LOS AMORES DE SAN ANTONIO

Quebrada de Chaupihuaranga Pasco - Peru

Quebrada Chaupi-Huaranga

 

LOS AMORES DE SAN ANTONIO

Á mi querida prima Luisa Lacas

Nuestro querido amigo el rico minero catalán don Andrés Lloveras nos había invitado á pasar ocho días recorriendo la quebrada de Chaupi-Huaranga y á las diez de una mañana saltábamos ligeras como plumas tres intrépidas amazonas sobre nuestros hermosos caballos, sin temor al suelo ni al cielo. Los caminos con un metro de barro y las nubes amenazando chubascos, de aquellos que no se parecen á los chubascos de otras regiones, no nos infundían temor alguno. Íbamos pertrechadas: los ponchos de vicuña y las bufandas nos preservarían del frío; los ponchos de jebe ó impermeables de montaña, impedirían que nos llegase el agua á lo vivo.

A las doce estábamos almorzando en Paria, hacienda mineral de nuestro simpático acompañante y de su socio, otro buen compatriota, don Miguel Gallo. Después de almorzar opípara y alegremente y de pasear, entre los circos de amalgamación y los ingenios, cuyas ruedas girando sin cesar alrededor del cárcavo trituran el metal, y de enterarnos como buenas curiosas de todas las faenas del beneficio argentífero, proseguimos nuestro viaje tan alegres y revoltosas, que á nuestro galante anfitrión y compañero de paseo le sacamos en aquel viaje canas verdes.

Siete leguas largas de talle nos faltaban para llegar al término de nuestra primera excursión, y una hora escasa debían tardar las nubes en levantar las compuertas de los grandes acequiones que riegan la tierra.

íbamos á tomar temperamento, como allí se dice, á buscar clima templado, y con este pretexto nos trasladábamos del Cerro de Pasco á Visco, en donde poseía un verdadero nido, oculto entre montañas nuestro cariñoso taita Lloveras como le llamábamos con afecto profundísimo.

Cuidaba éste de nosotras con paternal solicitud, impidiéndonos diablear y separarnos del camino que nos trazaba á causa de las ocultas y muy hondas charcas extendidas por la pampa (llanura).

Trotábamos largo sobre mullida alfombra, traidora y encharcada, pues con apariencias de un verde seductor ocultaba pantanos en donde los caballos se hundían hasta los ijares.

La alfombra que con agrado nuestro pisaban los caballos, chapoteando el agua y mojándonos los ropones hasta empaparlos, veíase levantada á grandes trechos; y cuál no sería mi asombro al saber que aquellas que á mí me parecían casitas diseminadas por acá y por acullá, eran montones de la capa verde levantada por los indios, para una vez seca utilizarla como combustible.

El indio no aprovecha lo que le sobra, pero tampoco carece de lo que le falta.

Así, con la champa, como llama á la corteza de la tierra, suple la leña que no tiene; pero ni usa ni utiliza para sí la muchísima hulla que sobra en aquella región peruana, y que por falta de vías de comunicación no puede transportarse á la costa ni á los grandes centros.

Se acabó por fin el piso alfombrado, que más parecía extenderse cuanto más adelantábamos, y salimos de la puna (altura llana y fría), llegando á lo alto de la quebrada de Chaupi-Huaranga, á la bajada de San Antonio.

Las elevadas peñas que habíamos divisado dos leguas antes se nos presentaron admirables, bellas y semejantes á un centinela que guardase el paso de la quebrada y al cual había que rendir tributo de

miración antes de comenzar el descenso.

Veamos, nos dijo el taita Lloveras. ¿Que distinguen Vds. en el picacho más elevado de esas rocas?

Hicimos alto y nos volvimos todas ojos.

Virginia Ortiz de Villate y Corina Ariza, que así se llamaban mis lindas compañeras, respondieron que veían peñas de punto inglés. Y verdaderamente que parecía de encaje aquel grupito, vástago orográfico de los Andes, afiligranado por la crudeza de la intemperie y hermoseado por el transcurso de los siglos, que de modo tal habían calado y festoneado las imponentes rocas.

Fíjense Vds. bien, insistió nuestro caballero.

Nos dimos por vencidas después de mirar y remirar.

¿No ven Vds. un San Antonio con su niñito en brazos?

¡Oh poder de la imaginación!

Las peñas cambiaron de aspecto á nuestros ojos: ¡ya lo creo que lo veíamos! Pero ¡qué tontas! ¡No haber caído antes!… Pues si estaba tan claro… tan patentísimo…

Un San Antonio, sí, señor: con el niñito en el brazo izquierdo. ¡Y qué bien hecho! ¡Qué redondita la cabeza del rorro! ¡Qué admirablemente dibujada la del santo!… hasta los dedos se le distinguían… ¡A poco más hubiéramos podido apreciar el color de los ojos!

Acordamos llamarnos ciegas y bobas, y sabe Dios cuántas cosas más.

¿Qué quiere decir esto, taita?, preguntamos al señor Lloveras. ¿Se debe esa imagen á casualidad ó á humorada de un escultor anónimo?

Es un milagro, según la tradición cuenta.

¿Y sabe V. la tradición?

¡Ya lo creo!

¡Cuéntenosla V.!

¡Vaya, vaya, niñitas, niñitas! debemos apretar el paso: nos restan más de tres leguas de bajada y la tormenta ya ruge cercana: pongámonos los ponchos de agua para no hacer otra parada, y á picar duro, ¿eh?

Bueno; ¿pero nos contará V. el milagro cuando lleguemos á Visco?

Esta noche de sobremesa.

¡Adelante, pues!

Y salimos escapadas comenzando á bajar la quebrada, que á primera vista ya nos infundía admiración y asombro.

Ibamos en fila, pues apenas dos caballos podían emparejarse; á la derecha teníamos el precipicio, á la izquierda la montaña poblada de chozas, sembrada de maíz y papas (patatas) y semejante á un tablero de damas por sus cuadros simétricamente dibujados.

Aquellos terrenos no tienen dueño, son comunes, y todos los años reparten las autoridades la porción que á cada indio corresponde, según sus necesidades y número de familias (hijos). El cura se llama también á la parte; y como el juez que mide y adjudica suele ser un indio, dicho se está que los mejores terrenos son para el padre de almas, que por cierto suelen ser éstos para los feligreses peores que malos padrastros.

El cultivo tampoco cuesta nada al taita cora (padre cura); pues cuando quiere reunir los gratuitos jornaleros, manda tocar de cierta manera la campana de la iglesia, y los indios que oyen al oscurecer el aviso ya saben que han de presentarse voluntariamente en la mañanita del siguiente día.

¡Y pobre del que reacio se mostrase!

Al infierno iría de cabeza cuando se muriese ó tendría que dar al cura una cantidad no despreciable para la remisión de tan atroces penas, sin prejuicio de purgar preventivamente el desacato en la cárcel del pueblo ó soltar algunos pesos, aunque para reunirlos fuese preciso vender á su amigo más fiel, al borriquito.

Sorprendentes son los ejercicios de equilirio que el indio se ve obligado á hacer para sembrar aquellas tierras. Excuso decir que ni bestias ni arado pueden ocuparse en las faenas agrícolas de la quebrada; mas como el indio es ingenioso para cuanto le conviene, aunque sea indolente y flojo para el blanco, ha ideado una manera de hacer surcos, pesadísima, interminable y fatigosa, pero de buen resultado y única dadas las condiciones del terreno.

Calza la reja del arado en un palo largo y fuerte, dejando las orejas de la primera bastante salientes para poder enterrarla apretando con el pie izquierdo ó derecho, según la dirección; clava la reja, la hunde cuanto sus fuerzas le permiten y baja el mango echándose de pechos sobre él cuando el suelo está fuerte y sale la reja levantando la porción de tierra que inclina al lado conveniente, quedando así formado el surco tan hondo como sea menester.

Si un indio solo tuviese que cultivar mucho terreno de quebrada, seguramente pasaría el año arando y podría recoger el fruto primero sembrado, cuando terminase el último surco; pero como no tocan á grandes porciones de tierra, aprovechan el trabajo empleado.

No pudo soñar Virgilio para sus Geórgicas herramientas de labranza más primitivas ni raras que las usadas por el indio; y si bien es verdad que el padre didáctico de la agricultura se asombraría hoy, viendo arados de vapor, segadoras, trilladoras y demás instrumentos de utilidad y precisión, no es menos cierto que desecharía por rudimentarios los aperos que usan los descendientes de los Incas.

¡Y que les vayan con otros!

Mientras el taita Lloveras nos refería mil cosas respecto á usos y costumbres de aquellas gentes, caminaban nuestros caballos quebrada abajo y de veras que la tormenta nos alcanzaba.

En la opuesta ladera retumbaban los truenos, cuyo ruido venía de rechazo á estrellarse en nuestros oídos, descendiendo pausadamente por las ondulaciones y el cauce del río, cuya impetuosa corriente serpenteaba entre rocas y guijos con inusitada violencia.

Como los truenos tableteaban chocando encajonados en las estrechísimas gargantas de la aneróidea quebrada, empalmábanse el morir de uno y el apuntar de otro, infundiéndonos verdadero espanto.

Los relámpagos despedían vivísimo centelleo, y de vez en cuando hería nuestra retina el culebreo de una chispa que nos obligaba á cerrar los párpados apretándolos mucho.

Los caballos sacudían la cabeza moviendo nerviosamente las orejas, y resoplaban tascando el freno, que á duras penas contenía los ímpetus que la electricidad les comunicaba.

Fueron las nubes de plomizas tornándose negras, y la obscuridad nos impedía ya divisar la opuesta ladera, de vez en cuando iluminada por una centella que nos hacía lanzar gritos ahogados y miedosos.

Por fin las nubes se rasgaron comenzando á soltar cubas de agua sobre la tierra: aquello no era llover; era vaciar nieve líquida, y arrojar granizo con fuerza contra nuestras fisonomías, que no por muy embozadas dejaban de recibir alguna peladilla helada que nos hacía ver las estrellas.

¡Corramos para guarecernos en aquel chalet! Dijo nuestro cariñoso compañero.

¡No corramos, por Dios!, grité yo; los rayos persiguen á los cobardes; acortemos el paso.

Llegamos sin apresurarnos á lo que el taita con muy buena sombra, llamara chalet, y que no era sino una cabaña hecha de adobes, á la cual daba acceso un hueco tan menguadito que nos fué preciso entrar casi á gatas.

La primera operación se redujo á vestir las monturas con nuestros impermeables, pues que lo peor del caso hubiera sido que se mojasen, y cuando cada cual se hubo cuidado de lo más importante, que era su respectiva cabalgadura, nos apercibimos de los infinitos seres que se hacinaban en aquella choza.

Había frente á ésta unas peñas llenas de agujeros apenas perceptibles, en donde era fama que anidaban vizcachas en abundancia, especie de liebres pequeñas, de carne sabrosa, pero que repugna á muchos europeos, sin que se me alcance el porqué de la repugnancia.

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LOS AMORES DE SAN ANTONIO (continuación)

EVA CANEL

 

Publicado originalmente en

La Ilustración Artística

Barcelona, 24 de noviembre de 1890. Núm 465

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