PROVERBIOS EJEMPLARES: HACER DE TRIPAS CORAZÓN

PROVERBIOS EJEMPLARES

proverbios5

HACER DE TRIPAS CORAZÓN

I

El año de gracia de 185… había principiado bajo auspicios nada lisonjeros para los teatros de verso de Madrid, los cuales, por efecto de una porción de circunstancias que no es del caso referir, no lograban atraer el público, á la sazón recalcitrante en demasía para esta clase de espectáculos. Y eso que en el referido año, según la estadística exacta que posteriormente insertaron muchos periódicos de la capital, hubo un espantoso diluvio de producciones, originales las unas, tal vez porque no tendrían origen conocido, y traducidas las otras, que así suele llamarse por acá la ocupación pecadora de estropear extraños idiomas, causando rabietas y aun desazones mayúsculas al propio. No recuerdo á punto fijo qué dramas y comedias se salvaron del memorable diluvio; pero desde luego puede asegurarse que en su arca, lo mismo que en la de Noé, se encontrarían sapos y culebras.

No era de los menos castigados el espacioso teatro del Circo, el primero, ó uno de los primeros que comenzaron á poner el arte escénico á los pies de las bailarinas. El frío era grande, como la tenacidad del público en desoír el llamamiento de los carteles, que en letras enormes anunciaban á cada paso novedades, que al día siguiente de su estreno bajaban al panteón del olvido con las señales de la vejez más prematura de que hay memoria en los fastos teatrales. El caballo blanco (1) andaba triste y macilento; cuantos recursos imagina el hambre más veterana, cuantos embrollos, cuantas disculpas, cuantos embustes ingeniosos sugieren al deudor insolvente los apuros á que le sujeta una turba de acreedores inflexibles, todo lo había puesto en juego el pobre diablo para sostener su empresa. La empresa, no obstante, permanecía inmóvil, digámoslo así, como un buque de vela en el Océano cuando reina la calma chicha; ademas, hacía agua por todas partes, como si estuviese podrido, y los marinos que lo tripulaban corrían peligro de morir ahogados, ó de perecer de inanición , á no acudir al remedio sencillo, aunque heroico, de comerse unos á otros.

Habíanse representado allí dramas tan espeluznantes y patibularios, que Lucrecia Borgia, Margarita de Borgoña, Catalina Boward, La Hermana del Carretero, y en fin, lo más feroz de la literatura carnívora era una pura seguidilla retozona y alegre, en comparación de ellos. El público, sin embargo, seguía, como los chicos holgazanes, haciendo novillos. Allí, abandonando esta vía, que, por lo visto, llevaba derechita al ayuno perpetuo y á la bancarrota, habíase la compañía lanzado sin freno á la explotación de la comedia vaudeville francesa, inagotable California de efectos dignos de sus causas, de comiqueces y de ingeniosidades, capaces de hacer reír de rabia en sus tumbas á los padres de nuestro gloriosísimo teatro, el primero del mundo. ¡Y el público á todo esto más sordo que una tapia! Qué hacer, qué no hacer para atraerle? Las primeras partes aun podrían quizás resistir algún tiempo, estirando un poco más su paciencia, que de seguro era de goma elástica; pero ¿y los infelices partes de por medio? Y los desdichados racionistas? Y la empresa del gas?… El gas! ¿Por qué no se permitiría hacer á oscuras las funciones en semejantes circunstancias? Esto sí que hubiese llamado gente, en aquellas, al desierto coliseo. Y la orquesta?… ¡No la tenía mala en su cabeza (verdadera olla de grillos) el abatido empresario!

Pero no hay mal ni bien que siempre dure; un rayo de esperanza vino á iluminar el sombrío cielo del Circo y las lóbregas profundidades de sus arcas vacías; apareció el arco-iris, apareció la paloma consiguiente, y todos respiraron un momento con desahogo,

y hasta hicieron favorables pronósticos acerca de la suerte del buque, expuesto, según se ha dicho, á estrellarse contra los escollos de la indiferencia del público. Este rayo de esperanza, este arco-iris, esta paloma , fueron (quién lo pensara?) unas piernas femeninas, piernas incomparables, piernas eminentemente clásicas, la flor y nata, la quinta esencia, el non plus ultra de las piernas, españolas por añadidura, y por fin y remate, lo más selecto que había paseado las calles y vergeles de Málaga, de Cádiz y de Sevilla.

La retórica no autoriza para decir que D. Juan (el empresario) se agarró á las caritativas piernas, como el náufrago á la tabla que la Providencia pone á su alcance; pero la verdad es que, en sus grandes apuros, ellas eran la única tabla de salvación de la empresa del Circo.

Estrella, bolera española, toda rumbo, toda gallardía, toda salero, moza juncal de lo más garboso que hasta entonces hubiera pisado las tablas de teatro alguno, acababa de llegar á Madrid, después de alborotar la tierra de María Santísima, así con el encanto de su persona, como con su gracia sin rival en los bailes nacionales. El caballo blanco (y ahora sí que escudaré mi metáfora con la retórica) relinchó de gozo después de contratarla, y á tener cabeza para ello, hubiese compuesto una oda pindárica á los pies de la bolera; pero como no la tenía, exponíase, metiéndose en camisa de once varas, á hacer una cosa sin pies ni cabeza.

Bailó Estrella por primera vez un jueves en el Circo, lleno de bote en bote; sacó al respetable (2) de sus casillas; y al día siguiente los periódicos mandaron á Terpsícore á paseo, y colocaron á la salerosa andaluza en el lugar cuya pacífica posesión había disfrutarlo siglos y siglos aquella buena señora en lo más empingorotado del Parnaso. La musa del baile era, por ende, sin disputa de ningún género, la rumbosa macarena; Don Juan soñó con las piernas filantrópicas, como sueña el turco, en sus aflicciones, con el zancarrón de Mahoma.

A las doce de la mañana del viernes ya no se encontraba un mal billete para la función de la noche en el despacho ni en contaduría, ni andaban revendedores por las avenidas del afortunado Circo. Todo iba á pedir de boca: D. Juan construía ya en su mente palacios más bellos que los de las Mil y una noches, y preciosísimos castillos, que sólo tendrían acaso el pequeño inconveniente de estar, como quien dice, en el aire; la orquesta, lánguida y perezosa á fuerza de abstinencias y desengaños, recobraba en el ensayo todo su brío, disponiéndose de buena fe á taladrar con furibundas armonías el cerebro del respetable; el gas, que solía padecer de eclipses parciales y aun totales, atribuidos inocentemente por D. Juan á la casualidad pícara (casualidad algo crónica), rivalizaría en adelante con la luz del mismísimo Febo (ó sea el sol, entre cristianos); y las esperanzas de actores, poetas, editores, guarda-ropas, comparsas, peluqueros y demás danzaban también locamente en sus almas al sonido de las pesetas… en perspectiva, que llegaba ya á ellos, refrescándolos como el céfiro de los campos. Quince días faltaban solamente para el veinte y cuatro de Diciembre; de resistir hasta entonces dependía la salvación de la empresa, puesto que las funciones de Noche-Buena y Pascuas dejan siempre utilidades suficientes para tapar algunos agujerillos hechos en el crédito, é ir trampeando, por mal que vaya, otro par de meses, ó cuando menos, para comprar un cordel y ahorcarse.

Pero hete aquí que á poco de venderse todas las localidades, y de haber principiado la empresa á decir: Toma tú y toma tú a varios acreedores que allí estaban de cuerpo presente, causando dentera á los individuos de la compañía, recibe D. Juan un recadito de Estrella, limitado á poner en su conocimiento que, habiendo caído gravemente enferma su madre, y dispuesto el facultativo que la confesasen y administrasen, como ya se había hecho, no podía ella bailar por la noche, según lo anunciado en periódicos y carteles.

(1)Así se llama al empresario, en la jerga de bastidores. (N. del A.)

(2)El público. (N. del A.)

sep3N

cont1parte II

Ventura Ruiz Aguilera

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PROVERBIOS ESPAÑOLES (primera serie)

Publicado en Madrid en 1884

LIBRERÍA DE DON LEOCADIO LÓPEZ.

 

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LA GAITA GALLEGA

GAITEROGALLEGO

Sánchez Besada (1949)

LA GAITA GALLEGA

Á MANUEL MURGUIA

I

Cuando la gaita gallega

el pobre gaitero toca,

no sé lo que me sucede,

que el llanto á mis ojos brota.

Ver me figuro á Galicia,

bella, pensativa y sola,

como amada sin su amado,

como reina sin corona.

Y aunque alegre danza entone,

y dance la turba loca,

la voz del grave instrumento

suéname tan melancólica,

á mi alma revela tantas

desdichas, penas tan hondas,

que no sé deciros

si canta o si llora.

II

Recuérdame aquellos cielos,

y aquellas dulces auroras,

y aquellas verdes campiñas,

y el arrullo de sus tórtolas ,

y aquellos lagos, y aquellas

montañas que al cielo tocan,

todas llenas de perfumes,

vestidas de flores todas,

donde Dios abre su mano

y sus tesoros agota.

Mas ¡ay! como me recuerda

también que hay allí quien dobla,

en medio de la abundancia,

al hambre la frente torva,

no acierto á deciros

si canta o si llora.

III

Suena, y cruzan por mi espíritu,

puras, risueñas y hermosas,

las sombras de los cien puertos

de que Galicia es señora.

Y lentamente pasando,

como ciudades que flotan,

van sus cien naves soberbias

al ronco son de las olas.

Mas ¡ay! como en ellas veo

alejarse de la costa

sus tiernos hijos desnudos,

que miran tristes á Europa,

pidiendo su pan amargo

á la América remota,

no acierto á deciros

si canta ó si llora.

IV

¡Pobre Galicia!… tus hijos

huyen de tí, ó te los roban,

llenando de íntima pena

tus entrañas amorosas.

Y como á parias malditos,

y como á tribus de ilotas

que llevasen en el rostro

sello de infamia y deshonra,

¡ay! la Patria los olvida,

la Patria los abandona,

y la miseria y la muerte

en su hogar desierto moran.

Por eso, auque en son de fiesta

la gaita gallega se oiga,

no acierto á deciros

si canta ó si llora.

V

¡Espera, Galicia, espera!

lleva la cruz que te agobia,

regando con sangre y lágrimas

esa vía dolorosa.

¡Tendrás sed!… ¡Hiel y vinagre

te darán con mano pródiga,

y, con corona de espinas,

cetro de caña por mofa!

Pero los tiempos se acercan;

y cuando suene tu hora,

feliz subirás y grande

á la cumbre de la gloria.

Hoy si la gaita gallega

el pobre gaitero toca,

no acierto á deciros

si canta o si llora.

Ventura Ruiz Aguilera

INSPIRACIONES

POESÍAS SELECTAS

DE VENTURA RUIZ AGUILERA

MADRID 1865

BALADA DE CATALUÑA

BALADA

DE CATALUÑA

por

Don VENTURA RUIZ AGUILERA

seguida de una traducción en verso catalán

BARCELONA

IMPRENTA DE CELESTINO VERDAGUER

1868

BCN10

I

  Cataluña tiene un hijo,

tiene un hijo menestral,

que por verla siempre grande

sin descanso velará.

De la máquina sonora

la voz dice sin cesar,

tric, trac,

tric, trac,

y responde á la que teje,

hila ó prensa, viene ó va,

tric, trac,

tric, trac,

con cantares que le ayudan

á sufrir y á trabajar.

I

  Un fill ne te Catalunya,

un fill ne te menestral,

que per véurerla grand sempre

sens descans ne vetllará.

De la máquina sonora

la veu diu sense parar,

tric, trac,

tric, trac?

y respond á la que fila,

teixeis ó premsa, vé ó vá,

tric, trac,

tric, trac,”

ab canturias que l’ ajudan

á sufrir y á treballar.

II

Cataluña dijo un día,

muchos años hace ya:

—«Ya ves, hijo, que soy pobre,

mi pobreza viendo estás.»

—«Madre (el hijo respondióla)

á ganarme voy el pan , »

tric, trac,

tric, trac,

y regando con roció

de la frente su telar,

tric, trac,

tric, trac,

ganó el pan que le pedía

el acento maternal.

II

Catalunya digué un dia,

ja d’ assó ne fa inolts anys:

—Be veus, fill meu, que so pobre,

ma pobresa estás mirant.»

Lo fill va respóndrer: —«Mare

á guanyarme vaig lo pá,»

tric, trac,

tric, trac

y son taler ab las gotas

de lo seu front tot regant,

tric, trac,

tric, trac,

guanyá ‘l pá que demanava

lo dolz accent maternal.

III

«Cataluña, noble madre ,

un vestido te he de dar,

y del frío los rigores

á sentir no volverás.»

A su madre así le dijo

el obrero catalán?

tric, trac,

tric, trac,

los talleres resonaron,

y tejiendo fué á la par,

tric, trac,

tric, trac,

el vestido y la grandeza

que á su madre hizo inmortal.

III

—«Catalunya, noble mare,

un vestit t’ he de donar,

y del fret las greus crudesas

á sentir no tornarás.»

Aixís li digué á sa mare

lo jornaler cátala;

tric, trac,

tric, trac,

los tallers ne ressonaren,

y ana teixint á la par

trie, trac,

trie, trac,

lo vestit y la grandesa

que á sa mare feu tan grand.

IV

  Cataluña en otros tiempos

dijo al monte y dijo al mar:

—«Mi constancia ha de domaros

y mi firme voluntad.»

Al payés rústica azada

y al marino remos dá,

tric, trac,

tric, trac,

y de azadas y de remos,

á los golpes y al compás ,

tric , trac,

tric, trac,

á la piedra arrancó espigas

y al abismo un cetro real.

IV

  En altres temps Catalunya

digué al mont y diguó al mar:

—«Ma constancia ha de domarvos

y ma ferma voluntat.»

Al pagés rústica aixada

y al marino rems doná

tric, trac,

tric, trac,

y del rems y las aixadas

ais cops seguits y al compás,

tric, trac,

tric, trac,

á la pedra arranca espigas,

y al abisme un ceptre real.

V

 Cataluña vio en sus campos

extranjera gente audaz,

y en su pecho hirvió la sangre

del feroz almogavar.

A la guerra van sus hijos

y al taller sus hijos van,

tric, trac,

tric, trac

y alternando las canciones

de la guerra y de la paz ,

tric, trac,

tric, trac,

conquistó su independencia

y tejió su libertad.

V

Vejó en sos camps Catalunya

estrangera gent audás,

y sentí en son pit bullirne

la sanch del almogavar.

Sos filis ne van á la guerra

y al taller sos filis ne van,

tric, trac,

tric, trac;

y las cansons alternantne

de la guerra y de la pau,

tric, trac,

tric, trac,

conquista sa independencia

y teixí sa llibertat.

VI

Cataluña, porque tengas

ricas galas que ostentar,

el vapor palpita y ruge,

hila el huso de metal.

Mucho valen esas galas

tus virtudes valen más ,

tric, trac,

tric, trac;

en olvido no las eches;

si las llegas á olvidar,

tric, trac,

tric, trac,

no la tela de tu gloria

tu mortaja labrarás.

VI

Catalunya, perque tingas

ricas galas que ostentar,

lo vapor palpita y brama,

fila lo fus de metall.

Si grands ne son eixas galas

tas virtuts ne son mes grands,

tric, trac,

tric, trac;

ja may al oblit las dones,

que si las vens á oblidar,

tric, trac,

tric, trac,

no la tela de ta gloria,

ta mortalla teixirás.

AL POETA CATALÁN

VÍCTOR BALAGUER

Su amigo de corazón

Ventura Ruiz Aguilera

PROVERBIOS EJEMPLARES.-ANTOJARSE LOS DEDOS HUÉSPEDES

PROVERBIOS EJEMPLARES

pacy3

ANTOJARSE LOS DEDOS HUÉSPEDES

Francisco es la segunda edición, corregida y aumentada, de El celoso Extremeño de nuestro inmortal Cervantes, y su esposa Clotilde el reverso de la medalla de la, por incauta, infeliz Leonora. Pobre Clotilde! Cuánto no sufre! Porque el celoso es el avaro del amor, y el amor del celoso es primo hermano del odio; es un amor con uñas y colmillos, un amor que araña, que rompe, que destroza, que hace sangre; el amor de la gata, la cual quiere tanto á sus hijos, que á veces se los come. Clotilde no es feliz; tampoco Francisco: aquella, porque vive en una clausura perpetua, no menos rigorosa que la de las odaliscas en los harenes orientales; éste, porque, lo mismo que el avaro, está siempre temiendo, despierto y dormido, que le roben el tesoro que tantas inquietudes le cuesta. ¿Se pone Clotilde vestido claro? Francisco la encuentra más bella, más peligrosa que nunca; no es la primera vez que la ha dicho: «Mira, Clotilde, quítate ese vestido; ponte el negro, que te sienta mejor.» ¿Se pone el negro, sin saber antes la opinión de su marido?… Su marido principia á formar calendarios : «¿Si lo habrá hecho para agradar al vecino de enfrente? ¿Si será para que resalte más él fresco y delicado color de sus mejillas? Francisco, no hay que dormirse; que el diablo las carga.» No exagero al asegurar que en algunos de sus celosos arrebatos la ha deseado viruelas, barros, pecas, berrugas, herpes y hasta cánceres, en el rostro, para ahuyentar golosos, acordándose de esta copla de un amigo suyo:

El mundo es una colmena,

Y la mujer un panal;

Ojo alerta, colmenero!

Colmenero, alerta está!

A Francisco le gusta la mantilla de velo, no por ser más española que el sombrero y la capota, sino porque el velo tapa la cara, y cuanto más tupido, mejor; el guante es para él una invención honesta, al par que higiénica; prefiere al sol la tibia luz de la luna, para dar una vuelta por calles poco pasajeras, con su Clotilde del alma; cosa que á ella se le va haciendo abominable, pero de la cual no le es permitido quejarse.

Ocioso es decir que la puerta del cuarto que este matrimonio habita se halla cerrada á cal y canto para todo el mundo, excepto dos ó tres personas indispensables, como el aguador y la lavandera. Los vecinos se hacen lenguas del recogimiento de la honrada pareja, á quien miran casi con envidia, ignorando las peloteras íntimas que la excesiva suspicacia del marido arma por un quítame allá esas pajas.

A las cuatro de la tarde tornaba Francisco de su oficina; pero con motivo del estero, no la hubo el día en que pasó lo que voy á contar; así es que á la hora de salir de casa , ya estaba llamando á su puerta. Abrióle la criada, y ya se dirigía él á su despacho, cuando hete aquí que á la mitad del pasillo pisa una cosa blanda que rueda á la presión del pié; inclínase un poco á ver qué es, y se encuentra con medio cigarro puro, húmedo en su primer tercio, como si recientemente acabasen de chuparlo. Hácese el desentendido, se lo mete en un bolsillo, y entrando en su despacho, cuelga de una percha la capa.

—Ya te cogí!—discurre con gesto medio triunfante, medio abatido;—ahora sí que no hay escape, esta punta de cigarro te condena; la Providencia se vale muchas veces de los medios más indiferentes, al parecer, para descubrir á los culpables. ¿Con que, es decir que mientras tu infeliz marido se va descuidado á su trabajo á ganar decorosamente el pan que comes y el vestido que te cubre, tú deshonras su nombre, admites en su ausencia visitas, sabiendo que te las tiene prohibidas? Bien me daba á mí el corazón esta mañana lo que iba á suceder.

Con todo, no queriendo proceder de ligero, se va á la cocina y pregunta á la criada si ha venido alguien á verle á él ó á la señora; la criada responde que nadie; Francisco dice para sus adentros:— «Eso es que están de acuerdo para pegármela; pero todavía no saben quién es el hijo de mi padre.» —Clotilde está peinándose en el gabinete; mejor para Francisco , así le queda tiempo sobrado para recorrer y registrar todas las habitaciones, agujeros y escondrijos del cuarto; porque un celoso es capaz de sospechar que hay amantes

hasta en el hueco de un dedal. Así le sucedió á Francisco; no contento con mirar debajo de las camas y detrás de las puertas, miró, distraído sin duda, pero miró, debajo de las colchas, detrás, de los cuadros colgados al rededor de la sala, y aun metió los dedos en los bolsillos del chaleco.

Verificado el registro, quedóse en medio de la sala, inmóvil como una estatua; la sala apesta á tabaco, toda ella está llena de humo. Para colmo de sorpresa, otra punta de cigarro puro hiere su vista, á manera de puñal: recógela… Oh furor! está húmeda como la primera, y además de húmeda, caliente en toda su extensión, y ademas de caliente, encendida, sí, encendida; al aplicarle indiscreto la yema del índice de la mano derecha, se la ha quemado. Ya no hay duda; el delito no puede estar más demostrado ni más patente. Digo

mal, sí puede: un pañuelo de seda, color de caña, con las iniciales P. y C. es el último acusador de la esposa. Pedro Ceballos se llama el vecino de enfrente; un vecinito que á Francisco se le estomagaba; que cometía el escándalo de levantar de peras á higos las cortinillas de su balcón ; que en una madrugada de verano, cuando no transitaba alma viviente por la calle, tuvo la cortesía sospechosa de saludarlos con una inclinación de cabeza; en fin, un vecino que se presentó dos ó tres veces á Francisco en sueños. ¿Por qué vive allí Pedro Cebarlos? Por qué no se muda ? Esto es grave. No hay más calles en Madrid que aquella? ¿A qué santo viene abrir el balcón media docena de veces al año? ¿No pudiera conservarse cerrado hasta el día del Juicio? Estos argumentos no tienen vuelta de hoja, ó miente la lógica de Francisco.

El esposo alarmado, que aun permanecía con el sombrero puesto, abre la puerta de la escalera, baja, y dice á la portera si alguien ha preguntado por él ó por su señora; la portera responde que no recuerda.

—Ciertos son los toros! —murmura Francisco, subiendo otra vez la escalera de dos en dos peldaños, más muerto que vivo.—Que niegue, que niegue ahora! Yo le juro que ha de haber la de Dios es Cristo. Pero calma, Francisco; no hay que precipitarse. Vamos atando cabos. La portera dice que no recuerda; entonces de qué sirve? Qué hace en la portería? Aquí hay complot; creerán que me chupo el dedo! Están frescos! Arriba hay alguien; esto es más claro que la luz del medio día. La punta de cigarro que encontré en el pasillo estaba húmeda, pero no encendida; prueba evidente de que pertenecía al cigarro que el entró fumando; del primero al segundo, cuya punta conservaba todavía algo de fuego, debió mediar cuando menos una hora; tenemos, pues, que hace una hora, y me quedo corto, que él está en mi cuarto; pero quién dice que no hace tres ó cuatro ? Porque yo haya encontrado solamente dos puntas, ¿puede asegurarse que no habrá otra ú otras en algún rincón?…» ¿ Cómo había de hacer tres ó cuatro horas que el presunto amante estaba allí, no habiendo faltado el pobre celoso más que una de su casa? Todo lo referido hasta aquí pasó en doble tiempo del que se necesita

para contarlo.

Cuando llegó á su cuarto Francisco, su rostro era de cadáver. Desde la puerta de la escalera á la sala había cruzado por su mente una idea terrible. La ley autoriza al marido que se encuentra en la situación en que él creía encontrarse (pues ya daba por segura la sorpresa de un D. Juan Tenorio, con circunstancias agravantes), para vengar por su propia mano la ultrajada honra: así pues, abre una cómoda, saca un rewolver y un puñal, y ocultándolos en los bolsillos del gabán, se dirige con paso resuelto al gabinete donde su mujer,—noticiosa ya de la pregunta hecha por él á la criada,—acababa de peinarse. Francisco percibió al entrar, ó creyó percibir, un leve movimiento en la puerta de escape del gabinete.

Recibióle Clotilde con sonrisa en los labios, como si tal cosa; y él, completamente mudo hasta ver el efecto que producía su presencia, sentóse á su lado, sin quitar ojo de la puerta fatal.

—Cómo has dado tan pronto la vuelta, Paco? Ahora serán escasamente las doce.

—Parece que le sorprende a usted mi venida! Eh? Ya me lo figuraba yo.

Francisco trataba de usted á su mujer siempre que reñían.

—A mí?… Por qué ha de sorprenderme?…—responde Clotilde.—Temprano y con sol empezamos hoy la gresca. Este hombre de mis pecados se ha propuesto no dejarme vivir en paz.

—Se equivoca usted: la voy á dejar á usted, y prontito; pero no será sin su conque.

—Hablas de veras, Paco?

—Sí, señora, hablo de veras.

—Hazme el favor de explicarte más claro.

—No me entiende usted? Qué torpeza tan singular!

—Mira, Paco, dejémonos de indirectas y de sarcasmos ridículos, que á nada conducen: ó hablas claro, ú oiré lo que me digas como quien oye llover.

Francisco arrima todo lo que puede su silla á la de Clotilde, y echando en torno suyo una mirada teatral, la pregunta misteriosamente:

— ¿Quién ha venido mientras yo he estado fuera de casa ?

Clotilde calla por de pronto; pero después de un momento de reflexión, le contesta con igual misterio al de la pregunta:

—Nadie!

Como es de suponer, Francisco, lejos de quedar satisfecho, confírmase más y más en la idea que tiene del acuerdo entre su esposa, la criada y la portera con el fin de engañarle, y dice para su gabán:

—Éste es el momento de las pruebas. ¡ Si no cae difunta al verlas, es una mujer sin resto de vergüenza!

Y diciendo y haciendo, saca una punta de cigarro puro, y mostrándola con aire de triunfo, exclama irónicamente:

—Y esto ?

—Y… qué es eso?… pregunta Clotilde, sin alterarse.

—Nada, como quien dice! No es más que una punta de cigarro, encontrada por mí en el pasillo. El aguador no ha venido, yo tampoco he fumado… con que, saque usted la consecuencia.

Clotilde abre los labios para hablar; pero sin duda quiere antes oír á su marido todo lo que tiene que decirla, pues en el instante mismo baja la cabeza, como la baja el reo ante un acusador inexorable.

Francisco presenta la segunda punta de cigarro (cuyo olor es nauseabundo, por cierto), para acabar de confundir á su esposa; ésta, sensible en alto grado, como toda mujer histérica, dice, retirándose un poco:

—Oye, te has propuesto hacerme reventar?

—Qué delicados nos vamos volviendo! ¡ Si lo fuéramos tanto para otras cosas! Pero voy á complacer á usted,—continúa el marido, arrojando la punta de cigarro;—ya la he tirado. ¡Usted se figurará que no poseo más pruebas!… Oh! he tomado perfectamente

mis medidas.

Al llegar aquí, saca á relucir el pañuelo de seda, color de caña, con las acusadoras iniciales, con la P. y con la C, que, en su concepto, significan un Pedro Ceballos como una casa.

—Y este pañuelo?… ¡Hable usted, señora, hable usted! Y este pañuelo?…

Clotilde no contesta. Entonces él la coge de un brazo, y quieras ó no quieras, la conduce medio arrastrando á la sala, en donde aun no se había disipado la nube de humo anteriormente mencionada.

—Huele, traidora, huele… y niega! la dice, mostrando una calma estoica.

Francisco vuelve á tutear á su mujer, señal infalible de que el furor llega á su colmo. En apariencia está sosegado; la música ancla por dentro.

—Dónde está ese infame? ¿Dónde está ese miserable?—exclama por fin.—Ya puedes rogar por su alma á Dios, pues le ha llegado su hora..

—¡Paco, por la Virgen Santísima… atiende… te diré lo que ha sucedido.

—Pero él saca el rewolver y sale al pasillo en busca del amante ; cuando al entrar en el gabinete, dase un terrible encontrón con su misma suegra. Ésta, viéndole tan furioso, le dice, en vez de saludarle:

—Demonio ! A dónde vas tan armado?

Francisco, á quien su suegra, Dª Petra Caballero, andaluza de bigote, más fumadora que una coracha, había querido sorprender con su llegada y con la noticia de haberse fallado un pleito á favor de Clotilde en la audiencia de Sevilla, avergonzado, corrido, tuvo que apelar á una mentira para contestarla:

—Iba á limpiarlo; está un poco sucio.

Clotilde se reía, pero en la sala, donde no pudieran oírla, exclamando para sí:

—Qué hombre! En todo encuentra malicia! Esto sí que es,—como dice el refrán, —Antojarse los dedos huéspedes.

No sé si el caso que acabo de referir habrá hecho mella en Francisco; mucho me temo que éste ha de ser incorregible: los celos son una de esas enfermedades que rara vez tienen cura.

Ventura Ruiz Aguilera

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fin2

 

PROVERBIOS ESPAÑOLES (primera serie)

Publicado en Madrid en 1884

LIBRERÍA DE DON LEOCADIO LÓPEZ.

 

El significado de  antojársele a alguien los dedos huéspedes según el DRAE es:

1.loc. verb. coloq. Ser excesivamente receloso o suspicaz.

Según el María Moliner:

Hacérsele a alguien los dedos huéspedes.

1 Ver peligros o enemigos donde no los hay; por ejemplo, por estar escarmentado. *Sospechar.
2 Forjarse *ilusiones de que se repitan sucesos favorables como los ya ocurridos

HISTORIA DE UNA MUERTE

serenata

HISTORIA DE UNA MUERTE

JUANA era una muchacha preciosa que vivía en Granada, querida por un joven que se miraba en sus ojos como en el cielo de su dicha.

Granada, esa ciudad andaluza, último baluarte de los moros, no es sólo el pueblo de la Alhambra y de las leyendas, de la vega del Generalife, es también el país de las tradiciones caballerescas, en donde se conserva con no poca pureza el carácter árabe, mezcla de pasión y de odio, de pasión y de venganza.

Por eso no es extraño que sus hijos conserven mucho de esos extremos y que las granadinas sean tan hermosas como capaces de grandes pasiones.

En sus ojos, focos de luz y torrentes de fuego, ora se forja el rayo de la tempestad, ora se acumula y brota el fuego de la gloria.

Todo esto hace al relato de esta historia.

De hermosa cara y corazón amante, lindo cuerpo, mucha sal y un pico de oro, Juana tenía no pocos adoradores y un novio.

Este último se llamaba Curro.

Todas las noches á la luz de la luna, cuando suena la hora en Andalucía de que las amantes parejas se comuniquen sus impresiones y se digan y se repitan sus amores, Curro se acercaba á la reja de Juana, y embozado en su capa, que terciaba con gracia, calado el sombrero y con un cigarro en la boca, rondaba con la inquietud del enamorado la casa de su novia.

Era el palacio de sus sueños.

Devoraba con su vista la reja y lanzaba al aire comprimidos suspiros.

Las puertas vidrieras de la reja se abrían al fin, apareciendo tras ella el ideal del alma de Curro. Juana se asomaba, y el complemento de la dicha del mozo se realizaba en aquel punto.

Entre un océano de luz y un cielo de armonías le hablaba á su amada.

Así pasó algún tiempo; muchas fueron las noches en que aquellas escenas se repitieron; pero una espesa nube vino á cubrir de sombras la felicidad de los dos amantes.

Uno que se llamaba traidoramente amigo de Curro, y que sentía un amor ciego hacia Juana, empleó, para separarla del novio, uno de esos medios que Satanás concibe en el Averno para llevar almas á sus dominios.

La calumnia habló por su boca.

Su lenguaje atentó á la honra de Juana.

Curro pasó por esas gradaciones que motivan á veces los falsos testimonios; no creyó en un principio, dudó después y acabó por estimar ciertas las aseveraciones de su falso amigo.

El veneno surtió su efecto.

Curro sintió primero el hielo del indiferentismo y concluyó por experimentar hacia Juana el desprecio. La niña fué notando las variaciones de su novio.

Este, á fuerza de sucesivas y repetidas interpelaciones y escenas violentas, continuados altercados y todo género de acritudes, dijo el motivo de su actitud.

Las relaciones amorosas quedaron rotas.

Del idilio se pasó al drama.

¿Sería culpable aquella mujer? ¿se ocultaría la lava del vicio bajo el volcán de aquella mirada?

Nunca se había oído hablar de ella en aquel sentido. Recta había sido siempre su conducta y muy puros los sentimientos de su alma.

Pero ¿ quién es capaz de penetrar hasta lo íntimo de la vida de una mujer?

Las manchas de la deshonra no aparecen á veces en la mejilla con el carmín del rubor.

Todo esto y algo más pensaba Curro en aquellos momentos que antecedieron al rompimiento con su novia, y se agolpaban á su mente en tropel oprimiéndole el pecho bajo la pesadumbre del escepticismo.

El amigo de Curro había logrado su intento.

Libre de su rival, trató únicamente de conseguir el amor de Juana, á quien suponía ignorante de la calumnia levantada, ó cuando menos del nombre de su autor.

¡Cuánto se engañaba!

Pero su error subió de punto al acercarse á Juana y ver que ésta escuchaba sus requiebros y admitía su amor.

Al nuevo amante le entraron ganas de unirse para siempre á la hermosa granadina; y así las cosas, pensó tan sólo en que las relaciones se acelerasen, temeroso también de que Curro pudiese volver al redil ó de que se despertase en ella algún día el recuerdo de su antiguo amor.

Le manifestó deseos de casarse con ella cuanto antes y penetrar, por lo tanto, en su casa para pedir su mano á sus padres.

Juana le persuadió de lo imposible de esa entrevista, porque sus padres se oponían á aquellos amores; pero le dijo que había un medio para llevar á cabo sus planes: escaparse con él.

La proposición fué aceptada en el acto.

Aquel nombre, ciego por la pasión que le dominaba, nada veía, encontrándolo todo natural y sencillo.

Quedó fijado el día y la hora de la fuga.

Todo estaba ya prevenido.

El nuevo amante de Juana había buscado una casa que sirviese de nido provisional á su querida pichona.

¡Cuánto le palpitaba el corazón!

Llegó el momento de la partida.

Las puertas vidrieras de la reja se abrieron.

Era más tarde que las otras noches. Juana apareció por allí con algo de extraordinario en el rostro, que no comprendió su raptor, ó que todo lo más atribuyó á otra causa que á la que en realidad obedecía.

Se cambiaron algunas palabras. Juana se metió dentro y al poco rato abrióse sigilosamente la puerta de una casa.

Una mujer, cuyos ojos despedían una luz vivísima en medio de la profunda oscuridad de la noche, fué destacándose por el estrecho hueco de la entreabierta puerta.

Era Juana. Iba envuelta en un mantón negro como las penas de su alma, las tristezas de sus amores y la terrible lobreguez de su espíritu.

Aquella mujer tan interesante se cogió del brazo del rival de Curro, como la sombra del pecado que envuelve á su siervo.

Así marcharon durante un rato cruzando algunas calles.

Al pasar por la plaza del Campillo, Juana solicitó de su acompañante descansar un rato en los asientos de aquel paraje.

El enamorado mozo estaba fuera de sí. Había sentido de cerca el aliento de aquella mujer tan verdaderamente encantadora; había oprimido su mano entre su brazo y hablado con ella sin distancias, sin separaciones ni obstáculos.

Era suya.

Con la respiración comprimida, el falso amigo de Curro se sentó al lado de su amada y quiso rodear su cuello con sus brazos y hasta darle un beso en los labios; pero Juana, separándolo de sí rápida como el pensamiento, le dijo que esperase un poco porque tenía que hablarle antes de ciertas cosas. Empezó por describirle en breves y apasionadas frases sus relaciones con Curro, la felicidad de que disfrutaba con aquellos amores tan puros, tan desinteresados, tan sinceros; y cuando menos lo esperaba, aquel hombre —que sólo creía que Juana adoraba en él —se encontró con que aquella víctima de la mordacidad de su lengua, de la torpeza de sus planes, de la perversidad de sus celos, cambiaba de tono, se erguía poco á poco con la dignidad de la virtud ultrajada, le iba echando en rostro cuanto él había hecho para que se viese devorado Curro por el demonio de la duda.

Maquinalmente se desviaba de su lado el acompañante de Juana; pero ella le retuvo hasta el fin de su tremendo relato, que, á guisa de sentencia de muerte, quiso que escuchase en todas sus partes; y cuando intentó incorporarse á viva fuerza el delincuente, Juana, arrojándose á él como la herida leona de los desiertos africanos, sintiendo hervir en sus venas la sangre árabe que corre en abundancia por las venas de las hijas de Andalucía, hundió en el pecho de aquel hombre una navaja de Albacete que acariciaba tiempo hacía bajo el negro manto en que iba envuelta.

Y allí quedó sin movimiento, luchando con las últimas ansias de la muerte, atravesado el corazón por el filo del arma homicida el rival de Curro, que pagó de aquel modo su delito.

Satisfecho su propósito, ella misma dio parte á la policía de que en uno de los asientos de la plaza del Campillo quedaba un hombre atravesado el pecho de una puñalada que había puesto fin á sus días.

Dijo que le había dado muerte ella misma, y expuso el motivo.

Juana fué detenida y juzgada.

Como principal testigo, que aseguró ser cierta la causa que había impulsado á Juana á matar aquel hombre, compareció Curro ante el tribunal, transida el alma de dolor y lleno de vergüenza y desesperación por haberse dejado llevar de las falsas palabras de un rival encubierto, tan miserable y tan audaz.

Juana fué puesta en libertad al poco tiempo, y desde entonces las granadinas, á los que tratan de quitar honras con la lengua, les cuentan en seguida la historia que acabó en el Campillo.

 

PEDRO SAÑUDO AUTRAN

Publicado en su obra

NARRACIONES ESPAÑOLAS Y AMERICANAS, 1886

Segunda parte.

Narraciones y artículos.

RATAPLÁN (conclusión)

Leer el comienzo: RATAPLÁN I

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V

Gozando, por fin, de aquella tranquilidad de espíritu, tan necesaria para el estudio, di á luz una tras otra las siguientes obras: Programa fundamental de psicología y ética, El racionalismo ante la sana rasen y Errores de la filosofía positiva y materialista, tres librejos que me ganaron la estimación de todas las personas cultas y

sensatas de Cayudes, pero que, considerados como valla y antemural de la buena doctrina, fueron impotentes para detener el aluvión revolucionario que se nos entraba por las puertas. No hay duda que el terreno se hallaba ya preparado por aquel satánico espíritu de rebeldía que había yo sorprendido en la marcha irregular y agitadísima de los sucesos, y bastó un hecho solo para que las ideas perturbadoras tomaran repentinamente cuerpo. Este hecho fué la revolución de Septiembre.

Tuvimos, por consiguiente, motines un día sin otro, y dos á la par; formáronse juntas de compadres, se armó la milicia ciudadana, nos nacieron tribunos con esa prolífica abundancia de las plagas, amaneció la discordia, estalló la guerra. Mal cariz presentaba aquello. Algunos compañeros míos, así como todas las personas sensatas de la población, se alarmaron lo indecible al observar el giro que tomaban los acontecimientos, aquella especie de esfinge, invencible y trágica, asentada en cuantos caminos recorrían nuestros Edipos. Lo que yo me alarmaría, pueden calcularlo mis lectores, sabiendo que llevaba escritos en El Orden, periódico ortodoxo y tradicionalista, una tanda de artículos políticos algún tanto mordaces. ¿Cómo, pues, sustraerse á las consecuencias, al temor, al espanto, á la posibilidad de cualquiera desagradable peripecia?

¡Ah! ¡Que no volvieran aquellos felices años (algo más de un lustro), que tan sosegadamente corrieron para mis tareas de autor diligente! Corrieron, sí, con el sosiego y la apacibilidad de un río de anchísimo y dilatado cauce que ve reflejarse en sus claras aguas las infinitas bellezas del paisaje.

Después de proclamada la República, una de aquellas tristes noches, tan tristes en provincias, que todavía esperan un Ovidio desterrado que las cante, al tiempo de retirarme á casa se me presentó un ordenanza del gobernador, y me hizo saber que su jefe me recibiría en su gabinete particular, entre doce y una de la madrugada.

—Perfectamente: iré por allá,—contesté con no poco susto, porque las circunstancias no eran para menos.

Quedé luego pensando en las horas de recibir á las gentes que tenía S. E., que no podían ser mejores, sobre todo para cualquier catedrático metódico y madrugador.

Pero fueran como fuesen, no era lo peor las horas, sino el asunto ó motivo de la cita. ¿Sería acaso político? En cuanto dieron las doce, cogí el abrigo y me encaminé á la Diputación. Pero al cruzar por la sala, con el quinqué en la mano, eché una mirada al espejo, y me vi algo más pálido y amarillento que de ordinario. Debo

advertir, por lo que atañe al exterior de la persona, que mi cara de filósofo con peluca á lo Luis XVI, seriota, carnosa y carrilluda, con su correspondiente papadilla, no previene en contra; á lo más infundirá cierto respeto, y creo que no disonase mucho, á pesar de su bigotillo, en el coro de una catedral, entre las más esponjadas y expresivas de los prebendados. Entrando en la Diputación, salió á recibirme el consabido ordenanza, y aún estuve media hora de antesala antes que volviera para acompañarme al despacho del Gobernador. Era este un hombre de mediana talla, pero de mucha fibra al parecer, moreno, joven, quizá demasiado joven para semejante cargo, de mal color, barbudo, con ojos de ave de rapiña y un perfil de cara típico, que, según Lavater, debía significar audacia, genio militar, orgullo, propensión á los cargos elevados, etc., etc Con todo y con eso, en conjunto resultaba una figura agradable, fina, atractiva, vestido como iba en aquel momento de levita negra y pantalón azul, lo cual tendría yo por inexplicable, si no fueran mis propios sentidos los que tal impresión me sugirieran.

—¿V. es D. Hipólito Salvatierra?—me preguntó en seguida, sin haber cruzado conmigo ningún saludo.

—Servidor de V.

—Muy señor mío. ¿V. es catedrático de psicología, lógica y ética, secretario del Instituto, autor de varias obras y redactor de El Orden, desde cuyas columnas nos ha puesto V. á los liberales como chupa de dómine?

—¡Oh! no, Sr. Gobernador; tanto como eso…. He atacado, ó, mejor dicho, he puesto en tela de juicio ciertas ideas….

—Pero detrás de las ideas están los hombres, y V. se ha permitido aludir en sus artículos á los más caracterizados de una manera ofensiva, mordaz, venenosa, indigna de una pluma que se precia de culta y de discreta.

—Eso es la furia de la improvisación, créalo V. Si V. E. supiera cómo se escriben esos maldecidos artículos….—Y en medio de este tiroteo de preguntas y respuestas sentía bañarse todo mi cuerpo en extraño sudor, y pensaba para mi capote: «Pero, señor, ¿en qué vendrán á parar estas misas?»

—Además, se me ha indicado por persona que debe estar en autos, que V. ha dado dinero para….—Aquí bajó la voz su señoría y deslizó la acusación en mi propio oído.

Yo protesté en voz alta:

—¡Por Dios y por todos los Santos, Sr. Gobernador! ¡Que se inventen semejantes absurdos en un Cayudes…. y que se les dé crédito ! ¿Cabe en cabeza humana que con doce mil reales de sueldo, teniendo que sostener á mis padres, socorrer á mis parientes y pagar casa, me quede á mí dinero para…. para eso?

—Bueno bueno. Es un rumor que me permito indicar, aunque no crea en él. Y vengamos á lo importante, señor D. Hipólito; por personas de mi confianza supe esta mañana que la gente del bronce había formado una lista de sospechosos, con la idea de encerrarlos bajo llave. V. va en esa lista. Se han empeñado en tener una garantía

de valor contra los excesos de los carcas, como los llaman ellos. Á mí, como comprenderá V., me repugnan los procedimientos de fuerza; pero las circunstancias difíciles que atravesamos me obligan á tolerar lo menos malo para no reprimir y ahogar en sangre lo peor. Ahora, que si faltan á lo convenido y se exceden de obra ó de palabra, en cualquier terreno que sea, yo le aseguro á V. que les sentaré la mano. Le he llamado, pues, para advertirle que haría V. muy bien en arreglar esta noche el equipaje y largarse á Madrid lo más pronto posible. Hoy por hoy, hallará V. mayor seguridad en aquel río revuelto que en esta balsa de aceite. ¡Ah! Otra cosa: V. no me habrá conocido tal vez; V. no se acordará ni del Santo de mi nombre, ¿no es verdad? Por supuesto que como me firmo Fernando G. Cebrián….

—Esa fisonomía…. Sí, señor, sí; estaba recordando, y me decía : «yo he visto esa fisonomía en otra parte…., tengo una idea confusa….»; pero no acertaba. Dispense V. E. mi torpeza: debo ser mediano fisonomista.

—Fernando García. Solo que hay tantos Garcías en España, que para no ser uno más, acostumbro á firmar con el apellido de mi madre. Por eso no me extraña que V. no cayera en la cuenta ni antes ni después…. ¿No se acuerda V. de aquel discípulo y vecinito suyo que V. suspendió tantas veces por ojeriza, por su desaplicación y por ciertas travesuras, pero sobre todo por lo primero?

—Perfectamente; no diga V. más. Fernandito García, ¡vaya! ¡Ya lo creo! Algo había de eso que V. indica, señor Gobernador; algo había en efecto…. Es una historia que le divertiría á V. muchísimo si se la contara.

—Pues yo, como muchacho resuelto y expeditivo, trasladé la matrícula á Madrid, y allí me hice abogado, orador y hombre político, todo en una pieza. No lo hice tan mal al principio que no me ganara algunas simpatías, y aquí me tiene V. de jefe, debiendo ser soldado raso. Pero no lo olvide V., Sr. D. Hipólito; es preciso ser un poco tolerante con la juventud; ni todos nacemos para sabios, ni todos los grandes hombres se formaron en las aulas.

Dicho esto, volvióse hacia la mesa del despacho, tocó un timbre, y acompañándome hasta la puerta, añadió con un gracioso movimiento de cabeza:

—Estos señores metafísicos…. son terribles.

Debo advertir que en este expresivo cabeceo no se traslucía ni por asomo aquel necio y soberano desdén con que Napoleón hablaba de los ideólogos.

Transcurrida apenas media hora, cerrando mi maleta de viaje en la soledad de mi cuarto, hacíame cruces, y me preguntaba con pueril asombro: « ¿Viviré en la realidad? ¿Será posible que aquel alborotador chiquillo, que aquel estudiantino travieso, que aquel famoso Rataplán gobierne una provincia nada menos? ¿Habrán pasado, en efecto, doce años, ó serán innumerables los que hayan corrido milagrosamente, como cuenta la leyenda de no sé qué santo anacoreta, para despertar en una España distinta de la que yo conocí?»

Á los pocos días de llegar á Madrid supe por los periódicos que habían sido detenidos y llevados á la cárcel algunos pájaros gordos de Cayudes. Pero Rataplán cumplió su palabra; los excesos del populacho se limitaron á detener á estos catorce ó quince personajes en calidad de rehenes, y exigirles algún dinero.

Entonces demostró carácter. Dos años después habló en las Cortes como diputado, y demostró talento. Con esta bizarra acción de acordarse de su profesor, sólo por haber sido su profesor, para evitarle un tremendo disgusto, demostró que era hombre de generosos impulsos, sin contar con que el citado rasgo envolvía una lección de prudencia regalada por el discípulo al maestro. ¡Vaya con el famoso Rataplán! No dudo yo que si modificara algún tanto sus ideas, que son medianejas, por sus puntas y ribetes de socialismo, le viéramos el mejor día ministro.

Por mi parte, si ese día llega, me comprometo á dibujaros esta figura contemporánea con los mejores perfiles de mi pluma de psicólogo; pues, según los estupendos lances de su vida, sospecho que no ha de carecer de originalidad, ni de gallardía, ni de noble y gracioso colorido.

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JMMatheu2JOSÉ Mª. MATHEU.

Publicado originalmente en

LA ESPAÑA MODERNA AÑO II Nº XVII

(REVISTA IBERO-AMERICANA)

MAYO – 1890

 

RATAPLÁN IV

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RATAPLÁN

(cuento)

IV

Transcurrido algún tiempo, y muerto el digno compañero que la desempeñaba, se me concedió la Secretaría del Instituto como premio á mi laboriosidad. Una mañana que despachábamos las papeletas de matrícula, se presentó á reclamar la suya un estudiantino moreno, feo, con ojos vivos de pájaro y una nariz gruesa, que parecía un puño pegado á la cara.

—¿Su nombre de V.?

—Fernando García,—respondió con desparpajo, y mirándome serenamente, cuando, sorprendido yo por el nombre, clavé mi vista en él. Según la papeleta, estaba matriculado en Aritmética y Álgebra, Geografía, Retórica y Poética, y no sé qué más. «Esta es la mía:—me dije en cuanto volvió la espalda;—ahora veremos, señor Rataplán, si despunta V. tanto en matemáticas como en el manejo del tambor.»

Durante el curso le pregunté en varias ocasiones á mi compañero, el profesor de Aritmética, cómo se portaba el alumno Fernando García.

—Le tengo por una medianía. No da palotada, ni estudia, ni concurre á clase…. y es de los que amotinan á los estudiantes:—tal fué la respuesta que me dio.

Perfectamente; lo que yo esperaba. No quise saber más. Terminado ya el curso, formaba con mi compañero antedicho el tribunal de examen, y poco tuve que hacer para que se le propinase el merecido suspenso. Mas cuando llegó Septiembre, volvió á presentarse, y respondió con algún acierto ó, mejor dicho, con mucha verbosidad. Conocíase que á ratos perdidos había hojeado los libros. Mis compañeros dudaban, pero yo insistí: —¡Oh! Como le dejen hablar…., no le ahorcarán seguramente á ese chiquillo; pero no basta saber charlar si falta la doctrina. En fin: es un charlatán que carece de fondo. Además, se le habrá visto en cátedra media docena de veces en todo el curso.

Esta opinión decidió al tribunal, y se le obsequió con un reprobado más grande que una casa.

En el curso siguiente se formaron distintos tribunales de examen, y, aunque con gran trabajo, debió pasar el caballerito Fernando, porque llegué á tenerlo entre mis discípulos. No es ahora del caso referir menudamente ciertas peripecias de poca monta que pasaron en la cátedra, y por las cuales la ojeriza que le había cobrado subió de punto. Pero siempre, en estos choques, lo que más me irritaba, lo que más me revolvía la bilis, era la frescura y desparpajo con que se atrevía á replicar á mis reprimendas. Dos años le tuve amarrado á la psicología y ética. Por fin llegó al grado de bachiller, de cuyo tribunal formaba yo también parte como secretario. Presentóse de los últimos, y no puedo negar que casi casi

salió airoso, gracias á su desenfado, á su facilidad en expresarse, á la petulante anuencia de su palabra. Habíale recomendado la familia á uno de los catedráticos del tribunal, y como la cosa quedó un poco en duda, se armó un zipizape mayúsculo. Se discutió lo indecible. Tanto y con tal empeño, que yo tuve que sacar el cristo, asegurándoles que nunca daría mi voto á un charlatán que carecía de ideas, de doctrina y de solidez, sin más jugo ni sustancia que una sarta de tópicos, vulgaridades y frases hechas. Le hice una seña al presidente, que era de los nuestros, y añadí:

—Se puede proceder á la votación.

—Un momento, señores (repuso nuestro digno presidente). Si se aprueba este alumno, advierto á Vds. que la manga ancha seguirá igual para todos los demás.

Pasamos, pues, á votar, tras esta sustanciosa insinuación, y apareció suspenso por irrecusable mayoría. Después de tal derrota no debió presentarse en Septiembre, á probar fortuna de nuevo, porque no volví á verlo en el Instituto, ni aun en Cayudes, desde aquella memorable fecha. Debo confesar, sin embargo, que, á pesar de la mala voluntad que tuve siempre al muchacho, en más de una ocasión recordé con verdadero sentimiento la rigidez y la aspereza excesivas con que le había tratado. Ni aun logró templarlas siquiera el saber que entre algunos compañeros míos disfrutaba de ciertas simpatías, por aquel despejo y aquel gentil desenfado con que respondía siempre en clase, supiera ó no supiera la lección, á tuertas

ó á derechas, antes que pasar plaza de ignorante.

¡Pobre Fernandito García! Yo lo traté á baqueta por lo de marras, y no merecía tanto rigor, bien consideradas las cosas.

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cont1V (conclusión)

JMMatheu2JOSÉ Mª. MATHEU.

Publicado originalmente en

LA ESPAÑA MODERNA AÑO II Nº XVII

(REVISTA IBERO-AMERICANA)

MAYO – 1890