RATAPLÁN IV

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RATAPLÁN

(cuento)

IV

Transcurrido algún tiempo, y muerto el digno compañero que la desempeñaba, se me concedió la Secretaría del Instituto como premio á mi laboriosidad. Una mañana que despachábamos las papeletas de matrícula, se presentó á reclamar la suya un estudiantino moreno, feo, con ojos vivos de pájaro y una nariz gruesa, que parecía un puño pegado á la cara.

—¿Su nombre de V.?

—Fernando García,—respondió con desparpajo, y mirándome serenamente, cuando, sorprendido yo por el nombre, clavé mi vista en él. Según la papeleta, estaba matriculado en Aritmética y Álgebra, Geografía, Retórica y Poética, y no sé qué más. «Esta es la mía:—me dije en cuanto volvió la espalda;—ahora veremos, señor Rataplán, si despunta V. tanto en matemáticas como en el manejo del tambor.»

Durante el curso le pregunté en varias ocasiones á mi compañero, el profesor de Aritmética, cómo se portaba el alumno Fernando García.

—Le tengo por una medianía. No da palotada, ni estudia, ni concurre á clase…. y es de los que amotinan á los estudiantes:—tal fué la respuesta que me dio.

Perfectamente; lo que yo esperaba. No quise saber más. Terminado ya el curso, formaba con mi compañero antedicho el tribunal de examen, y poco tuve que hacer para que se le propinase el merecido suspenso. Mas cuando llegó Septiembre, volvió á presentarse, y respondió con algún acierto ó, mejor dicho, con mucha verbosidad. Conocíase que á ratos perdidos había hojeado los libros. Mis compañeros dudaban, pero yo insistí: —¡Oh! Como le dejen hablar…., no le ahorcarán seguramente á ese chiquillo; pero no basta saber charlar si falta la doctrina. En fin: es un charlatán que carece de fondo. Además, se le habrá visto en cátedra media docena de veces en todo el curso.

Esta opinión decidió al tribunal, y se le obsequió con un reprobado más grande que una casa.

En el curso siguiente se formaron distintos tribunales de examen, y, aunque con gran trabajo, debió pasar el caballerito Fernando, porque llegué á tenerlo entre mis discípulos. No es ahora del caso referir menudamente ciertas peripecias de poca monta que pasaron en la cátedra, y por las cuales la ojeriza que le había cobrado subió de punto. Pero siempre, en estos choques, lo que más me irritaba, lo que más me revolvía la bilis, era la frescura y desparpajo con que se atrevía á replicar á mis reprimendas. Dos años le tuve amarrado á la psicología y ética. Por fin llegó al grado de bachiller, de cuyo tribunal formaba yo también parte como secretario. Presentóse de los últimos, y no puedo negar que casi casi

salió airoso, gracias á su desenfado, á su facilidad en expresarse, á la petulante anuencia de su palabra. Habíale recomendado la familia á uno de los catedráticos del tribunal, y como la cosa quedó un poco en duda, se armó un zipizape mayúsculo. Se discutió lo indecible. Tanto y con tal empeño, que yo tuve que sacar el cristo, asegurándoles que nunca daría mi voto á un charlatán que carecía de ideas, de doctrina y de solidez, sin más jugo ni sustancia que una sarta de tópicos, vulgaridades y frases hechas. Le hice una seña al presidente, que era de los nuestros, y añadí:

—Se puede proceder á la votación.

—Un momento, señores (repuso nuestro digno presidente). Si se aprueba este alumno, advierto á Vds. que la manga ancha seguirá igual para todos los demás.

Pasamos, pues, á votar, tras esta sustanciosa insinuación, y apareció suspenso por irrecusable mayoría. Después de tal derrota no debió presentarse en Septiembre, á probar fortuna de nuevo, porque no volví á verlo en el Instituto, ni aun en Cayudes, desde aquella memorable fecha. Debo confesar, sin embargo, que, á pesar de la mala voluntad que tuve siempre al muchacho, en más de una ocasión recordé con verdadero sentimiento la rigidez y la aspereza excesivas con que le había tratado. Ni aun logró templarlas siquiera el saber que entre algunos compañeros míos disfrutaba de ciertas simpatías, por aquel despejo y aquel gentil desenfado con que respondía siempre en clase, supiera ó no supiera la lección, á tuertas

ó á derechas, antes que pasar plaza de ignorante.

¡Pobre Fernandito García! Yo lo traté á baqueta por lo de marras, y no merecía tanto rigor, bien consideradas las cosas.

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cont1V (conclusión)

JMMatheu2JOSÉ Mª. MATHEU.

Publicado originalmente en

LA ESPAÑA MODERNA AÑO II Nº XVII

(REVISTA IBERO-AMERICANA)

MAYO – 1890

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