LA CLAVELLINA AZUL (CANTO III)

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LA CLAVELLINA AZUL

CANTO III

INVIERNO

I

   Se engaña quien imagina

Desarraigar la pasión

Que en el corazón germina.

¿Quién arrancará la espina

Sin que muera el corazón?

 II

   Después del día aquel, ¡cuántas veladas

Absorto y delirante

Pasaba imaginando que en la lumbre,

Que un infierno pequeño parecía,

La carta de su amante,

Rota y quemada, súbito surgía!

Y unas veces, cual raudo meteoro

Que los espacios cruza en noche oscura,

Como en lluvia de luz, de amor las frases

Con asombro veía

Escritas en el aire, en letras de oro;

Y al saltar una chispa que fulgura.

Imaginaba, en loco desvarío.

Leer un ¡yo te adoro!

Y ver escrito en fuego un ¡Carlos mío!

Y al recordar sus dichas amorosas,

Veía en los fantásticos encajes,

De ráfagas y luces caprichosas

Surgir y deshacerse los paisajes.

De la ceniza en la nevada cumbre

La casa de María;

Allá lejos los bosques y collados

Al reflejo de rosa que la lumbre

Cual luz de aurora envía;

La llama sobre el leño ennegrecido

Ondula como diáfana corriente,

Y de un valle de fuego en la vertiente

Tiembla una sombra, cruje un estallido,

Y el admirado amante, en su embeleso.

Ve, en la sombra, la falda de un vestido

Y oye, en la leña, el estallar de un beso.

III

   Por eso en esta ocasión

Dijo otra vez el barón:

—Con tan loca insensatez

La amé, que no sin razón

Pienso que mi corazón

No puede amar otra vez.

IV

   Y no pudiendo olvidar

La carta y la flor azul,

Dejó su casa y su hogar

Y no paró de viajar

Desde Madrid á Stambul.

cont1Canto IV

RICARDO BLANCO ASENJO

De su libro de poesías y poemas: PENUMBRA (1881)

IMPRENTA DE FERNANDO CAO Y DOMINGO DE VAL

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LA CLAVELLINA AZUL (CANTO II)

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LA CLAVELLINA AZUL

CANTO II

LAS HOJAS SE MARCHITAN.

I

   ¿Quién cuando niño en apacible otoño,

Corriendo por los valles,

No vio las nieblas que en jirones cruzan

Los verdes prados al morir la tarde?

   ¿Quién no vio del vapor en los reflejos

Lagos, torres, ciudades,

Montes de nieve, gasas gigantescas

   Y ejércitos de sombras sepulcrales?

Se corre en pos de la ilusión, se llega,

Y todo es sombra y aire:

Se sigue, y á la espalda y á lo lejos

Surge otra vez la perseguida imagen.

II

   El barón pretendía

No mirar el fantasma del pasado

Que en el fondo de su alma aparecía;

Y cuanto más huía,

Por la distancia más hermoseado,

Más plácido y feliz le sonreía.

III

   Y murmuraba el barón

Con infantil sencillez:

—La amé con tanta pasión,

Que mi pobre corazón

No puede amar otra vez.

IV

   Y un día que besaba delirante

Un papel y unas flores que guardaba

Como únicos recuerdos de su amante,

Con tristeza exclamaba:

—¿Qué me queda de aquel sueño de amores?

Una página escrita.

Una flor ya marchita,

Un recuerdo que vive de dolor.

También junto á las tumbas nacen flores;

También las tumbas inscripción reciben;

También recuerdos de las tumbas viven;

También murió mi amor.

V

   Después, con la audaz bravura

De la fiebre ó la locura,

Se abalanza sobre el pliego,

Sonríe con amargura,

Lo rompe y lo arroja al fuego.

Y no teniendo valor

De condenar á la flor

Al castigo del papel.

El cerrado mirador

Abre, y la arroja por él.

sep2

cont1Canto III

 

RICARDO BLANCO ASENJO

De su libro de poesías y poemas: PENUMBRA (1881)

IMPRENTA DE FERNANDO CAO Y DOMINGO DE VAL

LA CLAVELLINA AZUL

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LA CLAVELLINA AZUL

Á MI AMIGA

LA SEÑORITA MARÍA DEL PILAR RANCEL.

CANTO PRIMERO.

LAS FLORES PASAN.

I

Treinta años tiene, y de hastío

Se muere el pobre barón;

Es de noche, siente frío,

Arroja al fuego un tizón

Y exclama:—¡Qué desvarío!-

Mi frío es del corazón.

Pues murió cuanto he amado,

Nada me queda que hacer

Sino vivir del pasado.—

Abre luego un secreter,

Saca un libro encuadernado,

Y así comienza á leer:

II

«La he visto, y al mirarla frente á frente

He temblado de dicha y de dolor;

Estaba escrita en su mirada ardiente

Mi sentencia de amor.»

III

«Ella miró; yo la vi.

¿Me amas? mi voz preguntó;

Si su voz dijo que no

Su mirar dijo que sí.

Desde entonces aprendí

Que son pueriles enojos

Sufrir por dos labios rojos

Que al pecho causan agravios;

Que á veces niegan los labios

Lo que confiesan los ojos.»

IV

«Como en uno se juntan los colores

En la paleta que el pintor prepara;

Cual dos notas que forman un suspiro

Robado á un arpa.

Cual dos olas que ríen y se chocan

Y en una se confunden y se enlazan;

Así, cuando nos vimos, se juntaron

Nuestras dos almas.»

V

«Marzo, catorce. Del color del cielo

Era el traje de seda que hoy vestía,

Y negro cual sus ojos era el velo

Que sobre el rostro el viento removía.

La he mirado en silencio y he sentido

Su mano que en mi brazo descansaba;

Después huyó: después de su vestido

Vi el azul que crujiendo se alejaba.

Después… cuando perdíase en el valle

Con breve paso y gracia peregrina,

Por el color y la esbeltez del talle

Me pareció azulada clavellina.»

VI

Al llegar aquí el barón,

Llevó con triste ademán

Una mano al corazón

Y dijo:—De aquel volcán

Aún siento la combustión.—

 

cont1 CANTO II:  LAS HOJAS SE MARCHITAN.

 

RICARDO BLANCO ASENJO

De su libro de poesías y poemas: PENUMBRA (1881)

IMPRENTA DE FERNANDO CAO Y DOMINGO DE VAL

VUELVE Á FINGIR

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VUELVE Á FINGIR

  Te amé de noche y te adoré de día;

y amor mintiendo tus ardientes ojos,

en el ara fatal de tus antojos

quemé la flor de la existencia mía.

  Hoy que el ala plegó mi fantasía,

de una pasión contemplo los despojos,

y aún pienso en ti, sin que me cause enojos

el recuerdo cruel de tu falsía.

  Jamás nuestros castísimos placeres

sepultará mi mente en el olvido,

ni tu nombre á mi pecho será extraño…

  Pero vuelve á fingir; di que me quieres,

y buscaré otra vez tu amor mentido,

aunque me mate un nuevo desengaño.

Luis Taboada

Publicado en la recopilación de Eduardo de Lustonó, titulada CANCIONERO DE AMORES en 1903.

MISS ADELINA (conclusión)

 

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IV

Entretanto, la pobre Adelaida llevaba una existencia triste y miserable. Carecía en absoluto de toda distracción; la necesidad le obligaba á comer los alimentos más malos, escasos siempre; tenía frío en invierno cubierto su cuerpo con insuficientes ropas, y se veía maltratada por los saltimbanquis cuando se negaba á aprender algún ejercicio. Eran estos tan difíciles para su fuerza y su edad que, á pesar de su natural ligereza que tanto había excitado la atención de Francisco, le costaba trabajo llegar á ejecutar lo que el amo quería.

Al fin logró vencer las dificultades y pudo salir á la plaza de un pueblo. Tuvo un éxito extraordinario; sus pocos años y su belleza causaron entusiasmo creciente y la pequeña acróbata proporcionó á la compañía grandes ganancias.

El niño Juan compartía los triunfos con ella: éste y el perro eran sus únicos amigos.

A aquél le hablaba de su pasado, de su hermano querido al que no vería jamás, de sus padres que la adoraban; pero en presencia de los demás individuos nunca nombraba á su familia y ellos pudieron creer que ya la había olvidado.

Poco á poco y sin advertirlo, fué acostumbrándose á aquella vida, los aplausos la llenaban de satisfacción, pero tanto Adelaida como Juan eran ambiciosos y no se contentaban para su porvenir con trabajar en las plazas públicas.

Ambos hacían sus ejercicios cada día mejor; eran arrojados quizá porque amaban poco la existencia, y Francisco comprendió al cabo que podía sacar mayor partido que hasta entonces de los dos pequeños gimnastas.

Al efecto dividió en dos su compañía. Marcela, su hermana, Laurencio y el perro, con un payaso que se había enamorado de la cuñada del director, siguieron dando funciones de pueblo en pueblo, y Francisco partió para una ciudad más importante, donde logró contratar á los niños por una corta suma. Era preciso empezar así para formarles una reputación.

El empresario del circo, que los vio trabajar antes de ajustarlos, anunció con grandes letras en un cartel el debut de los dos célebres acróbatas Mister Jolin y Miss Adelina, porque en los circos, sea cual fuere la nacionalidad de las artistas á todas se las llama miss. Añadía que habían trabajado con extraordinario aplauso en los principales reinos de Europa.

No fué sin sentir una profunda emoción que los dos niños salieron al circo. La inmensa concurrencia, el exceso de luces, los aparatos nuevos, aquella gran red colocada bajo ellos y que hasta cierto punto garantizaba sus vidas, los trajes recién hechos, las mallas no zurcidas, los compañeros más tratables y más elegantes que los vistos hasta entonces, todo les sorprendía y estaban temerosos de turbarse y no salir airosos en sus trabajos. Felizmente al subir al trapecio olvidaron aquello y ejecutaron sus ejercicios como no los habían hecho nunca. El público los aplaudió sin cesar, un público culto, que no les dirigía en medio de sus alabanzas frases groseras y que al hacerlos salir repetidas veces á la pista les arrojó flores y dulces.

Allí trabajaron algunas noches más, siempre con gran éxito, y Francisco fué mostrándose más exigente cada vez, pidiendo mayores beneficios.

Trabajaron luego en otros circos de importancia, y por fin marcharon al extranjero, donde miss Adelina fué acogida con entusiasmo creciente. Sus ejercicios en el alambre le valieron una completa ovación.

V

Ya tenía Adelaida doce años cuando regresó á su país. Había cambiado mucho, poco ó nada se parecía á la hermosa niña que Francisco robó una noche en el parque de los señores de Rivera, sus cabellos se habían obscurecido, sus facciones habían adquirido gran perfección, sus ojos de celestial mirada tenían un indecible encanto lleno de candor á pesar de su vida vagabunda y de los malos ejemplos que le habían dado.

Juan no era hermoso, pero su figura inspiraba simpatía y su rostro franco y expresivo atraía la atención general. Quería á Adelaida con toda su alma, teniendo el inefable placer de verse correspondido de igual modo. La niña no olvidaba que Juan había sido siempre bueno y cariñoso para ella, que le había evitado gran número de golpes y reprimendas atribuyéndose faltas cometidas sin advertirlo por la pobre criatura y que era el único ser que en medio de aquella atmósfera que la rodeaba traía á su mente recuerdos de una sociedad mejor y más culta. Juan, nacido en una barraca de saltimbanquis, tenía cierta natural distinción que formaba singular contraste con las maneras de sus padres y de su hermano. Desde que Adelaida vivía con ellos había concentrado toda su ternura en aquella hermosa niña destinada á compartir con él los ejercicios más difíciles y los aplausos más Espontáneos.

Ya hacía muchas noches que mister John y miss Adelina trabajaban en la capital de España, obteniendo cada día una nueva ovación. A causa de una ligera dislocación que había sufrido Juan en una muñeca, tuvo que suspenderse el ejercicio del doble trapecio trabajando sola en el alambre tirante la niña Adelaida, nombrada siempre en los carteles miss Adelina.

Mientras la joven funámbula, vestida sobre mallas de color rosado, con traje de terciopelo verde obscuro, con el cabello suelto sujeto con una sencilla cinta de seda y el balancín en la mano, ejecutaba aquellos difíciles ejercicios, Juan, que llevaba la librea azul de los empleados del circo, cuidaba de que nadie se acercara á las cuerdas que sostenían la red y seguía con absorta mirada todos los movimientos de la niña. Francisco contemplaba también á su discípula con la codicia del avaro que tuviera ante sí una mina de oro.

El ejercicio acabó felizmente y la funámbula fué llamada á la pista, en donde tuvo que presentarse varias veces. Ya iba á retirarse, cuando un elegante adolescente le entregó al pasar un precioso ramo de flores. Acompañaba á dicho joven un caballero que parecía su padre.

Al fijar miss Adelina sus ojos en la persona que le había dado el ramo, se quedó un instante parada y confusa sin acertar á moverse de allí. Luego en voz muy baja, pero que sin embargo fué oída, pronunció conmovida el nombre de Genaro.

—¿Me conoce usted?—preguntó con asombro el adolescente.

Pero ella no contestó nada, alejándose con precipitación.

El padre de Genaro notó una sensación extraña al oír la sola palabra pronunciada por la funámbula y murmuró:

—¡Si fuera ella!

Cogió el programa de la función y aquel nombre, aunque algo variado, vino á confirmar su sospecha.

—Sigúeme, —dijo á Genaro.

Salieron, dirigiéndose hacia donde estaban las habitaciones de los gimnastas. La de miss Adelina tenía la puerta abierta, y la niña estaba aún con su traje de acróbata conversando animadamente con Juan.

El señor de Rivera, pues ya le habrán reconocido mis lectores, entró sin vacilar allí y dijo á la funámbula que le miraba sin sorpresa.

—Hace siete años vivía yo con mi mujer, un hijo y una hija. El hijo está á mi lado, la niña desapareció, mi pobre esposa se murió de pena.

-—¡Murió mi madre!—interrumpió Adelaida.

—¿Luego eres tú, hija querida? Ven á mis brazos. ¿Cómo no me ha advertido el corazón quien eras? ¡Mi adorada niña! ¡Quién me había de decir que después de buscarte inútilmente tanto tiempo te había de hallar en este triste estado? Todo me afirma que eres digna de nuestro cariño y de nuestro aprecio, pero me espantan los riesgos á que has estado expuesta.

Genaro miraba á su hermana con embeleso y buscaba en vano en el rostro de miss Adelina algún rasgo qué recordase el de Adelaida; sólo la voz era la misma, aquella voz que había pronunciado su nombre al reconocerle. Algo le había atraído á la niña; jamás se le ocurrió hasta esa noche ofrecer un ramo de flores á ninguna acróbata.

Hablaban los tres á un tiempo y olvidaban que transcurrían los minutos. Sólo Juan permanecía frío é indiferente al parecer, aunque en realidad lamentase aquel inesperado encuentro.

Temía que volviese su padre y que aquella conmovedora escena tuviera un desenlace fatal.

Al fin decidió intervenir, recordando á Rivera y á sus hijos lo difícil de su situación.

—Ustedes,—dijo,—no pueden asegurar que Adelaida es de su familia; mi padre lo negará y será necesario buscar pruebas. Si mientras las hallan queda esta niña con nosotros, mi padre la hará que huya con él y no volverán ustedes á verla. Es necesario proceder con prudencia. Díganme donde viven y mañana conduciré allí á mi hermana adoptiva; esta noche sería peligroso que intentasen llevársela.

Rivera vacilaba, pero su hija le aseguró que podía fiarse de Juan, haciendo los más sinceros elogios de él.

Salieron del cuarto de la funámbula Genaro y su padre, después de prodigarse unos y otros tiernas caricias, pero no se alejaron del circo.

A las doce y media vieron á Francisco con Adelaida y Juan; los siguieron á su casa y luego se quedó vigilando Genaro hasta que su padre mandó un criado de toda su confianza para que no perdiese de vista la morada de los saltimbanquis.

A la mañana siguiente salió Francisco muy temprano y una hora después lo hicieron miss Adelina y mister John, dirigiéndose á la vivienda de Rivera. Allí se renovaron las dulces expansiones de la noche anterior. Cuándo Juan quiso despedirse de Adelaida, la niña le abrazó llorando, suplicándole que no la dejase jamás.

—No podría ser feliz sin él—dijo á su padre.

—Ha sido un hermano solícito para mí durante siete años; si se alejara me moriría de pena.

No se sabe quién advirtió á Francisco lo ocurrido, acaso se lo escribiese el mismo Juan, lo cierto es que cuando fueron á buscarle para ponerle preso, el antiguo director había desaparecido.

Fué á reunirse con su mujer y el resto de su familia y murió á causa de grandes disgustos domésticos y en medio de la más espantosa miseria.

Rivera trabajó entonces activamente porque se prohibiese la salida en los circos de los niños y tuvo la satisfacción de que más adelante otros alcanzaran lo que él inició; lo cual no ha impedido que criaturas de corta edad, á pesar de la ley, sigan ejecutando penosos ejercicios. Pero amargó sus días el amor de su hija por Juan, viéndose obligado á aceptarlo al fin y á tener por yerno al que había sido un saltimbanqui.

A causa de este matrimonio, que no resultó desigual más que por el nacimiento, puesto que Juan al dejar de ser acróbata recibió una educación esmerada al mismo tiempo que Adelaida, Rivera con su hija y el esposo de ésta se retiró á su casa de campo, aquella donde Francisco robó á la niña muchos años antes. Genaro pasaba con ellos algunas temporadas, pero residía habitualmente en la capital. Quería á Juan como á un hermano y tanto hizo éste para granjearse el aprecio y la simpatía de su nueva familia, que al cabo olvidaron su obscuro nacimiento viviendo los cuatro completamente felices y tranquilos.

Julia de Asensi y Laiglesia

Publicado originalmente en su libro de cuentos:

AURAS DE OTOÑO

CUENTOS PARA NIÑOS Y NIÑAS

CON ILUSTRACIONES DE CABRINETTY Y OTROS ARTISTAS

de la colección BIBLIOTECA AZUCENA

BARCELONA

Librería de Antonio J. Bastinos, editor.

Calles de Pelayo 52 y consejo de ciento 306

1897

MISS ADELINA

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MISS ADELINA

(A mi sobrina Rosario de Asensi y Gracia)

I

¡Pobre Natalia! Después de haber trabajado con lucimiento en casi todos los pueblos de España, donde fué con la compañía de saltimbanquis de que formaba parte; después de haber sido calurosamente aplaudida en sus ejercicios sobre la cuerda tirante y en el trapecio por un público más ó menos ilustrado, pero que siempre le demostró simpatías, la infeliz niña murió, no de resultas de una caída, como hubiera sido fácil al ejecutar alguno de sus peligrosos trabajos, sino á consecuencia de una fiebre que descuidaron al principio y que luego no se pudo cortar.

Fué aquel un golpe horrible para el director de la compañía, aquel coloso que lo mismo hacía los ejercicios de fuerza que recibía en traje de payaso y con la cara pintada de blanco los bofetones que, para desquitarse de los que sufría en casa, le daba su mujer en público. Francisco no podía consolarse de la pérdida de aquella criatura, porque además de que Natalia era lo más notable de todos los saltimbanquis que trabajaban bajo sus órdenes, había muchos ejercicios que no podían ejecutarse ya, además de aquellos en que la niña realizaba sola. Ella era la que en los juegos icarios quedaba encima colocándose en artística postura, la que hacía el doble trapecio con el niño Laurencio, la que bailaba en los intermedios con el pequeño Juan; ella salía también en aquellas estúpidas escenas en verso ó prosa que representaba Francisco con Marcela su mujer, y cuando al terminar la primera y la última parte de la función pasaba por delante del público con su bandeja en la mano, nadie recogía tan tos cuartos como Natalia, y las pocas monedas de plata que daba lo más distinguido ó lo más caritativo de la concurrencia, eran entregadas siempre á la niña. No era hija, sino sobrina de Francisco, huérfana de padre y madre; todos convenían en que hubiera llegado á ser una notabilidad.

Completaban la compañía una hermana de Marcela, que cantaba con muy poca gracia y sólo trabajaba en unión de los otros en los juegos icarios, y un perro amaestrado.

Apenas enterraron á Natalia en el humilde cementerio de un pueblo, guardaron cuidadosamente sus mallas, sus corpiños de seda, sus faldas bordadas de lentejuelas y Francisco dijo á su mujer:

—Es preciso que busquemos por ahí otra niña.

—¿Nos la dejarán?—preguntó Marcela.

—Seguramente no, pero eso no hace falta.

—¿Pues qué piensas hacer?

—La robaremos.

II

En casa de los señores de Rivera se celebraba el 25 de Marzo una brillante fiesta de niños. Además de lo solemne del día, era aquel el cumpleaños del hijo mayor, que tenía nueve, y habían sido convidados al baile todos los pequeños amigos de Genaro y las familias de ellos.

Hacían los honores de la casa el citado niño y su hermana Adelaida, una encantadora criatura que era la delicia de su hogar, y ambos recibían con tanta gracia como afecto á sus jóvenes conocidos, repartiendo en profusión dulces y juguetes.

Genaro tenía el cabello y los ojos negros; Adelaida era rubia con ojos azules; su espléndida cabellera de oro naturalmente rizada, caía en caprichosos bucles sobre sus hombros y cubría en parte su frente blanca y despejada. Era tan inteligente como su hermano, elegante, esbelta, y ninguna niña bailaba con tanta gracia como ella ni atraía más la atención general.

Rodeaba la casa de Rivera un hermoso y bien cultivado jardín, que se veía á través de las cerradas vidrieras del piso bajo, donde se celebraba la fiesta. Debía esta terminar á las diez de la noche para los niños, y prolongarse para los demás hasta una hora muy avanzada. Ya se habían retirado casi todos los pequeños convidados; sólo quedaban una niña y un niño que eran los amigos predilectos de Genaro y Adelaida. Al despedirse, no pudiendo los dos hermanos resolverse á separarse de ellos tan pronto, Genaro salió al jardín con sus compañeros

para dejarlos en el coche, que esperaba no lejos de la escalinata de mármol, y Adelaida le siguió.

—¿Por qué no subís con nosotros un rato?—dijo el niño.—Antes de salir del jardín os bajáis del carruaje y entráis en vuestra casa donde no os habrán echado de menos, puesto que la fiesta para nosotros ha concluido y creerán que os estáis acostando; es cuestión de dos minutos.

—¿Qué te parece?—preguntó Genaro á su hermana.

—Por mi parte, vamos—contestó la niña.

En vano la institutriz que acompañaba á los dos amiguitos de los de Rivera hizo algunas observaciones manifestando que aquello no estaba bien, que Genaro y Adelaida podían resfriarse, que era expuesto que se volvieran luego solos por corta que fuera la distancia que debieran recorrer; sus discípulos insistieron y los niños de la casa siguieron hasta la verja con sus amigos.

Allí se besaron con efusión, y después que la puerta de hierro fué cerrada por uno de los criados, que debía permanecer junto á ella hasta que la fiesta terminase, Adelaida y su hermano volvieron lentamente hacia su morada.

Pero antes de llegar, llamó su atención que uno de los perros ladrase, porque donde él estaba no pasaba nadie á aquella hora.

—Esto es que me ha oído—dijo Genaro—y quiere qué vaya á hacerle una caricia.

—Voy contigo á verle—repuso Adelaida.

Pero pensando en que aquel lado del jardín estaría a obscuras, tuyo miedo y añadió:

—No, mejor será que te espere aquí, pero no tardes.

El niño se alejó corriendo mientras su hermana; fija la mirada en él, no observaba que á pocos pasos de ella un hombre de mal aspecto se aproximaba con lentitud al sitio en que se hallaba.

Iba muy pobremente vestido; una capa negra y bastante usada cubría casi en total su traje andrajoso y llevaba un sombrero no menos estropeado que lo demás.

Al hallarse detrás de Adelaida esta se volvió de repente; al ver á aquel hombre quiso gritar, pero él le tapó la boca con la mano, cogió en sus brazos á la niña, la cubrió por completo con su capa y se alejó con rapidez. La infeliz criatura, temblando de miedo, no opuso la menor resistencia; temía que si hacía cualquier movimiento, aquel hombre la matase.

Así llegaron á uno de los ángulos del jardín, donde la tapia era baja y podía saltarse con facilidad. El hombre subió, no sin dificultades, á ella porque no quiso soltar á la niña, y cuando estuvo sentado dijo á una persona que sin duda aguardaba en el campo:

—Voy á atarla á la cuerda, cógela.

Adelaida, envuelta siempre en la capa del andrajoso, sintió que la echaban hacia el lado opuesto de su parque y entonces un débil grito se escapó de sus labios. La pobre niña había perdido el conocimiento.

III

Cuando volvió en sí se halló en un miserable cuarto de una mala posada.

Dos mujeres remendaban trajes viejos de saltimbanquis; un hombre fumaba tranquilamente en una pipa; dos niños harapientos, de tez curtida y cabellera rizada, la miraban con curiosidad, y un perro, único punto simpático de aquel cuadro, lamía una de las manos de Adelaida con cariño.

Al ver que abría los ojos, el chico menor acercó á la boca de la niña un vaso de estaño con vino, orden que sin duda había recibido de antemano, pero ella no lo quiso probar é hizo un gesto de repugnancia porque el vaso estaba sucio.

—Es bonita—dijo Marcela,—más aún que Natalia.

—Y muy ágil—repuso Francisco. —¡Cómo baila! da gusto verla, será una artista notable.

Esta era la que yo tenía elegida; la había observado desde el jardín cuando ella estaba en el salón; todos la contemplaban embelesados, pero me decía: Si esa no sale y se presenta otra habrá que contentarse con coger la que ofrezca menos dificultades; así es que me alegré muchísimo cuando la encontré sola; ha sido una gran suerte. Ahora lo que hay que hacer es irnos cuanto antes porque la buscarán y si la hallaran con nosotros no lo pasaríamos muy bien. Ante todo quitadle ese traje para que no llame la atención.

—Mis buenos señores—dijo Adelaida—yo no seré mala, pero llévenme ustedes con mis padres y mi hermanito.

—Si, te vamos á llevar, hermosa —replicó Marcela,—no llores ni te apures.

La hermana de ésta sacó de un baúl uno de los vestidos de Natalia, una falda de lana muy raída, una chaqueta negra y un pañuelo de seda viejo y harto vistoso, y quitando á Adelaida su precioso traje le puso el de la otra niña que era demasiado grande para ella. Adelaida lloraba sin consuelo al verse despojada de sus ropas, aunque le prometieron devolvérselas, y más aún cuando deshicieron sus bucles de oro para trenzar sus cabellos y le pusieron en la cabeza el pañuelo de colores.

Enseguida prepararon el carro, del que tiraba un mal caballo, colocaron el equipaje bajo el toldo, se sentaron las dos mujeres y los chicos poniendo en medio á Adelaida, que no hallaba alivio á su pena, y Francisco, seguido del perro, fué guiando á pie al caballo, procurando alejarse deprisa de aquella población y pasar por los caminos menos frecuentados.

En balde los señores de Rivera buscaron á su hija; cuando tuvieron el convencimiento de que Adelaida no estaba en su casa ni en el jardín, cuando se hubo registrado el lago, dieron parte á las autoridades, pero ya los saltimbanquis se hallaban muy lejos y nadie pudo proporcionar noticias de la niña.

Los titiriteros no habían dado función allí, habían ido solo de paso y los dueños de la posada donde pararon no vieron salir á la hermana de Genaro que Marcela y su esposo tuvieron buen cuidado de ocultar. Además ¿quién hubiera reconocido en aquella criatura humildemente vestida á la gentil Adelaida, cuyas señas se habían dado diciendo que llevaba un traje con encajes, un cinturón de raso, collar y pendientes de oro y perlas, zapatos blancos y lazos y flores en el pelo?

Inconsolables quedaron los padres de la niña al ver pasarse los días y los meses sin tener la menor noticia de ella y no menos desesperado su hermano, del que se apoderó después una melancolía que nada lograba disipar.

Al cabo de algún tiempo perdieron por completo la esperanza de hallarla y ya no hicieron más pesquisas. Como no podían atribuir aquella

desgracia á un rapto, por haberse verificado éste en el jardín y no haber dejado la menor huella, creyeron al fin en su muerte, debida á un accidente cualquiera, causado por una imprevisión de la niña, y como su cuerpo no había parecido por ningún lado, elevaron á su memoria una pequeña capilla, en la que Genaro y sus padres depositaban innumerables flores.

cont1Conclusión

 

Julia de Asensi y Laiglesia

Publicado originalmente en su libro de cuentos:

AURAS DE OTOÑO

CUENTOS PARA NIÑOS Y NIÑAS

CON ILUSTRACIONES DE CABRINETTY Y OTROS ARTISTAS

de la colección BIBLIOTECA AZUCENA

BARCELONA

Librería de Antonio J. Bastinos, editor.

Calles de Pelayo 52 y consejo de ciento 306

1897

LOS DOS NIÑOS MÚSICOS.

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LOS DOS NIÑOS MÚSICOS.

Todos los días pasaba Antonio con su violín por la calle donde María se sentaba á pedir limosna, entonando ésta de vez en cuando una

triste canción que acompañaba con una guitarra pequeña y mal afinada.

Antonio tocaba muy bien, había nacido músico y llevaba por las noches gran cantidad de monedas de cobre á su amo. Este se contentaba con demostrarle su gratitud no pegándole casi nunca, lo que no hacía con los otros dos niños que vivían con él y que, menos hábiles ó más aficionados á jugar y perder el tiempo que su compañero, llegaban siempre con los bolsillos casi vacíos.

El violinista tendría unos diez años y sabía arrancar tan dulces notas al instrumento, darle tan triste expresión, que la gente se paraba para oírle y rara era la persona que no depositaba en el sombrero, colocado á sus pies, algunos cuartos.

María contaba, poco más ó menos, la misma edad que él; vivía con su madre enferma y con su padre, que la trataba mal y gastaba en la taberna lo poco que la pobre niña recogía después de permanecer largas horas, ya de pie, ya sentada en el suelo, cantando la mayor parte del día y aun de la noche.

Antonio se había interesado vivamente por aquella criatura, más triste y desamparada que él. Una mañana, dos ó tres después de haberla visto por vez primera, se había atrevido á acercarse á ella, luego que la hubo oído cantar, y aun le había dado una moneda, él que tanto la necesitaba también.

—Gracias,—dijo María después de besar la pieza de cobre y guardarla en su bolsillo;—es lo primero que gano hoy y acaso será lo último.

—Estás en mal sitio,—murmuró Antonio,—esta calle es muy sola y te cansas inútilmente.

—Mis padres no quieren que me aleje más de casa, porque de vez en cuando puedo ir á cuidar á mi madre, encender la lumbre, cuando la hay, y arreglar la comida si comemos otra cosa que pan.

—¡Pobre niña!—exclamó Antonio.

Siguió su camino, pero desde aquel día guardó una de las monedas que ganaba para dársela á María, llegando en breve á unir á los dos niños una tierna amistad.

Antonio y ella se hablaban un rato todas las mañanas; ya sabía la niña que él tenía su familia en un pueblo, pero que siendo muy pobres sus padres y con muchos hijos, se habían visto obligados á separarse de él porque, á pesar de sus pocos años, ya podía ganarse un pedazo de pan viviendo con aquel amo, paisano suyo, que en el lugar le había enseñado á tocar el violín para que bailasen allí los mozos; pero como no había bailes más que los días de fiesta y pagaban muy poco, resultaba que la ayuda que prestaba á sus padres no era ninguna. Entonces, como el maestro se fuera á la ciudad, le siguieron tres de sus discípulos, de los que era Antonio el más hábil y el preferido.

María poco podía contarle; su infancia se iba deslizando bien tristemente; no había jugado nunca, ni corrido y saltado como otras criaturas.

Al principio había pedido limosna con su madre, luego había venido la enfermedad de ésta; aprendió á tocar algo la guitarra para acompañarse á cantar y no descansaba jamás, aunque tuviese gran necesidad de reposo.

Un día, acababa de volver de su casa, cuando vio á Antonio que cruzaba la calle para ir á otro barrio.

—¿Dónde vas?—le preguntó María.

—A la plaza Mayor,—contestó él.

—Si me fuera contigo…

—¿Y por qué no?

—¿Qué hay en esa plaza? ¿Hay muñecas?

—¡Pues pocas que digamos!

—Me gustan mucho las muñecas y yo no he tenido más que una á la que faltaban la cabeza y las piernas. ¿Sabes cómo la tuve? Pues verás. Estaba yo descansando luego que hube cantado:

Nunca música aprendí, yo canto como las aves que entonan dulces gorjeos y no las enseña nadie.

Cuando se abrió un balcón, se asomó una niña muy pequeña con otra algo mayor. Esta llevaba una muñeca preciosa, de esas que mueven la cabeza y los brazos, con traje de seda y sombrero de ala ancha; á la pequeña, que tenía la otra muñeca rota en los brazos, se le hubo de antojarla nueva, empezó á gritar, tiró la suya á la calle y nadie se cuidó de recogerla.

La mamá obligó á las dos niñas á irse del balcón y yo cogí la muñeca rota, que conservaba una falda azul con un volante abajo, unas enaguas muy finas con puntillas y una camisita igual. Otro día perdieron unos chicos una pelota, y como yo la encontrase después ¿qué dirás que hice? pues se la puse de cabeza á mi muñeca con un pañuelo que corté de un trozo de percal que había en una espuerta que bajaron con la basura de una casa.

Así pensaba jugar, pero no tenía tiempo; llegaba tan cansada que ni miraba á mi muñeca; por fin un día, en que nevó mucho y no salí, fui á buscarla y no la encontré; creyendo que eran unos trapos viejos, mi madre la había tirado hacía una semana.

—¡Pobre María! —exclamó Antonio, —te ofrezco que cuando gane más dinero te compraré una muñeca que tenga cabeza y cara.

—No lo olvides y te querré todavía más.

Pero ahora llévame á la plaza.

Ambos se dirigieron allí, quedando María extasiada ante la colección de muñecas colocadas en los escaparates. Una sobre todo llamó su atención por ser igual á la que vio en brazos de aquella niña en el balcón de la calle donde cantaba. Pero cuando estaba más embebecida, se sintió coger por un brazo bruscamente y oyó la voz de su padre que le decía:

—¿Es este el modo que tienes de interesar á la gente y pedir limosna?

La niña se alejó llorando y el niño pensó que el día en que él fuese más rico sacaría á María del poder de su tirano dándole una felicidad de que no había disfrutado nunca.

El tiempo fué pasando y los dos niños continuaron viéndose, hasta que un día Antonio faltó á la cita.

Un caballero que le había oído tocar, se interesó por el muchacho, se lo llevó á su casa y le tomó un buen profesor. Pero el niño estaba muy sujeto, ya no salía solo, ni podía ver á María, aunque siempre se acordaba de ella.

Un año después pasó con su bienhechor por la calle donde la niña cantaba y no la encontró allí. Pidió al caballero permiso para enterarse de su paradero y le dijeron que la madre había muerto, que el padre se había marchado sin que se supiese dónde y la niña se hallaba en un asilo al que la habían llevado por caridad unas señoras. Era imposible que él la visitase, pero, como tenía algún dinero, compró una muñeca preciosa, la misma que ella vio, la metió en una caja y encargó que se la entregasen á María sin dar su nombre.

Antonio siguió estudiando y llegó á ser un grande artista. Dio conciertos en España y en el extranjero, lo que le permitió mejorar la situación de sus padres y hermanos, sin separarse nunca de su protector.

Al regresar á la ciudad donde tocara el violín por las calles, fué al asilo á informarse de María, y le dijeron que había salido de él. Ella también tuvo suerte; una señora, la presidenta, se la llevó á su casa para que la acompañase, dándole después una brillante educación.

Al día siguiente recibió Antonio un magnífico violín en nombre de la joven. Con este motivo fué á visitarla y se sorprendió al verla tan cambiada. María era muy bella, lo que no prometía en su infancia; se acordaba siempre de él, y en prueba de ello le llevó á ver su muñeca que conservaba intacta, habiéndola tenido como un objeto siempre querido.

Antonio y María se casaron y dieron brillantes conciertos, él tocando el violín, ella el piano que había aprendido en casa de su protectora.

Lo que no pudo la joven fué volver á cantar á causa de lo mucho que había abusado de su voz en sus primeros años.

Julia de Asensi y Laiglesia

Publicado originalmente en su libro de cuentos:

AURAS DE OTOÑO

CUENTOS PARA NIÑOS Y NIÑAS

CON ILUSTRACIONES DE CABRINETTY Y OTROS ARTISTAS

de la colección BIBLIOTECA AZUCENA

BARCELONA

Librería de Antonio J. Bastinos, editor.

Calles de Pelayo 52 y consejo de ciento 306

1897