LA BARCA DEL OLVIDO

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¡Qué tarde más triste!… El cielo era de plomo y el mar aparecía negruzco. Ahí en la playa estaba todo el pueblo mirando atentamente hacia el límite en que agua y nubes se fundían en un beso tétrico.

Las mujeres, formando un gran grupo, gimoteaban; los hombres discutían las probabilidades de que las barcas que habían salido á la pesca de la sardina pudiesen ganar la playa; los chicos, atemorizados, permanecían quietos mirando estúpidamente, ora á las encrespadas olas que ribeteadas de hirviente espuma venían á morir á sus pies, ora á los grupos de hombres y mujeres que los rodeaban. La voz de bronce de la aldea tocaba el Ángelus y sus vibraciones eran ahogadas por el ruidoso oleaje.

Nela, la hija del señor Quim, el pescador más arrojado de la costa, era la única mujer que permanecía alejada de sus convecinas. Habíase sentado en una peña, y con los codos sobre las rodillas apoyaba la cabeza entre ambas manos, muda é insensible á todo lo que no fuera aquel mar sombrío que parecía salmodiar un fúnebre canto, seguía con ansiedad de loca la marcha tumultuosa de las olas.

Las mujeres de la playa mirábanla de vez en cuando y meneaban con significativa expresión la cabeza: los hombres la señalaban con el dedo.

Era la que más sufría en aquel instante.

Quico, su prometido, estaba en el mar.

Al día siguiente, domingo, debía verificarse su boda, cumplir su anhelo constante, porque Nela quería á Quico como quiere la mujer virgen que entreabre su espíritu al ardiente soplo del amor.

Quico… ¿Me prometéis el secreto? Quico no quería á Nela. Se casaba sí, por ser dueño .. de la mejor barca que había en toda la costa.

Otra mujer antes que Nela había refrenado el albedrío del ambicioso: esa mujer ahora, despechada, lloraba la muerte de sus ilusiones.

Y nadie, nadie le hacía caso: lo más que le decían para consolarla era:

—María Jesús no seas boba. Si Quico se casa con una rica busca tú un rico, que así es el mundo, y hay que tomar las cosas según vienen.

Ya veis que el consuelo no podía ser de un realismo más brutal.

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Al lado de Nela se vio otra mujer.

María Jesús.

La gente de la aldea cesó por un momento de mirar al mar: otro drama llevó sus miradas hacia las dos jóvenes.

En la cara de éstas se reflejó el despecho y el odio, pero no cambiaron entre sí una palabra: sus ojos claváronse con insistencia en aquel mar plomizo, sobre el que jugaba su vida el hombre de sus amores.

Así permanecieron un gran rato, hasta que del grupo de hombres salió un clamoreo inmenso.

—¡Allí están! ¡Allí están!’

Y tendiendo la mano señalaban tres puntos negros que se destacaban en el límite en que agua y nubes se fundían en un beso tétrico.

—¡Son tres barcas!—gritó una mujeruca.

—¡Salieron cuatro!—indicó un viejo.

Al oír esto miráronse azorados todos los circunstantes como preguntándose cuál sería la barca perdida.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¡Por Dios vivo que fué ruda la faena empleada por los tripulantes para ganar la playa!

Hombres, chicos y mujeres agolpáronse á su encuentro: la barca que se echaba de menos era precisamente la del Sr. Quim. Pero éste venía en otra barca.

—¡Padre!—gritó Nela, acolgajándose al rudo pescador.—¿Y Quico?—El Sr. Quim no respondió palabra.

—¿Y Quico?—volvió á. preguntar la joven con acento inenarrable.

—Quico…

Y el viejo pescador dirigióse pausadamente hacia la barca en donde había vuelto, y tirando de un extremo de la vela que, chorreando agua, hallábase caída sobre uno de los bancos, mostró el cuerpo muerto de su futuro yerno.

—Un bandazo,—masculló el Sr. Quim,—nos tiró al agua. La barca se hizo añicos contra una roca y Quico desapareció de mi vista. Le busqué y pude hallarle agarrado á una banda… pero muerto… y gracias á éstos no seguí yo su suerte.

Dos lágrimas rodaban por las tostadas mejillas del narrador. Nela no escuchaba á su padre; había saltado dentro de la barca, y de rodillas ante su prometido, le llamaba con voz de terrible desesperación.

—¡Quico mío! ¡Quico de mi alma!

Aquellos gritos fueron cortados por un ruido extraño que hizo volver á todos la cabeza hacia la peña en donde María Jesús se encontraba: la joven había caído como una masa inerte al pie de la roca. Cuando acudieron á recogerla encontraron sólo un cuerpo hermoso ensangrentado: el espíritu que le animaba habíase remontado á la región de la luz eterna.

Si alguien impulsado por la ambición abandona á la mujer que ama por otra más rica, los pescadores recuerdan el trágico episodio de la barca del olvido. Y así la designan porque por ella olvidó el infortunado Quico las promesas que hizo á la desventurada María Jesús.

Alejandro Larrubiera y Crespo

Publicado originalmente en

IRIS

Barcelona 4 de agosto de 1900

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