PROMETEO

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PROMETEO

A MI QUERIDO AMIGO

DON RAMON CAMPO AMOR

Las gradas estaban llenas;

Ruidosa y alborotada

La muchedumbre apiñada

Cabía en el circo apenas.

Desierta quedóse Atenas

Desde el Pireo al Pecilo,

Que más que al famoso Milo

El atleta de Cretona,

El pueblo aplaude y pregona

Los personajes de Esquilo.

 

Hierve la inmensa canalla

Con estrépito sonoro;

Comienza á cantar el coro

Y el ronco murmullo calla.

Cruza el rayo, el trueno estalla;

Sobre el Cáucaso elevado,

Desnudo y ensangrentado

Gime un hombre sin consuelo,

Pero en vano clama al cielo

Prometeo encadenado.

 

De aquel gigante caído

Que en vano impotente lucha,

Con espanto, el pueblo escucha

El aterrador gemido.

Bate el pueblo conmovido

Las palmas con emoción,

Sin saber que la ficción

Que en el escenario aprueba.

Es la tragedia que lleva

El hombre en el corazón.

 

Como gigante oprimido

Que se revuelve y se agita,

Así el corazón palpita

Dentro del pecho escondido.

Misterio no comprendido

Que le condena á ser reo.

Cadenas forja al deseo

Que intenta romper en vano;

Cada corazón humano

Lleva dentro un Prometeo.

 

No hay razón por que se asombre

El pueblo ante aquella escena:

Arriba, el cielo que truena;

Abajo, el dolor del hombre.

De otra tragedia sin nombre

La humanidad es actora;

Eterna y aterradora

La gran tragedia se mueve:

Arriba el cielo que llueve;

Abajo el hombre que llora.

 

Inquietud gigante, inmensa,

Que al espíritu combate;

Lo que en el corazón late,

Lo que en el cerebro piensa.

Esa vaguedad intensa

En que se agita el deseo:

Fé inspirada en Galileo,

Constancia heroica en Colón,

Ensueño, caos, razón,

¡Prometeo, Prometeo!

 

Destino, error, fatalismo.

Virtud, serena conciencia…

De un lado, el bien y la ciencia;

Del otro, el mal y el abismo.

En medio, noble heroísmo

Que alienta en el corazón:

Por el hombre, abnegación;

Por la patria, libertad;

Por el progreso, verdad;

Por el cielo, religión.

 

Firme fé, que contra el yugo

De la ignorancia y del vicio

En heroico sacrificio

Su cerviz rinde al verdugo.

Defender al bien le plugo

En titánica disputa,

Y el temor nunca la inmuta;

Ante el bien, nada le arredra;

Ni Esteban teme la piedra,

Ni Sócrates la cicuta.

 

El cielo airado; teñido

De nieblas el horizonte;

Sobre la cima de un monte,

Desnudo un hombre oprimido.

Marque triunfa; bien vencido;

Verbo de Dios encarnado…

Cristo en la cruz enclavado…

Llanto y dolor… No os asombre.

Es la tragedia del hombre:

Prometeo encadenado.

 

Rodando en la inmensidad

Peñasco informe es la tierra,

Quebrado monte que encierra

Sujeta á la humanidad.

Luchando por la verdad

Y de la ignorancia esclava,

Su dolor el tiempo agrava

Y su mal nunca remedia;

Esa es la eterna tragedia,

Tragedia que no se acaba.

 

¡Ay! al pueblo que aplaudía,

Más que el esfuerzo de Milo,

El genio sacro de Esquilo

Que el Prometeo escribía,

Nadie le dijo aquel día:

La poética ficción

Que tu aplauso y tu emoción,

En el escenario, aprueba,

Es la tragedia que lleva

El hombre en el corazón.

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RICARDO BLANCO ASENJO

De su libro de poesías y poemas: PENUMBRA (1881)

IMPRENTA DE FERNANDO CAO Y DOMINGO DE VAL

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