PENUMBRA

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PENUMBRA

¡Qué horror! ¡Qué oscuridad! En el Poniente

Hundid el pasado su esplendor de grana,

Y en sombra el alma busca en el Oriente

La luz del porvenir y aún no presiente

El claro alborear de la mañana.

Ni una luz en la noche centellea;

Tan sólo, en yago albor, rayos inciertos

Lanza á veces el fuego de una idea

Que, con funesta claridad, ondea

Sobre las tumbas de ideales muertos.

Quedó de los antiguos campeones

La hueca cavidad de una armadura,

Resto que arrojan cien generaciones,

Como el mar, en hirvientes convulsiones,

Del muerto caracol la vestidura.

Arrastrando los timbres señoriales

Rodó la alta cornisa por el suelo,

Y, como inmensas tumbas ojivales

Donde yacen antiguos ideales,

Góticas torres suben hacia el cielo.

La catedral sobrevió al creyente;

Mas si muerta la fe del alma queda,

¿Qué es el templo que al cielo alza la frente?

Armadura sin cuerpo que la aliente,

Concha sin vida que en la,playa rueda.

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¡Qué oscuridad! ¡Que horror! Sin fé ni guía

Caminar á los tibios arreboles

Que un alba vierte y que un ocaso envía,

Y en esta confusión de noche y día

Morir de sombra y frío entre dos soles.

Sentir dentro del alma el sacro anhelo

De un infinito, que persigue en vano,

Y lanzarse á las sombras de aquel cielo

Como el ave que va perdido el vuelo,

Como el nauta que rueda al Océano.

Sumergirse y volar: sentir que asciende

La sombra como asciende la marea;

Y subiendo, á la luz que el alba enciende,

Adelantarse, y ver como se extiende

Por el espacio azul la nueva idea.

Y al vértigo que causan las alturas,

Vacilar y caer, y en el vacío

Rodando, sumergirse en las negruras

De un hondo mar de excépticas tristuras

Que envuelve al corazón en sombra y frío.

Espantoso luchar, rudo combate.

De sombra y luz y de esperanza y pena;

Sólo la sacra inspiración del vate

Diera forma al horror que oculto late

Dentro de mí y el alma me envenena.

¡Formas! ¡Ay! Del ocaso en los fulgores

Contemplo á Atenas y su genio austero

Que inspira á Esquilo trágicos horrores,

A Anacreón la dicha en los amores

Y las hazañas bélicas á Homero.

Y unido á aquel fulgor agonizante

Miró también hundirse en el ocaso

La virgen á la par de la bacante.

Con el deísta Hesíodo, el triste Dante,

Y con Píndaro altivo, el tierno Tasso.

Los moldes rotos, la conciencia humana

¿Qué formas podrá dar al sentimiento

Si se agotó la inspiración pagana…

Y sólo queda de la fé cristiana

Las ruinas de un glorioso monumento?

Para cantar la angustia que me aqueja

¿Qué formas ¡ay! encontrará mi mente

Si ese, arte que en ocaso se refleja,

Es como el hueco caracol que deja

En la arenosa playa el mar hirviente?

Mas ¿qué importa que no halle en el concierto

De mi quejas, el ritmo y el encanto

De las formas de un arte que ya ha muerto?

Para verter las lágrimas que vierto

Me basta con sentir y tener llanto.

RICARDO BLANCO ASENJO

De su libro de poesías y poemas: PENUMBRA (1881)

IMPRENTA DE FERNANDO CAO Y DOMINGO DE VAL

EL CARNAVAL DE BUENOS AIRES

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EL CARNAVAL DE BUENOS AIRES

El Carnaval, ese vértigo de la vida, esa suspensión del juicio, esa corriente bulliciosa de las pasiones, ante la cual se levanta el telón del escenario humano, tiene en la capital de la República Argentina una fisonomía especial.

El Carnaval de allí, sin parecerse á ninguno en su conjunto, tiene algo del de muchos países en sus detalles.

Se refleja en él el cosmopolitismo de aquella hermosa tierra que baña el Plata con sus aguas.

Días antes, los principales círculos y las casas de la primera sociedad porteña, que están en lo que llamarían rúa los catalanes y coso los romanos, preparan sus salones, los engalanan convenientemente, y encargan de antemano á las confiterías del Gas ó del Águila pastas, dulces, fiambres y ricas botellas de licores y vinos, como días antes también el Municipio se cuida de las instalaciones de gas y banderas, en las calles más principales.

El aspecto que presenta la hermosa calle de la Florida en las tres noches de Carnaval, no puede ser más bello.

Multitud de arcos de gas que van de lo alto de las casas de una á otra acera, forman un verdadero túnel de luces, sobre el que ondea gran número de banderas de todos los países del mundo.

Pasan por bajo ellas las comparsas, ya á pié, ya á caballo, ya en carros, ya en coches, que celebran el reinado de la locura, el imperio de la careta, la época en que se rinde más culto al dios Momo.

Es de admirar las bellas cabalgatas que cruzan el coso.

Tiempo hubo en que rivalizaron éstas con las muy célebres de Roma, en donde goza fama de presentarse el Carnaval con mayor brillantez que en ninguna parte, sin olvidar por esto á Barcelona, el país del arte y del buen gusto en España, allí donde transitan por la rúa, ya grupos de máscaras con trajes de un perfecto rigorismo histórico, ya cabalgatas de asuntos en que campea la inspiración del artista, y cuyos vistosos trajes son dignos de las figuras de cualquier cuadro de una obra de espectáculo ó cuento de Las Mil y una noches.

Pero sobre todo esto imperan los bailes de Carnaval en Buenos-Aires, la great attraction de la temporada carnavalesca, desde los públicos, verdadero desbordamiento de máscaras ellas, de baja estofa, hasta el club del Progreso, rendez-vous de la más alta crême de la aristocracia.

El club del Progreso se convierte durante los bailes de Carnaval en un verdadero Paraíso lleno de Evas distinguidísimas, no menos tentadoras que la primera de su sexo que apareció en el mundo.

La mujer argentina que pisa los salones del primer club de Buenos-Aires reúne á la tentación de sus encantos físicos, que se traslucen á través de su antifaz, su educación esmerada, el espiritualismo de sus frases, lo vivo de su imaginación y su buen talento.

En esos días tiene completa libertad en la elección de parejas.

Así es la costumbre, que se conserva muy á gusto de los dos sexos.

La porteña, que así se llama la hija de Buenos-Aires, es por extremo interesante en los bailes de Carnaval, sin las trabas del rigorismo de la sociedad argentina, en donde las muchachas apenas si pueden sostener con un joven esas vivas bromas en que se luce la discreción y la espontaneidad de la frase.

Por algún tiempo creí que la mujer argentina no participaba de la imaginación y el sentimiento de las demás americanas; pero en los bailes de Carnaval del club del Progreso y el Argentino pude convencerme de lo contrario.

Es la porteña, sin disputa alguna, una mujer ideal cuyo corazón palpita á los impulsos del amor con igual ímpetu que el de la cubana, la uruguaya, la chilena y la limeña, esa hermosa hija de la capital del Perú, cuya belleza se ha hecho célebre y cuyos chispeantes y rasgados ojos, semiocultos por el ropaje que usa, lanza sus rayos, hiriendo las pupilas del que levanta los ojos para mirarla.

El Carnaval en Buenos-Aires presenta al extranjero una novedad, reminiscencia de antiguas costumbres importadas allí por la madre patria: ¡Los pomos!

Los pomos son los que dan carácter al Carnaval porteño.

Un mes antes empiezan á llegar á Buenos-Aires gran cantidad de ellos, y otros se fabrican en la misma República Argentina.

Esos pomos, á semejanza de los que tienen los pintores para contener las pinturas ó los aceites de que se sirven, tienen aguas de olor, y apretados por el vórtice lanzan un chorro que va á parar con fuerza á larga distancia.

Los hay de varios tamaños y precios, y se considera muy desgraciado el que no compra siquiera cuatro ó cinco docenas de pomos para jugar.

El juego es de lo más fresco y retozón que puede darse.

Se juega con las niñas, es decir, con las pollas, que lanzan los chorros de sus pomos sobre el que pasa bajo sus balcones ó al lado de sus ventanas ó penetra en sus casas, y aquí entra la lucha, vamos al decir, el juego de los pomos.

No hay camisa, ni ropa, ni cara, ni nada que resista á aquella lluvia de agua de olor en medio de la algazara y de la risa de los combatientes y de los espectadores pacíficos, si por acaso los hay.

Algunos transeúntes tranquilos que no están para juegos, se ven precisados, si tienen que atravesar las calles de Buenos-Aires, á ir provistos de buenos impermeables para resistir el chubasco.

Los comerciantes y rematadores de la ciudad hacen su agosto en esos días, ó, mejor dicho, en esa época del año en que por fortuna el calor hace hasta cierto punto agradable el remojo, porque dicho se está que, hallándose cambiadas las estaciones en el Sud-América, el mes de Carnaval es uno de los más calurosos.

En la mayor parte de los establecimientos de Buenos-Aires se hacen remates de pomos, y apenas si se pasa por una tienda cuyos escaparates no estén llenos de ellos, y desde los cuales no se escuche la voz estentórea del rematador y el golpe del martillo.

Excusado es decir que la gente menuda no es la que menos compra pomos y acosa á sus familias para que le den plata (dinero), á fin de comprar uno de los más característicos emblemas del Carnaval.

En el último año, á pesar de los bandos severos de la autoridad, empezó á iniciarse una añeja costumbre; la de echar cubos de agua desde las azoteas y balcones á los transeúntes, lo que dio margen á varias cuestiones y á las reyertas consiguientes, habiendo tenido que lamentarse algunas desgracias.

También se arrojaban bolas grandes de una goma muy fina, que al dar contra la cabeza del transeúnte sobre quien eran asestadas, lo llenaban del agua que contenían.

¡Aquello era la mar!

La mar casi en todas las acepciones de la palabra, porque en las calles había agua por todas partes.

Verdad que la usanza fué importada de España, si bien hace ya muchos años, desde principios de este siglo ó fines ya del pasado, que ha desaparecido de entre nosotros, y sólo existe en algún pueblo de Andalucía y de otras provincias, no ya el empleo del agua para darle un bromazo al que pasa tranquilamente por la vía pública, sino el saquillo que, relleno de trapos por dentro y muy engalanado por fuera con cintas y cascabeles, se dispara contra el sombrero del que va por la calle, para tener el gusto de verle descubierto al aire libre contra su voluntad.

Pero es lo cierto que el Carnaval en Buenos-Aires, á pesar de sus pomos y sus cubos de agua, es animado por extremo y deleita sobremanera.

Presenta la ciudad un aspecto muy especial de movimiento y de alegría.

A los carros que durante el año cruzan de un punto á otro de la capital de Buenos-Aires trasportando de la aduana á los depósitos comerciales los productos de la industria de todo el mundo, suceden los carruajes llevando hermosas damas ricamente vestidas y comparsas de lujo; al silencio que desde el cierre de las tiendas á las diez de la noche reina en la capital argentina, sucede el bullicio que promueven las máscaras al ir á los bailes ó transitar por el coso: todo se cambia por completo, y la ciudad dedicada al comercio desde por la mañana hasta la noche, la esencialmente mercantil Buenos-Aires, parece en aquellos días el París que se divierte, de América, los Campos Elíseos, la Mi-Carême de la capital de Francia.

Pasada la semana del Carnaval, Buenos-Aires recobra nuevamente su aspecto severo, y nadie puede sospechar siquiera, al transitar por sus calles, que el día anterior era todo holganza, carcajadas y baile, y que los cascabeles del dios Momo repercutían por los mismos sitios en donde se alzan la Bolsa, los Bancos y la Aduana, y bullen centenares de hombres que se dedican con afán al negocio.

Quedan únicamente en los salones el perfume de alguna flor que yace en tierra, desprendida del tocado de una mujer; alguna cinta de un vestido; algún pedazo de raso de seda ó de tul; quizá un guante finísimo que ajustara una mano pequeña, suave, contorneada en el molde de otra Venus de Milo; la esencia desprendida de un pañuelo llevado á los labios de rosa de alguna dama; el antifaz que al contacto de la luz de su dueña pareciese resplandecer y brillar en medio de la alfombra, como si fuera la negra tela de la careta tisú de oro; el eco apenas perceptible de un vals de Strauss ó de una polka de Farhbach; las últimas estrofas de un idilio; la huella del placer; la sombra de la dicha de unas cuantas horas.

Eso tan sólo resta del Carnaval en Buenos-Aires; el recuerdo de un sueño de unos días.

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PEDRO SAÑUDO AUTRAN

Publicado en su obra

NARRACIONES ESPAÑOLAS Y AMERICANAS, 1886

Segunda parte.

Narraciones y artículos.

ANTE UNA CRUZ

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ANTE UNA CRUZ

Cerca de Córdoba, en los alrededores de la ciudad de la Mezquita, que por espacio de tanto tiempo fué corte y residencia de reyes moros, se levanta una cruz de hierro sobre unas toscas piedras que la circundan.

El sitio es poco frecuentado.

No muy lejos de allí hay un camino vecinal por el que transitan día y noche los labradores cordobeses y los traficantes de la ciudad.

Aquel sitio tiene algo de melancólico y de poético.

Corpulentos árboles dejan caer sus espesas y largas hojas sobre el lugar de la cruz, que pregona una historia de amor de esas que hubiese cantado algún trovador si como yo la hubiera escuchado de labios de algún campesino, ó la hubiera encontrado escrita en algún pergamino.

En los famosos tiempos de la Reconquista, en que tanto abundaban las leyendas, las tradiciones y los hechos caballerescos, eran harto comunes los idilios de amor y las narraciones semifantásticas envueltas en el misterio de la noche.

aviEra la época en que los caballeros españoles peleaban por su patria, su Dios y su dama, y hervía en sus pechos la sangre de los grandes guerreros ardiendo con la potente llama del amor.

Moros y cristianos luchaban con igual entereza, disputando aquéllos el terreno que conquistaron y apoderándose éstos, poco á poco, del suelo de sus padres, ahora en poder de enemiga y extraña raza, de carácter, tendencias, religión ó idioma distintos.

La lucha era muy ruda y los alientos de los combatientes muy grandes.

Por entonces contaba el ejército que luchaba contra los moros cordobeses con un apuesto caballero, joven, de buen talante, diestro en las armas, de varonil y hermoso rostro, barba cerrada y discreta lengua.

Don Alonso Fernández era tipo acabado y perfecto del galanteador y del soldado distinguido y de corazón. Tanto lo era, que consiguió rendir una hermosura de esas que las calenturientas imaginaciones de los árabes colocan entre las huríes del Profeta, y los cristianos entre los ángeles del cielo.

Zaida era el colmo de la belleza, la Venus mortal, la encarnación de las fantasías árabes.

Blanca su cara como el turbante que rodeaba su cabeza, negros sus ojos como el sedoso cabello que en largas trenzas le llegaba hasta la cintura, era el bello contraste de la luz y la sombra, de la nieve y el ébano.

Se la admiraba como una obra de arte, se la amaba como una perfección y se la adoraba como una virgen.

¡Qué mucho que al verla Fernández, tras una de las ojivales ventanas de su castillo, se enloqueciera de amor por ella, y qué mucho también que la figura del gallardo cristiano quedase por siempre grabada en las pupilas de la hermosa mora!

Con exposición de su vida, á fuerza de dinero y de audacia, D. Alonso logró ponerse en comunicación con su amada, cuyo padre, ocupado en Córdoba en los preparativos de la defensa, se hallaba tiempo hacia separado de su hija, encomendada al cuidado de sus antiguos servidores.

Zaida pertenecía á la familia del mismísimo rey que mandaba en Córdoba, y su padre, como pariente y como soldado, como deudo y como uno de los más principales y denodados caudillos del ejército moro, tenía que dedicarse á las tareas que le alejaban de su castillo.

Don Alonso había conseguido que Zaida acudiese á sus citas, acompañada de una fiel esclava.

La noche cubría á los enamorados con su manto de estrellas, y diciéndose sus amores les sorprendían las primeras luces de la mañana.

En una de aquellas claras y esplendentes noches de Andalucía, de esas que cantan de manera tan elocuente el poema de ese país de dulzuras y de perfumes, D. Alonso entró en una capilla cristiana próxima á Córdoba llevando del brazo una mujer, cuyo rostro cubría un espeso velo.

El sacerdote echó el agua de la pila bautismal sobre aquella tapada, que había sido de antemano instruida en la nueva religión que abrazaba.

La tapada cayó de rodillas ante la cruz que se alzaba en el modesto altar de la capilla, y al jurarle un amor eterno á D. Alonso Fernandez, rezó por primera vez en su vida al Dios verdadero.

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Los sucesos se precipitaron.

Las armas cristianas dieron un golpe certero á las árabes.

Lo mejor del ejército moro tuvo que replegarse á Córdoba.

Se intentó hacer una nueva salida y dar una batalla á los cristianos.

El padre de Zaida reanimó el decaído espíritu de los soldados del rey moro. Era un guerrero valeroso á quien aguijoneaban los contratiempos de la guerra en vez de desalentarle y condenarle á la inercia.

Fué de un lado para otro, invocó las antiguas glorias de los hijos de África, arengó las tropas y llevó á ellas la esperanza de la rehabilitación y del triunfo.

El adalid árabe vio coronada su obra por el éxito más feliz. Los soldados ardían en deseos de lanzarse de nuevo á la lucha y reconquistar el terreno perdido. Se encontraban en las mejores condiciones para combatir. Habían sentido en sus pechos la sagrada llama del entusiasmo y se hallaban fortalecidos y dispuestos á todo.

A la primera señal de su jefe se lanzarían como leones del desierto sobre sus valerosos enemigos, y así sucedió.

Empezó la lucha.

El ataque de los moros fué rudo. Era una verdadera avalancha.

El ejército moro parecía un rio desbordado de su cauce, que arrolla cuanto encuentra á su paso.

Las mallas de los cristianos no podían resistir al empuje de las lanzas árabes, cuyas puntas lograban penetrar hasta el corazón.

Hubo un momento en que los animosos cristianos vacilaron á pesar de su nunca desmentido valor. Les pareció el desastre inevitable.

Una pequeña fuerza que se había quedado atrás de reserva entró en la batalla con alientos sobrenaturales. Cada hombre era una fiera que hacía presa y destrozaba con sus garras al primer moro que encontraba.

moros1El ejemplo de aquella fuerza animó á la restante que, maltrecha, tal vez pensaba en la retirada, tal vez en una horrible y segura muerte, y acometieron con nuevos bríos al enemigo que, fatigado y debilitado por el extraordinario esfuerzo que había hecho, procuraba en vano hacer frente á las tropas cristianas.

La compañía de reserva que de tal manera se había distinguido y había hecho cambiar la faz del combate iba mandada por un bizarro caballero que, á la cabeza de su fuerza y dando ejemplo de valor heroico, esgrimía su espada, que echaba chispas al deslizarse sobre los cascos de los árabes al abrir brecha en sus cotas de acero, tiñendo al mismo tiempo de sangre sus blanquísimos alquiceles.

Un jefe moro que trataba, aunque sin conseguirlo, de reunir las dispersas fuerzas de su mando, se encontró frente del capitán de la compañía de reserva.

Ambos se arremetieron con furia. La lucha fué espantosa. El moro rodó al fin en tierra bañado en sangre.

Había caído para no volver á levantarse nunca.

Se había introducido en la línea de los cristianos y su cuerpo quedó allí sin que pudiesen recogerlo sus soldados, que al verlo caer acabaron por entregarse á la fuga perseguidos de cerca por los cristianos.

Se hizo de noche. Los cristianos volvieron al campamento.

Don Alonso se encaminó hacia el sitio en que le hablaba siempre á Zaida.

La luna bañaba con su luz de plata aquellos campos, teatro de la horrible batalla de aquel día y regados con la sangre de tantos valientes.

Al dar vuelta á un recodo que formaba el camino, un grito horrible, que espiró en la garganta de una mujer, se dejó oír en medio del profundo silencio.

¡Padre mió!—-balbuceó la voz.

Fernández creyó reconocer aquel acento desgarrador y dirigióse apresuradamente hacia el sitio de donde salia.

A la luz del astro que ilumina la noche vio una mujer hermosa, con la rigidez de la muerte y el calor aún de la vida, cuyo corazón había dejado en aquel momento de palpitar. La había asesinado el dolor.

La mujer era Zaida. El cadáver sobre el cual había caído, y á quien había llamado su padre, era el jefe moro muerto por D. Alonso.

El caballero cristiano estuvo á punto de perder la razón y de hacer compañía á los dos cadáveres que yacían á sus pies.

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El que después de este drama pasó por aquel sitio, vio siempre por la noche á un guerrero cristiano que rezaba y lloraba amargamente ante una cruz de hierro y postrado horas enteras de rodillas.

Un año más tarde un grupo de soldados llevaba en hombros el cadáver de un joven oficial que había muerto como un héroe en un combate contra los moros, y había dispuesto antes de espirar que lo enterrasen en el sitio en que

se hallaba la cruz de hierro. Era D. Alonso Fernández, el mismo que rezaba y lloraba todas las noches ante aquel sacrosanto signo de Redención.

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PEDRO SAÑUDO AUTRAN

Publicado en su obra

NARRACIONES ESPAÑOLAS Y AMERICANAS, 1886

Segunda parte.

Narraciones y artículos.

EL ZORTZICO

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EL ZORTZICO

Es el canto sentido, enérgico y expresivo de un pueblo viril que, como el aragonés y el catalán, conserva en toda su pureza sus costumbres, su carácter, su fe, sus convicciones; de un pueblo entusiasta, para el que siempre tendrá la historia páginas en su elogio que llenar y la música valioso concurso que la enaltezca, enriqueciéndose con voces como la de Gayarre, que aplaude el mundo entero con frenesí.

El zortzico que cantan los vascos es el ¡ay! que lanzan naturalmente de sus almas, de sus levantados espíritus, prontos para acometer empresas de valor y de abnegación por sus fueros, su patria, su religión y sus hogares.

El zortzico es algo así como el poema de sus montañas, el de su independencia, la nota alegre de sus placeres y el desahogo de sus penas; en él cantan sus risas y sus lágrimas, las que, pugnando por salírseles á los ojos, logran al menos escaparse por sus gargantas.

Como la mayor parte de los cantos del pueblo—si no todos,—las variantes del zortzico son muchas.

Los músicos han compuesto varios, casi distintos, y á fe que con las grandes variaciones que se introducen en ellos pierden todo el encanto de aquellas notas que se escuchan en las montañas, aldeas y campos de las provincias vascas al sonido del tamboril, que, como la gaita en Galicia, la guitarra en Andalucía y la bandurria en Aragón, la Rioja y Navarra, acompaña los cantos de los hijos del pueblo.

Y en Somorrostro, en las Amezcuas, en San Sebastián, en Bilbao , en los alrededores de Durango y de Estella, en donde á cada instante parece que aún se escucha el estampido del cañón ó el nutrido y continuado fuego de fusilería, esos terribles ecos pregoneros de destrucciones y de muertes, en esos sitios se confunden al par las notas del zortzico, prolongadas algunas, vibrantes otras, agudísimas y sentidas todas, con su tanto de expresión melancólica, con su mucho de melodía conmovedora, que á las veces dice, repite y recuerda una historia de amor ó de heroísmo, cuyo desenlace revistió caracteres terribles, verdaderamente espantosos, en la última guerra civil, que llora todavía la industria, el comercio y la agricultura española, como lloró con lágrimas de sangre la primera de siete años, de triste celebridad en nuestra patria.

Nada más bello ni más poético en los tiempos de paz, al retirarse el labrador de las faenas del día cuando se aleja el sol para dar luz y fuego á otro hemisferio y aparece la luna en el horizonte bañando con su pálida y argentina lumbre lo alto de las montañas, los campanarios de las iglesias, las copas de los árboles, acaso algún riachuelo de las provincias vascas, en la soledad de los campos, allí donde todo es silencio, de tanto y más contraste cuanto que ayer atormentaba aún nuestros oídos el pavoroso estruendo de la guerra; nada más verdaderamente encantador y deleitable que escuchar un zortzico á una larga distancia, primero como un rumor de muchas armonías, cerca después, y perceptible y distinto, como un grito del corazón mezclado en el alma.

Es preciso ser de hielo ó de mármol tan frío como las nieves del Pirineo ó los desiertos de la Siberia para no estremecerse y trasportar su espíritu á los mundos del sentimiento y de lo ideal, á los sueños arrullados por la cadencia de la estrofa y del ritmo, oyendo un zortzico al entrar la noche en los bellísimos paisajes que la naturaleza ofrece en las provincias vascas, llenas de vida, de calor, de frescura, de una entonación vigorosa y espléndida.

¡El zortzico! ¡El zortzico! ¡Quién pudiera robar sus melodías, trasladarlas aquí y cantar su excelencia en estas páginas!

¿Qué más puede decirse del zortzico?

Es el canto del Norte de España con todo el fuego y la dulzura de los cantos del Mediodía.

PEDRO SAÑUDO AUTRAN

NARRACIONES ESPAÑOLAS Y AMERICANAS, 1886

Caricaturas.-EL AMOR

Luis Taboada

dibujos

de

Ángel Pons

Madrid

Manuel F. Lasanta

Editor

Calle de Mesón de Paños, 8

1892

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EL AMOR

(EPISODIO DE LA VIDA DE UN JOVEN SOLTERO)

Laura y yo nos amábamos, con permiso de la mamá, que parecía un guardia civil.

—Canseco—me había dicho ésta.—Mi niña es un ángel. Usted parece una persona de buenos sentimientos, aunque flaca; procure usted reponerse, y á ver si se casan ustedes pronto, porque á las chicas solteras no les convienen las relaciones largas.

—Señora—contesté yo:—esto de la delgadez es cosa de familia. Mi papá, que en paz descanse, parecía una bayoneta; pero estaba muy sano por dentro.

—De todos modos, á mi niña lo que le conviene es casarse.

Era Laura un ser excepcional, todo delicadeza, todo amor y ternura. Detestaba el bacalao; aborrecía las carnes y execraba las féculas. Su único alimento lo constituían las legumbres y una que otra yema de coco.

—¿Me amas mucho?—me preguntaba frecuentemente.

—Más que el cefirillo á la flor; más que la brisa á la fronda; más que el pájaro parlero á la rama en que ha nacido,—contestaba yo poseído de la mayor ternura.

Porque Laura era una joven poética, aunque tenía picado uno de los dientes de abajo.

¡Qué delicadeza de sentimientos! ¡Qué imaginación la suya! Amaba lo bello, donde quiera que existiese, y yo, que la obedecía en todo, había llegado hasta afeitarme el cogote, porque la enojaba la presencia de aquellos pelillos hoscos.

—Algunas veces la encontraba triste, con los ojos preñados de lágrimas y los brazos tendidos á lo largo del cuerpo.

—¿Qué tienes, bien mío?—la decía.

—¡Ay!—contestaba ella lanzando un suspiro hondo y prologando.

Entonces, doña Eduvigis, la mamá de mi dulce dueño, me llamaba aparte para decirme:

—Laura ha pasado una noche horrible.

—¿Por qué?

—Porque ha sabido que duerme usted con calcetines de lana.

—No lo puedo remediar, señora.

—Pues bien, mi hija no podrá dar su mano á un hombre que se entrega á esos procedimientos prosaicos.

—No es prosa, es abrigo.

—Basta, Canseco; ó prescinde usted de estas prácticas groseras, ó renuncia á la mano de Laurita.

¡Bien sabe Dios cuántos fueron los sacrificios que he tenido que hacer para conservar el amor de aquella joven, á quien amaba como un loco!

Leoncio, no fumes, me decía.

—Leoncio, no tengas destilación nasal.

—Leoncio, evita el sudor, ó todo ha concluido entre nosotros.

Quería que mi cuerpo fuese un ramo de perfumadas flores; y más de una vez, cogiéndome por la muñeca, exclamaba con la voz trémula y el semblante enrojecido por la indignación:

—Si supiese que usabas elástica de franela, sería capaz de todo: ¡hasta del crimen!

Una vez supo que me había untado con sebo la nariz para curar un resfriado, y al día siguiente quiso romper nuestras relaciones y darme con una palmatoria en la cabeza.

—Eres un monstruo de grosería—gritaba.

Sí, Canseco, es usted un monstruo—añadía la madre—Y todas estas cosas van á acabar con la salud de la niña.

Aquella existencia, llena de azares, no podía durar.

Por otra parte, á casa de doña Edivigis iba de visita un sujeto simpático y soez que había estado en Cuba veinte años al frente de un almacén de tasajo, y no se le había quitado el olor á carne salada.

El tal sujeto quería meterse en todo, y siempre me estaba preguntando de qué comía y por qué no trabajaba.

—¿Quiere usted dejarme en paz?—decía yo.

—Aquí en la península son ustedes unos holgazanes—replicaba él.—Yo, en Cuba, he hecho mi dinero á fuerza de puños y de sudor. Aquí no hay más que pillos.

—¿Se quiere usted callar?

—Lo único que saben ustedes es hacer cucamonas á las muchachas y hablarles de poesía y de necedades que no sirven para echar al puchero.

—¡Calle usted por Dios, don Cipriano!—decía Laura—Usted no es capaz de comprender lo que encierra un corazón cuando ama.

—Yo lo que sé, es que sin dinero no hay más que miserias.

Aquel hombre se me había sentado en la boca del estómago, pero doña Eduvigis le agasajaba y no permitía que le ofendiéramos en lo más mínimo.

—Es un poco ordinario, pero tiene mucho despejo natural—decía.—Ahora va á abrir una casa de préstamos sobre ropas y alhajas. Si no tuviera despejo, ¿cree usted que se hubiese decidido á semejante cosa?

Laura seguía atormentándome con su conducta poética.

—Leocio, ¿sudas?

—¡Jamás!

—Leoncio, ¿tienes sabañones?

—¡Antes la muerte!

—Leoncio, ¿es verdad que usas tirantes?

—Se me calumnia, Laura mía.

Una noche fui á ver á mi amada, y, según costumbre, doña Eduvigis me recibió en el pasillo de mal talante.

—¿Á donde va usted?—me preguntó.

—Al gabinete—contesté con la mayor naturalidad.

—¡Nunca!—dijo ella.

—¿Por qué?

—Laura está siendo víctima de un ataque de nervios. Usted la mata, Canseco.

—¿Yo?

—Ha sabido que es usted aficionado á las sopas de ajo.

—¿Y qué?

—Que mi hija no puede soportar tanta prosa, y quiere que las relaciones de ustedes concluyan para siempre.

—¡Cielos!

—Aquí tiene usted sus cartas.

Yo me apoyé en los muebles para no desplomarme sobre doña Eduvigis.

Y salí de aquella casa con el corazón destrozado.

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II

Un año después, caminaba á la ventura por las calles de la villa en busca de un amigo que me proporcionase los recursos necesarios para comprar un revólver.

Quería acabar con mi existencia. Desde que Laura había puesto mi corazón de patitas en la calle, la felicidad me negaba sus dones.

—¿Qué habrá sido de ella?—iba diciendo entre mí.—Tal vez á estas horas, comprendiendo que el mundo es todo prosa vil, haya buscado en las soledades del claustro la dulce poesía que ambicionaba su mente soñadora ó quizás viva en un bosque, arrullada por el gojeo de las avecillas… No; no puedo vivir bajo la presión de su recuerdo… ¿Por qué no he nacido espiritual como una sílfide? ¿Por qué me habrán gustado á mí las sopas de ajo?

Ningún amigo me facilitó el dinero necesario para adquirir el arma suicida.

—Acabemos de una vez—me dije con resolución.—Empeñaré la capa, puesto que para nada la necesito, y, con su producto, adquiriré el revólver que ha de poner fin á tanto sufriento.

Y entré resueltamente en una casa de préstamos.

—¿Quién despacha aquí?—dije, golpeando el mostrador con los nudillos.

Un hombre se presentó á mi vista. Más que un hombre, parecía un oso; tal era su fealdad y la abundancia de pelos que cubrían su rostro.

Di un grito de sorpresa, porque acababa de reconocer en aquel sujeto horrible á don Cipriano, el amigo de doña Eduvigis.

—¡Laura!—gritó el muy salvaje, sin fijar en mí la atención.—Deja la escoba y ven á despachar.

Una mujer desgreñada y sucia apareció detrás del mostrador. Venía envuelta en una especie de bata desteñida; al andar dejaba ver unas zapatillas deteriodadas dentro de las cuales ocultaba á intervalos los pies, mal cubiertos por unas medias azules llenas de puntos.

—¡Leoncio!—exclamó al verme.

—¡Laura!—dije yo, creyéndome víctima de una pesadilla horrorosa…

Y embozándome hasta los ojos, salí de la casa de préstamos, convencido de que el hombre que se suicida por amor es un solemne majadero.

Luis Taboada

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El cuento de año nuevo.

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Por Cristo Nuestro Señor que comenzaba de perlas el año… Noche más triste, obscura y helada no pudo soñarse: la nieve caía mansamente sobre la haz de la tierra, el viento huracanado hacía gemir con tintineante son las campanas de la iglesuca de Villabrines, uno de tantos pueblos de la montaña ignorados para los geógrafos, aldea que tenía por junto treinta casas y un centenar de habitantes.

No os llamaréis á engaño si os juro que en tal noche, pasadas ya las doce, todos los villabrinenses, chicos y grandes, mozos y mozas, dormían á pierna suelta muy metiditos en la cama, sin darse cuenta de que la nieve, obrera impertérrita, iba extendiendo sus helados cendales por la haz de la tierra.

Miento bellacamente al afirmar que todos dormían, porque de una casuca emplazada al promedio de la calle Real salió un hombre mozo que al exponer las narices al poco agradable ambiente de la noche, subióse la bufanda hasta los ojos, calóse la boina hasta las cejas y metidas las manos en las profundidades de los bolsillos del pantalón, rompió á andar con pisar recio por la calleja á cayo final abríase un sendero que conducía á un bosque de nogales y castaños.

Si á ti lector te da el naipe por pararte á reflexionar en esta historia que te cuento, es posible que presupongas que muy mal estaba con su persona quien en parecida noche tan locamente la exponía, pero sí te advierto que el amor hacía mover tan gentilmente las piernas de nuestro personaje, encontrarás muy disculpable el caso: que por amor sabido es que se cometen mil y una tonterías. Bueno: sigo ya en línea recta mi narración.

El mozo, como iba contándote, enfiló por el sendero y empezó á tararear debajo de su bufanda una canción, sin duda para entretener el camino, disimular la crudeza del aire que zumbaba en sus oídos, entumecía su cuerpo y hacía voltijear en derredor suyo millones de mariposas blancas y heladas y aun, lo que es más seguro, para ahuyentar el miedo que tanta soledad y negrura infundía en el ánimo del caminante.

Al cabo del tiempo vióse nuestro héroe en pleno bosque y aquí ya unióse al frío de la noche aquel otro del espanto, que no hay cosa más terrorífica que millares de árboles juntos que no se ven, pero que empujadas sus copas por el aire murmuran á coro una salmodia espeluznante que os hace pensar en una macabra reunión de esqueletos.

Pero la voluntad del amor no se detiene por nada: nuestro hombre internóse en el bosque sin titubear en su camino y sin romperse una vez por minuto la crisma contra los seculares árboles que hallaba á su paso… Y cuando ya la nieve había convertido la negra boina en gorra de dormir, fileteaba los pliegues de la bufanda y los hombros de la chaqueta, nuestro enamorado personaje vio á lo lejos una hoguera que parecía un ojo tremendo abierto en la negrura y que parpadeaba con destellos rojos.

Hacia aquel faro imprevisto marcó su derrotero nuestro mozo.

Y hete aquí lector que vendría como anillo al dedo hacerte creer que el mismísimo diablo, ó algún sabio hechicero ó tal vez una hada de los bosques fué quien encendió la fogarata para atraer al incauto mancebo, pero, en la prosa vil de la vida no ocurren tamañas aventuras ni danzan tan fantásticos por personajes: en el bosque habitaba un viejo leñador, tenido por monomaniaco y á quien apellidaban el Tío Verdades.

Al llegar próximo A la hoguera el mozo dio un respiro de satisfacción, y á través de la bufanda dijo con voz que parecía por lo velada la de un borracho medio dormido:

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—Buenas noches, tío Verdades.

El tío Verdades que filosóficamente se hallaba sentado en un taburete cerca de la lumbre como si estuviera en el lar de su cocina, se contentó con dirigir una mirada de soslayo la que tan de improviso venía á hacerle compañía y gruñó irónicamente:

—No es mala noche…—Y continuó con acento de curiosidad:

—Pero, Gabriel, ¿A dónde vas tú á estas horas?

—Y usté ¿qué hace aquí sentado?—observó el mozo tendiendo hacia la llama sus manos amoratadas por el frío.

—Lo de todos los años,—contestó el guarda con admirable sencillez.—Aguardo á que den las doce de la noche vieja, y á esa hora me preparo para entrar en el año nuevo.

—¿Y para eso enciende usted esta fogarata?—objetó asombrado Gabriel.

— Sí, hijo mío: durante el año apunto en un cuadernito que siempre llevo en el bolsillo de mi zamarra todos mis pesares, mis esperanzas y mis propósitos para darme el placer de ver como las llamas en un momento dan al traste con todo un año de mi vida…

—Vaya, este pobre viejo está mal de la cabeza,—pensó para su bufanda (Gabriel).

—Muchacho, —prosiguió el guarda cambiando su conversación de rumbo,—mal empiezas el año vagando por estos andurriales… Seguramente que la mozuca que te trae sorbido el caletre es la que te hace dar este paseo ¿eh? ¿Lo acierto? ¿A que vas á verla aprovechando que su padre, el tío Castañuelas, se ha largado esta mañana á Santander?

—¡Tú dixisti—hubiera contestado el montañesuco á saber latín; pero se conformó con menear afirmativamente la cabeza y decir con vehemencia:

—A verla voy, sí, señor, á verla, pero no á lo que usted piensa, á parlarla de cosas cariñosucas, ¡quiá!, á cosa de más provecho voy… ¡Eh! ¿Qué no?… ¡Vaya!… Año nuevo vida nueva, y yo le juro á usted,

tío Verdades, por estas cruces, que lo de Sabeluca acabóse de una vez pa siempre… ¡Lo he decidido hoy y marcho á decirla que yo quiero para mujer una moza que no haga cara al primer indiano que la haga cucamonas… ¡Pos no faltaba más!… ¡Asina Dios me salve que lo hago como lo digo!… ¡Ah!… Y no voy á ir más á la taberna ni vuelvo á fumar más un pitillo, aunque me repudra de necesidad… ¡Por éstas hombre, por éstas!… Desde ahora vida nueva… ¡Ni que fuera uno un buey pa no comprender lo que le hace provecho!

Calló el mozo, miróle el viejo burlonamente y dijo con acento zumbón:

—Así deben portarse los hombres. La dignidad ante todo; ¡no faltaba más! Haces bien, Gabriel, haces bien.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Ya el sol del primer día del año se oculta tras la nevada montaña…

Es un sol triste que no ha tenido fuerzas para derretir con sus besos la nieve que aun sigue cubriendo la haz de la tierra.

Tío Verdades se halla á la puerta de su choza, desafiando el cierzo, cuando ve venir en dirección hacia el pueblo á Gabriel.

Viene el mozo tambaleándose: la bufanda le arrastra por el suelo, la boina la trae á la nuca; en la boca luce un puro de los más baratos. La oscuridad es casi completa, y el frío arrecia cruelmente, haciendo apresurar el paso al caminante.

El mozo pasa por junto al viejo y dice con la incoherencia del que ha trasladado la muy diminuta bodega del estómago á la cabeza:

—¡Adiós, tío Verdades! ¡Vaya un día hermoso! ¿Eh? ¡Jesucristo, que feliz soy! ¡Pa marzo Isabeluca y yo mos casamos!… ¡Mos casamos!..

Tío Verdades, que sigue con la vista el caprichoso andar de Gabriel, murmura:

— ¡Voluntad! ¡Qué débil eres para las pasiones! Si fueras firme y perseverases sólo en el bien… ¡qué vida esta más hermosa! Pero los hombres no somos ángeles… somos hombres.

Y el tío Verdades, bajando la cabeza, se retira á su hogar, con materia para comenzar sus apuntes en el nuevo cuadernito.

Alejandro Larrubiera y Crespo

Publicado originalmente en

                     IRIS

Revista semanal ilustrada

Barcelona 6 de enero de 1900.

EL ANILLO DEL REY

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EL ANILLO DEL REY

LEYENDA TRADICIONAL

I

Vivía en la ciudad de Córdoba, a fines del siglo XV, un ilustre caballero,vástago esclarecido de una de las principales familias de aquel reino, tan distinguido en naturales prendas como en alcurnia, y tan dotado de nobles sentimientos como de caudal, por todo lo que disfrutaba de mucho prestigio entre sus conciudadanos.

Conocíale el rey de Castilla y Aragón, don Fernando, y tratábale con mucha amistad, con lo que le mostraba la gran estimación en que le tenía, así por sus buenos servicios, como por los que sus antepasados prestaran en guerra de moros.

Hernando Alonso de Córdoba tenía por nombre aquel caballero, y más comúnmente conocíasele entre el vulgo por el Veinticuatro de Córdoba, honroso titulo que llevaba.

Diole su buena suerte por esposa á una hermosa dama, por nombre Beatriz, en la que así mismo parecían haberse reunido las gracias corporales con las más ejemplares virtudes.

Jóvenes ambos y enamorados, compartían los goces de su buena suerte con los pobres y menesterosos, que en gran número acudían á las puertas del castillo que los esposos habitaban, bendiciéndolos y pagando con la gratitud el beneficio que de aquéllos recibían.

Ayudábales en tan buenas obras el obispo de Córdoba, que lo era á la sazón D. Pedro de Córdoba y Solier, tío de Hernando, v unían sus esfuerzos para remediarlas desventuras del afligido.

Quiso la mala suerte que por aquel tiempo llegase á Córdoba un D. Jorge, primo del Veinticuatro, sujeto de relevantes prendas, caballero del Orden de Calatrava y comendador de las casas de Córdoba. Y unidas estas condiciones á la circunstancia del deudo, franqueáronle las puertas de la casa de D. Hernando.

Tratábanle los esposos con tanto cariño y delicadeza, que más parecía hermano que no primo, disputándose siempre Beatriz y su esposo el placer de servir al Comendador y acompañarle en fiestas y paseos.

Pero suele la buena suerte mudarse y acariciar con ánimo siniestro al que se juzga su protegido, para mejor burlarse cuando él más seguro se confía. Y así sucedió con la estrecha amistad de D. Jorge, que parecía á los esposos una nueva causa de contento. Porque, mudado el afecto del caballero en torpe sentimiento, prendóse de D.ª Beatriz de tal modo, que no pudieran contenerle los sagrados respetos que á ella y á D. Fernando debía.

Y como el freno de la propia dignidad faltase á D. Jorge, una vez resuelto á no escuchar otros consejos que los de su desaforada pasión, intentó, por medio de un esclavo que á su servicio tenía el Veinticuatro, sorprender á la noble dama y sacarla de aquel castillo. Mas sucedieron las cosas muy al contrarío de lo que el desleal amigo y deudo se prometía.

II

Queriendo distinguir el Rey á D. Hernando, en una ocasión en que éste pasara á la corte, diole, al despedirle, un su anillo, que en el dedo llevaba, diciéndole de esta suerte:

— Donaros quiero, D. Hernando, éste, que es para mí sagrado recuerdo de mi madre, porque con ello podáis apreciar cuánta es la amistad que os profeso.

—Y juraros he—respondió el caballero—antes perder la vida que tan preciosa prueba con que me honráis.

Vuelto á Córdoba D. Hernando, y hallándose á solas con su esposa, hizola relato de aquel agasajo del Monarca, y tomándola una mano entre las propias, colocó en uno de los delicados dedos de la noble señora el anillo Real.

—Nadie mejor que tú pudiera guardarle—la dijo—y á ti te le confío.

—Tenerle he en tanta estimación—respondió la esposa—como mi propia honra y la vuestra.

III

Vencido con las dádivas de D. Jorge el esclavo de don Hernando, concertáronse en el medio y ocasión que deberían escoger para llegar al fin apetecido. Fué ésta la partida del Veinticuatro para la corte, encargado por el Consejo de la ciudad de Córdoba de representar al Rey en favor de mi asunto que aquella ciudad en la corte tenia.

Aceptó D. Hernando aquella misión que se le confiaba, atendiendo á su mucha discreción y gran amistad con el Monarca, y dispuso la partida.

Apenas se consideraban libres de su presencia, D. Jorge y el esclavo decidieron acometer la empresa; y llegada la noche, que fué muy en breve, y aprovechando el momento en que la noble señora dormía tranquilamente, penetraron en un aposento que antes de su alcoba se hallaba.

Sobre una mesa, como vivísima luz, resplandecía un anillo orlado de diamantes de gran valor, que, visto por el esclavo, y con el mayor disimulo que pudo, le trasladó á su bolsillo, encaminándose después al cuarto donde la hermosa Beatriz dormía.

IV

Ellos en aquesto estando, el esposo, que llegó al castillo, se dirigía á la habitación de doña Beatriz; y como se apercibiesen por el ruido de algunos pasos y oyesen la voz de D. Hernando, el desleal caballero y el esclavo que le acompañaba pusiéronse en fuga, para evitar el encuentro con el Veinticuatro.

Volvía éste á su casa conducido por varios de sus criados, que quiso su buena estrella que, como salía de Córdoba y á muy poco trecho, fuese derribado por el caballo. Y buena estrella fué que tan grave suceso le aviniese, que de mayor daño le libraba.

Azorada la noble señora, y apenas cubierta con sus vestidos, saltó del lecho y salió á recibir á D. Hernando, que procuraba tranquilizarla con sus palabras.

Extendióse el rumor de la desgracia por el castillo, y don Jorge acudió solícito al auxilio de su deudo. Dilatábase la curación de D. Hernando, y apretaba la urgencia del asunto de la ciudad; con que el Veinticuatro suplicó á su primo pasase en su lugar á la corte para representar al Monarca el deseo de aquellos ciudadanos.

Admitió éste, no sin repugnancia, el encargo, porque retardaba el logro de sus traidores intentos, y no sin vanidad porque tan grave misión se le encomendase.

Desconfiando del esclavo, que durante la ausencia pudiera venderle, suplicó D. Jorge á su deudo le permitiese llevarle en su compañía; en lo cual vinieron muv gustosos tanto el Veinticuatro como el mismo esclavo, temeroso de que el hurto del anillo se descubriese.

Partiéronse el Comendador y los que le acompañaban, y llegados á la corte, refirió el criado de D. Hernando al desleal caballero de Calatrava lo del anillo, suplicándole le dejase escapar para librarse del castigo que temía, y entregando á D. Jorge aquella joya, para que de ella hiciese como mejor le pareciera. Pero éste, recogiendo el anillo, negóse á conceder al esclavo lo que le pedía, ofreciéndole salvarle de aquella situación en cambio de su ap0yo para el logro de su amoroso deseo.

Recibido por el Rey, hizo el Comendador el relato de su instancia, y manifestándole la causa de que el mismo don Hernando no hubiese pasado á la corte. Vino el Monarca en lo que se le pedía, y observó que llevaba el su anillo que diera al Veinticuatro, el Comendador de Calatrava. Dióle dos pliegos para D. Hernando, cerrados cuidadosamente, y le despachó con mucha afabilidad v cortesía.

Entre tanto, algo restablecido D. Hernando, había notado la falta del anillo, y preguntado á su esposa, la cual, no menos inquieta, procuraba apartar la atención del caballero de aquel asunto, que también á ella mortificaba, Pero el esposo no podía borrar de su imaginación la pérdida del anillo, y la confusión de D.ª Beatriz fomentaba en el alma del celoso D. Hernando un infierno de dudas v desesperación.

—Acordaos, señora — la dijo por fin un día—que prometisteis guardarle con tanto cuidado como vuestra propia honra y la mía.

Las dudas aumentaron con la certeza de la desaparición del anillo, y los criados de la casa fueron consultados bajo juramento acerca de aquel hurto, aseverando todos con sagrados votos no haber tenido parte en semejante crimen.

Los días pasaron; el caballero de Calatrava volvió á Córdoba: traía dos pliegos del Monarca para D. Hernando Alonso: en uno otorgábase su petición á la ciudad; en otro se leían las siguientes palabras: «Poco estimáis las prendas reales, D. Hernando: he visto el anillo que os doné en la mano de vuestro deudo D. Jorge.»

No fuera tan terrible el huracán que todo lo arrastra, ni tan profundo el seno de los mares, como fueron terribles y profundos los sentimientos que se apoderaron del ánimo del esposo, y los deseos de venganza que de su corazón nacieron.

Sin aguardar á un completo restablecimiento, dispuso el Veinticuatro una cacería para el día siguiente, y haciendo que todos sus criados le acompañasen, dejó sola en el castillo á la infortunada esposa, que le rogó inútilmente, á un tiempo solícita por la salud de D. Hernando y sin acertar á explicarse el motivo de aquella extraña resolución.

Invitó el esposo á D. Jorge para aquella cacería, y el caballero de Calatrava se negó á admitir el ofrecimiento, ganoso de aprovechar los instantes, y felicitándose por la ausencia de D. Hernando, que, según éste, habría de ser bastante larga.

Llegada la noche, partióse el Veinticuatro, seguido de sus criados: el esclavo le acompañaba también. Poca distancia habían andado, y la noche era muy entrada, cuando el caballero dio orden á los de su séquito para que continuasen, puesto que él se sentía delicado y se quedaba á descansar un momento, que presto podría alcanzarles.

Híciéronlo según dispuso D. Hernando, y éste, acompañado del esclavo, quedó oculto á la entrada de un olivar muy cercano de la ciudad.

—¿Quieres ser libre v rico?—preguntó el caballero al que le acompañaba.

—Señor—murmuró éste.

— Habla francamente—interrumpió el Veinticuatro.

—Sí—contestó, turbado, el miserable.

—Pues sígueme v prepárate á imitarmc.

Y montando de nuevo en su corcel, tomó el caballero la dirección de la ciudad.

El esclavo le seguía con temor.

V

Pocos momentos habrían trascurrido, cuando llegaban don Hernando Alonso y el esclavo á los muros del castillo.

Salta el caballero y se dirige á la puerta; abre y penetra silenciosamente, seguido del miserable esclavo.

Llega á la habitación de Beatriz, y un hombre sale azorado; ella viene tras él.

Un instante después, ambos caen atravesados.

—¡Tú á ese—grita D. Hernando, designando al esclavo el hombre que hallan á su paso — y yo á ella!

Y esto diciendo, sepulta en el pecho de la hermosa é inocente dama el acero que agita en su mano.

VI

Desde aquella noche nada se supo del caballero.

Pasan algunos años, y un pobre caminante se ve próximo á espirar de hambre y de frío en una de las sendas que conducen á través de la sierra. Un austero y virtuoso monje aparece en aquel momento y auxilia al infeliz.

El monje reconoce al desdichado, y éste, fijando en el religioso los turbios ojos, sólo puede exclamar:

—¡Señor, perdonadme: D. Hernando Alonso de Córdoba, vuestra esposa murió inocente!

—¡Inocente!

—¡Sí, os lo juro en presencia de Dios!

Y esto murmurando, espira entre los brazos del monje, que, abandonándole, huye despavorido.

Nada más se supo de D. Hernando.

En las calladas noches del estío, y en medio de la tranquilidad de la Naturaleza, se oían en aquel que fué castillo del Veinticuatro de Córdoba lastimeras quejas y doloridos ecos.

Y eran , según la opinión de las gentes sencillas, los espíritus de D.ª Beatriz y D. Hernando, que vagaban por aquellos contornos, haciendo resonar los plañideros acentos de su dolor el arrebatado esposo, y las dulcísimas plegarias la inocente víctima; con siniestro tono el primero, y la segunda con encantadora melancolía.

EDUARDO DE LUSTONÓ.

Publicado originalmente en

La Ilustración española y Americana.

Madrid, 8 de marzo de 1882.