UN CORAZÓN VIEJO II.

Un corazón viejo I

pacxz99

UN CORAZÓN VIEJO

II

Ahora volvamos á nuestra tesis. Estos antecedentes eran necesarios para poder juzgar el estupor de Luciano, cuando la mirada de Carmen nada dijo a sus ojos, cuando se encontró sin voz y sin ideas á su lado, cuando sintióse frío y confuso en presencia de aquella hechicera criatura. En el primer momento Ilevóse la mano al pecho y oprimió su corazón, imaginando que habla cesado de latir. Admirada Carmen de tan largo silencio le dijo:

—¿Qué te pasa? ¿no hay nada que contar á tu mujercita? ¿De dónde vienes?

—Pues mira, dudo que pueda satisfacer tu curiosidad. Casi no sé de donde vengo.

Carmen le miró con extrañeza. Luciano añadió dos ó tres frases vulgarísimas, protestando para retirarse un cierto malestar, una pesadez grandísima de cabeza.

Se engañó á sí mismo, creyendo que en efecto podía ser un estado del alma pasajero. El golpe estaba dado, y una resolución interna se operó pacíficamente en su espíritu. Desde aquel día sus deseos, sus afectos, su imaginación, flotaron entre la indiferencia y el hastío. En Carmen encontró un adorno especial, un juguete de lujo, un joyero más ó menos bonito que podía poseer, y poseía, sin interesar á sus sentidos.

Contra este alucinamiento invocaba el recuerdo de su pasión, los incentivos de aquel último amor, el cariño de aquella mujer que le había arrancado de la vida mísera y aventurera para constituirlo en familia y regalarle en recompensa la felicidad. ¿Cómo dudarlo? había sido feliz en sus brazos. Bajo el azul de sus ojos, como bajo el azulado cielo, había sentido el deslumbramiento de lo infinito, la voluptuosidad de la luz, el interno placer que produce la contemplación del horizonte celeste, óptico de una viva imaginación que sueña con lo imposible, olvidándose de la tierra. Pues bien, todos estos recuerdos eran ineficaces para despertar de nuevo su sensibilidad. Parecíale que una lenta filtración de puro hielo había como atrofiado aquella víscera que representa la vida del sentimiento, las delicadezas y los entusiasmos de la juventud. Su corazón, como un viejo gastado, carecía de fuerzas hasta para sentir el espolazo del deseo. En vista de esto esperó inútilmente una semana y luego un mes. Lo que más le mortificaba era el disimulo. ¡Qué insufrible llegaba á ser para él aquella careta con que podía desfigurar algún tanto la deformidad de su hastío! Entonces recorrió al expediente de los maridos incorregibles en sus locuras; fingió que la tramitación del pleito reclamaba todos sus cuidados y pasaba los días fuera de casa.

Tenía Luciano un amigo que le llevaba en edad algunos años y además era viudo, dos circunstancias que debían darle más experiencia y conocimiento de las cosas de la vida. Luciano al menos se los daba, razón por la cual se presentó una mañana en su casa á hablar largamente de este usual negocio. Una vez en su despacho y cerrada la puerta le dijo con mucha seriedad.

—No sé, Alberto, si habrás pasado por lo que yo paso, pero te confieso de veras que haría cualquier sacrificio por ahorrarme esta pena….

—Veamos de que se trata—indicó Alberto contemplando con cierta curiosidad el rostro adusto, oscuro, moreno casi bronceado de su amigo.

—Acabo de ver á Carmen….

—Se trata de tu mujer? me lo figuraba. Es una epidemia contemporánea, aunque pasajera, que ataca á la mayoría de los casados. ¿Con quién la has visto?

—No es eso. Déjame concluir la frase: acabo de ver á Carmen llorando. A mi no me vela porque ha sido por mi parte una sorpresa. Estaba sola en su tocador, enjugándose las lágrimas… La vi y la dejé con la mayor indiferencia.

—Nada, tú como si tal cosa. ¡Muy bien! Admirable! pero permíteme que te lo diga: tú no tienes sentido.

—No es eso. No olvides como la conocí y de que modo nació nuestra pasión. Hoy, querido Alberto, nuestro pasado no existe. No hay afecto posible que nos una. Es como si fuese para mi imaginación una figura borrosa á punto de desvanecerse por completo. Mujer, joven, bella, encantadora…. pues no la deseo.

—¿Acabaste? ignoras acaso que debe haber una higiene para el alma lo mismo que para el cuerpo? Tal vez estás hastiado de tu mujer … Tú no eres joven, y, sin embargo, te has precipitado como los jóvenes; has hecho un viaje de quince meses en quince días. Pues mira, la felicidad del matrimonio es como un reloj descompuesto; unas veces se atrasa y otras se adelanta. En saber esperar la hora oportuna estriba el ingenio del marido. Lo preveo…. y lo temo: tú vives adelantado.

—Tampoco es eso.

—¿Tampoco? pues entonces ¿quién diablos te entiende?

—Escucha. La pasión momentánea, las fuerzas físicas…. comprendo que se agoten; pero la energía moral, el cariño, el afecto vivo…. ¿ves que inmensa desgracia? yo no amo á Carmen. Aquí—repetía Luciano, golpeándose el pecho como un ardiente devoto —aquí no existe nada para ella. Y yo sufro.

—Es extraño…. Pero ante todo un consejo de amigo y concluyamos. Lo que no encuentras en casa búscalo fuera. Antes que sufrir envejeciendo conviene distraerse, aunque sea cantando; ahora, no vayas á tomar las palabras al pie de la letra; me refiero al espíritu, al esparcimiento del ánimo, á la alegría sensata, á los placeres naturales que no embrutecen. ¡Quién sabe! á veces los empalagosos manjares de los convites y banquetes extraordinarios nos traen á la memoria el sencillo guisado de nuestra mesa, ó el cocido del artesano saboreado al pie de la obra empezada. Bueno será que pruebes.

Y Luciano se despidió de su amigo, prometiéndole hacer la prueba.

Pero sucedió que si antes pasaba los días fuera de casa, ahora fueron las noches, y hubo que poner al amigo Alberto punto menos que á las puertas de la muerte, como excusa para ir á velarlo con frecuencia. Llegó Carmen, celosa como nunca, á percibirse de los trapicheos de su marido, y un día, reuniendo todas sus fuerzas, concentrando sus rabias y furores en una explosión suprema, le dirigió esta pregunta:

—¿Dónde pasaste ayer la noche?

—Naturalmente…. —contestó él con visible contrariedad —en casa de Alberto. Ya sabes como se encuentra y que sigue bastante grave.

—Te equivocas…. ¿Qué te hice yo para que así me abofetees? Tú no puedes disimular ni disfrazar tu rostro; leyendo estoy en tus ojos: me engañas.

Calló Luciano, puesto, según expresión vulgar entre la espada y la pared. Mal si le mentía y peor si le confesaba la verdad. Entonces trato de recurrir como un pecador cualquiera al arrepentimiento:

—Perdón Carmen mía, perdóname…. ya sé que no lo merezco…. ya sé que no es corresponder á tu cariño…. Fue una debilidad que no volveré á tener, yo te lo juro.

Mirábalo ella con asombro. Estas palabras dulces y sentidas contrastaban desde luego con la dureza y la inmovilidad de su semblante. Una estatua de piedra que pudiera hablar hubiérale causado menos efecto; parecía imposible que Luciano se expresara de aquel modo. ¡Ah! si el hielo de los estanques tuviera algún tiempo voz, hablarla con menos frialdad seguramente. Carmen tornó á mirarle y no le vio sus ojos se arrasaron en lágrimas. Corrió á su alcoba porque Luciano no la observara, porque necesitaba estar sola y darse cuenta de aquella triste realidad que le abrumaba. Así pasó la noche.

Al otro día siguiendo la conducta del arrepentido almorzaba Luciano en compañía de su mujer. Aunque Alberto no intervenía como abogado en la cuestión del pleito, supo por coincidencia el fallo del tribunal, y olvidando por completo su papel de enfermo gravísimo, se presentó en casa de su amigo. Imagínese el disgusto de Luciano y la pena más honda y más acerba de Carmen, al ver confirmada con la presencia del supuesto doliente, hasta la última de sus sospechas.

—Soy el primero —dijo Alberto— en traeros la noticia que menos esperabais en este momento. Que sea enhorabuena.

Las magnificas dehesas de Toledo son vuestras. Es un verdadero capitalazo. Conque buen provecho os haga y….

Ambos callaron al oírle. Alberto continuó aunque contrariado:

«Bonito recibimiento!…. ni siquiera me dais las gracias.»

Luciano se apresuró á levantarse.— Dispénsame querido: ninguno de los dos estamos bien. Yo debo tener fiebre, y por eso me ves así.

—No lo niego, pero qué diantre! no será para tanto. Cualquiera pensaría que he venido á despedir algún duelo.

Después le ocurrió de pronto. Cayó en la cuenta de la enfermedad imaginaria , pero ya no tenía remedio.

 

JMMatheu2

cont1Conclusión

JOSÉ Mª. MATHEU.

Publicado originalmente en

COLECCIÓN DIAMANTE XXII

Cuentos

Barcelona – 1890

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5 pensamientos en “UN CORAZÓN VIEJO II.

  1. Pingback: UN CORAZÓN VIEJO | Contemporáneos de V.M. de la Tejera

  2. Marijose

    Reblogueó esto en Mis pensamientosy comentado:
    Si os gusta la historia y las buenas letras, no dejéis de pasar por el blog de Francisco Moreno, que nos acerca a través de las letras tal como fueron escritas esos momentos de antaño. Contemporáneos de V.M. de la Tejera. Escritor y periodista del siglo XIX

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  3. Marijose

    Reblogeado a mi blog.
    Pienso en el trabajo y constancia que lleva actualizar todo lo que nos trascribes, aqui.
    Si os gusta la historia y las buenas letras, no dejéis de pasar por el blog de Francisco Moreno, que nos acerca a través de las letras tal como fueron escritas esos momentos de antaño. Contemporáneos de V.M. de la Tejera. Escritor y periodista del siglo XIX

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