DOS MUJERES (Conclusión)

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DOS MUJERES

(Conclusión)

III

Ya te encuentras casi bien y pronto abandonaré esta casa,—decía la joven á don Felix algunos días después de lo que acabo de referir.

El estaba ya levantado, sentado junto á la mesa enfrente de Luisa y seguía con ansiosa mirada los movimientos de la mano de su antigua amada, que cosía como de costumbre.

—Es cierto—respondió Félix,—pero en cuanto te alejes me pondré peor. Tengo grandes proyectos para el porvenir. Voy á trabajar con ahínco. Y tú ¿qué vas á hacer?

—Yo…

—No me lo digas aún—interrumpió él,—oye antes mis planes. Con el producto de mi trabajo amueblaré una casita. Veamos ¿en qué sitio te gustará más?

—En alguno de los arrabales de la corte.

—Eso es—continuó Félix,—una casita de un solo piso, con jardín que tenga algunas acacias, varios cuadros de pintadas ó perfumadas flores, un cenador, un corral y un palomar donde arrullen algunas inocentes parejas. A la entrada de la casa habrá un gran portal con estatuas, divanes, una lámpara en el centro…

—Eso es y también macetas.

—Sí, de plantas permanentes.

—Y algún pájaro.

—Sí, canarios ó jilgueros, según nuestra fortuna.

Ella no pareció oír el plural y él continuó:

—Después, la sala con muebles limpios, modestos, pero elegantes; luego la alcoba, el despacho, el tocador, el comedor, todos ellos adornados con cuadros, sean grabados ó cromos porque no podemos tener ni óleos ni acuarelas de los grandes maestros… después, las habitaciones para los criados y alguna pieza de reserva…

—¡Vas á ser allí muy feliz!—murmuró Luisa.

—Sí, pero la soledad cansa, en ese nido hará falta una mujer.

—Cásate.

—Es cierto, pero no á todas las mujeres puede el hombre contar sus sinsabores ó sus alegrías, ni participarle sus proyectos, porque la esposa ha de tener inteligencia y corazón; sabes que no hay muchos seres que reúnan ambas cosas; aquellas cuya alma es más hermosa, suelen carecer del entendimiento, ¿no te parece?

Luisa guardó silencio y él prosiguió:

—Yo tengo un deber sagrado que cumplir, dar mi nombre, compartir mi suerte con aquella que me amó siempre de veras y que quizá no me ha olvidado por completo.

La joven bajó la cabeza y Félix vio que había sido comprendido y que no sería rechazado.

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IV

Dos días después partió Luisa dejando á Félix casi restablecido. La nodriza volvió á asistirle y la señora Pepa averiguó que el inquilino del tercer piso iba á salir ya á la calle y que aquella misteriosa mujer que le había asistido no era su hermana y que acaso pronto sería su esposa. Esto se decía con algunos comentarios en no pocas porterías de la calle del Ave María.

Una mañana, una mujer joven, de maravillosa hermosura, llegó á la casa de don Félix y preguntó por él á la señora Pepa. Esta la dejó subir y mientras se alejaba se decía la portera:

—Guapa moza, pero poco elegante; no es una señora.

Cuando Félix vio entrar á la que solicitaba visitarle, se puso densamente pálido y se apoyó en el muro, como si no pudiera resistir su singular emoción.

—¡Ana!—exclamó.

—¿No me esperabas?—dijo ella con marcado acento andaluz;—he sabido hoy que has estado enfermo y aquí me tienes. El cambio de aires te probará muy bien. Mañana me marcho con mi tía á Málaga, vente con nosotras.

Félix vaciló al pronto, pero aquella mujer ejercía una gran influencia sobre él y al despedirse, después de permanecer más de una hora á su lado, el joven quedó convencido.

Cuando Luisa volvió á la casa, creyendo que el enfermo se había empeorado, pues no le hizo la ofrecida visita, la señora Pepa la detuvo en

el portal.

—¿Donde va usted?—le preguntó.

—Al tercero.

—Es inútil, el inquilino ha volado. Vino á buscarle una mujer que me dijo iba á hacer que se casara con ella, y se han marchado de Madrid.

—Está bien, muchas gracias—contestó Luisa conteniendo sus lágrimas.

—¡Ingrato!—murmuró luego, ha faltado por segunda vez á su promesa; ahora sí que no se lo perdonaré jamás.

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V

Han pasado dos años. Una epidemia horrible asolaba á la capital y muchos de sus habitantes salían de ella, mientras que los más pobres ó más despreocupados permanecían allí expuestos al peligro inminente del que no siempre la ciencia lograba salvarlos.

Una mañana triste y lluviosa, la señora Pepa, la portera de la calle del Ave María, se dirigió rápidamente hacia Chamberí y después de tan largo trayecto se detuvo sofocada ante una casa en la que penetró sin llamar, pues la puerta no estaba cerrada.

Una hermana de la caridad, ya no joven y bastante achacosa, la hizo pasar á una sala, le ofreció una silla y le preguntó qué quería.

—Pues figúrese usted—dijo la portera,—que en el piso tercero de mi casa hay dos enfermos muy graves, marido y mujer, los dos atacados de ese mal contagioso que dicen está matando á medio Madrid; y como no tienen familia, me ha dicho el médico que venga aquí á buscar una hermana para que los asista. Teniendo yo hijos no me atrevo á subir porque no sería imposible que la enfermedad atacase á mis pobres niños si los pusiera en contacto con esa gente y ¡para lo que les debo! El señor era muy generoso en otro tiempo, lo poco que tenía lo daba, pero desde que se casó con esa mujer no regala nada, nada absolutamente.

—Siento mucho—interrumpió al fin la hermana—no poder complacer á usted, pero sino me engaño no hay ninguna ahora disponible en la casa, todas están asistiendo.

—¿Todas?

—Espere sin embargo un momento, voy á preguntar á la madre si ha vuelto alguna.

La hermana salió y volvió al cabo de un instante con la superiora que saludó con afabilidad á la señora Pepa.

—Ahora mismo—dijo á la portera—acaba de venir una hermana que estaba asistiendo á una enferma que ha fallecido esta madrugada, es la única libre y voy á mandarla con V.

La madre se enteró minuciosamente de quienes eran los enfermos, dónde vivían y demás cosas que juzgó necesarias para saber dónde enviaba á una de sus hijas y luego llamó á Sor Angela que, sin descansar ni una hora, después de una larga y penosa asistencia, se puso enseguida á la disposición de la portera para que la acompañase.

Era Sor Angela una monja joven y bonita; sus ojos negros tenían una melancólica expresión y su tez pálida revelaba las largas noches de insomnio. Debía ser esbelta, pero el hábito no dejaba ver lo airoso de su talle, como la toca debía ocultar una frente pura y unos hermosos cabellos. Sus manos eran blancas y pequeñas y sus pies, á pesar del tosco calzado, breves como los de una niña.

Al mirar á la señora Pepa un ligero carmín cubrió su rostro y tuvo un instante de vacilación entre seguirla ó retroceder. La portera no se fijó mucho en ella, es verdad que la pobre mujer no tenía muy buena vista ni mejor memoria.

Por deferencia á la hermana, la señora Pepa buscó un carruaje dispuesta á sacrificar una peseta por aquella carrera interminable, pero tardaron algo en hallarle y las dos mujeres caminaron largo rato á pie. No se cruzó una palabra entre ellas; hasta la habladora portera guardaba silencio mirando de vez en cuando con respetuosa admiración á Sor Angela.

En la calle de Fuencarral subieron á un coche que las llevó hasta la del Ave María.

—Tome usted el picaporte, hermana—dijo la portera,—es en el tercero de la izquierda, yo no puedo acompañarla.

Sor Angela subió lentamente y no sin emoción la escalera y al llegar ante la puerta se detuvo vacilando durante un rato en abrir. Al fin se decidió, pasó la mano por la frente como tratando de desechar una importuna idea y penetró resueltamente en la casa.

Estaba amueblada con modestia y no debía ser desconocida para la hermana puesto que se dirigió desde luego á la alcoba principalmente. En ella había dos lechos; en uno descansaba un hombre, en el otro gritaba una mujer enferma del mismo mal y poco resignada á morir á juzgar por las amenazas é imprecaciones que profería.

La hermana de la caridad miró al hombre en cuyas descompuestas facciones se advertían los estragos causados por la horrible epidemia y sus ojos se humedecieron y latió con más violencia su corazón.

Pero aquello no duró sino un minuto, Sor Angela se repuso de su turbación y se acercó á la enferma, cuyo estado no era acaso tan desesperado como el de su esposo y que podía necesitar algún auxilio. Al ver aquel dulce rostro que se inclinaba hacia ella, la enferma contuvo su ira y preguntó:

—¿No es verdad que podré curarme? Yo no quiero morir aún, no he disfrutado bastante de cuanto bueno encierra el mundo; es suficiente una víctima y esa debe ser Félix. Félix es mi marido, pero no me hace dichosa, no congeniamos; á él le gusta lo humilde y lo sencillo, á mí el lujo y la ostentación.

¿Qué capricho ha tenido usted siendo tan bonita en vestir ese traje?

—No ha sido capricho, sino vocación—contestó la hermana.

—¿Y va usted á asistirme?

—He venido á eso.

—¿Y á él también?

—También.

—Pues empiece usted por mí y pronto porque siento que me pongo peor.

La hermana, acudiendo del uno al otro, pasó el día y la noche en aquella triste casa donde se carecía de todo. A las doce la enferma se durmió, aunque con un sueño muy agitado, y entonces Sor Angela se sentó á la cabecera de Félix. Este abrió los ojos por vez primera desde la llegada de la hermana y pidió de beber. La joven le incorporó y acercó un vaso á los labios del enfermo, se cruzaron sus miradas y él no pudo contener una exclamación de sorpresa.

—¡Luisa!—murmuró,—tú aquí otra vez, tú cuidándome como hace dos años… ¿Y ese traje?

—Es el mío.

—Sí, lo comprendo, al verte abandonada entrarías en una casa de caridad para asistir á otros enfermos con el celo y la abnegación que tuviste conmigo; me conduje contigo indignamente, pero Ana volvió á fascinarme, me obligó á casarme con ella y he sido muy desgraciado después. He pedido mucho á Dios que me dejase verte una vez, una sola, ahora puedo morir en paz. Luisa, perdóname.

—Yo no me llamo Luisa, sino Sor Angela.

—Nunca ningún nombre estuvo mejor puesto, pero no me engañes, te reconozco en todo, en tu rostro, en tu acento, en tu bondad.

—No debo evocar recuerdos profanos.

—¿Acaso lo son? El amor no es un recuerdo profano, es sagrado más bien, sobre todo cuando ha llevado consigo, como el tuyo, un sin fin de contrariedades y de disgustos y ha sido pagado con la más negra ingratitud. Tu amor fué el principio de tu calvario, no habrás sufrido más

que por él cuidando á los enfermos, curando á los heridos y velando á los muertos. Aquellos enfermos no te conocían ni te debían favores pasados; aquellos heridos no te habían causado llagas más profundas y mortales que las suyas; aquellos muertos eran menos insensibles que el hombre á quien amaste y que te abandonó. Ignorabas sus nombres quizás, sus almas en cambio llevaban de eco en eco y de mundo en mundo el tuyo para pronunciarlo ante el trono de Dios. Luisa, siento que mi vida se agota en este último esfuerzo; dime que me perdonas.

Ella, en cuyo corazón tenía albergue entre todos los buenos sentimientos el de la compasión, se inclinó hacia Félix y con voz apenas perceptible murmuró estas palabras:

—Pues bien, yo te perdono, muere en paz.

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VI

Ana se empeoró de tal manera, que el médico, en su visita de la mañana siguiente, ordenó se le administrasen los últimos sacramentos. La enferma se rebelaba contra la muerte; era joven y luchaba por vivir. Vano empeño, aquella noche murió, y Félix, cuyo estado era desesperado

desde un principio, falleció poco después.

¿Qué pensó Sor Angela entre aquellos dos cuerpos inertes, el uno del hombre á quien únicamente había amado, el otro de la mujer causa de todas sus desventuras? Su caridad era tan sublime que es seguro que los perdonó.

Veló los cadáveres, rezó por las almas y cuando su misión estuvo terminada allí, salió para proseguir su santa obra asistiendo á otros enfermos con un interés y una abnegación admirable.

La casualidad la había llevado á la presencia de Félix cuando menos lo esperaba, y éste vio amargados sus últimos momentos al hallarse entre las dos mujeres que tanto habían influido en su existencia. Si Luisa, ó Sor Angela, hubiese podido leer en el pensamiento de su amado, cuando aún podía formular ideas, pero no expresarlas ya, hubiera visto que se decía:

—Luisa hubiese labrado toda mi ventura.

¡Qué triste es dejarse fascinar por la belleza que muere y que mata!

JULIA DE ASENSI.

Publicado originalmente en

El álbum ibero-americano

En Madrid 30 de agosto de 1891

Directora: Concepción Gimeno de Flaquer

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