VIBRACIONES

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VIBRACIONES

La opinión que se tenía en los círculos literarios del carácter distintivo de Julio Santavilla era unánime: Santavilla era un escritor vibrante; no bastaba brillante, y además tampoco podía decirse con motivo de la consonancia.

Dicha reputación era, como no podía menos, muy merecida, y ganada en buena lid. Los versos, los párrafos de Santavilla vibraban de la manera más evidente, á lo cual no contribuía poco el frecuente empleo que hacía de las palabras derivadas de vibrar, así las contenidas en el Diccionario como las formadas por él, v. gr.: vibrancia, vibratibilidad, revibrando, etc.

Pero ya no se contentó Julio Santavilla con ser lo susodicho en lo literario, sino que creyó del caso deber acomodar también su tan decantado vibracionismo á la vida común ú ordinaria, traduciéndose en su manera de andar, de comer, de hablar y de llevar el bastón.

Aquel estremecimiento fibrillar de la carne palpitante, aquellas sordas ondulaciones del éter en las esferas psíquicas del ser, aquellas titilaciones de lo inconsciente en las confusas vaguedades del protoplasma acabaron por comunicarle una sensibilidad radiométrica, de tal manera que no tenía momento de sosiego.

Las mujeres, sobre todo, le tenían hecho un alambre de telégrafo; por él pasaban de continuo un sinnúmero de corrientes, siendo vanos sus esfuerzos para aislar la comunicación. Ir por la calle era para él como exponerse á la acción de una continuidad de descargas eléctricas. ¡Cómo se retorcían los átomos oscuros de su red nerviosa no al contacto, sino por la visión á distancia, —como si dijéramos el telégrafo sin hilos,—de cualquier hembra de mistó, barbiana, moza juncal, gran dama, ó que tal le pareciera! Nunca como entonces vibraba Julio Santavilla, y en menos de un segundo ya tenía aderezada la frase descriptiva y hecha la operación de la caracterización estética de la Dulcinea. De ahí que cuando vaciaba sobre el papel sus emociones fuese su letra tan vibrante que tuviera que menester treinta ó cuarenta cuartillas para exhalar sus sentimientos; había líneas con una sola palabra; cuartillas con solo tres líneas. Era el rayo trazando surcos en el espacio; la ola gigantesca barriendo de un golpe una extensión de tres kilómetros.

Bien mirado, sin embargo, tanto y tanto vibrar acababa por hacerse insoportable, y no faltaban lectores, pertenecientes al gremio esencialmente burgués de chocolateros, ó al no menos mesocrático de almacenistas de loza, que después de leer el cuento, la evocación, la novela corta, la ráfaga ó la instantánea de Julio Santavilla, acabasen preguntándose con mal humor:

—Bien, ¿y qué ha dicho ese mequetrefe después de gastar tantas palabras?

Había que confesar, efectivamente, que Santavilla decía poco; pero aquellos mentecatos no comprendían toda la sugestividad de sus producciones literarias, que era precisamente el escondido mérito que tenía el vibrante escritor. La única nota que cultivaba era el adulterio (tema novísimo como ningún otro), y había que ver de que manera se ocupaba Santavilla en tan interesante asunto; como le echaba toda la culpa al aborrecible Yorick y sublimaba á Alicia y Edmundo. ¡Cómo vibraba al cantar á Paolo y Francesca, bajo los nombres de la señá Menegilda y el Patas! ¡Cómo se elevaba á la región de lo superiormente bello al tergiversar el argumento de El Nudo Gordiano, haciendo de ella una cigarrera y de él un simón!

Así duraban las cosas desde hacía un quinquenio cuando una noche, en el teatro, hubo de sentir Santavilla que la acostumbrada corriente eléctrica le sacudía más que de ordinario; difícil le era precisar su origen, pues no sabía si venía de la señora que tenía á su lado, en la butaca contigua, ó de la segunda corista de la derecha, ó de una jamona de un palco inmediato, ó de la tiple, que iba tiznada (pues se estaba echando el Dúo de la Africana), ó bien de una señorita que ocupaba un asiento de la delantera de la galería, hasta que, por fin, pudo convencerse de que la corriente procedía de una butaca algunas filas más atrás, que no había visto hasta entonces. La pila tenía la forma de una preciosa niña cursi, que iba escoltada por una mamá horrorosa.

Santavilla se estremeció, pues tuvo la seguridad de que estaba perdido para siempre. En cuanto miró á la señorita dejó de vibrar. Comprendió que tenía que casarse con ella.

Y se casó, con quince duros al mes, teniendo que ir á vivir al hogar paterno de su suegra.

¡Oh arpa de cuerdas flojas! ¡violín sin clavijas! ¡polichinela sin hilos! ¡acordeón sin llaves! Desde que Julio Santavilla se casó con Julieta Villasanta se acabó todo. Se quedó hecho un poste; nada le emocionaba; jamás hubo parecida alma de cántaro; era insensible á todos los reactivos; oyó la Novena Sinfonía sin escucharla y le leyó á su suegra los presupuestos de Villaverde como sí rezara la letanía.

Llegó el adulterio, y ni por esas. Julio supo que Julieta se la pegaba con un fabricante de almidón, y en vez de vibrar se fué á dormir. Era una brújula sin la aguja imantada; un termómetro sin mercurio; una caldera sin vapor. Habíase cumplido en él la ley que condena al desgaste á los objetos demasiado usados. Tanto había vibrado que acabó por no moverse de su sitio aunque llovieran rayos.

Julio Santavilla dejó de ser poeta, periodista, novelista y crítico para abrazar la profesión de escribiente del Ayuntamiento, en el negociado de Empedrados. De todo su pasado literario sólo conserva el cargo de apuntador en un teatro de aficionados, en el cual Julieta hace de primera dama y el fabricante de almidón de galán joven; sin embargo, un día en que se representaba D. Juan Tenorio se le permitió hacer el papel de Comendador.

Julio ha engordado, y por mandato de su suegra ha dejado de fumar y se ha afeitado la barba. En las pasadas elecciones de concejales fué interventor ministerial y tomó resignadamente cinco duros que le dio, como propina, D. Eulogio, el fabricante de almidón, por haber obtenido 15,759 votos, sin haber ido á votar más que tres personas y dos policías. Santavilla está resignado con su suerte y se consuela de su actual inercia al pensar en lo mucho, en lo excesivamente que vibró antes de conocer á Julieta. Necesitaba descansar.

sep6Alfredo Opisso i Vinyas

Publicado originalmente en

IRIS

BARCELONA, 2 de diciembre de 1899

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