UN PREMIO DE LA LOTERÍA

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Hace algunos años la Marquesa de M tuvo la feliz ocurrencia de comprar un billete de la lotería de Navidad, dando participación en la jugada á todos sus criados y dependientes, que son muchos en Madrid, donde tiene su residencia, y en varios pueblos donde posee fincas de importancia. El número fué el del segundo premio, y todos bendijeron la buena mano de la Marquesa al recibir la no despreciable cantidad que á cada cual correspondió.

Desde entonces la Marquesa compra cada año para el sorteo de Navidad un billete, dando parte en él á todos los que comen el pan de su casa. No le ha vuelto á tocar el premio grande, pero el año que viene será, dice la Marquesa, viendo defraudada su esperanza, y ya no vuelve á acordarse de la lotería hasta el venidero mes de Diciembre.

Hace dos años, el 15 de Diciembre, hallábame yo en casa de la Marquesa, que acababa de recibir el billete que había mandado comprar con igual destino que los años anteriores. Y decía á su mayordomo:

—Eusebio, escriba V. hoy á todos los dependientes de casa para que sepan que llevan parte en el número lO.6OO de la lotería de Navidad, y que entre todos se distribuirá el premio que se logre, si so logra.

—Bien, señora Marquesa. Lo haré como todos les años.

—¿Ya lo habrá dicho V. en casa á todos?

—Sí, señora, pero me ha ocurrido una cosa más rara…

—¿ Qué?… Digo, si se puede saber.

—Sí, señora. Esa costurera que, por haber muerto la que tantos años ha servido á V. E., se ha encargado hace poco del reparo de la ropa, me ha dicho que de ninguna manera quiere que se le dé parte en el billete de la lotería.

—Pero, ¿le ha dicho V. que es un regalo que yo hago á todos los que me sirven?

—Sí, señora, y se lo han dicho las doncellas y la planchadora, y ha insistido en que prefiere dejar la casa y perder el trabajo á que se le dé participación en la jugada.

—Es raro, en efecto, lo que me cuenta usted.

—Pues hay más, señora.

—¿Más todavía ?

—Sí, señora. Las muchachas la han tomado con ella, se han burlado de su capricho, y la buena mujer se ha afligido de tal suerte, que llorando la acabo de ver, como si le hubiera sucedido la mayor desgracia.

—¡Pobre mujer !

—Las muchachas se han compadecido de ella, y le han hecho mil preguntas y han pretendido consolarla.

—¿Y qué ha dicho ?

—Por lo que más amen en el mundo, les ha dicho, no vuelvan ustedes á hablarme de la lotería. Yo deseo que la suerte favorezca á ustedes, y que Dios premie la caridad de la señora para con sus criados; pero no quiero nada para mí, nada que no sea el producto de mi trabajo.

—Me interesa mucho lo que me dice V. de esa pobre mujer, y quiero hablar con ella, dijo la Marquesa. Llámela usted.

—Ahora mismo. Pocos momentos después entraba en el gabinete la costurera. Era una mujer como de cuarenta años, bella aún, de fisonomía dulce y simpática, y más simpática por el sello de melancolía y sufrimiento que el menos perspicaz habría advertido en ella.

—¿Qué tiene V. E. que mandarme? preguntó con humildad la costureta.

—Siéntese V., Margarita; creo que se llama V. Margarita.

—Para servir á V. E.

—No me dé V. tratamiento, Margarita.

—Gracias, señora.

—¿Está V. enferma ? ¿Tiene Y. algún pesar?

—¡Ay! sí, señora, contestó Margarita con un acento verdaderamente conmovedor.

—Y puedo hacer algo por aliviar el sufrimiento de usted?

—No, señora, nada.

—Me gusta hacer bien, Margarita; sobre todo á personas de quienes tengo los buenos antecedentes que de usted. Sé que es V. muy honrada, que mantiene á sus ancianos padres imposibilitados, que trabaja usted mucho, y que, siendo buena y hermosa, no se ha casado, acaso por no abandonar á sus padres.

—Señora, no merezco las bondades con que V. me favorece.

—Sí, Margarita, y cuente V. con que en mi casa no le faltará nunca el trabajo.

—Es un gran beneficio el que V. me hace.

—Pero quiero que V. sea franca conmigo, y satisfaga una gran curiosidad que tengo.

—Señora , murmuró la costurera.

—Me ha dicho el mayordomo que habiendo V. sabido que todos los años regalo á mis dependientes un billete de la lotería de Navidad, se niega V. en absoluto á que se le dé, como á todos, participación en la suerte, si por acaso fuese favorable.

—Es verdad, señora, contestó Margarita.

Y jamas ha llegado á mi oído y á mi corazón un acento de tan profunda tristeza como el de la costurera al responder á la Marquesa.

—¡Jesús! exclamó ésta; ¿tiene V. aversión á la lotería?

—Sí, señora.

—Pero, ¿por qué? ¡Ay! perdone V. Margarita, esta pregunta de mi curiosidad; yo no tengo derecho á saber lo que V. no quiere decir.

Y ya Margarita no podía contener las lágrimas.

La Marquesa calló unos momentos, respetando el dolor de la pobre mujer, y luego se levantó, y acercándose á ella, le tomó una mano y le dijo con cariño:

—Vamos, Margarita, no llore V. así, que me da mucha pena. ¿Qué le ha pasado? ¿Qué desgracia tan grande pesa sobre V., que de tal suerte le aflige? Puede usted hablar con toda franqueza….

—Si esta señora, dije, no quiero que yo sepa sus penas, me retiraré. —No, dijo la costurera, no es ningún misterio.

—Yo ofrezco á V., dijo la Marquesa cariñosamente á Margarita, que he de hacer cuanto pueda…

—Señora, no puede V., contestó Margarita antes que la Marquesa terminara la frase.

—¿Tan grande es el infortunio de usted ?

—¡Oh! tan grande.

—Parte de mi fortuna diera por remediarlo, dijo la noble Marquesa, y no digo toda mi fortuna porque tengo hijos.

—Señora, contestó Margarita, la fortuna no es para mí. Es V. tan buena, señora, le agradezco tanto su buena voluntad, que voy á satisfacer la curiosidad de usted.

—No es curiosidad ahora, antes lo era; ahora es interés, verdadero interés que me inspira usted.

— Gracias, señora mía.

Margarita, limpiando á cada momento con el pañuelo sus ojos, sin lograr detener las lágrimas, comenzó su triste historia.

—Hace años, muchos años ya, era yo la muchacha más dichosa de la tierra. Vivía con mis padres pobremente, porque nunca hemos tenido más que nuestro poco productivo trabajo, pero vivíamos contentos. Nos queríamos mucho, y en casa había paz y amor. ¿ No es ésta una felicidad acaso mayor que la de la riqueza?

—En efecto, Margarita, observó la Marquesa.

—Yo tenía un novio que me adoraba, y al que adoraban mis padres como á un hijo, porque era bueno y valiente, y honrado y generoso. Estaba concertado nuestro casamiento para cuando cumpliera en el ejército. Era sargento, querido de sus jefes y de los soldados por sus buenas cualidades, y tan gallardo, que, como decía mi madre, daba gloria verle. El amor que me tenía era tan grande, que todo le parecía poco para mí. Lamentábase de no ser rico, de no tener posición, de no poder ofrecerme otro bien que el fruto de su trabajo de ebanista, en que era habilísimo, y al que tendría que volver cuando dejase el servicio militar.—«Si yo fuera oficial siquiera, seguiría la carrera de las armas, me decía, y te juro que había de llegar á general para que tú fueras una generala hecha y derecha.» —Y otras veces exclamaba: —«¡Si quisiera Dios que me tocase el premio grande de la lotería!»—Y siempre jugaba, esperando siempre ser rico por la lotería. Mis padres y yo tratábamos de disuadirle de sus ideas de ambición; le demostrábamos que no necesitaba obtener las ventajas que codiciaba para ser querido; le encarecíamos lo decoroso y productivo de su arte, y yo particularmente le reñía, como se riñe á quien se adora, para que no fuera codicioso más que de mí amor. Pero era una idea fija la suya. Ser oficial, trocar el fusil por la espada, y el capote por la levita, ó sacar un premio de la lotería. Y todo por mí, porque todo le parecía poco para mí.

Margarita calló unos momentos, porque la ahogaban los sollozos.

—Un día, continuó, vino á verme, y me pareció muy animado, y más que animado, muy aturdido.— «Margarita, me dijo, no lo creerás, pero me parece que pronto voy á realizar mí deseo.»—¿ Cómo? le pregunté. ¿Vas á ser oficial?—«Probablemente voy á ser capitán.» —¡Qué disparate! exclamé. —«¿Disparate? Pues mira.» Y me enseñó un papel.—¿Qué es eso? —«Esto es un despacho de capitán,»

Yo quedé aturdida. Parecíame sumamente raro que desde sargento que era pudiese ascender nada menos que á capitán; pero me habló tan cariñoso, tan enamorado, y manifestaba tal seguridad de obtener la fortuna á que aspiraba, que ya no me atreví á hacerle observación alguna. Sin embargo, cuando me separé de mí amado Pablo comenzaron mis inquietudes, y sentí una ansiedad, un sobresalto tan grande, que llorando pase toda la noche, y no pude conciliar el sueño. Latía mi corazón agitado á impulsos de un doloroso presentimiento, y hubo instantes en que de tal suerte creció mi angustia, que estuve á punto de ir á despertar á mi padre y á decirle: —¡Padre, padre; Pablo debe estar en peligro Padre, ayúdeme V. salvar á Pablo! —¡Ojalá lo hubiera hecho! Yo no sabía qué peligro le amenazaba, pero mi leal corazón me lo decía á grandes voces. ¡Ay! ¡Nunca me ha engañado mi corazón!

Otra vez se vio obligada la triste mujer á suspender su narración. La Marquesa y yo estábamos fuertemente impresionadas ante aquella desdichada criatura, cuyo infortunio debía ser incomparable é inmerecido, porque Margarita era, sin duda, una dignísima, una adorable mujer.

—El día siguiente, continuó Margarita, volvió á verme, y volvió á insistir en las ideas expresadas en nuestra anterior entrevista, y sacando de su cartera tres décimos de la lotería, que se sorteaba pocos días después, me los dio, diciéndome: —«Guárdalos; he soñado esta noche que me había caído parte del premio grande y en cuanto he salido he comprado esos décimos. A ver si Dios quiere que sea verdad mi sueño.» —Tomé los décimos llena de angustia, porque todo lo que parecía á Pablo de venturoso augurio, parecíame, por secreto presentimiento, ocasión de alguna gran desgracia que nos amenazaba.

Pablo estuvo á mi lado más tiempo que de ordinario, y al separarnos me cogió la mano, y sin poderlo yo evitar, me atrajo á sí y estampó en mi frente un beso, el primero y el último, porque mi pobre Pablo murió dos días después.

—¡Desgraciado! exclamó la Marquesa.

Margarita, haciendo un supremo esfuerzo, continuó.

—El día siguiente al de nuestra última entrevista hubo en Madrid grande alarma, y mi padre vino diciendo que la tropa se había sublevado. Todo concluyó pronto, todo, y Pablo, que olvidó sus deberes militares, fué fusilado á las pocas horas de terminado el motín, con otros infelices engañados como él. ¡Pablo de mi alma! Porque todo le parecía poco para mí, porque era su afán más vivo darme toda la mayor felicidad, se comprometió en aquella desdichada empresa, y en un punto acabaron su vida y mi ventura. Yo estuve muy enferma, entre la vida y la muerte, y mis pobres padres hicieron por mi todo género de sacrificios. Lleváronme fuera de Madrid á un pueblo donde tenía un tío sacerdote y allí estuve once meses, y gracias al buen concejo de este hombre excelente y al amor de mis padres, recobré salud bastante para poder trabajar, que debo trabajar para mis padres. ¡Oh, si ellos no hubieran vivido, la desesperación habría acabado con mi vida.

—¿Y los décimos de la lotería? preguntó la Marquesa, después de unos momentos de silencio, á la desgraciada Margarita.

—Los décimos de la lotería los olvidé. Durante algunos meses de mi enfermedad, ni un momento vino á mi memoria el recuerdo de aquellos malditos billetes. Luego, un día, pensando en mi desdichado prometido, que era mi pensamiento único, recordé el obsequio que me había hecho, y en vano procuré determinar dónde los había guardado. No imaginaba yo siquiera que hubieran sido premiados aquellos décimos, no codiciaba seguramente la ganancia que en ese caso había de recoger, y que no hubiera podido entregar á ningún heredero de mi Pablo, porque éste, para ser en todo infeliz, había perdido á sus padres hacía tiempo y no contaba otros parientes: quería conservar siempre aquellos billetes porque me los había dado Pablo. Pero nada, por más que torturaba mi imaginación, no podía recordar dónde los había puesto. Volví á Madrid, pasó tiempo y los décimos no parecieron.

—¿Y no han parecido? preguntó la Marquesa.

—Aquí están, dijo Margarita sacándolos del pecho; nunca los separo de mí; aquí están estos décimos que Pablo había visto en sueños premiados con un dineral.

—¿Y dónde estaban?

—Señora, un día que mi padre estaba gravemente enfermo y yo no tenía trabajo, y la miseria se posesionaba de nuestro hogar, buscando qué vender ó qué penar, á fin de obtener recursos para atender á mi padre, fijé la vista en un bonito costurero que mi madrina me había regalado y que yo no usaba, y servía de adorno en nuestra salita. Pensé vender el costurero, el cajoncito que tenía, y que yo lo había forrado de papel de color, levanté este papel y debajo estaban los décimos.

—¿Y habían sido premiados?

—No lo imaginé siquiera, pero mi pobre madre me invitó á que lo averiguase, porque si habían sido premiados, en aquella circunstancia nos era más que nunca necesario algún auxilio. Yo me negué á intentar saber si la suerte había favorecido aquel número, pero pasaron más días y cada vez fué más precaria nuestra situación, á tal extremo, que una mañana salí con los décimos y entré en la primera lotería. Pregunté al lotero si estaban premiados, sacó unas listas, buscó el número y me dijo: —¿Donde ha encontrado V. esos décimos? —Son míos, contesté. —¿Y ahora viene V. á ver si le ha tocado la lotería? Hace un mes habría usted cobrado quince mil duros, pero ahora ya han caducado. Ha pasado el año con exceso. —Esta es la historia, señora.

—¡Jesús! exclamó la Marquesa. ¡Qué desgracia!

—Crea V. que no sentí perder aquella suma. ¡Mi Pablo fusilado y yo con una fortuna tan grande! No hubiera podido hacer nada de ese dinero. Habría sufrido mucho más que he sufrido. He consagrado mi vida al trabajo para mantener á mis padres; cuando ellos me falten, que ya no podrán vivir mucho, seré hermana de la Caridad. Dios sabe lo que hace. Cúmplase la voluntad de Dios. Desde entonces no he jugado nunca á la lotería, y ésta es la razón por que, al decirme el mayordomo que se me daría parte en la jugada de la lotería con que V., bondadosa señora, obsequia en esta época del año á los que tienen la honra de servirla, me he opuesto con todas mis fuerzas. La lotería es para mí ocasión de agudísimo dolor y profundo pesar. ¡Qué felices hubiéramos sido Pablo y yo! ¡ Bendita sea la voluntad de Dios!

—Margarita, dijo la Marquesa profundamente conmovida, V. no saldrá nunca de mi casa.

—Doy á V. gracias, señora, por su bondad; pero he jurado consagrarme á la Caridad en cuanto la muerte de mis queridos padres me releve del deber que hoy cumplo, manteniéndoles y cuidándoles, con la ayuda de Dios, que no me abandona y que me ha dado fuerzas para soportar mi infortunio.

No hace mucho, en uno de mis viajes, visitando un hospital, encontré á Sor Margarita á la cabecera de un pobre moribundo.

La costurera había cumplido su propósito.

Carlos Frontaura.

Publicado originalmente en

LA ILUSTRACIÓN ESPAÑOLA Y AMERICANA

Madrid 8 de enero de 1879

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