Un bonito negocio (I)

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I

   El viento seco y frío de la mañana recoge las ondas sonoras y las esparce desde la inmensa altura del campanario. La ciudad toda oye con sorpresa las voces de las viejas campanas que parecen responder unísonas á alguna misteriosa invitación. Las de la artística y famosa catedral unen sus sones broncos á los del lejano convento de las Bernardas, y éstos, agudos y argentinos, confúndense con los más graves de las lenguas de bronce de las parroquias de Santa Águeda y San Esteban. A las diez de la mañana llega á todos los rincones de la urbe histórica este clamoroso campaneo, que se eleva como un coro inacorde, pero vibrante y loco, para celebrar la Pascua de Resurrección.

Y aquel primer domingo de Pascua fue para la señora Martina un día señalado. Después de arribar á Barcelona un vapor mercante que había zarpado el mes anterior de Buenos Aires, acababa de devolverle á su querido hijo Bernabé á la vieja capital de Castilla. Por venir en el tren mixto hubieron de salir á esperarle á la estación la pasada noche. Y á esta hora de la mañana aun descansaba muy sosegadamente de su viaje. Pero su madre y los demás hermanos, Lucio, Modesta y Miguelillo, habían madrugado con el anhelo de estar un buen rato en su compañía y hablar largamente de sus recuerdos, los más íntimos y familiares, después de seis años de separación y de silencio. Se imaginaban ellos que hasta las campanas de la magnífica catedral tocaban á gloria con más alegría que ningún año. Es que celebraban por igual la solemnidad del día y la indecible dicha de los que vuelven á reunirse bajo el humilde techo donde nacieron. La misma señora Martina, algo retraída y no muy expansiva desde la muerte de su marido, levantó de pronto el mandil blanco con que andaba en la cocina y lo sacudió sobre sus hijos, como si fueran moscas, gritándoles con cara de madre satisfecha:

—¡Fuera de aquí, moscones, fuera! ¡A la obligación!

Aunque un poco á regañadientes, Modesta, una morenilla de trece años, cogió la botella para ir por vino de Navarra á la tienda. Miguelillo se fue directamente al taller, por si había algún encargo especial. Y Lucio, que era un buen oficial de pintor y adornista, salió escapado para avistarse con el maestro. Dieron entre tanto las once. A esta hora se presentó Bernabé en la cocina, muy vestido, y lavado, con su americana de cuadritos de color café, su sombrero de fieltro negro y sus buenas botinas y un cigarro puro en la boca, como cualquier caballerete que vive de sus rentas. Tal aire de indolente señorío con que se dignó aparecer y lo que indicó á su madre en pocas palabras de que volvería á comer entre doce y una, no dejaron de chocarle.

—¿Tanta prisa llevas?—le preguntó ella.

No llevaba mucha prisa; pero, por ser la hora que era, se iba á escape á llevar un encargo que traía para una cierta persona.

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Modesta vino al poco rato con su botella de lo tinto; Miguelillo asomó después de las doce su naricilla picuda de pájaro por la puerta de la cocina para ver lo que se guisaba. Lucio se presentó á su vez con su chaquetilla negra y su pantalón azul y su boina también azulada, que no sentaba mal á su rostro moreno, enjuto, algo tostado por el sol y el aire, y á su cabeza de enérgicos trazos, bien defendida por un recio puñado de cabellos crespos y negrísimos. Por su buen aire en llevar la blusa blanca de pintor, por su estatura y desembarazo, por el aspecto de salud y de fuerza, que prestaba cierto atractivo á su persona, no faltaban mozas que volvían la cara al verle pasar por la calle, como si pensaran para sí:

—Parece un buen muchacho.

Y Lucio lo era, no cabe duda, por sus inclinaciones, por su buen sentido, por el fondo generoso y humano que constituía la base de su carácter expansivo y alegre, algo terco en ocasiones, como entreverado de ciertas rudezas propias de gente ineducada. A Lucio le echaban en rostro sus compañeros, los más envidiosos, este feo vicio de beber con exceso, de alegrarse en demasía. En cambio, los que iban con él á la obra y le trataban á diario, afirmaban que era valiente como el primero, hombre de palabra y que sabía sacar la cara por sus amigos.

Pocos minutos antes de la una se presentó Bernabé, sin excusarse por la tardanza, y todos se sentaron en seguida á la mesa. Sacó la señora Martina, como extraordinario, después del santo cocido, unos tasajos de cordero muy doraditos que olían á guiso bien aderezado y gustoso, y una fuente de arroz con leche espolvoreada de canela.

Sabía muy bien que Bernabé pertenecía desde muy chiquito al gremio de los golosos. Había estado ella algún tiempo de ayudanta en casa del delegado de Hacienda, y sabía preparar por esta circunstancia algunos variados y apetitosos platos. En el intermedio le dijo al recién venido:

—Vamos á ver, tú que has andao por ahí, ¿qué te parece ahora este terreno?

—Si he de decir la verdad casi, casi lo mismo que lo dejé. Las calles tan mal empedradas como siempre, las carreteras llenas de polvo y de pedruscos, y los campos sin variedad de cultivos. Desde las ventanillas del tren vi que estaban arando ahí cerca, en Quintanilleja, con dos mulas viejas, como en tiempo de Noé. En cuanto á los aperos de labranza, aquí no se sale de la rutina de hacerlo todo á brazo. Se conoce que las máquinas no se inventaron para estas gentes.

Al escuchar semejante apología, todos se miraron en silencio. Únicamente Lucio, por contestar algo, dijo:

—Es verdá que nos faltan algunas cosillas; pero aquí la tierra es buena, y por poco que se trabaje…

—Compárala con algunas de América, y aun con la misma de Filipinas, que da dos ó tres cosechas de trigo al año, y tú verás. Si la supieran trabajar, menos mal; pero ¡quita de ahí, hombre!, si esto es una miseria. Si aquí el labriego está á la altura de sus caballerías, poco más ó menos, en punto á conocer su oficio.

—Hombre, habrá de todo, Bernabé; desengáñate —exclamó la madre, que se acordó en aquel instante de su cuñado Marcelino, un labrador bien acomodado, inteligente y activo como pocos.

—Quiá, no lo crea usted. Aquí no hay más que mucha hambre y mucha miseria. Nuestro país es el rabo de Europa, ó como si dijéramos, la última palabra del Credo.

—¡Vaya, vaya, chiquito, que no has aprendido tú pocas cosas por esas tierras! —repuso Lucio á su vez.

Al punto sacó el otro un periódico del bolsillo y leyó en voz alta unas veinte líneas. Se afirmaba en éstas, con irrebatibles datos, que la Deuda pública de España había aumentado en unos cuantos millones desde la revolución de Septiembre, y luego añadió él por su cuenta:

—Ya veis de qué han servido á nuestro país esos veinticinco años de paz; no para que adelantaran la industria, el comercio y, sobre todo, la agricultura, que debía ser aquí lo primero, sino para aumentar la Deuda pública en provecho de unos cuantos esquilmadores, ó séase rabadanes, que son los amos del cotarro.

—Mira, Bernabé, esas no son cosas para habladas y manejadas por nosotros, ni por gente que no lo entiende. Nosotros somos unos trabajadores, unos artistas como cualsiquier otros, y no vamos á poner escuela de primeras letras. Me parece á mí.

—¡Bah, vosotros no tenéis aspiraciones! Yo he leído bastante y he oído muchas, pero muchas veces, á personas entendidas en la materia, y sé muy bien lo que me digo.

—También yo he oído, porque tengo buena oreja y buena memoria, á personas como el señor Fernández Prieto, que fue aquí alcalde el año 75, y después diputado y director de no se qué negocios; ¿y sabes lo que decía hará unos ocho días? Nada, el sábado de la otra semana, sin ir más lejos .. .

—Bueno, adelante; ¿qué?

—Pues decía ese señor á otra persona, en el pasillo de su casa, donde pintábamos, que por un regular, el que desprecia á su país, por tema y nada más, es porque no lo conoce; que muchos intransigentes confunden á los políticos malos con los buenos servidores que dan honra y provecho á la nación, y que saben trabajar y ganar el pan como tú y como yo …

—¡Ay, Lucio! ¿Y por dónde andarán esos caballeros y buenos servidores, que nadie los ve?

—Decía además que no basta que á uno le vaya malamente en sus negocios para echarse á gritar en seguida que este es un país perdido, y que aquí no hay nada que valga cuatro cochinos cuartos. Y el hombre daba sus razones, no te creas, que á mí me convencieron, como te convencerían á ti si viniera á nuestra casa.

—Ese señor está muy mal enterado— repuso Bernabé meneando la cabeza, como el que duda, al mismo tiempo que encendía un cigarro puro de excelente traza—La mayoría de los españoles estáis comiendo todavía la sopa boba. Y no digo más. ¡Conque en marcha!… Tengo la buena costumbre de tomar café después de la comida; de modo y manera que. . .

—Espérate, hombre, no seas tan súpito —expresó la madre— Ya lo traerá tu hermana de una corrida.

— Iremos al café, si le parece á Lucio. Allá, en América, esta es la costumbre, y uno está ya tan hecho á aquella vida…

—Bueno, iremos al Montañés y le enviaremos uno á mi madre para que lo tome con Modesta. Para eso es la Pascua y has llegado tú de allá. Miguelito vendrá con nosotros. Ya gana su jornalejo, no te creas.

—Bien, hombre, bien. ¡Conque… andando!

Levantáronse, pues, los tres hermanos y, después de despedirse de la señora Martina, se encaminaron al Café del Montañés que es uno de los tres ó cuatro que se encuentran frente al paseo del Espolón. A sus mesas no van, por lo general, más que trabajadores, artesanos, labriegos, gente de chaqueta ó de blusa.

cont1Capítulo II

JMMatheu2JOSÉ Mª. MATHEU.

firmamatheu

Publicado originalmente en

El cuento semanal

AÑO II – 27 de marzo de 1908 – Nº 65

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