LOS AMORES DE SAN ANTONIO (conclusión)

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LOS AMORES DE SAN ANTONIO (primera parte)

LOS AMORES DE SAN ANTONIO (segunda parte)

 

LOS AMORES DE SAN ANTONIO

(conclusión)

Antonio era indio puro, sin mezcla ni cruce: de facciones correctas, delicadas y suaves, como la mayoría de los hombres quichuas; de ojos vivos, mirada penetrante y apasionada, revelaba no común inteligencia y un no sé qué de distinción que acusaba superioridad y mando.

Hacía frecuentes y largos viajes para vender pepitas de oro buscadas por él en apartados riachuelos según decía, pero la verdad solamente la vieja sirviente y Antonio la sabían.

Lo más probable era que las tales pepitas fuesen herencia escondida en sitio seguro, y poco á poco extraída según las necesidades.

El miedo á ser descubierto si se presentaba dos veces en el mismo sitio, hacíale emprender larguísimos viajes para vender su tesoro, que trocaba por objetos de necesidad, víveres y adornos para la mujer adorada. Tardaba algunas veces dos meses en volver á casa, y sucedía esto cuando se dirigía á poblaciones tan apartadas como Quito, el Cuzco, Arequipa y otras para llegar á las cuales necesitaba caminar veinte ó veinticinco días.

Sabía el indio que los conquistadores rastreaban el oro y la plata mejor que el sabueso más fino, y sabía también que si olfateaban su tesoro le pondrían en el tormento hasta que dijese dónde estaba.

Mientras Antonio hacía sus frecuentes viajes, quedábanse solas María y su vieja compañera, rezando ambas al querido santo para que con bien volviese á la choza el que era alegría y contento de sus almas.

Jamás había apilado Antonio piedras, como hacían y hacen los indios para probar la fidelidad de sus mujeres durante su ausencia; tenía tal fe en su María, que por ofensa hubiera tenido mancillarla con una duda.

Cuando el indio sale de su casa por algunos días, coloca en el camino varios montoncitos de piedras, que si al regreso encuentra intactos, dicho se está que le ha sido fiel su compañera, así como desmoronándose alguno levanta el palo antes de transponer los umbrales del hogar para medir las costillas á la perjura como primer saludo.

Cualquiera supondrá que semejantes manifestaciones de cariño son duras de soportar para la esposa inocente; pues no, señor. Como quiera que la india á quien su marido pega por celos fundados ó infundados recibe una honra y una estimación grandísimas, esposa hay que desmorona por sí propia los montoncitos que hace su hombre, para pregonar muy alto que su marido la quiere porque tiene celos.

Si dos indias riñen, el mayor insulto que se dirigen es éste:

«Anda, mala mujer, que tu marido no te cela; á mí me pega por celos, tú eres un trapo.»

Esto será simplemente una salvajada, pero yo le encuentro cierto sabor filosófico y un tufillo naturalista, que francamente no deja de regodearme el cerebro.

Antonio llevaba dos años casado y jamás había querido ofender á su María con semejante prueba, en la cual por otra parte no creía, pues que su inteligencia estaba sobre el nivel ordinario del indio inculto.

Acompañábale en una larga expedición otro indio, vendedor de hierbas medicinales, que de cuando en cuando hacía una parada para formar el montoncito consabido.

¿No eres casado?, le preguntó.

Sí.

¿No quieres á tu mujer?

—La idolatro.

—¿Por qué no pruebas su fidelidad entonces?

—¿Para qué? Ya sé que me adora.

—No seas tonto; las mujeres que más aman de cerca suelen ser las primeras en olvidar.

—Mi María no es de esas.

—¿Acaso no crees en lo que nosotros creemos?

Antonio vaciló: no se atrevía á decir que no; podían suponerle desapegado de los suyos, y esto no era cierto.

—Voy á darte gusto, dijo. Cuando estemos á dos leguas de mi casa haré un montón bien grande, pero no haré más; para probar basta con uno.

—Si lo haces muy grande no podrá caerse.

Antonio se sonrió.

—Si María me fuese infiel derrumbaría un castillo que levantase para hacer prueba, dijo con firmeza.

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María y Quica, la vieja india, habían quedado solas como siempre.

Hilaban, vivían en santa paz, rezaban sus largas y cotidianas oraciones y dormían con la tranquilidad del justo, soñando la joven con el regreso del amante esposo y Quica con el brillante pasado de aquella tierra que veía hollada por extranjeros que no eran hijos del Sol y que á tan triste condición habían reducido á los incas.

Descansaban una noche tormentosa, arrulladas por los truenos, la lluvia y el granizo, como quien está habituado á semejantes estruendos; pero despertaron de pronto sobresaltadas, oyendo golpes repetidos en la poco segura puerta que daba entrada á la choza, levantóse Quica seguida de María y abrieron sin preguntar quién á tales horas llamaba, como el que no teme ser asaltado.

—Algún pobre indio que pide refugio, pensaron.

Un relámpago muy vivo iluminó la figura del que tan recio llamaba; era éste un español joven, hermoso como el San Antonio, blanco, rubio, de ojos azules cual turquesas limpísimas y varonil continente, que delataba á un militar apuesto y arrogante.

—Vengo calado hasta los huesos, dijo en muy mal hablado quichua, y además mi caballo se ha caído y estoy herido en una pierna: sufro bastante y quisiera que me dieseis hospitalidad por esta noche.

—Por esta noche y por las que quieras, señor, contestó María hablando bastante bien el castellano.

Mi marido está de viaje, pero eso no importa: tienes rostro de ángel y tu alma debe corresponder al rostro. Pasa.

La india habló á Quica en su lengua, pues que no entendía otra, dándole órdenes.

A pesar de su herida, que no era grave, desensilló el recién llegado su caballo, guardáronse los arreos, y después de maniatar suavemente al animal dejólo suelto para que buscase su madre de Dios, rumiando champa llena de tierra, única cosa que podían darle por entonces para entretener el hambre.

Quica encendió fuego.

—¿Tendrás apetito, señor?, dijo María.

—No, contestó el caballero. Quisiera que me pusieseis algo en la herida, porque me molesta bastante; vosotras conocéis muchas hierbas medicinales, y después procuraré dormirme si me proporcionáis en donde.

—Aquí, dijo María, en mi cama: no puedo ofrecerte otra.

—¿En tu cama?

Y el español miró á la india en cuya hermosura no había reparado hasta entonces.

—En mi cama, replicó María bajando los ojos, dominada por la expresión de aquella mirada; ya te he dicho que no tengo otra.

—¿Y tú?

—Yo he dormido bastante: rezaré mientras tú duermes.

—¿Eres casada, verdad?

—Sí .

—¿Cómo te llamas?

—María.

—Como mi madre.

—¡Ah!

—¿Qué?

—Nada; me alegro.

—¿Por qué?

—Porque antes me has mirado de una manera que me dio miedo, ahora no temo: mirándome te acordarás de tu madre.

—Eres una india muy lista y muy hermosa.

María se ruborizó.

—Acuéstate, dijo, entretanto Quica prepara lo que ha de ponerte en la pierna.

El capitán, pues que lo era, se quitó la ropa, que como había dicho estaba calada, y con las precauciones debidas al pudor se acostó en el duro lecho, todavía caliente, de la india.

Jamás sensación igual de placer habían sentido sus miembros yertos y doloridos: aquel calorcillo de las mantas de lana le produjo sueño inmediatamente; y cuando Quica fué á curarle la pierna, dormía tranquilo como si estuviese sobre colchones de pluma.

La india quiso despertarlo, pero María se opuso.

—Déjalo dormir, dijo. ¡Pobre! Está cansado: mírale con cuidado las piernas y no te será difícil encontrar la herida.

Obedeció Quica; su ama le alumbraba, pero mirando fijamente el rostro del hermoso español. ¡Era más lindo que San Antonio! Sí: jamás había visto María un hombre como aquél. Viera otros españoles, ya lo creo, muchos; pero tan guapos, tan guapos, no: ninguno.

¡Así debía ser Dios! Porque no era posible idearlo más bello.

¡Dios! ¡El aita grande! El que adoraba sin conocerlo; que estaba sentado allá, encima del sol y encima de la luna y encima del cielo; el que mandaba los truenos, los rayos, el agua y el granizo; sí, aquel Dios con ser tan hermoso no podía parecerse al que tenía delante. Era éste más joven y menos adusto; aquél castigaba por todo y castigaba con horribles penas; ¡éste parecía tan bueno! ¿Sí sería su hijo?, aquel hijo á quien crucificaran y que reviviera luego, para no morir jamás. ¿Por dónde habría bajado de allá de lo alto? ¡Qué tonta! Sí que podía bajar. ¿No tocaban en el cielo los picos de las montañas? Por allí, por allí habría bajado. Se lo preguntaría cuando se despertase: no le cabía duda; era más hermoso que San Antonio, y para ser más hermoso que un santo tenía que ser hijo de Dios ó el Dios mismo.

El capitán hizo un movimiento de dolor, lanzó un débil gemido y abrió los ojos: María, que seguía mirándole fijamente, no desvió los suyos.

—¿Te duele?, preguntó amorosamente.

—Poco, no es nada.

—Duérmete de nuevo, ya está lista: es poca cosa; mañana te encontrarás mejor y antes de ocho días curado.

—Mañana tengo que proseguir mi camino, descansaré bien esta noche: tu cama es deliciosa, María.

¡Qué bien se está en ella!

La india sintió una pena inmensa. ¿Se marcharía tan pronto?

Pasó la noche espiando los menores movimientos de su huésped y rezando, rezando por él, por su dicha, por su felicidad. ¿Sería casado? Quizás una mujer tan hermosa como él velaba rezando también por el ausente compañero.

¡Cómo le adorarían las blancas! ¡Qué dicha ser amada por aquel extranjero!

En cuanto amaneció dedicóse María á tapar las muchas rendijas que daban claridad á la choza, y apenas el sol dejó su lecho de rubíes sacó la india la ropa del capitán para secarla y ponerla en disposición de volver á vestirla.

La mañana era espléndida, el sol abrasaba y continuaría de igual manera hasta el mediodía, que comenzase el aguacero; pero las ropas del capitán eran gruesas, y solamente consiguió la india que enjugasen las prendas interiores.

Tampoco se olvidó del caballo y mandó á Quica á buscar alimento para el noble animal, que continuaba rumiando champa y con las manos aprisionadas pacientemente.

Era bien entrada la mañana cuando el viajero despegó los párpados.

—¿Estás á mi lado todavía?, preguntó á la india que sentada junto á la cama parecía extasiada contemplándolo.

—Sí; velaba tu sueño, temía que te despertases, señor.

—¿Por qué?

—Porque te marcharás.

—Sí, voy á vestirme; dame mi ropa, dijo el capitán sin parar mientes en la seráfica expresión de la india.

—¿Cómo está tu pierna?, preguntó desentendiéndose de la petición.

—¡Caramba, mal!, contestó el herido procurando moverse; me duele más que ayer.

—No te marches hoy, descansa; tu ropa no se ha secado todavía, y si la vistes mojada puede hacerte daño.

—Tengo prisa, María, me aguardan con impaciencia.

—¿Acaso tu esposa?

—Todavía no lo es, pero lo será pronto.

—¿No eres casado?

—Voy á casarme precisamente.

La india sintió ganas de llorar,

—Bien, dijo después de un rato, es necesario que te cures primero; entretanto la pierna te duela no puedes montar. No tengas cuidado por tu caballo he mandado á Quica para que traigan algunas cargas de pienso; tampoco á ti te faltará nada de lo que yo pueda darte.

—Gracias, María, pero me es imposible aceptar, creerían que me he muerto.

El capitán hizo un movimiento para incorporarse y se acostó de nuevo: la pierna le pesaba un quintal y le dolía mucho, debía estar inflamada.

—Pues me habré de quedar á la fuerza, dijo; hoy no podría tenerme en pie.

Un rayo de felicidad inundó el rostro de la india, tenerle unas horas más; gozar un día, acaso dos de la presencia del hombre hermoso, era una dicha demasiado grande para que una mujer tan inocente como María dejase de mostrarla.

El capitán la vio sonreír y la encontró divina con la boca entreabierta: cerró los ojos. Cualquiera diría que luchaba con un mal pensamiento.

Tres días estuvo el español en la choza de la india, al cabo de los cuales si su pierna no se había curado permitíale al menos montar á caballo, gracias á los remedios y cuidados de Quica.

La noche del segundo día estaba María sentada en el borde de la cama del capitán contemplándole dulcemente, como la madre al niño enfermo cuando después de muchas vigilias logra conciliar el sueño.

Los labios de la india no cesaban de moverse; rezaba ó pronunciaba frases tiernas, la expresión de sus ojos la delataba.

Es indudable que cuando se mira fijamente á una persona dormida, levanta ésta los párpados asustada, aunque después de reconocer á quien le contempla, vuelva á cerrarlos rebujándose en una atmósfera mimosa, si se trata de persona que nos inspira ó á quien inspiramos cariño.

Esto sucedió al capitán: dominado por la mirada de su enfermera, abrió los ojos, pero los volvió á cerrar echándola los brazos al cuello y atrayéndola sobre su pecho. María creyó morir de placer; sin embargo, se alzó rápida como gacela tímida y corrió á postrarse delante de San Antonio en actitud suplicante.

El español se incorporó, despertando completamente y dándose cuenta de la verdadera situación.

—María, dijo con voz dulce, ven, no temas nada, estaba dormido: te juro que ni un mal pensamiento abrigo hacia ti, te lo juro por mi madre.

La india se levantó, acercándose de nuevo con timidez y muy impresionada.

—¿Te has asustado, María?, dijo el capitán acariciándole una mano. Perdóname; abrí los ojos y tropecé con los tuyos, que me miraban con amor, con el mismo amor que me has cuidado desde que he llamado á tu puerta; en este momento me olvidé de todo, de quien eres, de quien soy, de tu fe de esposa, de mis juramentos de caballero y de amante; veía en ti la expresión de todos los afectos, te creí mi madre, mi amada, mi hermana… todo me parecía reconcentrado en tu persona; por eso falté, sí, falté á tus bondades, á tu honra de fiel casada, á todo: perdóname, María, ¿me perdonas?

Y el capitán posó sus labios en la mano suavísima de la india.

Ésta vaciló un momento y cayó desplomada sin pronunciar palabra.

El capitán se levantó, llamó á Quica, y entre los dos acostaron á la india en la cama que él acababa de dejar. María no recobraba el sentido y la vieja sirviente lloraba con amargura.

—Vete, señor, dijo Quica; vete antes que vuelva en sí; pronto amanecerá; voy á buscar tu caballo. Si quieres pagar á esta desgraciada la hospitalidad que le debes, márchate antes que pueda volver á verte.

—¿Pero sin despedirme?

—Sin despedirte; la matarías.

—Está bien, Quica. Tráeme mi caballo cuando quieras; pero cuídala mucho: que no se muera, ¿oyes?, que no se muera.

Rayaba el alba cuando el capitán partía á galope, después de haber estampado un beso fraternal en la casta frente de la india.

Poco más de dos leguas habría caminado, y la pierna comenzaba á molestarle.

—Descansaré un poco, se dijo, apeándose; todo se reducirá á que haga jornadas cortas.

Sentóse el capitán y dio larga rienda á su caballo, que comenzó á olfatear la engañadora champa y acomodóse como mejor pudo.

—¡Pobre María!, pensaba abstraído. Me amaba, ya lo creo que me amaba; estas indias con su imaginación fantástica y ardorosa son encantadoras, cuando se trata de una tan bella y tan aseada como esta; y la verdad es que me hubiera seducido si continúo á su lado muchos días… Pero hubiera sido una infamia: es una joven honrada, es un ángel de inocencia; me ha cuidado como si fuera mi madre, Quica tuvo razón aconsejándome partir antes que volviese en sí.

Y el capitán, distraído, cogía piedras de un montón que tenía á su derecha y las iba esparciendo sin darse cuenta, mientras la mente vagaba por la pobre choza en donde había dejado sin sentido á una mujer que jamás podría olvidarlo.

¡Oh! El tampoco olvidaría á la india, la recordaría siempre con gratitud, casi con amor.

Cerca de una hora pasaría descansando y tirando piedras sin cesar como si lo hiciese de intento.

—Varaos, dijo, ya he descansado un buen rato: si continúo de este modo soy capaz de pasar aquí el día y luego tendré que volver á pedir hospitalidad á la india María…

¡Volver á la choza! De buena gana hubiera vuelto el capitán. ¡Cuánto diera por saber si había pasado el accidente y qué dijera la enferma al encontrarse sin él… Pero no; aquello era una locura, y él hacía muy mal olvidándose de su prometida, que lo esperaba… ¡Su prometida!… No sabía porqué, pero se le antojaba que no podría olvidar jamás á María, y que su recuerdo, aun entre las sábanas del lecho nupcial, no podría alejarlo de la mente.

Montó el viajero y continuó á buen paso el camino; las piedras quedaron diseminadas, y del montoncito junto al cual se había sentado apenas quedaban unas cuantas reunidas.

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Quince días tardó Antonio en volver á su casa; ni su llegada produjo como otras veces explosiones de alegría, ni el semblante del indio era el mismo, por más que hacía esfuerzos por aparentar tranquilidad.

María estaba enferma, y por cierto que su aspecto delataba los sufrimientos; se abrazaron como siempre, con cariño, con amor, pero sin alegría: ninguno de los dos sabía á qué atribuir el cambio.

Los días eran tristes para ambos; la duda amargaba cada vez más el alma de Antonio, su esposa estaba encinta; y esto, que en otro tiempo le hubiera llenado de alegría, servíale entonces de torturas horribles.

Ni María ni Quica le habían hablado de la estancia del español en la choza; pero descubriólo por casualidad, y entonces no tuvo límites su furor; acusó á María de haberlo engañado; lo comprendía todo: las piedras no habían mentido; las tradiciones de sus mayores eran sagradas.

Ni lágrimas ni ruegos ni juramentos pudieron convencer al celoso marido. María le había sido perjura, y el ser que en sus entrañas vivía era fruto de criminales amores: así pensaba Antonio.

—Si me confiesas la verdad te perdono, le dijo un día después de maltratarla furiosamente.

—Mátame, Antonio, pero mi hijo es tuyo: te lo juro por esta imagen que nos mira.

—Está bien, contestó; puedes vivir tranquila; hasta que nazca no volveré á decirte una palabra. Sí es mío, será de nuestra raza; si me has engañado, tu hijo te delatará como tú delatas una traición de la princesa Chuilca. Si es indio es hijo mío; si no… le mataré en cuanto me convenza de tu infamia.

La india lanzó un grito de horror.

—Bien, dijo reponiéndose; acepto, pero prométeme que no dudarás de mí hasta que lo veas; será indio porque es tu hijo; entonces te arrepentirás de haberme martirizado: tengo bastante.

María rezaba diariamente á la imagen querida de San Antonio: eran aquellos los momentos en que podía entregarse con alma y vida al recuerdo del hermoso extranjero que le había dejado el corazón lacerado.

Ya no veía en el rostro del santo sus primitivas facciones; veía las del capitán, sentía el beso en el dorso de su mano derecha y el influjo de su mirada desvanecía completamente su pensamiento haciéndola caer en sopores dolorosos ó en éxtasis sublimes.

Llegó el día ansiado por ambos; María esperaba aquel consuelo que vivía en su seno, como se espera la felicidad única; él borraría de su imaginación enferma aquellos estrabismos; él haría que Antonio tornase á ser el esposo amante haciéndola olvidar á un hombre que á pesar de su voluntad vivía enseñoreado de sus pensamientos. Antonio sentía el afán incesante de perdonar, de acariciar á María; y aquella criatura debía decidir la felicidad ó la desgracia eterna: este era el atroz dilema.

Después de muchas horas de angustia sintió Antonio el primer vagido del ángel, y ciego, frenético, se lanzó sobre él para leer en sus facciones, en su color, en sus ojos, la inocencia ó la infamia de su esposa.

Quica se interpuso enérgicamente.

—Aguarda, le dijo, no mates á tu hijo antes de mirarle; le verás cuando yo te lo entregue.

Antonio se contuvo á pesar suyo, intentando arrebatarlo de manos de Quica.

—Te mando que salgas, Antonio; obedéceme: soy anciana y tengo los derechos que nuestra raza me concede: tus padres te maldecirán desde allí si no quieres escucharme.

—Te obedezco, pero no tardes en llamarme; no pruebes mi paciencia porque no respondo…

Y el indio salió de la choza con la cabeza baja.

—Es un niño, dijo Quica; un niño hermoso…

María sintió una ráfaga de orgullo y levantó los ojos hacia el San Antonio, testigo de sus dolores y de sus aflicciones.

Quica lanzó un grito.

—Tiene los ojos azules, dijo, es rubio… es blan…

No había terminado la frase, cuando loco, furioso, penetró Antonio en la choza rugiendo como león enjaulado, y arrebatando la criatura que la vieja india tenía en su regazo, salió de nuevo lanzando alaridos de dolor y desesperación, María, medio muerta, le siguió dando gritos y jurándole que era su hijo; pero Antonio no escuchaba, y corría, corría siempre con su ligera carga, sin que las dos infelices y desesperadas mujeres pudiesen alcanzarle ni contenerle.

Le vieron subir las peñas volando más que corriendo, sin sombrero, con las greñas cubriéndole los ojos y sin atender ni súplicas ni lamentos, María cayó exánime, no tenía fuerzas para seguirle en su carrera; ya na podía gritar, se ahogaba; pero le veía, le veía subir como un tigre hambriento desgarrando su presa, al hijo de sus entrañas, al hijo que por milagro de aquel San Antonio había salido blanco, rubio y de ojos azules.

Cuando el indio hubo llegado al picacho más elevado de las peñas levantó el niño en alto, enseñándolo á las dos atónitas mujeres, y arrojándolo con fuerza lo despeñó con inaudita crueldad; bajóse luego sin apresuramientos y como si no volviese de cometer el más horroroso de los parricidios.

La india retorcíase desesperadamente llamando á su hijo y maldiciendo al padre inhumano, cuando éste llegó junto á ella, dispucsto á matarla ahogándola entre sus manos.

—Dime ahora que era mi hijo, dijo con voz ronca.

—Sí, lo juro, era tu hijo; pero te aborrezco, te odio: ¡maldito seas!

Antonio apretó con fuerza la garganta de María, ya moribunda, sin que las escasas fuerzas de Quica pudieran contenerle.

Creyendo la fiel sirviente que la presencia de la imagen venerada por ellos pudiese hacer un milagro impidiendo que Antonio consumase un segundo crimen, corrió á buscarla, y como encontrase la hornacina vacía volvió á salir dando gritos

—¡Antonio, detente; el santo ha hecho un milagro!

El indio, que contemplaba á su esposa muerta á sus pies, oyó con asombro lo que le decía Quica.

Buscaron inútilmente á San Antonio, y cuando el parricida quiso hacer pagar á la vieja india lo que suponía burla de ella para atemorizarle, vio con asombro que el pico más alto de las peñas, aquel por donde había lanzado á su hijo, modelaba correctamente la figura del santo con el niño en brazos, y tomó por castigo de su infamia el milagro irrecusable que atestiguaba la inocencia de su esposa.

La india Quica fué la única superviviente de aquella tragedia. Antonio se lanzó al espacio en la quebrada de Chaupi-Huaranga, y la vieja sirviente divulgó la tradición á los que después la legaron como articulo de fe á sus descendientes, añadiendo que San Antonio estaba enamorado de María, y que no otro sino el santo en cuerpo y alma era el hermoso español que había pasado tres días en la choza.

Yo no puedo asegurar sino que he visto las peñas y que aquel paraje lleva el nombre de San Antonio; pero como la tradición es la historia poética de los pueblos, creamos á la tradición, siquiera sea para vivir algunos minutos en atmósfera deleitable.

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EVA CANEL

Publicado originalmente en

La Ilustración Artística

Barcelona, 8 de diciembre de 1890. Núm 467

LOS AMORES DE SAN ANTONIO (primera parte)

LOS AMORES DE SAN ANTONIO (segunda parte)

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