HASTA LOS GATOS QUIEREN ZAPATOS (Conclusión)

PROVERBIOS ESPAÑOLES

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zapatero

III

Agapito, hijo único, y de viuda por añadidura, acostumbrado, como es de suponer, á salirse con la suya, no reconocía freno ni respeto humanos, proponiéndose una vez satisfacer sus caprichos, lo cual, unido á su terquedad nativa y á una petulancia sin límites, daba por resultado un carácter díscolo, sumamente difícil de gobernar. Soledad había predicado en desierto: el estudiantino no podía habituarse á la idea de un desaire, y procuraba persuadirse de que los desdenes y los enojos de aquella eran fingidos, y de que el tiempo y su constancia lograrían lo que ahora se presentaba como imposible; pues, como dice el refrán: Pobre porfión saca mendrugo. Por otra parte, Soledad se había, según él, complacido en mortificarle, tratándole como á un chiquillo, y él estaba muy interesado en demostrar que, aunque de pocos años, poseía toda la entereza y la dignidad de un hombre.

Dio, pues, un real de vellón á un mozo de cordel, conocido suyo, para que entregase á Soledad una carta, en que pedía perdón á ésta por las palabras que pudieran haberla ofendido en la última entrevista, manifestando al par que seguiría visitándola, como si nada hubiera sucedido, y amándola en silencio, con su permiso, que era cuanto sacrificio se hallaba resignado á hacer en su obsequio. La carta iba plagada materialmente, de la cruz á la fecha, de admiraciones, puntos suspensivos, interrogantes y otros signos ortográficos, que indican las grandes inquietudes del alma y las profundas agitaciones del corazón. Presentábase en ella como una víctima expiatoria, como un Isaac sui-generis, que se inmolaba por el sosiego de la que le había arrebatado el suyo, á quien juntamente enderezaba una porción de versos de Zorrilla, fragmentos de las cartas de Eloisa y Abelardo, y unas lúgubres endechas, que pescó en un Semanario del tiempo del romanticismo; endechas que, en su concepto, eran capaces de enternecer y ablandar un mármol, y de las cuales Soledad, guiada por su buen sentido, haría pajaritas y devanadores.

Agapito cumplió su palabra. A los tres ó cuatro días encaminóse á ver á Soledad, y entró en la calle taconeando ruidosamente, mirando á los balcones y luciendo un largo veguero, con el cual se regalaba como un hombre de pro. Pero hete aquí que al pasar por delante del portal de un zapatero de viejo, y cuando más embebido miraba á lo alto, porque se le figuró haber visto en el balcón á Soledad y Emilia, la primera de mantilla clara, y la segunda de capota, pisa en la acera una manzana podrida, da un tremendo resbalón, y cae de bruces en el suelo, quedando despatarrado como una rana. El hombre de corazón más compasivo ó de carácter más tétrico suelta la risa que le retoza en el cuerpo, cuando ve al prójimo en situación tan desastrosa; con todo, allí nadie pronunció una palabra ni hizo demostración alguna de ese género.

Levantóse como pudo nuestro Agapito, y observó con amargura inexplicable que los guantes habían estallado, y que el pantalón se le abría por la entrepierna. Como el niño tenía la pícara costumbre de adelantar siempre el discurso, costumbre que le exponía con frecuencia á mil lances desagradables, la primera idea que le ocurrió fué la de que el zapatero, por burlarse de él, habría arrojado intencionadamente á la acera la manzana, origen de una discordia que debía ser funesta al desgraciado Agapito. Abrochóse el gabán para cubrir la herida del pantalón, observada ya por el sastre del portal de enfrente y el calderero de al lado; y encarándose con el inocente zapatero, le llenó de insolencias, y aun le amenazó con que haría y acontecería. El zapatero, hombre de correa larga, se contentó con reírsele en las futuras barbas, teniendo la prudencia de decirle solamente estas palabras:

—Si no tiene usté más jijas que un mosquito! ¡Seo silbante!

—Canalla! Gentuza! respondió el mancebillo, revolviendo los ojos á todas partes.

—Vaya usté mucho con Dios, Sr. D. Agapito! —repuso el zapatero ya quemado, acertando por casualidad el nombre del estudiante, y murmurando luego para si:—Buena la has hecho! ¡Te ha caído la Santa Unción!

El calderero y el sastre toman los insultos dirigidos á su convecino como ofensas propias, y no bien oyen el nombre del doncel, pareciéndoles excelente á su intento, principian el uno á tocar á rebato una almirez descomunal, el otro una campanilla, y el principalmente ofendido á descargar sobre la piedra del oficio cada martillazo que canta el misterio, gritando los tres en falsete, una porción de veces, con tonillo lastimero:

—Señor D. Agapito! pitito!… pitito!… pitirriito!

No hace muchos años, la persona decentemente vestida que se atrevía á pasar por ciertos barrios de Madrid era objeto de diversión y chacota para sus moradores, los cuales tenían siempre á mano un repertorio interminable de chistes, generalmente de grueso calibre, pero de originalidad é intención pasmosas, bajo cuyo peso abrumaban al transeúnte incauto. Este salvajismo social ha ido desapareciendo, y dentro de poco tiempo es de creer que pertenecerá á la historia; pero todavía en algunos puntos de la corte á veces se advierte que la tradición se conserva, aun sin motivo, cuanto más habiéndolo justo, como lo tenía el zapatero hasta para sacudir al mequetrefe de los tacones.

Para una persona de las pretensiones absurdas de Agapito, la referida ovación improvisada, que, como quien ve los toros desde talanquera, presenciaban inalterables en el balcón Soledad y Emilia, era el castigo más inhumano que pudiera imponérsele; así es que casi le dieron ganas de llorar, y tragó no poca bilis. A dejarse llevar de su genio pendenciero y soberanamente irascible, y á saber de positivo quién era el autor de su caída, la hubiera emprendido con él á bastonazos; pero lo ignoraba; por otra parte, el temor de verse puesto en ridículo segunda vez delante de Soledad templó un tanto sus ímpetus belicosos.

Después de un instante de vacilación, decidióse á hacer la visita, siquiera por tomar aliento, pues en cuanto á lo demás, así estaba él para amorosas empresas como para bailar unas seguidillas. Pobre Agapito! Estira, estira el cuello de la camisa, arréglate la corbata, sacude el polvo del gabán, quítate los guantes y guárdalos. ¿Cómo ocultar tu vergüenza, si aunque no te hubiesen visto Soledad y Emilia, el inexorable D. Ambrosio, que te persigue como un remordimiento, como la sombra del Comendador á D. Juan Tenorio, lo ha presenciado todito desde el estanco próximo, mientras le escogían una docena de cigarros? Don Ambrosio te vio resbalar, y aun dijo con tal motivo á la estanquera: —Qué bien debe patinar ese joven!—Don Ambrosio, con sus ojos de lince, descubrió la solución de continuidad de tú ajustado pantalón oscuro, y asomando por ella un apéndice blanco, así como de batista, ó por lo menos de holanda inglesa; D. Ambrosio, en fin , esperaba solamente á que echases á andar hacia la casa de Soledad, para seguir tus pasos, y tener el gusto de prodigarte en ella los consuelos que estuviesen á su alcance.

Las dos hermanas, observando el movimiento y la dirección de Agapito, prefirieron salirle al encuentro en la calle á recibir la visita, que si era tan pesada como otras veces, las privaría de ir á sus cosas, pues tenían tasado el tiempo.

Al poner Agapito el pie en el umbral de la casa, se encontró con Soledad y Emilia, elegantísimas y hermosas como soles, incorporándose á todos ellos, dos minutos después, el sencillo y franco D. Ambrosio.

—A dónde, bueno, niñas? preguntó éste.

—A hacer unas compras, respondió Soledad.

—Van ustedes á la calle de Postas?

—Sí, señor.

—Entonces las acompaño hasta la Puerta del Sol. Ea, en marcha!

Adelántanse las señoras, y los caballeros las siguen por la acera. Don Ambrosio pregunta en alta voz á su compañero:

—Se ha lastimado usted, Agapito ?

—No comprendo.

—Es singular! Nunca comprende usted lo que le digo. Será desgracia mía! Preguntaba si la caída ha tenido consecuencias. Le he visto á usted caer; le he visto los guantes rotos; le he visto… lo digo?… Pero eso no vale nada; se ha descosido un poco, y con cuatro puntadas queda como si tal cosa. Ustedes,—continúa D. Ambrosio, dirigiéndola palabra á las señoras, —deben haber presenciado también el sensible percance.

—Sí, señor, dice Soledad.

—Por cierto,—añade Emilia,—que creímos que se había estrellado; tanto, que mi hermana gritó: «Jesús! Pobre señor!»

—Yo me figuro,—observa D. Ambrosio,—que todo ha sido efecto de una distracción; apuesto á que el amigo iba mirando al cielo, tropezó, y… A eso se exponen los enamorados, Sr. D. Agapito. Mire usted cómo yo no me caigo. Bien es verdad que, además, como me contento con mi estatura, no necesito caminar sobre tacones de á cuarta.

El zapatero, el sastre y el calderero estaban ya de acuerdo para escarmentar á Agapito, pues así que hubieron pasado las dos hermanas delante de sus puertas, salió de todas ellas un fuego graneado de pullas contra el infeliz amante, que de veras le quemó la sangre.

—Señor D. Agapito!… —decían—pito!… pito!… pitirrrrriiiito!… —acompañados por la consabida orquesta.

—A usted le llaman, —dijo D. Ambrosio; —usted, querido mío, es el hombre de la dicha; en todas partes tiene relaciones.

En seguida principió á cantar el sastre:

Calzón-roto se paseda

Desde el soto á la alameda;

Se paseda Calzon-roto

Desde la alameda al soto.

El calderero asomo la cabeza por la puerta, y gritó:

—¿Quién ha visto un corderito negro con el rabo blanco?

Los vecinos, que estaban en autos, se reían como bobos.

Soledad y Emilia reventaban por imitarles, y al mismo tiempo sentían algo parecido á la compasión por Agapito.

—Oye usted, compañero? — dice D. Ambrosio al aludido. —Preguntan que quién ha visto un corderito negro con el rabo blanco. ¿Si se le saldrá á usted la camisa por atrás?… A ver ?

El zapatero, como más agraviado, no se da por satisfecho con tan poco, sino que, corriendo detrás de Agapito, le detiene, agarrándole por un brazo, y le dice:

—A ver, D. Agapito, deme usté la liebre, y dejémonos de historias.

—Qué liebre? pregunta el estudiante, poniéndose de veinte colores, con unos ojos más espantados que los del animalito que le reclaman.

—La que ha cogido usté en la acera.

—Ha cogido usted alguna liebre, Agapito? Pregunta D. Ambrosio, haciéndose el cándido.

—Yo no he cogido liebre ninguna , responde formalmente el colegial, ignorando que entre el pueblo se suele decir del que cae como cayó él: Que coge una liebre, que coge la cena.

—No ha cogido usté liebre ninguna?— exclamó el zapatero.—Pues ponga usté por bajo que no he dicho nada, y… usté perdone.

Excusado es añadir que Ricardo, el marido de Soledad, enterado por ella de lo que pasaba, no necesitó recurrir á nada para ahuyentar de su casa al niño mosca.

Si lo que Soledad había dicho á éste repetidas veces no era bastante para obtener tan buen resultado, los crueles y continuos sarcasmos de D. Ambrosio y las escenas que acababan de representarse hubieran sido suficientes para acobardar á otros más guapos que Agapito; de quien no he oído que haya vuelto á exponerse á que alguno le diga lo que dijo D. Ambrosio en casa de Soledad, refiriéndose á él: Hasta los gatos quieren zapatos.

FIN

Ventura Ruiz Aguilera

vruizfirma

 

 

PROVERBIOS ESPAÑOLES (primera serie)

Publicado en Madrid en 1884

LIBRERÍA DE DON LEOCADIO LÓPEZ.

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