Un bonito negocio IV

Un bonito negocio IV

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No eran, efectivamente, una fantasía los temores del mozo al saber que veían á su novia acompañada de otro hombre. Su propio hermano, que hablaba y se entendía con la Ventura, le había indicado, por saberlo de buena tinta, que ella se veía perseguida en todas partes por el militar; presumía, además, que si le permitía acercársele sería acaso por miedo. La vida independiente de la muchacha; su carácter ligero, travieso, burloncillo y dispuesto siempre á la chachara y á la broma, pueden explicar en parte esta especie de intriga, estas ligerezas y coqueteos peligrosos. En otra cualquiera parecerían incomprensibles, conociendo la formalidad y la buena conducta de Lucio. Por su parte, Bernabé la veía recorrer con secreto gozo este enigmático camino. Acariciaba cierto proyecto, y por otro lado la Ventura, incitante, loquilla y cada día más guapa, le atraía de un singular modo, sin darse él mismo cuenta. Asemejábase esta atracción al oleaje manso y espumoso de aquel mar azul donde se había bañado algunas veces, sintiendo la embriaguez del agua tibia, enervante y acariciadora.

El sargento Ramírez era otro de los que, al verla con frecuencia en casa de una paisana suya, se había enamorado de tal modo, que en cuanto disponía de una hora ya estaba esperándola en cualquiera esquina. Aun sabiendo que la Ventura tenía novio, no le parecía al sargento una enormidad, ni cosa del otro jueves, al encontrarla sola casi siempre, muy gustosa de gastar palique, lo de suplantarle el día menos pensado. Habíase visto en otras más negras, y no le asustaban los hombres, por bragados que fuesen.

Claro es que los domingos, cuando la veía salir acompañada de Lucio y dirigirse al Parral ó al paseo de la Isla, se contentaba con seguirla de lejos, con dos amigotes suyos, sargentos de Artillería. A Lucio, en cuanto los guipaba, se lo llevaban los demonios; pero se mantenía muy serio y muy prudente, recordando las advertencias repetidas de su madre, enemiga de armar camorra por un quítame allá esas pajas. A no ser por esto, y dejándose llevar de sus buenos puños, que eran dos sólidos martillos de hierro, de poco le valiera el ser de tropa ni que sacara el charrasco… Se conocía muy bien: lo trituraría., lo haría polvo.

En los comienzos de Junio circuló por la población una noticia que puso á la señora Martina más alegre que unas Pascuas. Entre los amigos y conocidos de Bernabé causó verdadero asombro y gran estupefacción. Ello fue que llegaron de Londres las consabidas letras, y en unión de un íntimo amigo suyo llamado Damián Melguiza, cobraron sesenta mil pesetas en la Sucursal del Banco. Pero su madre, admiradísima, ignoraba, igual que todo el mundo, los antecedentes históricos y secretos de este asunto. Este Damián Melguiza se determinó á ir á Buenos Aires, embaucado como tantos otros. Apenas sabía leer y echar malamente su firma. Había sido Pastor en Cardeña-Jimeno, entendía mucho de ganado, de lanas y de curtidos, y era hombre de tanta suerte que en cualquier compra ó venta de este género hallaba negocio.

BN41Traficaba y se entendía con la casa de comercio donde Bernabé llevaba la contabilidad, y se le calculaba en este último año una ganancia de cuatro á cinco mil pesos.

Hombre algo obscuro, sin educación, de escasas palabras, se vio aconsejado en ciertos pormenores por su paisano, y se hicieron amigos inseparables. Falleciendo de una fiebre la mujer que llevó consigo, cansóse de rodar solo por el mundo, de la vida comercia, y vínole la idea de volver á su tierra. Pero ¿cómo traer tanto dinero sin exposición ni riesgo de ninguna clase? Bernabé le sugirió la idea del giro por una casa inglesa de mucho crédito. Damián conservaba en Burgos una caterva de parientes pobres: primos hermanos, cuñados, tíos, sobrinos que, al enterarse del dineral que cobraba, habían de abrumarle á peticiones. Con el hambre atrasada que traerían y su ansia de ver algunas pesetillas reunidas, cosa que habrían soñado alguna vez en su larga existencia, calcúlese ahora la que le aguardaba al buen Damián Melguiza.

Imaginábase verlos á todos ellos como una trailla de habrientos y voraces perros, dispuestos á comérselo hasta por los pies.

Su amigo Bernabé le dio la solución: «A mí no me importa pasar por rico. Lo cobraré como de los dos. estando tú delante.» Y este fue el motivo de que sonara el nombre de don Bernabé Corella como uno de los que habían cobrado en el Banco más de sesenta mil pesetas. Llegaron también sus ahorrillos, aunque insignificantes al lado de este caudaloso río de plata. Como el interesado en esta cobranza no había de desmentirlo por el presente, claro es que la mayoría de sus amigos y compañeros lo creyeron. Su pobre madre lloró de alegría.

¡Ella que llevaba los gastos de la casa al céntimo, que era tan aficionadilla al dinero, una de sus mayores debilidades!… El mismo Lucio, que desconfiaba tanto ó más que su madre, mirábalo como un portentoso milagro de la suerte.

Transcurridas dos ó tres semanas, Bernabé, que habló decididamente á algunos comerciantes de un cierto negocio que nadie explotaba, acabó por encontrar la ocasión de una magnífica tienda de ultramarinos, en la calle de Lain Calvo, que se cedía en buenas condiciones. Su amigo Melguiza le prestaba, mediante escritura pública, unas quince mil pesetas, hipotecando el valor total de la tienda y señalándole el diez por ciento de beneficio en las ganancias que se realizasen. Era, á no dudar, un bonito negocio este de un comercio montado á la moderna, con grandes escaparates, lámparas de luz eléctrica y géneros de primera, como no existía en todo un Burgos. Melguiza consintió sin reparo, porque colocaba una parte del capital sin que sus parientes se percataran.

Aquella misma semana echóse Bernabé á buscar una persona pudiente que se asociara á su empresa y le aportase desde luego veinte ó veinticinco mil pesetas para comprar existencias en grande escala. Si respondía el público á este exquisito llamamiento, como era de esperar, montaría una gran fábrica de chocolate, químicamente puro, novedad desconocida en estas comarcas de Castilla. Su familia seguía asombradísima. Bernabé, parroquiano del café Suizo, alternaba á diario con los comerciantes, empleados, viajantes y militares, toda la burguesía oficial que frecuentaba este establecimiento. Aquel su aire de caballero y la facilidad de expresión que adquirió en América, le servían ahora admirablemente para no hacer desairado papel entre esta gente de la clase media. «¡Es un hombre de suerte, una suerte loca!», exclamaban algunos que le miraban con la bonachona benevolencia de Lucio. Otros repetían en voz baja: «Este es un tuno de mucha trastienda.» Sea lo que fuere, según la pública opinión, lo cierto es que encontró una excelente persona, un tal don Nicasio Bonilla, que se decidió á entrar como socio en la proyectada empresa.

bn42Corriendo el tiempo entre tanto amaneció el 15 de Agosto, en que se celebraba la Asunción de la Virgen, día señalado para Burgos, lo mismo que el siguiente, de San Roque. Se guarda también fiesta en éste por agradecimiento al santo, que la libró, según la tradición, en cierta época de una terrible epidemia colérica. Durante estos dos ó tres días, cientos y cientos de familias se dirigen con sus meriendas á todos los alrededores de Burgos donde hay arbolado y frescura, un poco de sombra y algún horizonte. Por entonces era el sitio preferido el que llaman el Capiscol. Es uno de los más amenos, tendido en las ondulaciones del terreno, á la manera de un valle irregular, con sus extensos sotos sombreados por altos y silvestres chopos que crecían entre verde y espesa rebuja, matas y hierbajos. Corría por un lado la acequia de un molino harinero; los cercaba por el otro la vía y el puente del ferrocarril. Y bajo la sombra, amiga y protectora de estos grupos de chopos viejísimos, acaso centenarios, que mostraban en la parte baja de los troncos sus enormes jorobas, se congregaban innumerables familias. Iban á celebrar el día y á disfrutar de una mesa campestre entre las caricias de un sol ardoroso y las frescas alentadas de un vientecillo Norte ó Nordeste que suele templar por las tardes estos ardores caniculares.

El paisaje es variado; por una parte se divisaba la carretera de Logroño, los campos y el pueblo de Gamonal; un poco más lejos el monte de Villafría, como una extensa franja de un pardo verdoso, y por la parte contraria los montículos cercanos, los suaves desniveles del terreno, alegre y pintoresco por el ancho marco del hermoso arbolado que le circunda. Formando un grupo casi numeroso, hallábanse, bajo un olmo copudo, la Ventura, una prima suya y la Urbana, amiga de éstas, con Lucio, Bernabé, Miguelillo, el novio de la prima y otro compañero de éste.

Aun no haría media hora que se habían sentado cuando amanecieron por allí cerca los dos sargentos consabidos, con otro amigote que era músico militar, y dos muchachas morenas, que debían ser sus novias. Desde el primer momento el sargento Ramírez no quitó ojo de la Venturilla. Descubiertas luego las cestas, se empezó á comer y á beber de lo lindo. Pero, pasado un largo rato, se levantó el citado sargento, llevando en la mano un vaso de vino, y se lo ofreció á la Venturilla de parte de su amiga Cesárea. Dándoles las gracias, tomólo aquélla muy risueña y bebió la mayor parte. A Lucio, que miró este obsequio con el semblante demudado, le ardía la sangre en las venas. A los pocos minutos volvió el sargento y le ofreció á la muchacha un pastelito de parte de sus amigas.

—¿Quiere usté dejarnos en paz, militar?… —gritó Lucio algo pálido, puesto ya de pie y con los puños crispados —¿No ve usté que tenemos merienda de sobra?

—¡Cámara, no hay que sofocarse por tan poco, que hoy es día de San Roque y todo va bien!

—Esta es la última vez que usté se acerca por aquí.

—Hombre, pero en estas circunstancias. . . las chiquitas son amigas. ..

—No hay caso. Ya está dicho.

—¡Cámara, qué bruto es usted! — Y dirigiéndose de nuevo á la Ventura, le brindó el pastelito puesto en un papel blanco —Vamos, niña, no me lo desprecie.

De repente, Lucio largó tan recia manotada al pastelillo ofrecido, que fue á parar de un vuelo á más de treinta pasos de distancia. Sintiendo tal golpazo en la mano, echóse atrás el sargento, desenvainó el sable y lo descargó sin tino, sin acierto, por estar algo alumbrado, sobre los hombros y el brazo de su contrincante. Pero éste se acercó rápidamente, doblando un poco el cuerpo, y le asestó al militar una patada en el vientre, tan certera y potente, que lo tumbó en tierra. En seguida se arrojó sobre el caído y le quitó el sable de la mano para arrimarle una tanda de sablazos en la cabeza y acabar con él, según era la furia acometedora que mostraba. Pero los compañeros del sargento se abalanzaron sobre el mozo y lo desarmaron á viva fuerza. Todo esto en menos de diez segundos. Intervinieron al mismo tiempo los que estaban con Lucio, gritando y protestando de la insensata insistencia y pesadez del sargento. Asustadísimas las muchachas al escuchar los gritos, las insolencias y las palabrotas amenazadoras de los soldados, se levantaron á toda prisa. Otro grupo de artesanos que, desde cercano sitio donde estaban merendando, habían observado la provocación del susodicho sargento, vinieron en seguida á dar la razón á los que defendían á Lucio. Subieron de punto las voces, las amenazas y los insultos. Al ver á los militares como acorralados, acudieron otros muchos cabos y sargentos, algunos de Caballería, que se hallaban en el mismo Capiscol con sus novias ó sus amigos y paisanos. Al poco rato habíase formado un inmenso tumulto y nadie se entendía.

Fue una desdichada casualidad para todos, los de uno y otro bando, el que se hallara á esta hora en las cercanías, paseando, el comandante de la fuerza, que recibió aviso por un cabo de lo que allí sucedía. Hombre de arrebatado carácter, militar de una sola pieza, careciendo de aquella perspicaz previsión y alcance que debe tener como don propio y nativo toda autoridad, dirigióse de prisa al Capiscol. Reunió al punto á los soldados que pudo, envió al cabo para que viniera del próximo cuartel una sección de Caballería, y en cuanto llegó con estos refuerzos á la vista de los grupos contendientes, ordenó á la tropa desalojar á los paisanos del Capiscol. Desenvaináronse sables, brillaron las bayonetas y empezaron los empellones, los chillidos de las señoras, las carreras y las protestas furiosas de los paisanos. Aun careciendo de armas para defenderse del atropello, todo el mundo protestaba, negándose á abandonar sin motivo ni fundamento el sitio ocupado por sus familias. Algunos levantaron los palos. Otros huyeron atemorizados ante la brutal acometida. Por parte de las mujeres, la desbandada fue general, clamorosa y atropelladísima. Todo aquel vasto terreno del Capiscol, que era una pradera, quedó pintorescamente sembrado de cacerolas, de botellas vacías, de latas, cestas, servilletas, vasos y abanicos.

Después, al obscurecer, tuvieron que venir algunas camillas del hospital para recoger á varios heridos de alguna gravedad, imposibilitados de volver por su pie. Con haber arrestado á los culpables y detenido á cuatro ó cinco paisanos, habríase evitado á la población este triste espectáculo. Tan grande fue luego la excitación que hubo entre el pueblo, la rabia y el ansia de vengar el fuero atropellado, que, según se dijo, el comandante de la fuerza se vio en la necesidad de salir aquella misma noche, disfrazado, de Burgos. Cuatro hombres de corazón le iban buscando sigilosamente por todas partes para darle de puñaladas.

Sin perder su sangre fría, Bernabé escurrió el bulto á las primeras de cambio. Nadie lo vio en la refriega, Lucio, que recibió un pinchazo en el brazo izquierdo, se determinó á entrar en una farmacia donde era conocido, frente al teatro, y como la herida no interesaba ninguna arteria, se le hizo allí mismo la primera cura. Pero al poco rato, cuando su madre lo vio entrar en casa con un tremendo rasguño en la oreja, que aun chorreaba sangre, y el brazo vendado, pálido, sudoroso, con la chaqueta rasgada y la boina azul llena de polvo, recibió un susto de muerte. Acababa de traerle Modesta la noticia, exagerada, como siempre en tales casos, de que en el Capiscol había ocurrido una colisión sangrienta entre militares y paisanos, resultando infinidad de muertos y heridos. Lucio la tranquilizó al momento respecto á este particular. El estado moral del herido era lo que realmente determinaba su palidez y el decaimiento de sus fuerzas y la tristeza visible de su semblante. En cuanto supo que habían cenado, bajó á preguntar por Lucio la vecinita del piso cuarto. Este le dio las gracias y volvió á contar, por estar allí presentes Modesta y Miguelillo, la historia del reciente y trágico suceso. Como ocurre en casos semejantes, todos ponían el obligado comentario: la señora Martina, la Daría y los hermanillos de Lucio.

Después de un rato de charla, levantó éste la cabeza y le dijo á su madre:

—Con que ya lo ve usté: no hay en todo Burgos una mujer más comprometedora que esa. ¡Si parece mentira lo que acaba de pasar! ¡Qué sé yo. . . si se me figura que lo he soñao; porque mire usté que.. .! No, mañana mismo, en cuanto que le eche la vista encima, le suelto dos ó tres que ni su padre se las dice más claras. Quiero quitarme este peso de encima. ¡Sandiez! Que se las canto como dos y tres son cinco; que la pongo colorada, vamos, aunque luego no la vea más en mi vida.

—¿Colorada la Ventura?.. . Tiene esa muy poquita vergüenza para cambiar de color, hijo —afirmó la señoraMartina.

Daría contempló á Lucio con tristeza, pero no dijo nada. También tenía ella en casa sus penas y sus quebraderos de cabeza; que así es la vida en muchas ocasiones tan dura y tan amarga para los humildes.

cont1Conclusión.

JMMatheu2JOSÉ Mª. MATHEU.

firmamatheu

Publicado originalmente en

El cuento semanal

AÑO II – 27 de marzo de 1908 – Nº 65

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