MIGNON

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MIGNON

No recordaré el día, ni citaré la fecha de cuando ocurrió lo que voy á referir; además, apenas si me viene á la memoria cuándo fué. Lo que no he dado al olvido ha sido la invencible aversión, que desde que empecé á leer me inspiraron cuantas narraciones principiaban con la frase sacramental de: Era una hermosa mañana, etc.; ó bien: Corría el mes tal de tal año, y como son numerosas las que empiezan de manera tan peregrina, es inútil asegurar que comencé la lectura de muchas y acabé muy pocas.

La casualidad me llevó un día á una de esas indescriptibles y alegres fiestas campestres que sirven de solaz al pueblo; la impresión que sentí difícilmente podré olvidarla. Parecíame más bella la naturaleza; seductor como nunca el panorama que admiraba, grandioso y poético cuanto abarcaba la vista. Involuntariamente di en discurrir sobre los opuestos contrastes que resultan entre una fiesta del gran mundo, toda ficción, y una fiesta del pueblo, toda realidad; porque efectivamente, ¿qué tiene de natural una fiesta del gran mundo, cuando la primera condición para asistir á ella, es presentarse revestido de una seriedad que raya en caricaturesca? Entramos en un suntuoso salón: y artificial es la luz que despiden las mil bujías y lámparas suspendidas en artesonado techo; ilusión nada más, los lienzos cuyas pinturas parecen animarse á nuestros ojos; obra ficticia, los primores de arte que admiramos; pobre remedo de hermosas flores, las que campean en la mullida alfombra; artificial la tibia atmósfera que se respira, saturada de perfumes artificiales á su vez; reflejándose igual carácter en los ceremoniosos obsequios tributados por pura cortesía, en los saludos de mera fórmula, y hasta en las mentidas beldades que podríamos llamar policromas…

En cambio una fiesta del pueblo tiene el irresistible atractivo de la realidad. ¡Qué brillante cuadro el que se presenta á la vista! Hermoso y sereno el cielo, inundado de luz; dilatada alfombra de mágicos colores; árboles frondosos; pájaros que, ocultos entre las ramas, gorjean en melodioso concierto; saltos de agua que se despeñan cual argentada sábana; fresco y perfumado ambiente; por doquier alegres y bulliciosos grupos, y para completar tan gratas impresiones, común fraternidad entre la multitud, confundida en una sola aspiración.

Así discurriendo y así vagando el pensamiento, encontrábame á poco trecho del sitio donde tanta animación reinaba, cuando vino á sacarme de mis reflexiones una pobre muchacha, de rostro tan triste y traje tan andrajoso que no pude menos de acordarme de Mignon (1) al verla.

Morena la tez, negros los rasgados ojos, y de vivo carmín los labios mal cerrados para dar paso á fatigosa respiración, ocultaba pudorosamente con su negra cabellera los desnudos hombros. Todo su vestido lo componía una rota saya, que, por lo corta, no alcanzaba á resguardar sus pies descalzos. Mignon, que así la llamaré, sostenía con ambas manos un violín que permanecía mudo; mientras el débil cuerpo de la niña descansaba apoyada en el tronco de copudo árbol cuyas frondosas ramas le ocultaban á los rayos del sol.

Llegué á ella y la dirigí la primera pregunta que se dirige á los niños:

—¿Cómo te llamas?

—Lo ignoro,—me contestó.

Su acento saboyano me reveló su origen; mas, sin embargo, insistí diciendo:

—¿Eres saboyana?

—No lo sé,—repuso.

La parquedad de sus contestaciones no me desanimó y repliqué:

—¿Tienes padres?

—No me lo han dicho,—contestó con mayor sequedad; y viéndola fijar en mi sus grandes ojos con aterradora angustia, adiviné que mi interrogatorio la hacía quizás sufrir.

—¿Quieres venirte conmigo á la capital?—la dije.—Haré que te vistan como es menester, pues tal como vas debes sentir mucho frío.

—¿Que yo os siga? ¡lmposible!—exclamó.—Si me vieran me prenderían otra vez; no quiero.

—¿Te prenderían otra vez?—repetí.—Luego tú has estado presa ya…

La pobre muchacha se echó á llorar amargamente, y entre sollozos y quejas, díjome estas ó parecidas palabras:

—¿Me creéis saboyana? Razón tenéis, pues allí nací en efecto, pero balbuceaba apenas cuando unos hombres me llevaron con ellos, haciéndome recorrer el mundo entero.

Donde quiera que llegaba, ¿sabéis lo qué hacía? Bailar en calles y plazas al son de este violín. ¡Cuántas carcajadas oí! ¡Cuántas palabras insolentes hirieron mis oídos! Si hasta en los seres ruines brota un sentimiento de amor propio, ¿qué mucho que brotara en mí cuando me di cuenta de mi desdichada condición? Me rebelé resueltamente contra el yugo infame que me sujetaba, pero sólo conseguí que mi opresor redoblara sus crueldades para conmigo. Un día huí de su poder; pero al poco tiempo me recobró y excuso ponderaros la barbarie con que desde entonces fui tratada; me fugué de nuevo, hará próximamente dos meses, y desde entonces no he abandonado este sitio. Día y noche permanezco bajo este árbol, y cuando menos no hallo en los elementos tanto rigor como hallé en aquella fiera humana.

—Pero aquí, ¿de qué vives?—la pregunté.

Mignon continuo:

—Cuando rendida por fatigosa carrera caí exánime al pie de este árbol, sentí poco á poco que me abandonaban las fuerzas, llegando a perder todas mis facultades. Al recobrar los sentidos, quédeme sorprendida al ver junto á mi á un pobre niño que me abrigaba con su vieja y gruesa chaqueta y me contemplaba con profunda conmiseración; luego, se alejó, volviendo al anochecer con una cestita que contenía las limosnas recogidas por él durante el día y compartió conmigo su pobre comida. Maravillábame el verle silencioso siempre, por más que aumentasen de cada instante más la compasión expresada en sus ojos y la dulzura pintada en su semblante; pero sus labios no se desplegaban… ¡Por señas me hizo comprender, por fin, que era mudo, ya veis, pues; la única palabra de compasión que hubiera podido regalar mis oídos, no podía, ni podré oírla jamas! Su bondad no se limitó á aquella sola ocasión diariamente viene á este sitio y juntos partimos nuestras limosnas. Comprended, pues, que es imposible que yo abandone este sitio. ¿Qué otro hallé jamás tan hospitalario y que mayor seguridad me ofreciera? ¿Y como abandonar á mi pobre bienhechor?

Me alejé de Mignon prometiéndola volver á verla á los pocos días. Sin embargo, contra mi voluntad, tardé un mes, y al hallarme de nuevo donde la había dejado, vi abandonado el árbol y abandonado también el violín. Cuando lo recogí entre mis manos, levantáronse de su hueco dos alondras que remontaron su vuelo hacia el infinito.

¡Pobre Mignon!

ANTONIA OPISSO.

Publicado originalmente en

La Ilustración Ibérica

Barcelona 7 de abril de 1883

(1).-Suponemos que la autora hace referencia a la ópera de título MIGNON, opéra cómica en tres actos, con música de Ambroise Thomas y libreto en francés de Barbier y Carré, basado en la novela Wilhelm Meister de Goethe.

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