Caricaturas.-EL AMOR

Luis Taboada

dibujos

de

Ángel Pons

Madrid

Manuel F. Lasanta

Editor

Calle de Mesón de Paños, 8

1892

elamor1

EL AMOR

(EPISODIO DE LA VIDA DE UN JOVEN SOLTERO)

Laura y yo nos amábamos, con permiso de la mamá, que parecía un guardia civil.

—Canseco—me había dicho ésta.—Mi niña es un ángel. Usted parece una persona de buenos sentimientos, aunque flaca; procure usted reponerse, y á ver si se casan ustedes pronto, porque á las chicas solteras no les convienen las relaciones largas.

—Señora—contesté yo:—esto de la delgadez es cosa de familia. Mi papá, que en paz descanse, parecía una bayoneta; pero estaba muy sano por dentro.

—De todos modos, á mi niña lo que le conviene es casarse.

Era Laura un ser excepcional, todo delicadeza, todo amor y ternura. Detestaba el bacalao; aborrecía las carnes y execraba las féculas. Su único alimento lo constituían las legumbres y una que otra yema de coco.

—¿Me amas mucho?—me preguntaba frecuentemente.

—Más que el cefirillo á la flor; más que la brisa á la fronda; más que el pájaro parlero á la rama en que ha nacido,—contestaba yo poseído de la mayor ternura.

Porque Laura era una joven poética, aunque tenía picado uno de los dientes de abajo.

¡Qué delicadeza de sentimientos! ¡Qué imaginación la suya! Amaba lo bello, donde quiera que existiese, y yo, que la obedecía en todo, había llegado hasta afeitarme el cogote, porque la enojaba la presencia de aquellos pelillos hoscos.

—Algunas veces la encontraba triste, con los ojos preñados de lágrimas y los brazos tendidos á lo largo del cuerpo.

—¿Qué tienes, bien mío?—la decía.

—¡Ay!—contestaba ella lanzando un suspiro hondo y prologando.

Entonces, doña Eduvigis, la mamá de mi dulce dueño, me llamaba aparte para decirme:

—Laura ha pasado una noche horrible.

—¿Por qué?

—Porque ha sabido que duerme usted con calcetines de lana.

—No lo puedo remediar, señora.

—Pues bien, mi hija no podrá dar su mano á un hombre que se entrega á esos procedimientos prosaicos.

—No es prosa, es abrigo.

—Basta, Canseco; ó prescinde usted de estas prácticas groseras, ó renuncia á la mano de Laurita.

¡Bien sabe Dios cuántos fueron los sacrificios que he tenido que hacer para conservar el amor de aquella joven, á quien amaba como un loco!

Leoncio, no fumes, me decía.

—Leoncio, no tengas destilación nasal.

—Leoncio, evita el sudor, ó todo ha concluido entre nosotros.

Quería que mi cuerpo fuese un ramo de perfumadas flores; y más de una vez, cogiéndome por la muñeca, exclamaba con la voz trémula y el semblante enrojecido por la indignación:

—Si supiese que usabas elástica de franela, sería capaz de todo: ¡hasta del crimen!

Una vez supo que me había untado con sebo la nariz para curar un resfriado, y al día siguiente quiso romper nuestras relaciones y darme con una palmatoria en la cabeza.

—Eres un monstruo de grosería—gritaba.

Sí, Canseco, es usted un monstruo—añadía la madre—Y todas estas cosas van á acabar con la salud de la niña.

Aquella existencia, llena de azares, no podía durar.

Por otra parte, á casa de doña Edivigis iba de visita un sujeto simpático y soez que había estado en Cuba veinte años al frente de un almacén de tasajo, y no se le había quitado el olor á carne salada.

El tal sujeto quería meterse en todo, y siempre me estaba preguntando de qué comía y por qué no trabajaba.

—¿Quiere usted dejarme en paz?—decía yo.

—Aquí en la península son ustedes unos holgazanes—replicaba él.—Yo, en Cuba, he hecho mi dinero á fuerza de puños y de sudor. Aquí no hay más que pillos.

—¿Se quiere usted callar?

—Lo único que saben ustedes es hacer cucamonas á las muchachas y hablarles de poesía y de necedades que no sirven para echar al puchero.

—¡Calle usted por Dios, don Cipriano!—decía Laura—Usted no es capaz de comprender lo que encierra un corazón cuando ama.

—Yo lo que sé, es que sin dinero no hay más que miserias.

Aquel hombre se me había sentado en la boca del estómago, pero doña Eduvigis le agasajaba y no permitía que le ofendiéramos en lo más mínimo.

—Es un poco ordinario, pero tiene mucho despejo natural—decía.—Ahora va á abrir una casa de préstamos sobre ropas y alhajas. Si no tuviera despejo, ¿cree usted que se hubiese decidido á semejante cosa?

Laura seguía atormentándome con su conducta poética.

—Leocio, ¿sudas?

—¡Jamás!

—Leoncio, ¿tienes sabañones?

—¡Antes la muerte!

—Leoncio, ¿es verdad que usas tirantes?

—Se me calumnia, Laura mía.

Una noche fui á ver á mi amada, y, según costumbre, doña Eduvigis me recibió en el pasillo de mal talante.

—¿Á donde va usted?—me preguntó.

—Al gabinete—contesté con la mayor naturalidad.

—¡Nunca!—dijo ella.

—¿Por qué?

—Laura está siendo víctima de un ataque de nervios. Usted la mata, Canseco.

—¿Yo?

—Ha sabido que es usted aficionado á las sopas de ajo.

—¿Y qué?

—Que mi hija no puede soportar tanta prosa, y quiere que las relaciones de ustedes concluyan para siempre.

—¡Cielos!

—Aquí tiene usted sus cartas.

Yo me apoyé en los muebles para no desplomarme sobre doña Eduvigis.

Y salí de aquella casa con el corazón destrozado.

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II

Un año después, caminaba á la ventura por las calles de la villa en busca de un amigo que me proporcionase los recursos necesarios para comprar un revólver.

Quería acabar con mi existencia. Desde que Laura había puesto mi corazón de patitas en la calle, la felicidad me negaba sus dones.

—¿Qué habrá sido de ella?—iba diciendo entre mí.—Tal vez á estas horas, comprendiendo que el mundo es todo prosa vil, haya buscado en las soledades del claustro la dulce poesía que ambicionaba su mente soñadora ó quizás viva en un bosque, arrullada por el gojeo de las avecillas… No; no puedo vivir bajo la presión de su recuerdo… ¿Por qué no he nacido espiritual como una sílfide? ¿Por qué me habrán gustado á mí las sopas de ajo?

Ningún amigo me facilitó el dinero necesario para adquirir el arma suicida.

—Acabemos de una vez—me dije con resolución.—Empeñaré la capa, puesto que para nada la necesito, y, con su producto, adquiriré el revólver que ha de poner fin á tanto sufriento.

Y entré resueltamente en una casa de préstamos.

—¿Quién despacha aquí?—dije, golpeando el mostrador con los nudillos.

Un hombre se presentó á mi vista. Más que un hombre, parecía un oso; tal era su fealdad y la abundancia de pelos que cubrían su rostro.

Di un grito de sorpresa, porque acababa de reconocer en aquel sujeto horrible á don Cipriano, el amigo de doña Eduvigis.

—¡Laura!—gritó el muy salvaje, sin fijar en mí la atención.—Deja la escoba y ven á despachar.

Una mujer desgreñada y sucia apareció detrás del mostrador. Venía envuelta en una especie de bata desteñida; al andar dejaba ver unas zapatillas deteriodadas dentro de las cuales ocultaba á intervalos los pies, mal cubiertos por unas medias azules llenas de puntos.

—¡Leoncio!—exclamó al verme.

—¡Laura!—dije yo, creyéndome víctima de una pesadilla horrorosa…

Y embozándome hasta los ojos, salí de la casa de préstamos, convencido de que el hombre que se suicida por amor es un solemne majadero.

Luis Taboada

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