LA REMOLIENDA (Eva Canel)

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LA REMOLIENDA

(COSTUMBRES CHILENAS)

Miradla requebrándose incitante; llevando y trayendo á su pareja del uno al otro lado de la estancia, cogiendo apenas con la punta de los dedos de su mano izquierda la falda de apretados frunces y levantando graciosamente su derecha, en donde revolotea un pañuelo que parece el banderín de enganche de las mujeres sandungueras.

Es la huasa chilena, la hija de un diacarero (labrador) la que arrogante, con el cuello erguido, las mejillas echando lumbre y los ojos despidiendo chispas, aguarda que acaben los alborotados compases que de introducción sirven á la Zamacueca y á que comience la copla para contonearse arrullando á su pareja, tan pronto rozándole la mejilla con el juguetón pañuelo, como obligándole á seguirla jadeante, en fuerza de tantos quiebros y de tantas guiñadas.

El huaso (campesino), buen mozo, que de frente la mira, es un pretendiente con más estampa que fortuna; pues la ingrata de sus ilusiones, suele darle los más negros celos que jamás un corazón pudieran haber torturado.

Es Antuca (Antonia) una mocita caprichosa y coqueta, de talle esbelto y de cintura más cimbreadora que las palmeras del coco, ni alta ni baja, apretadita de carnes, de color tostado y de cutis suavísimo que exhala por todos los poros el perfume cálido de una sangre hirviente y pastosa.

Cucho (Agustín), su pretendiente, es el mayordomo de la chacra elevado casi á la categoría de dueño, pues el patrón padece una parálisis que le imposibilita para ocuparse de sus tierras, consistentes en una legua de terreno, bien cultivado, con cuyo producto viven con holgura y algo queda para obsequiar, siguiendo la hospitalaria costumbre americana, á todo el que echa pie á tierra en los dominios del hacendado, pidiendo un plato de cazuela para él y un pienso para su caballo.

Aspiraba el mayordomo á la mano de Antuca, sin otros títulos para merecerla que su figura no despreciable de huaso leío y escrebío que por algo sus difuntos padres le habían mandado de niño al colegio para que deprendiese lo que sabía.

Era trabajador y formal, bebía razonablemente, quiere decir, que ni perdía el aplomo ni se tomaba (emborrachaba), por lo cual conservaba siempre la serenidad, de que tanto gustaba su patrón, y no miraba éste con malos ojos que el amor hacia su hija, de día en día sentase con más arraigo sus reales en aquel corazón indomable á la par que ternísimo.

La caprichosa mocita cuidábase poco de que la traidora duda fuese causa de que despidiesen fulgurosos relámpagos las negras pupilas del huaso, cuando un golpetazo imprevisto sonaba cruel en la puerta medio entornada de sus esperanzas.

La noche que les vemos, uno frente á otro, mirándose, él á ella con pasión y á él ella con lánguida y traidora coquetería, celebrábase en la chacra el santo de Antuquita con una remolienda de las que empiezan en Chile, cuando menos se piensa, sin que al empezarla pueda nadie asegurar la hora ni el día que ha de tener término.

Gozaba el padre de Antuca fama de rumboso, y la verdad era que cuando en su hacienda se remolía arroyaban la chicha y el aguardiente y no se daban punto de reposo las arpistas y cántaras, hasta que al rayar el alba se descansaba para reparar las fuerzas con el exquisito charquicán.

Es este guiso chileno un caldo con tropezoncitos de charqui (cecina), tan gustoso y agradable que sabe á gloria después de una noche de remolienda de señores ó de huasos, que para los efectos del charquicán viene á ser lo mismo, y reanima los desmayados cuerpos disponiéndolos á continuar remoliendo hasta que las reuniones se deshacen por ausencia de los unos y de los otros, pero nunca por cansancio ni menos por insinuación de los dueños de la casa.

Si la fiesta se prolonga por algunos días, allí se almuerza y se come, haciendo cada cual como s¡ en la propia casa estuviera, seguro que no ha de molestar, pues que á tanto se prestan la cordialidad y las costumbres benditas del mundo de Colón.

Alguien ha dicho que los chilenos no son hospitalarios y esta es una calumnia como un templo: son tardos para franquear sus puertas, porque desconfían del amigo improvisado, pero una vez franqueadas conviértense en esclavos del huésped, como las leyes de la hospitalidad tienen desde tiempo inmemorial prescrito.

San Antonio había llevado á la hacienda del padre de Antuca á todos los huasos vecinos, y también á tres ó cuatro elegantes jóvenes de la ciudad cercana, que gustaban de la gracia y donaire de la huasa y bebían por ella los vientos.

Trataba á todos Antuca con el propio despego, no obstante recibir con sin igual complacencia los regalitos que solían llevarla jutres (señoritos), y esta facilidad de la mocita para dejarse querer sin compromiso, constituía el martirio de muchos y la desesperación de Cucho, que se sublevaba cada vez que su novia, pues que lo era, admitía obsequios de algún hombre.

Eran las diez de la noche y estaba el baile en su apogeo.

Tres arpas lanzaban al unísono compases de cueca y otras tantas cantaoras turnaban en las coplas, que por turno también bailaban las animadas parejas.

—¡Venga! —dice una voz cuando la cantaora se dispone á soltar los gallos y jipios con que la cueca de buena ley, sin mistificaciones artísticas, debe ser cantada.

Y la cantadora dice:

Que si de vidrio fueran

iAy, mamita! los corazones:

Ay qué claritas se vieran

¡Ay, mamita! las intenciones,

Y aquí comienzan los concurrentes á corear con palmas y frases criollas, mientras la cantadora repite tantas veces como la ordenanza prescribe:

«¡Ay! ¡ayayay! ¡ay, mamita! las intenciones, etc., etc.»

Y no continúo porque tiene la música indígena algo que ni se expresa ni se copia ni puede reflejarla el que no la ha escuchado, cuando en la cuna le arrullaban con ella; se oye y se siente, la mente y el alma la recogen y la cantan para sí, pero no le resulta al profano que quiere repetirla creyendo entusiasmar con la copia como á él le hubo entusiasmado el original.

Terminan Cucho y Antuca su ronda compuesta de dos coplas y suena una salva de aplausos. Ella corre á sentarse serena y arrogante con su triunfo, entre los jutres que le ofrecen asiento en un banco, y él con menor precipitación, se retira á un extremo de la estancia recostándose sobre uno de los caballetes que sostienen monturas y arreos, chapeados de plata.

La sala en donde el baile se celebraba era más larga que ancha y muy espaciosa. La puerta exterior comunicaba con un gran patio empedrado, en donde estaban las cuadras, cocina, cuartos de mayordomo y peones, con las demás dependencias necesarias á una hacienda, que si no era de las mejores no era tampoco de las más malas.

En las dos cabeceras de lo que, por su tamaño, debiéramos llamar salón, estaban los dormitorios de Antuca y su padre, cuyas entradas, apenas cubiertas con cortinas de percal recogidas á ambos lados de las puertas, dejaban ver el interior de aquéllos, limpios y hasta elegantes para lo que esperarse pudiera de una hacienda de huasos.

A las claras se echaba de ver que el dormitorio de la izquierda era de Antuca. La cama tenía colgaduras de percal igualito al de las cortinas y tenía también tocador, mientras su padre se conformaba con un tres pies de hierro para sostener la jofaina de hoja de lata, y veíanse en las paredes algunas estampas encerradas en marquitos de madera ó en medias cañas doradas.

El salón, llamémosle así, hacía las veces de tal y también de comedor, á la vez que en él se guardaban las monturas y los frenos, para librarlos de algún aficionado á las cosas buenas, y era el tal salón ó comedor un conjunto abigarrado de objetos muy diferentes entre sí, colocados sin la menor noción de la estética, pero con el instinto del orden y del bien parecer.

De algunas escarpias que agujereaban la pared más de lo conveniente al yeso que la blanqueaba, pendían dos vihuelas, instrumento indispensable para la vida del huaso, y unos cuantos marcos sosteniendo grabados de novelas por entregas y retratos de prohombres chilenos.

Un José Miguel Carrera, de litografía, amarillento ya y salpicado de puntos que acusaban la presencia de asquerosos bichejos alados, era de mayor tamaño que sus compañeros de época, como si al destacarse en aquellas humildes paredes, quisiese recordar á los que le contemplaban que mayores habían sido también su grandeza y sus infortunios.

La gran mesa, tosca, renegrida y antiquísima, labrada con arabescos que parecían hechos á punta de cuchillo romo, había sido arrimada para dejar más espacio á los bailadores y veíase ocupada por una batería de vasos, copas, botellas de aguardiente y jarros de chicha.

Tres caballetes ó burros de madera cargados con monturas, frenos y jáquimas, hacían pendaní á la mesa, y las sillas y bancos por acá y acullá repartidos estaban ocupados por huasas, jóvenes la mayor parte, aunque no faltaba alguna madre de buena vitola que echaba su vuelta con más gracia y donaire que la mocita que mejor lo hiciese.

En un rincón apiñábanse arpistas y cantadoras con el apéndice de un vihuelista que tocaba polkas y valses, por si á algún jutre le daba la gana de pedirlos.

Eran las arpistas ya entradas en años, y las cantaoras jóvenes todavía, pero viéndolas nadie podía presumir que se convirtiesen en grillos mal mantenidos ó en gatas escaldadas cuando lanzaban los chillidos inevitables por la muy alta tesitura en que la cueca se canta.

zamacueca3¡Qué resistencia de gargantas!

Imposible competir con ellas en dureza de laringe, ni menos prescindir de sus gritos; sin éstos, ni el baile estaría en carácter, ni produciría los entusiasmos que produce.

He dicho que Cucho se había arrimado á uno de los caballetes que sostenían las monturas: era precisamente el que tenía la de Antuca, una silla muy mona de terciopelo punzó (encarnado) bordada con hilo de plata que no había más que pedir, pero entonces estaba cuidadosamente cubierta con una funda de ante.

Puso el huaso su mano derecha sobre el gancho y por unos segundos se quedó contemplando el asiento que tantas veces había sostenido á la intrépida jinete que le robaba el alma.

Antuca, que hablaba con los dos júfres acaramelados que le chicharreaban en ambos oídos, miraba á su amante con el rabillo del ojo y comprendía que aquella noche, como otras muchas, lo atormentaban los celos, cosa que á la huasa llenaba de orgullo, porque más que de quererlos gustaba de que la quisiesen los hombres y sobre todo de que pasasen fatigas por sus pedazos.

Volvieron á oírse preludios de música; esta vez era la vihuela que templaba sus cuerdas para acompañar á las niñas cantaoras algunas tonadas de aquellas dulces y cadenciosas, que tienen su origen en la viveza de pasiones del campesino chileno.

Antuca se levantó; encaminóse á su cuarto, y pudo ver

Cucho que mirándose al espejo alisábase un poco el cabello y componía las dos largas trenzas que por la espalda se le desmadejaban.

Terminado que hubo su sencillo retoque reapareció en la sala y fuese derecha á donde Cucho estaba recostado.

-¿Qué hacis aquí tan callao? -le dijo, clavando sus traidores ojos en los apasionados de su amante.

-Mirándote (contracción de pues).

-¿Y qué me miras?

-Lo que estás mostrando.

-¿Y qué es lo que muestro?

-Pues, que no me quieres.

Antuca soltó una carcajada que fué para el huaso más cruel mil veces que si la punta de un hierro candente penetrase en sus carnes.

-¿Con que no te quiero?

-¡No!

-¿Y en qué lo has conosío?

-En que tienes el tiemple (el amor) en otra parte.

-¿De quién hablas? de aquellos dos jútres?

-¿De aquellos? No.

-Pues no te entiendo.

-De sobra que sí que me entiendes, pero no quieres darte por entendía.

-Te igo que no.

-Pues dime si no echas de menos alguno.

-Yo no echo de menos á naide cuando tú estas á mi vera.

-Entonces ¿por qué aguaitas (miras, espías) de vez en cuando como si esperases ver dentrar alguno?

-Pues ay verás tú.

-Contesta: cualquiera diría que tas quedao múa.

-Sí, pú, múa.

-Pues, múa, ¿por qué no contestas?

Efectivamente, Antuca aguardaba que le diese Cucho celos con los dos petimetres que le calentaban los oídos, pero no estaba preparada para una pregunta que le llegaba á lo vivo. Era verdad que había mirado á la puerta varias veces y hasta que había parado la oreja, fingiéndose distraída, escuchando si sonaban pisadas de caballo sobre los morrillos del patio, pero no creyó que su novio pudiese penetrar su pensamiento ni sus miradas.

EVA CANEL

 

cont1LA REMOLIENDA (conclusión)

Publicado originalmente en

La Ilustración Artística

Barcelona 12 de mayo de 1890,

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