Caricaturas.-Los estrenos.

Luis Taboada

dibujos

de

Ángel Pons

Madrid

Manuel F. Lasanta

Editor

Calle de Mesón de Paños, 8

1892

caricaturas_estrenos

LOS ESTRENOS

    Es cosa ya averiguada por todos los revisteros cursis de nuestros días, que el público de los estrenos lo forman las tres aristocracias que ahora se estilan: la aristocracia del linaje, la de la fortuna y la del talento.

No hay un solo crítico de menor cuantía, de esos que se pasan la semana escribiendo en los periódicos la sección de Noticias generales, ó la de Crímenes y accidentes—porque ahora en la mayor parte de los periódicos á cualquiera le echan á crítico;—no hay, repito, uno solo de esos escritores apreciable á quien no hayamos oído decir poco más ó menos: “La sala estaba espléndida; el público de los estrenos se había dado cita…etc.

En efecto; hay un público especial para estrenos, del mismo modo que hay artículos de fantasía, especiales para regalos, y bollos de manteca de vacas, especiales para el chocolate, como rezan ciertos anuncios; y aunque existe la opinión, muy admitida, de que el público de los estrenos es siempre distinguido, yo declaro, salvando la personalidad de ciertas entidades ilustres, que la mayor parte de los caballeros que asisten á las primeras representaciones no pertenecen á ninguna de las tres aristocracias susodichas.

Excepción hecha de uno que otro título de Castilla, que va al teatro “porque le toca” como dice él; de este ó el otro banquero que desea aparecer como amante de las letras patrias; y de tal ó cual autor dramático ó escritor distinguido que acuden á enterarse de la cosa personalmente, el resto del público lo forman en primer término los amigos del autor, esforzados campeones del éxito y fabricantes de entusiasmo íntimo; después los espectadores á la buena de Dios, cabezas de familia sensibles, que compran en el despacho la obligación de conmoverse, y la dicha de referir después en el hogar doméstico las situaciones más culminantes de la obra; y, por último, los seres superiores, por mal nombre, que están sobre el vulgo, según ellos dicen, y hacen su aparición en la sala mirando con desdén al público, como quien pisa en terreno propio; y discuten en los pasillos con estrépito para exhibir sus varias y relevantes aptitudes.

No está de más consignar que éstos tienen también su drama correspondiente, guardado en el cajón de la mesa, porque es cosa sabida que, en los tiempos que alcanzamos, no hay hombre sin drama, como no hay duro sin dueño: y algunos conozco que, sin tener duro, ni gabán, ni sentido común, ni nada, tienen en casa una obra en tres actos y un prólogo, empedrada toda ella de endecasílabos fúnebres que parte los corazones.

¿Cómo iban ellos á perder un estreno? ¡Antes la muerte!

Lo primero que hacen es pasear su altiva y penetrante mirada por los palcos, como si quisieran decir á todas las mujeres guapas:

—Aquí estoy yo, en clase de genio, metido en este gabán largo. Vengo á cumplir una sagrada misión y á dar patentes de talento, ó á quitarlas, según caigan las pesas. ¡Contempladme, seres inferiores!

Después recorren los pasillos para excitar la admiración de los espectadores de buena voluntad que los miran con profundo respeto, y van, por último, á preguntar en voz alta á un conocido cualquiera:

—¿Se sabe, por fin, de que es esto?

—De Rodríguez.

—¡Hombre! ¿De Rodríguez? ¡Qué atrocidad!

—Dicen que es bueno.

—¡Bah! Yo conozco mucho á Rodriguez, y sé los puntos que calza.

—¡Ah! ¿Le conoce usted?

—Muchísimo. Como que hemos vivido juntos en la calle del Sombrerete, y está casado con una de mi pueblo, bastante feucha.

—¿Pero eso quué tiene que ver?…

—Además, él ha sido de carabineros.

—¡Entonces!…

El interlocutor se persuade al punto de que no puede hacer cosa buena un hombre que se llama Rodríguez, sin otro atenuante, y tiene mujer fea, y además ha sido del resguardo. Algún espectador de buenos sentimientos, á quien molesta la conversación de aquellos inteligentes empedernidos, se revuelve airado en su butaca murmurando:

—Al que no le guste que se vaya… ¡Pues hombre!

Entonces los inteligentes se miran, sonríen y se encogen de hombros, dando á entender que no es prudente luchar con la ignorancia.

caricaturas_estrenos2Termina el acto: parte del público aplaude conmovido; ellos lanzan una mirada desdeñosa á aquella colección de infelices y salen á los pasillos para inaugurar la serie de discusiones, comentarios y despellejaduras líricas.

—¡Hombre! Pepe, usted que es crítico, dice uno, á ver qué opina usted de esto.

—¿Qué quiere que opine?

—La obra es mala ¿verdad?

—Rematada. ¡Una mujer viuda, con hijos, y no sabe que va á haber feria en Castellón de la Plana! Vamos: es el absurdo mayor que registra la historia.

—Sí; hay muchas cosas inverosímiles.

—¿Pues no ha de haber?

—Corriente—añade un espectador benévolo;—pero convengan ustedes en que si ella supiera todo eso, no podría haber drama, ni la hija se casaría con el galán joven, no existiría el conflicto dramático.

—Pues que no se case, ni haya drama, ni conflicto y que nos dejen en paz á todos, porque ni usted, ni yo, ni el señor, tenemos obligación de soportar las insulseces de Rodríguez, y que dé gracias á Dios, pues si no llega á ser amigo mío, mañana le hubiese dicho yo cuatro verdades en La Salchicha.

(La Salchicha es un periódico semanal con viñetas, órgano de las casas de huéspedes baratas.)

Un nuevo crítico toma parte en la discusión.

—Sepa usted—dice con acento solemne, que el asunto de este drama es de un novelista portugués, no sé si Vasco de Gama, ó Vasco de Garay; en fin, un novelista del siglo XVIII.

—Del siglo XIV, querrá usted decir—añade Pepe;—porque ambos Vascos florecieron en tiempo de Isabel de Valois.

—Efectivamente; siglo XIV; á éste no se le escapa nada.

—Rodríguez no se qiiere convencer… A mí me leyó el primer acto en el café de las Columnas; y yo, que en medio de todo le quiero bien, estuve aconsejándole que variase todo el plan, porque no me parece decente que el galán joven se enamore de su propia tía y después quiera ahogarla. Hay que conservar en el teatro la pureza de las instituciones y el respeto á nuestros superiores.

—¡Y qué riplos!

—Muchos.

—Además, no encuentra usted un solo carácter en toda la obra.

—¡Hombre! Tanto como eso… se atreve á decir un espectador de buena índole.—¿Le parece á usted que no tiene carácter el barba? ¡Un hombre que al ver á su esposa tomándole la cuenta á la criada, cree que está labrando su deshonra, y ahoga á ambas con sus propios cabellos!… Me parece que es tener carácter.

Si la obra se aplaude, los críticos preinsertos entran en el escenario con la faz sonriente y el corazón oprimido.

Porque “el éxito es el pisapapeles de los corazones chicos”

Hacemos esta frase en competencia con un joven revistero de salones recién llegado de su país, que viene á retorcer el idioma y á causar la admiración de las señoritas cursis.

El autor recibe las felicitaciones de los amigos leales; un pariente cercano, que casi le llevó en su seno, viene corriendo y le da dos ó tres ósculos; los actores le saludan agradecidos, al parecer, y en aquel momento llegan los críticos y se arrojan en brazos del poeta exclamando:

—¡Señor de Rodríguez! Es usted el primer autor dramático de estos tiempos y de los otros, y usted vale más que todos juntos…

Y patatín, patatán…

Al día siguiente, los periódicos publican la crítica, ó lo que sea, escrita por estos distinguidos literatos y algún papá, rebosando orgullo, dice cuando le preguntan por el chico:

—¿El chico? ¿Pues no sabe que es escritor? Sí, hombre, sí; le ha colocado de crítico con cuatro pesetas, un paisano mío que tiene un periódico para defender los intereses de la clase de pupileras pobres, pero honradas.

Luis Taboada

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