EL JURAMENTO

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EL JURAMENTO

Por fin, después de tantos años de lucha había conseguido Joaquín Baeza sujetar decididamente la rueda de la fortuna. Sus zarzuelas en un acto le hacían ganar muy buenos cuartos; los últimos trimestres había cobrado treinta mil reales.

Ya era rico, pues, y se podría casar. Queríale ella de una manera loca, y jamás hubiera pospuesto el instante del casorio al estado de fondos de Joaquín, pero la familia se había negado hasta que el futuro pudiera contar con una posición segura.

Enriqueta, que así se llamaba el ídolo del afortunado zarzuelista, contaba entonces veintiún años, cuatro menos que el novio. Pertenecía á una familia de hacendados de Jaén, que residían en Madrid, y tenían ciertas ínfulas aristocráticas por su parentesco con un marqués consorte, y por lo mismo no veían con buenos ojos que su pimpollo se casara con un chico del teatro. Sólo cuando éste alcanzó repetidos y fructuosos éxitos, se dignaron D. José Naranjo y su esposa D.ª Lucía cesar en su oposición.

El casamiento se fijó para el invierno próximo; comenzaba entonces el verano, y la niña necesitaba tomar baños de mar.

Fueron los Naranjos á San Sebastián, y allí se presentó también Joaquín Baeza, no precisamente á tomar baños sino á acompañar á su novia. Con todo, acabó por hacer como los demás, y se zambulló en el líquido elemento.

Al día siguiente experimentó algunos golpes de tos; un constipado. Fué llamado el médico.

Era éste joven, y gozaba reputación de muy inteligente. Al saber que tenía el honor de tomarle el pulso á D. Joaquín Baeza, el autor de Las camareras y de la famosa Mari-Blanca ó los aguadores de antaño y Sacristanes apicarados, el grande exitazo de la temporada, redobló al parecer su atención en el examen del paciente.

—Mi querido D. Joaquín,—acabó diciendo,—es preciso cuidar eso…

—¿Cómo? ¿Acaso estoy malo de veras?

—No… pero… hay que precaverse. No le conviene á usted tomar más baños de mar. Lo mejor sería que se llegara usted hasta Panticosa. Le probarían á usted mucho aquellas aguas.

¡A Panticosa! ¿Qué pensaba, pues, aquel mequetrefe?

Baeza se enfadó tanto que le envió recado de que no volviera, y envió á buscar á otro médico.

Este era viejo, y al parecer ignoraba que hubiera en el mundo Camareras y Mari-Blancas. La visita fué breve.

—Está usted amenazado de una tisis,—le dijo.—Hay que defenderse como se pueda; vida tranquila, quieta; buena alimentación; evitar los calores y los fríos excesivos. Si pudiera usted trasladarse á Málaga sería lo mejor.

Dejó una receta, se despidió secamente y dijo que en caso de novedad volviesen á llamarle.

Joaquín Baeza quedó aterrado. ¡Estaba tísico! ¡Estaba condenado á muerte! Todos sus sueños de ventura se habían disipado… Pero ¿y ella? Disimuló cuanto pudo, aunque sin poder ocultar su tristeza.

No volvió á tomar baños. La tos no cedía; se cansaba subiendo escaleras. Un día, poco antes de regresar á Madrid, echó por la boca algunos esputos de sangre.

—Bueno, bueno,—se dijo,

—Me quieren echar. Eso ha sido cosa de alguno de esos currinches á quienes he ahuyentado de las tablas. Se han vengado propinándome una tisis.

Ya en Madrid fué otro cantar. Los médicos de San Sebastián eran unas acémilas.

Envió á llamar á su amigo, Pepe Márquez, especialista en enfermedades del pecho. Se le echó á reír. Tan tísico estaba él como el Felipe III de la Plaza Mayor.

Baeza se puso loco de alegría, sólo que al día siguiente volvieron los esputos. Pepe Márquez dijo que aquello era su salvación.

Aumentó el cansancio; se fué el apetito. Vino otro médico, y declaró que la cosa no tenía compostura.

Decía que á él no le gustaba engañar á nadie. Ya en esto se había echado encima el otoño, con sus vendavales, sus variaciones y sus repentinas ráfagas de aire frío. Joaquín estaba perdido. Pidió una entrevista á Enriqueta, la primera que le pedía. Viéronse al anochecer, al salir ella de visita en casa de unas amigas.

—Enriqueta, yo me voy á morir pronto.

—¡Joaquín! ¡Por Dios! ¡No digas eso!

—¿Me quieres?

—¡Puedes dudarlo! ¡Hasta la muerte!

—Eso es lo que pretendo… Si muero ¿morirás conmigo?

—Te lo juro, Joaquín. No será ¡oh! no, no lo querrá Dios, pero el día que tú mueras, moriré yo!

—Gracias, Enriqueta. ¡Ya sabía yo que me dirías eso!

Al día siguiente, Joaquín se acostó, pues no podía ya tenerse en pie. Fueron á visitarle los Naranjos, y quedo, muy quedo, más con los ojos que con los labios, repitiéronse los amantes la promesa.

La enfermedad siguió un curso rápido. Enriqueta, una tarde, se presentó sola en casa de Joaquín.

No había en la habitación más que su criado; el enfermo lo alejó con un pretexto.

—Enriqueta,—murmuró,—¿te acuerdas de lo prometido?

-Sí.

—¿Me acompañarás en la muerte? ¡Lo quiero! ¿Oyes? ¡Lo quiero!—exclamó con los ojos brillantes por la fiebre, mientras la cogía fuertemente una mano con la suya abrasadora.

—Joaquín… no digas eso.

—Mira,—exclamó el enfermo, enseñándola un frasquito lleno de un polvo blanco.—Con tomar nada más que la mitad de lo que hay aquí morimos los dos rápidamente, sin sufrir. El médico me lo daba para quitarme los sudores y servirá para quitarnos la vida.

¡Morir! ¡Morir ella! ¡Tan joven, tan exuberante de salud, tan hermosa! ¿Qué exigía aquel hombre?

¿Qué pacto infernal quería llevar á cumplimiento?

—¡Oh! ¡No! ¡No! ¡Adiós!—exclamó Enriqueta poseída de un terror horrible; desprendiéndose violentamente de las manos de Joaquín, y abriendo la puerta precipitóse por las escaleras.

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Saltó del lecho Joaquín, loco de ira, y cayó al suelo en cuanto dio dos pasos muerto.

Alfredo Opisso i Vinyas

Publicado originalmente en

IRIS

BARCELONA, 26 de agosto de 1899

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