EL DRAGÓN EN LAS ASCUAS

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EL DRAGÓN EN LAS ASCUAS

Peleábase reciamente en Navarra, en 1794, contra los franceses. Habían éstos ocupado el Baztan y amenazaban Pamplona y las Castillas; las fuerzas españolas, al mando del general Caro, habían tenido que ponerse á la defensiva.

Entre otras tropas tomaba parte en la campaña contra los republicanos un regimiento de dragones, distribuido en numerosos destacamentos A lo largo del Arga. Uno de esos destacamentos al mando de un teniente estaba acantonado en Puente la Reina.

El teniente era joven, guapo y emprendedor; en conquistas femeniles podía rivalizar con el Burlador de Sevilla, y habíanse rendido á sus bizarras prendas lo mismo las duquesas de la corte que las Dulcineas de los villorrios, por lo cual hubo de irritarle en alto grado la resistencia que opusiera á su amoroso asedio una preciosa casera de las cercanías de la villa antes nombrada, tanto más en cuanto la tal, cuyo nombre era Fermina, no contaba con más defensa que su innata virtud, por hallarse á la sazón ausente su marido, supónese que por dedicarse al negocio del contrabando.

Así transcurrieron cuatro meses hasta que, por fin, pareció ablandarse algo el corazón de la zahareña navarra, que era en verdad digna de ser adorada por cuantos de amadores de lo bello se preciaran, pues según cuentan las crónicas, ya que el autor no tuvo el honor de conocerla ni se conserva de ella ningún retrato, era de bien proporcionada estatura, con opulentísima cabellera castaño oscura, frente que semejaba á un cuarto de luna en su creciente, ojos garzos, la nariz algo incorrecta en sus líneas, pero con eso más bonita aun, labios que merecían compararse con el arco de Cupido y en cada comisura una especie de amoroso repliegue redondito que ejercía inexplicable atractivo; la piel de un blanco mate; el torso digno de la Venus de Médicis, pues aun no se había descubierto la de Milo; cintura esbelta, manos pequeñas y finas. El traje, si modesto, limpio y bien cortado; en la cabeza una peineta de desaforadas dimensiones, aunque harto necesaria para sujetar el abultado rodete de aquel pelo que, según parece, constituía una inocente vanidad de su propietaria.

No sabemos como fué, pero ello es que un anochecer de octubre hallábase la Fermina en la casería, departiendo en el zaguán con el gallardo militar, como si se despidieran tiernamente, cuando se oyó rumor de pasos que iban acercándose presurosamente hacia allí.

La casera se estremeció y con voz embargada por el espanto dijo al apuesto galancete:

—Ven, corre, escóndete ahí. ¡Es mi marido!

Algo se resistió el otro, pero la mujer, que era recia y forzuda, le metió casi á empujones en una reducida cuadra donde en otros tiempos se albergaba el jaco del casero, y cerró la puerta, metiéndose la llave en el bolsillo, á tiempo en que aparecía en el umbral del zaguán la silueta de un hombre. Fermina se adelantó entonces hacia él y se arrojó en sus brazos, recibiéndola el otro con marcada frialdad.

—¡Te vi venir desde arriba, Pablo!—exclamó la mujer.

—¿Estabas sola?—preguntó el hombre.

—Sí, sola. ¿Con quien quieres que estuviese?

—Como tienes aun la puerta abierta, y ya anochecido…

—Es verdad. Se me había olvidado. Pero hablemos de ti. ¿Cómo estás? ¿Te encuentras bien?

—Traigo mucho cansancio y mucho frío. Dame la llave de la cuadra; hay allí leña y paja y subiré alguna para encender fuego.

—¿La llave…? Pues… mira tú… desde hace dos ó tres semanas la perdí… Como no hacía falta no he mandado hacer otra.

—Déjalo entonces,—dijo el hombre;—pero tengo frío, y quiero calentarme.

Y cogiendo un hacha que había colgada de la pared del zaguán entre otros aperos de labranza, salió de la casa, y dirigiéndose hacia un olivo comenzó á descargar golpes contra el tronco, hasta que lo derribó, haciéndolo luego astillas y leños que entre él y su mujer fueron trasportando al zaguán.

El hombre con la mayor flema, subió al piso y se metió en un zaquizamí, donde dejó caer el montón de leña que llevaba en brazos.

—Anda por más,—dijo á su mujer.

Obedeció la mujer, y mientras estaba ausente, rompió á hachazos un corto espacio del pavimento, cayendo el cascajo en la cuadra donde estaba el teniente y formándose luego un regular agujero.

Al volver la mujer, pálida y temblorosa, con una brazada más de leña, exclamó sin poder ocultar su terror:

—¿Vas á encender fuego aquí? ¿Por qué no vamos á calentarnos junto al hogar?

—No; quiero calentarme aquí. Además hay aquí muchos bicharracos y con eso les achicharraremos, y sacándose del bolsillo pedernal y pajuelas, consiguió echar lumbre, arrimó luego á la pajuela un puñado de paja y en poco tiempo comenzó á arder la hoguera.

El casero, sentado, mientras su mujer, de pie detrás de él, se retorcía las manos con desesperación, comenzó con un palo á hacer caer brasas por el agujero.

De pronto oyóse un estornudo que procedía de la cuadra.

—Ya sabía yo que había bicharracos por aquí. Fermina,—dijo con la mayor tranquilidad.

Y levantándose, hizo caer por el agujero un montón de brasas encendidas, al mismo tiempo que se oían fuertes golpes contra la puerta de la cuadra.

La mujer, lanzando un grito, se lanzó por la escalera abajo, pero el hombre siguió tras ella y cogiéndola brutalmente la derribó en tierra.

Oíanse horribles gritos en la cuadra, voces de misericordia, hasta que, por fin, cesaron.

El casero hizo levantar entonces á su mujer y la llevó ante la puerta, que cayó al suelo, ardiendo.

—Mira el dragón,—exclamó señalando un informe bulto negro, que ardía entre la infernal hoguera.

Ha querido meterse aquí y ha ido á caer en las ascuas.

Fermina, loca de horror, cayó al suelo sin sentido; el casero la dejó allí, arrojó cubos de agua en el incendio hasta que quedó dominado, y volviendo luego al lado de la desdichada, que no había recobrado aun el conocimiento, la dio con el pie y murmuró:

—¡Bribona! Ahí te quedas.

Un momento después desaparecía Pablo, de quien es fama se embarcó para América, no volviéndose á saber de él.

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Alfredo Opisso i Vinyas

Publicado originalmente en

IRIS

BARCELONA, 30 de septiembre de 1899. Num 21.

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