LA INDIA Y LA INDO CHINA.—ADEN.—Dos antiguos amigos.

LA INDIA

Y

LA INDO CHINA

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CAPÍTULO PRIMERO

ADEN.—Dos antiguos amigos.

Acababan de fondear en la bahía de Aden, una tarde del mes de abril de 189*, casi á la misma hora, dos colosales trasatlánticos: el Santiago, procedente de Barcelona, con rumbo á Manila, y el Imerina, que regresaba á Tolón, de vuelta de Madagascar.

Apenas hubieron anclado los dos vapores, apresuráronse los viajeros á saltar en tierra, anhelantes de librarse por algunas horas del horrible calor y la no muy agradable atmósfera de á bordo, por mas que les esperase un solemne desengaño al suponer que habrían de experimentar en Aden la inefable dicha de sentir un poco de frescura.

Sea como fuere, sin embargo, en breve quedaron poco menos que desiertos los vapores, dirigiéndose todo el mundo á la ciudad, con la esperanza de respirar allí á sus anchas, y el secreto anhelo de ver otras caras que las sempiternas de los compañeros de viaje.

El espectáculo que se ofreció á la vista de los impacientes pasajeros del Santiago una vez hubieron salido de la asfixiante atmósfera de cubierta,—guarnecida en toda su extensión por una doble tienda de lona, al objeto de librarse de la cegadora luz y el insoportable calor del febeo astro,—no era muy propio, sin embargo, para inspirarles gran confianza de encontrar inferior temperatura á la de 40° de que eran víctimas desde que, pasado el Canal de Suez, comenzaron á bajar por el Mar Rojo. Áridas montañas, formadas de rocas volcánicas, negras, de durísimos perfiles, como no las imaginara el propio Gustavo Doré para representar los más tétricos paisajes descritos en el poema inmortal del vate florentino, coronadas por numerosos fuertes en los que ondeaba la inevitable bandera inglesa, pesadilla de cuantos, no siendo ingleses, viajan por esos mares; en lo profundo, pues no merecía llamarse aquello valle sino pozo, Aden, no menos negro que las rocas, pero negro de carbón; arriba un cielo ferozmente azul, sin la más ligera nube; á la izquierda, una interminable franja cenicienta,—la costa de Arabia,—y en primer término una porción de grupos de negros de todos tamaños, cubiertos apenas con algún trapo rojo; multitud de judíos, pringosos, repugnantes, atosigando á los viajeros para que les comprasen plumas de avestruz; una fila de camellos, echados en tierra; una recua de mulos, de muy escasa talla, y cruzando indiferentes por entre la muchedumbre, dos soldados ingleses, tiesos y graves, armados con sendas raquetas de jugar al tennys. Muchos de los pasajeros del Santiago, convencidos de que en Aden no había nada que ver, como no fuesen depósitos de carbón, se dirigieron al restaurant de un Hotel, el único que podía jactarse de contar con un magnífico jardín, y en efecto, el jardín consistía en un patio, rodeado por una pared erizada de cascos de botellas y otros vidrios rotos, en cuyo centro crecían raquíticas y desmedradas cuatro acacias, objeto de celosísimo cuidado por parte de los dueños, ya que representaban la totalidad de la flora adeniana.

En torno de una mesa de aquel Edén, pues, tomaron asiento cuatro pasajeros del Santiago, á saber: un magistrado destinado á la audiencia de Manila, un médico vallisoletano que pensaba establecerse en Cebú, un comerciante catalán que tenía que hacer en Filipinas y un negociante vizcaíno que se proponía explotar una pesquería de perlas en cierta isla, que se callaba, de nuestro archipiélago oceánico.

Allí se estaban los citados señores quejándose de aquel calor bochornoso que les tenía medio derretidos, de aquel sudar sin fin, de aquel calentarse la ropa, como si á uno le envolvieran en vestidos puestos al horno, cuando apareció en el jardín un grupo de franceses, pasajeros del Imerina, que, saludando cortésmente á los españoles fueron á ocupar una mesa situada á corta distancia de la que hemos dicho, mas apenas habían tomado asiento, cuando se levantó uno de ellos, mozo de unos veinticinco años, alto, moreno, de rostro tan varonil como inteligente, y marcial apostura, el cual dirigiéndose hacia donde estaban los cuatro pasajeros españoles exclamó:

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—¡El mismo! ¡Por vida de!!! ¡Severiano!

Al oír aquella voz, levantó al punto la cabeza el médico, joven rubio, de finas facciones y delicado aspecto, y le faltó tiempo para arrojarse en brazos del otro, exclamando en voz embargada por la emoción:

—¡Rafael! ¡Pero si esto parece un sueño!

Grandemente hubieron de sorprenderse los circunstantes ante aquella escena, pero no tardaron en explicársela al decirles D. Severiano á sus compañeros de viaje:

—Señores, tengo el gusto de presentar á Vds. á mi amigo íntimo, D. Rafael Segovia, oficial de la legión extranjera de Francia.

—Pero siempre español, en cuerpo y alma, se apresuró á declarar Rafael. Azares de la vida me llevaron á Argelia, donde me alisté en el cuerpo á que he pertenecido hasta hace poco, pues ha terminado el plazo de mi enganche, y he recobrado mi plena libertad. Y ahora, con su permiso de Vds. desearía hablar á solas con mi amigo…

—Sí, señor; Vds. son muy dueños; ¡no faltaría más! Dijeron todos.

El ex militar francés se dirigió entonces á donde estaban sus camaradas, y enterándoles de lo que pasaba les pidió á su vez le excusasen si abandonaba su compañía.

Retiráronse los dos amigos á una sala del hotel, donde no había nadie ala sazón, y sentándose en sendas mecedoras, comenzó á decir Rafael:

—¡Qué dicha tan grande el habernos encontrado al cabo de una separación tan larga! ¿Y dónde vas ahora?

—A Filipinas; he alcanzado una plaza de médico titular de un pueblo cerca de Cebú… ¿Y tú, dónde vas?

—Pues; ni en cien años acertarás: voy á la India; he abandonado á Marte por Mercurio.

—¡A la India! ¿Y cómo es eso? ¿Conoces allí á alguien?

—¡Ya lo creo! Voy en condiciones magnificas; se trata de que entre al servicio de una Compañía Electricista, muy acaudalada, que tiene contraídos ya una porción de compromisos para construir tranvías, proporcionar fuerza motriz, alumbrado, y en una palabra todas las aplicaciones de la electricidad. Como en Magadascar, que acabamos de conquistar, es decir, que acaban de conquistar los franceses, no hay mas que ingleses, tuve ocasión de prestar cierto servicio á uno de esos señores, y este es el que me ha proporcionado la colocación, muy de mi gusto, pues entiendo bastante en esas cosas…

—Sí; porque te faltó poco para concluir los estudios de ingeniero que seguías en Glasgow…

Nublóse la frente de D. Rafael, y dijo:

—Desgracias de familia, como sabes, me llevaron á una situación desesperada, y de que salí gracias á tu familia y á algunos pocos más amigos de Valladolid. Pasé á Argelia; las cosas rodaron de mal en peor… y acabé por sentar plaza. He hecho la campaña de Madagascar, y en cuanto terminó pedí la absoluta, no queriendo reengancharme…

Rápidas transcurrieron las horas que pasaron juntos los dos amigos y paisanos, hasta que el ronco son de una sirena les arrancó á su coloquio, recordando á D. Severiano y sus compañeros que les esperaba el Santiago, y á bordo se fué, dejando lleno de tristeza á D. Rafael, que debía permanecer en Aden hasta la llegada del vapor inglés, Bentinok, en el que había de embarcarse para Bombay.

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Alfredo Opisso i Vinyas

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