RATAPLÁN (II)

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RATAPLÁN

(cuento)

II

Ello es que no tardé en empezar mis tareas animosamente, en medio de una santa y envidiable paz. Ésta duró quince días; al decimosexto me distrajo bastante un ruido particular que salía del patio y sonaba como á toque de generala ó de parada militar; pero de un modo tan desagradable, que nadie se lo figuraría. Luego, ya comprendí que se trataba de un simple tambor tocado de prisa y desordenadamente. Y esto sucedía á las ocho de la mañana, en Octubre, á muy poco de empezar el curso, en el momento de ir á prepararme para la lección de la cátedra. Como el ruido no cesaba y me sentía molestadísimo, me asomé á la ventana, y vi que el empecatado autor no era otro que el nieto del dueño de la casa. Este chiquillín de seis á siete años, morenillo, feo, de mal color, con una nariz tan recia que semejaba un manubrio, llevaba pendiente de una correa un tambor casi mayor que él, sobre cuyo parche menudeaba los golpes con todo el entusiasmo bélico de un veterano. Acompañábase al mismo tiempo de su voz aguda y resonante, gritando: «¡Plan, plan, rataplán, plan, plan!»

—¡Eh! Fernandito, ¿quieres callarte? Ó bajo y se lo digo á tu abuelo,—le advertí desde la ventana.

Pero el condenado chiquillo continuó impertérrito, como si le hubiera hablado en griego, cruzando el patio en todas las direcciones y machacando sobre su tambor, con aire tan marcial como insolente. Dos horas duró la tal música aquella mañana. Después pregunté á mis padres la razón de tenerlo el abuelo en su compañía, que no podía ser más sencilla y natural: habiendo fallecido la madre del niño, y hallándose el padre constantemente fuera de la población, por estar como ingeniero al frente de unas minas, pensaron que en ninguna parte se hallaría mejor que bajo su vigilancia. Desgraciadamente, la abuela, que era una malva y una excelente señora , se pasaba el día en la iglesia ó en las juntas de piadosas congregaciones, y el abuelo, D. Camilo Cebrián, si no era sordo por completo, le faltaba muy poco.

—¡Bah! Ya se cansará de tocar, me dije yo algunos días después; los niños tienen también sus manías, y aun es peor muchas veces llevarles la contraria. Pero, ¡ay de mí!, aquella manía no pertenecía sin duda á las comunes ni á las que fácilmente ceden ó se extinguen. Pasó un día, corrió un mes, contáronse seis meses, y terminó el curso sin que la tal manía dejase de estallar á la hora menos pensada. Hallábame á lo mejor desentrañando una proposición abstrusa en lo más peliagudo de mi tarea, cuando de pronto oía en el fondo del patio los maldecidos redobles del chiquillo, que sonaban en mis oídos como la murga más antipática del mundo. Cada idea se escapaba por un lado; ya no cabía ilación en ningún razonamiento, y aquello era el caos de la meditación, la danza macabra de los conceptos, el Walpulgis de la lógica. ¡Poderoso Dios! ¿Cómo discurrir con tino en medio de tan atronadoras disonancias? Imposible; había que desistir de la empresa. Pues ya comprenderéis que para perniquebrar á Condillac y echar la zancadilla á John Stuart Mili, necesitábase mucha paz, mucho sosiego y mucha tranquilidad de espíritu.

Cierto que podía haber trabajado de noche en esta santa empresa; pero á causa de una afección á la vista que padecí de niño, se me quedó hasta el presente tan sensible y delicada, que hube de renunciar á todo lo que fuese velar con luz artificial más de media hora. Aun en las primaveras suelo usar gafas de cristal azul para librarme de molestas irritaciones y de los reflejos vivos y deslumbradores. En resumen: que con tales distracciones no adelantaba gran cosa en mis estudios.

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JOSÉ Mª. MATHEU.

Publicado originalmente en

LA ESPAÑA MODERNA AÑO II Nº XVII

(REVISTA IBERO-AMERICANA)

MAYO – 1890

 

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