LA SORTIJA DE BODAS

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LA SORTIJA DE BODAS

«La ceguedad  es achaque de los maridos tontos y usted padece ese achaque. Su mujer le engaña…¿Que con quién? ¡Con quien ha de ser, hombre de Dios! Con su amigote de usted, con luís Almeyada. ¿Lo duda usted? Pues mírele al afortunado mozo la mano izquierda: en el dedo pequeño lleva siempre la sortija que usted dio a su esposa en señal de eterna alianza el día de la boda. En esa sortija,—vea usted si estoy bien enterado,—están grabadas la Fecha de aquel acontecimiento feliz y las iniciales de usted y de su esposa íntimamente enlazados. ¡Intimamente! ¿Eh, que tal? Tiene gracia ¿verdad? No puede usted figurarse lo que nos reímos cuándo Luis nos enseñó la simbólica alianza. Dígame usted ahora si mi cuento no viene como anillo al dedo.»

Palabra por palabra y letra por letra, leyó Antonio Álvarez el infame anónimo. Varias veces arrugó con crispadas manos y otras tantas volvió a desplegar el papel para paladear sus avenenadas frases con el ensañamiento del que escarba su enconada herida. ¡Su amor escarnecido, su honra hecha jirones en corrillos y mentideros, su felicidad en un punto acabada… todo el edificio de sus ilusiones reducido á escombros! Y a la traición de la mujer amada, depositaria de su honor, se unía la infamia del amigo querido, a quien él, el esposo ciego, había abierto las puertas de su hogar y prestado con ociosa confianza protección y apoyo. ¡Oh, los miserables! Y el ultrajado marido apretaba en la mano el villano anónimo como si fuese el mango de un puñal.

—No tendré piedad —decía en voz alta, paseándose a grandes pasos por su despacho.—¡Los mataré!… Pero ¡si la muerte es poca venganza!… ¡Si la muerte no es mas que el dolor de un instante!

De repente asomóse a sus ojos un relámpago de feroz alegría.

—¡Oh! Sí… ¡eso!… Deshonra por deshonra…

Merced á un poderoso esfuerzo de su voluntad consiguió Antonio borrar de su semblante hasta la más pequeña señal de la tormenta que rugía en su corazón.

*

*     *

Nunca estuvo tan amable con Matilde como aquel día.

—¡Qué Hermoso es amarse siempre! Vivir juntos, compartir alegrías y penas, ser un alma en dos cuerpos…¡Qué mayor felicidad!

Le hablaba con el tono insinuante de los primeros días de matrimonio, acariciándole las manos y mirándola fijamente á los ojos. Ella oía distraída a su marido, pensando quizás en otras palabras de amor.

—¿Te acuerdas,—prosiguió el esposo,—del día de nuestra boda, un alegre día de primavera? ¡Qué hermosa estabas!… Aquí fue, en este mismo salón; cogí tu mano y puse una sortija en uno de tus dedos.

Matilde se estremeció y miró con recelo ó su marido.

—Un aro sencillo,—siguió diciendo Antonio;—pero que tenía para mí inapreciable valor. Como que lo había llevado mi madre hasta su último momento. En esa sortija, para mí sagrada, hice grabar las cifras de nuestros nombres y la fecha de nuestro enlace. Muerta mi madre tu eras la única depositaria de mis amores… Y mira, no veo el anillo en tu mano… Dime ¿dónde lo tienes?

Pálida como una muerta, Matilde oyó las palabras de su esposo; quiso contestar y la voz se le heló en la garganta.

—¿Dónde lo tienes?—insistió Antonio.

—No sé,—balbuecó la adúltera;—guardado con mis joyas.

—Búscalo, quiero verlo en tu mano.

—¿Para qué? ¿No te digo que esta guardado, tan guardado, que quiza tardaría en encontrarlo?… Yo te prometo que mañana…

—No. Ha de ser ahora…

—¡Qué obstinación!—dijo Matilde, un tanto recobrada de su angustiosa sorpresa.

—Obstinación, terquedad, lo que tú quieras; pero necesito ver ahora mismo esa sortija. ¿Oyes? Lo exijo.

—Es el caso… Yo te explicaré… Nada he querido decirte por evitarte un disgusto…

—¡Oh! ¡La has perdido!—¿Te la han robado?

—Sí. Sin duda me la han robado.

—¿Y no sospechas de nadie?

—Yo… no sé…

—Yo lo Averiguarte, te juro que le averiguaré y ¡ay del ladrón!…

*

*      *

En aquel momento un criado anunció á varios amigos de la casa, y entro ellos á Luis de Almeyda, guapo mozo, elegante y fatuo. Saludó a Matilde, pero la mirada de Antonio, fija en los ojos de su mujer, impidió que ésta pudiera hacer á su amante la mas leve seña. Después estrechó con aparente efusión la mano del esposo engañado. En el dedo menique,

al lado de una sortija con un grueso diamante, llevaba el joven el anillo de la alianza. No había mentido el anónimo.

—Señores,—dijo Antonio,—dirigiéndose á los recién llegados, siento hacer a ustedes testigos de una escena que por fuerza ha de ser desagradable; pero confío en que ustedes me perdonarán.

Matilde apenas respiraba.

—¿Qué es ello?— preguntó uno de los amigos.

—Cuenta, cuenta,—dijo Luis,—ya sabes que tus asuntos me interesan como si fuesen míos.

—Pues verán ustedes: en esta casa se ha cometido un robo.

—¡Un robo!

—¡Dios mío! ¡Dios mío!—gimió la adúltera cubriéndose el rostro con las manos.

—Se me ha robado,—continuó Antonio,—una joya que yo tenía en grande estimación, un anillo que fue primero de mi madre y después sortija de mi boda.

sortija1Luis de Almeyda hizo un movimiento instintivo para ocultar la mano en la abertura de la levita, pero Antonio sujetándole el brazo, dijo con calma:

—Este, es el ladrón: en la mano tiene la joya robada.

—Mentira,—balbuceó el amante pugnando por desasirse—eso es una calumnia cobarde.

—Fácil lo sería,—añad¡ó desdeñosamente Antonio,—desmentir lo calumnioso de mis palabras con solo mostrar la mano.

—Lo que dice este hombre,—gritó con fuerza para disimular su turbación Almeyda—es una infamia, de la cual me dará estrecha cuenta.

Antonio soltó una carcajada.

—Estrecha cuenta,—dijo,—¡Un lance!… Yo no me bato con un ratero.

Almeyda ciego de rabia y de vergüenza intentó lanzarse sobre su rival; pero sujeto por los contertulios, solamente pudo mostrar su furia en varios insultos, que no cesaron hasta que los criados que habían acudido a los gritos le pusieron á empellones en la calle.

*

*      *

Excusado es decir el escándalo producido por la escena que acabamos de relatar, los visitantes se apresuraron, no precisamente á felicitar á Antonio por su arranque, sino á despedirse de él para ir á esparcir por los cuatro vientos la inesperada nueva de haber quedado el guapo y elegante D. Luis de Almeyda convicto de robo de sortijas, y tanto fué así, que al presentarse poco después en el círculo el desgraciado Tenorio se le negaba la entrada y veía en la tablilla de avisos el acuerdo de su expulsión.

Así quedaba por siempre más mancillada su honra; un esposo ultrajado había tenido manera de ocasionarle un daño infinitamente mayor que el de arrancarle la vida. ¿Quién puede saber nunca hasta donde puede conducir el olvido del deber? ¿Quién puede señalar límites a las consecuencias de una mala acción?

He ahí al brillante don Luis de Almayda, el tipo de la despreocupación elegante y del cinismo de buen tono reducido a la condición vergonzosa de un caballero de industria, de un provechado timador de salones.

*

*      *

Cuando el matrimonio se quedó solo, Matilde se arrojó llorando á los pies de su marido.

—¡Perdón!—gritaba mojando con lágrimas las manos de Antonio.— ¡Ten compasión de mí!

—¡Compasión! ¿La has tenido tú? ¿No has lanzado mi nombre al barro del arroyo? ¿No has deshecho mi felicidad, no has pisoteado mi honor y manchado mí hogar? No esperes piedad.

—Mátame: merezco la muerte.

—¡La muerte!… No… Saldrás-de esta casa y para siempre. No has querido ser la honrada esposa de mi hombre de bien… ve á ser la querida de un ladrón.

—¡Perdón… perdón, Antonio! ¿Nada podrá ablandar tu corazón de roca?… ¡De rodillas te imploro!…

—Todo sera inútil… Sal de esta casa…

—¡No tienes entrañas!..,

—¿Las has tenido tú?… Sal…

Por fin se levantó Matilde. Poco después quedaba aquel hogar, tan feliz antes, señalado á la maledicencia, profanado por el deshonor.

Zeda

Publicado originalmente en

IRIS

Barcelona, 13 mayo de 1899.

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