LA ÚLTIMA NOCHE

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LA ÚLTIMA NOCHE

(1531)

—Maese Andrés, vuestra Cena de San Salvador supera á cuanto hasta ahora habéis pintado; igualáis á Rafael en el dibujo y le aventajáis en el color. Maese Andrés, desde ahora os aseguro la inmortalidad.

Andrés del Sarto se sonrió tristemente á estas palabras, que salían de labios de messire Gandolfo Cavalcanti, uno de los más conspicuos individuos de la bailía de Florencia. Pensaba, en efecto, que la inmortalidad le daría muy poco dinero, y lo que él necesitaba eran escudos y piastras; no que tuviese costosas necesidades que satisfacer sino para que estuviese contenta su Lucrecia, aquella Lucrecia della Fede, tantas veces reproducida bajo la forma de la Virgen Madre en sus maravillosos lienzos.

El gran pintor estaba de cada día más enamorado de su esposa, malvada sirena, en cuyo corazón sólo tenían albergue la codicia y la vanidad. Por ella, sólo por ella había dilapidado el dinero que le confiara Francisco I de Francia para comprar obras de arte; verdad es que para reintegrarle al rey de aquellas sumas le había pintado una colección de obras maestras, cuyo valor excedía enormemente al de los fondos distraídos. Por su mujer se afanaba trabajando sin cesar, privándose de todo para que Lucrecia pudiera lucir joyas y vestidos.

La situación de Florencia, sin embargo, no era muy propicia á los artistas. Aparte de la inminente caída de la República y la restauración de los Médicis por los franceses, aumentaban de cada día más los temores de que la ciudad fuese invadida por la peste que devastaba el resto de Italia.

No tardó en realizarse la terrible amenaza que pesaba sobre Florencia: la plaga hizo su irrupción en la insigne capital toscana con no menos ímpetu que en tiempo de Bocaccio, sólo que esta vez no había de salir de ella ningún regocijado Decameron, sino todo lo contrario: recorrían los frailes las calles y las plazas predicando penitencia, celebrábanse larguísimas procesiones á las que asistían descalzos los magnates; todo era terror y espanto.

El pobre Andrés se encontró sin trabajo, y con tremenda desesperación no podía siquiera continuar morando en la casa donde hasta entonces habitara; casa con espléndidas vistas y cómodos aposentos, con magníficos jardines y alegres azoteas rodeadas de marmóreas balaustradas. ¿Do iría? Los implacables mercaderes con quienes estaba en descubierto se habían apoderado de su ajuar, de sus bocetos, de sus cuadros ya concluidos. Haciendo desesperados esfuerzos había conseguido reunir algún dinero para que Lucrecia se instalara en una posada de los alrededores, mientras él alquilaba una mísera bohardilla dentro de la ciudad para guarecerse de la intemperie.

Una tarde fué Andrés del Sarto á ver á su ídolo, después de pasar tres días sin haber podido realizar aquel su afanoso anhelo. Traíala buenas noticias; los frailes negros de Plasencia le habían encargado fuera á su convento á pintar un fresco de vastas dimensiones. Volvería á tener dinero; podría comprarla joyas y trajes.

Al llegar á la posada, el mesonero le dijo al pobre pintor que su esposa había partido dos días antes con un riquísimo banquero genovés, sin dejar manifestado á donde se dirigía, y ni siquiera hablar para nada de su marido.

Andrés del Sarto sintió como si le partieran el corazón con un puñal; anudósele la garganta, y, poniéndose pálido como la cera, emprendió el regreso.

Tenía que detenerse á cada paso, flaqueándole las piernas, y cuando echaba de nuevo á andar se tambaleaba como un borracho: dolíale la cabeza como si se la apretaran con un aro de hierro. Así llegó á su bohardilla.

No tenía luz, ni lumbre; estaba vacía de todo manjar la alhacena. Echóse sobre el jergón de paja que yacía sobre el suelo húmedo y sintió como si todo él ardiera.

Comenzó á gritar:

—¡Lucrecia! ¡Lucrecia!—pero nadie le respondía. Por fin, vio aparecer varias cabezas que asomaban por la puerta y que desaparecieron rápidamente, en medio de las voces de espanto de —¡La peste! ¡La peste!

Ya no oyó más. Todos habían huido de la casa visitada por la plaga. Andrés del Sarto tendría que morir más abandonado aun que un perro.

Entonces comenzó á delirar. Se le apareció el coro de sus Madonas, todas con el mismo gracioso semblante y la gentil figura de Lucrecia; se le aparecieron las legiones de sus ángeles; se le aparecieron los santos á quienes había dado nueva vida con su pincel, y todos le sonreían, pero de lejos, de muy lejos. Luego desapareció aquella visión y surgieron los horribles cuadros de su vergüenza y su miseria: las gentes que le señalaban con el dedo y le llamaban ladrón, por haberse gastado con Lucrecia el dinero del rey de Francia; las torturas de los celos, la desesperación por las esquiveces de la bella, el constante terror por perderla acaso.

Y á todo esto, sin una mano que le acercara un jarro de agua para calmar el tormento de su sed; sin una voz que le consolase en el supremo trance; sin una oración, sin una mirada siquiera.

Andrés del Sarto volvió en sí por algunos minutos, se incorporó y se cercioró de su abandono.

Entonces alargó los brazos con ademán terrible y cerrando los puños gritó con voz enronquecida:

—¡Ladrona! ¡Ladrona! ¡Ladrona!

No pudo decir más, porque en breve se le fué la vida, á la misma hora en que Lucrecia della Fede, llegaba á Genova, se instalaba en el palacio del banquero y admiraba nuevamente su rostro en el de la Madona pintada por su marido para la capilla del raptor.

Tal fué la muerte, digna de la vida, de aquel desgraciado Andrea senza errori; la posteridad ha recogido el nombre de la mujer indigna que le llevó á la deshonra y la desesperación, sin culparla, como para perpetuar la desventura del soberano artista. La mujer, nadie lo duda, puede ser fuente de inspiración, pero con más frecuencia aun, quizás, perturba el genio del creador.

El caso de Andrés del Sarto ha tenido tantas repeticiones que casi podría calificarse de historia vulgar.

Alfredo Opisso i Vinyas

Publicado originalmente en

IRIS

BARCELONA, 16 de diciembre de 1899

andreasenzaerrori

Andrea enza errori

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