EL CARNAVAL DE BUENOS AIRES

carnaval_baile8

EL CARNAVAL DE BUENOS AIRES

El Carnaval, ese vértigo de la vida, esa suspensión del juicio, esa corriente bulliciosa de las pasiones, ante la cual se levanta el telón del escenario humano, tiene en la capital de la República Argentina una fisonomía especial.

El Carnaval de allí, sin parecerse á ninguno en su conjunto, tiene algo del de muchos países en sus detalles.

Se refleja en él el cosmopolitismo de aquella hermosa tierra que baña el Plata con sus aguas.

Días antes, los principales círculos y las casas de la primera sociedad porteña, que están en lo que llamarían rúa los catalanes y coso los romanos, preparan sus salones, los engalanan convenientemente, y encargan de antemano á las confiterías del Gas ó del Águila pastas, dulces, fiambres y ricas botellas de licores y vinos, como días antes también el Municipio se cuida de las instalaciones de gas y banderas, en las calles más principales.

El aspecto que presenta la hermosa calle de la Florida en las tres noches de Carnaval, no puede ser más bello.

Multitud de arcos de gas que van de lo alto de las casas de una á otra acera, forman un verdadero túnel de luces, sobre el que ondea gran número de banderas de todos los países del mundo.

Pasan por bajo ellas las comparsas, ya á pié, ya á caballo, ya en carros, ya en coches, que celebran el reinado de la locura, el imperio de la careta, la época en que se rinde más culto al dios Momo.

Es de admirar las bellas cabalgatas que cruzan el coso.

Tiempo hubo en que rivalizaron éstas con las muy célebres de Roma, en donde goza fama de presentarse el Carnaval con mayor brillantez que en ninguna parte, sin olvidar por esto á Barcelona, el país del arte y del buen gusto en España, allí donde transitan por la rúa, ya grupos de máscaras con trajes de un perfecto rigorismo histórico, ya cabalgatas de asuntos en que campea la inspiración del artista, y cuyos vistosos trajes son dignos de las figuras de cualquier cuadro de una obra de espectáculo ó cuento de Las Mil y una noches.

Pero sobre todo esto imperan los bailes de Carnaval en Buenos-Aires, la great attraction de la temporada carnavalesca, desde los públicos, verdadero desbordamiento de máscaras ellas, de baja estofa, hasta el club del Progreso, rendez-vous de la más alta crême de la aristocracia.

El club del Progreso se convierte durante los bailes de Carnaval en un verdadero Paraíso lleno de Evas distinguidísimas, no menos tentadoras que la primera de su sexo que apareció en el mundo.

La mujer argentina que pisa los salones del primer club de Buenos-Aires reúne á la tentación de sus encantos físicos, que se traslucen á través de su antifaz, su educación esmerada, el espiritualismo de sus frases, lo vivo de su imaginación y su buen talento.

En esos días tiene completa libertad en la elección de parejas.

Así es la costumbre, que se conserva muy á gusto de los dos sexos.

La porteña, que así se llama la hija de Buenos-Aires, es por extremo interesante en los bailes de Carnaval, sin las trabas del rigorismo de la sociedad argentina, en donde las muchachas apenas si pueden sostener con un joven esas vivas bromas en que se luce la discreción y la espontaneidad de la frase.

Por algún tiempo creí que la mujer argentina no participaba de la imaginación y el sentimiento de las demás americanas; pero en los bailes de Carnaval del club del Progreso y el Argentino pude convencerme de lo contrario.

Es la porteña, sin disputa alguna, una mujer ideal cuyo corazón palpita á los impulsos del amor con igual ímpetu que el de la cubana, la uruguaya, la chilena y la limeña, esa hermosa hija de la capital del Perú, cuya belleza se ha hecho célebre y cuyos chispeantes y rasgados ojos, semiocultos por el ropaje que usa, lanza sus rayos, hiriendo las pupilas del que levanta los ojos para mirarla.

El Carnaval en Buenos-Aires presenta al extranjero una novedad, reminiscencia de antiguas costumbres importadas allí por la madre patria: ¡Los pomos!

Los pomos son los que dan carácter al Carnaval porteño.

Un mes antes empiezan á llegar á Buenos-Aires gran cantidad de ellos, y otros se fabrican en la misma República Argentina.

Esos pomos, á semejanza de los que tienen los pintores para contener las pinturas ó los aceites de que se sirven, tienen aguas de olor, y apretados por el vórtice lanzan un chorro que va á parar con fuerza á larga distancia.

Los hay de varios tamaños y precios, y se considera muy desgraciado el que no compra siquiera cuatro ó cinco docenas de pomos para jugar.

El juego es de lo más fresco y retozón que puede darse.

Se juega con las niñas, es decir, con las pollas, que lanzan los chorros de sus pomos sobre el que pasa bajo sus balcones ó al lado de sus ventanas ó penetra en sus casas, y aquí entra la lucha, vamos al decir, el juego de los pomos.

No hay camisa, ni ropa, ni cara, ni nada que resista á aquella lluvia de agua de olor en medio de la algazara y de la risa de los combatientes y de los espectadores pacíficos, si por acaso los hay.

Algunos transeúntes tranquilos que no están para juegos, se ven precisados, si tienen que atravesar las calles de Buenos-Aires, á ir provistos de buenos impermeables para resistir el chubasco.

Los comerciantes y rematadores de la ciudad hacen su agosto en esos días, ó, mejor dicho, en esa época del año en que por fortuna el calor hace hasta cierto punto agradable el remojo, porque dicho se está que, hallándose cambiadas las estaciones en el Sud-América, el mes de Carnaval es uno de los más calurosos.

En la mayor parte de los establecimientos de Buenos-Aires se hacen remates de pomos, y apenas si se pasa por una tienda cuyos escaparates no estén llenos de ellos, y desde los cuales no se escuche la voz estentórea del rematador y el golpe del martillo.

Excusado es decir que la gente menuda no es la que menos compra pomos y acosa á sus familias para que le den plata (dinero), á fin de comprar uno de los más característicos emblemas del Carnaval.

En el último año, á pesar de los bandos severos de la autoridad, empezó á iniciarse una añeja costumbre; la de echar cubos de agua desde las azoteas y balcones á los transeúntes, lo que dio margen á varias cuestiones y á las reyertas consiguientes, habiendo tenido que lamentarse algunas desgracias.

También se arrojaban bolas grandes de una goma muy fina, que al dar contra la cabeza del transeúnte sobre quien eran asestadas, lo llenaban del agua que contenían.

¡Aquello era la mar!

La mar casi en todas las acepciones de la palabra, porque en las calles había agua por todas partes.

Verdad que la usanza fué importada de España, si bien hace ya muchos años, desde principios de este siglo ó fines ya del pasado, que ha desaparecido de entre nosotros, y sólo existe en algún pueblo de Andalucía y de otras provincias, no ya el empleo del agua para darle un bromazo al que pasa tranquilamente por la vía pública, sino el saquillo que, relleno de trapos por dentro y muy engalanado por fuera con cintas y cascabeles, se dispara contra el sombrero del que va por la calle, para tener el gusto de verle descubierto al aire libre contra su voluntad.

Pero es lo cierto que el Carnaval en Buenos-Aires, á pesar de sus pomos y sus cubos de agua, es animado por extremo y deleita sobremanera.

Presenta la ciudad un aspecto muy especial de movimiento y de alegría.

A los carros que durante el año cruzan de un punto á otro de la capital de Buenos-Aires trasportando de la aduana á los depósitos comerciales los productos de la industria de todo el mundo, suceden los carruajes llevando hermosas damas ricamente vestidas y comparsas de lujo; al silencio que desde el cierre de las tiendas á las diez de la noche reina en la capital argentina, sucede el bullicio que promueven las máscaras al ir á los bailes ó transitar por el coso: todo se cambia por completo, y la ciudad dedicada al comercio desde por la mañana hasta la noche, la esencialmente mercantil Buenos-Aires, parece en aquellos días el París que se divierte, de América, los Campos Elíseos, la Mi-Carême de la capital de Francia.

Pasada la semana del Carnaval, Buenos-Aires recobra nuevamente su aspecto severo, y nadie puede sospechar siquiera, al transitar por sus calles, que el día anterior era todo holganza, carcajadas y baile, y que los cascabeles del dios Momo repercutían por los mismos sitios en donde se alzan la Bolsa, los Bancos y la Aduana, y bullen centenares de hombres que se dedican con afán al negocio.

Quedan únicamente en los salones el perfume de alguna flor que yace en tierra, desprendida del tocado de una mujer; alguna cinta de un vestido; algún pedazo de raso de seda ó de tul; quizá un guante finísimo que ajustara una mano pequeña, suave, contorneada en el molde de otra Venus de Milo; la esencia desprendida de un pañuelo llevado á los labios de rosa de alguna dama; el antifaz que al contacto de la luz de su dueña pareciese resplandecer y brillar en medio de la alfombra, como si fuera la negra tela de la careta tisú de oro; el eco apenas perceptible de un vals de Strauss ó de una polka de Farhbach; las últimas estrofas de un idilio; la huella del placer; la sombra de la dicha de unas cuantas horas.

Eso tan sólo resta del Carnaval en Buenos-Aires; el recuerdo de un sueño de unos días.

ink6

PEDRO SAÑUDO AUTRAN

Publicado en su obra

NARRACIONES ESPAÑOLAS Y AMERICANAS, 1886

Segunda parte.

Narraciones y artículos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s