HISTORIA DE UNA MUERTE

serenata

HISTORIA DE UNA MUERTE

JUANA era una muchacha preciosa que vivía en Granada, querida por un joven que se miraba en sus ojos como en el cielo de su dicha.

Granada, esa ciudad andaluza, último baluarte de los moros, no es sólo el pueblo de la Alhambra y de las leyendas, de la vega del Generalife, es también el país de las tradiciones caballerescas, en donde se conserva con no poca pureza el carácter árabe, mezcla de pasión y de odio, de pasión y de venganza.

Por eso no es extraño que sus hijos conserven mucho de esos extremos y que las granadinas sean tan hermosas como capaces de grandes pasiones.

En sus ojos, focos de luz y torrentes de fuego, ora se forja el rayo de la tempestad, ora se acumula y brota el fuego de la gloria.

Todo esto hace al relato de esta historia.

De hermosa cara y corazón amante, lindo cuerpo, mucha sal y un pico de oro, Juana tenía no pocos adoradores y un novio.

Este último se llamaba Curro.

Todas las noches á la luz de la luna, cuando suena la hora en Andalucía de que las amantes parejas se comuniquen sus impresiones y se digan y se repitan sus amores, Curro se acercaba á la reja de Juana, y embozado en su capa, que terciaba con gracia, calado el sombrero y con un cigarro en la boca, rondaba con la inquietud del enamorado la casa de su novia.

Era el palacio de sus sueños.

Devoraba con su vista la reja y lanzaba al aire comprimidos suspiros.

Las puertas vidrieras de la reja se abrían al fin, apareciendo tras ella el ideal del alma de Curro. Juana se asomaba, y el complemento de la dicha del mozo se realizaba en aquel punto.

Entre un océano de luz y un cielo de armonías le hablaba á su amada.

Así pasó algún tiempo; muchas fueron las noches en que aquellas escenas se repitieron; pero una espesa nube vino á cubrir de sombras la felicidad de los dos amantes.

Uno que se llamaba traidoramente amigo de Curro, y que sentía un amor ciego hacia Juana, empleó, para separarla del novio, uno de esos medios que Satanás concibe en el Averno para llevar almas á sus dominios.

La calumnia habló por su boca.

Su lenguaje atentó á la honra de Juana.

Curro pasó por esas gradaciones que motivan á veces los falsos testimonios; no creyó en un principio, dudó después y acabó por estimar ciertas las aseveraciones de su falso amigo.

El veneno surtió su efecto.

Curro sintió primero el hielo del indiferentismo y concluyó por experimentar hacia Juana el desprecio. La niña fué notando las variaciones de su novio.

Este, á fuerza de sucesivas y repetidas interpelaciones y escenas violentas, continuados altercados y todo género de acritudes, dijo el motivo de su actitud.

Las relaciones amorosas quedaron rotas.

Del idilio se pasó al drama.

¿Sería culpable aquella mujer? ¿se ocultaría la lava del vicio bajo el volcán de aquella mirada?

Nunca se había oído hablar de ella en aquel sentido. Recta había sido siempre su conducta y muy puros los sentimientos de su alma.

Pero ¿ quién es capaz de penetrar hasta lo íntimo de la vida de una mujer?

Las manchas de la deshonra no aparecen á veces en la mejilla con el carmín del rubor.

Todo esto y algo más pensaba Curro en aquellos momentos que antecedieron al rompimiento con su novia, y se agolpaban á su mente en tropel oprimiéndole el pecho bajo la pesadumbre del escepticismo.

El amigo de Curro había logrado su intento.

Libre de su rival, trató únicamente de conseguir el amor de Juana, á quien suponía ignorante de la calumnia levantada, ó cuando menos del nombre de su autor.

¡Cuánto se engañaba!

Pero su error subió de punto al acercarse á Juana y ver que ésta escuchaba sus requiebros y admitía su amor.

Al nuevo amante le entraron ganas de unirse para siempre á la hermosa granadina; y así las cosas, pensó tan sólo en que las relaciones se acelerasen, temeroso también de que Curro pudiese volver al redil ó de que se despertase en ella algún día el recuerdo de su antiguo amor.

Le manifestó deseos de casarse con ella cuanto antes y penetrar, por lo tanto, en su casa para pedir su mano á sus padres.

Juana le persuadió de lo imposible de esa entrevista, porque sus padres se oponían á aquellos amores; pero le dijo que había un medio para llevar á cabo sus planes: escaparse con él.

La proposición fué aceptada en el acto.

Aquel nombre, ciego por la pasión que le dominaba, nada veía, encontrándolo todo natural y sencillo.

Quedó fijado el día y la hora de la fuga.

Todo estaba ya prevenido.

El nuevo amante de Juana había buscado una casa que sirviese de nido provisional á su querida pichona.

¡Cuánto le palpitaba el corazón!

Llegó el momento de la partida.

Las puertas vidrieras de la reja se abrieron.

Era más tarde que las otras noches. Juana apareció por allí con algo de extraordinario en el rostro, que no comprendió su raptor, ó que todo lo más atribuyó á otra causa que á la que en realidad obedecía.

Se cambiaron algunas palabras. Juana se metió dentro y al poco rato abrióse sigilosamente la puerta de una casa.

Una mujer, cuyos ojos despedían una luz vivísima en medio de la profunda oscuridad de la noche, fué destacándose por el estrecho hueco de la entreabierta puerta.

Era Juana. Iba envuelta en un mantón negro como las penas de su alma, las tristezas de sus amores y la terrible lobreguez de su espíritu.

Aquella mujer tan interesante se cogió del brazo del rival de Curro, como la sombra del pecado que envuelve á su siervo.

Así marcharon durante un rato cruzando algunas calles.

Al pasar por la plaza del Campillo, Juana solicitó de su acompañante descansar un rato en los asientos de aquel paraje.

El enamorado mozo estaba fuera de sí. Había sentido de cerca el aliento de aquella mujer tan verdaderamente encantadora; había oprimido su mano entre su brazo y hablado con ella sin distancias, sin separaciones ni obstáculos.

Era suya.

Con la respiración comprimida, el falso amigo de Curro se sentó al lado de su amada y quiso rodear su cuello con sus brazos y hasta darle un beso en los labios; pero Juana, separándolo de sí rápida como el pensamiento, le dijo que esperase un poco porque tenía que hablarle antes de ciertas cosas. Empezó por describirle en breves y apasionadas frases sus relaciones con Curro, la felicidad de que disfrutaba con aquellos amores tan puros, tan desinteresados, tan sinceros; y cuando menos lo esperaba, aquel hombre —que sólo creía que Juana adoraba en él —se encontró con que aquella víctima de la mordacidad de su lengua, de la torpeza de sus planes, de la perversidad de sus celos, cambiaba de tono, se erguía poco á poco con la dignidad de la virtud ultrajada, le iba echando en rostro cuanto él había hecho para que se viese devorado Curro por el demonio de la duda.

Maquinalmente se desviaba de su lado el acompañante de Juana; pero ella le retuvo hasta el fin de su tremendo relato, que, á guisa de sentencia de muerte, quiso que escuchase en todas sus partes; y cuando intentó incorporarse á viva fuerza el delincuente, Juana, arrojándose á él como la herida leona de los desiertos africanos, sintiendo hervir en sus venas la sangre árabe que corre en abundancia por las venas de las hijas de Andalucía, hundió en el pecho de aquel hombre una navaja de Albacete que acariciaba tiempo hacía bajo el negro manto en que iba envuelta.

Y allí quedó sin movimiento, luchando con las últimas ansias de la muerte, atravesado el corazón por el filo del arma homicida el rival de Curro, que pagó de aquel modo su delito.

Satisfecho su propósito, ella misma dio parte á la policía de que en uno de los asientos de la plaza del Campillo quedaba un hombre atravesado el pecho de una puñalada que había puesto fin á sus días.

Dijo que le había dado muerte ella misma, y expuso el motivo.

Juana fué detenida y juzgada.

Como principal testigo, que aseguró ser cierta la causa que había impulsado á Juana á matar aquel hombre, compareció Curro ante el tribunal, transida el alma de dolor y lleno de vergüenza y desesperación por haberse dejado llevar de las falsas palabras de un rival encubierto, tan miserable y tan audaz.

Juana fué puesta en libertad al poco tiempo, y desde entonces las granadinas, á los que tratan de quitar honras con la lengua, les cuentan en seguida la historia que acabó en el Campillo.

 

PEDRO SAÑUDO AUTRAN

Publicado en su obra

NARRACIONES ESPAÑOLAS Y AMERICANAS, 1886

Segunda parte.

Narraciones y artículos.

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