CARICATURAS.—El bulto

carica1

por

Luis Taboada

dibujos

de

Ángel Pons

Madrid

Manuel F. Lasanta

Editor

Calle de Mesón de Paños, 8

1892

El bulto

El bulto que le había salido á don Lorenzo encima de la oreja derecha, le tenía preocupado hasta el punto de vivir lejos de la sociedad.

Verá usted como empezó la cosa.

elbulto1Él era my aficionado á los berros, y una tarde que no tenía nada que hacer, se quedó en su casa á solas con una fuente llena de ensalada. Después, como quien no quiere la cosa, se la fué comiendo poco á poco, y después descansó.

Pero él no sabe si por efecto de los berros, o por otras causas desconocidas, se le presentó el bultito; lo que sí asegura es que á los dos días tenía la forma de un huevo, y que un mes más tarde había adquirido las proporciones de un melocotón, con la pelusilla y todo.

—Mariquita—decía don Lorenzo á su mujer.—Si tuviera valor personal, me mataba mañana por la tarde.

—¡Ay! ¡No digas eso, que me pones la carne de gallina! —contestaba ella.

—Yo no puedo vivir bajo la horrible vergüenza del bulto.

—¡Tal vez haya algún específico para hacerle desaparecer. ¿No venden pasta mineral catalana para afilar las navajas? Puede que haya otra pasta cualquiera para los bultos.

La esposa, que no tenía punto de reposo desde la aparición del bulto, mandó buscar á un callista eminente, y le habló así:

—Mi esposo tiene una protuberancia.

—Sea por muchos años,—contestó el callista.

—Y es necesario que desaparezca.

—Desaparecerá.

—Él tiene antipatía á las operaciones quirúrgicas. Entre usted de sopetón en la alcoba, y arrójese sobre mi marido; solo así conseguirá usted operarle.

Don Lorenzo se hallaba en aquel instante raspando una corteza de queso para echarlo en la sopa de macarrones, cuando penetró en su habitación el pedicuro con la cuchilla desenvainada.

—¡A él, á él!—le gritó doña Mariquita.

—¡Socorro!—dijo don Lorenzo, ocultándose detrás de un baúl mundo.

elbulto2Pero el callista le cogió por el cuello de la americana como cogen las cocineras á los gatos poco cuidadosos, y arrojándole encima del sofá, dijo á doña Mariquita.

—Ayúdeme usted á sujetarle las piernas. Traiga usted una lía. Vamos á atarlo como si fuera un cofre.

Don Lorenzo, presa del mayor espanto, abría los ojos, la boca y todo… Pero pronto pudo ver que su existencia no corría peligro.

—Déjese usted operar—le dijo el callista.

—Yo haré lo que usted quiera—contestó don Lorenzo.

Entonces su esposa salió de la habitación derramando lágrimas como puños, y diciendo á voces:

—No quiero presenciar sus sufrimientos.

Don Lorenzo dejaba hacer. Todo aquello le parecía un sueño; y mientras el callista le mandaba quitarse las botas y colocar ambos pies desnudos sobre sus rodillas, el pobre hombre le miraba atónito.

—Aquí tenemos un ojo de gallo—iba diciendo el pedicuro;—aquí un callo padre; éste es un clavo maestro, con ramificaciones ..

Y á esto quiero, á éste no quiero, el callista acabó por mondarle los pies á don Lorenzo como quien monda una pera de Aragón.

—¡Pero Dios mío! ¿Qué hombre será éste? Decía á solas el buen señor.

Terminada la operación, el pedicuro cobró sus honorarios, y salió á la calle con aire triunfal.

—¿Se ha ido ya?—preguntó un rato después doña Mariquita, asomándose á la puerta de la alcoba.

—Sí—contestó meláncolicamente don Lorenzo mientras se ponía los calcetines.

Doña Mariquita fué á arrojarse en sus brazos; pero tropezó con el bulto, y no pudo menos de lanzar un grito.

—¿Qué es eso? ¿Lo tienes todavía?—preguntó con sorpresa.

—¿Quieres que se hubiera caído solo?—replicó él.

—Entonces .. ¿qué te ha extirpado ese tío?

—Siete callos y dos ojos.

A doña Mariquita le faltó poco para no morirse allí mismo, sobre la mesa de noche.

Desde aquel día, la desesperación del matrimonio aumentó en un 75 por 100. El bulto engordaba como si lo hubiesen estado manteniendo con chocolate de Matías López.

—¿Qué hago yo con esto?—decía á cada paso el infeliz marido de doña Mariquita.

—Muchas veces se me ocurre la idea de darte un palo cuando estés distraído, á ver si lo reviento—contestaba ella.

Esta fué la chispa que puso en combustión la mente de don Lorenzo.

—Si yo me cayese á la calle de cabeza, puede que consiguiera despachurrarlo—se dijo un día; y empezó á medir con los ojos la distancia que le separaba de la calle.

Otras veces pensaba:

—Si yo tuviese un amigo en el ejército, le pediría que me diese aquí un bayonetazo al descuido. Yo lo que no quiero es que me hagan la operación, sino que me lo revienten por casualidad.

Don Lorenzo se decidió á salir en busca de casualidades. Cuando veía un aguador, se colocaba en su camino para ver si chocaba con la cuba; mil veces hizo que le tropezaran los curas con el sombrero de teja; pero ¡nada!

—No pasa de hoy sin que me lo revienten—se dijo un día.

—¿Qué lleva usted ahí?—le preguntó un amigo en la puerta del Sol.

—Una cosa que me trae loco.

—Parece una libreta.

Don Lorenzo tuvo entonces una idea luminosa: su amigo era hombre de genio fuerte, y se propuso irritarle para que le pegara.

—Me parece que le ha faltado usted—dijo en tono provocativo.

—¿A quién? — preguntó el otro.

—Al bulto. Le ha llamado usted “libreta” y esto es ofenderle, porque le quiero como á un hijo.

—Yo le llamo como se me antoja, ¿sabe usted?

—Eso no me lo diría usted en otra parte—replicó don Lorenzo, presentando la frente á fin de que su amigo descargase el puñetazo salvador.

—¡Vaya usted á paseo!—dijo el amigo desdeñosamente; y dio media vuelta.

—¡Oiga usted, so títere!

—¿Títere?

elbulto3El amigo de don Lorenzo montó en cólera, y arrojándose sobre él, comenzó á darle puñetazos en todas partes. Cada vez que su mano chocaba contra el bulto, don Lorenzo, derramando lágrimas de dolor y de gratitud, decía:

—Gracias, muchísimas gracias. Es usted muy amable.

—¡Tome usted!

—Así, así; un poco más á la derecha.

Cuando llegaron los guardias, tarde como de costumbre, don Lorenzo se había caído dentro de una cesta llena de cacharros que vendía un muchacho á real y medio la pieza, y tuvo necesidad de pagar un dineral por roturas.

Después se llevó la mano á la frente, y lanzó un ¡ay! De espanto.

El bulto estaba allí, lozano y exuberante, como siempre. En cambio, habían aparecido alrededor de treinta bultos pequeños, debidos á la magnanimidad de su agresor, y que venían á ser los hijos del bulto grande.

—¿Qué te pasa, monín?—preguntó doña Mariquita á su esposo cuando le vio aparecer jadeante en la puerta de la escalera.

—¡Nada! Que me he llevado un bulto y te traigo siete.

—¿Has ido á que te le reventaran?

—Sí; quise reventarle á él, y he sido yo el reventado. ¡No se puede uno fiar ni de los golpes que le den!

Luis TABOADA

elbulto4.JPG

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