La frase final

pab373

Entre doce y una se retiraba aquella noche á su Casa D. Juan Nicasio. No solía retirarse tan tarde; pero por ser el santo de su antiguo administrador, el señor Rodríguez, hubo de acceder á la afectuosa invitación, acudiendo á los postres para tomar unos dulces, una taza de café y una copa de ron ó fine champagne en compañía de los convidados. Era una atención del propietario á su fiel servidor, al inteligente empleado que acababa de obtener un ascenso en las oficinas del Ayuntamiento.

A las doce y media se despidió, como decíamos, D. Juan Nicasio de todos ellos, y salió á la calle abrochándose el gabán y pensando con tristeza en los años transcurridos desde aquella olvidada fecha en que fué á darles la enhorabuena por el nacimiento de su primer hijo. Al llegar á la plaza de Olavide se dirigió á la calle de Trafalgar, para salir al paseo de Luchana, y en este intermedio pudo observar que alguien seguía sus pasos.

En efecto, á los pocos momentos se le acercó un hombre de mediana traza, aunque no mal vestido, y le pidió una limosna. Metió la mano en el bolsillo D. Juan Nicasio; pero reparando en la ropa, olor y pelaje del mendigo, que representaba á lo sumo treinta y siete años, contuvo este primer impulso y le preguntó con algún interés:

¿No encuentra V. trabajo?

No, señor, por ahí no…

Pues preséntese V. mañana en el derribo de la calle de Toledo, más allá de la iglesia.

No soy albañil, caballero, y no sirvo para eso.

No importa, unos cien pasos más abajo hay un almacén de maderas finas y allí encontrará V. ocupación, de seguro.

Pero ¿me da V. una limosna, sí ó no?, insistió el importuno con repentina insolencia.

Yo no socorro á los vagos; téngalo V. entendido.

Cruzaban en tal momento por delante de uno de esos grandes solares que interrumpen frecuentemente la línea de la edificación nueva por aquellos sitios; la oscuridad era casi completa en aquel punto; no se distinguía en cuanto alcanzaba la vista ni ser viviente, ni sereno, ni la pareja de guardias; pudo, pues, el importuno, que no estaba muy en sus cabales, según l0 arrebatado de su rostro, lanzarse sobre D. Juan Nicasio, con intención de agarrotarle los brazos y echarle á tierra. No era nuestro propietario hombre que se amilanase ante cualquier acometida, así es que desasiéndose de repente levantó el bastón para defender á palos su perfecto derecho á la negativa, pues el agresor le había dicho al sujetarle: «si no es por voluntad será á la fuerza.» Mas como era natural, ni el bastón ni sus puños, que al fin tenía ya cincuenta y seis años, fueron suficientes para contrarrestar el empuje rabioso de su enemigo.

Resbalaron fácilmente los pies de D. Juan Nicasio en la lucha sostenida cuerpo á cuerpo, por estar el suelo humedecido todavía con las primeras escarchas, y cayó bajo el peso del brutal agresor, que le arrancó el reloj, le desgarró los bolsillos y le despojó del dinero que llevaba encima.

Hubo en esta lucha la particularidad de que ni aun viéndose vencido, sujeto y saqueado, lanzase el primero ni una voz, ni una interjección, ni un grito en demanda de socorro, lo que probaba la energía y la entereza de su carácter. Prefería la humillación á solas, sin testigos ni curiosos, á una reparación lejana ó problemática. En cuanto desapareció el ladrón encendió D. Juan Nicasio un fósforo y buscó por el suelo el alfiler de la corbata, que además de ser de algún valor, lo tenía aún mayor para él como regalo de su señora.

Por el pronto no halló el alfiler, pero recogió una carterita de piel, que no era suya, y que probablemente debía habérsele caído al bribón que acababa de robarle. No dejó, sin embargo, de chocarle bastante que un objeto tan fino estuviera en tales manos, pero en la sospecha de que fuese de su pertenencia, lo guardó cuidadosamente.

¡Quién sabe si le daría alguna luz sobre el autor de la pasada fechoría!

Apretó, pues, el paso como movido por esta repentina idea, que vino á ser para él como resorte que diera mayor fuerza de impulsión y de elasticidad á todo su cuerpo. En menos de trece minutos llegó á la calle del Pez, que era donde vivía, y después de subir y llamar entró en su despacho, y á la luz de la bujía encendida por la sirvienta se puso á examinar el hallazgo. Contenía éste dos pliegos blancos de cartas, un retrato y unas cuantas tarjetas. Cogió una de éstas y leyó con indecible sorpresa y mudo de asombro el nombre del dueño allí estampado: Manuel Antúnez Blanco. ¿No era para asombrar á cualquiera la circunstancia de llamarse así su hijo y no caber la menor duda de que la cartera con todo su contenido le perteneciese?

Quedóse por lo tanto el buen padre como el que ve visiones, no

acertando á explicarse la singularidad de que aquel objeto encontrado en la calle fuese á parar á sus manos. ¿Habría sido también robado su hijo?… Era ya esto demasiada casualidad para buscar en ella la explicación del hallazgo.

Que se le extraviara precisamente en aquel trayecto, era así mismo una coincidencia tan rara, que no cabía suponerlo ni aun pensar en ello. Fatigado por estas y otras cavilaciones, y necesitando el descanso más que todo, determinó dejar su aclaración para el venidero día.

A la mañana siguiente, entrando de nuevo en el despacho, volvió á examinar por segunda vez la carterita, porque todavía dudaba de lo que había visto á las altas horas de la noche, aun viéndolo tan claro. Pero ¿cómo dudar? Además de las tarjetas, registrando por uno y otro lado encontró la nota de una comida en un restaurant de moda, cuya cuenta total ascendía á treinta y cinco pesetas. Luego se fijó en el retrato que había al lado de las tarjetas y que era una fotografía admirable. Representaba una mujer joven, guapa, de grandes y hermosos ojos, vestida y peinada como una gran duquesa, á pesar de que el escote del pecho, lo mismo que el de los brazos, no era de lo más correcto, conveniente y bien visto para retratos.

Ello es que después de pensar y vacilar mucho, D. Juan Nicasio se quedó tan á obscuras como antes estaba acerca del punto principal. Y como nada adelantaba con esto, discurrió que sería mejor dejarlo para más adelante, á ver si la casualidad le favorecía con alguna inesperada circunstancia. Salió, pues, á desayunarse en compañía de la familia, que se reducía á su mujer, una excelente señora, dos hijas casaderitas y el Manolo, que como varón y primogénito, era el niño mimado de la casa, sin dejar por esto de ser un calaverón de tomo y lomo. Eso sí, por su buena presencia y su donosa labia, el muchacho resultaba de lo más simpático del mundo; pero ¡qué cabeza, qué cabecita más deshecha la del caballero Manolo!

Acabado el desayuno, D. Juan Nicasio salió de casa, como de costumbre, para dar cumplimiento á algunos de sus asuntos particulares. Luego, al volver á la hora del almuerzo, se encontró de frente con su hijo, que se dirigía muy de prisa hacia la Corredera.

¿Qué es eso? ¿Adonde vas? ¿No almuerzas con nosotros?

Quedóse Manolo no poco sorprendido al ver á su padre, pero reponiéndose en seguida, contestó que iba por unos apuntes á casa de un compañero, que despacharía en un periquete, que no le esperaran y que no tardaría en volver.

Al separarse de su hijo D. Juan Nicasio, se preguntó lo que Mefistófeles pregunta á Fausto; ¿porqué tal sorpresa? Ocurrióle, pues, sin saber por qué, volver pasos atrás y ver si alcanzaba al de los apuntes, aunque debía ser algo difícil según el paso que llevaba. Sin embargo, al cruzar la calle de la Luna pudo observar que el joven bajaba justamente por esta calle, y andando hasta el final, se metía en la de la Cruz Verde. Allí se quedó sin género de duda, puesto que D. Juan Nicasio no le vio salir por el otro extremo. La calle era ya un dato, y para el plan que se había trazado bastaba con reunir algunos datos como este. Sin más averiguaciones se encaminó de nuevo á su casa para esperar tranquilamente la hora del almuerzo. Media hora después apareció Manolo y se sentó, como de costumbre, ponderando en todos los tonos el gran apetito, el apetito disparatado que sentía. Durante el almuerzo, y á pesar del buen humor que aparentaba, observó el padre que en algunos momentos en que la conversación se hacía general, Manolo se quedaba silencioso y como pensativo. Por esta observación y por las ideas que le sugirió aumentaron grandemente sus recelos.

Toda la tarde la pasó D. Juan Nicasio pensando en esto. Reunida otra vez la familia para comer y llegados los postres, se levantó de la mesa con intención de poner en obra lo pensado. Suponiendo que de noche había de acudir Manolo al mismo sitio, colocóse con anticipación en un portal, y con la santa paciencia de un enamorado, ó mejor dicho, de un padre que ama entrañablemente á su hijo, esperó más de media hora. Al fin lo vió doblar la esquina y avanzar por la calle de la Cruz Verde, con aquel paso rápido y desigual que él conocía bastante. Dos minutos después salió D. Juan Nicasio de su escondite y cruzó por delante de la casa que visitaba su hijo. Ese mismo día le llamó su mujer aparte.

¿Sabes lo que he observado, Juan?… No quería decirte nada, porque son cosas que duele tanto el confesarlas… sobre todo á las madres.

¿Qué es ello?… Acaba, dijo el marido asaltado por repentinas sospechas.

Ayer tarde tenía que ir á la platería por un encargo de mi sobrina Amelia, y me vino la idea de llevar una de mis pulseras que no cierra bien. Fuí, pues, al armario de luna, abro el cajón y me veo que…

Que no estaba la pulsera.

No sólo la pulsera, sino que me faltan también los pendientes buenos, y un medio aderezo y la sortija de mi madre y otra porción de cosillas…

¿Y tú sospechas de?…

Qué quieres, Juan… si sólo se tratase de temer un extravío, una falta por grande que fuese… tal vez me callara, pero he sorprendido á Manuel en mi gabinete á ciertas horas de la noche, y ha fingido que venía como trastornado, como ebrio, que se equivocaba de cuarto, que no sabía por dónde salir…

¡No digas más! Este hijo nos va á dar algún disgusto…

Pero ¿has observado algo en él estos días?

Nada, de extraordinario nada; pero mañana pienso cogerlo por mi cuenta y hablarle seriamente. Y ahora veremos á qué hora se retira esta noche á casa.

Uno y otro estuvieron en vela hasta las dos de la madrugada. Con los precedentes que tenía el padre y esta injustificada ausencia, ¿cómo poder descansar?

Antes del amanecer se levantó D. Juan Nicasio, vistióse con febril apresuramiento y aguardó dando vueltas por el gabinete á que se hiciera de día. En cuanto hubo luz y oyó gente en la calle cogió la capa, se lanzó fuera y llegó en pocos minutos á la calle de la Cruz Verde, deteniéndose delante de uno de los portales de mejor apariencia. Estaba el portal cerrado como la mayor parte de ellos, y no determinándose á llamar tuvo que esperar desde el más cercano, con triste resignación. Al poco rato se abrió el portal y apareció la portera con la escoba en la mano.

Sin vacilación ninguna acercóse D. Juan Nicasio, habló unos minutos con la portera y subió al tercer piso. Después que hubo llamado se presentó en la puerta una señorita de unos veintidós años, con sombrero de viaje, el velo recogido, los guantes en la mano y un aire particular de soberanía.

Buscaba á D. Manuel Antúnez… ¿No está aquí?, pues estaba muy seguro de encontrarlo.

No, señor, aquí no vive ningún Antúnez.

Falta usted á la verdad, señora… y yo sabré encontrarlo.

Comprendió la joven que el abrir la puerta en vez del ventanillo había sido una imprudencia, pero ya no tenía remedio. D. Juan Nicasio entró casi á viva fuerza y en el mismo pasillo, que era largo, tropezó con su hijo, á quien la curiosidad y la ansiedad lanzaban á la puerta del cuarto. Cogióle de la solapa de la americana y poco menos que á empellones lo metió en el primer gabinete que halló abierto, y allí, á solas, le arrojó al rostro la vergüenza de aquella bribonada, de aquella fea acción, de aquel proceder incalificable:

Cuenta, habla, confiesa la verdad, ante todo la verdad. ¿Qué significan estos preparativos de viaje, ese baúl-mundo que he visto en el recibidor, esa mala mujer?… Y ¡por Dios vivo! que me dan tentaciones de abandonarte, de no acordarme que tengo tal hijo. ¡Dios mío! Si parece mentira que hayamos alimentado un ser tan descastado y tan ingrato. Cuenta, dime: ¿Adonde ibas con esa tal? ¿Cómo no viniste anoche?… Pero no, no es este sitio decente para hablar de… Vamos á casa, á tranquilizar á tu pobre madre.

Siguió, pues, el joven á D. Juan Nicasio sin decir palabra, porque tan sorprendido, confuso y anonadado se hallaba, que no acertaba á formular una excusa, ni aun á inventar algo que atenuase de algún modo la terrible acusación de los hechos. Salieron de la casa y llegaron á la calle del Pez, pudiendo reparar desde cierta distancia que había una persona asomada al balcón. ¿Quién debía ser esta sino la propia madre, para quien no hubo sosiego desde el instante en que vino en sospechas de lo sucedido? Conociéndolos al momento, fué ella misma la que les abrió la puerta y los acompañó á su gabinete. Es de presumir la escena conmovedora que seguiría á su entrada.

Reunidos allí los tres, confesóles Manolo su nueva locura, la pasión que le arrastraba hacia aquella mujer, el ansia que le entró por el dinero, el trastorno de sus sentidos; en fin, la historia completa, desdichadísima, que afortunadamente no tuvo las funestas consecuencias de todas ellas.

Después de escucharle como inteligente y severo juez, sacó D. Juan Nicasio la carterita de piel y le preguntó si recordaba cuándo y en qué sitio pudo perderla. Volvió á sonrojarse el hijo y contestó á medias palabras y vacilando mucho, que la necesidad de tener dinero para irse con la consabida fuera de Madrid, lo llevó á una casa de juego, tal vez de las peores. Sintiendo gran calor ó excitado por el afán de ganar, se había quitado el gabán y arrojádolo á la silla más cercana. Indudablemente algún jugador sin conciencia registró los bolsillos de la prenda para llevarse lo que le pareciera de valor. Puede suponerse que este jugador ó gancho bebía también más de lo debido y había caído en la tentación de sorprender á una persona decente para robarle. El que detuvo á D. Juan Nicasio, ó era el mismo mal hombre, ó algún compañero de timba que recibiría la cartera á cambio de algo ó por cualquier otro motivo.

Quedóse D. Juan Nicasio muy pensativo y aun después de haber hablado mucho de este asunto, al volver al poco rato á su despacho no pudo menos de pronunciar algunas palabras sueltas, pues al fin y al cabo todas las situaciones de la vida se resumen en una frase: «¡A no ser por esa coincidencia, quién sabe lo que hubiera pasado!»

Por su parte el hijo, al quedarse solo en el cuarto, sacó la cartera, la contempló buen espacio de tiempo y arrojándola sobre la mesa exclamó con visible enojo:

«¡Maldita casualidad! Ni el diablo que lo entienda cómo suceden estas cosas.»

 

JMMatheu2JOSÉ Mª. MATHEU.

Publicado originalmente en

La ilustración Artística

el 6 de octubre de 1890.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s