El cuento de año nuevo.

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Por Cristo Nuestro Señor que comenzaba de perlas el año… Noche más triste, obscura y helada no pudo soñarse: la nieve caía mansamente sobre la haz de la tierra, el viento huracanado hacía gemir con tintineante son las campanas de la iglesuca de Villabrines, uno de tantos pueblos de la montaña ignorados para los geógrafos, aldea que tenía por junto treinta casas y un centenar de habitantes.

No os llamaréis á engaño si os juro que en tal noche, pasadas ya las doce, todos los villabrinenses, chicos y grandes, mozos y mozas, dormían á pierna suelta muy metiditos en la cama, sin darse cuenta de que la nieve, obrera impertérrita, iba extendiendo sus helados cendales por la haz de la tierra.

Miento bellacamente al afirmar que todos dormían, porque de una casuca emplazada al promedio de la calle Real salió un hombre mozo que al exponer las narices al poco agradable ambiente de la noche, subióse la bufanda hasta los ojos, calóse la boina hasta las cejas y metidas las manos en las profundidades de los bolsillos del pantalón, rompió á andar con pisar recio por la calleja á cayo final abríase un sendero que conducía á un bosque de nogales y castaños.

Si á ti lector te da el naipe por pararte á reflexionar en esta historia que te cuento, es posible que presupongas que muy mal estaba con su persona quien en parecida noche tan locamente la exponía, pero sí te advierto que el amor hacía mover tan gentilmente las piernas de nuestro personaje, encontrarás muy disculpable el caso: que por amor sabido es que se cometen mil y una tonterías. Bueno: sigo ya en línea recta mi narración.

El mozo, como iba contándote, enfiló por el sendero y empezó á tararear debajo de su bufanda una canción, sin duda para entretener el camino, disimular la crudeza del aire que zumbaba en sus oídos, entumecía su cuerpo y hacía voltijear en derredor suyo millones de mariposas blancas y heladas y aun, lo que es más seguro, para ahuyentar el miedo que tanta soledad y negrura infundía en el ánimo del caminante.

Al cabo del tiempo vióse nuestro héroe en pleno bosque y aquí ya unióse al frío de la noche aquel otro del espanto, que no hay cosa más terrorífica que millares de árboles juntos que no se ven, pero que empujadas sus copas por el aire murmuran á coro una salmodia espeluznante que os hace pensar en una macabra reunión de esqueletos.

Pero la voluntad del amor no se detiene por nada: nuestro hombre internóse en el bosque sin titubear en su camino y sin romperse una vez por minuto la crisma contra los seculares árboles que hallaba á su paso… Y cuando ya la nieve había convertido la negra boina en gorra de dormir, fileteaba los pliegues de la bufanda y los hombros de la chaqueta, nuestro enamorado personaje vio á lo lejos una hoguera que parecía un ojo tremendo abierto en la negrura y que parpadeaba con destellos rojos.

Hacia aquel faro imprevisto marcó su derrotero nuestro mozo.

Y hete aquí lector que vendría como anillo al dedo hacerte creer que el mismísimo diablo, ó algún sabio hechicero ó tal vez una hada de los bosques fué quien encendió la fogarata para atraer al incauto mancebo, pero, en la prosa vil de la vida no ocurren tamañas aventuras ni danzan tan fantásticos por personajes: en el bosque habitaba un viejo leñador, tenido por monomaniaco y á quien apellidaban el Tío Verdades.

Al llegar próximo A la hoguera el mozo dio un respiro de satisfacción, y á través de la bufanda dijo con voz que parecía por lo velada la de un borracho medio dormido:

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—Buenas noches, tío Verdades.

El tío Verdades que filosóficamente se hallaba sentado en un taburete cerca de la lumbre como si estuviera en el lar de su cocina, se contentó con dirigir una mirada de soslayo la que tan de improviso venía á hacerle compañía y gruñó irónicamente:

—No es mala noche…—Y continuó con acento de curiosidad:

—Pero, Gabriel, ¿A dónde vas tú á estas horas?

—Y usté ¿qué hace aquí sentado?—observó el mozo tendiendo hacia la llama sus manos amoratadas por el frío.

—Lo de todos los años,—contestó el guarda con admirable sencillez.—Aguardo á que den las doce de la noche vieja, y á esa hora me preparo para entrar en el año nuevo.

—¿Y para eso enciende usted esta fogarata?—objetó asombrado Gabriel.

— Sí, hijo mío: durante el año apunto en un cuadernito que siempre llevo en el bolsillo de mi zamarra todos mis pesares, mis esperanzas y mis propósitos para darme el placer de ver como las llamas en un momento dan al traste con todo un año de mi vida…

—Vaya, este pobre viejo está mal de la cabeza,—pensó para su bufanda (Gabriel).

—Muchacho, —prosiguió el guarda cambiando su conversación de rumbo,—mal empiezas el año vagando por estos andurriales… Seguramente que la mozuca que te trae sorbido el caletre es la que te hace dar este paseo ¿eh? ¿Lo acierto? ¿A que vas á verla aprovechando que su padre, el tío Castañuelas, se ha largado esta mañana á Santander?

—¡Tú dixisti—hubiera contestado el montañesuco á saber latín; pero se conformó con menear afirmativamente la cabeza y decir con vehemencia:

—A verla voy, sí, señor, á verla, pero no á lo que usted piensa, á parlarla de cosas cariñosucas, ¡quiá!, á cosa de más provecho voy… ¡Eh! ¿Qué no?… ¡Vaya!… Año nuevo vida nueva, y yo le juro á usted,

tío Verdades, por estas cruces, que lo de Sabeluca acabóse de una vez pa siempre… ¡Lo he decidido hoy y marcho á decirla que yo quiero para mujer una moza que no haga cara al primer indiano que la haga cucamonas… ¡Pos no faltaba más!… ¡Asina Dios me salve que lo hago como lo digo!… ¡Ah!… Y no voy á ir más á la taberna ni vuelvo á fumar más un pitillo, aunque me repudra de necesidad… ¡Por éstas hombre, por éstas!… Desde ahora vida nueva… ¡Ni que fuera uno un buey pa no comprender lo que le hace provecho!

Calló el mozo, miróle el viejo burlonamente y dijo con acento zumbón:

—Así deben portarse los hombres. La dignidad ante todo; ¡no faltaba más! Haces bien, Gabriel, haces bien.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Ya el sol del primer día del año se oculta tras la nevada montaña…

Es un sol triste que no ha tenido fuerzas para derretir con sus besos la nieve que aun sigue cubriendo la haz de la tierra.

Tío Verdades se halla á la puerta de su choza, desafiando el cierzo, cuando ve venir en dirección hacia el pueblo á Gabriel.

Viene el mozo tambaleándose: la bufanda le arrastra por el suelo, la boina la trae á la nuca; en la boca luce un puro de los más baratos. La oscuridad es casi completa, y el frío arrecia cruelmente, haciendo apresurar el paso al caminante.

El mozo pasa por junto al viejo y dice con la incoherencia del que ha trasladado la muy diminuta bodega del estómago á la cabeza:

—¡Adiós, tío Verdades! ¡Vaya un día hermoso! ¿Eh? ¡Jesucristo, que feliz soy! ¡Pa marzo Isabeluca y yo mos casamos!… ¡Mos casamos!..

Tío Verdades, que sigue con la vista el caprichoso andar de Gabriel, murmura:

— ¡Voluntad! ¡Qué débil eres para las pasiones! Si fueras firme y perseverases sólo en el bien… ¡qué vida esta más hermosa! Pero los hombres no somos ángeles… somos hombres.

Y el tío Verdades, bajando la cabeza, se retira á su hogar, con materia para comenzar sus apuntes en el nuevo cuadernito.

Alejandro Larrubiera y Crespo

Publicado originalmente en

                     IRIS

Revista semanal ilustrada

Barcelona 6 de enero de 1900.

EL ANILLO DEL REY

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EL ANILLO DEL REY

LEYENDA TRADICIONAL

I

Vivía en la ciudad de Córdoba, a fines del siglo XV, un ilustre caballero,vástago esclarecido de una de las principales familias de aquel reino, tan distinguido en naturales prendas como en alcurnia, y tan dotado de nobles sentimientos como de caudal, por todo lo que disfrutaba de mucho prestigio entre sus conciudadanos.

Conocíale el rey de Castilla y Aragón, don Fernando, y tratábale con mucha amistad, con lo que le mostraba la gran estimación en que le tenía, así por sus buenos servicios, como por los que sus antepasados prestaran en guerra de moros.

Hernando Alonso de Córdoba tenía por nombre aquel caballero, y más comúnmente conocíasele entre el vulgo por el Veinticuatro de Córdoba, honroso titulo que llevaba.

Diole su buena suerte por esposa á una hermosa dama, por nombre Beatriz, en la que así mismo parecían haberse reunido las gracias corporales con las más ejemplares virtudes.

Jóvenes ambos y enamorados, compartían los goces de su buena suerte con los pobres y menesterosos, que en gran número acudían á las puertas del castillo que los esposos habitaban, bendiciéndolos y pagando con la gratitud el beneficio que de aquéllos recibían.

Ayudábales en tan buenas obras el obispo de Córdoba, que lo era á la sazón D. Pedro de Córdoba y Solier, tío de Hernando, v unían sus esfuerzos para remediarlas desventuras del afligido.

Quiso la mala suerte que por aquel tiempo llegase á Córdoba un D. Jorge, primo del Veinticuatro, sujeto de relevantes prendas, caballero del Orden de Calatrava y comendador de las casas de Córdoba. Y unidas estas condiciones á la circunstancia del deudo, franqueáronle las puertas de la casa de D. Hernando.

Tratábanle los esposos con tanto cariño y delicadeza, que más parecía hermano que no primo, disputándose siempre Beatriz y su esposo el placer de servir al Comendador y acompañarle en fiestas y paseos.

Pero suele la buena suerte mudarse y acariciar con ánimo siniestro al que se juzga su protegido, para mejor burlarse cuando él más seguro se confía. Y así sucedió con la estrecha amistad de D. Jorge, que parecía á los esposos una nueva causa de contento. Porque, mudado el afecto del caballero en torpe sentimiento, prendóse de D.ª Beatriz de tal modo, que no pudieran contenerle los sagrados respetos que á ella y á D. Fernando debía.

Y como el freno de la propia dignidad faltase á D. Jorge, una vez resuelto á no escuchar otros consejos que los de su desaforada pasión, intentó, por medio de un esclavo que á su servicio tenía el Veinticuatro, sorprender á la noble dama y sacarla de aquel castillo. Mas sucedieron las cosas muy al contrarío de lo que el desleal amigo y deudo se prometía.

II

Queriendo distinguir el Rey á D. Hernando, en una ocasión en que éste pasara á la corte, diole, al despedirle, un su anillo, que en el dedo llevaba, diciéndole de esta suerte:

— Donaros quiero, D. Hernando, éste, que es para mí sagrado recuerdo de mi madre, porque con ello podáis apreciar cuánta es la amistad que os profeso.

—Y juraros he—respondió el caballero—antes perder la vida que tan preciosa prueba con que me honráis.

Vuelto á Córdoba D. Hernando, y hallándose á solas con su esposa, hizola relato de aquel agasajo del Monarca, y tomándola una mano entre las propias, colocó en uno de los delicados dedos de la noble señora el anillo Real.

—Nadie mejor que tú pudiera guardarle—la dijo—y á ti te le confío.

—Tenerle he en tanta estimación—respondió la esposa—como mi propia honra y la vuestra.

III

Vencido con las dádivas de D. Jorge el esclavo de don Hernando, concertáronse en el medio y ocasión que deberían escoger para llegar al fin apetecido. Fué ésta la partida del Veinticuatro para la corte, encargado por el Consejo de la ciudad de Córdoba de representar al Rey en favor de mi asunto que aquella ciudad en la corte tenia.

Aceptó D. Hernando aquella misión que se le confiaba, atendiendo á su mucha discreción y gran amistad con el Monarca, y dispuso la partida.

Apenas se consideraban libres de su presencia, D. Jorge y el esclavo decidieron acometer la empresa; y llegada la noche, que fué muy en breve, y aprovechando el momento en que la noble señora dormía tranquilamente, penetraron en un aposento que antes de su alcoba se hallaba.

Sobre una mesa, como vivísima luz, resplandecía un anillo orlado de diamantes de gran valor, que, visto por el esclavo, y con el mayor disimulo que pudo, le trasladó á su bolsillo, encaminándose después al cuarto donde la hermosa Beatriz dormía.

IV

Ellos en aquesto estando, el esposo, que llegó al castillo, se dirigía á la habitación de doña Beatriz; y como se apercibiesen por el ruido de algunos pasos y oyesen la voz de D. Hernando, el desleal caballero y el esclavo que le acompañaba pusiéronse en fuga, para evitar el encuentro con el Veinticuatro.

Volvía éste á su casa conducido por varios de sus criados, que quiso su buena estrella que, como salía de Córdoba y á muy poco trecho, fuese derribado por el caballo. Y buena estrella fué que tan grave suceso le aviniese, que de mayor daño le libraba.

Azorada la noble señora, y apenas cubierta con sus vestidos, saltó del lecho y salió á recibir á D. Hernando, que procuraba tranquilizarla con sus palabras.

Extendióse el rumor de la desgracia por el castillo, y don Jorge acudió solícito al auxilio de su deudo. Dilatábase la curación de D. Hernando, y apretaba la urgencia del asunto de la ciudad; con que el Veinticuatro suplicó á su primo pasase en su lugar á la corte para representar al Monarca el deseo de aquellos ciudadanos.

Admitió éste, no sin repugnancia, el encargo, porque retardaba el logro de sus traidores intentos, y no sin vanidad porque tan grave misión se le encomendase.

Desconfiando del esclavo, que durante la ausencia pudiera venderle, suplicó D. Jorge á su deudo le permitiese llevarle en su compañía; en lo cual vinieron muv gustosos tanto el Veinticuatro como el mismo esclavo, temeroso de que el hurto del anillo se descubriese.

Partiéronse el Comendador y los que le acompañaban, y llegados á la corte, refirió el criado de D. Hernando al desleal caballero de Calatrava lo del anillo, suplicándole le dejase escapar para librarse del castigo que temía, y entregando á D. Jorge aquella joya, para que de ella hiciese como mejor le pareciera. Pero éste, recogiendo el anillo, negóse á conceder al esclavo lo que le pedía, ofreciéndole salvarle de aquella situación en cambio de su ap0yo para el logro de su amoroso deseo.

Recibido por el Rey, hizo el Comendador el relato de su instancia, y manifestándole la causa de que el mismo don Hernando no hubiese pasado á la corte. Vino el Monarca en lo que se le pedía, y observó que llevaba el su anillo que diera al Veinticuatro, el Comendador de Calatrava. Dióle dos pliegos para D. Hernando, cerrados cuidadosamente, y le despachó con mucha afabilidad v cortesía.

Entre tanto, algo restablecido D. Hernando, había notado la falta del anillo, y preguntado á su esposa, la cual, no menos inquieta, procuraba apartar la atención del caballero de aquel asunto, que también á ella mortificaba, Pero el esposo no podía borrar de su imaginación la pérdida del anillo, y la confusión de D.ª Beatriz fomentaba en el alma del celoso D. Hernando un infierno de dudas v desesperación.

—Acordaos, señora — la dijo por fin un día—que prometisteis guardarle con tanto cuidado como vuestra propia honra y la mía.

Las dudas aumentaron con la certeza de la desaparición del anillo, y los criados de la casa fueron consultados bajo juramento acerca de aquel hurto, aseverando todos con sagrados votos no haber tenido parte en semejante crimen.

Los días pasaron; el caballero de Calatrava volvió á Córdoba: traía dos pliegos del Monarca para D. Hernando Alonso: en uno otorgábase su petición á la ciudad; en otro se leían las siguientes palabras: «Poco estimáis las prendas reales, D. Hernando: he visto el anillo que os doné en la mano de vuestro deudo D. Jorge.»

No fuera tan terrible el huracán que todo lo arrastra, ni tan profundo el seno de los mares, como fueron terribles y profundos los sentimientos que se apoderaron del ánimo del esposo, y los deseos de venganza que de su corazón nacieron.

Sin aguardar á un completo restablecimiento, dispuso el Veinticuatro una cacería para el día siguiente, y haciendo que todos sus criados le acompañasen, dejó sola en el castillo á la infortunada esposa, que le rogó inútilmente, á un tiempo solícita por la salud de D. Hernando y sin acertar á explicarse el motivo de aquella extraña resolución.

Invitó el esposo á D. Jorge para aquella cacería, y el caballero de Calatrava se negó á admitir el ofrecimiento, ganoso de aprovechar los instantes, y felicitándose por la ausencia de D. Hernando, que, según éste, habría de ser bastante larga.

Llegada la noche, partióse el Veinticuatro, seguido de sus criados: el esclavo le acompañaba también. Poca distancia habían andado, y la noche era muy entrada, cuando el caballero dio orden á los de su séquito para que continuasen, puesto que él se sentía delicado y se quedaba á descansar un momento, que presto podría alcanzarles.

Híciéronlo según dispuso D. Hernando, y éste, acompañado del esclavo, quedó oculto á la entrada de un olivar muy cercano de la ciudad.

—¿Quieres ser libre v rico?—preguntó el caballero al que le acompañaba.

—Señor—murmuró éste.

— Habla francamente—interrumpió el Veinticuatro.

—Sí—contestó, turbado, el miserable.

—Pues sígueme v prepárate á imitarmc.

Y montando de nuevo en su corcel, tomó el caballero la dirección de la ciudad.

El esclavo le seguía con temor.

V

Pocos momentos habrían trascurrido, cuando llegaban don Hernando Alonso y el esclavo á los muros del castillo.

Salta el caballero y se dirige á la puerta; abre y penetra silenciosamente, seguido del miserable esclavo.

Llega á la habitación de Beatriz, y un hombre sale azorado; ella viene tras él.

Un instante después, ambos caen atravesados.

—¡Tú á ese—grita D. Hernando, designando al esclavo el hombre que hallan á su paso — y yo á ella!

Y esto diciendo, sepulta en el pecho de la hermosa é inocente dama el acero que agita en su mano.

VI

Desde aquella noche nada se supo del caballero.

Pasan algunos años, y un pobre caminante se ve próximo á espirar de hambre y de frío en una de las sendas que conducen á través de la sierra. Un austero y virtuoso monje aparece en aquel momento y auxilia al infeliz.

El monje reconoce al desdichado, y éste, fijando en el religioso los turbios ojos, sólo puede exclamar:

—¡Señor, perdonadme: D. Hernando Alonso de Córdoba, vuestra esposa murió inocente!

—¡Inocente!

—¡Sí, os lo juro en presencia de Dios!

Y esto murmurando, espira entre los brazos del monje, que, abandonándole, huye despavorido.

Nada más se supo de D. Hernando.

En las calladas noches del estío, y en medio de la tranquilidad de la Naturaleza, se oían en aquel que fué castillo del Veinticuatro de Córdoba lastimeras quejas y doloridos ecos.

Y eran , según la opinión de las gentes sencillas, los espíritus de D.ª Beatriz y D. Hernando, que vagaban por aquellos contornos, haciendo resonar los plañideros acentos de su dolor el arrebatado esposo, y las dulcísimas plegarias la inocente víctima; con siniestro tono el primero, y la segunda con encantadora melancolía.

EDUARDO DE LUSTONÓ.

Publicado originalmente en

La Ilustración española y Americana.

Madrid, 8 de marzo de 1882.

LA ÚLTIMA NOCHE

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LA ÚLTIMA NOCHE

(1531)

—Maese Andrés, vuestra Cena de San Salvador supera á cuanto hasta ahora habéis pintado; igualáis á Rafael en el dibujo y le aventajáis en el color. Maese Andrés, desde ahora os aseguro la inmortalidad.

Andrés del Sarto se sonrió tristemente á estas palabras, que salían de labios de messire Gandolfo Cavalcanti, uno de los más conspicuos individuos de la bailía de Florencia. Pensaba, en efecto, que la inmortalidad le daría muy poco dinero, y lo que él necesitaba eran escudos y piastras; no que tuviese costosas necesidades que satisfacer sino para que estuviese contenta su Lucrecia, aquella Lucrecia della Fede, tantas veces reproducida bajo la forma de la Virgen Madre en sus maravillosos lienzos.

El gran pintor estaba de cada día más enamorado de su esposa, malvada sirena, en cuyo corazón sólo tenían albergue la codicia y la vanidad. Por ella, sólo por ella había dilapidado el dinero que le confiara Francisco I de Francia para comprar obras de arte; verdad es que para reintegrarle al rey de aquellas sumas le había pintado una colección de obras maestras, cuyo valor excedía enormemente al de los fondos distraídos. Por su mujer se afanaba trabajando sin cesar, privándose de todo para que Lucrecia pudiera lucir joyas y vestidos.

La situación de Florencia, sin embargo, no era muy propicia á los artistas. Aparte de la inminente caída de la República y la restauración de los Médicis por los franceses, aumentaban de cada día más los temores de que la ciudad fuese invadida por la peste que devastaba el resto de Italia.

No tardó en realizarse la terrible amenaza que pesaba sobre Florencia: la plaga hizo su irrupción en la insigne capital toscana con no menos ímpetu que en tiempo de Bocaccio, sólo que esta vez no había de salir de ella ningún regocijado Decameron, sino todo lo contrario: recorrían los frailes las calles y las plazas predicando penitencia, celebrábanse larguísimas procesiones á las que asistían descalzos los magnates; todo era terror y espanto.

El pobre Andrés se encontró sin trabajo, y con tremenda desesperación no podía siquiera continuar morando en la casa donde hasta entonces habitara; casa con espléndidas vistas y cómodos aposentos, con magníficos jardines y alegres azoteas rodeadas de marmóreas balaustradas. ¿Do iría? Los implacables mercaderes con quienes estaba en descubierto se habían apoderado de su ajuar, de sus bocetos, de sus cuadros ya concluidos. Haciendo desesperados esfuerzos había conseguido reunir algún dinero para que Lucrecia se instalara en una posada de los alrededores, mientras él alquilaba una mísera bohardilla dentro de la ciudad para guarecerse de la intemperie.

Una tarde fué Andrés del Sarto á ver á su ídolo, después de pasar tres días sin haber podido realizar aquel su afanoso anhelo. Traíala buenas noticias; los frailes negros de Plasencia le habían encargado fuera á su convento á pintar un fresco de vastas dimensiones. Volvería á tener dinero; podría comprarla joyas y trajes.

Al llegar á la posada, el mesonero le dijo al pobre pintor que su esposa había partido dos días antes con un riquísimo banquero genovés, sin dejar manifestado á donde se dirigía, y ni siquiera hablar para nada de su marido.

Andrés del Sarto sintió como si le partieran el corazón con un puñal; anudósele la garganta, y, poniéndose pálido como la cera, emprendió el regreso.

Tenía que detenerse á cada paso, flaqueándole las piernas, y cuando echaba de nuevo á andar se tambaleaba como un borracho: dolíale la cabeza como si se la apretaran con un aro de hierro. Así llegó á su bohardilla.

No tenía luz, ni lumbre; estaba vacía de todo manjar la alhacena. Echóse sobre el jergón de paja que yacía sobre el suelo húmedo y sintió como si todo él ardiera.

Comenzó á gritar:

—¡Lucrecia! ¡Lucrecia!—pero nadie le respondía. Por fin, vio aparecer varias cabezas que asomaban por la puerta y que desaparecieron rápidamente, en medio de las voces de espanto de —¡La peste! ¡La peste!

Ya no oyó más. Todos habían huido de la casa visitada por la plaga. Andrés del Sarto tendría que morir más abandonado aun que un perro.

Entonces comenzó á delirar. Se le apareció el coro de sus Madonas, todas con el mismo gracioso semblante y la gentil figura de Lucrecia; se le aparecieron las legiones de sus ángeles; se le aparecieron los santos á quienes había dado nueva vida con su pincel, y todos le sonreían, pero de lejos, de muy lejos. Luego desapareció aquella visión y surgieron los horribles cuadros de su vergüenza y su miseria: las gentes que le señalaban con el dedo y le llamaban ladrón, por haberse gastado con Lucrecia el dinero del rey de Francia; las torturas de los celos, la desesperación por las esquiveces de la bella, el constante terror por perderla acaso.

Y á todo esto, sin una mano que le acercara un jarro de agua para calmar el tormento de su sed; sin una voz que le consolase en el supremo trance; sin una oración, sin una mirada siquiera.

Andrés del Sarto volvió en sí por algunos minutos, se incorporó y se cercioró de su abandono.

Entonces alargó los brazos con ademán terrible y cerrando los puños gritó con voz enronquecida:

—¡Ladrona! ¡Ladrona! ¡Ladrona!

No pudo decir más, porque en breve se le fué la vida, á la misma hora en que Lucrecia della Fede, llegaba á Genova, se instalaba en el palacio del banquero y admiraba nuevamente su rostro en el de la Madona pintada por su marido para la capilla del raptor.

Tal fué la muerte, digna de la vida, de aquel desgraciado Andrea senza errori; la posteridad ha recogido el nombre de la mujer indigna que le llevó á la deshonra y la desesperación, sin culparla, como para perpetuar la desventura del soberano artista. La mujer, nadie lo duda, puede ser fuente de inspiración, pero con más frecuencia aun, quizás, perturba el genio del creador.

El caso de Andrés del Sarto ha tenido tantas repeticiones que casi podría calificarse de historia vulgar.

Alfredo Opisso i Vinyas

Publicado originalmente en

IRIS

BARCELONA, 16 de diciembre de 1899

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LA SORTIJA DE BODAS

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LA SORTIJA DE BODAS

«La ceguedad  es achaque de los maridos tontos y usted padece ese achaque. Su mujer le engaña…¿Que con quién? ¡Con quien ha de ser, hombre de Dios! Con su amigote de usted, con luís Almeyada. ¿Lo duda usted? Pues mírele al afortunado mozo la mano izquierda: en el dedo pequeño lleva siempre la sortija que usted dio a su esposa en señal de eterna alianza el día de la boda. En esa sortija,—vea usted si estoy bien enterado,—están grabadas la Fecha de aquel acontecimiento feliz y las iniciales de usted y de su esposa íntimamente enlazados. ¡Intimamente! ¿Eh, que tal? Tiene gracia ¿verdad? No puede usted figurarse lo que nos reímos cuándo Luis nos enseñó la simbólica alianza. Dígame usted ahora si mi cuento no viene como anillo al dedo.»

Palabra por palabra y letra por letra, leyó Antonio Álvarez el infame anónimo. Varias veces arrugó con crispadas manos y otras tantas volvió a desplegar el papel para paladear sus avenenadas frases con el ensañamiento del que escarba su enconada herida. ¡Su amor escarnecido, su honra hecha jirones en corrillos y mentideros, su felicidad en un punto acabada… todo el edificio de sus ilusiones reducido á escombros! Y a la traición de la mujer amada, depositaria de su honor, se unía la infamia del amigo querido, a quien él, el esposo ciego, había abierto las puertas de su hogar y prestado con ociosa confianza protección y apoyo. ¡Oh, los miserables! Y el ultrajado marido apretaba en la mano el villano anónimo como si fuese el mango de un puñal.

—No tendré piedad —decía en voz alta, paseándose a grandes pasos por su despacho.—¡Los mataré!… Pero ¡si la muerte es poca venganza!… ¡Si la muerte no es mas que el dolor de un instante!

De repente asomóse a sus ojos un relámpago de feroz alegría.

—¡Oh! Sí… ¡eso!… Deshonra por deshonra…

Merced á un poderoso esfuerzo de su voluntad consiguió Antonio borrar de su semblante hasta la más pequeña señal de la tormenta que rugía en su corazón.

*

*     *

Nunca estuvo tan amable con Matilde como aquel día.

—¡Qué Hermoso es amarse siempre! Vivir juntos, compartir alegrías y penas, ser un alma en dos cuerpos…¡Qué mayor felicidad!

Le hablaba con el tono insinuante de los primeros días de matrimonio, acariciándole las manos y mirándola fijamente á los ojos. Ella oía distraída a su marido, pensando quizás en otras palabras de amor.

—¿Te acuerdas,—prosiguió el esposo,—del día de nuestra boda, un alegre día de primavera? ¡Qué hermosa estabas!… Aquí fue, en este mismo salón; cogí tu mano y puse una sortija en uno de tus dedos.

Matilde se estremeció y miró con recelo ó su marido.

—Un aro sencillo,—siguió diciendo Antonio;—pero que tenía para mí inapreciable valor. Como que lo había llevado mi madre hasta su último momento. En esa sortija, para mí sagrada, hice grabar las cifras de nuestros nombres y la fecha de nuestro enlace. Muerta mi madre tu eras la única depositaria de mis amores… Y mira, no veo el anillo en tu mano… Dime ¿dónde lo tienes?

Pálida como una muerta, Matilde oyó las palabras de su esposo; quiso contestar y la voz se le heló en la garganta.

—¿Dónde lo tienes?—insistió Antonio.

—No sé,—balbuecó la adúltera;—guardado con mis joyas.

—Búscalo, quiero verlo en tu mano.

—¿Para qué? ¿No te digo que esta guardado, tan guardado, que quiza tardaría en encontrarlo?… Yo te prometo que mañana…

—No. Ha de ser ahora…

—¡Qué obstinación!—dijo Matilde, un tanto recobrada de su angustiosa sorpresa.

—Obstinación, terquedad, lo que tú quieras; pero necesito ver ahora mismo esa sortija. ¿Oyes? Lo exijo.

—Es el caso… Yo te explicaré… Nada he querido decirte por evitarte un disgusto…

—¡Oh! ¡La has perdido!—¿Te la han robado?

—Sí. Sin duda me la han robado.

—¿Y no sospechas de nadie?

—Yo… no sé…

—Yo lo Averiguarte, te juro que le averiguaré y ¡ay del ladrón!…

*

*      *

En aquel momento un criado anunció á varios amigos de la casa, y entro ellos á Luis de Almeyda, guapo mozo, elegante y fatuo. Saludó a Matilde, pero la mirada de Antonio, fija en los ojos de su mujer, impidió que ésta pudiera hacer á su amante la mas leve seña. Después estrechó con aparente efusión la mano del esposo engañado. En el dedo menique,

al lado de una sortija con un grueso diamante, llevaba el joven el anillo de la alianza. No había mentido el anónimo.

—Señores,—dijo Antonio,—dirigiéndose á los recién llegados, siento hacer a ustedes testigos de una escena que por fuerza ha de ser desagradable; pero confío en que ustedes me perdonarán.

Matilde apenas respiraba.

—¿Qué es ello?— preguntó uno de los amigos.

—Cuenta, cuenta,—dijo Luis,—ya sabes que tus asuntos me interesan como si fuesen míos.

—Pues verán ustedes: en esta casa se ha cometido un robo.

—¡Un robo!

—¡Dios mío! ¡Dios mío!—gimió la adúltera cubriéndose el rostro con las manos.

—Se me ha robado,—continuó Antonio,—una joya que yo tenía en grande estimación, un anillo que fue primero de mi madre y después sortija de mi boda.

sortija1Luis de Almeyda hizo un movimiento instintivo para ocultar la mano en la abertura de la levita, pero Antonio sujetándole el brazo, dijo con calma:

—Este, es el ladrón: en la mano tiene la joya robada.

—Mentira,—balbuceó el amante pugnando por desasirse—eso es una calumnia cobarde.

—Fácil lo sería,—añad¡ó desdeñosamente Antonio,—desmentir lo calumnioso de mis palabras con solo mostrar la mano.

—Lo que dice este hombre,—gritó con fuerza para disimular su turbación Almeyda—es una infamia, de la cual me dará estrecha cuenta.

Antonio soltó una carcajada.

—Estrecha cuenta,—dijo,—¡Un lance!… Yo no me bato con un ratero.

Almeyda ciego de rabia y de vergüenza intentó lanzarse sobre su rival; pero sujeto por los contertulios, solamente pudo mostrar su furia en varios insultos, que no cesaron hasta que los criados que habían acudido a los gritos le pusieron á empellones en la calle.

*

*      *

Excusado es decir el escándalo producido por la escena que acabamos de relatar, los visitantes se apresuraron, no precisamente á felicitar á Antonio por su arranque, sino á despedirse de él para ir á esparcir por los cuatro vientos la inesperada nueva de haber quedado el guapo y elegante D. Luis de Almeyda convicto de robo de sortijas, y tanto fué así, que al presentarse poco después en el círculo el desgraciado Tenorio se le negaba la entrada y veía en la tablilla de avisos el acuerdo de su expulsión.

Así quedaba por siempre más mancillada su honra; un esposo ultrajado había tenido manera de ocasionarle un daño infinitamente mayor que el de arrancarle la vida. ¿Quién puede saber nunca hasta donde puede conducir el olvido del deber? ¿Quién puede señalar límites a las consecuencias de una mala acción?

He ahí al brillante don Luis de Almayda, el tipo de la despreocupación elegante y del cinismo de buen tono reducido a la condición vergonzosa de un caballero de industria, de un provechado timador de salones.

*

*      *

Cuando el matrimonio se quedó solo, Matilde se arrojó llorando á los pies de su marido.

—¡Perdón!—gritaba mojando con lágrimas las manos de Antonio.— ¡Ten compasión de mí!

—¡Compasión! ¿La has tenido tú? ¿No has lanzado mi nombre al barro del arroyo? ¿No has deshecho mi felicidad, no has pisoteado mi honor y manchado mí hogar? No esperes piedad.

—Mátame: merezco la muerte.

—¡La muerte!… No… Saldrás-de esta casa y para siempre. No has querido ser la honrada esposa de mi hombre de bien… ve á ser la querida de un ladrón.

—¡Perdón… perdón, Antonio! ¿Nada podrá ablandar tu corazón de roca?… ¡De rodillas te imploro!…

—Todo sera inútil… Sal de esta casa…

—¡No tienes entrañas!..,

—¿Las has tenido tú?… Sal…

Por fin se levantó Matilde. Poco después quedaba aquel hogar, tan feliz antes, señalado á la maledicencia, profanado por el deshonor.

Zeda

Publicado originalmente en

IRIS

Barcelona, 13 mayo de 1899.

Caricaturas.-Los estrenos.

Luis Taboada

dibujos

de

Ángel Pons

Madrid

Manuel F. Lasanta

Editor

Calle de Mesón de Paños, 8

1892

caricaturas_estrenos

LOS ESTRENOS

    Es cosa ya averiguada por todos los revisteros cursis de nuestros días, que el público de los estrenos lo forman las tres aristocracias que ahora se estilan: la aristocracia del linaje, la de la fortuna y la del talento.

No hay un solo crítico de menor cuantía, de esos que se pasan la semana escribiendo en los periódicos la sección de Noticias generales, ó la de Crímenes y accidentes—porque ahora en la mayor parte de los periódicos á cualquiera le echan á crítico;—no hay, repito, uno solo de esos escritores apreciable á quien no hayamos oído decir poco más ó menos: “La sala estaba espléndida; el público de los estrenos se había dado cita…etc.

En efecto; hay un público especial para estrenos, del mismo modo que hay artículos de fantasía, especiales para regalos, y bollos de manteca de vacas, especiales para el chocolate, como rezan ciertos anuncios; y aunque existe la opinión, muy admitida, de que el público de los estrenos es siempre distinguido, yo declaro, salvando la personalidad de ciertas entidades ilustres, que la mayor parte de los caballeros que asisten á las primeras representaciones no pertenecen á ninguna de las tres aristocracias susodichas.

Excepción hecha de uno que otro título de Castilla, que va al teatro “porque le toca” como dice él; de este ó el otro banquero que desea aparecer como amante de las letras patrias; y de tal ó cual autor dramático ó escritor distinguido que acuden á enterarse de la cosa personalmente, el resto del público lo forman en primer término los amigos del autor, esforzados campeones del éxito y fabricantes de entusiasmo íntimo; después los espectadores á la buena de Dios, cabezas de familia sensibles, que compran en el despacho la obligación de conmoverse, y la dicha de referir después en el hogar doméstico las situaciones más culminantes de la obra; y, por último, los seres superiores, por mal nombre, que están sobre el vulgo, según ellos dicen, y hacen su aparición en la sala mirando con desdén al público, como quien pisa en terreno propio; y discuten en los pasillos con estrépito para exhibir sus varias y relevantes aptitudes.

No está de más consignar que éstos tienen también su drama correspondiente, guardado en el cajón de la mesa, porque es cosa sabida que, en los tiempos que alcanzamos, no hay hombre sin drama, como no hay duro sin dueño: y algunos conozco que, sin tener duro, ni gabán, ni sentido común, ni nada, tienen en casa una obra en tres actos y un prólogo, empedrada toda ella de endecasílabos fúnebres que parte los corazones.

¿Cómo iban ellos á perder un estreno? ¡Antes la muerte!

Lo primero que hacen es pasear su altiva y penetrante mirada por los palcos, como si quisieran decir á todas las mujeres guapas:

—Aquí estoy yo, en clase de genio, metido en este gabán largo. Vengo á cumplir una sagrada misión y á dar patentes de talento, ó á quitarlas, según caigan las pesas. ¡Contempladme, seres inferiores!

Después recorren los pasillos para excitar la admiración de los espectadores de buena voluntad que los miran con profundo respeto, y van, por último, á preguntar en voz alta á un conocido cualquiera:

—¿Se sabe, por fin, de que es esto?

—De Rodríguez.

—¡Hombre! ¿De Rodríguez? ¡Qué atrocidad!

—Dicen que es bueno.

—¡Bah! Yo conozco mucho á Rodriguez, y sé los puntos que calza.

—¡Ah! ¿Le conoce usted?

—Muchísimo. Como que hemos vivido juntos en la calle del Sombrerete, y está casado con una de mi pueblo, bastante feucha.

—¿Pero eso quué tiene que ver?…

—Además, él ha sido de carabineros.

—¡Entonces!…

El interlocutor se persuade al punto de que no puede hacer cosa buena un hombre que se llama Rodríguez, sin otro atenuante, y tiene mujer fea, y además ha sido del resguardo. Algún espectador de buenos sentimientos, á quien molesta la conversación de aquellos inteligentes empedernidos, se revuelve airado en su butaca murmurando:

—Al que no le guste que se vaya… ¡Pues hombre!

Entonces los inteligentes se miran, sonríen y se encogen de hombros, dando á entender que no es prudente luchar con la ignorancia.

caricaturas_estrenos2Termina el acto: parte del público aplaude conmovido; ellos lanzan una mirada desdeñosa á aquella colección de infelices y salen á los pasillos para inaugurar la serie de discusiones, comentarios y despellejaduras líricas.

—¡Hombre! Pepe, usted que es crítico, dice uno, á ver qué opina usted de esto.

—¿Qué quiere que opine?

—La obra es mala ¿verdad?

—Rematada. ¡Una mujer viuda, con hijos, y no sabe que va á haber feria en Castellón de la Plana! Vamos: es el absurdo mayor que registra la historia.

—Sí; hay muchas cosas inverosímiles.

—¿Pues no ha de haber?

—Corriente—añade un espectador benévolo;—pero convengan ustedes en que si ella supiera todo eso, no podría haber drama, ni la hija se casaría con el galán joven, no existiría el conflicto dramático.

—Pues que no se case, ni haya drama, ni conflicto y que nos dejen en paz á todos, porque ni usted, ni yo, ni el señor, tenemos obligación de soportar las insulseces de Rodríguez, y que dé gracias á Dios, pues si no llega á ser amigo mío, mañana le hubiese dicho yo cuatro verdades en La Salchicha.

(La Salchicha es un periódico semanal con viñetas, órgano de las casas de huéspedes baratas.)

Un nuevo crítico toma parte en la discusión.

—Sepa usted—dice con acento solemne, que el asunto de este drama es de un novelista portugués, no sé si Vasco de Gama, ó Vasco de Garay; en fin, un novelista del siglo XVIII.

—Del siglo XIV, querrá usted decir—añade Pepe;—porque ambos Vascos florecieron en tiempo de Isabel de Valois.

—Efectivamente; siglo XIV; á éste no se le escapa nada.

—Rodríguez no se qiiere convencer… A mí me leyó el primer acto en el café de las Columnas; y yo, que en medio de todo le quiero bien, estuve aconsejándole que variase todo el plan, porque no me parece decente que el galán joven se enamore de su propia tía y después quiera ahogarla. Hay que conservar en el teatro la pureza de las instituciones y el respeto á nuestros superiores.

—¡Y qué riplos!

—Muchos.

—Además, no encuentra usted un solo carácter en toda la obra.

—¡Hombre! Tanto como eso… se atreve á decir un espectador de buena índole.—¿Le parece á usted que no tiene carácter el barba? ¡Un hombre que al ver á su esposa tomándole la cuenta á la criada, cree que está labrando su deshonra, y ahoga á ambas con sus propios cabellos!… Me parece que es tener carácter.

Si la obra se aplaude, los críticos preinsertos entran en el escenario con la faz sonriente y el corazón oprimido.

Porque “el éxito es el pisapapeles de los corazones chicos”

Hacemos esta frase en competencia con un joven revistero de salones recién llegado de su país, que viene á retorcer el idioma y á causar la admiración de las señoritas cursis.

El autor recibe las felicitaciones de los amigos leales; un pariente cercano, que casi le llevó en su seno, viene corriendo y le da dos ó tres ósculos; los actores le saludan agradecidos, al parecer, y en aquel momento llegan los críticos y se arrojan en brazos del poeta exclamando:

—¡Señor de Rodríguez! Es usted el primer autor dramático de estos tiempos y de los otros, y usted vale más que todos juntos…

Y patatín, patatán…

Al día siguiente, los periódicos publican la crítica, ó lo que sea, escrita por estos distinguidos literatos y algún papá, rebosando orgullo, dice cuando le preguntan por el chico:

—¿El chico? ¿Pues no sabe que es escritor? Sí, hombre, sí; le ha colocado de crítico con cuatro pesetas, un paisano mío que tiene un periódico para defender los intereses de la clase de pupileras pobres, pero honradas.

Luis Taboada

Otras caricaturas:

 

LA HIJA DEL GIGANTE

 

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CUENTO

En la ciudad donde vivía, que era una de las mejores de España, le llamaban León el Grande. Tenía una estatura verdaderamente extraordinaria, como no se ve ya en estos tiempos, ni aun en los países donde son los hombres más altos. Su rostro era franco y simpático, su carácter dulce y bueno, su alma candorosa como la de un niño. Dotado de una fuerza excepcional, sólo la empleaba para defender al débil; así es que era temido por los unos é inspiraba vivas simpatías ó profundo cariño á los otros. Era rico, había perdido á toda su familia y su única aspiración era formarse una, porque era entusiasta de los encantos del hogar. Pero la cuestión de hallar novia era para él difícil, porque siendo excesivamente tímido, no se atrevía á hacer el amor á ninguna de las muchachas.

Una vez, pasando por una plaza, vio asomada á una ventana una joven cuya belleza le cautivó; á la mañana siguiente, que era un domingo, la esperó á la puerta de su casa para ir á la misma misa que ella. La doncella no salió hasta las diez; pero al verla á su lado León sufrió una decepción terrible, por que era de tan corta estatura que no podía menos de hacer una figura ridícula á su lado; desistió de la conquista porque algunos de sus amigos se rieron al verle junto á la joven, que no podía ni mirarle sin molestia.

Cuando iba á un baile, no tomaba parte en la fiesta porque ninguna mujer alcanzaba á su brazo para bailar con él. Su estatura colosal le causaba más disgustos que beneficios.

Al fin un antiguo amigo de su padre le habló de una señorita á quien él conocía, en estos términos:

—Desde hace un año soy tutor de una muchacha que reúne las mejores condiciones para ser tu esposa. Es bella, honrada, rica y tiene una estatura que, aunque no llega ni con mucho á la tuya, no resultaría mal al lado de un gigante como tú. Los demás hombres parecen monos cuando pasan junto á ella. Ven mañana á comer á mi casa, te presentaré á Fernanda, que así se nombra, y si no te parece fea y ella te encuentra bien, yo me encargo de arreglar la boda, con lo que habré labrado vuestra felicidad y la mía, pues no sé qué hacer de esta pupila que no cabe en ninguna parte. Será preciso construir una casa muy alta de techo para vosotros, porque no es cosa que la lleves á la que hoy habitas, que debe contar muchos siglos. Es verdad que en las modernas no podrías estar en pie y harto haces cuando visitas á alguien con sentarte en sillas que para ti son bajas y comer en mesas que te parecerán para muñecos. Conque no faltes á las siete en punto. Claro está que León no faltó. Miró por primera vez sin la menor molestia á una muchacha y esta no le desagradó ni él á ella tampoco. Desde entonces visitó á menudo á su anciano amigo, y antes de que pasase un mes el gigante ya había declarado su amor á la joven y ella le había correspondido.

Se verificó la boda al cabo de algún tiempo y fueron á habitar una hermosa casa de dos pisos construida expresamente para ellos, pero que en su exterior tenía la altura de las de cuatro.

León y Fernanda vivieron allí completamente felices, salían poco y recibían contadas visitas; era para los dos tan molesto hacerlas como que

se las hiciesen, porque las sillas tan altas no permitían á ninguno de los amigos apoyar los pies en el suelo y, aunque para subsanar esa falta habían mandado llevar unas banquetas, los asientos no resultaban nunca cómodos.

Al año de matrimonio, Fernanda dio á luz una niña que, aunque muy hermosa, no parecía llegase á ser del extraordinario tamaño de sus padres. Pero al poco tiempo empezó á crecer de tal modo que pronto no le sirvió la cuna, ni hubo niñera que pudiera tenerla en sus brazos.

Mientras estaba en la casa de los padres la cogían, ya el uno, ya el otro, y para salir idearon comprarle un coche tirado por un borriquillo, llevando á la niña bien sujeta en el asiento para que no se cayese.

Si aquella familia hubiera sido pobre, habría podido ganar una fortuna mostrándose al público en algún local por dinero.

La hija del gigante, como todo el mundo la llamaba, se nombraba Camila y era una criatura bellísima, de carácter dulce y tan medrosa que hasta de una mosca se asustaba. Nunca logró jugar con niñas de su edad, porque su estatura la hacía parecer de muchos más años; así es que no pudiendo amoldarse sus gustos á los de sus compañeras, resultaba que no se divertía. León veía con pesar que su hija iba á ser tan alta como él; á los diez años era casi igual á su madre y ya no le permitían tomar parte en los juegos fuera de su casa por que todo el mundo se reía de ella.

Por aquella época tuvo León una gran pena; su esposa, la tierna compañera de su hogar, murió después de una enfermedad muy breve. El esposo y la hija no hallaban consuelo para aquel dolor. Viendo que pasados algunos meses, la aflicción del padre y de la niña no se mitigaba, los médicos aconsejaron á León que hiciese un viaje y él resolvió poner en práctica aquel proyecto. Pero para realizarlo era preciso hacer con el buque, pues el viaje iba á ser por mar, lo mismo que se había hecho con la casa: construirlo expresamente para León y para Camila. Esto los detuvo todavía algún tiempo, pero al fin lograron su deseo embarcándose en el buque de su propiedad una hermosa mañana.

La niña iba muy asustada y sufrió además las molestias del mareo; así es que apenas salía de su camarote. Su padre la acompañaba casi siempre, pues verse al lado de ella era ya la sola ventura que á León le quedaba. Viajaron por todas las partes del mundo, deteniéndose en algunos de sus países más notables para ofrecer á Camila algún alivio. Al fin ella se acostumbró á ir á bordo, el mareo cesó, el temor al mar fué disminuyendo y León vio tranquila y más contenta á su niña.

Una noche, poco después de haberse acostado el gigante, le fué á buscar uno de los marinos que le acompañaban en el buque y le dijo en voz baja para que Camila, que dormía en la cámara contigua, no le oyese:

—La noche está obscura, el mar agitado, todo anuncia la proximidad de una tormenta.

—¿Corremos peligro?—preguntó León.

—Sí, y por eso he venido á avisarle. Con un tiempo como el de hoy y un buque como este de poca resistencia no sé lo que podrá ocurrir.

—¿No sería posible ir á tierra?

—Estamos muy lejos de la costa.

—¿Entonces, qué hacer?

—Prepararse á arrastrar el riesgo que vamos á correr en breve.

Apenas se alejó el marino, León hizo que su hija se levantase y, aunque no le dijo lo que les amenazaba, la previno que iba á estallar una tormenta. Camila no quiso separarse de su padre y temblando esperó á que se realizasen los tristes anuncios.

La tempestad que cayó apoco rato fué horrible. La niña lloraba abrazada á su padre, que en balde trataba de calmar su agitación. Cuando oyó que el buque hacía agua y que no había salvación posible, Camila perdió el conocimiento.

Algunas horas permaneció sin darse cuenta de lo que en su derredor pasaba. Al volver en sí, se halló en un hermoso campo á la orilla del mar. Era de noche y en el cielo brillaban la luna y millares de estrellas sin que ni la más ligera nube indicase la pasada tormenta. Arboles gigantescos de grueso tronco y grandes hojas de diversos matices, desde el verde más claro al más obscuro; flores desconocidas en su mayor parte, de vivos colores y embriagador aroma, pájaros preciosos que iban á refugiarse en sus nidos; una aldea formada de chozas; algunos animales, al parecer domésticos, pero que Camila no recordaba haber visto nunca; un calor sofocante y una soledad absoluta en lo que á los mortales se refiere; he aquí lo que halló la hija del gigante cuando volvió de su desmayo. Ni su padre, ni los marinos, ni el buque habían dejado el menor rastro.

Camila advirtió que su ropa estaba mojada y que tenía una ligera herida en una mano. Para que León hubiese abandonado á su niña era preciso que se hubiera muerto; así la pobre criatura, que se creyó ya sola en el mundo, no pudo contener el llanto y ocultó el rostro entre sus manos vertiendo copiosas lágrimas. A su pena se unía el temor de estar en un sitio desconocido, de noche y abandonada.

Una música de instrumentos metálicos, así como platillos ó hierros, vino á distraerla y no tardó en ver por un sendero, distinto del que ella ocupaba, una comitiva de negros y negras llevando en unas angarillas el cuerpo inerte de una mujer. Algunos de los hombres tocaban aquella música que ella había oído, pero todo quedó en silencio cuando llegaron á una plazoleta donde se pararon.

En el centro había una gran piedra que apartaron, dejando un hoyo profundo descubierto. Después de una danza acompasada, cogieron el cuerpo de la mujer y lo depositaron en el hoyo. Los negros lanzaron grandes gritos y luego echaron sobre el cadáver flores, ramas, joyas de más brillo que valor y hasta armas. Tocaron de nuevo sus instrumentos de metal y cubrieron con la piedra aquella sepultura. Sobre ella depositaron pieles y otros objetos y volvieron á emprender su marcha lentamente.

Camila vio con terror que aquella turba tomaba el camino donde ella se hallaba, y el mismo miedo le impidió ocultarse para que no la descubrieran. Pronto estuvo rodeada por los negros y las negras, que lanzaban gritos de algazara. Entre todos la hicieron levantarse para que los siguiera, pues la niña estaba sentada, y el asombro de los salvajes no tuvo límites cuando observaron que Camila era mucho más alta que ellos.

—Una mujer blanca—dijo uno en su idioma, que la hija del gigante no comprendía.

—Una doncella hermosa—prosiguió otro.

—Qué buen manjar.

—Qué gran hallazgo.

Un negro, el que parecía el jefe, que era joven y hermoso, pues no tenía las facciones abultadas de los de su raza, les habló así:

—Nuestra reina ha muerto; le hemos pedido que nos indique cuál debe ser su sucesora, y nos ha enviado á esta niña blanca para reemplazarla. Llevémosla en triunfo al palacio, y que las mujeres de esta tierra le ofrezcan bellas túnicas y ricas joyas.

—¡Viva la reina!—gritaron los negros.

Con ramas formaron prontamente una silla de manos, donde colocaron á la fuerza á la asustada Camila. La niña creyó llegado su último momento, y empezó á llorar llamando á su padre. Entonces el hermoso negro procuró tranquilizarla hablándole con dulzura y haciéndola comprender que no debía temer nada.

La llevaron á una ciudad de más importancia, donde fué recibida por el ejército de aquel país, que se componía de mujeres negras, generalmente bellas, dotadas de singular valor y energía, como nos han descrito á las amazonas de África. Camila, la criatura más medrosa que se ha visto jamás, no tuvo más remedio que ponerse al frente de ellas y hacer arriesgadas excursiones á los pueblos vecinos.

Poco á poco, y gracias al hermoso jefe, pudo aprender el idioma de aquellos salvajes que la adoraban y civilizarlos un tanto. Lo que no logró evitar, fué que la casaran con el joven negro; pero él se mostró tan apasionado y tan sumiso con ella, que acabó por acostumbrarse al color de su esposo y le quiso realmente.

Algunos años más tarde, unos exploradores que llegaron á aquella parte desconocida de África, fueron hechos prisioneros y presentados á la reina. Entre ellos venía León, que había recorrido infinidad de tierras en busca de su hija, á la que perdió cuando el naufragio de su buque, en el que habían perecido todos menos los dos.

Camila, á la que llamaban la reina Mila, reconoció á su padre y á aquel encuentro siguió una conmovedora escena. León no podía creer en su felicidad. Después de las primeras expansiones, la joven le presentó á su esposo y á sus hijos que, á la edad de dos y cuatro años, ya prometían ser de la misma raza de gigantes que su abuelo y su madre.

El pobre León suspiró melancólicamente al ver á aquella familia de ébano, pues las niñas eran negras como su padre; pero conociendo que la reina Mila era feliz, se dijo:

—Más vale, después de todo, que se haya casado aquí; su marido es bueno, y quién sabe el hombre que le hubiera tocado en suerte. No siempre son negros los salvajes, ni viven en el interior de África.

León no se separó ya de la joven, y la ayudó con su experiencia y sus consejos á gobernar aquel país, donde tanto los reyes como los súbditos gozaron un grato bienestar.

Allí no volvió á entrar ningún europeo; sólo la casualidad hizo que la joven fuera arrojada á aquellas orillas, y el amor paternal que León lograse encontrarla al cabo de algunos años.

En España, todo el mundo creyó que la hija del gigante y éste habían perecido en el naufragio.

JULIA DE ASENSI.

Publicado originalmente en

El álbum ibero-americano

En Madrid 7 de octubre de 1891

Directora: Concepción Gimeno de Flaquer

DOS MUJERES (Conclusión)

Leer DOS MUJERES (primera parte)

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DOS MUJERES

(Conclusión)

III

Ya te encuentras casi bien y pronto abandonaré esta casa,—decía la joven á don Felix algunos días después de lo que acabo de referir.

El estaba ya levantado, sentado junto á la mesa enfrente de Luisa y seguía con ansiosa mirada los movimientos de la mano de su antigua amada, que cosía como de costumbre.

—Es cierto—respondió Félix,—pero en cuanto te alejes me pondré peor. Tengo grandes proyectos para el porvenir. Voy á trabajar con ahínco. Y tú ¿qué vas á hacer?

—Yo…

—No me lo digas aún—interrumpió él,—oye antes mis planes. Con el producto de mi trabajo amueblaré una casita. Veamos ¿en qué sitio te gustará más?

—En alguno de los arrabales de la corte.

—Eso es—continuó Félix,—una casita de un solo piso, con jardín que tenga algunas acacias, varios cuadros de pintadas ó perfumadas flores, un cenador, un corral y un palomar donde arrullen algunas inocentes parejas. A la entrada de la casa habrá un gran portal con estatuas, divanes, una lámpara en el centro…

—Eso es y también macetas.

—Sí, de plantas permanentes.

—Y algún pájaro.

—Sí, canarios ó jilgueros, según nuestra fortuna.

Ella no pareció oír el plural y él continuó:

—Después, la sala con muebles limpios, modestos, pero elegantes; luego la alcoba, el despacho, el tocador, el comedor, todos ellos adornados con cuadros, sean grabados ó cromos porque no podemos tener ni óleos ni acuarelas de los grandes maestros… después, las habitaciones para los criados y alguna pieza de reserva…

—¡Vas á ser allí muy feliz!—murmuró Luisa.

—Sí, pero la soledad cansa, en ese nido hará falta una mujer.

—Cásate.

—Es cierto, pero no á todas las mujeres puede el hombre contar sus sinsabores ó sus alegrías, ni participarle sus proyectos, porque la esposa ha de tener inteligencia y corazón; sabes que no hay muchos seres que reúnan ambas cosas; aquellas cuya alma es más hermosa, suelen carecer del entendimiento, ¿no te parece?

Luisa guardó silencio y él prosiguió:

—Yo tengo un deber sagrado que cumplir, dar mi nombre, compartir mi suerte con aquella que me amó siempre de veras y que quizá no me ha olvidado por completo.

La joven bajó la cabeza y Félix vio que había sido comprendido y que no sería rechazado.

IV

Dos días después partió Luisa dejando á Félix casi restablecido. La nodriza volvió á asistirle y la señora Pepa averiguó que el inquilino del tercer piso iba á salir ya á la calle y que aquella misteriosa mujer que le había asistido no era su hermana y que acaso pronto sería su esposa. Esto se decía con algunos comentarios en no pocas porterías de la calle del Ave María.

Una mañana, una mujer joven, de maravillosa hermosura, llegó á la casa de don Félix y preguntó por él á la señora Pepa. Esta la dejó subir y mientras se alejaba se decía la portera:

—Guapa moza, pero poco elegante; no es una señora.

Cuando Félix vio entrar á la que solicitaba visitarle, se puso densamente pálido y se apoyó en el muro, como si no pudiera resistir su singular emoción.

—¡Ana!—exclamó.

—¿No me esperabas?—dijo ella con marcado acento andaluz;—he sabido hoy que has estado enfermo y aquí me tienes. El cambio de aires te probará muy bien. Mañana me marcho con mi tía á Málaga, vente con nosotras.

Félix vaciló al pronto, pero aquella mujer ejercía una gran influencia sobre él y al despedirse, después de permanecer más de una hora á su lado, el joven quedó convencido.

Cuando Luisa volvió á la casa, creyendo que el enfermo se había empeorado, pues no le hizo la ofrecida visita, la señora Pepa la detuvo en

el portal.

—¿Donde va usted?—le preguntó.

—Al tercero.

—Es inútil, el inquilino ha volado. Vino á buscarle una mujer que me dijo iba á hacer que se casara con ella, y se han marchado de Madrid.

—Está bien, muchas gracias—contestó Luisa conteniendo sus lágrimas.

—¡Ingrato!—murmuró luego, ha faltado por segunda vez á su promesa; ahora sí que no se lo perdonaré jamás.

V

Han pasado dos años. Una epidemia horrible asolaba á la capital y muchos de sus habitantes salían de ella, mientras que los más pobres ó más despreocupados permanecían allí expuestos al peligro inminente del que no siempre la ciencia lograba salvarlos.

Una mañana triste y lluviosa, la señora Pepa, la portera de la calle del Ave María, se dirigió rápidamente hacia Chamberí y después de tan largo trayecto se detuvo sofocada ante una casa en la que penetró sin llamar, pues la puerta no estaba cerrada.

Una hermana de la caridad, ya no joven y bastante achacosa, la hizo pasar á una sala, le ofreció una silla y le preguntó qué quería.

—Pues figúrese usted—dijo la portera,—que en el piso tercero de mi casa hay dos enfermos muy graves, marido y mujer, los dos atacados de ese mal contagioso que dicen está matando á medio Madrid; y como no tienen familia, me ha dicho el médico que venga aquí á buscar una hermana para que los asista. Teniendo yo hijos no me atrevo á subir porque no sería imposible que la enfermedad atacase á mis pobres niños si los pusiera en contacto con esa gente y ¡para lo que les debo! El señor era muy generoso en otro tiempo, lo poco que tenía lo daba, pero desde que se casó con esa mujer no regala nada, nada absolutamente.

—Siento mucho—interrumpió al fin la hermana—no poder complacer á usted, pero sino me engaño no hay ninguna ahora disponible en la casa, todas están asistiendo.

—¿Todas?

—Espere sin embargo un momento, voy á preguntar á la madre si ha vuelto alguna.

La hermana salió y volvió al cabo de un instante con la superiora que saludó con afabilidad á la señora Pepa.

—Ahora mismo—dijo á la portera—acaba de venir una hermana que estaba asistiendo á una enferma que ha fallecido esta madrugada, es la única libre y voy á mandarla con V.

La madre se enteró minuciosamente de quienes eran los enfermos, dónde vivían y demás cosas que juzgó necesarias para saber dónde enviaba á una de sus hijas y luego llamó á Sor Angela que, sin descansar ni una hora, después de una larga y penosa asistencia, se puso enseguida á la disposición de la portera para que la acompañase.

Era Sor Angela una monja joven y bonita; sus ojos negros tenían una melancólica expresión y su tez pálida revelaba las largas noches de insomnio. Debía ser esbelta, pero el hábito no dejaba ver lo airoso de su talle, como la toca debía ocultar una frente pura y unos hermosos cabellos. Sus manos eran blancas y pequeñas y sus pies, á pesar del tosco calzado, breves como los de una niña.

Al mirar á la señora Pepa un ligero carmín cubrió su rostro y tuvo un instante de vacilación entre seguirla ó retroceder. La portera no se fijó mucho en ella, es verdad que la pobre mujer no tenía muy buena vista ni mejor memoria.

Por deferencia á la hermana, la señora Pepa buscó un carruaje dispuesta á sacrificar una peseta por aquella carrera interminable, pero tardaron algo en hallarle y las dos mujeres caminaron largo rato á pie. No se cruzó una palabra entre ellas; hasta la habladora portera guardaba silencio mirando de vez en cuando con respetuosa admiración á Sor Angela.

En la calle de Fuencarral subieron á un coche que las llevó hasta la del Ave María.

—Tome usted el picaporte, hermana—dijo la portera,—es en el tercero de la izquierda, yo no puedo acompañarla.

Sor Angela subió lentamente y no sin emoción la escalera y al llegar ante la puerta se detuvo vacilando durante un rato en abrir. Al fin se decidió, pasó la mano por la frente como tratando de desechar una importuna idea y penetró resueltamente en la casa.

Estaba amueblada con modestia y no debía ser desconocida para la hermana puesto que se dirigió desde luego á la alcoba principalmente. En ella había dos lechos; en uno descansaba un hombre, en el otro gritaba una mujer enferma del mismo mal y poco resignada á morir á juzgar por las amenazas é imprecaciones que profería.

La hermana de la caridad miró al hombre en cuyas descompuestas facciones se advertían los estragos causados por la horrible epidemia y sus ojos se humedecieron y latió con más violencia su corazón.

Pero aquello no duró sino un minuto, Sor Angela se repuso de su turbación y se acercó á la enferma, cuyo estado no era acaso tan desesperado como el de su esposo y que podía necesitar algún auxilio. Al ver aquel dulce rostro que se inclinaba hacia ella, la enferma contuvo su ira y preguntó:

—¿No es verdad que podré curarme? Yo no quiero morir aún, no he disfrutado bastante de cuanto bueno encierra el mundo; es suficiente una víctima y esa debe ser Félix. Félix es mi marido, pero no me hace dichosa, no congeniamos; á él le gusta lo humilde y lo sencillo, á mí el lujo y la ostentación.

¿Qué capricho ha tenido usted siendo tan bonita en vestir ese traje?

—No ha sido capricho, sino vocación—contestó la hermana.

—¿Y va usted á asistirme?

—He venido á eso.

—¿Y á él también?

—También.

—Pues empiece usted por mí y pronto porque siento que me pongo peor.

La hermana, acudiendo del uno al otro, pasó el día y la noche en aquella triste casa donde se carecía de todo. A las doce la enferma se durmió, aunque con un sueño muy agitado, y entonces Sor Angela se sentó á la cabecera de Félix. Este abrió los ojos por vez primera desde la llegada de la hermana y pidió de beber. La joven le incorporó y acercó un vaso á los labios del enfermo, se cruzaron sus miradas y él no pudo contener una exclamación de sorpresa.

—¡Luisa!—murmuró,—tú aquí otra vez, tú cuidándome como hace dos años… ¿Y ese traje?

—Es el mío.

—Sí, lo comprendo, al verte abandonada entrarías en una casa de caridad para asistir á otros enfermos con el celo y la abnegación que tuviste conmigo; me conduje contigo indignamente, pero Ana volvió á fascinarme, me obligó á casarme con ella y he sido muy desgraciado después. He pedido mucho á Dios que me dejase verte una vez, una sola, ahora puedo morir en paz. Luisa, perdóname.

—Yo no me llamo Luisa, sino Sor Angela.

—Nunca ningún nombre estuvo mejor puesto, pero no me engañes, te reconozco en todo, en tu rostro, en tu acento, en tu bondad.

—No debo evocar recuerdos profanos.

—¿Acaso lo son? El amor no es un recuerdo profano, es sagrado más bien, sobre todo cuando ha llevado consigo, como el tuyo, un sin fin de contrariedades y de disgustos y ha sido pagado con la más negra ingratitud. Tu amor fué el principio de tu calvario, no habrás sufrido más

que por él cuidando á los enfermos, curando á los heridos y velando á los muertos. Aquellos enfermos no te conocían ni te debían favores pasados; aquellos heridos no te habían causado llagas más profundas y mortales que las suyas; aquellos muertos eran menos insensibles que el hombre á quien amaste y que te abandonó. Ignorabas sus nombres quizás, sus almas en cambio llevaban de eco en eco y de mundo en mundo el tuyo para pronunciarlo ante el trono de Dios. Luisa, siento que mi vida se agota en este último esfuerzo; dime que me perdonas.

Ella, en cuyo corazón tenía albergue entre todos los buenos sentimientos el de la compasión, se inclinó hacia Félix y con voz apenas perceptible murmuró estas palabras:

—Pues bien, yo te perdono, muere en paz.

VI

Ana se empeoró de tal manera, que el médico, en su visita de la mañana siguiente, ordenó se le administrasen los últimos sacramentos. La enferma se rebelaba contra la muerte; era joven y luchaba por vivir. Vano empeño, aquella noche murió, y Félix, cuyo estado era desesperado

desde un principio, falleció poco después.

¿Qué pensó Sor Angela entre aquellos dos cuerpos inertes, el uno del hombre á quien únicamente había amado, el otro de la mujer causa de todas sus desventuras? Su caridad era tan sublime que es seguro que los perdonó.

Veló los cadáveres, rezó por las almas y cuando su misión estuvo terminada allí, salió para proseguir su santa obra asistiendo á otros enfermos con un interés y una abnegación admirable.

La casualidad la había llevado á la presencia de Félix cuando menos lo esperaba, y éste vio amargados sus últimos momentos al hallarse entre las dos mujeres que tanto habían influido en su existencia. Si Luisa, ó Sor Angela, hubiese podido leer en el pensamiento de su amado, cuando aún podía formular ideas, pero no expresarlas ya, hubiera visto que se decía:

—Luisa hubiese labrado toda mi ventura.

¡Qué triste es dejarse fascinar por la belleza que muere y que mata!

JULIA DE ASENSI.

Publicado originalmente en

El álbum ibero-americano

En Madrid 30 de agosto de 1891

Directora: Concepción Gimeno de Flaquer