UN CORAZÓN VIEJO

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UN CORAZÓN VIEJO

I

Hay momentos en los que el hombre de más valor y más grande espíritu se siente cobarde y como sobrecogido de inexplicable espanto; en uno de estos precisamente, se encontraba Luciano cuando al volver á su casa, y al sentarse junto al bastidor donde bordaba Carmen, viose acometido de un indecible aburrimiento y de una mortal indiferencia.

En otras ocasiones, la mirada de Carmen llegando hasta el fondo de su pecho, Ilenábalo de una santa tranquilidad, de un súbito regocijo, avivaba recuerdos que dormían, suscitaba esperanzas que alboreaban, y todos estos plácidos y alegres sentimientos se condensaban en una interna satisfacción que invadía todo su ser y ponía en sus labios una palabra dulce, efusiva, interminable, una locuacidad de niño una charla de cortesano que repite la misma idea bajo mil formas distintas, buscando siempre lo vario bajo lo agradable. Le hablaba de sus amigos, de sus aventuras, de sus aspiraciones, mezclando de este modo lo presente con lo pasado y mostrándose tal como era: una alma apasionada, móvil, activa y tempestuosa.

Había obtenido triunfos en su carrera, habla sido orador y después político. Después, tentando fortuna se metió en la Bolsa y jugó. Tras los azares del juego vinieron las tormentas del corazón, lo cual parece extraño, pero era hombre así. Y el dinero ganado con tan buena suerte lo derrochó en aventuras y en amistades improvisadas. Esto lo sabía su mujer, porque Luciano tenía el don de los hombres apasionados: la franqueza; sus extravíos lo mismo que sus ideas no quedaban en el fondo de la conciencia, subían á flor de agua, se hacían trasparentes.

Lanzado al mundo antes de los quince años, complicado en todas las peripecias de la vida política, traído y llevado por las corrientes de la pasión, había vivido mucho en breve tiempo. Libó de todas las flores posibles; paladeó el vino de todas las embriagueces, desde el beso de la virgen hasta la alegría insólita y profunda del jugador que ve sus bolsillos atestados de oro. Y para que los contrastes fuesen más violentos, después del derroche apareció la pobreza; pobreza relativa, si se quiere, porque su padre había muerto intestado, y creía tener cierto derecho á unas magníficas dehesas próximas á Toledo, llamadas allí guadalerzas, que le disputaban los parientes de su madre. El litigio fué de rigor.

Tal vez su actividad y su perseverancia hubieran apresurado el desenlace, pero olvidóse de demandas y notificaciones, de notarios y leguleyos y pensó en Carmen. Tres meses después estaba casado.

Como Carmen era rica, Luciano pudo salir á flote. Además de esta riqueza poseía otros encantos naturales que la sublimaban sobre el vulgo de las de su sexo. Era mucho más que bonita; era adorable. Más bien blanca que rubia, tenía la languidez propia de las mujeres meridionales y cierta gracia natural y cierta timidez sin afectación, que producían al presentarse en cualquier parte, singular encanto y una como corriente magnética de simpatía. A esta belleza exterior de su espíritu, á ese conjunto de cosas agradables, unía la distinción de sus maneras. Tenía formas aristocráticas sin haberlas heredado.

Su carácter armonizaba con la impresión que producía su rostro, su mirada, el tono de su voz y hasta su particular belleza. Era dulce como su imaginación quieta y reposada, con un fondo permanente de pureza. Sin embargo, cuando se aferraba á una idea llegaba hasta la tenacidad, lo cual es propio y forma quizá como un contrasentido en algunos espíritus débiles y afeminados.

Esta era la esposa de Luciano hacía cinco meses.

Accediendo á sus repetidas instancias volvió á activar el pleito que dormía en la curia, pagando á los ministriles sus enormes atrasos.

cont1Segunda parte.

JMMatheu2JOSÉ Mª. MATHEU.

Publicado originalmente en

COLECCIÓN DIAMANTE XXII

Cuentos

Barcelona – 1890

 

 

 

 

 

 

 

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2 pensamientos en “UN CORAZÓN VIEJO

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