Un bonito negocio III

Un bonito negocio III

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III

Como Bernabé dijo muy bien, era la Ventura una de las muchachas más graciosillas y coquetonas que se paseaban los domingos por el Parral.

De regular estatura, delgada y esbelta, de animado semblante, de color trigueño, tan claro y limpio de lunarcillos que parecía blanco; con los ojos y los cabellos castaños, llamaba dondequiera la atención por su desenfado y su carácter alegre y burloncillo. Impulsada por este temperamento, un poco danzarín, hubo de abandonar agujas y tijeras por los peines y tenacillas. Aseguraban las parroquianas á quienes peinaba, que tenía para tal oficio muy lindas manos, y que sólo le faltaba que sentara un poquito la cabeza. Pues la tal Venturilla nunca contaba con hora en su reloj, ni había que confiar mucho en su palabra.

Pocos días después volvieron á encontrarse en la tienda de la Morcillona, Bernabé y la simpática peinadora.

Hallábase esta tienda, muy conocida y acreditada, á la entrada de la plaza de Vega. Un simple cartelillo estampado en letra de mano, que simulaba de imprenta. Se pone de comer, anunciaba al transeúnte que allí encontraría de cuanto pertenece á una modesta bucólica, con el natural aditamento de vinos y licores. El sitio era céntrico y de mucho pasaje; desde la puerta, un tanto mezquina y achatada, alcanzábase á ver por un lado la vulgarota fachada del convento de las Luisas y la escueta calle de Madrid; por el otro, la cuádruple fila de las copudas acacias del paseo del Espolón, el puente de Santa María y aun el mismo Arco. Algo más lejos, como por otros puntos de vista de la población, sobre las viejas techumbres urbanas se alzaban las esbeltas y maravillosas torres de la Catedral. En resumen, que era una taberna de las más decentitas que se hallan en aquel barrio, y su dueña, la propia Morcillona, así llamada, sin duda, por su excesiva gordura y corpulencia.

Largo rato hacía que Bernabé se había instalado en la puerta de la tienda, cuando acertó á cruzar la Ventura, que iba con su bolso para los menesteres del oficio.

—¿Ya vas á comer? —le preguntó Bernabé muy risueño —De buena gana te convidaba á un plato de caparrones fresquitos y á una bacalada rica, que no se sirve mejor al emperador de la China. ¿Estás oyendo, chiquita?

—Es usté muy fisno, caballero; pero voy de prisa. Todavía me falta la casa de la Pelada.

—¿Y dónde vas á sacar la raya en la cabeza de la Pelada?— interrogó de nuevo con mucha socarronería.

—Pues mira, chico, donde se pueda. ¡Qué bromista está el tiempo! Pero así me gusta á mí la gente, divertida y francota — exclamó la muchacha, mostrando al reírse una fila de dientes blancos y menuditos.

—¡Ay!, no me lo digas dos veces, que me muero de gusto, pero aquí mismo.

—No, aquí no, que me compromete usté. Muérase usté en cualquiera otra parte.

—En tus brazos querría yo morirme, Venturilla preciosa. ¡Ah!, ¿sabes que le conté á Lucio nuestro encuentro y los amores aquellos que tuvimos. . . ? ¡Y qué cara puso más fea, cámara! Si te gasta en casa esa cara cuando vaya á verte. . . vas á estar divertida, como hay Dios.

—Quiá, chico; á mí no me gusta la gente vestida de luto.

—Ni aun siquiera vestida de alivio de luto, ¿verdá? A mí tampoco. Por eso digo que nosotros nos entenderíamos muy pronto.

—¡Ave María, qué disparatón! Qué cara iba á poner entonces Lucio, que tanto me quiere, según dice él.

—Mira, chiquita; de quereres y dineros, todos oyen los cencerros; lo cual significa, á mi corto entender, que no puede uno fiarse ni de los juramentos amorosos, ni de las promesas de dinero. —Buen granuja estás tú hecho. Vaya, adiós; voy de prisa, corriendito, corriendito.

—Mira no tropieces si corres tanto, tanto; que hay caíditas peligrosas. . .

—Tengo muy buena vista, so guasón.

—Oye, que mañana te espero aquí mismo. Palabra, ¿eh. . . ?

Siguió la muchacha su camino con la risa en los labios, dándole á entender con la cabeza que de ninguna manera. Pero al otro día Bernabé, que debía conocer el paño por las hechuras, la esperó á pie firme largo rato en la puerta de la tienda. Y Ventura volvió á pasar á la misma hora, minutos más ó minutos menos, con su chaquetilla entallada de pañete azul, su buen mantón de lana y su falda de florecillas verdes y encarnadas en fondo de color café claro, bien calzada, ligerita y risueña como siempre.

Por aquellos días pudo observar la señora Martina que Lucio continuaba muy preocupado, con poquísimas ganas de hablar, y, lo que es peor, de hincar el diente al modesto guisote que le tenía preparado. Una noche que vino más temprano halló á su madre poniendo lo que llaman las costureras un cuchillo á unos calzoncillos viejos de algodón. A su lado, sentada en una silla baja, cosía una muchacha morenilla que no carecía de gracia, con los ojos negros como las moras, sombreados por largas y sedosas pestañas. No podía decirse que fuera bonita, de finas y correctas facciones; pero bien mirada, encontrábase en su rostro lleno, ligeramente sonrosado, el atractivo inexplicable de la bondad nativa, de la inteligencia que desconoce sus fuerzas, de la sencillez encantadora que acompaña á los seres pacientes y humildemente heroicos.

Su historia y su valer los conocía la señora Martina, por cuya razón la recibía en su casa con sincero agrado, con el alma y la vida, como ella decía. Huérfana de padre y madre, que murieron en la última invasión colérica del 85, hubo de quedar al cuidado de sus hermanos mayores, Alejo y Vicente, y de una tía carnal, que era precisamente la señora Micaela, conocida por la Morcillona. Alguno que otro día iba ésta á dar una vuelta por su casa; pero con el cuidado de sus hijos y de la tienda abierta, apenas le quedaba tiempo para visitarla. Era, pues, Daría la que cocineaba, fregaba, cosía y la que iba á todas partes por cuanto hiciera falta. Vivía consagrada, como una buena madre, al cuidado de sus hermanos, solteros, con oficio, pero holgazanes y borrachotes como ellos solos. A la mejor ocasión, como lo permitiera el tiempo, se iban á pasar la tarde á los ventorros, á consumir unas cuantas manchegas, ó con una tanda de amigos á visitar las innumerables tabernas de Burgos. Otras veces madrugaban grandemente para ir con un buen almuerzo á cazar pájaros con liga, que aquí, como en otros puntos, cuenta este deporte con muchos aficionados.

La consecuencia natural de todas estas jiras, madrugamientos y paseos, era que los maestros no los llamaban más que cuando la necesidad apretaba. Perdían jornales sin cuento, faltaba el dinero preciso, sobraba vino, y venía á pagarlo la pobre Daría, que nunca podía ahorrar una peseta, como le aconsejaba la señora Martina. Algunas noches oía ésta desde su cuarto los gritos y los empellones y las palabrotas de los borrachines, que pedían á su hermana un guisado de vaca y una botella de vino. Siempre les daba patatas con pimientos, ó alubias cocidas y pan de álaga. Ellos preferían el blanquillo, que sabía mejor. Estos malos tratos de los hermanos, esta falta de consideración por la única que se afanaba por ellos y que todo podía hacerlo menos moneda, falsa ó buena, la tenían como amedrentada y encogida.

No se le habían conocido novios, si se exceptúa á un amigote de sus hermanos, que era herrero, más feo que Picio y de los mismos gustos y aficiones que éstos. A la muchacha, por esto, más que agradarle, le afligía en extremo verlo á su lado. En cambio, cuando se hallaba cosiendo ó ayudando en cualquier tarea á la señora Martina, al ver entrar á Lucio se le alegraban los cinco sentidos. Mirábale á hurtadillas y lo hallaba tan simpático, tan formal, tan buen hombre, que envidiaba en su interior á la feliz mujer á quien él dedicaba todo cuanto valía. Para la viuda no había caído en saco roto esta secreta simpatía de la muchacha, y no hay que añadir si lo miraría con buenos ojos. Pero nunca se atrevió á hacer la menor indicación hallándose ellos presentes, por evitarle á la Daría el consiguiente rubor, y á Lucio el mal rato que había de pasar al darle como en rostro con aquel callado afecto.

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Una de aquellas noches contóle Daría, entre otras menudas noticias, que por la mañana, al atravesar la Plaza Mayor, había visto á la Ventura acompañada de un sargento de Infantería. Era el tal un guapo mozo, de bigote retorcido y de aire muy marcial y desenvuelto. Debía ser pariente suyo por la confianza y sosiego con que iban conversando por los soportales. Hablando estaban de esto las dos mujeres cuando llegó Lucio. Al parecer traía demasiado apetito, y les dijo que el maestro se había quedado contentísimo de la obra. Acabada la pintura del piso principal, empezarían á escape la del portal de la casa, que era grandón y admitía mucha brocha gorda. La finca pertenecía al señor Fernández Prieto, que allí lo veían, después de comer, tan sencillote y corriente, charlando con todos ellos. Sin saber cómo, variando luego de conversación, vino á soltar la señora Martina la noticia traída por la Daría, de haber visto á la Venturilla acompañada de un sargento.

Al punto saltó Lucio como picado de una víbora:

—¿Qué sargento es ese? ¿Usté le conoce?

—Yo no le conozco, como que nunca le había visto.

—¡Sandiez! A ese sargento le voy yo á arrimar una de palos el mejor día, que pa qué. ¡Qué mala sangre tienen algunos hombres! ¡Maldita sea la.. . !

—¿Qué te pasa, hombre, qué te pasa. . . para soltar de ese modo puerros y cebollas? —preguntó la madre al escuchar la tanda de votos, interjecciones y demás frases pintorescas y expresivas que empezaba á añadir el otro por vía de acompañamiento.

—Nada, madre; que hay que hacer una, y que no puedo más. ¡Sandiez! Porque estoy hasta el cogote de cargao.

—Pues eso ya es algo, y más valdría que no pasara nada. No te metas con la tropa, eso es lo que te digo mismamente, porque esa tiene fuero.

—Ya han sido tres las personas que han visto á la Ventura con el tal sargento. Ya usté ve que eso…

—Por mi parte — expresó Daría con noble sinceridad —siento mucho haber hablado de esto si puede servir para que Lucio se disguste, tal vez sin motivo. Hay personas que exageran todo lo que ven, con malas intenciones; créame usté, Lucio.

—Bien puede ser —repuso la madre —porque, al fin y al cabo, el que una chiquita vaya acompañada de un amigo ó de cualsiquiera, no es motivo para. . .

—Que no, madre, que no; que hay cosas que entran por los ojos como la luz, y á no estar uno ciego… Aquí, la Daría, es demasiado buena, y es natural, juzga por ella misma. Ya me daría yo con un canto en el pecho porque cierta persona tuviera sus buenos sentimientos y el carácter de usté, dicho sea sin ofender á nadie.

Algo sonrojada, la muchacha puso los ojos en la costura, inclinando la cabeza, porque se sentía tan dichosa al recibir aquella sencilla flor de los propios labios de Lucio. .. De repente se levantó éste de la silla y dijo resueltamente: «Me voy á la calle, madre, á tomar el aire. Parece que se le calienta á uno demasiao la cabeza.»

La señora Martina lanzó un gran suspiro en cuanto salió Lucio del cuarto; luego contempló con pena á la muchacha, que seguía cosiendo, con la cabeza inclinada, iluminado todavía el semblante por el reflejo de la pasada emoción.

Otra noche cruzaba Lucio el puente de San Pablo, al salir del trabajo, y echando una mirada hacia la plazuela vecina, creyó distinguir la singular pareja de una muchacha de mantón, muy bien peinada, y un militar, cabo, sargento ó lo que fuese. Le dio un vuelco el corazón. Mil confusos pensamientos cruzaron instantáneamente por su imaginación; pero decidiéndose de pronto, adelantó el paso con el vivo deseo de salir de una vez de dudas. Como si mediara algo de brujería ó de influencia ó sugestión telepática, en este momento le vino también á la pareja la feliz idea de adelantar el paso; y hete aquí á Lucio que, soltando una de las suyas, se le encendió más y más la curiosidad y el ansia que traía.

«Yo he de verlo, se repetía á sí mismo; yo he de verlo, y como sea el tal y ella la Ventura, esta noche pasa algo aquí, ¡maldita sea la madre que la echó al mundo!» Cruzaron la plaza, tomaron la calle de Santander y salieron á la de San Juan. Al final había una farola, y Lucio se adelantó por la acera opuesta, de forma que al doblar la esquina los vio de cara y se convenció, en efecto, de que no eran ellos. Le engañó su extraordinaria semejanza. Y como si se sintiera aliviado de un gran peso, Lucio respiró con facilidad, á satisfacción, porque iba determinado á poner las cosas en claro con un sacudimiento de polvo que fuera sonado en Burgos. Así, entre satisfecho y vacilante y un poquito corrido, observó que una joven morena, de mantón y pañolillo á la cabeza, lo miraba con dulce y callada insistencia, desde el portal de enfrente.

Lucio la reconoció al momento y se acercó á saludarla.

—Tanto bueno por aquí.. . ; ¿cómo es eso?

—Esperaba á mis hermanos.

—¿Trabajan ahora? Vamos, menos mal. . .

—Eso es, y hay obra para largo. Están ahí hablando con el maestro, y hoy es sábado y cobran, ¿sabe usté?

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—Y usté ha venido á la caza, vamos al decir.

—Mismamente. Porque ahora salen, como usté y como yo, y les hago ver que falta pagar el cuarto, y el mes va á entrar, y hay que comer algo, mas que sean patatas y alubias y un cacho de pan. Pero luego vienen los compañeros, que son peores que ellos, y los convidan, y comienza la ronda por la taberna de la Chata, que está ahí cerca. Luego se van á la del tío Corcova, y luego á la otra, y á la otra, y no acaban. Y mire usté, los bobos son ellos que lo pagan, y no los otros que los convidan.

—Todos son unos; créalo, Daría, que no se llevan ni un pelo de conejo. Conozco á la cuadrilla: buena gente, buena de verdá.

—Y, yo me digo: ¿qué gusto sacarán de hartarse de tanto vinazo?. . .

—Ellos no se lo preguntan, van á cosa hecha.

Porque el caso es beber, de lo bueno ó de lo malo, beber y alegrarse.

—Buena alegría te dé Dios. Luego no saben ni lo que comen, ni lo que hacen, ni lo que quieren. Pero ya los veo salir de la obra. Me voy; me voy corriendo. Buenas noches, Lucio.

—Muy buenas; y salud y buena suerte.

Salían los dos hermanos, con tres compañeros más, hablando recio, manoteando, parándose en medio de la calle…

La hermana se acercó á uno de aquellos y le habló aparte.

Lucio, que lo observaba desde cierta distancia, sintió una gran lástima y una viva simpatía por aquella pobre mujer que atendía á todos los menesteres de la casa y se veía en la dura necesidad de ir á esperar á sus hermanos para sacarles lo indispensable si habían de vivir y atender á sus obligaciones.

Era una empresa heroica dar de comer y vestir y sacar adelante á esta familiota de borrachines que, en el fondo, no pasaban de ser unos grandes cernícalos.

En la génesis de nuestros sueños existe siempre algo de la realidad. Imagínense que es una realidad disfrazada, que elige, según las circunstancias, su risueño ó su fúnebre disfraz para presentarse ante los despiertos ojos de nosotros, que nunca se cierran del todo. Cuando su vista transparente, limpia y azulada como el cielo de una hermosa primavera, se eleva entonces la gentil figura de un ensueño plácido, que torna á desvanecerse entre las nieblas de una indefinible y grata inconsciencia, y apenas si se le recuerda cuando uno se despierta. Pero si se ciñe la toga negra del fiscal que acusa á los sucios harapos de un ser monstruoso ó deforme que nos amenaza ó trata de empujarnos con su velluda mano á un encubierto abismo, es el instante en que cuaja y se presenta la pesadilla abrumadora, de la cual sale uno al despertar como sobresaltado, con un gran susto, la boca seca y una vaga inquietud.

Pues esto vino á acontecerle aquella noche á la joven Daría. De la lucha porfiada que sostuvo con ambos hermanos y de la ansiedad que llevó á su casa, acaso pudo originarse el mal sueño que tuvo en las últimas horas de la madrugada. Soñó que salía de su vivienda desolada y sorprendida, á causa de haberse quedado sin pan. Conocía muy bien las tahonas que lo tenían en abundancia, y se acercó al mostrador de la primera que halló más cerca. «Mira, chiquita, se nos ha acabado; no queda ni una migaja». ¡Lance bien extraño!, pensó la joven. Y corrió á la segunda tahona. Idéntica contestación. Acababan de vender el último panecillo. Se encaminó á la tercera, algo más fatigada de su correría. «¿Viene usted por pan, chiquita? Pues ya no tenemos.»

Y la desdichada Daría se quedó perpleja, mirando á uno y otro lado de la calle, y recapacitando un poco ¿qué dirá de esto Vicente? Pues, ¿y Alejo, que le gusta tanto el blanquillo:’… Se sentía inquieta, angustiada, dolorosamente angustiada; ¿qué hacer en este caso? De pronto, sin saber cómo, observó aún con mayor inquietud que sus hermanos le hacían señas desde lejos, la llamaban no sé qué feo nombre, le amenazaban con los puños cerrados… Quería huir, y no podía; escapar de allí, y sus pies eran de plomo; las lágrimas se le saltaban de los ojos; era un dolor horrible, agudo, tan penetrante, que llegó á arrancarla de los blandos brazos del sueño. Se despertó sobresaltada, sudorosa y miró la oscuridad del cuarto con el temor de encontrarse inesperadamente, aun allí mismo, con los puños amenazadores de sus hermanos.

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JMMatheu2JOSÉ Mª. MATHEU.

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Publicado originalmente en

El cuento semanal

AÑO II – 27 de marzo de 1908 – Nº 65

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