RATAPLÁN (III)

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RATAPLÁN

(cuento)

III

Una mañana fué tanta la ira que me dio, que tomando un cierto instrumento que mis padres destinaban á muy distinto uso, lo llené de agua fría y me situé detrás de la ventana, decidido á hacer un escarmiento. Ya comprendo que el procedimiento empleado no estaba á la altura de las circunstancias. Realmente no resultaba muy airosa la figura de un señor catedrático, con jeringa en mano, espiando detrás de una ventana, como cualquier antiguo dómine, las idas y venidas de un chicuelo. ítem más: de un señor catedrático que peinaba barbas, que ostentaba cara feroce por lo grandona y seria, que vestía bata de color de avellana y gorro oscuro de terciopelo, lo cual no deja de revestirnos de cierta respetabilidad; pero ¿qué queréis?, los pormenores risibles se imponen en ocasiones aun á las personalidades más graves y caracterizadas. Y como es la sinceridad la que dicta estas páginas…. paso adelante y digo, que en cuanto el chiquillo se me puso á tiro le solté sobre el cogote una tremenda rociada, que debió dejarle más fresco que una lechuga. Amedrentado ante aquel furioso chaparrón, tan certero como imprevisto, corrió á esconderse á su casa, y ya no le sentí en todo el resto del día.

Esto no obstante, la memoria del castigo no duró mucho más de veinticuatro horas. Á la siguiente mañana, algo más tarde que de costumbre, se oyeron los redobles del tambor, aquellos maldecidos redobles que me ponían las ideas de punta. Cerré el libro con muda desesperación, y me armé del instrumento. Pero, á pesar de su entusiasmo, el chiquillo levantaba la cabeza y miraba de vez en cuando á la ventana. Por no errar el golpe, como no paraba ni un solo instante, asomé yo un poco la nariz al lanzar la temible rociadura, lo cual fué causa de que lo advirtiese á tiempo, y huyera á toda prisa, gritando:

—¡Polito, Polito, Polito, ya te veo!

Me llamo Hipólito Salvatierra; pero el muchacho, por abreviar sin duda, se comía dos letras y un acento. Conocida la intención del enemigo, se colocó frente á mi ventana, y con insolentes voces, gritos y exclamaciones empezó á pedir que le arrojase más agua. Torné yo á aparecer con gesto avinagrado, y aun le amenacé seriamente con un bastón. ¡Que si quieres! Fernandito se rió en mis barbas de semejantes amenazas, insistiendo á voz en cuello que se repitiera la función. Tuve que retirarme á mi campamento. Desde aquel día le tomé una inquina horrible, que casi llegaba al odio, y me hacía discurrir un medio de acabar de una vez con su endemoniado rataplán. Y mentalmente repetía la frase de Lutero: «Yo haré un agujero en ese tambor». Con esta intención les hablé á mis padres para saber qué opinaban sobre un cambio probable de domicilio. ¿Qué habían de opinar? Eran viejos, estaban habituados á su rinconcito, después de veintiséis años que vivían en él, y les sonaba pésimamente todo lo que fuera hablar de mudanza de casa ni de buscar cosa mejor que su rincón.

Aquel curso ni aun siquiera logré formar un programa de la asignatura para mis discípulos. ¡Un año perdido! Y en verdad que el segundo no comenzaba con mejores auspicios. Una tarde que volví de paseo media hora antes que de ordinario, con la idea de dar la última mano á mi programa, me encontré con la novedad siguiente: como consecuencia de sus correrías por el barrio, Fernandito se había traído algunos amigotes y hecho jefe de ellos. Así que, cuando me asomé á la ventana me lo vi en el patio con su tambor, ¡siempre con el tambor!, un gorro de papel en la cabeza y un sable de hoja de lata en la diestra, al frente de un pelotón de soldados, es decir, de cinco ó seis chiquillos que le obedecían como borregos. Al poco rato, después de diversas marchas y contramarchas, estalló un motín. ¡Divino cielo! Era cosa de emigrar del barrio, de Cayudes y hasta de la provincia, ¡Qué voces, qué gruñidos, qué peleas, qué batallas aquellas que precedieron por su inmensa resonancia á las de Alcolea, Monte-Ezcurra y Lácar! Estos jaleos se repetían la mayoría de las tardes, y observaba yo al ir al Instituto que en otras muchas calles los chiquillos se uniformaban militarmente, lanzaban vivas á algunos generales, cantaban el himno de Riego y otros himnos por el estilo…. Indudablemente existía en nuestra atmósfera social cierto espíritu de insubordinación, de indisciplina, de entusiasmo bélico que inspiraba estas continuas algaradas. Ahora bien: ¿cómo trabajar y ahondar en psicología en medio de semejante rumor de guerra, y sobre todo con la vecindad de la patrulla de Fernandito? ¿Sería otro año perdido para mi porvenir de autor? Probablemente.

 

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JMMatheu2JOSÉ Mª. MATHEU.

Publicado originalmente en

LA ESPAÑA MODERNA AÑO II Nº XVII

(REVISTA IBERO-AMERICANA)

MAYO – 1890

RATAPLÁN (II)

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RATAPLÁN

(cuento)

II

Ello es que no tardé en empezar mis tareas animosamente, en medio de una santa y envidiable paz. Ésta duró quince días; al decimosexto me distrajo bastante un ruido particular que salía del patio y sonaba como á toque de generala ó de parada militar; pero de un modo tan desagradable, que nadie se lo figuraría. Luego, ya comprendí que se trataba de un simple tambor tocado de prisa y desordenadamente. Y esto sucedía á las ocho de la mañana, en Octubre, á muy poco de empezar el curso, en el momento de ir á prepararme para la lección de la cátedra. Como el ruido no cesaba y me sentía molestadísimo, me asomé á la ventana, y vi que el empecatado autor no era otro que el nieto del dueño de la casa. Este chiquillín de seis á siete años, morenillo, feo, de mal color, con una nariz tan recia que semejaba un manubrio, llevaba pendiente de una correa un tambor casi mayor que él, sobre cuyo parche menudeaba los golpes con todo el entusiasmo bélico de un veterano. Acompañábase al mismo tiempo de su voz aguda y resonante, gritando: «¡Plan, plan, rataplán, plan, plan!»

—¡Eh! Fernandito, ¿quieres callarte? Ó bajo y se lo digo á tu abuelo,—le advertí desde la ventana.

Pero el condenado chiquillo continuó impertérrito, como si le hubiera hablado en griego, cruzando el patio en todas las direcciones y machacando sobre su tambor, con aire tan marcial como insolente. Dos horas duró la tal música aquella mañana. Después pregunté á mis padres la razón de tenerlo el abuelo en su compañía, que no podía ser más sencilla y natural: habiendo fallecido la madre del niño, y hallándose el padre constantemente fuera de la población, por estar como ingeniero al frente de unas minas, pensaron que en ninguna parte se hallaría mejor que bajo su vigilancia. Desgraciadamente, la abuela, que era una malva y una excelente señora , se pasaba el día en la iglesia ó en las juntas de piadosas congregaciones, y el abuelo, D. Camilo Cebrián, si no era sordo por completo, le faltaba muy poco.

—¡Bah! Ya se cansará de tocar, me dije yo algunos días después; los niños tienen también sus manías, y aun es peor muchas veces llevarles la contraria. Pero, ¡ay de mí!, aquella manía no pertenecía sin duda á las comunes ni á las que fácilmente ceden ó se extinguen. Pasó un día, corrió un mes, contáronse seis meses, y terminó el curso sin que la tal manía dejase de estallar á la hora menos pensada. Hallábame á lo mejor desentrañando una proposición abstrusa en lo más peliagudo de mi tarea, cuando de pronto oía en el fondo del patio los maldecidos redobles del chiquillo, que sonaban en mis oídos como la murga más antipática del mundo. Cada idea se escapaba por un lado; ya no cabía ilación en ningún razonamiento, y aquello era el caos de la meditación, la danza macabra de los conceptos, el Walpulgis de la lógica. ¡Poderoso Dios! ¿Cómo discurrir con tino en medio de tan atronadoras disonancias? Imposible; había que desistir de la empresa. Pues ya comprenderéis que para perniquebrar á Condillac y echar la zancadilla á John Stuart Mili, necesitábase mucha paz, mucho sosiego y mucha tranquilidad de espíritu.

Cierto que podía haber trabajado de noche en esta santa empresa; pero á causa de una afección á la vista que padecí de niño, se me quedó hasta el presente tan sensible y delicada, que hube de renunciar á todo lo que fuese velar con luz artificial más de media hora. Aun en las primaveras suelo usar gafas de cristal azul para librarme de molestas irritaciones y de los reflejos vivos y deslumbradores. En resumen: que con tales distracciones no adelantaba gran cosa en mis estudios.

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JOSÉ Mª. MATHEU.

Publicado originalmente en

LA ESPAÑA MODERNA AÑO II Nº XVII

(REVISTA IBERO-AMERICANA)

MAYO – 1890

 

RATAPLAN I

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RATAPLÁN

(cuento)

I

AQUEL más animoso de mis lectores que se haya presentado á exponer lo que sabe de cualquier arte ó ciencia delante de cinco pasmosos profesores, y enfrente de dos ladinos contrincantes, comprenderá el valor y la poca aprensión que se necesitan. Ese valor lo tuve yo en dos ocasiones. En la tercera no fué ya valor, sino desesperación, porque después de haber llevado dos revolcones, con alguna justicia, era preciso, para presentarse á otra oposición, estar muy desesperado ó no tener chispa de vergüenza. Y, sin embargo, el éxito, ó mejor dicho, el tribunal coronó esta nueva proeza, y me vi nombrado de la noche á la mañana catedrático de psicología, lógica y ética. No os hablaré por de pronto del alegrón que recibí al saberlo, pues han corrido bastantes años de entonces á acá, y ya no lo siento para reproducirlo con la misma intensidad y viveza. Por otra parte, no soy retórico, y no puedo acudir al socorrido repertorio de hipérboles, simplificaciones, paradojas, símiles y demás tropos. Lo único que recordaré como indubitable es que me apresuré á recoger el título en el ministerio, á arreglar el baúl, y á despedirme de los compañeros de Madrid, por el ansia que me había entrado de hallarme lo más pronto posible en Cayudes.

Cayudes es mi patria, y no debe extrañarse que tuviera tanta prisa por dejarme ver en ella. Era esta una de las primeras, y por consiguiente más vivas satisfacciones que me proporcionaba el estudio. Existía además otro motivo que me impulsaba á no dilatar indefinidamente mi estancia en la corte: oyendo á unos y otros, vine á formar idea de la merecida estimación que gozaban entre el profesorado los autores de obras de alguna importancia ó trascendencia. Estas obras se presentaban luego al Consejo de Instrucción pública, que informaba acerca de su mérito, y según fuese éste, el Gobierno las declaraba de texto en las Universidades. Otro gran aliciente: en los concursos á cátedras se tenían muy en cuenta los trabajos originales publicados por el opositor.

Todas estas observaciones me sugirieron la idea de estudiar á conciencia mi asignatura, y ver de pergeñar un libro aceptable, útil, nuevo por el método ó por la mucha sustancia de su doctrina, lo cual llevaba más de dos docenas de perendengues, como dicen en mi tierra. Concebido así mi plan, y determinado á realizarlo, no me faltaba para poner manos á la obra más que una cómoda instalación y mucha tranquilidad de espíritu. Cediéronme mis padres con este exclusivo objeto la habitación más retirada de la casa, un cuarto muy capaz, alto de techo, con una hermosa ventana que caía al patio, y recibía la luz del mediodía. Hacía ya veintiséis años que ocupábamos el piso segundo, mientras el dueño se había reservado el principal, los sótanos ó bajos y este patio, un perfecto cuadrado, bastante espacioso para poder convertirse en jardinillo. Pero hubo de contentarse al principio con plantar en los rincones dos parras, una frente á otra, y así se quedó para in aeternum. Al llegar la primavera, estas dos parras alegraban con sus verdes reflejos los tonos terrosos y sucios de aquellos paredones, que debían ser obra morisca, ó de la época de los Felipes, cuando menos.

De todos modos, complacíame en extremo el sosiego casi monacal que parecía reinar en aquel recinto de la casa, destinado nada menos que á restaurar la verdadera psicología. Porque, en efecto, la escuela inglesa, lo mismo que los Enciclopedistas, habían hecho mangas y capirotes de esta egregia rama de la filosofía clásica y tradicional. Reducíase mi tarea, por lo tanto, á aplastar á los unos y á perniquebrar á los otros á fuerza de lógica. En cuanto á Cousin y á sus hermanos en eclecticismo y en elegancias de estilo, me bastaba con unos cuantos alfilerazos bien dirigidos para que se deshinchasen y viniesen á tierra, blandos, vacíos y rugosos, como esos glóbulos de goma que sujetan los niños con un hilo. Excuso decir igualmente á mis lectores lo que yo pensaría de aquel famoso Krause, que por aquella época despuntaba en nuestro horizonte filosófico. Para él, y aun para otros de mayor cuantía, reservaba, no ya dos ó tres argumentos de sentido común, sino una especie de catapulta de argumentos. Pues este buen señor había tenido la paciencia de encerrar sus sofismas bajo una forma tan impenetrable, tan áspera y aparatosa, que más que razonamientos y tesis de metafísica, parecían cachazudos galápagos ocultando su cabeza entre dos conchas.

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RATAPLAN II

JMMatheu2JOSÉ Mª. MATHEU.

Publicado originalmente en

LA ESPAÑA MODERNA AÑO II Nº XVII

              (REVISTA IBERO-AMERICANA)

MAYO – 1890

PROMETEO

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PROMETEO

A MI QUERIDO AMIGO

DON RAMON CAMPO AMOR

Las gradas estaban llenas;

Ruidosa y alborotada

La muchedumbre apiñada

Cabía en el circo apenas.

Desierta quedóse Atenas

Desde el Pireo al Pecilo,

Que más que al famoso Milo

El atleta de Cretona,

El pueblo aplaude y pregona

Los personajes de Esquilo.

 

Hierve la inmensa canalla

Con estrépito sonoro;

Comienza á cantar el coro

Y el ronco murmullo calla.

Cruza el rayo, el trueno estalla;

Sobre el Cáucaso elevado,

Desnudo y ensangrentado

Gime un hombre sin consuelo,

Pero en vano clama al cielo

Prometeo encadenado.

 

De aquel gigante caído

Que en vano impotente lucha,

Con espanto, el pueblo escucha

El aterrador gemido.

Bate el pueblo conmovido

Las palmas con emoción,

Sin saber que la ficción

Que en el escenario aprueba.

Es la tragedia que lleva

El hombre en el corazón.

 

Como gigante oprimido

Que se revuelve y se agita,

Así el corazón palpita

Dentro del pecho escondido.

Misterio no comprendido

Que le condena á ser reo.

Cadenas forja al deseo

Que intenta romper en vano;

Cada corazón humano

Lleva dentro un Prometeo.

 

No hay razón por que se asombre

El pueblo ante aquella escena:

Arriba, el cielo que truena;

Abajo, el dolor del hombre.

De otra tragedia sin nombre

La humanidad es actora;

Eterna y aterradora

La gran tragedia se mueve:

Arriba el cielo que llueve;

Abajo el hombre que llora.

 

Inquietud gigante, inmensa,

Que al espíritu combate;

Lo que en el corazón late,

Lo que en el cerebro piensa.

Esa vaguedad intensa

En que se agita el deseo:

Fé inspirada en Galileo,

Constancia heroica en Colón,

Ensueño, caos, razón,

¡Prometeo, Prometeo!

 

Destino, error, fatalismo.

Virtud, serena conciencia…

De un lado, el bien y la ciencia;

Del otro, el mal y el abismo.

En medio, noble heroísmo

Que alienta en el corazón:

Por el hombre, abnegación;

Por la patria, libertad;

Por el progreso, verdad;

Por el cielo, religión.

 

Firme fé, que contra el yugo

De la ignorancia y del vicio

En heroico sacrificio

Su cerviz rinde al verdugo.

Defender al bien le plugo

En titánica disputa,

Y el temor nunca la inmuta;

Ante el bien, nada le arredra;

Ni Esteban teme la piedra,

Ni Sócrates la cicuta.

 

El cielo airado; teñido

De nieblas el horizonte;

Sobre la cima de un monte,

Desnudo un hombre oprimido.

Marque triunfa; bien vencido;

Verbo de Dios encarnado…

Cristo en la cruz enclavado…

Llanto y dolor… No os asombre.

Es la tragedia del hombre:

Prometeo encadenado.

 

Rodando en la inmensidad

Peñasco informe es la tierra,

Quebrado monte que encierra

Sujeta á la humanidad.

Luchando por la verdad

Y de la ignorancia esclava,

Su dolor el tiempo agrava

Y su mal nunca remedia;

Esa es la eterna tragedia,

Tragedia que no se acaba.

 

¡Ay! al pueblo que aplaudía,

Más que el esfuerzo de Milo,

El genio sacro de Esquilo

Que el Prometeo escribía,

Nadie le dijo aquel día:

La poética ficción

Que tu aplauso y tu emoción,

En el escenario, aprueba,

Es la tragedia que lleva

El hombre en el corazón.

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RICARDO BLANCO ASENJO

De su libro de poesías y poemas: PENUMBRA (1881)

IMPRENTA DE FERNANDO CAO Y DOMINGO DE VAL

LA ÓPERA SERIA

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LA ÓPERA SERIA

Para unos pocos es el sancta sanctorum de la música, el deleite mayor del mundo, la audición más sublime y más veneranda; para una gran parte de los mortales un ruido extraño que casi molesta, unos gritos agudos que hieren el tímpano del oído, un estruendo orquestral; para el mundo elegante el espectáculo de moda, el ramo de lujo, de rigor en el presupuesto de toda persona que aspire á ser considerada comme il faut.

La ópera es un pretexto para exhibir las damas sus vestidos, sus galas y sus brillantes; su correcta tenú los pollos; su porte diplomático los gallos.

Por otra parte, es un espectáculo que puede presenciarse á telón corrido, sin que sea necesario guardar absoluto silencio. Puede hablarse perfectamente con la dueña adorada de nuestros pensamientos enamorados, y la mujer que nos ama ó nos finge amor goza del privilegio de marearnos á sus anchas entre el perfume de sus esencias, el resplandor de sus joyas y la tentadora blancura de sus escotes.

Poco importa que el tenor ó la diva den notas sublimes ó gallos desgarradores; para la mayor parte del público pasan del todo desapercibidos, porque no escucha otra voz que la del adorado ó simpático amigo, espectador ó espectadora que tiene á su lado, y cuyo acento escucha en unas ocasiones como una música celestial ó como una infernal en otras. O queda dulcemente impresionado por la dulzura de tanta palabra de miel como oye, ó imposibilitado de apreciar ninguna nota agradable por las salidas de tono de su bella ingrata.

Lo cierto es que los empresarios de ópera seria hacen su agosto en cualquier mes del invierno ó del otoño y tienen llenos sus teatros, como ocurre ahora.

Eso es lo positivo, aunque no he conocido un solo empresario de ópera que me haya confesado ingenuamente sus ganancias.

Todos ponen el grito en el cielo y se quejan de su pícara suerte; pero reinciden. Les pasa en esto lo mismo que al público, que nunca está contento de los artistas y acude á oirlos todas las noches que puede, pagando más que por ir á otro teatro en que se rinda culto al arte dramático nacional.

Cosi va la ópera seria.

PEDRO SAÑUDO AUTRAN

Publicado en su obra

NARRACIONES ESPAÑOLAS Y AMERICANAS, 1886

Segunda parte.

Narraciones y artículos.

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Un bonito negocio (conclusión)

Un bonito negocio (conclusión)

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V

La irritación y los comentarios de la gente duraron muchos días. Desde tiempo inmemorial, en una población tan pacífica y morigerada en sus costumbres sociales, no se había visto cosa semejante. Haría ya un mes y medio desde la fecha de aquel triste suceso, cuando cierta mañana se presentó en casa de la señora Martina un hombre morenote, algo rayado de viruelas, y de difícil palabra, preguntando por su amigo Bernabé. ¿Había vuelto ya de Valladolid?

A todos sus íntimos amigos les dijo lo mismo: «Dentro de tres días ó cuatro estaré de vuelta.» Y esta es la hora en que nadie sabe su paradero.

—A nosotros nos dijo lo mismo — afirmó seriamente la madre, —pero á casa no ha vuelto.

—Esto es muy extraño, señora. . . muy extraño, que ustedes ignoren dónde está su pariente; y yo no me lo explico.

—Pues no lo extrañe, señor, porque mi hijo Bernabé no suele dar explicaciones á su familia de lo que piensa hacer. Es mayor de edad, y además tiene su carácter y. . . si usted supiera, misa dijera, como dijo el otro,—contestó la madre suspirando de recio y conteniendo el abundante manantial de sus pesares y sentires, que desbordaba de su maternal corazón. Era cauta como buena castellana vieja, y temía casi siempre correrse demasiado.

—Eso está bien para usté, pero yo vengo aquí á pedir lo mío, y me extraña mucho, como le he repetido, que nadie sepa en Burgos dónde para ese hombre;—y dicho esto, miróla el morenote con tanta desconfianza y tan mediana cara, que la señora Martina no pudo menos de sentir penosísima impresión. Y aun mucho más al oír que se marchaba maldiciendo de Bernabé y echando sapos y culebras por su boca.

Pero aquel mismo día, á la hora de comer, volvió Lucio tan triste y avergonzado, que al punto lo echó de ver su madre.

Ésta le interrogó con una larga mirada:

—¿Sabe usté, madre, lo que pasa?… Que Bernabé no parece por ningún lao; que no fue á Valladolid, como dijo; que ese señor Melguiza le pide no sé cuántos miles de pesetas, y que un tal Bonilla dice que también le falta no sé cuánto … ¡Sandiez! Ese nos hará salir á la cara la vergüenza, verá usté.

—¡Jesús! ¡Jesús! ¡Qué chiquito ése!—exclamó la madre, estupefacta y apenada.—Pero eso lo dirá la gente, las malas lenguas, y no será verdad. Vamos… que no puedo creerlo. ¿Y el dinero que había cobrado hace dos meses?

—Eso fue una engañifa, madre, una mentiraza muy gorda que todos nos tragamos. Lo ha confesao ese señor Melguiza que fue pastor en Cardeña-Jimeno, y que vino de allá con él. Y hay otra cosa

además.

—¿Peor que eso? — preguntó la madre con azoramiento.

—No sé si será peor; que la Ventura hace dos días que falta de su casa. Algunos murmuran que si se habrá ido con él… Y no van descaminados. ¡Qué mundo este, madre! Cuando él me contó que había sido su novio, me dio un vuelco el corazón y sentí una rabia… que si no es mi hermano, le echo la mano al gaznate y lo ahogo como un perro. Créalo usté, madre. Pero uno mira las cosas… y usté estaba delante. ¡Qué mundo este! Pero el corazón no me engañaba.

—Tal para cual. No te dé pena, hijo; que esa tunanta . . . las ha de pagar. Dios tiene un palo muy largo y á todos les llega. Pero oye, oye: si obra aquí la justicia, es un suponer, vamos á tener nosotros algo que ver.. .

—¿Nosotros? ¿Por qué? ¿Nos habernos comido algo de otro, pongo por caso?

Lucio se engañaba en sus cálculos, puesto que al dar parte al Juzgado, como se dio aquel día, habían de ir uno y otro á prestar las consiguientes declaraciones acerca de lo que supieran del paradero de Bernabé.

Circulaban rumores muy fundados de que el gran proyectista, al desaparecer de Burgos, se había llevado las 15.000 pesetas prestadas por su amigo Melguiza, las 25.000 de don Nicasio Bonilla,

y las que logró cobrar por el traspaso de la tienda modelo con todas sus existencias, como si fuese su exclusivo dueño; otro negocio de mala fe que se realizó á cencerros tapados, como á él le convenía.

Vivía don Nicasio Bonilla, que era viudo, con tres hijos menores de edad y una sirvienta. Sospechábase, por lo tanto, que Bernabé debió conquistar á esta última para que le abriera la puerta, estando la familia fuera de casa. De este modo, con llaves falsas, consiguió abrir el cajón de la mesa del despacho, donde el descuidado Bonilla había encerrado los billetes que sacó el día anterior del Banco.

Aunque de mala gana, en cuanto vino Miguelillo del taller, sacó la señora Martina la sopa de fideo gordo, y Lucio comió realmente por comer, por sostener las fuerzas. Pues estas graves noticias de su hermano se le entraban corazón adentro, y le dolían mucho más que los sablazos del maldecido sargento. Cuando volvió después á su trabajo, observó que en la acera de la casa había dos caballeros hablando con el dueño, con Fernández Prieto, de los rumores que circulaban sobre la desaparición total de Bernabé Corella. Al penetrar en el portal oyó muy claro que el señor Fernández decía á los otros:

—Una de las mayores plagas que afligen y consumen á nuestro país, es ese enjambre de vividores, de farsantes, de vagos, de estafadores en grande y en pequeño, de falsificadores y estampilladores, de parásitos y chupópteros de toda casta, gente sobrado lista, que ha de vivir sin trabajar, á costa del trabajo y del dinero de los demás. Los verán ustedes en todas las clases sociales, y hasta en el mismo pueblo. Y ahí tienen ustedes como tipo ese chiquito que acaba de realizar en Burgos un bonito negocio, como dirá él. Vaya, que se necesita habilidad para darla á tanta gente como se la dio ese briboncillo que se ha llevado el dinero de nuestro amigo Bonilla.

—Y algo podría evitarse, ¿no le parece á usted, Fernández? — apuntó uno de los caballeros —con una buena ley de vagos y una fiscalización especial. . .

—Nada de fiscalizaciones. La culpa es de una cierta cobardía moral que nos corroe los huesos; la culpa es de todos nosotros, que no sabemos asociarnos, ni defendernos mancomunadamente, ni protestar en alta voz desde todos los ámbitos de la nación contra ciertos hombres y contra ciertas cosas.. .

En este momento, Lucio tuvo que entrar al patio por una lata de color de ocre claro, y no llegó á oír lo que replicaron los otros.

Desde el percance aquel en que fue herido en el brazo, volvía á casa algo más temprano para curarse. Sabía, además, que había de encontrar á la Daría con la aguja en la mano, zurciendo alguna camisa vieja ó ayudando en cualquier otra labor á la señora Martina. Allí se hablaba de lo presente, de lo bien que se anunciaba la temporada con las buenas cosechas recogidas en las postrimerías del verano. Alguna que otra vez recordaba la pobre madre el nombre de Bernabé, de quien nada dijeron los papeles, y al que se le suponía camino de América, pues ninguno de ellos tenía la menor noticia. A Lucio, aunque callase, le atosigaban en ocasiones aquellas palabrejas de parásitos y chupópteros que oyó al dueño de la casa, y cuya significación no comprendía. ¿Sería acaso peor y más denigrante que la de estafador? Se lo hubiera preguntado de buena gana al mismo señor Fernández, pero sentía una vergüenza abrumadora por tratarse de su propio hermano, y nunca se atrevía. Chupópteros, parásitos. . . Sólo al pronunciarlas le traía al buen Lucio, sin saber cómo, el rubor y el calorcillo sofocante de la humillación, al igual del que ha cometido una bajeza.

Esto no obstante, se presentó una de estas noches mucho más animado y decidor que de costumbre. Había celebrado con todos sus compañeros, obreros y oficiales, el santo del maestro, que estuvo muy generoso con ellos. Después de una abundante y sabrosa merienda, se desocuparon varias botellas de rico vino de Navarra y una añeja de Aranda, que era una delicia.

—En fin, un rato de broma y de charla y de mover los dientes y dar gusto al gaznate —decía Lucio dirigiéndose á su madre y echando una ojeada á la Daría.—Bueno, ha de haber de todo una miaja; no hay caso. Pero yo me digo: no es esto todo lo que uno desea, el hombre que vive de su arte y de su trabajo. Para mí hay otra cuestión. Yo conozco, y esto es un suponer, una chiquita trabajadora, callada, de muy buenos ojos, pelinegra por más señas, que es una cosa buena, pero sobrebuena; la flor de nuestro barrio, vamos al decir. Usté también la conoce, madre. Y yo cavilo y me digo: si esta mujer pensara alguna vez en un hombre, que eso tiene que suceder un día ú otro, ¿no es verdá? Pues si ella pensaría en un hombre y ese hombre fuera yo … Vamos, madre, que eso sería una bendición, lo mejor de lo mejor. ¿No le parece á usté?

—¿A mí? Pues que mientras que yo no conozca á esa individua. . .

—Pero si usté la conoce como yo, no se haga usté la boba. Y la conoce también la Daría.

—Esta noche —expresó la aludida algo ruborizada— ha venido Lucio muy contento y quiere que todos nos alegremos con sus bromas, ¿verdá usté, señora Martina?

—Es que no son bromas, Daría; quisiera ponerme muy formal y muy serio, pero esta noche tengo así como una corazonada, algo que se me ha metido en la cabeza, de que ha pensao usté, por casualidá. por chiripa, en este mísero artista, porque me ha mirao usté de una manera . . . ¡que me sé yo!

—¡Qué bobos son los hombres! La Daría te ha mirao y te ha remirao como siempre, con muy buenos ojos.

—¿De veras, Daría?… —y como la muchacha le contemplase sin decir palabra, enmudecida por la emoción de este florecimiento repentino de un amor soñado, añadió sentándose á su lado:

—¿Pero de veras?

—Sí, señor. ¿Por qué negarlo? Ya usté sabe que una puede tener simpatías por unas personas más que por otras. Yo siempre . . . la verdá, le he mirao con simpatía, como á una persona buena.

—Siempre, ya lo oye usté, madre; y yo que traía mis miedos por. . . esas chirimbinas y turuntelas que uno ha tenido por ahí. Pero de veras, Daría, ¿no me engañará usté? —Y como ella volviese á mirarle con alguna fijeza, añadió en seguida:

—¡Qué burro soy! Perdóneme usté y no tome á mal esta desconfianza mía, porque anda uno tan resabiao desde . . . aquello. Conque hagamos las paces; quiere decirse, míreme usté como antes de soltar esa gracia. Y sepa usté que mi madre me ha hablao de usté más de dos y tres veces con el aquel de que abriera los ojos, y yo nada, más cegato que un topo.

—La señora Martina me hace demasiado favor, pero ya sabe que soy una pobre artesana, que no tengo más que mis manos y la ropa que llevo puesta,—expresó la joven con una sinceridad realmente conmovedora.—Ya sabe que en casa no podemos ahorrar ni un céntimo, y esto es otra desdicha que nos alcanza á muchas mujeres.

—También mi madre se casó pobre,—repuso Lucio con viva y repentina vehemencia —y esto no quita para que fuese dichosa con mi padre, que ganaba un jornal como nosotros; ¿verdá, madre?…

—No había por qué tener envidia á ninguno, eso es lo cierto. Era un hombre honrao y de mucho provecho, y en casa había paz, y pocas veces nos faltó que comer, á Dios gracias. Han pasao después cosas tristes; tuvimos algunas penas y más de una necesidad cuando la familia crecía y aumentaba. Nadie está libre tampoco de una mala voluntad; pero como nos encontrábamos bien unidos todos, pasábamos los días de castigo; hubo salud, y aquí estamos todos. ¡Y á vivir!

—Ya lo oye usté, Daría. Si usté quiere . . . también nosotros podemos vivir así . . . felizmente —dijo Lucio envolviendo en una intensa y amorosa mirada á la joven, que no acertaba á responder. A su vez ésta le contempló por un instante, estremecida de emoción y de alegría, como si una ola de nueva y ardorosa sangre, después de acelerar los latidos de su corazón, se difundiera dulce y calladamente por todas sus venas.

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JMMatheu2JOSÉ Mª. MATHEU.

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Publicado originalmente en

El cuento semanal

AÑO II – 27 de marzo de 1908 – Nº 65

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Un bonito negocio IV

Un bonito negocio IV

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Leer capítulo II

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No eran, efectivamente, una fantasía los temores del mozo al saber que veían á su novia acompañada de otro hombre. Su propio hermano, que hablaba y se entendía con la Ventura, le había indicado, por saberlo de buena tinta, que ella se veía perseguida en todas partes por el militar; presumía, además, que si le permitía acercársele sería acaso por miedo. La vida independiente de la muchacha; su carácter ligero, travieso, burloncillo y dispuesto siempre á la chachara y á la broma, pueden explicar en parte esta especie de intriga, estas ligerezas y coqueteos peligrosos. En otra cualquiera parecerían incomprensibles, conociendo la formalidad y la buena conducta de Lucio. Por su parte, Bernabé la veía recorrer con secreto gozo este enigmático camino. Acariciaba cierto proyecto, y por otro lado la Ventura, incitante, loquilla y cada día más guapa, le atraía de un singular modo, sin darse él mismo cuenta. Asemejábase esta atracción al oleaje manso y espumoso de aquel mar azul donde se había bañado algunas veces, sintiendo la embriaguez del agua tibia, enervante y acariciadora.

El sargento Ramírez era otro de los que, al verla con frecuencia en casa de una paisana suya, se había enamorado de tal modo, que en cuanto disponía de una hora ya estaba esperándola en cualquiera esquina. Aun sabiendo que la Ventura tenía novio, no le parecía al sargento una enormidad, ni cosa del otro jueves, al encontrarla sola casi siempre, muy gustosa de gastar palique, lo de suplantarle el día menos pensado. Habíase visto en otras más negras, y no le asustaban los hombres, por bragados que fuesen.

Claro es que los domingos, cuando la veía salir acompañada de Lucio y dirigirse al Parral ó al paseo de la Isla, se contentaba con seguirla de lejos, con dos amigotes suyos, sargentos de Artillería. A Lucio, en cuanto los guipaba, se lo llevaban los demonios; pero se mantenía muy serio y muy prudente, recordando las advertencias repetidas de su madre, enemiga de armar camorra por un quítame allá esas pajas. A no ser por esto, y dejándose llevar de sus buenos puños, que eran dos sólidos martillos de hierro, de poco le valiera el ser de tropa ni que sacara el charrasco… Se conocía muy bien: lo trituraría., lo haría polvo.

En los comienzos de Junio circuló por la población una noticia que puso á la señora Martina más alegre que unas Pascuas. Entre los amigos y conocidos de Bernabé causó verdadero asombro y gran estupefacción. Ello fue que llegaron de Londres las consabidas letras, y en unión de un íntimo amigo suyo llamado Damián Melguiza, cobraron sesenta mil pesetas en la Sucursal del Banco. Pero su madre, admiradísima, ignoraba, igual que todo el mundo, los antecedentes históricos y secretos de este asunto. Este Damián Melguiza se determinó á ir á Buenos Aires, embaucado como tantos otros. Apenas sabía leer y echar malamente su firma. Había sido Pastor en Cardeña-Jimeno, entendía mucho de ganado, de lanas y de curtidos, y era hombre de tanta suerte que en cualquier compra ó venta de este género hallaba negocio.

BN41Traficaba y se entendía con la casa de comercio donde Bernabé llevaba la contabilidad, y se le calculaba en este último año una ganancia de cuatro á cinco mil pesos.

Hombre algo obscuro, sin educación, de escasas palabras, se vio aconsejado en ciertos pormenores por su paisano, y se hicieron amigos inseparables. Falleciendo de una fiebre la mujer que llevó consigo, cansóse de rodar solo por el mundo, de la vida comercia, y vínole la idea de volver á su tierra. Pero ¿cómo traer tanto dinero sin exposición ni riesgo de ninguna clase? Bernabé le sugirió la idea del giro por una casa inglesa de mucho crédito. Damián conservaba en Burgos una caterva de parientes pobres: primos hermanos, cuñados, tíos, sobrinos que, al enterarse del dineral que cobraba, habían de abrumarle á peticiones. Con el hambre atrasada que traerían y su ansia de ver algunas pesetillas reunidas, cosa que habrían soñado alguna vez en su larga existencia, calcúlese ahora la que le aguardaba al buen Damián Melguiza.

Imaginábase verlos á todos ellos como una trailla de habrientos y voraces perros, dispuestos á comérselo hasta por los pies.

Su amigo Bernabé le dio la solución: «A mí no me importa pasar por rico. Lo cobraré como de los dos. estando tú delante.» Y este fue el motivo de que sonara el nombre de don Bernabé Corella como uno de los que habían cobrado en el Banco más de sesenta mil pesetas. Llegaron también sus ahorrillos, aunque insignificantes al lado de este caudaloso río de plata. Como el interesado en esta cobranza no había de desmentirlo por el presente, claro es que la mayoría de sus amigos y compañeros lo creyeron. Su pobre madre lloró de alegría.

¡Ella que llevaba los gastos de la casa al céntimo, que era tan aficionadilla al dinero, una de sus mayores debilidades!… El mismo Lucio, que desconfiaba tanto ó más que su madre, mirábalo como un portentoso milagro de la suerte.

Transcurridas dos ó tres semanas, Bernabé, que habló decididamente á algunos comerciantes de un cierto negocio que nadie explotaba, acabó por encontrar la ocasión de una magnífica tienda de ultramarinos, en la calle de Lain Calvo, que se cedía en buenas condiciones. Su amigo Melguiza le prestaba, mediante escritura pública, unas quince mil pesetas, hipotecando el valor total de la tienda y señalándole el diez por ciento de beneficio en las ganancias que se realizasen. Era, á no dudar, un bonito negocio este de un comercio montado á la moderna, con grandes escaparates, lámparas de luz eléctrica y géneros de primera, como no existía en todo un Burgos. Melguiza consintió sin reparo, porque colocaba una parte del capital sin que sus parientes se percataran.

Aquella misma semana echóse Bernabé á buscar una persona pudiente que se asociara á su empresa y le aportase desde luego veinte ó veinticinco mil pesetas para comprar existencias en grande escala. Si respondía el público á este exquisito llamamiento, como era de esperar, montaría una gran fábrica de chocolate, químicamente puro, novedad desconocida en estas comarcas de Castilla. Su familia seguía asombradísima. Bernabé, parroquiano del café Suizo, alternaba á diario con los comerciantes, empleados, viajantes y militares, toda la burguesía oficial que frecuentaba este establecimiento. Aquel su aire de caballero y la facilidad de expresión que adquirió en América, le servían ahora admirablemente para no hacer desairado papel entre esta gente de la clase media. «¡Es un hombre de suerte, una suerte loca!», exclamaban algunos que le miraban con la bonachona benevolencia de Lucio. Otros repetían en voz baja: «Este es un tuno de mucha trastienda.» Sea lo que fuere, según la pública opinión, lo cierto es que encontró una excelente persona, un tal don Nicasio Bonilla, que se decidió á entrar como socio en la proyectada empresa.

bn42Corriendo el tiempo entre tanto amaneció el 15 de Agosto, en que se celebraba la Asunción de la Virgen, día señalado para Burgos, lo mismo que el siguiente, de San Roque. Se guarda también fiesta en éste por agradecimiento al santo, que la libró, según la tradición, en cierta época de una terrible epidemia colérica. Durante estos dos ó tres días, cientos y cientos de familias se dirigen con sus meriendas á todos los alrededores de Burgos donde hay arbolado y frescura, un poco de sombra y algún horizonte. Por entonces era el sitio preferido el que llaman el Capiscol. Es uno de los más amenos, tendido en las ondulaciones del terreno, á la manera de un valle irregular, con sus extensos sotos sombreados por altos y silvestres chopos que crecían entre verde y espesa rebuja, matas y hierbajos. Corría por un lado la acequia de un molino harinero; los cercaba por el otro la vía y el puente del ferrocarril. Y bajo la sombra, amiga y protectora de estos grupos de chopos viejísimos, acaso centenarios, que mostraban en la parte baja de los troncos sus enormes jorobas, se congregaban innumerables familias. Iban á celebrar el día y á disfrutar de una mesa campestre entre las caricias de un sol ardoroso y las frescas alentadas de un vientecillo Norte ó Nordeste que suele templar por las tardes estos ardores caniculares.

El paisaje es variado; por una parte se divisaba la carretera de Logroño, los campos y el pueblo de Gamonal; un poco más lejos el monte de Villafría, como una extensa franja de un pardo verdoso, y por la parte contraria los montículos cercanos, los suaves desniveles del terreno, alegre y pintoresco por el ancho marco del hermoso arbolado que le circunda. Formando un grupo casi numeroso, hallábanse, bajo un olmo copudo, la Ventura, una prima suya y la Urbana, amiga de éstas, con Lucio, Bernabé, Miguelillo, el novio de la prima y otro compañero de éste.

Aun no haría media hora que se habían sentado cuando amanecieron por allí cerca los dos sargentos consabidos, con otro amigote que era músico militar, y dos muchachas morenas, que debían ser sus novias. Desde el primer momento el sargento Ramírez no quitó ojo de la Venturilla. Descubiertas luego las cestas, se empezó á comer y á beber de lo lindo. Pero, pasado un largo rato, se levantó el citado sargento, llevando en la mano un vaso de vino, y se lo ofreció á la Venturilla de parte de su amiga Cesárea. Dándoles las gracias, tomólo aquélla muy risueña y bebió la mayor parte. A Lucio, que miró este obsequio con el semblante demudado, le ardía la sangre en las venas. A los pocos minutos volvió el sargento y le ofreció á la muchacha un pastelito de parte de sus amigas.

—¿Quiere usté dejarnos en paz, militar?… —gritó Lucio algo pálido, puesto ya de pie y con los puños crispados —¿No ve usté que tenemos merienda de sobra?

—¡Cámara, no hay que sofocarse por tan poco, que hoy es día de San Roque y todo va bien!

—Esta es la última vez que usté se acerca por aquí.

—Hombre, pero en estas circunstancias. . . las chiquitas son amigas. ..

—No hay caso. Ya está dicho.

—¡Cámara, qué bruto es usted! — Y dirigiéndose de nuevo á la Ventura, le brindó el pastelito puesto en un papel blanco —Vamos, niña, no me lo desprecie.

De repente, Lucio largó tan recia manotada al pastelillo ofrecido, que fue á parar de un vuelo á más de treinta pasos de distancia. Sintiendo tal golpazo en la mano, echóse atrás el sargento, desenvainó el sable y lo descargó sin tino, sin acierto, por estar algo alumbrado, sobre los hombros y el brazo de su contrincante. Pero éste se acercó rápidamente, doblando un poco el cuerpo, y le asestó al militar una patada en el vientre, tan certera y potente, que lo tumbó en tierra. En seguida se arrojó sobre el caído y le quitó el sable de la mano para arrimarle una tanda de sablazos en la cabeza y acabar con él, según era la furia acometedora que mostraba. Pero los compañeros del sargento se abalanzaron sobre el mozo y lo desarmaron á viva fuerza. Todo esto en menos de diez segundos. Intervinieron al mismo tiempo los que estaban con Lucio, gritando y protestando de la insensata insistencia y pesadez del sargento. Asustadísimas las muchachas al escuchar los gritos, las insolencias y las palabrotas amenazadoras de los soldados, se levantaron á toda prisa. Otro grupo de artesanos que, desde cercano sitio donde estaban merendando, habían observado la provocación del susodicho sargento, vinieron en seguida á dar la razón á los que defendían á Lucio. Subieron de punto las voces, las amenazas y los insultos. Al ver á los militares como acorralados, acudieron otros muchos cabos y sargentos, algunos de Caballería, que se hallaban en el mismo Capiscol con sus novias ó sus amigos y paisanos. Al poco rato habíase formado un inmenso tumulto y nadie se entendía.

Fue una desdichada casualidad para todos, los de uno y otro bando, el que se hallara á esta hora en las cercanías, paseando, el comandante de la fuerza, que recibió aviso por un cabo de lo que allí sucedía. Hombre de arrebatado carácter, militar de una sola pieza, careciendo de aquella perspicaz previsión y alcance que debe tener como don propio y nativo toda autoridad, dirigióse de prisa al Capiscol. Reunió al punto á los soldados que pudo, envió al cabo para que viniera del próximo cuartel una sección de Caballería, y en cuanto llegó con estos refuerzos á la vista de los grupos contendientes, ordenó á la tropa desalojar á los paisanos del Capiscol. Desenvaináronse sables, brillaron las bayonetas y empezaron los empellones, los chillidos de las señoras, las carreras y las protestas furiosas de los paisanos. Aun careciendo de armas para defenderse del atropello, todo el mundo protestaba, negándose á abandonar sin motivo ni fundamento el sitio ocupado por sus familias. Algunos levantaron los palos. Otros huyeron atemorizados ante la brutal acometida. Por parte de las mujeres, la desbandada fue general, clamorosa y atropelladísima. Todo aquel vasto terreno del Capiscol, que era una pradera, quedó pintorescamente sembrado de cacerolas, de botellas vacías, de latas, cestas, servilletas, vasos y abanicos.

Después, al obscurecer, tuvieron que venir algunas camillas del hospital para recoger á varios heridos de alguna gravedad, imposibilitados de volver por su pie. Con haber arrestado á los culpables y detenido á cuatro ó cinco paisanos, habríase evitado á la población este triste espectáculo. Tan grande fue luego la excitación que hubo entre el pueblo, la rabia y el ansia de vengar el fuero atropellado, que, según se dijo, el comandante de la fuerza se vio en la necesidad de salir aquella misma noche, disfrazado, de Burgos. Cuatro hombres de corazón le iban buscando sigilosamente por todas partes para darle de puñaladas.

Sin perder su sangre fría, Bernabé escurrió el bulto á las primeras de cambio. Nadie lo vio en la refriega, Lucio, que recibió un pinchazo en el brazo izquierdo, se determinó á entrar en una farmacia donde era conocido, frente al teatro, y como la herida no interesaba ninguna arteria, se le hizo allí mismo la primera cura. Pero al poco rato, cuando su madre lo vio entrar en casa con un tremendo rasguño en la oreja, que aun chorreaba sangre, y el brazo vendado, pálido, sudoroso, con la chaqueta rasgada y la boina azul llena de polvo, recibió un susto de muerte. Acababa de traerle Modesta la noticia, exagerada, como siempre en tales casos, de que en el Capiscol había ocurrido una colisión sangrienta entre militares y paisanos, resultando infinidad de muertos y heridos. Lucio la tranquilizó al momento respecto á este particular. El estado moral del herido era lo que realmente determinaba su palidez y el decaimiento de sus fuerzas y la tristeza visible de su semblante. En cuanto supo que habían cenado, bajó á preguntar por Lucio la vecinita del piso cuarto. Este le dio las gracias y volvió á contar, por estar allí presentes Modesta y Miguelillo, la historia del reciente y trágico suceso. Como ocurre en casos semejantes, todos ponían el obligado comentario: la señora Martina, la Daría y los hermanillos de Lucio.

Después de un rato de charla, levantó éste la cabeza y le dijo á su madre:

—Con que ya lo ve usté: no hay en todo Burgos una mujer más comprometedora que esa. ¡Si parece mentira lo que acaba de pasar! ¡Qué sé yo. . . si se me figura que lo he soñao; porque mire usté que.. .! No, mañana mismo, en cuanto que le eche la vista encima, le suelto dos ó tres que ni su padre se las dice más claras. Quiero quitarme este peso de encima. ¡Sandiez! Que se las canto como dos y tres son cinco; que la pongo colorada, vamos, aunque luego no la vea más en mi vida.

—¿Colorada la Ventura?.. . Tiene esa muy poquita vergüenza para cambiar de color, hijo —afirmó la señoraMartina.

Daría contempló á Lucio con tristeza, pero no dijo nada. También tenía ella en casa sus penas y sus quebraderos de cabeza; que así es la vida en muchas ocasiones tan dura y tan amarga para los humildes.

cont1Conclusión.

JMMatheu2JOSÉ Mª. MATHEU.

firmamatheu

Publicado originalmente en

El cuento semanal

AÑO II – 27 de marzo de 1908 – Nº 65

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