Un bonito negocio (II)

Un bonito negocio II

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Leer capítulo I

II

Á la hora de la cena volvieron á esperar á Bernabé, que fue el último que vino, lo mismo aquel día memorable que los subsiguientes. Guardaba Lucio, igual que su madre, un elocuente y significativo silencio. La conversación del medio día los había dejado un poco fríos. «Este Bernabé» pensaba ella para sus adentros «fue siempre algo despegado con la familia; pero lo que es ahora. . .»

Y Lucio continuaba callado, cavilaba sobre la vida que habría llevado en la República Argentina este buen Bernabé, que volvía con tantos humos y arrogancias, convertido en un caballero, ó poco menos, que todo lo encontraba mezquino y miserable.

Así es que, por consejo de la madre, desde aquella noche se habló en la mesa de cosas menudas, indiferentes. Pero ocurría á lo mejor que, vinieran ó no á cuento, Bernabé acababa siempre por afear algún uso añejo, algo de lo que había sucedido, oído ó visto en la población. Por ejemplo: existe en Burgos la costumbre de pasear un rato, antes de comer, por los soportales de la Plaza Mayor; durante el verano este paseo se repite de noche en las anchas aceras del café Suizo, frente al Espolón. Las muchachas más distinguidas de la burguesía adinerada se dan cita en un corto trecho, que siempre es el mismo.

Bernabé se lo explicaba á su familia de este modo:

—Venimos de la Plaza, de dar vueltas á la noria como los borricos. Setecientas vueltas . . .; ya hemos ganado el jornal.

Otras veces, en broma ó no en broma, le decía á su madre, que tanto se esmeraba en los guisos, que era una mediana cocinera. En el extranjero, en cualquier figón, se comía admirablemente. Aquí no sabíamos presentar un plato bien hecho, teniendo tan buenas carnes y tan sabrosísimas verduras.

Como tanto ponderaba la cocina de allá, le dijo un día Lucio que debía haber ganado muy buenos pesos para catar de aquellos exquisitos platos tan alabados. Con un triste jornal de dos pesetas, como él ganaba, no había para ir de fonda y de bureo á cada dos por tres.

—Naturalmente; yo sabía ganarlo —contestó muy despacio, como si midiera las palabras, quitándose el cigarro puro de la boca —Estaba yo entonces en una gran casa, que comerciaba en cueros y pieles, llevando la contabilidad, con ocho mil pesetas de sueldo. Sólo que aquello era una sujeción de perro atado todo el día á la cadena. A las ocho en punto tenía que hallarme en el escritorio, y de allí no salía más que media hora, con reloj en mano, para comer á escape y volver al punto, hasta las nueve de la noche. Se volvía uno loco con tantas cuentas y tantos papelotes. Y como lo primero es lo primero, y nadie me ha de dar otra pelleja, si pierdo ésta, no tuve más remedio que picar soleta y decir á los amos: «Ahí queda eso, y otro talla.»

—¿De manera que, al fin, no podrías ahorrar como otros, que se traen de allá una dinerada? —le interrogó la madre, aprovechando este momento de espontánea franqueza con que el hijo les contaba un extenso capítulo de su historia.

—¡Phs!, naturalmente, alguna cosilla— contestó éste, alzando los hombros y con gesto de desdeñosa indiferencia —Veremos cómo está la plaza y lo que esto promete; y si algo puede hacerse de provecho… , se hará lo que se pueda.

—¿Y qué es lo que te propones, si se puede saber?…

—¡Bah!, proyectos no me faltan. Lo primerito que echo de menos en Burgos, es la instalación de un café de primera, cómodo, confortable, bien ventilado, donde se pueda estar tres ó cuatro horas

con los amigos, sin cansarse. Naturalmente, esto no se consigue sin algún sacrificio y contando con algo de pesquis. En este café de que os hablo, debe haber sus buenas mesas de billar, sus mesillas de tresillo y ajedrez, una hermosa y divina pianola para recrear el oído de los parroquianos, y de vez en cuando una parejita de zíngaros, de

gitanas ó de andaluzas que hagan la delicia del público masculino. ¿Se comprende la cosa? Si no se comprende, no hay caso.

—Hombre, cualquiera comprenderá de lo que se trata…

—¡Que cualquiera!. . . No se trata de un establecimiento de puro lujo. La cuestión estriba, señor don Lucio, en saber sacar el dinero del bolsillo ajeno.

—Un poco durilla de bolsillo es la gente de aquí. . .

—Se le ablandará, no te quepa duda. Ese es el verdadero arte y sabiduría de un cafetero inteligente: hacer que los parroquianos se sienten y acomoden y se encuentren mejor que en su casa, y que realito á realito vayan soltando la guita sin darse cuenta, entretenidos, agradablemente entretenidos. Esta es la madre del cordero.

—Y á usté, ¿qué le parece, madre, que se hace la mortecina y no suelta palabra? —preguntó Lucio á la señora Martina.

—¿A mí?. . . Yo he visto poco mundo, hijo; ¿qué quieres que te diga? Que la gente tira á gastar poco, eso es una verdá; que Bernabé, que es hombre leído, por lo que veo, sepa dar un tentoncillo al bolsillo de cada cual, eso no se puede adivinar.

O éste, ó nosotros, vamos equivocados. Más valiera que fuéramos nosotros.

—Es que á usted también le tocará su parte, madre —repuso Bernabé, que parecía estar de buenas —Si yo monto ese establecimiento, tan y conforme lo llevo en el magín, no se van á quedar en la calle, cruzados de brazos, contemplando cómo entra la gente en el café; no, señor. Mi señora madre, bien peinada y algo más compuesta que al presente, se sentará á la cabecera del mostrador como una presidenta. Mi hermano Lucio ha de andar por allí, por el mostrador, por las mesas, por todas partes, como el gerente y representante de la casa, para estar al tanto de lo que ocurra. Modesta se vestirá de largo, lucirá ese buen pelo que Dios le ha dado, sedoso y negro, y servirá las copas y botellas que pidan en el mostrador. Yo le daré unas cuantas lecciones. De vez en cuando, miraditas frecuentes á los parroquianos, un poco de coqueteo. Una chiquita joven, morenilla y agraciada como Modesta, es un excelente llamativo y aun aperitivo para la gente boba que va á pasar el rato al café.

—¡Me valga Jesús! —exclamó la señora Martina al escuchar tales y tan atrevidos conceptos para sus oídos de castellana casta y comedida —¡Vaya unos consejos que estás dando á tu hermana, que es una criatura!

—¡Qué criatura, señora, si sabe más que usted en ese género; si las chiquitas salen hoy día de la tripa de su madre engañando á la abuela y pidiendo mojama! ¿A qué tanto aspaviento?

—Vaya, vaya, habrá que dejarte. Pero no te creas: ni Modesta ni yo servimos para ciertas mojigangas.

—¿Pero usted quiere ganar dinero?, ¿sí ó no? ¿Sí?, pues entonces déjese usted de mojigangas y tome usted los consejos de uno que ha visto lo que da de sí este mundo amargo, y que ha probado de todo, y que no se mama el dedo.

—Todo eso … —le interrumpió Lucio con ánimo de cortar una conversación que se le antojaba bien inútil —todo eso es como hablar de la mar. Hasta que llegue el día. . .

—Que sí llegará, que es un bonito negocio, y algún lunes ó martes precisamente me darás la razón.

Oyendo esto la señora Martina, miró á Bernabé de un modo particular, á manera de interrogante, y se quedó como sumida en nuevas y temerosas dudas.

Y no les habló más de los proyectos que traía. Ordinariamente se levantaba á las diez y media; salía á dar una vuelta, con el cigarro puro en la boca, y comía con sus hermanos, y algunos días solo, servido por su propia madre. Luego pasaba la tarde en el café, en sus asuntos particulares, ó se iba á los ventorros con algún compinche, no volviendo á casa hasta la hora de la cena. Una noche que vino más risueño, y algo más comunicativo que de costumbre, halló á su madre y á Lucio que continuaban sentados todavía al lado de la mesa. Sin que ninguno de ellos le sacara esta conversación, empezó Bernabé á indicarles, mientras se sentaban á cenar, que insistía en su gran proyecto de montar un café modelo, con muchas comodidades, alto de techo, con ventiladores de última invención y servido por camareros que fuesen la flor de la amabilidad y de la limpieza. Y allí se tomaría café de verdad, hecho á la vista del público, en cafeteras modelo, y no sería el repugnante brebaje que suele servirse en la mayoría de nuestros establecimientos.

Para realizar esta magna empresa, ó cualquier otra de las que acariciaba su magín, no esperaba más que le girasen de Londres unas letras que cobraría fácilmente en la sucursal del Banco de España. Por algunos días éste fue el socorrido tema de su conversación, entretenimiento de sobremesa que le servía para criticar y zaherir á los cafeteros timbirimbas, es decir, que convertían el café en una timba.

Estos señores vivos no se contentaban con ganar menos de un 85 ó 90 por 100. ¿Y quién lo pagaba en último término? La salud del parroquiano constante.

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Aquella misma semana entró Bernabé un día, antes del almuerzo, en el cuartejo de su madre, y le pidió quince pesetas. Presentía, sin duda, que, según el régimen de economía que imperaba en su familia, debía tener sus ahorrillos. La señora Martina, que lo había mimado de niño y consentido ciertas libertades, porque le quería como quieren muchas viudas al único hijo que amamantaron, no se negó, desde luego. Le entregó lo pedido y le suplicó únicamente que mirase mucho cómo lo gastaba; los míseros jornales de sus hermanos daban muy poco de sí. Pero como estas peticiones se repitieran de vez en cuando, tuvo que advertirle su madre que, para ganarlo, eran dos, y para comérselo cinco.

—Es que usted no cuenta con que dentro de poco voy á salir de apuros.

—Pues, mira, más vale rabera en mano que buitre volando, como decimos aquí. A lo seguro, hijo, á lo seguro. Y lo seguro es la peseta que puedas ahorrar para el día en que te tumbes en una cama ó no encuentres trabajo.

—¿Desconfía usted de mí, madre?… Yo no sé que haya dado motivos. Vamos, que también usted es bien roñosa, ¡y conmigo!

Y esto, dicho en el tono del hombre resentido, pero con cierto dejo entre amargo y cariñoso; miró á su madre de un modo, que la pobre mujer, á pesar de su desconfianza, sacó el dinero de un bolso, lo contó dos veces y se lo entregó á Bernabé.

Como tipo, era de la misma hechura que su hermano Lucio, con la diferencia de aparecer de alguna más talla, quizás por ser más delgado, de un moreno algo más limpio, con los ojos más pequeños y vivos, más recogida la barba y la nariz más fina. Mirado de perfil, como solía inclinarse un poco hacia adelante al andar, en medio de aquel paso ligero, medido y oscilante de rastrero, que apenas se percibía, habríase encontrado alguna semejanza con el avanzar del zorro.

Pronto transcurrió un mes sin que variara poco ni mucho su género de vida. Al volver á casa Lucio, si no hallaba á su hermano, como de costumbre, se dirigía á su madre para preguntarle en tono de broma: «¿Aun no ha vuelto de paseo el señorito?» Pero este buen humor lo perdió el mozo á los pocos días, al parecer sin causa ni motivo que se supiera. Traía un semblante tan distinto… Cierta noche, después de cenar, como se hallasen solos, la señora Martina, que tenía grandes sospechas, le interrogó acerca de este particular:

—Oye, tú, Lucio; parece que vienes con empacho hace unos días. . . ¿Has sabido algo que tenga que ver con Bernabé? No me lo ocultes, hijo, porque lo peor es que no sepa una nada y haya como barruntos. ¿Qué dicen por ahí?

—No sé; no me han contao nada.

—Pues no estás bueno entonces . . . Tú algo rumias.

—Son cosas mías.

—¡Ah!, vamos. ¿Ha ocurrido algo en casa de Ventura?

—La Ventura no parece la misma. Yo no puedo remediarlo, madre. Pero la quiero con el querer de la vida, y estos días la encuentro tan despegada, tan otra. . . que vaya, yo no lo entiendo.

Si habría motivo. . . —añadió el mozo con súbita vehemencia, usando esta forma de verbo tan común en Burgos —yo sería el primero en decir: sí, señora; hice esto, lo otro ó lo de más allá; pero cuando no hay razón ni miajas de fundamento, entonces… sería cosa de cogerla por el cuello…

—Ya os arreglaréis. Eso no vale ni dos ochavos, cuanto más que tú te calabacees por tan poco.

—No lo crea usté, madre. Esto va más hondo; esto es como una puñalada que se recibe por la espalda, que se siente, y usté no ve la mano que la dao.

—Contra más hociques, peor. La Ventura presume demasiao, porque nunca le ha faltao un chiquito que la rondara. De ahí viene el mal. Y qué lástima de suerte, ¡recacho! Bien merecían otras que un hombre de bien se las llevara á su casa, que no iría mal con ella. Y ahí tienes á la Daría, la vecina del cuarto de arriba, que es una chica tan hacendosa y de mucho provecho, y sin sombra de novio.

Hablando de esto estaban cuando llamaron en la puerta, y entró Bernabé, que venía á cenar á última hora, según su costumbre. Agotado el tema de su magna empresa del café modelo, después de maldecir de la destemplanza del clima, que convertía la población en una Siberia, ¡y esto á mediados de Mayo!, se lamentó del retraso de las letras que debía recibir de Londres. En España era ya cosa sabida: ni telegramas, ni cartas, ni letras, ni tarjetas llegan á su debido tiempo. Desde el primer ministro hasta el último barrendero de la calle, todo el mundo anda con el reloj atrasado. Por esto, pedir puntualidad á la Administración, es como pedir que el Estado nos señale una buena renta, cosa inusitada y absurda.

Acabada la cena, se volvió hacia su hermano, y le dijo en otro tono:

—¿Sabes á quién he visto esta tarde en la tienda de la Morcillona?, á la Ventura. ¡Y vaya que está guapa la chiquita esa!

—¿Tú la conocías?. . .

—Anda, anda; ¡pues no hace pocos años!

Como que fui novio suyo cuando ella tenía catorce años y medio, antes de marcharme á Buenos Aires. ¡Y poquito que nos queríamos los dos!

—Nada me habías dicho…

—¿Pues eso se dice? ¿Quién hace caso de chiquilladas y amoríos de esa clase?

—¿Y la has encontrado ahora más guapa?

—Ya lo creo; reteguapísima. De lo mejor que se pasea por el Parral; porque supongo que iréis los domingos al Parral ó al Capiscol.

Lucio no contestó nada. Quedóse pensativo y silencioso, como si aquella inesperada confesión de su hermano le hubiese herido en lo más vivo de sus sentimientos.

Viendo que la conversación languidecía, se levantó la señora Martina de la silla y le dijo á Lucio:

—Chico, chico, basta de cavilaciones. Para gastar luz y quedarse mudos, más vale que nos vayamos á dormir. Conque, ¿en qué quedamos, en la peseta, ó en los treinta cuartos? Optaron desde luego por la peseta, y uno tras otro se retiraron al punto á descansar, siguiendo la opinión tan oportuna de la señora Martina.

Á la hora de la cena volvieron á esperar á Bernabé, que fue el último que vino, lo mismo aquel día memorable que los subsiguientes. Guardaba Lucio, igual que su madre, un elocuente y significativo silencio. La conversación del medio día los había dejado un poco fríos. «Este Bernabé» pensaba ella para sus adentros «fue siempre algo despegado con la familia; pero lo que es ahora. . .»

Y Lucio continuaba callado, cavilaba sobre la vida que habría llevado en la República Argentina este buen Bernabé, que volvía con tantos humos y arrogancias, convertido en un caballero, ó poco menos, que todo lo encontraba mezquino y miserable.

Así es que, por consejo de la madre, desde aquella noche se habló en la mesa de cosas menudas, indiferentes. Pero ocurría á lo mejor que, vinieran ó no á cuento, Bernabé acababa siempre por afear algún uso añejo, algo de lo que había sucedido, oído ó visto en la población. Por ejemplo: existe en Burgos la costumbre de pasear un rato, antes de comer, por los soportales de la Plaza Mayor; durante el verano este paseo se repite de noche en las anchas aceras del café Suizo, frente al Espolón. Las muchachas más distinguidas de la burguesía adinerada se dan cita en un corto trecho, que siempre es el mismo.

Bernabé se lo explicaba á su familia de este modo:

—Venimos de la Plaza, de dar vueltas á la noria como los borricos. Setecientas vueltas . . .; ya hemos ganado el jornal.

Otras veces, en broma ó no en broma, le decía á su madre, que tanto se esmeraba en los guisos, que era una mediana cocinera. En el extranjero, en cualquier figón, se comía admirablemente. Aquí no sabíamos presentar un plato bien hecho, teniendo tan buenas carnes y tan sabrosísimas verduras.

Como tanto ponderaba la cocina de allá, le dijo un día Lucio que debía haber ganado muy buenos pesos para catar de aquellos exquisitos platos tan alabados. Con un triste jornal de dos pesetas, como él ganaba, no había para ir de fonda y de bureo á cada dos por tres.

—Naturalmente; yo sabía ganarlo —contestó muy despacio, como si midiera las palabras, quitándose el cigarro puro de la boca —Estaba yo entonces en una gran casa, que comerciaba en cueros y pieles, llevando la contabilidad, con ocho mil pesetas de sueldo. Sólo que aquello era una sujeción de perro atado todo el día á la cadena. A las ocho en punto tenía que hallarme en el escritorio, y de allí no salía más que media hora, con reloj en mano, para comer á escape y volver al punto, hasta las nueve de la noche. Se volvía uno loco con tantas cuentas y tantos papelotes. Y como lo primero es lo primero, y nadie me ha de dar otra pelleja, si pierdo ésta, no tuve más remedio que picar soleta y decir á los amos: «Ahí queda eso, y otro talla.»

—¿De manera que, al fin, no podrías ahorrar como otros, que se traen de allá una dinerada? —le interrogó la madre, aprovechando este momento de espontánea franqueza con que el hijo les contaba un extenso capítulo de su historia.

—¡Phs!, naturalmente, alguna cosilla— contestó éste, alzando los hombros y con gesto de desdeñosa indiferencia —Veremos cómo está la plaza y lo que esto promete; y si algo puede hacerse de provecho… , se hará lo que se pueda.

—¿Y qué es lo que te propones, si se puede saber?…

—¡Bah!, proyectos no me faltan. Lo primerito que echo de menos en Burgos, es la instalación de un café de primera, cómodo, confortable, bien ventilado, donde se pueda estar tres ó cuatro horas

con los amigos, sin cansarse. Naturalmente, esto no se consigue sin algún sacrificio y contando con algo de pesquis. En este café de que os hablo, debe haber sus buenas mesas de billar, sus mesillas de tresillo y ajedrez, una hermosa y divina pianola para recrear el oído de los parroquianos, y de vez en cuando una parejita de zíngaros, de

gitanas ó de andaluzas que hagan la delicia del público masculino. ¿Se comprende la cosa? Si no se comprende, no hay caso.

—Hombre, cualquiera comprenderá de lo que se trata…

—¡Que cualquiera!. . . No se trata de un establecimiento de puro lujo. La cuestión estriba, señor don Lucio, en saber sacar el dinero del bolsillo ajeno.

—Un poco durilla de bolsillo es la gente de aquí. . .

—Se le ablandará, no te quepa duda. Ese es el verdadero arte y sabiduría de un cafetero inteligente: hacer que los parroquianos se sienten y acomoden y se encuentren mejor que en su casa, y que realito á realito vayan soltando la guita sin darse cuenta, entretenidos, agradablemente entretenidos. Esta es la madre del cordero.

—Y á usté, ¿qué le parece, madre, que se hace la mortecina y no suelta palabra? —preguntó Lucio á la señora Martina.

—¿A mí?. . . Yo he visto poco mundo, hijo; ¿qué quieres que te diga? Que la gente tira á gastar poco, eso es una verdá; que Bernabé, que es hombre leído, por lo que veo, sepa dar un tentoncillo al bolsillo de cada cual, eso no se puede adivinar.

O éste, ó nosotros, vamos equivocados. Más valiera que fuéramos nosotros.

—Es que á usted también le tocará su parte, madre —repuso Bernabé, que parecía estar de buenas —Si yo monto ese establecimiento, tan y conforme lo llevo en el magín, no se van á quedar en la calle, cruzados de brazos, contemplando cómo entra la gente en el café; no, señor. Mi señora madre, bien peinada y algo más compuesta que al presente, se sentará á la cabecera del mostrador como una presidenta. Mi hermano Lucio ha de andar por allí, por el mostrador, por las mesas, por todas partes, como el gerente y representante de la casa, para estar al tanto de lo que ocurra. Modesta se vestirá de largo, lucirá ese buen pelo que Dios le ha dado, sedoso y negro, y servirá las copas y botellas que pidan en el mostrador. Yo le daré unas cuantas lecciones. De vez en cuando, miraditas frecuentes á los parroquianos, un poco de coqueteo. Una chiquita joven, morenilla y agraciada como Modesta, es un excelente llamativo y aun aperitivo para la gente boba que va á pasar el rato al café.

—¡Me valga Jesús! —exclamó la señora Martina al escuchar tales y tan atrevidos conceptos para sus oídos de castellana casta y comedida —¡Vaya unos consejos que estás dando á tu hermana, que es una criatura!

—¡Qué criatura, señora, si sabe más que usted en ese género; si las chiquitas salen hoy día de la tripa de su madre engañando á la abuela y pidiendo mojama! ¿A qué tanto aspaviento?

—Vaya, vaya, habrá que dejarte. Pero no te creas: ni Modesta ni yo servimos para ciertas mojigangas.

—¿Pero usted quiere ganar dinero?, ¿sí ó no? ¿Sí?, pues entonces déjese usted de mojigangas y tome usted los consejos de uno que ha visto lo que da de sí este mundo amargo, y que ha probado de todo, y que no se mama el dedo.

—Todo eso … —le interrumpió Lucio con ánimo de cortar una conversación que se le antojaba bien inútil —todo eso es como hablar de la mar. Hasta que llegue el día. . .

—Que sí llegará, que es un bonito negocio, y algún lunes ó martes precisamente me darás la razón.

Oyendo esto la señora Martina, miró á Bernabé de un modo particular, á manera de interrogante, y se quedó como sumida en nuevas y temerosas dudas.

Y no les habló más de los proyectos que traía. Ordinariamente se levantaba á las diez y media; salía á dar una vuelta, con el cigarro puro en la boca, y comía con sus hermanos, y algunos días solo, servido por su propia madre. Luego pasaba la tarde en el café, en sus asuntos particulares, ó se iba á los ventorros con algún compinche, no volviendo á casa hasta la hora de la cena. Una noche que vino más risueño, y algo más comunicativo que de costumbre, halló á su madre y á Lucio que continuaban sentados todavía al lado de la mesa. Sin que ninguno de ellos le sacara esta conversación, empezó Bernabé á indicarles, mientras se sentaban á cenar, que insistía en su gran proyecto de montar un café modelo, con muchas comodidades, alto de techo, con ventiladores de última invención y servido por camareros que fuesen la flor de la amabilidad y de la limpieza. Y allí se tomaría café de verdad, hecho á la vista del público, en cafeteras modelo, y no sería el repugnante brebaje que suele servirse en la mayoría de nuestros establecimientos.

Para realizar esta magna empresa, ó cualquier otra de las que acariciaba su magín, no esperaba más que le girasen de Londres unas letras que cobraría fácilmente en la sucursal del Banco de España. Por algunos días éste fue el socorrido tema de su conversación, entretenimiento de sobremesa que le servía para criticar y zaherir á los cafeteros timbirimbas, es decir, que convertían el café en una timba.

Estos señores vivos no se contentaban con ganar menos de un 85 ó 90 por 100. ¿Y quién lo pagaba en último término? La salud del parroquiano constante.

Aquella misma semana entró Bernabé un día, antes del almuerzo, en el cuartejo de su madre, y le pidió quince pesetas. Presentía, sin duda, que, según el régimen de economía que imperaba en su familia, debía tener sus ahorrillos. La señora Martina, que lo había mimado de niño y consentido ciertas libertades, porque le quería como quieren muchas viudas al único hijo que amamantaron, no se negó, desde luego. Le entregó lo pedido y le suplicó únicamente que mirase mucho cómo lo gastaba; los míseros jornales de sus hermanos daban muy poco de sí. Pero como estas peticiones se repitieran de vez en cuando, tuvo que advertirle su madre que, para ganarlo, eran dos, y para comérselo cinco.

—Es que usted no cuenta con que dentro de poco voy á salir de apuros.

—Pues, mira, más vale rabera en mano que buitre volando, como decimos aquí. A lo seguro, hijo, á lo seguro. Y lo seguro es la peseta que puedas ahorrar para el día en que te tumbes en una cama ó no encuentres trabajo.

—¿Desconfía usted de mí, madre?… Yo no sé que haya dado motivos. Vamos, que también usted es bien roñosa, ¡y conmigo!

Y esto, dicho en el tono del hombre resentido, pero con cierto dejo entre amargo y cariñoso; miró á su madre de un modo, que la pobre mujer, á pesar de su desconfianza, sacó el dinero de un bolso, lo contó dos veces y se lo entregó á Bernabé.

Como tipo, era de la misma hechura que su hermano Lucio, con la diferencia de aparecer de alguna más talla, quizás por ser más delgado, de un moreno algo más limpio, con los ojos más pequeños y vivos, más recogida la barba y la nariz más fina. Mirado de perfil, como solía inclinarse un poco hacia adelante al andar, en medio de aquel paso ligero, medido y oscilante de rastrero, que apenas se percibía, habríase encontrado alguna semejanza con el avanzar del zorro.

Pronto transcurrió un mes sin que variara poco ni mucho su género de vida. Al volver á casa Lucio, si no hallaba á su hermano, como de costumbre, se dirigía á su madre para preguntarle en tono de broma: «¿Aun no ha vuelto de paseo el señorito?» Pero este buen humor lo perdió el mozo á los pocos días, al parecer sin causa ni motivo que se supiera. Traía un semblante tan distinto… Cierta noche, después de cenar, como se hallasen solos, la señora Martina, que tenía grandes sospechas, le interrogó acerca de este particular:

—Oye, tú, Lucio; parece que vienes con empacho hace unos días. . . ¿Has sabido algo que tenga que ver con Bernabé? No me lo ocultes, hijo, porque lo peor es que no sepa una nada y haya como barruntos. ¿Qué dicen por ahí?

—No sé; no me han contao nada.

—Pues no estás bueno entonces . . . Tú algo rumias.

—Son cosas mías.

—¡Ah!, vamos. ¿Ha ocurrido algo en casa de Ventura?

—La Ventura no parece la misma. Yo no puedo remediarlo, madre. Pero la quiero con el querer de la vida, y estos días la encuentro tan despegada, tan otra. . . que vaya, yo no lo entiendo.

Si habría motivo. . . —añadió el mozo con súbita vehemencia, usando esta forma de verbo tan común en Burgos —yo sería el primero en decir: sí, señora; hice esto, lo otro ó lo de más allá; pero cuando no hay razón ni miajas de fundamento, entonces… sería cosa de cogerla por el cuello…

—Ya os arreglaréis. Eso no vale ni dos ochavos, cuanto más que tú te calabacees por tan poco.

—No lo crea usté, madre. Esto va más hondo; esto es como una puñalada que se recibe por la espalda, que se siente, y usté no ve la mano que la dao.

—Contra más hociques, peor. La Ventura presume demasiao, porque nunca le ha faltao un chiquito que la rondara. De ahí viene el mal. Y qué lástima de suerte, ¡recacho! Bien merecían otras que un hombre de bien se las llevara á su casa, que no iría mal con ella. Y ahí tienes á la Daría, la vecina del cuarto de arriba, que es una chica tan hacendosa y de mucho provecho, y sin sombra de novio.

Hablando de esto estaban cuando llamaron en la puerta, y entró Bernabé, que venía á cenar á última hora, según su costumbre. Agotado el tema de su magna empresa del café modelo, después de maldecir de la destemplanza del clima, que convertía la población en una Siberia, ¡y esto á mediados de Mayo!, se lamentó del retraso de las letras que debía recibir de Londres. En España era ya cosa sabida: ni telegramas, ni cartas, ni letras, ni tarjetas llegan á su debido tiempo. Desde el primer ministro hasta el último barrendero de la calle, todo el mundo anda con el reloj atrasado. Por esto, pedir puntualidad á la Administración, es como pedir que el Estado nos señale una buena renta, cosa inusitada y absurda.

Acabada la cena, se volvió hacia su hermano, y le dijo en otro tono:

—¿Sabes á quién he visto esta tarde en la tienda de la Morcillona?, á la Ventura. ¡Y vaya que está guapa la chiquita esa!

—¿Tú la conocías?. . .

—Anda, anda; ¡pues no hace pocos años!

Como que fui novio suyo cuando ella tenía catorce años y medio, antes de marcharme á Buenos Aires. ¡Y poquito que nos queríamos los dos!

—Nada me habías dicho…

—¿Pues eso se dice? ¿Quién hace caso de chiquilladas y amoríos de esa clase?

—¿Y la has encontrado ahora más guapa?

—Ya lo creo; reteguapísima. De lo mejor que se pasea por el Parral; porque supongo que iréis los domingos al Parral ó al Capiscol.

Lucio no contestó nada. Quedóse pensativo y silencioso, como si aquella inesperada confesión de su hermano le hubiese herido en lo más vivo de sus sentimientos.

Viendo que la conversación languidecía, se levantó la señora Martina de la silla y le dijo á Lucio:

—Chico, chico, basta de cavilaciones. Para gastar luz y quedarse mudos, más vale que nos vayamos á dormir. Conque, ¿en qué quedamos, en la peseta, ó en los treinta cuartos? Optaron desde luego por la peseta, y uno tras otro se retiraron al punto á descansar, siguiendo la opinión tan oportuna de la señora Martina.

cont1Un bonito negocio III

JMMatheu2JOSÉ Mª. MATHEU.

firmamatheu

Publicado originalmente en

El cuento semanal

AÑO II – 27 de marzo de 1908 – Nº 65

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