Caricaturas.-Poetas fúnebres.

carica1por

Luis Taboada

dibujos

de

Ángel Pons

Madrid

Manuel F. Lasanta

Editor

Calle de Mesón de Paños, 8

1892

Poetas fúnebres.

A Dios gracias, en la función dedicada al insigne Rafael Calvo por sus compañeros del español, no habrá lectura de poesías.

La Comisión encargada de organizar esta solemnidad artística ha acordado reunir en un folleto las composiciones, más ó menos poéticas, dedicadas al difunto; y de este modo los padres de familia ajenos á la rima, quedan en libertad de leerlas ó de legárselas á sus hijos para que se vayan enterando de nuestro florecimiento lírico.

No hay nada más triste que ir al teatro con el propósito de distraerse, y que salga un actor vestido de funeraria y rompa á leer, por la voz entrecortada por los sollozos.

—¡Hombre! Yo he venido aquí á divertirme—exclama el espectador de buena fe, que ha pagado su billete con el propósito de sacudir el yugo de su suegra y olvidar por un momento los sinsabores del matrimonio.

—Pues vamos á tener lectura para rato—le contesta un adlátere.—¿Ve usted á todos esos señores que parece que no hacen nada? Pues tienen su poesía correspondiente en el bolsillo del pantalón.

Así es, en efecto. Hay actores que están deseando el exterminio de sus semejantes, para poder leerles media docena de octavas sobre la tumba; y aquella noche comen de prisa y corriendo, después de decir á sus esposas respectivas:

—Anda mujer; saca la sopa, que hoy ha caído tela.

—¿Estrenáis algo?

—No: vamos á leer poesías en loor de Rodríguez, el característico, que en paz descanse.

—Amén.

Menos mal si todos los que escriben versos sobre las tumbas de los artistas fuesen personas razonables; pero sucede á lo mejor que cualquier escribiente de consumos se cree con luces bastantes para componer un soneto, y después, quien lo paga es el público, y el sentido común, y la gramática castellana.

car3_1Los organizadores de veladas poéticas suelen tener visitas del tenor siguiente:

—¿Es usted don Gumersindo?

—Servidor.

—Pues yo vengo á leerle á usted una composición en esdrújulos que escribí ayer en el Ayuntamiento, donde me tiene usted á sus órdenes, negociado de atarjeas y pozos negros.

—Tantas gracias.

—He sabido que organizan ustedes una velada, y no quiero faltar, pues no es la primera vez que se han leído cosas mías. Cuando estuvo de días el Alcalde, le hice una oda y se la leyó el secretario del Ayuntamiento en sesión secreta; por lo cual me remitieron á casa un pupitre de honor con incrustaciones es y media docena de pañuelos del bolsillo.

—El caso es que tenemos ya una porción de composiciones poéticas…

—Lo supongo; pero dificulto que ninguna tenga más esdrújulos escogidos que la mía.

Oiga usted:

«Ya que la parca estúpida

te ha arrebatado fúlgido,

permite venga plácido

tú tumba á visitar.»

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—¡Basta, basta!…

«Y de mi acento cándido

recibe el dón benéfico,

pues soy un bardo húmedo

que llora sin cesar.»

El individuo de la Comisión organizadora se agita sobre su asiento, y trata de despedir al vate; pero éste saca una carta de recomendación de un guarnicionero de la calle de Postas, persona muy influyente, á quien no puede faltar el individuo, y éste dice entonces:

—Corriente. Procuraré que le lean á usted eso.

—Diga usted al actor encargado de mi lectura, que pronuncie bien la parte de abajo, porque es donde he puesto más esmero, y que diga bien claro mi nombre y mis dos apellidos; Juan de la Cruz Salmonetín y Barbillo.

—Vaya usted descuidado.

—Porque deseo que en mi país vean mis adelantos.

Allí me tenían por un bruto, y el maestro me echó de la escuela dos veces, diciendo que nunca sería nada; pero, gracias á Dios, he dado pruebas de todo lo contrario, y en el Ayuntamiento vienen á buscarme los concejales para que les dicte las cartas y les corrija los discursos… ¡Ea, abur! Si hay que hacer algún desembolso con motivo de mi poesía, estoy aquí yo dispuesto á responder…

—¡Vaya usted al infierno!

Esto lo dice aparte el individuo de la comisión; pero como no es cosa de desairar al guarnicionero, los versos se leen en la velada y los periódicos se deshacen en elogios declarando al joven Salmonetín poeta inspirado y titilador de ternura infinita, aunque modesto y mal configurado.

Hay una porción de poetas como Salmonetín, que se pasan la vida en acecho, esperando que haya veladas para exhibir sus dotes intelectuales; y en cuanto tienen ocasión, buscan recomendaciones y revuelven á Roma con Santiago para que les lean sus cosas en público.

Entre los versificadores fúnebres que conocemos, figura una señorita picada de viruelas, que no se ha casado por esta razón, y porque además tiene mal aliento; la cual señorita regala flanes á los individuos de todas las Comisiones, á ver si por este medio logra salir del oscurantismo, como ella dice, y la declaran vata nacional, como tantas otras, que no tendrán seguramente más inteligencia, pero que han visto conquistarse una reputación envidiable y lucrativa.

Luis TABOADA

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