RATAPLÁN (conclusión)

Leer el comienzo: RATAPLÁN I

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V

Gozando, por fin, de aquella tranquilidad de espíritu, tan necesaria para el estudio, di á luz una tras otra las siguientes obras: Programa fundamental de psicología y ética, El racionalismo ante la sana rasen y Errores de la filosofía positiva y materialista, tres librejos que me ganaron la estimación de todas las personas cultas y

sensatas de Cayudes, pero que, considerados como valla y antemural de la buena doctrina, fueron impotentes para detener el aluvión revolucionario que se nos entraba por las puertas. No hay duda que el terreno se hallaba ya preparado por aquel satánico espíritu de rebeldía que había yo sorprendido en la marcha irregular y agitadísima de los sucesos, y bastó un hecho solo para que las ideas perturbadoras tomaran repentinamente cuerpo. Este hecho fué la revolución de Septiembre.

Tuvimos, por consiguiente, motines un día sin otro, y dos á la par; formáronse juntas de compadres, se armó la milicia ciudadana, nos nacieron tribunos con esa prolífica abundancia de las plagas, amaneció la discordia, estalló la guerra. Mal cariz presentaba aquello. Algunos compañeros míos, así como todas las personas sensatas de la población, se alarmaron lo indecible al observar el giro que tomaban los acontecimientos, aquella especie de esfinge, invencible y trágica, asentada en cuantos caminos recorrían nuestros Edipos. Lo que yo me alarmaría, pueden calcularlo mis lectores, sabiendo que llevaba escritos en El Orden, periódico ortodoxo y tradicionalista, una tanda de artículos políticos algún tanto mordaces. ¿Cómo, pues, sustraerse á las consecuencias, al temor, al espanto, á la posibilidad de cualquiera desagradable peripecia?

¡Ah! ¡Que no volvieran aquellos felices años (algo más de un lustro), que tan sosegadamente corrieron para mis tareas de autor diligente! Corrieron, sí, con el sosiego y la apacibilidad de un río de anchísimo y dilatado cauce que ve reflejarse en sus claras aguas las infinitas bellezas del paisaje.

Después de proclamada la República, una de aquellas tristes noches, tan tristes en provincias, que todavía esperan un Ovidio desterrado que las cante, al tiempo de retirarme á casa se me presentó un ordenanza del gobernador, y me hizo saber que su jefe me recibiría en su gabinete particular, entre doce y una de la madrugada.

—Perfectamente: iré por allá,—contesté con no poco susto, porque las circunstancias no eran para menos.

Quedé luego pensando en las horas de recibir á las gentes que tenía S. E., que no podían ser mejores, sobre todo para cualquier catedrático metódico y madrugador.

Pero fueran como fuesen, no era lo peor las horas, sino el asunto ó motivo de la cita. ¿Sería acaso político? En cuanto dieron las doce, cogí el abrigo y me encaminé á la Diputación. Pero al cruzar por la sala, con el quinqué en la mano, eché una mirada al espejo, y me vi algo más pálido y amarillento que de ordinario. Debo

advertir, por lo que atañe al exterior de la persona, que mi cara de filósofo con peluca á lo Luis XVI, seriota, carnosa y carrilluda, con su correspondiente papadilla, no previene en contra; á lo más infundirá cierto respeto, y creo que no disonase mucho, á pesar de su bigotillo, en el coro de una catedral, entre las más esponjadas y expresivas de los prebendados. Entrando en la Diputación, salió á recibirme el consabido ordenanza, y aún estuve media hora de antesala antes que volviera para acompañarme al despacho del Gobernador. Era este un hombre de mediana talla, pero de mucha fibra al parecer, moreno, joven, quizá demasiado joven para semejante cargo, de mal color, barbudo, con ojos de ave de rapiña y un perfil de cara típico, que, según Lavater, debía significar audacia, genio militar, orgullo, propensión á los cargos elevados, etc., etc Con todo y con eso, en conjunto resultaba una figura agradable, fina, atractiva, vestido como iba en aquel momento de levita negra y pantalón azul, lo cual tendría yo por inexplicable, si no fueran mis propios sentidos los que tal impresión me sugirieran.

—¿V. es D. Hipólito Salvatierra?—me preguntó en seguida, sin haber cruzado conmigo ningún saludo.

—Servidor de V.

—Muy señor mío. ¿V. es catedrático de psicología, lógica y ética, secretario del Instituto, autor de varias obras y redactor de El Orden, desde cuyas columnas nos ha puesto V. á los liberales como chupa de dómine?

—¡Oh! no, Sr. Gobernador; tanto como eso…. He atacado, ó, mejor dicho, he puesto en tela de juicio ciertas ideas….

—Pero detrás de las ideas están los hombres, y V. se ha permitido aludir en sus artículos á los más caracterizados de una manera ofensiva, mordaz, venenosa, indigna de una pluma que se precia de culta y de discreta.

—Eso es la furia de la improvisación, créalo V. Si V. E. supiera cómo se escriben esos maldecidos artículos….—Y en medio de este tiroteo de preguntas y respuestas sentía bañarse todo mi cuerpo en extraño sudor, y pensaba para mi capote: «Pero, señor, ¿en qué vendrán á parar estas misas?»

—Además, se me ha indicado por persona que debe estar en autos, que V. ha dado dinero para….—Aquí bajó la voz su señoría y deslizó la acusación en mi propio oído.

Yo protesté en voz alta:

—¡Por Dios y por todos los Santos, Sr. Gobernador! ¡Que se inventen semejantes absurdos en un Cayudes…. y que se les dé crédito ! ¿Cabe en cabeza humana que con doce mil reales de sueldo, teniendo que sostener á mis padres, socorrer á mis parientes y pagar casa, me quede á mí dinero para…. para eso?

—Bueno bueno. Es un rumor que me permito indicar, aunque no crea en él. Y vengamos á lo importante, señor D. Hipólito; por personas de mi confianza supe esta mañana que la gente del bronce había formado una lista de sospechosos, con la idea de encerrarlos bajo llave. V. va en esa lista. Se han empeñado en tener una garantía

de valor contra los excesos de los carcas, como los llaman ellos. Á mí, como comprenderá V., me repugnan los procedimientos de fuerza; pero las circunstancias difíciles que atravesamos me obligan á tolerar lo menos malo para no reprimir y ahogar en sangre lo peor. Ahora, que si faltan á lo convenido y se exceden de obra ó de palabra, en cualquier terreno que sea, yo le aseguro á V. que les sentaré la mano. Le he llamado, pues, para advertirle que haría V. muy bien en arreglar esta noche el equipaje y largarse á Madrid lo más pronto posible. Hoy por hoy, hallará V. mayor seguridad en aquel río revuelto que en esta balsa de aceite. ¡Ah! Otra cosa: V. no me habrá conocido tal vez; V. no se acordará ni del Santo de mi nombre, ¿no es verdad? Por supuesto que como me firmo Fernando G. Cebrián….

—Esa fisonomía…. Sí, señor, sí; estaba recordando, y me decía : «yo he visto esa fisonomía en otra parte…., tengo una idea confusa….»; pero no acertaba. Dispense V. E. mi torpeza: debo ser mediano fisonomista.

—Fernando García. Solo que hay tantos Garcías en España, que para no ser uno más, acostumbro á firmar con el apellido de mi madre. Por eso no me extraña que V. no cayera en la cuenta ni antes ni después…. ¿No se acuerda V. de aquel discípulo y vecinito suyo que V. suspendió tantas veces por ojeriza, por su desaplicación y por ciertas travesuras, pero sobre todo por lo primero?

—Perfectamente; no diga V. más. Fernandito García, ¡vaya! ¡Ya lo creo! Algo había de eso que V. indica, señor Gobernador; algo había en efecto…. Es una historia que le divertiría á V. muchísimo si se la contara.

—Pues yo, como muchacho resuelto y expeditivo, trasladé la matrícula á Madrid, y allí me hice abogado, orador y hombre político, todo en una pieza. No lo hice tan mal al principio que no me ganara algunas simpatías, y aquí me tiene V. de jefe, debiendo ser soldado raso. Pero no lo olvide V., Sr. D. Hipólito; es preciso ser un poco tolerante con la juventud; ni todos nacemos para sabios, ni todos los grandes hombres se formaron en las aulas.

Dicho esto, volvióse hacia la mesa del despacho, tocó un timbre, y acompañándome hasta la puerta, añadió con un gracioso movimiento de cabeza:

—Estos señores metafísicos…. son terribles.

Debo advertir que en este expresivo cabeceo no se traslucía ni por asomo aquel necio y soberano desdén con que Napoleón hablaba de los ideólogos.

Transcurrida apenas media hora, cerrando mi maleta de viaje en la soledad de mi cuarto, hacíame cruces, y me preguntaba con pueril asombro: « ¿Viviré en la realidad? ¿Será posible que aquel alborotador chiquillo, que aquel estudiantino travieso, que aquel famoso Rataplán gobierne una provincia nada menos? ¿Habrán pasado, en efecto, doce años, ó serán innumerables los que hayan corrido milagrosamente, como cuenta la leyenda de no sé qué santo anacoreta, para despertar en una España distinta de la que yo conocí?»

Á los pocos días de llegar á Madrid supe por los periódicos que habían sido detenidos y llevados á la cárcel algunos pájaros gordos de Cayudes. Pero Rataplán cumplió su palabra; los excesos del populacho se limitaron á detener á estos catorce ó quince personajes en calidad de rehenes, y exigirles algún dinero.

Entonces demostró carácter. Dos años después habló en las Cortes como diputado, y demostró talento. Con esta bizarra acción de acordarse de su profesor, sólo por haber sido su profesor, para evitarle un tremendo disgusto, demostró que era hombre de generosos impulsos, sin contar con que el citado rasgo envolvía una lección de prudencia regalada por el discípulo al maestro. ¡Vaya con el famoso Rataplán! No dudo yo que si modificara algún tanto sus ideas, que son medianejas, por sus puntas y ribetes de socialismo, le viéramos el mejor día ministro.

Por mi parte, si ese día llega, me comprometo á dibujaros esta figura contemporánea con los mejores perfiles de mi pluma de psicólogo; pues, según los estupendos lances de su vida, sospecho que no ha de carecer de originalidad, ni de gallardía, ni de noble y gracioso colorido.

fin2

JMMatheu2JOSÉ Mª. MATHEU.

Publicado originalmente en

LA ESPAÑA MODERNA AÑO II Nº XVII

(REVISTA IBERO-AMERICANA)

MAYO – 1890

 

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