ANTE UNA CRUZ

zaida

ANTE UNA CRUZ

Cerca de Córdoba, en los alrededores de la ciudad de la Mezquita, que por espacio de tanto tiempo fué corte y residencia de reyes moros, se levanta una cruz de hierro sobre unas toscas piedras que la circundan.

El sitio es poco frecuentado.

No muy lejos de allí hay un camino vecinal por el que transitan día y noche los labradores cordobeses y los traficantes de la ciudad.

Aquel sitio tiene algo de melancólico y de poético.

Corpulentos árboles dejan caer sus espesas y largas hojas sobre el lugar de la cruz, que pregona una historia de amor de esas que hubiese cantado algún trovador si como yo la hubiera escuchado de labios de algún campesino, ó la hubiera encontrado escrita en algún pergamino.

En los famosos tiempos de la Reconquista, en que tanto abundaban las leyendas, las tradiciones y los hechos caballerescos, eran harto comunes los idilios de amor y las narraciones semifantásticas envueltas en el misterio de la noche.

aviEra la época en que los caballeros españoles peleaban por su patria, su Dios y su dama, y hervía en sus pechos la sangre de los grandes guerreros ardiendo con la potente llama del amor.

Moros y cristianos luchaban con igual entereza, disputando aquéllos el terreno que conquistaron y apoderándose éstos, poco á poco, del suelo de sus padres, ahora en poder de enemiga y extraña raza, de carácter, tendencias, religión ó idioma distintos.

La lucha era muy ruda y los alientos de los combatientes muy grandes.

Por entonces contaba el ejército que luchaba contra los moros cordobeses con un apuesto caballero, joven, de buen talante, diestro en las armas, de varonil y hermoso rostro, barba cerrada y discreta lengua.

Don Alonso Fernández era tipo acabado y perfecto del galanteador y del soldado distinguido y de corazón. Tanto lo era, que consiguió rendir una hermosura de esas que las calenturientas imaginaciones de los árabes colocan entre las huríes del Profeta, y los cristianos entre los ángeles del cielo.

Zaida era el colmo de la belleza, la Venus mortal, la encarnación de las fantasías árabes.

Blanca su cara como el turbante que rodeaba su cabeza, negros sus ojos como el sedoso cabello que en largas trenzas le llegaba hasta la cintura, era el bello contraste de la luz y la sombra, de la nieve y el ébano.

Se la admiraba como una obra de arte, se la amaba como una perfección y se la adoraba como una virgen.

¡Qué mucho que al verla Fernández, tras una de las ojivales ventanas de su castillo, se enloqueciera de amor por ella, y qué mucho también que la figura del gallardo cristiano quedase por siempre grabada en las pupilas de la hermosa mora!

Con exposición de su vida, á fuerza de dinero y de audacia, D. Alonso logró ponerse en comunicación con su amada, cuyo padre, ocupado en Córdoba en los preparativos de la defensa, se hallaba tiempo hacia separado de su hija, encomendada al cuidado de sus antiguos servidores.

Zaida pertenecía á la familia del mismísimo rey que mandaba en Córdoba, y su padre, como pariente y como soldado, como deudo y como uno de los más principales y denodados caudillos del ejército moro, tenía que dedicarse á las tareas que le alejaban de su castillo.

Don Alonso había conseguido que Zaida acudiese á sus citas, acompañada de una fiel esclava.

La noche cubría á los enamorados con su manto de estrellas, y diciéndose sus amores les sorprendían las primeras luces de la mañana.

En una de aquellas claras y esplendentes noches de Andalucía, de esas que cantan de manera tan elocuente el poema de ese país de dulzuras y de perfumes, D. Alonso entró en una capilla cristiana próxima á Córdoba llevando del brazo una mujer, cuyo rostro cubría un espeso velo.

El sacerdote echó el agua de la pila bautismal sobre aquella tapada, que había sido de antemano instruida en la nueva religión que abrazaba.

La tapada cayó de rodillas ante la cruz que se alzaba en el modesto altar de la capilla, y al jurarle un amor eterno á D. Alonso Fernandez, rezó por primera vez en su vida al Dios verdadero.

*   *

*

Los sucesos se precipitaron.

Las armas cristianas dieron un golpe certero á las árabes.

Lo mejor del ejército moro tuvo que replegarse á Córdoba.

Se intentó hacer una nueva salida y dar una batalla á los cristianos.

El padre de Zaida reanimó el decaído espíritu de los soldados del rey moro. Era un guerrero valeroso á quien aguijoneaban los contratiempos de la guerra en vez de desalentarle y condenarle á la inercia.

Fué de un lado para otro, invocó las antiguas glorias de los hijos de África, arengó las tropas y llevó á ellas la esperanza de la rehabilitación y del triunfo.

El adalid árabe vio coronada su obra por el éxito más feliz. Los soldados ardían en deseos de lanzarse de nuevo á la lucha y reconquistar el terreno perdido. Se encontraban en las mejores condiciones para combatir. Habían sentido en sus pechos la sagrada llama del entusiasmo y se hallaban fortalecidos y dispuestos á todo.

A la primera señal de su jefe se lanzarían como leones del desierto sobre sus valerosos enemigos, y así sucedió.

Empezó la lucha.

El ataque de los moros fué rudo. Era una verdadera avalancha.

El ejército moro parecía un rio desbordado de su cauce, que arrolla cuanto encuentra á su paso.

Las mallas de los cristianos no podían resistir al empuje de las lanzas árabes, cuyas puntas lograban penetrar hasta el corazón.

Hubo un momento en que los animosos cristianos vacilaron á pesar de su nunca desmentido valor. Les pareció el desastre inevitable.

Una pequeña fuerza que se había quedado atrás de reserva entró en la batalla con alientos sobrenaturales. Cada hombre era una fiera que hacía presa y destrozaba con sus garras al primer moro que encontraba.

moros1El ejemplo de aquella fuerza animó á la restante que, maltrecha, tal vez pensaba en la retirada, tal vez en una horrible y segura muerte, y acometieron con nuevos bríos al enemigo que, fatigado y debilitado por el extraordinario esfuerzo que había hecho, procuraba en vano hacer frente á las tropas cristianas.

La compañía de reserva que de tal manera se había distinguido y había hecho cambiar la faz del combate iba mandada por un bizarro caballero que, á la cabeza de su fuerza y dando ejemplo de valor heroico, esgrimía su espada, que echaba chispas al deslizarse sobre los cascos de los árabes al abrir brecha en sus cotas de acero, tiñendo al mismo tiempo de sangre sus blanquísimos alquiceles.

Un jefe moro que trataba, aunque sin conseguirlo, de reunir las dispersas fuerzas de su mando, se encontró frente del capitán de la compañía de reserva.

Ambos se arremetieron con furia. La lucha fué espantosa. El moro rodó al fin en tierra bañado en sangre.

Había caído para no volver á levantarse nunca.

Se había introducido en la línea de los cristianos y su cuerpo quedó allí sin que pudiesen recogerlo sus soldados, que al verlo caer acabaron por entregarse á la fuga perseguidos de cerca por los cristianos.

Se hizo de noche. Los cristianos volvieron al campamento.

Don Alonso se encaminó hacia el sitio en que le hablaba siempre á Zaida.

La luna bañaba con su luz de plata aquellos campos, teatro de la horrible batalla de aquel día y regados con la sangre de tantos valientes.

Al dar vuelta á un recodo que formaba el camino, un grito horrible, que espiró en la garganta de una mujer, se dejó oír en medio del profundo silencio.

¡Padre mió!—-balbuceó la voz.

Fernández creyó reconocer aquel acento desgarrador y dirigióse apresuradamente hacia el sitio de donde salia.

A la luz del astro que ilumina la noche vio una mujer hermosa, con la rigidez de la muerte y el calor aún de la vida, cuyo corazón había dejado en aquel momento de palpitar. La había asesinado el dolor.

La mujer era Zaida. El cadáver sobre el cual había caído, y á quien había llamado su padre, era el jefe moro muerto por D. Alonso.

El caballero cristiano estuvo á punto de perder la razón y de hacer compañía á los dos cadáveres que yacían á sus pies.

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El que después de este drama pasó por aquel sitio, vio siempre por la noche á un guerrero cristiano que rezaba y lloraba amargamente ante una cruz de hierro y postrado horas enteras de rodillas.

Un año más tarde un grupo de soldados llevaba en hombros el cadáver de un joven oficial que había muerto como un héroe en un combate contra los moros, y había dispuesto antes de espirar que lo enterrasen en el sitio en que

se hallaba la cruz de hierro. Era D. Alonso Fernández, el mismo que rezaba y lloraba todas las noches ante aquel sacrosanto signo de Redención.

PEDRO SAÑUDO AUTRAN

Publicado en su obra

NARRACIONES ESPAÑOLAS Y AMERICANAS, 1886

Segunda parte.

Narraciones y artículos.

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