LA ZAMACUECA

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(NARRACIONES ESPAÑOLAS Y AMERICANAS, 1886)

EL baile popular de Chile y de todo el Pacífico se acompaña con una música muy bella y muy animada, que, como todas las de América, tiene un marcado sentimentalismo que sobresale en sus notas.

La zamacueca no es sólo el baile del hijo del pueblo.

Apenas hay familia en el Pacífico, y muy principalmente en Chile, que no lo baile.

Como la habanera, está la zamacueca suprimida en los programas de los grandes bailes; pero no hay soirée íntima en donde no se escuchen los acordes de tan graciosa danza.

Es de ver el donaire especial con que la chilena baila la zamacueca, secundada por su pareja, y mucho más si ésta es un roto.

El roto es el hombre del pueblo, de temple, de ingenio, de imaginación chispeante.

Se bate como bueno contra el enemigo, se halla siempre dispuesto á esgrimir su cuchillo frente á cualquiera que le dispute su valor y su hembra, y es generoso, noble y leal.

Tiene mucho de nuestros guapos andaluces y nuestros bravos aragoneses. Ni cede en su demanda, ni retrocede ante el peligro.

Ese es el roto, digno de tanto estudio como afecto, el que baila tan bien la zamacueca, siguiendo los movimientos de retroceso y de avance de su pareja.

La mujer y el hombre, frente la una del otro, con un pañuelo cada cual en la mano, que agitan con gracia en el aire, van dando vueltas por el salón con un paso muy semejante al de la habanera, la sonrisa en los labios, cimbreando suavemente el cuerpo, al mismo tiempo que se abrasan sus ojos en el fuego de sus miradas.

Chile es la tierra clásica americana de la cultura y la distinción, y esto se refleja notablemente en la zamacueca, baile excesivamente delicado, en donde no hay un solo movimiento grotesco.

La zamacueca es uno de los bailes más originales, no sólo de América, sino del mundo; no se parece á ninguno, y tiene, si acaso, en su parte ceremoniosa, algo del de los primitivos araucanos, esos bizarros ascendientes de Chile, que fueron parte á que el valeroso Ercilla se inspirase y cantase sus glorias, enriqueciendo la patria literatura con un poema de estrofas tan inspiradas, tan hermosas, tan sentidas como La Araucana, en que el poeta tendiera el vuelo de su brillante imaginación allá por las regiones en donde tiende el cóndor sus alas, rey del aire, que acaricia en sus giros las altas cumbres de los Andes, esos colosos admirables de la naturaleza sud-americana, que defienden la entrada de Chile por la República Argentina, amurallando sus fronteras de modo inexpugnable que no alcanzará nunca á llevar á cabo la ciencia militar moderna, y por donde atravesará la industria y el progreso la locomotora en muy breve plazo.

El zortzico que al son del tamboril bailan los guipuzcoanos á la falda de sus montañas, al pié de Somorrostro, en las cercanías de Durango, de San Sebastian y de Estella, algo tiene quizá de común con la zamacueca, como algo de semejanza tiene también el carácter del guipuzcoano y del chileno. Amante el primero, hasta el delirio, de sus libertades, que tienen un altar en el venerando árbol de Guernica; entusiasta el segundo, hasta el frenesí, de su independencia, desde sus abuelos, desde los tiempos primitivos del descubrimiento de América, ambos son de arraigadas creencias, de espíritu levantado y firme constancia.

La zamacueca sirve para conmemorar todas las fiestas, y muy principalmente aquellas del hogar en que se celebra un día, una fecha, ó un suceso fausto para la familia.

El baile popular del Pacífico, ya se acompaña con el piano, que en la sala toca una bella criolla, ora con la guitarra, cuyas cuerdas pulsa en un rancho, ó en la blanca y modesta vivienda de un hijo del pueblo algún famoso roto.

*

*             *

¿Quién ignora la reciente y terrible lucha que sostuvieron el Perú y Chile? ¿Quién los combates por tierra y por mar que pusieron tan alto el nombre de ambos países?

América toda y Europa tuvo la vista fija en la antigua Arauco, y admiró las batallas de sus heroicos hijos, aquellos que cruzaron sus armas el año 1866 con nuestra España, y demostraron ser dignos de la madre patria por la ardiente y á la par generosa sangre que bulle en sus venas.

Esto se vio en la guerra del Pacífico, en la acción del Callao, allí donde el nombre de Méndez Nuñez pasó para siempre con aureola inmarcesible á la historia contemporánea; allí donde el ilustre marino, gloria de España, hizo prodigios de valor ante la fuerte plaza del Callao, defendida con grande aliento por los preclaros hijos del Pacífico que opusieron tenaz resistencia á los buques de nuestra marina, á la misma que han saludado con cariño después, con entusiasmo de hermanos, con el mismo afecto con que los españoles han hecho los honores correspondientes al pabellón chileno, con el mismo que han visto en la capital de la monarquía al insigne vicealmirante Lynch, que en la última guerra de Chile contra el Perú adquirió justa fama, y es sin disputa en aquella República una de las figuras más venerandas.

La guerra en que tanto se distinguió el célebre marino chileno fué rica en grandes episodios, muy principalmente por mar, en que los pueblos del Pacífico han llegado á una buena, altura.

Al organizarse y disponerse para entrar en campaña los ejércitos peruano y chileno, se organizaron, como siempre ocurre, algunas fiestas íntimas en los hogares de los hijos del pueblo, y allí se despidió el hijo de la madre, el novio de la amada, y de su esposa el marido, bailando, acompañado de una guitarra, la zamacueca.

Un hermoso tipo de roto de los más guapos de la campiña de Santiago, más de una vez curtido en las nieves que cubren los Andes, con el cuerpo lleno de cicatrices de otras tantas heridas recibidas en alguna pelea, bailaba en un rancho la zamacueca con una mujer de muy negros ojos, no menos que el cabello abundante que sujetaba en su cabeza, tez de un moreno pálido, cobrizo claro como el del roto, mirada viva y penetrante, menudo pie, blancos dientes, labios de grana y fisonomía inteligente.

Los dos amantes, que así lo eran, iban á separarse al rayar la aurora. El roto partía á Santiago á incorporarse á su batallón; ella le seguía con el alma. El bello cuerpo de la chilena, en donde había quedado en prisiones el corazón del roto, permanecía en aquellos campos.

Terminó el baile á las primeras luces de la mañana.

Había llegado el término de aquel rato de dicha que con la oscuridad de la noche iba á desaparecer como una pasajera sombra, símbolo del placer, y á quedar disipada al calor de los rayos del sol ardiente de la América.

El blanco y fino pañuelo que había agitado durante el baile la campesina había pasado como prenda de amor al roto, que lo guardaba en su pecho y lo oprimía fuertemente contra su poncho.

Se cruzaron las miradas de despedida, los fuegos más certeros de las batallas del amor, y un momento después, una mujer anegada en llanto, colocada á la puerta de un rancho, seguía con la vista á un apuesto jinete que vestía el traje de los rotos y se dirigía á todo el correr de un ligero y pequeño caballo de pura raza americana á Santiago de Chile.

*

*              *

Las cercanías de Lima presentaban un aspecto desolador.

Lima, la capital del Perú, la tierra clásica de las minas de oro y de las mujeres hermosas, se veía amenazada de un rudo golpe.

Las tropas chilenas iban á apoderarse pronto de aquella ciudad, y con ella de las riquezas que encierra el Perú.

La suerte de las armas era adversa á los valientes peruanos, que se habían batido en muchas ocasiones con el delirio de la desesperación y con el denuedo siempre hereditario en ellos.

La guerra tocaba á su fin. Se libraban las últimas acciones. El ejército peruano hizo esfuerzos supremos para contener á los chilenos que, como una avalancha, venían sobre Lima con el firme y decidido propósito de apoderarse de la capital del Perú, resueltos á vencer toda clase de obstáculos y á concluir en plazo breve con su empresa, estrechando las distancias cada vez más.

Llegó el día infausto para el Perú, aquel día triste en que para los peruanos lucía sus rayos el sol que adoraban los incas envuelto en negros y espesos crespones; el aire que respiraban les ahogaba, y los ojos se les nublaban al ver las primeras tropas de Chile pisar las calles de Lima con las banderas desplegladas y la satisfacción en los semblantes que oscureciera el humo de la pólvora, marcando en sus rostros el sufrimiento los grandes surcos originados por las fatigas de una ruda campaña.

¡Qué horrible pena!

Un cuadro de la guerra de esos que el pincel de un artista inspirado hubiese trasladado al lienzo con la vida y el sentimiento de la pintura, se presentaba en Lima á la entrada de las tropas chilenas.

Las pisadas de los soldados parecían resonar en las tumbas de un cementerio. Así lo juzgaban los peruanos, en cuyos pechos, devorados por el dolor, luchaban ideas muy contrarias.

Las guerras son tan grandes como horribles en sus manifestaciones y consecuencias.

La bala que atraviesa el pecho de un soldado hiere de muerte al mismo tiempo á otro ser ó á otros seres que allá en el hogar cifran en la pobre víctima de la patria su bienestar ó su dicha.

Al cubrir sus cuerpos con negras telas y llorar la pérdida del soldado querido, que poco tiempo hacía marchaba á la pelea lleno de vida, se aperciben de que su corazón ha muerto también y se cubre de sombras no menos negras.

El de los peruanos estaba de luto, como los trajes de la mayor parte de ellos.

El batallón de aquel célebre roto que bailaba la zamacueca con su amante la noche antes de irse á reunir á su fuerza en Santiago de Chile, debía ser el primero en entrar en Lima.

El roto había luchado como un héroe en la campaña, habiendo recibido varios ascensos frente al enemigo, en los mismos campos de batalla.

Formando contraste con las caras de los peruanos, se había colocado á la entrada de Lima una hermosa joven con el rostro resplandeciente de alegría y una ansiedad indescriptible pintada en él.

Era la amante del roto.

¡Qué gozo el de la joven al vislumbrar los primeros soldados chilenos!

Se acercó aquel momento tan deseado para ella. Desfiló la primera compañía, después la segunda, pasó la bandera, siguió pasando el batallón; pero el roto no aparecía.

A muy corta distancia de aquella fuerza, marchaba un carro, que se detuvo un momento frente á una casa, á donde trasladaron á un soldado que iba á lanzar el último suspiro.

Tenía los galones de alférez, y sujetaba con su débil mano, que, como su cara, se hallaba tinta en la palidez de la muerte, una honda herida en el pecho.

Tenía empapado en sangre un fino pañuelo que apretaba contra la herida.

La mujer que esperaba la entrada de aquel batallón que marchaba delante del carro, lanzó un grito desgarrador y se fué tras aquel desgraciado oficial.

Abundantes y gruesas lágrimas resbalaban por las mejillas de los que le llevaban en hombros y le metían en aquella casa, en donde fué tendido en un lecho.

Allí murió el alférez momentos después, abrazado á la joven que había ido á Lima á presenciar la entrada del ejército de Chile.

Al día siguiente se le dio sepultura, y en premio á su valor se le hicieron al cuerpo del roto los honores que marca la ordenanza para los oficiales más distinguidos muertos en campaña.

El cadáver llevó al sepulcro el pañuelo con que oprimió su herida, y que no fué posible arrancarlo de la crispada mano que lo tenía.

Era el que había recibido de su amante como prenda de amor la noche antes de su partida, el que agitara en su mano ella mientras bailó con el roto la zamacueca.

PEDRO SAÑUDO AUTRAN

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2 pensamientos en “LA ZAMACUECA

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