RATAPLAN I

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RATAPLÁN

(cuento)

I

AQUEL más animoso de mis lectores que se haya presentado á exponer lo que sabe de cualquier arte ó ciencia delante de cinco pasmosos profesores, y enfrente de dos ladinos contrincantes, comprenderá el valor y la poca aprensión que se necesitan. Ese valor lo tuve yo en dos ocasiones. En la tercera no fué ya valor, sino desesperación, porque después de haber llevado dos revolcones, con alguna justicia, era preciso, para presentarse á otra oposición, estar muy desesperado ó no tener chispa de vergüenza. Y, sin embargo, el éxito, ó mejor dicho, el tribunal coronó esta nueva proeza, y me vi nombrado de la noche á la mañana catedrático de psicología, lógica y ética. No os hablaré por de pronto del alegrón que recibí al saberlo, pues han corrido bastantes años de entonces á acá, y ya no lo siento para reproducirlo con la misma intensidad y viveza. Por otra parte, no soy retórico, y no puedo acudir al socorrido repertorio de hipérboles, simplificaciones, paradojas, símiles y demás tropos. Lo único que recordaré como indubitable es que me apresuré á recoger el título en el ministerio, á arreglar el baúl, y á despedirme de los compañeros de Madrid, por el ansia que me había entrado de hallarme lo más pronto posible en Cayudes.

Cayudes es mi patria, y no debe extrañarse que tuviera tanta prisa por dejarme ver en ella. Era esta una de las primeras, y por consiguiente más vivas satisfacciones que me proporcionaba el estudio. Existía además otro motivo que me impulsaba á no dilatar indefinidamente mi estancia en la corte: oyendo á unos y otros, vine á formar idea de la merecida estimación que gozaban entre el profesorado los autores de obras de alguna importancia ó trascendencia. Estas obras se presentaban luego al Consejo de Instrucción pública, que informaba acerca de su mérito, y según fuese éste, el Gobierno las declaraba de texto en las Universidades. Otro gran aliciente: en los concursos á cátedras se tenían muy en cuenta los trabajos originales publicados por el opositor.

Todas estas observaciones me sugirieron la idea de estudiar á conciencia mi asignatura, y ver de pergeñar un libro aceptable, útil, nuevo por el método ó por la mucha sustancia de su doctrina, lo cual llevaba más de dos docenas de perendengues, como dicen en mi tierra. Concebido así mi plan, y determinado á realizarlo, no me faltaba para poner manos á la obra más que una cómoda instalación y mucha tranquilidad de espíritu. Cediéronme mis padres con este exclusivo objeto la habitación más retirada de la casa, un cuarto muy capaz, alto de techo, con una hermosa ventana que caía al patio, y recibía la luz del mediodía. Hacía ya veintiséis años que ocupábamos el piso segundo, mientras el dueño se había reservado el principal, los sótanos ó bajos y este patio, un perfecto cuadrado, bastante espacioso para poder convertirse en jardinillo. Pero hubo de contentarse al principio con plantar en los rincones dos parras, una frente á otra, y así se quedó para in aeternum. Al llegar la primavera, estas dos parras alegraban con sus verdes reflejos los tonos terrosos y sucios de aquellos paredones, que debían ser obra morisca, ó de la época de los Felipes, cuando menos.

De todos modos, complacíame en extremo el sosiego casi monacal que parecía reinar en aquel recinto de la casa, destinado nada menos que á restaurar la verdadera psicología. Porque, en efecto, la escuela inglesa, lo mismo que los Enciclopedistas, habían hecho mangas y capirotes de esta egregia rama de la filosofía clásica y tradicional. Reducíase mi tarea, por lo tanto, á aplastar á los unos y á perniquebrar á los otros á fuerza de lógica. En cuanto á Cousin y á sus hermanos en eclecticismo y en elegancias de estilo, me bastaba con unos cuantos alfilerazos bien dirigidos para que se deshinchasen y viniesen á tierra, blandos, vacíos y rugosos, como esos glóbulos de goma que sujetan los niños con un hilo. Excuso decir igualmente á mis lectores lo que yo pensaría de aquel famoso Krause, que por aquella época despuntaba en nuestro horizonte filosófico. Para él, y aun para otros de mayor cuantía, reservaba, no ya dos ó tres argumentos de sentido común, sino una especie de catapulta de argumentos. Pues este buen señor había tenido la paciencia de encerrar sus sofismas bajo una forma tan impenetrable, tan áspera y aparatosa, que más que razonamientos y tesis de metafísica, parecían cachazudos galápagos ocultando su cabeza entre dos conchas.

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RATAPLAN II

JMMatheu2JOSÉ Mª. MATHEU.

Publicado originalmente en

LA ESPAÑA MODERNA AÑO II Nº XVII

              (REVISTA IBERO-AMERICANA)

MAYO – 1890

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