LA CASA CERRADA

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LA CASA CERRADA

A MI QUERIDO AMIGO

DON URBANO GONZALEZ SERRANO

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Un sueño fué; más que verdad tenía

Aquella verde y aromosa vega,

El lago, aquel, que al viento se movía.

Aquel cielo en que el sol amanecía

Y aquella altiva casa solariega.

 

El lago era sereno y trasparente

Como el remanso de abundoso río,

Que antes que el valladar rebose hirviente.

En calma gime y riza la corriente

De blanca espuma sobre azul sombrío.

 

Era la casa de rugoso muro,

Que de la aurora al encendido rayo

Parecía un semblante rojo y duro,

Cuyas ventanas, de enrejado oscuro,

A las ondas miraban de soslayo.

 

En el muro, empotrado, aparecía

Ancho portón, del polvo á la vislumbre,

Y el musgo con que el roble se cubría;

Antro cerrado, como tumba fría,

Lleno de añosa y oxidada herrumbre.

 

Y en el espacio, enarenado y breve

Del lago hasta los góticos umbrales,

Sobre dos cabecitas rosa y nieve,

Flotaban rizos de oro, al soplo leve

De la brisa que hendía los maizales.

 

Eran dos niños que al gemir bravío

Del hondo lago, y á la informe altura

De aquel ruinoso castellar sombrío,

Reían con la cándida frescura

De las flores que se abren al rocío.

 

De pronto, el sol se apaga amarillento;

Tupida nube los espacios puebla;

Surge del lago horrísono lamento;

El trueno estalla, se enfurece el viento,

Y el rayo rompe la cerrada niebla.

 

Y el lago crece, y al crecer amaga

Subir bramando á la melena rubia

Del tierno infante que asustado vaga,

Y amparo pide á la revuelta aciaga

De las ondas, del rayo y de la lluvia.

 

Llaman, y en vano; la oquedad funesta

Sigue cerrada en el añoso muro;

Gimen, y el trueno aterrador contesta.

Y el lago hierve, y á subir se apresta,

Y el horizonte se hace más oscuro.

 

En mi afán, por salvarlos, presuroso

Voy á correr, y quédase mi planta.

Inmóvil á mi esfuerzo generoso;

Y al pretender gritar gimo anheloso,

Y el grito aquel no suena en mi garganta.

 

¡Oh qué angustia! Mas súbito enmudece

El furioso aquilón; la lluvia cesa:

En las nubes el iris resplandece;

El sol sale, y en calma languidece

El manso lago que la playa besa.

 

Mece, el maizal, arrulladora brisa;

En la floresta umbría trina el ave;

Truecan los niños su temor en risa,

Y sigue, del cimiento á la cornisa.

La casa sin abrirse, muda y grave.

 

—O nadie mora allí, ó á gozo y pena

Es impasible y de mezquina entraña.—

Esto dije, y… ¡horror! áspero suena

El rugido feroz de inmunda Mena

Que una gruta arrojó de la montaña.

 

Los niños lloran y la fiera embiste;

La famélica fauce abre furiosa;

Se apresta á devorar, y otra yez, triste,

No halla acento mi voz, mi pie resiste,

Y la casa prosigue silenciosa.

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Despierto al fin bañado en sudor frío.

¡Oh, qué dicha! Soñado fué mi anhelo;

Brilla, tras del balcón, el sol de estío,

En la calle, se aumenta el vocerío,

Y, la campana, escandaliza, á vuelo.

 

¡Oh, qué dicha! Tan solo en sueño pasa

Que el inocente gima, y con crudeza

Se cierre ante él, la inexorable casa.

No es sordo el cielo; su piedad sin tasa

Dicen que acude á todo el que le reza.

 

RICARDO BLANCO ASENJO

De su libro de poesías y poemas: PENUMBRA (1881)

IMPRENTA DE FERNANDO CAO Y DOMINGO DE VAL

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