LOS AMORES DE SAN ANTONIO (continuación)

quena

Leer la primera parte

LOS AMORES DE SAN ANTONIO

(continuación)

Uno de los cholos sirvientes que nos acompañaban calzó al aita unas grandes polainas, y cogiendo ambos sus respectivas escopetas encamináronse á pie hacia la vizcachera, desafiando la lluvia torrencial, que convertía la montaña en furiosa catarata.

Quedamos nosotras dentro del chalet, y una india, lista y avispada como una ardilla, sacó del horno tres pieles de carnero curadas, extendiéndolas en el suelo para que nos sentásemos.

Tendría la india veinte años y ya era madre de cuatro indiecillos que se arrastraban revueltos con cinco ó seis perros, otros tantos gatos, algunas docenas de cuyes (conejitos de indias) y dos cuchis (cerdos), no muy pequeñitos por cierto.

Todos aquellos animales, racionales ó no, vivían juntos y en la mejor armonía, como si la misma madre los hubiera parido y á los mismos pechos se hubiesen criado.

Otra india vieja hilaba sin hablar palabra, mirándonos de vez en cuando con expresión seráfica, como si nos creyese imágenes de su divino culto, y otra jovencilla que ligeramente pasaba los puntos de una media de lana, apenas se atrevía á levantar los ojos, ruborizándose cuando la dirigíamos la palabra.

Ninguna de las tres indias entendía el castellano, pero Virginia Ortiz de Villate hablaba perfectamente el quichua y podíamos comunicarnos con los moradores de la choza.

La vieja era madre de las jóvenes; todas estaban casadas, y los tres maridos, en compañía de otro personaje importantísimo para el indio, el asno, habían ido á las montañas á sembrar patatas.

Faltaban, pues, tres hombres y un burro para completar aquella dilatada familia que apenas tenía una choza de seis metros de largo por cuatro de ancho para guarecerse de la intemperie.

Confieso que de esto me asombré sin motivo, pues en Asturias viven muchas familias en idénticas condiciones: lo que tiene que yo había salido de mi país siendo niña y no recordaba haber visto en mi

vida semejantes revoltijos.

Hacía ocho días que se casara la india jovencita, y por más preguntas que Virginia la hizo, no pudimos conseguir que nos hablase de sus amores ni de su marido, ni menos que nos dijese si lo quería ó no lo quería; y es que cuando una india se emperra en no hablar, no despliega los labios aunque la maten, pero expresa tan admirablemente y sin darse cuenta sus sensaciones, que no es difícil adivinar la respuesta.

Así, cuando la preguntamos si quería á su hombre leímos en su semblante un poema de amor con destellos de pasión ardentísima.

¿Y si quisiese á otra?, le preguntó Virginia, instigada por mí.

La india continuó en su mutismo, pero nos mira con feroz expresión, convertida rápidamente en maliciosa sonrisa, como si quisiera decirnos:

Ya os entiendo; queréis enojarme para que hable; os fastidiáis; no hablaré.

Y se salió con la suya, porque no habló.

Volvió el taita después de cazar algunas vizcachas y á pesar de su ascendiente sobre los indígenas, tampoco pudo conseguir que la muchacha le contestase.

Cesó la lluvia y salimos para ver la industria á que se dedicaban los habitantes del chalet.

Eran alfareros y tenían su hornada de cazuelas y pucheros metida en un montón de rescoldo, tan amazacotado y compacto que á pesar de la fuerte lluvia apenas había penetrado el agua en aquel horno de nueva invención.

Cuando volvimos para montar de nuevo, sorprendimos á la indiecilla charlando como una descosida con uno de nuestros sirvientes.

Era éste un cholo buen mozo, con mucha malicia y cierto airecillo de inocencia que no le sentaba mal, según atestiguaban algunas cholitas que se morían por sus pedazos.

No pudo entender Virginia una palabra de lo que él decía bajito á la india, pero oyó claramente que ésta le contestaba: «Tú eres más guapo y más gente que mi marido.»

Al apercibirse de nuestra presencia, corrió la muchacha á meterse y acurrucarse dentro de la choza, y continuamos el viaje sin volverá verla, pero con la seguridad de que aquella noche soñaría la india, á pesar de su hombre, con lo que al oído le contara nuestro sirviente.

Seguimos bajando la quebrada con agradable temperatura y siendo casi despejada la estrecha faja de firmamento que divisábamos; ya distinguíamos claramente los pueblos enclavados en ambas laderas.

Al contemplarlos con sus grandes extensiones de casas sombreadas por frondosos árboles, daban envidia á quien como nosotros bajaba del Cerro de Pasco, en donde no se ve un tiesto ni crece una mala hierbecita; pero una vez cerca, el desencanto era grande: los árboles que nosotros suponíamos frutales no eran otra cosa que saúcos robustos y copudos; en fin, siquiera veíamos árboles, y algo era algo.

Declaro que aquellos pueblos habitados únicamente por indios me parecían trasunto fiel del paraíso.

Para quien había nacido y vivido entre flores y árboles tenía que ser monótona la vida, contemplando cómo de las entrañas de la tierra se extraían pedruscos que después de pasar por muchas fases venían á convertirse en el codiciado metal que perturba conciencias y atropella aun lo más santo y lo más respetable.

Llegamos á Cuchis, nombre que fielmente traducido del quichua, quiere decir cerdos, y la verdad, había tantos de estos sabrosos animalitos en el tal pueblo, que tuvimos por admirablemente puesto su nombre oficial.

Corrieron los indios de casa en casa anunciando la llegada del taita Lloverás con tres niñas y larga comitiva, y se apresuraron las autoridades á saludarnos respetuosamente.

Se nos presentó el jois (juez) con sus ministros, indios armados de larga vara, por lo cual pude colegir que aquéllos eran remedo de los antiguos ministriles españoles.

Era el jois un personaje aristocrático entre los de su raza, pues ya tres veces había sido investido con autoridad; favor tan señalado entre ellos, que imponía superioridad inusitada. Era, pues, hijo del hombre y no hijo de perro, expresión gráfica con la cual hacen ver que no son cualquier cosa.

No podíamos detenernos mucho tiempo, y el taita dijo que al día siguiente recibiría en corte; es decir, que oiría cuantas demandas y reclamaciones tuvieran que hacerle en su quinta de Visco.

Y como la recepción habría de acabar seguramente con algunas copas de chacta (alcohol), dicho se está que todos prometían no faltar.

El jois se apresuró á limpiar las polainas del taita, teniéndole el estribo para que montase de nuevo, y después de hacernos profundas reverencias, así como los ministros y todos los presentes, partimos á galope.

Estábamos á más de dos leguas de Visco y deseábamos llegar de día porque los caminos desde allí eran mucho peores y más estrechos.

Sin más incidente que un solemne zarpazo que por atrevida sufrió mi pobre humanidad, llegamos contentísimas á la quinta de Santa Rosa, escondida entre flores y peñas, al pie de una montaña arrullada por una catarata que desde lo alto se precipita amenazando el edificio, y cuyas aguas van por estrecho cauce á perderse en el río de la quebrada, que bastante caudaloso en aquel término y sombreado por álamos gigantescos, lame las plantas de la quinta y arrulla á sus moradores con el incesante batir de la corriente espumosa contra los infinitos peñascos de su lecho.

Está, pues, el pueblecito situado en el fondo de la quebrada, y por uno de los accidentes del terreno no se le ve hasta que á él se llega.

Unas cuantas casitas de indios, semejantes al chalet de la bajada de San Antonio, y una iglesia derruida constituían entonces el pueblo, que sólo de gala se vestía cuando el galante dueño de Santa Rosa llegaba con huéspedes, y esto ocurría muy á menudo.

Perennemente sostenía allí el taita una cocinera y un criado que nos esperaban, y dicho se está que después de apearnos y saltar dando gritos, recorriendo la casa, el jardín, el río y hasta parte de la montaña, nos sentamos á la mesa bien provista y mejor servida que la de un monarca en activo servicio.

Así nos parecía á nosotros, y la verdad era que ninguna hubiera trocado su presente por cuanto de más codiciado hubiese en la tierra.

Durante la comida se hizo el programa. Descansaríamos cazando á pie por los alrededores dos días; emplearíamos otros dos en visitar algunos pueblos y una famosa quinta en donde abundaba la fruta exquisita; dormiríamos en un pueblo de relativa importancia, Yanahuanca, y regresaríamos al tercer día á Visco, dedicando cuarenta y ocho horas á recibir las visitas de despedida y devolver banquetes, para regresar al octavo día al Cerro de Pasco, en donde se nos esperaba sin falta.

¡Qué seductor programa! ¡Cuántas cosas veríamos y cuánto aprenderíamos de usos y costumbres!

Nada más tentador que el empleo que nuestro querido cicerone daba al tiempo. ¡Qué bien repartido!

Sirvieron el café y no mostraba el taita señales de referirnos la tradición milagrosa, pero yo no estaba dispuesta á pasar la noche sin satisfacer la curiosidad.

Taitito, ¿y el cuento?, le dije.

Mañana.

¡No, no!, gritamos las tres, ¡ahora, ahora!

Vaya, caprichosas, pues ahora.

Antes de comenzar la conseja del santo grabado en la peña, he de hacer una observación pertinente, cuyo desentrañamiento dejo á la consideración de los sabios que se dedican á estudios antropológicos.

En mis largos viajes y en mi constante afán de estudiar usos y costumbres incásicas, cuya civilización sorprendió á los propios conquistadores, hanme saltado á la vista puntos de contacto y semejanzas extraordinarias con algunas regiones españolas, especialmente con la asturiana, en su confín con la provincia de Lugo.

Dejo á un lado por tener sencillísima explicación lo que á la indumentaria se refiere: encuentro también natural que vistan unas indias como las castellanas viejas, otras como las sayaguesas, otras como las mujeres del Valle de Anzó y todas semejantes á las campesinas de varias provincias de España, y no me sorprende que la música del indio peruano tenga las cadencias montañosas de Asturias y los gemidos apasionados de las sultanas granadinas.

La quena una especie de flauta de caña cuya tradición romancesca atribuye su invento al enamorado que de un fémur de la mujer amada hizo el instrumento que tan tristes notas produce, no es otra cosa que la flauta ó silbato de los pastores occidentales de

Asturias. En las montañas que unen el partido de Castropol con el de Fonsagrada, puede oírse una especie de quena peruana cuando el pastorcillo recoge sus ovejas y sus cabras en las melancólicas tardes de primavera y estío.

Los desfiladeros de los cordales asturianos seméjanse entonces á los majestuosos Andes; algún viajero caminando al paso tardo de su caballejo gallego ó de su mula mañosa, y el zafio Batilo saltando breñas y matorrales, persiguiendo su menudo ganado, ó sentado en una peña lanzando al aire lamentos inconscientes por los toscos agujeros de su flauta de caña.

¿Que pudo ser este instrumento importación ó exportación de la conquista? Bueno. Pero no lo ha sido seguramente la predilección que así los indios como los asturianos de Occidente tienen por el pelo rubio.

Para los primeros, un hombre ó una mujer de pelo blondo son descendientes de la Virgen ó de los santos; para los segundos, todos los rubios son hermosos por horribles quesean. Las morenas y los morenos,en Asturias son feos porque sí, y allí no se miran facciones, ni expresión, ni ojos, ni talle, ni cosa alguna: es blanco y rubio… el summum, la perfección, el tipo acabado de la belleza.

Un niño blanco y rubio es para las indias un ángel; así, recuerdo siempre con infinita ternura que indias se arrodillaban delante de mi pequeño de dos años, tocaban sus rizadas guedejitas con la punta los dedos y los llevaban á los labios con unción seráfica.

Niñito lau (expresión sublime), hijito de la Virgen… con tu pelito de oro… ruega por nosotros.

Cuando me tradujeron estas frases sentí una emoción profundísima. ¿Era pena por la ignorancia de aquellos parias ó satisfacción por ver así adorado al pedazo de mis entrañas? No lo sé; pero puedo asegurar es que mi hijo sintió infinito placer cuando vio los aldeanos de mi pueblo.

Son cholos, mamá, me decía, y sólo el tiempo y la costumbre pudieron convencerle de que los aldeanos de Asturias no eran cholos peruanos.

Cuando la india llega á la pubertad y siente los primeros gritos del sexo que la incita á mirar en el hombre á su compañero, suele volverse de cara á la pared y escarbar con la uña, prueba evidentísima de que anda lacia y tristona por falta de requiebros o que su corazón ha sentido el primer golpetazo amoros.

Y en Asturias cuando una mocita empieza á mirar de reojo á los mozos y á ponerse colorada si de alguno le hablan, dicen las gentes que ya comienza a escarbar.

¿Puede tener relación lo uno con lo otro? La tienc indudablemente, y tal vez la naturaleza en sus espontaneidades animales ajenas á la racionalidad, daría la explicación de hechos que no tienen ni la muy socorrida del atavismo.

Si me propusiese señalar en un trabajillo como el presente, ajeno por completo á la seriedad que quieren ciertos estudios, los puntos de contacto que los hijos del Sol tienen con los aldeanos del Occidente de Asturias, encontraría muchas, muchísimas cosas dignas de parar mientes en ellas.

astN

Tomó el taita Lloveras la palabra, y con su marcadísimo acento catalán, que á tan larga distancia de España me parecía delicioso, comenzó á referirnos lo que á su vez había escuchado de un viejo indígena, cronicón parlante de su raza.

Las tradiciones y la historia pasan en los indios como herencia de padres á hijos más ó menos adulteradas, según la inteligencia ó la fantasía del narrador.

Había hace muchos, muchísimos años, dos siglos acaso, una pobre vivienda de indios situada en lo alto de la quebrada de Chaupi-Huaranga, frente por frente al grupo de peñas llamadas hoy de San Antonio. Ocupaban la choza, que se componía de dos habitaciones terrenas, un matrimonio joven y una vieja sirviente, que con respeto impropio de seres igualmente desgraciados obedecía y respetaba á sus amos.

Respetábanlos así mismo cuantos indios llegaban á la choza, y ninguno pasaba por delante de ella sin hincar la rodilla en señal de acatamiento, prueba más que fehaciente de que el joven matrimonio

descendía en línea recta de los venerados emperadores Incas.

María se llamaba la mujer y Antonio el marido; amábanse con ternura, y eran los dos creyentes fervorosos, como lo son todos los de su raza.

Idólatra por el culto católico el indio, va adonde la religión por boca de sus ministros le lleva, y nada más venerando para los hijos del Sol que las imágenes, tuertas ó derechas, feas ó bonitas, que adoran en sus churriguerescos templos.

Como quiera que visten á sus santos como mejor les parece, y lo mejor es aquello que más reluce, he visto un San Miguel con traje de bailarina, un José con casaca á la Federica y un San Juan con trusas y dalmática. Si fuese á describir los atavíos de algunas santas, necesitaría imprimir un volumen de doscientas páginas y me quedaría corta.

Antonio había comprado la imagen de su patrón para sorprender á María un día de Pascua era su guatamano, equivalente á nuestro aguinaldo.

¡Qué figura tan hermosa la del santo! María no se cansaba de mirarlo ni de dar gracias á su marido por tan rico presente.

¡Un San Antonio rubio, blanco y encarnado gracias á los chafarrinones de almazarrón con que le habían embadurnado las mejillas! ¡Con qué pulcritud abrieron una hornacina en los adobes de la renegrida pared! ¡Qué adorno más bello para la pobre choza!

Era muy hermosa la india: tenía los ojos grandes, grandísimos y expresivos; el cutis suave, como todas las mujeres incas, y de un trigueño claro, por lo cual corrían rumores de revoltijo entre una de sus bisabuelas y un apuesto jefe de los invasores.

cont1

LOS AMORES DE SAN ANTONIO (conclusión)

ink6EVA CANEL

Publicado originalmente en

La Ilustración Artística

Barcelona, 1 de diciembre de 1890. Núm 466

Anuncios

2 pensamientos en “LOS AMORES DE SAN ANTONIO (continuación)

  1. Pingback: LOS AMORES DE SAN ANTONIO (conclusión) | Contemporáneos de V.M. de la Tejera

  2. Pingback: LOS AMORES DE SAN ANTONIO | Contemporáneos de V.M. de la Tejera

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s