RATAPLÁN (III)

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RATAPLÁN

(cuento)

III

Una mañana fué tanta la ira que me dio, que tomando un cierto instrumento que mis padres destinaban á muy distinto uso, lo llené de agua fría y me situé detrás de la ventana, decidido á hacer un escarmiento. Ya comprendo que el procedimiento empleado no estaba á la altura de las circunstancias. Realmente no resultaba muy airosa la figura de un señor catedrático, con jeringa en mano, espiando detrás de una ventana, como cualquier antiguo dómine, las idas y venidas de un chicuelo. ítem más: de un señor catedrático que peinaba barbas, que ostentaba cara feroce por lo grandona y seria, que vestía bata de color de avellana y gorro oscuro de terciopelo, lo cual no deja de revestirnos de cierta respetabilidad; pero ¿qué queréis?, los pormenores risibles se imponen en ocasiones aun á las personalidades más graves y caracterizadas. Y como es la sinceridad la que dicta estas páginas…. paso adelante y digo, que en cuanto el chiquillo se me puso á tiro le solté sobre el cogote una tremenda rociada, que debió dejarle más fresco que una lechuga. Amedrentado ante aquel furioso chaparrón, tan certero como imprevisto, corrió á esconderse á su casa, y ya no le sentí en todo el resto del día.

Esto no obstante, la memoria del castigo no duró mucho más de veinticuatro horas. Á la siguiente mañana, algo más tarde que de costumbre, se oyeron los redobles del tambor, aquellos maldecidos redobles que me ponían las ideas de punta. Cerré el libro con muda desesperación, y me armé del instrumento. Pero, á pesar de su entusiasmo, el chiquillo levantaba la cabeza y miraba de vez en cuando á la ventana. Por no errar el golpe, como no paraba ni un solo instante, asomé yo un poco la nariz al lanzar la temible rociadura, lo cual fué causa de que lo advirtiese á tiempo, y huyera á toda prisa, gritando:

—¡Polito, Polito, Polito, ya te veo!

Me llamo Hipólito Salvatierra; pero el muchacho, por abreviar sin duda, se comía dos letras y un acento. Conocida la intención del enemigo, se colocó frente á mi ventana, y con insolentes voces, gritos y exclamaciones empezó á pedir que le arrojase más agua. Torné yo á aparecer con gesto avinagrado, y aun le amenacé seriamente con un bastón. ¡Que si quieres! Fernandito se rió en mis barbas de semejantes amenazas, insistiendo á voz en cuello que se repitiera la función. Tuve que retirarme á mi campamento. Desde aquel día le tomé una inquina horrible, que casi llegaba al odio, y me hacía discurrir un medio de acabar de una vez con su endemoniado rataplán. Y mentalmente repetía la frase de Lutero: «Yo haré un agujero en ese tambor». Con esta intención les hablé á mis padres para saber qué opinaban sobre un cambio probable de domicilio. ¿Qué habían de opinar? Eran viejos, estaban habituados á su rinconcito, después de veintiséis años que vivían en él, y les sonaba pésimamente todo lo que fuera hablar de mudanza de casa ni de buscar cosa mejor que su rincón.

Aquel curso ni aun siquiera logré formar un programa de la asignatura para mis discípulos. ¡Un año perdido! Y en verdad que el segundo no comenzaba con mejores auspicios. Una tarde que volví de paseo media hora antes que de ordinario, con la idea de dar la última mano á mi programa, me encontré con la novedad siguiente: como consecuencia de sus correrías por el barrio, Fernandito se había traído algunos amigotes y hecho jefe de ellos. Así que, cuando me asomé á la ventana me lo vi en el patio con su tambor, ¡siempre con el tambor!, un gorro de papel en la cabeza y un sable de hoja de lata en la diestra, al frente de un pelotón de soldados, es decir, de cinco ó seis chiquillos que le obedecían como borregos. Al poco rato, después de diversas marchas y contramarchas, estalló un motín. ¡Divino cielo! Era cosa de emigrar del barrio, de Cayudes y hasta de la provincia, ¡Qué voces, qué gruñidos, qué peleas, qué batallas aquellas que precedieron por su inmensa resonancia á las de Alcolea, Monte-Ezcurra y Lácar! Estos jaleos se repetían la mayoría de las tardes, y observaba yo al ir al Instituto que en otras muchas calles los chiquillos se uniformaban militarmente, lanzaban vivas á algunos generales, cantaban el himno de Riego y otros himnos por el estilo…. Indudablemente existía en nuestra atmósfera social cierto espíritu de insubordinación, de indisciplina, de entusiasmo bélico que inspiraba estas continuas algaradas. Ahora bien: ¿cómo trabajar y ahondar en psicología en medio de semejante rumor de guerra, y sobre todo con la vecindad de la patrulla de Fernandito? ¿Sería otro año perdido para mi porvenir de autor? Probablemente.

 

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JMMatheu2JOSÉ Mª. MATHEU.

Publicado originalmente en

LA ESPAÑA MODERNA AÑO II Nº XVII

(REVISTA IBERO-AMERICANA)

MAYO – 1890

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