Vaya, vaya, habrá que dejarte. Pero no te creas: ni Modesta ni yo servimos para ciertas mojigangas.

—¿Pero usted quiere ganar dinero?, ¿sí ó no? ¿Sí?, pues entonces déjese usted de mojigangas y tome usted los consejos de uno que ha visto lo que da de sí este mundo amargo, y que ha probado de todo, y que no se mama el dedo.

—Todo eso … —le interrumpió Lucio con ánimo de cortar una conversación que se le antojaba bien inútil —todo eso es como hablar de la mar. Hasta que llegue el día. . .

—Que sí llegará, que es un bonito negocio, y algún lunes ó martes precisamente me darás la razón.

Oyendo esto la señora Martina, miró á Bernabé de un modo particular, á manera de interrogante, y se quedó como sumida en nuevas y temerosas dudas.

Y no les habló más de los proyectos que traía. Ordinariamente se levantaba á las diez y media; salía á dar una vuelta, con el cigarro puro en la boca, y comía con sus hermanos, y algunos días solo, servido por su propia madre. Luego pasaba la tarde en el café, en sus asuntos particulares, ó se iba á los ventorros con algún compinche, no volviendo á casa hasta la hora de la cena. Una noche que vino más risueño, y algo más comunicativo que de costumbre, halló á su madre y á Lucio que continuaban sentados todavía al lado de la mesa. Sin que ninguno de ellos le sacara esta conversación, empezó Bernabé á indicarles, mientras se sentaban á cenar, que insistía en su gran proyecto de montar un café modelo, con muchas comodidades, alto de techo, con ventiladores de última invención y servido por camareros que fuesen la flor de la amabilidad y de la limpieza. Y allí se tomaría café de verdad, hecho á la vista del público, en cafeteras modelo, y no sería el repugnante brebaje que suele servirse en la mayoría de nuestros establecimientos.

Para realizar esta magna empresa, ó cualquier otra de las que acariciaba su magín, no esperaba más que le girasen de Londres unas letras que cobraría fácilmente en la sucursal del Banco de España. Por algunos días éste fue el socorrido tema de su conversación, entretenimiento de sobremesa que le servía para criticar y zaherir á los cafeteros timbirimbas, es decir, que convertían el café en una timba.

Estos señores vivos no se contentaban con ganar menos de un 85 ó 90 por 100. ¿Y quién lo pagaba en último término? La salud del parroquiano constante.

Aquella misma semana entró Bernabé un día, antes del almuerzo, en el cuartejo de su madre, y le pidió quince pesetas. Presentía, sin duda, que, según el régimen de economía que imperaba en su familia, debía tener sus ahorrillos. La señora Martina, que lo había mimado de niño y consentido ciertas libertades, porque le quería como quieren muchas viudas al único hijo que amamantaron, no se negó, desde luego. Le entregó lo pedido y le suplicó únicamente que mirase mucho cómo lo gastaba; los míseros jornales de sus hermanos daban muy poco de sí. Pero como estas peticiones se repitieran de vez en cuando, tuvo que advertirle su madre que, para ganarlo, eran dos, y para comérselo cinco.

—Es que usted no cuenta con que dentro de poco voy á salir de apuros.

—Pues, mira, más vale rabera en mano que buitre volando, como decimos aquí. A lo seguro, hijo, á lo seguro. Y lo seguro es la peseta que puedas ahorrar para el día en que te tumbes en una cama ó no encuentres trabajo.

—¿Desconfía usted de mí, madre?… Yo no sé que haya dado motivos. Vamos, que también usted es bien roñosa, ¡y conmigo!

Y esto, dicho en el tono del hombre resentido, pero con cierto dejo entre amargo y cariñoso; miró á su madre de un modo, que la pobre mujer, á pesar de su desconfianza, sacó el dinero de un bolso, lo contó dos veces y se lo entregó á Bernabé.

Como tipo, era de la misma hechura que su hermano Lucio, con la diferencia de aparecer de alguna más talla, quizás por ser más delgado, de un moreno algo más limpio, con los ojos más pequeños y vivos, más recogida la barba y la nariz más fina. Mirado de perfil, como solía inclinarse un poco hacia adelante al andar, en medio de aquel paso ligero, medido y oscilante de rastrero, que apenas se percibía, habríase encontrado alguna semejanza con el avanzar del zorro.

Pronto transcurrió un mes sin que variara poco ni mucho su género de vida. Al volver á casa Lucio, si no hallaba á su hermano, como de costumbre, se dirigía á su madre para preguntarle en tono de broma: «¿Aun no ha vuelto de paseo el señorito?» Pero este buen humor lo perdió el mozo á los pocos días, al parecer sin causa ni motivo que se supiera. Traía un semblante tan distinto… Cierta noche, después de cenar, como se hallasen solos, la señora Martina, que tenía grandes sospechas, le interrogó acerca de este particular:

—Oye, tú, Lucio; parece que vienes con empacho hace unos días. . . ¿Has sabido algo que tenga que ver con Bernabé? No me lo ocultes, hijo, porque lo peor es que no sepa una nada y haya como barruntos. ¿Qué dicen por ahí?

—No sé; no me han contao nada.

—Pues no estás bueno entonces . . . Tú algo rumias.

—Son cosas mías.

—¡Ah!, vamos. ¿Ha ocurrido algo en casa de Ventura?

—La Ventura no parece la misma. Yo no puedo remediarlo, madre. Pero la quiero con el querer de la vida, y estos días la encuentro tan despegada, tan otra. . . que vaya, yo no lo entiendo.

Si habría motivo. . . —añadió el mozo con súbita vehemencia, usando esta forma de verbo tan común en Burgos —yo sería el primero en decir: sí, señora; hice esto, lo otro ó lo de más allá; pero cuando no hay razón ni miajas de fundamento, entonces… sería cosa de cogerla por el cuello…

—Ya os arreglaréis. Eso no vale ni dos ochavos, cuanto más que tú te calabacees por tan poco.

—No lo crea usté, madre. Esto va más hondo; esto es como una puñalada que se recibe por la espalda, que se siente, y usté no ve la mano que la dao.

—Contra más hociques, peor. La Ventura presume demasiao, porque nunca le ha faltao un chiquito que la rondara. De ahí viene el mal. Y qué lástima de suerte, ¡recacho! Bien merecían otras que un hombre de bien se las llevara á su casa, que no iría mal con ella. Y ahí tienes á la Daría, la vecina del cuarto de arriba, que es una chica tan hacendosa y de mucho provecho, y sin sombra de novio.

Hablando de esto estaban cuando llamaron en la puerta, y entró Bernabé, que venía á cenar á última hora, según su costumbre. Agotado el tema de su magna empresa del café modelo, después de maldecir de la destemplanza del clima, que convertía la población en una Siberia, ¡y esto á mediados de Mayo!, se lamentó del retraso de las letras que debía recibir de Londres. En España era ya cosa sabida: ni telegramas, ni cartas, ni letras, ni tarjetas llegan á su debido tiempo. Desde el primer ministro hasta el último barrendero de la calle, todo el mundo anda con el reloj atrasado. Por esto, pedir puntualidad á la Administración, es como pedir que el Estado nos señale una buena renta, cosa inusitada y absurda.

Acabada la cena, se volvió hacia su hermano, y le dijo en otro tono:

—¿Sabes á quién he visto esta tarde en la tienda de la Morcillona?, á la Ventura. ¡Y vaya que está guapa la chiquita esa!

—¿Tú la conocías?. . .

—Anda, anda; ¡pues no hace pocos años!

Como que fui novio suyo cuando ella tenía catorce años y medio, antes de marcharme á Buenos Aires. ¡Y poquito que nos queríamos los dos!

—Nada me habías dicho…

—¿Pues eso se dice? ¿Quién hace caso de chiquilladas y amoríos de esa clase?

—¿Y la has encontrado ahora más guapa?

—Ya lo creo; reteguapísima. De lo mejor que se pasea por el Parral; porque supongo que iréis los domingos al Parral ó al Capiscol.

Lucio no contestó nada. Quedóse pensativo y silencioso, como si aquella inesperada confesión de su hermano le hubiese herido en lo más vivo de sus sentimientos.

Viendo que la conversación languidecía, se levantó la señora Martina de la silla y le dijo á Lucio:

—Chico, chico, basta de cavilaciones. Para gastar luz y quedarse mudos, más vale que nos vayamos á dormir. Conque, ¿en qué quedamos, en la peseta, ó en los treinta cuartos? Optaron desde luego por la peseta, y uno tras otro se retiraron al punto á descansar, siguiendo la opinión tan oportuna de la señora Martina.

cont1Un bonito negocio III

JMMatheu2JOSÉ Mª. MATHEU.

firmamatheu

Publicado originalmente en

El cuento semanal

AÑO II – 27 de marzo de 1908 – Nº 65

unbonitonegocio2

Un bonito negocio (I)

unbonito2

unbonitonegocio

I

   El viento seco y frío de la mañana recoge las ondas sonoras y las esparce desde la inmensa altura del campanario. La ciudad toda oye con sorpresa las voces de las viejas campanas que parecen responder unísonas á alguna misteriosa invitación. Las de la artística y famosa catedral unen sus sones broncos á los del lejano convento de las Bernardas, y éstos, agudos y argentinos, confúndense con los más graves de las lenguas de bronce de las parroquias de Santa Águeda y San Esteban. A las diez de la mañana llega á todos los rincones de la urbe histórica este clamoroso campaneo, que se eleva como un coro inacorde, pero vibrante y loco, para celebrar la Pascua de Resurrección.

Y aquel primer domingo de Pascua fue para la señora Martina un día señalado. Después de arribar á Barcelona un vapor mercante que había zarpado el mes anterior de Buenos Aires, acababa de devolverle á su querido hijo Bernabé á la vieja capital de Castilla. Por venir en el tren mixto hubieron de salir á esperarle á la estación la pasada noche. Y á esta hora de la mañana aun descansaba muy sosegadamente de su viaje. Pero su madre y los demás hermanos, Lucio, Modesta y Miguelillo, habían madrugado con el anhelo de estar un buen rato en su compañía y hablar largamente de sus recuerdos, los más íntimos y familiares, después de seis años de separación y de silencio. Se imaginaban ellos que hasta las campanas de la magnífica catedral tocaban á gloria con más alegría que ningún año. Es que celebraban por igual la solemnidad del día y la indecible dicha de los que vuelven á reunirse bajo el humilde techo donde nacieron. La misma señora Martina, algo retraída y no muy expansiva desde la muerte de su marido, levantó de pronto el mandil blanco con que andaba en la cocina y lo sacudió sobre sus hijos, como si fueran moscas, gritándoles con cara de madre satisfecha:

—¡Fuera de aquí, moscones, fuera! ¡A la obligación!

Aunque un poco á regañadientes, Modesta, una morenilla de trece años, cogió la botella para ir por vino de Navarra á la tienda. Miguelillo se fue directamente al taller, por si había algún encargo especial. Y Lucio, que era un buen oficial de pintor y adornista, salió escapado para avistarse con el maestro. Dieron entre tanto las once. A esta hora se presentó Bernabé en la cocina, muy vestido, y lavado, con su americana de cuadritos de color café, su sombrero de fieltro negro y sus buenas botinas y un cigarro puro en la boca, como cualquier caballerete que vive de sus rentas. Tal aire de indolente señorío con que se dignó aparecer y lo que indicó á su madre en pocas palabras de que volvería á comer entre doce y una, no dejaron de chocarle.

—¿Tanta prisa llevas?—le preguntó ella.

No llevaba mucha prisa; pero, por ser la hora que era, se iba á escape á llevar un encargo que traía para una cierta persona.

unbI

Modesta vino al poco rato con su botella de lo tinto; Miguelillo asomó después de las doce su naricilla picuda de pájaro por la puerta de la cocina para ver lo que se guisaba. Lucio se presentó á su vez con su chaquetilla negra y su pantalón azul y su boina también azulada, que no sentaba mal á su rostro moreno, enjuto, algo tostado por el sol y el aire, y á su cabeza de enérgicos trazos, bien defendida por un recio puñado de cabellos crespos y negrísimos. Por su buen aire en llevar la blusa blanca de pintor, por su estatura y desembarazo, por el aspecto de salud y de fuerza, que prestaba cierto atractivo á su persona, no faltaban mozas que volvían la cara al verle pasar por la calle, como si pensaran para sí:

—Parece un buen muchacho.

Y Lucio lo era, no cabe duda, por sus inclinaciones, por su buen sentido, por el fondo generoso y humano que constituía la base de su carácter expansivo y alegre, algo terco en ocasiones, como entreverado de ciertas rudezas propias de gente ineducada. A Lucio le echaban en rostro sus compañeros, los más envidiosos, este feo vicio de beber con exceso, de alegrarse en demasía. En cambio, los que iban con él á la obra y le trataban á diario, afirmaban que era valiente como el primero, hombre de palabra y que sabía sacar la cara por sus amigos.

Pocos minutos antes de la una se presentó Bernabé, sin excusarse por la tardanza, y todos se sentaron en seguida á la mesa. Sacó la señora Martina, como extraordinario, después del santo cocido, unos tasajos de cordero muy doraditos que olían á guiso bien aderezado y gustoso, y una fuente de arroz con leche espolvoreada de canela.

Sabía muy bien que Bernabé pertenecía desde muy chiquito al gremio de los golosos. Había estado ella algún tiempo de ayudanta en casa del delegado de Hacienda, y sabía preparar por esta circunstancia algunos variados y apetitosos platos. En el intermedio le dijo al recién venido:

—Vamos á ver, tú que has andao por ahí, ¿qué te parece ahora este terreno?

—Si he de decir la verdad casi, casi lo mismo que lo dejé. Las calles tan mal empedradas como siempre, las carreteras llenas de polvo y de pedruscos, y los campos sin variedad de cultivos. Desde las ventanillas del tren vi que estaban arando ahí cerca, en Quintanilleja, con dos mulas viejas, como en tiempo de Noé. En cuanto á los aperos de labranza, aquí no se sale de la rutina de hacerlo todo á brazo. Se conoce que las máquinas no se inventaron para estas gentes.

Al escuchar semejante apología, todos se miraron en silencio. Únicamente Lucio, por contestar algo, dijo:

—Es verdá que nos faltan algunas cosillas; pero aquí la tierra es buena, y por poco que se trabaje…

—Compárala con algunas de América, y aun con la misma de Filipinas, que da dos ó tres cosechas de trigo al año, y tú verás. Si la supieran trabajar, menos mal; pero ¡quita de ahí, hombre!, si esto es una miseria. Si aquí el labriego está á la altura de sus caballerías, poco más ó menos, en punto á conocer su oficio.

—Hombre, habrá de todo, Bernabé; desengáñate —exclamó la madre, que se acordó en aquel instante de su cuñado Marcelino, un labrador bien acomodado, inteligente y activo como pocos.

—Quiá, no lo crea usted. Aquí no hay más que mucha hambre y mucha miseria. Nuestro país es el rabo de Europa, ó como si dijéramos, la última palabra del Credo.

—¡Vaya, vaya, chiquito, que no has aprendido tú pocas cosas por esas tierras! —repuso Lucio á su vez.

Al punto sacó el otro un periódico del bolsillo y leyó en voz alta unas veinte líneas. Se afirmaba en éstas, con irrebatibles datos, que la Deuda pública de España había aumentado en unos cuantos millones desde la revolución de Septiembre, y luego añadió él por su cuenta:

—Ya veis de qué han servido á nuestro país esos veinticinco años de paz; no para que adelantaran la industria, el comercio y, sobre todo, la agricultura, que debía ser aquí lo primero, sino para aumentar la Deuda pública en provecho de unos cuantos esquilmadores, ó séase rabadanes, que son los amos del cotarro.

—Mira, Bernabé, esas no son cosas para habladas y manejadas por nosotros, ni por gente que no lo entiende. Nosotros somos unos trabajadores, unos artistas como cualsiquier otros, y no vamos á poner escuela de primeras letras. Me parece á mí.

—¡Bah, vosotros no tenéis aspiraciones! Yo he leído bastante y he oído muchas, pero muchas veces, á personas entendidas en la materia, y sé muy bien lo que me digo.

—También yo he oído, porque tengo buena oreja y buena memoria, á personas como el señor Fernández Prieto, que fue aquí alcalde el año 75, y después diputado y director de no se qué negocios; ¿y sabes lo que decía hará unos ocho días? Nada, el sábado de la otra semana, sin ir más lejos .. .

—Bueno, adelante; ¿qué?

—Pues decía ese señor á otra persona, en el pasillo de su casa, donde pintábamos, que por un regular, el que desprecia á su país, por tema y nada más, es porque no lo conoce; que muchos intransigentes confunden á los políticos malos con los buenos servidores que dan honra y provecho á la nación, y que saben trabajar y ganar el pan como tú y como yo …

—¡Ay, Lucio! ¿Y por dónde andarán esos caballeros y buenos servidores, que nadie los ve?

—Decía además que no basta que á uno le vaya malamente en sus negocios para echarse á gritar en seguida que este es un país perdido, y que aquí no hay nada que valga cuatro cochinos cuartos. Y el hombre daba sus razones, no te creas, que á mí me convencieron, como te convencerían á ti si viniera á nuestra casa.

—Ese señor está muy mal enterado— repuso Bernabé meneando la cabeza, como el que duda, al mismo tiempo que encendía un cigarro puro de excelente traza—La mayoría de los españoles estáis comiendo todavía la sopa boba. Y no digo más. ¡Conque en marcha!… Tengo la buena costumbre de tomar café después de la comida; de modo y manera que. . .

—Espérate, hombre, no seas tan súpito —expresó la madre— Ya lo traerá tu hermana de una corrida.

— Iremos al café, si le parece á Lucio. Allá, en América, esta es la costumbre, y uno está ya tan hecho á aquella vida…

—Bueno, iremos al Montañés y le enviaremos uno á mi madre para que lo tome con Modesta. Para eso es la Pascua y has llegado tú de allá. Miguelito vendrá con nosotros. Ya gana su jornalejo, no te creas.

—Bien, hombre, bien. ¡Conque… andando!

Levantáronse, pues, los tres hermanos y, después de despedirse de la señora Martina, se encaminaron al Café del Montañés que es uno de los tres ó cuatro que se encuentran frente al paseo del Espolón. A sus mesas no van, por lo general, más que trabajadores, artesanos, labriegos, gente de chaqueta ó de blusa.

cont1Capítulo II

JMMatheu2JOSÉ Mª. MATHEU.

firmamatheu

Publicado originalmente en

El cuento semanal

AÑO II – 27 de marzo de 1908 – Nº 65

unbonitonegocio2

LOS AMORES DE SAN ANTONIO (conclusión)

inca1

LOS AMORES DE SAN ANTONIO (primera parte)

LOS AMORES DE SAN ANTONIO (segunda parte)

 

LOS AMORES DE SAN ANTONIO

(conclusión)

Antonio era indio puro, sin mezcla ni cruce: de facciones correctas, delicadas y suaves, como la mayoría de los hombres quichuas; de ojos vivos, mirada penetrante y apasionada, revelaba no común inteligencia y un no sé qué de distinción que acusaba superioridad y mando.

Hacía frecuentes y largos viajes para vender pepitas de oro buscadas por él en apartados riachuelos según decía, pero la verdad solamente la vieja sirviente y Antonio la sabían.

Lo más probable era que las tales pepitas fuesen herencia escondida en sitio seguro, y poco á poco extraída según las necesidades.

El miedo á ser descubierto si se presentaba dos veces en el mismo sitio, hacíale emprender larguísimos viajes para vender su tesoro, que trocaba por objetos de necesidad, víveres y adornos para la mujer adorada. Tardaba algunas veces dos meses en volver á casa, y sucedía esto cuando se dirigía á poblaciones tan apartadas como Quito, el Cuzco, Arequipa y otras para llegar á las cuales necesitaba caminar veinte ó veinticinco días.

Sabía el indio que los conquistadores rastreaban el oro y la plata mejor que el sabueso más fino, y sabía también que si olfateaban su tesoro le pondrían en el tormento hasta que dijese dónde estaba.

Mientras Antonio hacía sus frecuentes viajes, quedábanse solas María y su vieja compañera, rezando ambas al querido santo para que con bien volviese á la choza el que era alegría y contento de sus almas.

Jamás había apilado Antonio piedras, como hacían y hacen los indios para probar la fidelidad de sus mujeres durante su ausencia; tenía tal fe en su María, que por ofensa hubiera tenido mancillarla con una duda.

Cuando el indio sale de su casa por algunos días, coloca en el camino varios montoncitos de piedras, que si al regreso encuentra intactos, dicho se está que le ha sido fiel su compañera, así como desmoronándose alguno levanta el palo antes de transponer los umbrales del hogar para medir las costillas á la perjura como primer saludo.

Cualquiera supondrá que semejantes manifestaciones de cariño son duras de soportar para la esposa inocente; pues no, señor. Como quiera que la india á quien su marido pega por celos fundados ó infundados recibe una honra y una estimación grandísimas, esposa hay que desmorona por sí propia los montoncitos que hace su hombre, para pregonar muy alto que su marido la quiere porque tiene celos.

Si dos indias riñen, el mayor insulto que se dirigen es éste:

«Anda, mala mujer, que tu marido no te cela; á mí me pega por celos, tú eres un trapo.»

Esto será simplemente una salvajada, pero yo le encuentro cierto sabor filosófico y un tufillo naturalista, que francamente no deja de regodearme el cerebro.

Antonio llevaba dos años casado y jamás había querido ofender á su María con semejante prueba, en la cual por otra parte no creía, pues que su inteligencia estaba sobre el nivel ordinario del indio inculto.

Acompañábale en una larga expedición otro indio, vendedor de hierbas medicinales, que de cuando en cuando hacía una parada para formar el montoncito consabido.

¿No eres casado?, le preguntó.

Sí.

¿No quieres á tu mujer?

—La idolatro.

—¿Por qué no pruebas su fidelidad entonces?

—¿Para qué? Ya sé que me adora.

—No seas tonto; las mujeres que más aman de cerca suelen ser las primeras en olvidar.

—Mi María no es de esas.

—¿Acaso no crees en lo que nosotros creemos?

Antonio vaciló: no se atrevía á decir que no; podían suponerle desapegado de los suyos, y esto no era cierto.

—Voy á darte gusto, dijo. Cuando estemos á dos leguas de mi casa haré un montón bien grande, pero no haré más; para probar basta con uno.

—Si lo haces muy grande no podrá caerse.

Antonio se sonrió.

—Si María me fuese infiel derrumbaría un castillo que levantase para hacer prueba, dijo con firmeza.

astB

María y Quica, la vieja india, habían quedado solas como siempre.

Hilaban, vivían en santa paz, rezaban sus largas y cotidianas oraciones y dormían con la tranquilidad del justo, soñando la joven con el regreso del amante esposo y Quica con el brillante pasado de aquella tierra que veía hollada por extranjeros que no eran hijos del Sol y que á tan triste condición habían reducido á los incas.

Descansaban una noche tormentosa, arrulladas por los truenos, la lluvia y el granizo, como quien está habituado á semejantes estruendos; pero despertaron de pronto sobresaltadas, oyendo golpes repetidos en la poco segura puerta que daba entrada á la choza, levantóse Quica seguida de María y abrieron sin preguntar quién á tales horas llamaba, como el que no teme ser asaltado.

—Algún pobre indio que pide refugio, pensaron.

Un relámpago muy vivo iluminó la figura del que tan recio llamaba; era éste un español joven, hermoso como el San Antonio, blanco, rubio, de ojos azules cual turquesas limpísimas y varonil continente, que delataba á un militar apuesto y arrogante.

—Vengo calado hasta los huesos, dijo en muy mal hablado quichua, y además mi caballo se ha caído y estoy herido en una pierna: sufro bastante y quisiera que me dieseis hospitalidad por esta noche.

—Por esta noche y por las que quieras, señor, contestó María hablando bastante bien el castellano.

Mi marido está de viaje, pero eso no importa: tienes rostro de ángel y tu alma debe corresponder al rostro. Pasa.

La india habló á Quica en su lengua, pues que no entendía otra, dándole órdenes.

A pesar de su herida, que no era grave, desensilló el recién llegado su caballo, guardáronse los arreos, y después de maniatar suavemente al animal dejólo suelto para que buscase su madre de Dios, rumiando champa llena de tierra, única cosa que podían darle por entonces para entretener el hambre.

Quica encendió fuego.

—¿Tendrás apetito, señor?, dijo María.

—No, contestó el caballero. Quisiera que me pusieseis algo en la herida, porque me molesta bastante; vosotras conocéis muchas hierbas medicinales, y después procuraré dormirme si me proporcionáis en donde.

—Aquí, dijo María, en mi cama: no puedo ofrecerte otra.

—¿En tu cama?

Y el español miró á la india en cuya hermosura no había reparado hasta entonces.

—En mi cama, replicó María bajando los ojos, dominada por la expresión de aquella mirada; ya te he dicho que no tengo otra.

—¿Y tú?

—Yo he dormido bastante: rezaré mientras tú duermes.

—¿Eres casada, verdad?

—Sí .

—¿Cómo te llamas?

—María.

—Como mi madre.

—¡Ah!

—¿Qué?

—Nada; me alegro.

—¿Por qué?

—Porque antes me has mirado de una manera que me dio miedo, ahora no temo: mirándome te acordarás de tu madre.

—Eres una india muy lista y muy hermosa.

María se ruborizó.

—Acuéstate, dijo, entretanto Quica prepara lo que ha de ponerte en la pierna.

El capitán, pues que lo era, se quitó la ropa, que como había dicho estaba calada, y con las precauciones debidas al pudor se acostó en el duro lecho, todavía caliente, de la india.

Jamás sensación igual de placer habían sentido sus miembros yertos y doloridos: aquel calorcillo de las mantas de lana le produjo sueño inmediatamente; y cuando Quica fué á curarle la pierna, dormía tranquilo como si estuviese sobre colchones de pluma.

La india quiso despertarlo, pero María se opuso.

—Déjalo dormir, dijo. ¡Pobre! Está cansado: mírale con cuidado las piernas y no te será difícil encontrar la herida.

Obedeció Quica; su ama le alumbraba, pero mirando fijamente el rostro del hermoso español. ¡Era más lindo que San Antonio! Sí: jamás había visto María un hombre como aquél. Viera otros españoles, ya lo creo, muchos; pero tan guapos, tan guapos, no: ninguno.

¡Así debía ser Dios! Porque no era posible idearlo más bello.

¡Dios! ¡El aita grande! El que adoraba sin conocerlo; que estaba sentado allá, encima del sol y encima de la luna y encima del cielo; el que mandaba los truenos, los rayos, el agua y el granizo; sí, aquel Dios con ser tan hermoso no podía parecerse al que tenía delante. Era éste más joven y menos adusto; aquél castigaba por todo y castigaba con horribles penas; ¡éste parecía tan bueno! ¿Sí sería su hijo?, aquel hijo á quien crucificaran y que reviviera luego, para no morir jamás. ¿Por dónde habría bajado de allá de lo alto? ¡Qué tonta! Sí que podía bajar. ¿No tocaban en el cielo los picos de las montañas? Por allí, por allí habría bajado. Se lo preguntaría cuando se despertase: no le cabía duda; era más hermoso que San Antonio, y para ser más hermoso que un santo tenía que ser hijo de Dios ó el Dios mismo.

El capitán hizo un movimiento de dolor, lanzó un débil gemido y abrió los ojos: María, que seguía mirándole fijamente, no desvió los suyos.

—¿Te duele?, preguntó amorosamente.

—Poco, no es nada.

—Duérmete de nuevo, ya está lista: es poca cosa; mañana te encontrarás mejor y antes de ocho días curado.

—Mañana tengo que proseguir mi camino, descansaré bien esta noche: tu cama es deliciosa, María.

¡Qué bien se está en ella!

La india sintió una pena inmensa. ¿Se marcharía tan pronto?

Pasó la noche espiando los menores movimientos de su huésped y rezando, rezando por él, por su dicha, por su felicidad. ¿Sería casado? Quizás una mujer tan hermosa como él velaba rezando también por el ausente compañero.

¡Cómo le adorarían las blancas! ¡Qué dicha ser amada por aquel extranjero!

En cuanto amaneció dedicóse María á tapar las muchas rendijas que daban claridad á la choza, y apenas el sol dejó su lecho de rubíes sacó la india la ropa del capitán para secarla y ponerla en disposición de volver á vestirla.

La mañana era espléndida, el sol abrasaba y continuaría de igual manera hasta el mediodía, que comenzase el aguacero; pero las ropas del capitán eran gruesas, y solamente consiguió la india que enjugasen las prendas interiores.

Tampoco se olvidó del caballo y mandó á Quica á buscar alimento para el noble animal, que continuaba rumiando champa y con las manos aprisionadas pacientemente.

Era bien entrada la mañana cuando el viajero despegó los párpados.

—¿Estás á mi lado todavía?, preguntó á la india que sentada junto á la cama parecía extasiada contemplándolo.

—Sí; velaba tu sueño, temía que te despertases, señor.

—¿Por qué?

—Porque te marcharás.

—Sí, voy á vestirme; dame mi ropa, dijo el capitán sin parar mientes en la seráfica expresión de la india.

—¿Cómo está tu pierna?, preguntó desentendiéndose de la petición.

—¡Caramba, mal!, contestó el herido procurando moverse; me duele más que ayer.

—No te marches hoy, descansa; tu ropa no se ha secado todavía, y si la vistes mojada puede hacerte daño.

—Tengo prisa, María, me aguardan con impaciencia.

—¿Acaso tu esposa?

—Todavía no lo es, pero lo será pronto.

—¿No eres casado?

—Voy á casarme precisamente.

La india sintió ganas de llorar,

—Bien, dijo después de un rato, es necesario que te cures primero; entretanto la pierna te duela no puedes montar. No tengas cuidado por tu caballo he mandado á Quica para que traigan algunas cargas de pienso; tampoco á ti te faltará nada de lo que yo pueda darte.

—Gracias, María, pero me es imposible aceptar, creerían que me he muerto.

El capitán hizo un movimiento para incorporarse y se acostó de nuevo: la pierna le pesaba un quintal y le dolía mucho, debía estar inflamada.

—Pues me habré de quedar á la fuerza, dijo; hoy no podría tenerme en pie.

Un rayo de felicidad inundó el rostro de la india, tenerle unas horas más; gozar un día, acaso dos de la presencia del hombre hermoso, era una dicha demasiado grande para que una mujer tan inocente como María dejase de mostrarla.

El capitán la vio sonreír y la encontró divina con la boca entreabierta: cerró los ojos. Cualquiera diría que luchaba con un mal pensamiento.

Tres días estuvo el español en la choza de la india, al cabo de los cuales si su pierna no se había curado permitíale al menos montar á caballo, gracias á los remedios y cuidados de Quica.

La noche del segundo día estaba María sentada en el borde de la cama del capitán contemplándole dulcemente, como la madre al niño enfermo cuando después de muchas vigilias logra conciliar el sueño.

Los labios de la india no cesaban de moverse; rezaba ó pronunciaba frases tiernas, la expresión de sus ojos la delataba.

Es indudable que cuando se mira fijamente á una persona dormida, levanta ésta los párpados asustada, aunque después de reconocer á quien le contempla, vuelva á cerrarlos rebujándose en una atmósfera mimosa, si se trata de persona que nos inspira ó á quien inspiramos cariño.

Esto sucedió al capitán: dominado por la mirada de su enfermera, abrió los ojos, pero los volvió á cerrar echándola los brazos al cuello y atrayéndola sobre su pecho. María creyó morir de placer; sin embargo, se alzó rápida como gacela tímida y corrió á postrarse delante de San Antonio en actitud suplicante.

El español se incorporó, despertando completamente y dándose cuenta de la verdadera situación.

—María, dijo con voz dulce, ven, no temas nada, estaba dormido: te juro que ni un mal pensamiento abrigo hacia ti, te lo juro por mi madre.

La india se levantó, acercándose de nuevo con timidez y muy impresionada.

—¿Te has asustado, María?, dijo el capitán acariciándole una mano. Perdóname; abrí los ojos y tropecé con los tuyos, que me miraban con amor, con el mismo amor que me has cuidado desde que he llamado á tu puerta; en este momento me olvidé de todo, de quien eres, de quien soy, de tu fe de esposa, de mis juramentos de caballero y de amante; veía en ti la expresión de todos los afectos, te creí mi madre, mi amada, mi hermana… todo me parecía reconcentrado en tu persona; por eso falté, sí, falté á tus bondades, á tu honra de fiel casada, á todo: perdóname, María, ¿me perdonas?

Y el capitán posó sus labios en la mano suavísima de la india.

Ésta vaciló un momento y cayó desplomada sin pronunciar palabra.

El capitán se levantó, llamó á Quica, y entre los dos acostaron á la india en la cama que él acababa de dejar. María no recobraba el sentido y la vieja sirviente lloraba con amargura.

—Vete, señor, dijo Quica; vete antes que vuelva en sí; pronto amanecerá; voy á buscar tu caballo. Si quieres pagar á esta desgraciada la hospitalidad que le debes, márchate antes que pueda volver á verte.

—¿Pero sin despedirme?

—Sin despedirte; la matarías.

—Está bien, Quica. Tráeme mi caballo cuando quieras; pero cuídala mucho: que no se muera, ¿oyes?, que no se muera.

Rayaba el alba cuando el capitán partía á galope, después de haber estampado un beso fraternal en la casta frente de la india.

Poco más de dos leguas habría caminado, y la pierna comenzaba á molestarle.

—Descansaré un poco, se dijo, apeándose; todo se reducirá á que haga jornadas cortas.

Sentóse el capitán y dio larga rienda á su caballo, que comenzó á olfatear la engañadora champa y acomodóse como mejor pudo.

—¡Pobre María!, pensaba abstraído. Me amaba, ya lo creo que me amaba; estas indias con su imaginación fantástica y ardorosa son encantadoras, cuando se trata de una tan bella y tan aseada como esta; y la verdad es que me hubiera seducido si continúo á su lado muchos días… Pero hubiera sido una infamia: es una joven honrada, es un ángel de inocencia; me ha cuidado como si fuera mi madre, Quica tuvo razón aconsejándome partir antes que volviese en sí.

Y el capitán, distraído, cogía piedras de un montón que tenía á su derecha y las iba esparciendo sin darse cuenta, mientras la mente vagaba por la pobre choza en donde había dejado sin sentido á una mujer que jamás podría olvidarlo.

¡Oh! El tampoco olvidaría á la india, la recordaría siempre con gratitud, casi con amor.

Cerca de una hora pasaría descansando y tirando piedras sin cesar como si lo hiciese de intento.

—Varaos, dijo, ya he descansado un buen rato: si continúo de este modo soy capaz de pasar aquí el día y luego tendré que volver á pedir hospitalidad á la india María…

¡Volver á la choza! De buena gana hubiera vuelto el capitán. ¡Cuánto diera por saber si había pasado el accidente y qué dijera la enferma al encontrarse sin él… Pero no; aquello era una locura, y él hacía muy mal olvidándose de su prometida, que lo esperaba… ¡Su prometida!… No sabía porqué, pero se le antojaba que no podría olvidar jamás á María, y que su recuerdo, aun entre las sábanas del lecho nupcial, no podría alejarlo de la mente.

Montó el viajero y continuó á buen paso el camino; las piedras quedaron diseminadas, y del montoncito junto al cual se había sentado apenas quedaban unas cuantas reunidas.

astB

Quince días tardó Antonio en volver á su casa; ni su llegada produjo como otras veces explosiones de alegría, ni el semblante del indio era el mismo, por más que hacía esfuerzos por aparentar tranquilidad.

María estaba enferma, y por cierto que su aspecto delataba los sufrimientos; se abrazaron como siempre, con cariño, con amor, pero sin alegría: ninguno de los dos sabía á qué atribuir el cambio.

Los días eran tristes para ambos; la duda amargaba cada vez más el alma de Antonio, su esposa estaba encinta; y esto, que en otro tiempo le hubiera llenado de alegría, servíale entonces de torturas horribles.

Ni María ni Quica le habían hablado de la estancia del español en la choza; pero descubriólo por casualidad, y entonces no tuvo límites su furor; acusó á María de haberlo engañado; lo comprendía todo: las piedras no habían mentido; las tradiciones de sus mayores eran sagradas.

Ni lágrimas ni ruegos ni juramentos pudieron convencer al celoso marido. María le había sido perjura, y el ser que en sus entrañas vivía era fruto de criminales amores: así pensaba Antonio.

—Si me confiesas la verdad te perdono, le dijo un día después de maltratarla furiosamente.

—Mátame, Antonio, pero mi hijo es tuyo: te lo juro por esta imagen que nos mira.

—Está bien, contestó; puedes vivir tranquila; hasta que nazca no volveré á decirte una palabra. Sí es mío, será de nuestra raza; si me has engañado, tu hijo te delatará como tú delatas una traición de la princesa Chuilca. Si es indio es hijo mío; si no… le mataré en cuanto me convenza de tu infamia.

La india lanzó un grito de horror.

—Bien, dijo reponiéndose; acepto, pero prométeme que no dudarás de mí hasta que lo veas; será indio porque es tu hijo; entonces te arrepentirás de haberme martirizado: tengo bastante.

María rezaba diariamente á la imagen querida de San Antonio: eran aquellos los momentos en que podía entregarse con alma y vida al recuerdo del hermoso extranjero que le había dejado el corazón lacerado.

Ya no veía en el rostro del santo sus primitivas facciones; veía las del capitán, sentía el beso en el dorso de su mano derecha y el influjo de su mirada desvanecía completamente su pensamiento haciéndola caer en sopores dolorosos ó en éxtasis sublimes.

Llegó el día ansiado por ambos; María esperaba aquel consuelo que vivía en su seno, como se espera la felicidad única; él borraría de su imaginación enferma aquellos estrabismos; él haría que Antonio tornase á ser el esposo amante haciéndola olvidar á un hombre que á pesar de su voluntad vivía enseñoreado de sus pensamientos. Antonio sentía el afán incesante de perdonar, de acariciar á María; y aquella criatura debía decidir la felicidad ó la desgracia eterna: este era el atroz dilema.

Después de muchas horas de angustia sintió Antonio el primer vagido del ángel, y ciego, frenético, se lanzó sobre él para leer en sus facciones, en su color, en sus ojos, la inocencia ó la infamia de su esposa.

Quica se interpuso enérgicamente.

—Aguarda, le dijo, no mates á tu hijo antes de mirarle; le verás cuando yo te lo entregue.

Antonio se contuvo á pesar suyo, intentando arrebatarlo de manos de Quica.

—Te mando que salgas, Antonio; obedéceme: soy anciana y tengo los derechos que nuestra raza me concede: tus padres te maldecirán desde allí si no quieres escucharme.

—Te obedezco, pero no tardes en llamarme; no pruebes mi paciencia porque no respondo…

Y el indio salió de la choza con la cabeza baja.

—Es un niño, dijo Quica; un niño hermoso…

María sintió una ráfaga de orgullo y levantó los ojos hacia el San Antonio, testigo de sus dolores y de sus aflicciones.

Quica lanzó un grito.

—Tiene los ojos azules, dijo, es rubio… es blan…

No había terminado la frase, cuando loco, furioso, penetró Antonio en la choza rugiendo como león enjaulado, y arrebatando la criatura que la vieja india tenía en su regazo, salió de nuevo lanzando alaridos de dolor y desesperación, María, medio muerta, le siguió dando gritos y jurándole que era su hijo; pero Antonio no escuchaba, y corría, corría siempre con su ligera carga, sin que las dos infelices y desesperadas mujeres pudiesen alcanzarle ni contenerle.

Le vieron subir las peñas volando más que corriendo, sin sombrero, con las greñas cubriéndole los ojos y sin atender ni súplicas ni lamentos, María cayó exánime, no tenía fuerzas para seguirle en su carrera; ya na podía gritar, se ahogaba; pero le veía, le veía subir como un tigre hambriento desgarrando su presa, al hijo de sus entrañas, al hijo que por milagro de aquel San Antonio había salido blanco, rubio y de ojos azules.

Cuando el indio hubo llegado al picacho más elevado de las peñas levantó el niño en alto, enseñándolo á las dos atónitas mujeres, y arrojándolo con fuerza lo despeñó con inaudita crueldad; bajóse luego sin apresuramientos y como si no volviese de cometer el más horroroso de los parricidios.

La india retorcíase desesperadamente llamando á su hijo y maldiciendo al padre inhumano, cuando éste llegó junto á ella, dispucsto á matarla ahogándola entre sus manos.

—Dime ahora que era mi hijo, dijo con voz ronca.

—Sí, lo juro, era tu hijo; pero te aborrezco, te odio: ¡maldito seas!

Antonio apretó con fuerza la garganta de María, ya moribunda, sin que las escasas fuerzas de Quica pudieran contenerle.

Creyendo la fiel sirviente que la presencia de la imagen venerada por ellos pudiese hacer un milagro impidiendo que Antonio consumase un segundo crimen, corrió á buscarla, y como encontrase la hornacina vacía volvió á salir dando gritos

—¡Antonio, detente; el santo ha hecho un milagro!

El indio, que contemplaba á su esposa muerta á sus pies, oyó con asombro lo que le decía Quica.

Buscaron inútilmente á San Antonio, y cuando el parricida quiso hacer pagar á la vieja india lo que suponía burla de ella para atemorizarle, vio con asombro que el pico más alto de las peñas, aquel por donde había lanzado á su hijo, modelaba correctamente la figura del santo con el niño en brazos, y tomó por castigo de su infamia el milagro irrecusable que atestiguaba la inocencia de su esposa.

La india Quica fué la única superviviente de aquella tragedia. Antonio se lanzó al espacio en la quebrada de Chaupi-Huaranga, y la vieja sirviente divulgó la tradición á los que después la legaron como articulo de fe á sus descendientes, añadiendo que San Antonio estaba enamorado de María, y que no otro sino el santo en cuerpo y alma era el hermoso español que había pasado tres días en la choza.

Yo no puedo asegurar sino que he visto las peñas y que aquel paraje lleva el nombre de San Antonio; pero como la tradición es la historia poética de los pueblos, creamos á la tradición, siquiera sea para vivir algunos minutos en atmósfera deleitable.

ink4

evacanel5

EVA CANEL

Publicado originalmente en

La Ilustración Artística

Barcelona, 8 de diciembre de 1890. Núm 467

LOS AMORES DE SAN ANTONIO (primera parte)

LOS AMORES DE SAN ANTONIO (segunda parte)

LOS AMORES DE SAN ANTONIO (continuación)

quena

Leer la primera parte

LOS AMORES DE SAN ANTONIO

(continuación)

Uno de los cholos sirvientes que nos acompañaban calzó al aita unas grandes polainas, y cogiendo ambos sus respectivas escopetas encamináronse á pie hacia la vizcachera, desafiando la lluvia torrencial, que convertía la montaña en furiosa catarata.

Quedamos nosotras dentro del chalet, y una india, lista y avispada como una ardilla, sacó del horno tres pieles de carnero curadas, extendiéndolas en el suelo para que nos sentásemos.

Tendría la india veinte años y ya era madre de cuatro indiecillos que se arrastraban revueltos con cinco ó seis perros, otros tantos gatos, algunas docenas de cuyes (conejitos de indias) y dos cuchis (cerdos), no muy pequeñitos por cierto.

Todos aquellos animales, racionales ó no, vivían juntos y en la mejor armonía, como si la misma madre los hubiera parido y á los mismos pechos se hubiesen criado.

Otra india vieja hilaba sin hablar palabra, mirándonos de vez en cuando con expresión seráfica, como si nos creyese imágenes de su divino culto, y otra jovencilla que ligeramente pasaba los puntos de una media de lana, apenas se atrevía á levantar los ojos, ruborizándose cuando la dirigíamos la palabra.

Ninguna de las tres indias entendía el castellano, pero Virginia Ortiz de Villate hablaba perfectamente el quichua y podíamos comunicarnos con los moradores de la choza.

La vieja era madre de las jóvenes; todas estaban casadas, y los tres maridos, en compañía de otro personaje importantísimo para el indio, el asno, habían ido á las montañas á sembrar patatas.

Faltaban, pues, tres hombres y un burro para completar aquella dilatada familia que apenas tenía una choza de seis metros de largo por cuatro de ancho para guarecerse de la intemperie.

Confieso que de esto me asombré sin motivo, pues en Asturias viven muchas familias en idénticas condiciones: lo que tiene que yo había salido de mi país siendo niña y no recordaba haber visto en mi

vida semejantes revoltijos.

Hacía ocho días que se casara la india jovencita, y por más preguntas que Virginia la hizo, no pudimos conseguir que nos hablase de sus amores ni de su marido, ni menos que nos dijese si lo quería ó no lo quería; y es que cuando una india se emperra en no hablar, no despliega los labios aunque la maten, pero expresa tan admirablemente y sin darse cuenta sus sensaciones, que no es difícil adivinar la respuesta.

Así, cuando la preguntamos si quería á su hombre leímos en su semblante un poema de amor con destellos de pasión ardentísima.

¿Y si quisiese á otra?, le preguntó Virginia, instigada por mí.

La india continuó en su mutismo, pero nos mira con feroz expresión, convertida rápidamente en maliciosa sonrisa, como si quisiera decirnos:

Ya os entiendo; queréis enojarme para que hable; os fastidiáis; no hablaré.

Y se salió con la suya, porque no habló.

Volvió el taita después de cazar algunas vizcachas y á pesar de su ascendiente sobre los indígenas, tampoco pudo conseguir que la muchacha le contestase.

Cesó la lluvia y salimos para ver la industria á que se dedicaban los habitantes del chalet.

Eran alfareros y tenían su hornada de cazuelas y pucheros metida en un montón de rescoldo, tan amazacotado y compacto que á pesar de la fuerte lluvia apenas había penetrado el agua en aquel horno de nueva invención.

Cuando volvimos para montar de nuevo, sorprendimos á la indiecilla charlando como una descosida con uno de nuestros sirvientes.

Era éste un cholo buen mozo, con mucha malicia y cierto airecillo de inocencia que no le sentaba mal, según atestiguaban algunas cholitas que se morían por sus pedazos.

No pudo entender Virginia una palabra de lo que él decía bajito á la india, pero oyó claramente que ésta le contestaba: «Tú eres más guapo y más gente que mi marido.»

Al apercibirse de nuestra presencia, corrió la muchacha á meterse y acurrucarse dentro de la choza, y continuamos el viaje sin volverá verla, pero con la seguridad de que aquella noche soñaría la india, á pesar de su hombre, con lo que al oído le contara nuestro sirviente.

Seguimos bajando la quebrada con agradable temperatura y siendo casi despejada la estrecha faja de firmamento que divisábamos; ya distinguíamos claramente los pueblos enclavados en ambas laderas.

Al contemplarlos con sus grandes extensiones de casas sombreadas por frondosos árboles, daban envidia á quien como nosotros bajaba del Cerro de Pasco, en donde no se ve un tiesto ni crece una mala hierbecita; pero una vez cerca, el desencanto era grande: los árboles que nosotros suponíamos frutales no eran otra cosa que saúcos robustos y copudos; en fin, siquiera veíamos árboles, y algo era algo.

Declaro que aquellos pueblos habitados únicamente por indios me parecían trasunto fiel del paraíso.

Para quien había nacido y vivido entre flores y árboles tenía que ser monótona la vida, contemplando cómo de las entrañas de la tierra se extraían pedruscos que después de pasar por muchas fases venían á convertirse en el codiciado metal que perturba conciencias y atropella aun lo más santo y lo más respetable.

Llegamos á Cuchis, nombre que fielmente traducido del quichua, quiere decir cerdos, y la verdad, había tantos de estos sabrosos animalitos en el tal pueblo, que tuvimos por admirablemente puesto su nombre oficial.

Corrieron los indios de casa en casa anunciando la llegada del taita Lloverás con tres niñas y larga comitiva, y se apresuraron las autoridades á saludarnos respetuosamente.

Se nos presentó el jois (juez) con sus ministros, indios armados de larga vara, por lo cual pude colegir que aquéllos eran remedo de los antiguos ministriles españoles.

Era el jois un personaje aristocrático entre los de su raza, pues ya tres veces había sido investido con autoridad; favor tan señalado entre ellos, que imponía superioridad inusitada. Era, pues, hijo del hombre y no hijo de perro, expresión gráfica con la cual hacen ver que no son cualquier cosa.

No podíamos detenernos mucho tiempo, y el taita dijo que al día siguiente recibiría en corte; es decir, que oiría cuantas demandas y reclamaciones tuvieran que hacerle en su quinta de Visco.

Y como la recepción habría de acabar seguramente con algunas copas de chacta (alcohol), dicho se está que todos prometían no faltar.

El jois se apresuró á limpiar las polainas del taita, teniéndole el estribo para que montase de nuevo, y después de hacernos profundas reverencias, así como los ministros y todos los presentes, partimos á galope.

Estábamos á más de dos leguas de Visco y deseábamos llegar de día porque los caminos desde allí eran mucho peores y más estrechos.

Sin más incidente que un solemne zarpazo que por atrevida sufrió mi pobre humanidad, llegamos contentísimas á la quinta de Santa Rosa, escondida entre flores y peñas, al pie de una montaña arrullada por una catarata que desde lo alto se precipita amenazando el edificio, y cuyas aguas van por estrecho cauce á perderse en el río de la quebrada, que bastante caudaloso en aquel término y sombreado por álamos gigantescos, lame las plantas de la quinta y arrulla á sus moradores con el incesante batir de la corriente espumosa contra los infinitos peñascos de su lecho.

Está, pues, el pueblecito situado en el fondo de la quebrada, y por uno de los accidentes del terreno no se le ve hasta que á él se llega.

Unas cuantas casitas de indios, semejantes al chalet de la bajada de San Antonio, y una iglesia derruida constituían entonces el pueblo, que sólo de gala se vestía cuando el galante dueño de Santa Rosa llegaba con huéspedes, y esto ocurría muy á menudo.

Perennemente sostenía allí el taita una cocinera y un criado que nos esperaban, y dicho se está que después de apearnos y saltar dando gritos, recorriendo la casa, el jardín, el río y hasta parte de la montaña, nos sentamos á la mesa bien provista y mejor servida que la de un monarca en activo servicio.

Así nos parecía á nosotros, y la verdad era que ninguna hubiera trocado su presente por cuanto de más codiciado hubiese en la tierra.

Durante la comida se hizo el programa. Descansaríamos cazando á pie por los alrededores dos días; emplearíamos otros dos en visitar algunos pueblos y una famosa quinta en donde abundaba la fruta exquisita; dormiríamos en un pueblo de relativa importancia, Yanahuanca, y regresaríamos al tercer día á Visco, dedicando cuarenta y ocho horas á recibir las visitas de despedida y devolver banquetes, para regresar al octavo día al Cerro de Pasco, en donde se nos esperaba sin falta.

¡Qué seductor programa! ¡Cuántas cosas veríamos y cuánto aprenderíamos de usos y costumbres!

Nada más tentador que el empleo que nuestro querido cicerone daba al tiempo. ¡Qué bien repartido!

Sirvieron el café y no mostraba el taita señales de referirnos la tradición milagrosa, pero yo no estaba dispuesta á pasar la noche sin satisfacer la curiosidad.

Taitito, ¿y el cuento?, le dije.

Mañana.

¡No, no!, gritamos las tres, ¡ahora, ahora!

Vaya, caprichosas, pues ahora.

Antes de comenzar la conseja del santo grabado en la peña, he de hacer una observación pertinente, cuyo desentrañamiento dejo á la consideración de los sabios que se dedican á estudios antropológicos.

En mis largos viajes y en mi constante afán de estudiar usos y costumbres incásicas, cuya civilización sorprendió á los propios conquistadores, hanme saltado á la vista puntos de contacto y semejanzas extraordinarias con algunas regiones españolas, especialmente con la asturiana, en su confín con la provincia de Lugo.

Dejo á un lado por tener sencillísima explicación lo que á la indumentaria se refiere: encuentro también natural que vistan unas indias como las castellanas viejas, otras como las sayaguesas, otras como las mujeres del Valle de Anzó y todas semejantes á las campesinas de varias provincias de España, y no me sorprende que la música del indio peruano tenga las cadencias montañosas de Asturias y los gemidos apasionados de las sultanas granadinas.

La quena una especie de flauta de caña cuya tradición romancesca atribuye su invento al enamorado que de un fémur de la mujer amada hizo el instrumento que tan tristes notas produce, no es otra cosa que la flauta ó silbato de los pastores occidentales de

Asturias. En las montañas que unen el partido de Castropol con el de Fonsagrada, puede oírse una especie de quena peruana cuando el pastorcillo recoge sus ovejas y sus cabras en las melancólicas tardes de primavera y estío.

Los desfiladeros de los cordales asturianos seméjanse entonces á los majestuosos Andes; algún viajero caminando al paso tardo de su caballejo gallego ó de su mula mañosa, y el zafio Batilo saltando breñas y matorrales, persiguiendo su menudo ganado, ó sentado en una peña lanzando al aire lamentos inconscientes por los toscos agujeros de su flauta de caña.

¿Que pudo ser este instrumento importación ó exportación de la conquista? Bueno. Pero no lo ha sido seguramente la predilección que así los indios como los asturianos de Occidente tienen por el pelo rubio.

Para los primeros, un hombre ó una mujer de pelo blondo son descendientes de la Virgen ó de los santos; para los segundos, todos los rubios son hermosos por horribles quesean. Las morenas y los morenos,en Asturias son feos porque sí, y allí no se miran facciones, ni expresión, ni ojos, ni talle, ni cosa alguna: es blanco y rubio… el summum, la perfección, el tipo acabado de la belleza.

Un niño blanco y rubio es para las indias un ángel; así, recuerdo siempre con infinita ternura que indias se arrodillaban delante de mi pequeño de dos años, tocaban sus rizadas guedejitas con la punta los dedos y los llevaban á los labios con unción seráfica.

Niñito lau (expresión sublime), hijito de la Virgen… con tu pelito de oro… ruega por nosotros.

Cuando me tradujeron estas frases sentí una emoción profundísima. ¿Era pena por la ignorancia de aquellos parias ó satisfacción por ver así adorado al pedazo de mis entrañas? No lo sé; pero puedo asegurar es que mi hijo sintió infinito placer cuando vio los aldeanos de mi pueblo.

Son cholos, mamá, me decía, y sólo el tiempo y la costumbre pudieron convencerle de que los aldeanos de Asturias no eran cholos peruanos.

Cuando la india llega á la pubertad y siente los primeros gritos del sexo que la incita á mirar en el hombre á su compañero, suele volverse de cara á la pared y escarbar con la uña, prueba evidentísima de que anda lacia y tristona por falta de requiebros o que su corazón ha sentido el primer golpetazo amoros.

Y en Asturias cuando una mocita empieza á mirar de reojo á los mozos y á ponerse colorada si de alguno le hablan, dicen las gentes que ya comienza a escarbar.

¿Puede tener relación lo uno con lo otro? La tienc indudablemente, y tal vez la naturaleza en sus espontaneidades animales ajenas á la racionalidad, daría la explicación de hechos que no tienen ni la muy socorrida del atavismo.

Si me propusiese señalar en un trabajillo como el presente, ajeno por completo á la seriedad que quieren ciertos estudios, los puntos de contacto que los hijos del Sol tienen con los aldeanos del Occidente de Asturias, encontraría muchas, muchísimas cosas dignas de parar mientes en ellas.

astN

Tomó el taita Lloveras la palabra, y con su marcadísimo acento catalán, que á tan larga distancia de España me parecía delicioso, comenzó á referirnos lo que á su vez había escuchado de un viejo indígena, cronicón parlante de su raza.

Las tradiciones y la historia pasan en los indios como herencia de padres á hijos más ó menos adulteradas, según la inteligencia ó la fantasía del narrador.

Había hace muchos, muchísimos años, dos siglos acaso, una pobre vivienda de indios situada en lo alto de la quebrada de Chaupi-Huaranga, frente por frente al grupo de peñas llamadas hoy de San Antonio. Ocupaban la choza, que se componía de dos habitaciones terrenas, un matrimonio joven y una vieja sirviente, que con respeto impropio de seres igualmente desgraciados obedecía y respetaba á sus amos.

Respetábanlos así mismo cuantos indios llegaban á la choza, y ninguno pasaba por delante de ella sin hincar la rodilla en señal de acatamiento, prueba más que fehaciente de que el joven matrimonio

descendía en línea recta de los venerados emperadores Incas.

María se llamaba la mujer y Antonio el marido; amábanse con ternura, y eran los dos creyentes fervorosos, como lo son todos los de su raza.

Idólatra por el culto católico el indio, va adonde la religión por boca de sus ministros le lleva, y nada más venerando para los hijos del Sol que las imágenes, tuertas ó derechas, feas ó bonitas, que adoran en sus churriguerescos templos.

Como quiera que visten á sus santos como mejor les parece, y lo mejor es aquello que más reluce, he visto un San Miguel con traje de bailarina, un José con casaca á la Federica y un San Juan con trusas y dalmática. Si fuese á describir los atavíos de algunas santas, necesitaría imprimir un volumen de doscientas páginas y me quedaría corta.

Antonio había comprado la imagen de su patrón para sorprender á María un día de Pascua era su guatamano, equivalente á nuestro aguinaldo.

¡Qué figura tan hermosa la del santo! María no se cansaba de mirarlo ni de dar gracias á su marido por tan rico presente.

¡Un San Antonio rubio, blanco y encarnado gracias á los chafarrinones de almazarrón con que le habían embadurnado las mejillas! ¡Con qué pulcritud abrieron una hornacina en los adobes de la renegrida pared! ¡Qué adorno más bello para la pobre choza!

Era muy hermosa la india: tenía los ojos grandes, grandísimos y expresivos; el cutis suave, como todas las mujeres incas, y de un trigueño claro, por lo cual corrían rumores de revoltijo entre una de sus bisabuelas y un apuesto jefe de los invasores.

cont1

LOS AMORES DE SAN ANTONIO (conclusión)

ink6EVA CANEL

Publicado originalmente en

La Ilustración Artística

Barcelona, 1 de diciembre de 1890. Núm 466

LOS AMORES DE SAN ANTONIO

Quebrada de Chaupihuaranga Pasco - Peru

Quebrada Chaupi-Huaranga

 

LOS AMORES DE SAN ANTONIO

Á mi querida prima Luisa Lacas

Nuestro querido amigo el rico minero catalán don Andrés Lloveras nos había invitado á pasar ocho días recorriendo la quebrada de Chaupi-Huaranga y á las diez de una mañana saltábamos ligeras como plumas tres intrépidas amazonas sobre nuestros hermosos caballos, sin temor al suelo ni al cielo. Los caminos con un metro de barro y las nubes amenazando chubascos, de aquellos que no se parecen á los chubascos de otras regiones, no nos infundían temor alguno. Íbamos pertrechadas: los ponchos de vicuña y las bufandas nos preservarían del frío; los ponchos de jebe ó impermeables de montaña, impedirían que nos llegase el agua á lo vivo.

A las doce estábamos almorzando en Paria, hacienda mineral de nuestro simpático acompañante y de su socio, otro buen compatriota, don Miguel Gallo. Después de almorzar opípara y alegremente y de pasear, entre los circos de amalgamación y los ingenios, cuyas ruedas girando sin cesar alrededor del cárcavo trituran el metal, y de enterarnos como buenas curiosas de todas las faenas del beneficio argentífero, proseguimos nuestro viaje tan alegres y revoltosas, que á nuestro galante anfitrión y compañero de paseo le sacamos en aquel viaje canas verdes.

Siete leguas largas de talle nos faltaban para llegar al término de nuestra primera excursión, y una hora escasa debían tardar las nubes en levantar las compuertas de los grandes acequiones que riegan la tierra.

íbamos á tomar temperamento, como allí se dice, á buscar clima templado, y con este pretexto nos trasladábamos del Cerro de Pasco á Visco, en donde poseía un verdadero nido, oculto entre montañas nuestro cariñoso taita Lloveras como le llamábamos con afecto profundísimo.

Cuidaba éste de nosotras con paternal solicitud, impidiéndonos diablear y separarnos del camino que nos trazaba á causa de las ocultas y muy hondas charcas extendidas por la pampa (llanura).

Trotábamos largo sobre mullida alfombra, traidora y encharcada, pues con apariencias de un verde seductor ocultaba pantanos en donde los caballos se hundían hasta los ijares.

La alfombra que con agrado nuestro pisaban los caballos, chapoteando el agua y mojándonos los ropones hasta empaparlos, veíase levantada á grandes trechos; y cuál no sería mi asombro al saber que aquellas que á mí me parecían casitas diseminadas por acá y por acullá, eran montones de la capa verde levantada por los indios, para una vez seca utilizarla como combustible.

El indio no aprovecha lo que le sobra, pero tampoco carece de lo que le falta.

Así, con la champa, como llama á la corteza de la tierra, suple la leña que no tiene; pero ni usa ni utiliza para sí la muchísima hulla que sobra en aquella región peruana, y que por falta de vías de comunicación no puede transportarse á la costa ni á los grandes centros.

Se acabó por fin el piso alfombrado, que más parecía extenderse cuanto más adelantábamos, y salimos de la puna (altura llana y fría), llegando á lo alto de la quebrada de Chaupi-Huaranga, á la bajada de San Antonio.

Las elevadas peñas que habíamos divisado dos leguas antes se nos presentaron admirables, bellas y semejantes á un centinela que guardase el paso de la quebrada y al cual había que rendir tributo de

miración antes de comenzar el descenso.

Veamos, nos dijo el taita Lloveras. ¿Que distinguen Vds. en el picacho más elevado de esas rocas?

Hicimos alto y nos volvimos todas ojos.

Virginia Ortiz de Villate y Corina Ariza, que así se llamaban mis lindas compañeras, respondieron que veían peñas de punto inglés. Y verdaderamente que parecía de encaje aquel grupito, vástago orográfico de los Andes, afiligranado por la crudeza de la intemperie y hermoseado por el transcurso de los siglos, que de modo tal habían calado y festoneado las imponentes rocas.

Fíjense Vds. bien, insistió nuestro caballero.

Nos dimos por vencidas después de mirar y remirar.

¿No ven Vds. un San Antonio con su niñito en brazos?

¡Oh poder de la imaginación!

Las peñas cambiaron de aspecto á nuestros ojos: ¡ya lo creo que lo veíamos! Pero ¡qué tontas! ¡No haber caído antes!… Pues si estaba tan claro… tan patentísimo…

Un San Antonio, sí, señor: con el niñito en el brazo izquierdo. ¡Y qué bien hecho! ¡Qué redondita la cabeza del rorro! ¡Qué admirablemente dibujada la del santo!… hasta los dedos se le distinguían… ¡A poco más hubiéramos podido apreciar el color de los ojos!

Acordamos llamarnos ciegas y bobas, y sabe Dios cuántas cosas más.

¿Qué quiere decir esto, taita?, preguntamos al señor Lloveras. ¿Se debe esa imagen á casualidad ó á humorada de un escultor anónimo?

Es un milagro, según la tradición cuenta.

¿Y sabe V. la tradición?

¡Ya lo creo!

¡Cuéntenosla V.!

¡Vaya, vaya, niñitas, niñitas! debemos apretar el paso: nos restan más de tres leguas de bajada y la tormenta ya ruge cercana: pongámonos los ponchos de agua para no hacer otra parada, y á picar duro, ¿eh?

Bueno; ¿pero nos contará V. el milagro cuando lleguemos á Visco?

Esta noche de sobremesa.

¡Adelante, pues!

Y salimos escapadas comenzando á bajar la quebrada, que á primera vista ya nos infundía admiración y asombro.

Ibamos en fila, pues apenas dos caballos podían emparejarse; á la derecha teníamos el precipicio, á la izquierda la montaña poblada de chozas, sembrada de maíz y papas (patatas) y semejante á un tablero de damas por sus cuadros simétricamente dibujados.

Aquellos terrenos no tienen dueño, son comunes, y todos los años reparten las autoridades la porción que á cada indio corresponde, según sus necesidades y número de familias (hijos). El cura se llama también á la parte; y como el juez que mide y adjudica suele ser un indio, dicho se está que los mejores terrenos son para el padre de almas, que por cierto suelen ser éstos para los feligreses peores que malos padrastros.

El cultivo tampoco cuesta nada al taita cora (padre cura); pues cuando quiere reunir los gratuitos jornaleros, manda tocar de cierta manera la campana de la iglesia, y los indios que oyen al oscurecer el aviso ya saben que han de presentarse voluntariamente en la mañanita del siguiente día.

¡Y pobre del que reacio se mostrase!

Al infierno iría de cabeza cuando se muriese ó tendría que dar al cura una cantidad no despreciable para la remisión de tan atroces penas, sin prejuicio de purgar preventivamente el desacato en la cárcel del pueblo ó soltar algunos pesos, aunque para reunirlos fuese preciso vender á su amigo más fiel, al borriquito.

Sorprendentes son los ejercicios de equilirio que el indio se ve obligado á hacer para sembrar aquellas tierras. Excuso decir que ni bestias ni arado pueden ocuparse en las faenas agrícolas de la quebrada; mas como el indio es ingenioso para cuanto le conviene, aunque sea indolente y flojo para el blanco, ha ideado una manera de hacer surcos, pesadísima, interminable y fatigosa, pero de buen resultado y única dadas las condiciones del terreno.

Calza la reja del arado en un palo largo y fuerte, dejando las orejas de la primera bastante salientes para poder enterrarla apretando con el pie izquierdo ó derecho, según la dirección; clava la reja, la hunde cuanto sus fuerzas le permiten y baja el mango echándose de pechos sobre él cuando el suelo está fuerte y sale la reja levantando la porción de tierra que inclina al lado conveniente, quedando así formado el surco tan hondo como sea menester.

Si un indio solo tuviese que cultivar mucho terreno de quebrada, seguramente pasaría el año arando y podría recoger el fruto primero sembrado, cuando terminase el último surco; pero como no tocan á grandes porciones de tierra, aprovechan el trabajo empleado.

No pudo soñar Virgilio para sus Geórgicas herramientas de labranza más primitivas ni raras que las usadas por el indio; y si bien es verdad que el padre didáctico de la agricultura se asombraría hoy, viendo arados de vapor, segadoras, trilladoras y demás instrumentos de utilidad y precisión, no es menos cierto que desecharía por rudimentarios los aperos que usan los descendientes de los Incas.

¡Y que les vayan con otros!

Mientras el taita Lloveras nos refería mil cosas respecto á usos y costumbres de aquellas gentes, caminaban nuestros caballos quebrada abajo y de veras que la tormenta nos alcanzaba.

En la opuesta ladera retumbaban los truenos, cuyo ruido venía de rechazo á estrellarse en nuestros oídos, descendiendo pausadamente por las ondulaciones y el cauce del río, cuya impetuosa corriente serpenteaba entre rocas y guijos con inusitada violencia.

Como los truenos tableteaban chocando encajonados en las estrechísimas gargantas de la aneróidea quebrada, empalmábanse el morir de uno y el apuntar de otro, infundiéndonos verdadero espanto.

Los relámpagos despedían vivísimo centelleo, y de vez en cuando hería nuestra retina el culebreo de una chispa que nos obligaba á cerrar los párpados apretándolos mucho.

Los caballos sacudían la cabeza moviendo nerviosamente las orejas, y resoplaban tascando el freno, que á duras penas contenía los ímpetus que la electricidad les comunicaba.

Fueron las nubes de plomizas tornándose negras, y la obscuridad nos impedía ya divisar la opuesta ladera, de vez en cuando iluminada por una centella que nos hacía lanzar gritos ahogados y miedosos.

Por fin las nubes se rasgaron comenzando á soltar cubas de agua sobre la tierra: aquello no era llover; era vaciar nieve líquida, y arrojar granizo con fuerza contra nuestras fisonomías, que no por muy embozadas dejaban de recibir alguna peladilla helada que nos hacía ver las estrellas.

¡Corramos para guarecernos en aquel chalet! Dijo nuestro cariñoso compañero.

¡No corramos, por Dios!, grité yo; los rayos persiguen á los cobardes; acortemos el paso.

Llegamos sin apresurarnos á lo que el taita con muy buena sombra, llamara chalet, y que no era sino una cabaña hecha de adobes, á la cual daba acceso un hueco tan menguadito que nos fué preciso entrar casi á gatas.

La primera operación se redujo á vestir las monturas con nuestros impermeables, pues que lo peor del caso hubiera sido que se mojasen, y cuando cada cual se hubo cuidado de lo más importante, que era su respectiva cabalgadura, nos apercibimos de los infinitos seres que se hacinaban en aquella choza.

Había frente á ésta unas peñas llenas de agujeros apenas perceptibles, en donde era fama que anidaban vizcachas en abundancia, especie de liebres pequeñas, de carne sabrosa, pero que repugna á muchos europeos, sin que se me alcance el porqué de la repugnancia.

cont1

LOS AMORES DE SAN ANTONIO (continuación)

EVA CANEL

 

Publicado originalmente en

La Ilustración Artística

Barcelona, 24 de noviembre de 1890. Núm 465

sep2

EL DRAGÓN EN LAS ASCUAS

dragon1b

EL DRAGÓN EN LAS ASCUAS

Peleábase reciamente en Navarra, en 1794, contra los franceses. Habían éstos ocupado el Baztan y amenazaban Pamplona y las Castillas; las fuerzas españolas, al mando del general Caro, habían tenido que ponerse á la defensiva.

Entre otras tropas tomaba parte en la campaña contra los republicanos un regimiento de dragones, distribuido en numerosos destacamentos A lo largo del Arga. Uno de esos destacamentos al mando de un teniente estaba acantonado en Puente la Reina.

El teniente era joven, guapo y emprendedor; en conquistas femeniles podía rivalizar con el Burlador de Sevilla, y habíanse rendido á sus bizarras prendas lo mismo las duquesas de la corte que las Dulcineas de los villorrios, por lo cual hubo de irritarle en alto grado la resistencia que opusiera á su amoroso asedio una preciosa casera de las cercanías de la villa antes nombrada, tanto más en cuanto la tal, cuyo nombre era Fermina, no contaba con más defensa que su innata virtud, por hallarse á la sazón ausente su marido, supónese que por dedicarse al negocio del contrabando.

Así transcurrieron cuatro meses hasta que, por fin, pareció ablandarse algo el corazón de la zahareña navarra, que era en verdad digna de ser adorada por cuantos de amadores de lo bello se preciaran, pues según cuentan las crónicas, ya que el autor no tuvo el honor de conocerla ni se conserva de ella ningún retrato, era de bien proporcionada estatura, con opulentísima cabellera castaño oscura, frente que semejaba á un cuarto de luna en su creciente, ojos garzos, la nariz algo incorrecta en sus líneas, pero con eso más bonita aun, labios que merecían compararse con el arco de Cupido y en cada comisura una especie de amoroso repliegue redondito que ejercía inexplicable atractivo; la piel de un blanco mate; el torso digno de la Venus de Médicis, pues aun no se había descubierto la de Milo; cintura esbelta, manos pequeñas y finas. El traje, si modesto, limpio y bien cortado; en la cabeza una peineta de desaforadas dimensiones, aunque harto necesaria para sujetar el abultado rodete de aquel pelo que, según parece, constituía una inocente vanidad de su propietaria.

No sabemos como fué, pero ello es que un anochecer de octubre hallábase la Fermina en la casería, departiendo en el zaguán con el gallardo militar, como si se despidieran tiernamente, cuando se oyó rumor de pasos que iban acercándose presurosamente hacia allí.

La casera se estremeció y con voz embargada por el espanto dijo al apuesto galancete:

—Ven, corre, escóndete ahí. ¡Es mi marido!

Algo se resistió el otro, pero la mujer, que era recia y forzuda, le metió casi á empujones en una reducida cuadra donde en otros tiempos se albergaba el jaco del casero, y cerró la puerta, metiéndose la llave en el bolsillo, á tiempo en que aparecía en el umbral del zaguán la silueta de un hombre. Fermina se adelantó entonces hacia él y se arrojó en sus brazos, recibiéndola el otro con marcada frialdad.

—¡Te vi venir desde arriba, Pablo!—exclamó la mujer.

—¿Estabas sola?—preguntó el hombre.

—Sí, sola. ¿Con quien quieres que estuviese?

—Como tienes aun la puerta abierta, y ya anochecido…

—Es verdad. Se me había olvidado. Pero hablemos de ti. ¿Cómo estás? ¿Te encuentras bien?

—Traigo mucho cansancio y mucho frío. Dame la llave de la cuadra; hay allí leña y paja y subiré alguna para encender fuego.

—¿La llave…? Pues… mira tú… desde hace dos ó tres semanas la perdí… Como no hacía falta no he mandado hacer otra.

—Déjalo entonces,—dijo el hombre;—pero tengo frío, y quiero calentarme.

Y cogiendo un hacha que había colgada de la pared del zaguán entre otros aperos de labranza, salió de la casa, y dirigiéndose hacia un olivo comenzó á descargar golpes contra el tronco, hasta que lo derribó, haciéndolo luego astillas y leños que entre él y su mujer fueron trasportando al zaguán.

El hombre con la mayor flema, subió al piso y se metió en un zaquizamí, donde dejó caer el montón de leña que llevaba en brazos.

—Anda por más,—dijo á su mujer.

Obedeció la mujer, y mientras estaba ausente, rompió á hachazos un corto espacio del pavimento, cayendo el cascajo en la cuadra donde estaba el teniente y formándose luego un regular agujero.

Al volver la mujer, pálida y temblorosa, con una brazada más de leña, exclamó sin poder ocultar su terror:

—¿Vas á encender fuego aquí? ¿Por qué no vamos á calentarnos junto al hogar?

—No; quiero calentarme aquí. Además hay aquí muchos bicharracos y con eso les achicharraremos, y sacándose del bolsillo pedernal y pajuelas, consiguió echar lumbre, arrimó luego á la pajuela un puñado de paja y en poco tiempo comenzó á arder la hoguera.

El casero, sentado, mientras su mujer, de pie detrás de él, se retorcía las manos con desesperación, comenzó con un palo á hacer caer brasas por el agujero.

De pronto oyóse un estornudo que procedía de la cuadra.

—Ya sabía yo que había bicharracos por aquí. Fermina,—dijo con la mayor tranquilidad.

Y levantándose, hizo caer por el agujero un montón de brasas encendidas, al mismo tiempo que se oían fuertes golpes contra la puerta de la cuadra.

La mujer, lanzando un grito, se lanzó por la escalera abajo, pero el hombre siguió tras ella y cogiéndola brutalmente la derribó en tierra.

Oíanse horribles gritos en la cuadra, voces de misericordia, hasta que, por fin, cesaron.

El casero hizo levantar entonces á su mujer y la llevó ante la puerta, que cayó al suelo, ardiendo.

—Mira el dragón,—exclamó señalando un informe bulto negro, que ardía entre la infernal hoguera.

Ha querido meterse aquí y ha ido á caer en las ascuas.

Fermina, loca de horror, cayó al suelo sin sentido; el casero la dejó allí, arrojó cubos de agua en el incendio hasta que quedó dominado, y volviendo luego al lado de la desdichada, que no había recobrado aun el conocimiento, la dio con el pie y murmuró:

—¡Bribona! Ahí te quedas.

Un momento después desaparecía Pablo, de quien es fama se embarcó para América, no volviéndose á saber de él.

sep2

Alfredo Opisso i Vinyas

Publicado originalmente en

IRIS

BARCELONA, 30 de septiembre de 1899. Num 21.

EL JURAMENTO

juramento1

EL JURAMENTO

Por fin, después de tantos años de lucha había conseguido Joaquín Baeza sujetar decididamente la rueda de la fortuna. Sus zarzuelas en un acto le hacían ganar muy buenos cuartos; los últimos trimestres había cobrado treinta mil reales.

Ya era rico, pues, y se podría casar. Queríale ella de una manera loca, y jamás hubiera pospuesto el instante del casorio al estado de fondos de Joaquín, pero la familia se había negado hasta que el futuro pudiera contar con una posición segura.

Enriqueta, que así se llamaba el ídolo del afortunado zarzuelista, contaba entonces veintiún años, cuatro menos que el novio. Pertenecía á una familia de hacendados de Jaén, que residían en Madrid, y tenían ciertas ínfulas aristocráticas por su parentesco con un marqués consorte, y por lo mismo no veían con buenos ojos que su pimpollo se casara con un chico del teatro. Sólo cuando éste alcanzó repetidos y fructuosos éxitos, se dignaron D. José Naranjo y su esposa D.ª Lucía cesar en su oposición.

El casamiento se fijó para el invierno próximo; comenzaba entonces el verano, y la niña necesitaba tomar baños de mar.

Fueron los Naranjos á San Sebastián, y allí se presentó también Joaquín Baeza, no precisamente á tomar baños sino á acompañar á su novia. Con todo, acabó por hacer como los demás, y se zambulló en el líquido elemento.

Al día siguiente experimentó algunos golpes de tos; un constipado. Fué llamado el médico.

Era éste joven, y gozaba reputación de muy inteligente. Al saber que tenía el honor de tomarle el pulso á D. Joaquín Baeza, el autor de Las camareras y de la famosa Mari-Blanca ó los aguadores de antaño y Sacristanes apicarados, el grande exitazo de la temporada, redobló al parecer su atención en el examen del paciente.

—Mi querido D. Joaquín,—acabó diciendo,—es preciso cuidar eso…

—¿Cómo? ¿Acaso estoy malo de veras?

—No… pero… hay que precaverse. No le conviene á usted tomar más baños de mar. Lo mejor sería que se llegara usted hasta Panticosa. Le probarían á usted mucho aquellas aguas.

¡A Panticosa! ¿Qué pensaba, pues, aquel mequetrefe?

Baeza se enfadó tanto que le envió recado de que no volviera, y envió á buscar á otro médico.

Este era viejo, y al parecer ignoraba que hubiera en el mundo Camareras y Mari-Blancas. La visita fué breve.

—Está usted amenazado de una tisis,—le dijo.—Hay que defenderse como se pueda; vida tranquila, quieta; buena alimentación; evitar los calores y los fríos excesivos. Si pudiera usted trasladarse á Málaga sería lo mejor.

Dejó una receta, se despidió secamente y dijo que en caso de novedad volviesen á llamarle.

Joaquín Baeza quedó aterrado. ¡Estaba tísico! ¡Estaba condenado á muerte! Todos sus sueños de ventura se habían disipado… Pero ¿y ella? Disimuló cuanto pudo, aunque sin poder ocultar su tristeza.

No volvió á tomar baños. La tos no cedía; se cansaba subiendo escaleras. Un día, poco antes de regresar á Madrid, echó por la boca algunos esputos de sangre.

—Bueno, bueno,—se dijo,

—Me quieren echar. Eso ha sido cosa de alguno de esos currinches á quienes he ahuyentado de las tablas. Se han vengado propinándome una tisis.

Ya en Madrid fué otro cantar. Los médicos de San Sebastián eran unas acémilas.

Envió á llamar á su amigo, Pepe Márquez, especialista en enfermedades del pecho. Se le echó á reír. Tan tísico estaba él como el Felipe III de la Plaza Mayor.

Baeza se puso loco de alegría, sólo que al día siguiente volvieron los esputos. Pepe Márquez dijo que aquello era su salvación.

Aumentó el cansancio; se fué el apetito. Vino otro médico, y declaró que la cosa no tenía compostura.

Decía que á él no le gustaba engañar á nadie. Ya en esto se había echado encima el otoño, con sus vendavales, sus variaciones y sus repentinas ráfagas de aire frío. Joaquín estaba perdido. Pidió una entrevista á Enriqueta, la primera que le pedía. Viéronse al anochecer, al salir ella de visita en casa de unas amigas.

—Enriqueta, yo me voy á morir pronto.

—¡Joaquín! ¡Por Dios! ¡No digas eso!

—¿Me quieres?

—¡Puedes dudarlo! ¡Hasta la muerte!

—Eso es lo que pretendo… Si muero ¿morirás conmigo?

—Te lo juro, Joaquín. No será ¡oh! no, no lo querrá Dios, pero el día que tú mueras, moriré yo!

—Gracias, Enriqueta. ¡Ya sabía yo que me dirías eso!

Al día siguiente, Joaquín se acostó, pues no podía ya tenerse en pie. Fueron á visitarle los Naranjos, y quedo, muy quedo, más con los ojos que con los labios, repitiéronse los amantes la promesa.

La enfermedad siguió un curso rápido. Enriqueta, una tarde, se presentó sola en casa de Joaquín.

No había en la habitación más que su criado; el enfermo lo alejó con un pretexto.

—Enriqueta,—murmuró,—¿te acuerdas de lo prometido?

-Sí.

—¿Me acompañarás en la muerte? ¡Lo quiero! ¿Oyes? ¡Lo quiero!—exclamó con los ojos brillantes por la fiebre, mientras la cogía fuertemente una mano con la suya abrasadora.

—Joaquín… no digas eso.

—Mira,—exclamó el enfermo, enseñándola un frasquito lleno de un polvo blanco.—Con tomar nada más que la mitad de lo que hay aquí morimos los dos rápidamente, sin sufrir. El médico me lo daba para quitarme los sudores y servirá para quitarnos la vida.

¡Morir! ¡Morir ella! ¡Tan joven, tan exuberante de salud, tan hermosa! ¿Qué exigía aquel hombre?

¿Qué pacto infernal quería llevar á cumplimiento?

—¡Oh! ¡No! ¡No! ¡Adiós!—exclamó Enriqueta poseída de un terror horrible; desprendiéndose violentamente de las manos de Joaquín, y abriendo la puerta precipitóse por las escaleras.

juramento3

Saltó del lecho Joaquín, loco de ira, y cayó al suelo en cuanto dio dos pasos muerto.

Alfredo Opisso i Vinyas

Publicado originalmente en

IRIS

BARCELONA, 26 de agosto de 1899

sep8