Caricaturas.-Los listos.

cari1

Luis Taboada

dibujos

de

Ángel Pons

Madrid

Manuel F. Lasanta

Editor

Calle de Mesón de Paños, 8

1892

LOS LISTOS

I

A mí? ¿engañarme á mí? Decía Trompeta, asiduo concurrente al café de levante. Soy madrileño legítimo, nacido en la calle de la Ruda y recriado en la del Bonetillo.

—Hoy se ha adelantado mucho eso del timo, replicaba don Doroteo, apreciable cirujano comadrón.

—¡Parece mentira que haya hombres tan ilusos! Siguió diciendo Trompeta. Se dejan conducir por los timadores como borregos.

—Es que los timadores son muy listos.

—¡Ya saben ellos con quién dan! Mire usted, conozco á Madrid como conozco á mi esposa, mal comparada. Una vez me paró en la calle un timador, y quiso hacerme creer que poseía unos polvos para fabricar melocotones de Aragón; y ¿sabe usted lo que hice? Pues le cogí por el cuello, y si no es por una portera que empezó á darme escobazos, lo estrangulo allí mismo.

Don Doroteo sonríe con aire de incredulidad, y Trompeta exclama:

—¡Diga usted que se necesita tener mucho pésqui para dármela á mí! ¡Á mí!…

Trompeta es uno de esos sujetos que ejercen la profesión de listos.

No hay suceso que él no haya presenciado, ni calle que no conozca, ni garito que no visite, ni joven agraciada que no se vuelva loca por sus pedazos.

Si se trata de beber copas, es una fiera; si de andar á puñaladas, una cuba; si de toros, un Hermman; si de manejar las cartas, un Lagartijo… Y así sucesivamente.

Ello es que á Trompeta no hay quien se la dé en este mundo, según dice él.

—Porque yo no tendré dinero, añade; pero me han salido los dientes viendo cosas, y á gatera y perdío me ganan muy pocos: ¿sabe usted, don Doroteo?

—Puede, contesta el comadrón, que es un tuno muy largo.

II

Trompeta sale del café con dirección á su domicilio.

—¡Hay gente que me da una rabia! Va diciendo por el camino. Todo se lo creen. ¡Cualquier día me dejaba yo engañar! ¡Yo! ¡Un madrileño nacido en la calle de la Ruda y recriado en la de Bonetillo!… ¡Vamos, hombre, tendría gracia!

—Caballero, le dice en aquel momento un joven, acercándosele con cautela: ¿quiere usted comprar un reloj de oro?

—¿Eh? Dijo trompeta mirando á su interlocutor.

—Se lo doy á usted muy barato.

Rompeta abrió los ojos hasta lo inverosímil.

—Pero… ¿es de oro? Preguntó.

—Oro de ley.

Y el joven condujo á Trompeta á un portal.

—A ver eso…

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—Tenga usted cuidado, siguió diciendo el joven. ¡Si me ven los guardias!…

Cuando trompeta vio el reloj, no pudo menos de lanzar una exclamación de asombro.

—¡Es un remontoir de búten! Dijo el comerciante callejero.

—¿Y cuánto?

—Veinte duros.

—Doy quince.

—No puede ser.

—Quince y una peseta.

—menos de dieciséis…

El trato quedó hecho, y Trompeta puso en manos del joven la cantidad convenida, en buena moneda.

Después, embozándose hasta los ojos, partió calle abajo, diciendo para sí:

—¡Una onza por un reloj de oro magnífico! ¿Seré yo largo? ¡Después dice Doroteo que no sé distinguir…

III

Al día siguiente:

—¡Hola, trompeta!

—¡Adiós, don Doroteo!

—¿De dónde se viene?

—Vengo de una juerga. Un poquito de vino; algo de cante; en fin… ¡la mar!

—¡Usted siempre tan tronera!

—¿Qué va uno á hecerle?

—¡Buen pillo está usted!

—Regular… Nacido en la calle de la Ruda.

—Y recriado en la del Bonetillo.

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—Exactamente. ¡Hombre! Va usted á ver si le tiene á uno cuenta haber nacido aquí y estar en los timos y en las granujerías de la vida. Anoche compré un reloj.

—¿Sí?

—¡Cosa magnífica! A otro que no fuese yo, le hubiera costado cien duros.

—¡Caramba!

—Pero como soy tan granuja, ofrecí quince y me lo dejaron en dieciséis.

—¡Ah sátrapa!

—Mire usted.

Trompeta saca el reloj. Don Doroteo lo examina, y prorrumpe en una carcajada.

Trompeta.—¿De qué se ríe usted?

Don Doroteo.—Del reloj.

—¿Cómo?

—Mire usted, mire usted que pálido se va quedando…

—Pero…

—¿No decía usted que era de oro?

—¡Claro!

—Pues… mírelo usted bien. ¡Es de hojalata con un baño de azafrán!

Luis TABOADA

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