IMPRESIONES DE ULTRATUMBA

paz698

Aquella noche la conversación de los honorables veteranos que solían concurrir á la tertulia del general Téllez giró sobre la impresión que se sentía cuando se veía á la muerte cara á cara. Todos se habían batido en sangrientos combates, y, de consiguiente, todos se habían codeado con ella, y era de oírles el refinamiento macabro con que referían las ansias de la muerte, los dolores de la agonía y la impresión del desprendimiento de la vida, que casi todos ellos habían percibido.

Enrique Wander, el único paisano de aquella borrosa peña, que había permanecido hasta entonces silencioso, encendió su tabaco, fijó sus ojos en las doradas molduras del techo, como para sustraerlos á la impresión del humo, y con la gravedad que el carácter de la conversación reclamaba, dijo:

Pues yo no me he batido en parte alguna; pero he visto la muerte mucho más cerca que ustedes; he percibido más crueles sufrimientos; los dolores de los las ansiedades de la agonía, y, finalmente, he sido enterrado.

A estas palabras, se hizo un silencio imponente; cambióse entre los allí reunidos una mirada de asombro, de extrañeza y de estupor; la expresión más viva animó aquellos semblantes de apagada luz y Wander continuó:

—Era en 1835. En cumplimiento de una comisión científica, tuve que trasladarme á Filipinas, y, terminado que hube mis investigaciónes en la hermosa capital de la isla de Luzón, pasé á la de Panay, dominada como todas las del archipiélago por el elemento tagalo. A los pocos días de mi llegada á Ulli-Pay, me fué preciso acostarme, no tanto por los efectos de alguna dolencia como por la gran postración que sentía; era aquello un decaimiento progresivo que acabó por alarmarme. Poco á poco mis fuerzas se extinguieron por completo, encontrándome al cabo de un mes en inminente peligro de muerte.

“Una noche, ruidos inarticulados, semejantes á sordos quejidos, partieron de mi garganta; se me antojó que mi cuarto estaba envuelto en llamas, hiriendo solamente mi retina los rojos resplandores del incendio. La enfermera, que me había dejado hacía un momento, decía en la habitación inmediata:

“—Es un caso perdido; se va muy de prisa.

“No oí más; el delirio me hizo su presa, y mis facultades empezaron á turbarse. Al principio, me pareció que un coro de ninfas, envueltas entre rosadas gasas, encendían á mis pies un gran brasero, cerca del cual estaba sujeto y sin poderme mover, en tanto que un fraile pequeño y obeso rasgaba su vientre de una cuchillada, brotando de su herida un polvo verdoso que inflamaba más y más las llamas que me envolvían. Quise echar á correr, huir de aquella repugnante tortura. Imposible; en vano hacía para ensayar un movimiento; mis miembros no respondían á mi voluntad. En medio de aquel espantoso trastorno de mis ideas, nuevas y más terribles visiones brotaban del fondo de mi conturbado y enfermo cerebro. Veía correr en vertiginosa carrera infinidad de caballos, montados por monstruos decapitados, sangrando los troncos y agitado el cuerpo con movimientos epilépticos. Las herraduras de los caballos trituraban mi cuerpo, crujían mis huesos, y de mi cabeza parecía brotar lava candente como arrojada del fondo de un volcán. Al fin, después de repetidas carreras, se internaron en un bosque, cuyos árboles mostraban, á guisa de flores entre sus hojas, manos y brazos humanos.

“Poco tiempo después, nueva sensación venía á conmoverme. Encontrábame navegando en un mar de aceite, limpio y transparente como un mar de topacios, y en el cual, movido siempre por suaves ondas, flotaba constantemente en la superficie. Cuando mis ojos se bajaban descubrían en sus profundidades montañas de transparente cristal. Si los fijaba en lo alto, mostrábase el cielo de diáfana transparencia, de delicado y diáfano azul, bañado por la claridad de una luna espléndida y por millares de astros de brillante y misteriosa luz.

“Cánticos dulcísimos alegraban el espacio, y aromas balsámicos perfumaban el ambiente, en tanto que mi alma, desligada de toda forma material, sentíase ajena á los celos, á la envidia, á todas las pequeñas pasiones.

“Esta alucinación, sin embargo, duró muy poco.

“Súbitamente los cielos parecían rasgarse. Al son de estridentes conchas, sentí sepultarme en el mar, arrebatado por una pequeña barca negra que, arrastrándome vertiginosamente, me sepultaba al fondo de abismos insondables. Aquello era horrible, espantoso, dantesco é infernal. Llevado á merced de las olas, me encontré próximo á un inmenso navío. Con la ayuda de mis uñas me agarré á una de sus cadenas; mi cabeza chocó violentamente contra su proa, y, llevado por una ola gigantesca que estalló en aquel momento, me vi transportado dentro de la embarcación.

“Aquello no era un navío: era una villa, un pueblo flotante celebrando alguna fiesta extraordinaria, á la que concurrían millares de seres. Paseos, jardines, cascadas, lagos, ríos grandiosos, salones magníficos, espejos de incomparable tersura, muebles de un gusto irreprochable y la luz prodigada con regia esplendidez.

“A mi aparición prodújose un pánico general. La ola que me arrastraba ensanchó el boquete que yo había abierto, penetrando en su interior con un fragor espantoso. A su paso arrastraba y ahogaba á encantadoras niñas envueltas en gasas bordadas de oro, ceñida la púdica frente con diademas de deslumbrantes luminares. Luego, creciendo hasta agigantarse, aquella ola monstruosa acabó por invadir las salas, destruyendo cuanto á su paso encontraba. Sólo los grandes espejos se salvaron de su destructor estrago, brotando de su fondo hermosísimos grupos de esculturales mujeres y preciosos niños. En medio de aquel espantoso aluvión me así á lo alto de una cornisa con fuerza tal, que la arranqué, quedando destrozado en la violenta caída que sufrí.

“Fué tan brusco el disloque y la sensación que percibí, que, al choque sufrido, me pareció recobrar toda mi lucidez, una lucidez fría, perfecta y clara. De aquella terrible alucinación, sólo me había quedado una sed ardiente, abrasadora, insaciable.

“Quise pedir agua á mi enfermera. Pretensión inútil: ni una palabra, ni un sonido podía articular: mi lengua y mis labios parecían paralizados; se negaban á todo movimiento. Probé de nuevo: ensayo inútil. Entonces hice para levantarme: vano esfuerzo: mis miembros no obedecían, no me podía mover.

“Creí volverme loco; mi razón zozobraba, la desesperación iba apoderándose de mi alma. Tenía pleno conocimiento de cuanto pasaba en torno mío, y, sin embargo, en nada me diferenciaba de un ser, mi ser.

“Así permanecí largo tiempo; después entró la enfermera, me examinó atentamente, palpó mi frente, luego mis pies, su mano temblorosa descansó muy suavemente en mi corazón, luego lanzó un grito agudo y doloroso, entraron mis criados, rodearon mi lecho, descubriéndose con gran respeto; lloraron algunos; otros se retiraron consternados y cabizbajos, y, finalmente, Rafael, mi leal ordenanza, se llegó á mí, trazó la señal de la cruz en mi frente, bajó mis párpados y cerró mis ojos. Sollozando, de cada vez más inconsolable, murmuró una oración, y, arrodillado unas veces, y sentado otras, no abandonó la habitación.

“Aquello era espantoso: lleno de vida se me tributaban los homenajes de la muerte. Al otro día, entraba apenas la mañana, cuando mi cuarto fué invadido por multitud de amigos y algunos compatriotas. Llevaban un ataúd, me colocaron cuidadosamente en él, luego una tapa pesada cayó encima, después se hizo la noche en mis ojos, en mi cerebro y en mi corazón.

“El ataúd fué levantado y llevado á peso sacado de la habitación. Mi desesperación rayaba á la locura; pero era una desesperación negativa, impotente, nula. Transcurrido buen espacio de tiempo, sentí que me dejaban descansar, luego me deslizaron hacia el fondo de profundo hoyo. Después un ruido sordo y apagado, el ruido de las paletadas de tierra que cubrían el ataúd, me quitaron toda esperanza.

“Al fin, perdí la conciencia de mi estado, algo como una nube de sangre se rompió en el fondo de mi cerebro anegando todo mi ser. Dejó el corazón de latir; cesó el pensamiento de pensar: noche por dentro y noche por fuera, mucha sombra, mucha negrura, todo se borró, nada pensé ya, ni nada sentí.

“Tres meses después, en un hospital que me era desconocido, recobraba lentamente la salud. Una buena Hermana de la Caridad me refirió que se me había encontrado corriendo en medio del Cementerio de Ulli-Pay entre las tierras removidas y las sepulturas abiertas y destrozadas por un espantoso terremoto que no dejó en pie edificio alguno de aquella población.

ANTONIA OPISSO.

Publicado originalmente en

La Ilustración Ibérica

Barcelona 5 de febrero de 1898

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