DOS MUJERES

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DOS MUJERES

I

Hacía dos días que la señora Pepa, la portera de una de las últimas casas de la calle del Ave María, no había visto subir al vecino del piso tercero de la izquierda, un caballero joven, bien parecido, que pagaba con mediana puntualidad, daba de vez en cuando una propina porque recogiesen sus cartas y le abriesen la puerta á las altas horas de la noche, y no recibía jamás visitas, ni recados.

Una mujer de alguna edad iba temprano á la casa, se encargaba del aseo del cuarto, hacía el almuerzo, y se marchaba á la una, poco más ó menos. El inquilino en cuestión comía en algún restaurant y esto era lo único que la portera sabía por haberle visto entrar casualmente en uno muy modesto una tarde que salió para llevar el dinero de los alquileres al casero.

Era un hombre impenetrable y no menos muda que él la vieja que cuidaba su habitación; la señora Pepa se lamentaba sin cesar de la poca confianza que tenían en ella, cuando su discreción era conocida y comentada en todo el barrio.

¿Estaría enfermo el vecino del tercero, puesto que no se le veía?

Al bajar la asistenta para retirarse á la hora de costumbre, y cuando ya la curiosidad de la portera había llegado al colmo, ésta se aventuró á preguntar á aquélla por qué D. Félix no salía.

—Está muy enfermo—contestó la vieja cuyos ojos se llenaron de lágrimas,—y lo malo es que yo no puedo quedarme todo el día á su lado porque tengo á mi marido paralítico y necesita mis cuidados también; harto hago con abandonarle varias horas todas las mañanas.

—¿Quiere V. que suba yo?—preguntó la portera.

—Si me hiciese el favor….

—¿Y que llame á un médico?

—No, es inútil; se lo he indicado á D. Félix y se ha opuesto enérgicamente á ello.

La vieja se despidió alejándose todo lo deprisa que le permitían sus piernas.

La señora Pepa encargó á su hija menor, niña de diez años, que se quedara en la portería, se puso un delantal limpio y subió despacio la escalera. La puerta del piso tercero estaba entornada, ella la empujó, penetró en la antesala y cerró murmurando:

—¡Vaya un descuido! cualquiera podía haberse metido aquí y luego hubieran dicho: ¡Estos porteros que dejan que suba todo el mundo! ¡Como si se conociese la honradez en la cara! ¿Qué sé yo si los vecinos del piso cuarto y los que van á verlos son todos personas de bien, y si los de las guardillas?… ¿Da usted su permiso?

Esto lo dijo al llegar á la alcoba del gabinete en la que se veía un humilde lecho y algunos muebles usados ó rotos. El mobiliario de las demás piezas, es decir, donde lo había, no era mucho mejor.

El enfermo, que estaba acostado, no hizo ningún movimiento ni pareció enterarse de la entrada de la portera.

Ella entonces le examinó despacio; se conocía que tenía una violenta fiebre y movimientos convulsivos agitaban su cuerpo de vez en cuando.

Sus ojos, que ella recordaba eran grandes y muy obscuros, estaban cerrados, y un círculo azulado los rodeaba; su rostro, generalmente pálido, estaba encendido y tenía el cabello en desorden y mal cuidada la negra y poblada barba.

La señora Pepa comprendió que lo primero que había que hacer era llamar á un médico, y después de buscar el picaporte para poder abrir y cerrar la puerta á su capricho, salió, bajó de nuevo la escalera y mandó á su niña á la casa de socorro del distrito para que refiriese el caso.

No tardó en presentarse el doctor, que vio detenidamente al enfermo, recetó varias medicinas y ordenó una constante asistencia.

No estaba la señora Pepa para tomarse tanta penalidad; el dueño de la finca era además muy severo y no perdonaba el más ligero descuido en la portería; quizá la despidiese si iba por casualidad y encontraba aquello solo, y ¿qué harían entonces ella y su marido, que estaba aquellos días sin trabajo, para educar á las hijas y dar carrera á los hijos, á los que no enseñaban para oficios tan humildes como los de ellos?

En el descanso de la escalera dijo al médico:

—Señor doctor, ¿conoce usted á alguien que quiera asistir al enfermo?

—Una hermana de la caridad…

—El pobre caballero no tiene recursos y necesitaría tal vez quien además le pagase los alimentos y las medicinas.

Pues entonces que vaya á un hospital, es lo más acertado.

—Creo que tiene usted razón.

El médico se alejó y ya iba á bajar la portera, sin duda para poner en práctica lo aconsejado por aquél, cuando vio subir á una joven, pálida,

de rostro bello, pero triste, que iba vestida de luto.

—¿Don Félix López de Rivera?—preguntó en voz baja y con marcada timidez.

—Aquí vive, pero está muy enfermo y no puede recibir á nadie— respondió la señora Pepa.

—Ya lo sé, me lo ha dicho la que fué su nodriza, una pobre mujer que viene á su casa diariamente.

Sé que está solo y… como soy de la familia… creo que es un deber prestarle mi asistencia.

—¡Ah, es usted de la familia!

—Sí… su hermana.

La portera no creyó mucho en aquel parentesco, pero como á ella le importaba poco—dejando aparte su natural curiosidad—que el vecino del tercero tuviese hermanas ó no, se dio por satisfecha con aquella explicación y dejó pasar á la desconocida.

Esta cerró la puerta, entró en el cuarto del enfermo, le contempló durante un rato, suspiró, y no pudiendo contener su emoción ocultó el rostro entre sus manos y lloró amargamente.

Luego que permaneció allí algunas horas arreglando la casa y dándose cuenta de lo que en ella había, salió y volvió al poco rato con un médico, al parecer amigo de la joven y de don Félix, al que hubo que darle un tratamiento para el enfermo y prestarle algunos socorros.

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II

Todas las mañanas subía la señora Pepa al piso tercero á preguntar cómo seguía el caballero y á saber si se ofrecía alguna cosa, pues la nodriza, cuyo marido se había empeorado, no había vuelto á aparecer.

Don Félix, que tenía una gravísima enfermedad, no había recobrado el conocimiento; la joven pasaba el día y la noche cosiendo, sin duda para alguna tienda; hablaba rara vez con la portera y soportaba su triste suerte con la mayor resignación.

Ya hacía una semana que se hallaba instalada en aquella casa, cuando D. Félix pareció mejorarse un poco. Abrió los ojos que al principio no se fijaron en nada, pero luego miró atentamente á la mujer enlutada, que cosía como siempre en el gabinete alumbrada por la luz de una lámpara.

—¡Luisa!—exclamó el enfermo.

Ella al oírse nombrar dejó precipitadamente la labor y entró en la alcoba.

—¡Tú aquí!—prosiguió él.

—Supe que estabas enfermo y solo, y he venido á cuidarte.

—¿Has olvidado ya lo que por mí has sufrido?

—No recuerdo nada.

—Tu presencia es una constante censura, una eterna reconvención para mí.

—No hables de eso, todo lo he perdonado ya.

—¿Estás de luto?

—Sí; murió mi madre.

—¿Te has quedado sola?

—Por eso he podido venir; no existe nada que me ligue al mundo y soy por completo dueña de mis acciones. Ahora cuéntame lo que has hecho durante estos cuatro años en que no nos hemos visto…. Pero no, no hables más hoy, mañana me lo dirás todo.

Y en efecto, al día siguiente reanudaron su conversación.

—Sabes, dijo él, que yo te he querido con toda mi alma y que no pensaba abandonarte jamás. Pero conocí á Ana, era una mujer encantadora y me dejé dominar por ella sin que lograse darme cuenta de mis acciones. Mi corazón era tuyo y sin embargo sufrí su influencia fatal y te rechacé lo mismo que á tu madre, que me suplicaba labrase la felicidad de su pobre hija. Para satisfacer los caprichos de esa mujer no bastaba mi modesta fortuna; jugué, al principio tuve una suerte loca, después lo perdí todo y hoy me encuentro completamente arruinado.

—¿Y ella?—preguntó Luisa.

—Ella… quiso que le diera mi nombre, me negué, y hace seis meses que salió de Madrid sin que después haya vuelto á tener noticias suyas. Muchas veces pensé en tí y lloré con desesperación mi infamia y tu desventura.

—¡Pobre Félix!—se contentó con responder Luisa.

Continúa: Dos mujeres (conclusión)

JULIA DE ASENSI.

Publicado originalmente en

El álbum ibero-americano 

En Madrid 22 de agosto de 1891

Directora: Concepción Gimeno de Flaquer

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