LIBERTAD

libertad1

La rubia Maruja tiene diez y siete años; Perico, el moreno más apuesto de Fuente Guinaldo, tiene diez y nueve. Está cercano el día en que el pobre muchacho deba abandonar á sus padres y á su amada para ir á servir al rey.

Perico, sin embargo, no parece mostrarse muy desconsolado, y aun menos desconsolada Petrilla, con grave escándalo de los vecinos que no tenían al recluta por un ser tan descastado.

La madre del mozo llora de día y llora de noche; su hijo tendrá pronto que marchar de casa y ¿quién sabe dónde irá á parar? A Cuba, á las Filipinas, y ya que no, á aquellas tierras donde hablan de una manera que ningún cristiano les entiende. ¡Pobre Perico! Y ¡pobre Maruja, también!

Pero hete ahí que una mañanina corre por el pueblo una noticia asombrosa, incomensurablemente extraordinaria. Maruja y Perico faltan de sus casas desde la víspera; después ha llegado un pastor y ha dicho que les ha visto trasponer la sierra como si quisieran meterse en Portugal.

Y en efecto: Perico había desertado, y Maruja le acompañaba.

Un año después hallábanse ambos en una hacienda del interior del Brasil, á orillas del Amazonas, pero difícilmente se les hubiera reconocido. No era ya Maruja la gentil doncella, rubia como el trigo candeal, blanca como la leche, de talle flexible como un junco y picaresca sonrisa que dejaba ver dos hileras de apretadas perlas, sino un ser indeciso entre hombre y mujer en cuanto al rostro, vestida con una falda de rayadillo blanco y rojo, cubierta con un sombrero de mugrienta paja y descalzos los pies.

Perico, por su parte, había cambiado su antiguo color moreno por otro aproximadamente negro; el pelo, largo á fuerza de incomunicación con las tijeras del barbero, le caía en sucias guedejas por los hombros; la barba luenga y aborrascada; la catadura feroz.

Tenían un niño que á la sazón se arrastraba á gatas por delante de la choza de troncos de árbol y techo de palma en que moraban, en medio de un cafetal.

Allí había ido á parar después de mil vicisitudes; habían estado en Lisboa, en Tánger, en Buenos Aires y, por fin, se habían contratado para pasar al Brasil.

El sol caía á plomo, y Perico, inundado de sudor, soltó el azadón y fué á sentarse contra el lado de la choza en que había alguna sombra. Maruja, á su vez, dejó de trenzar hojas de palma, en el interior de la habitación, y fué á reunirse con su compañero.

Porque no hay necesidad de decir que no se habían podido casar.

libertad2

—¿Estás cansado?—preguntóle Maruja.

—Pues ¿si te parecerá que estoy aquí como un canónigo en el coro?—respondió Perico.—¡Maldita hora aquella! Tú tienes la culpa…

—¿Yo? Pero si tú me decías que teniéndome á mí ya no necesitabas nada… que te bastabas y sobrabas para ganarte la vida y que me tendrías como una reina. Pues si te quejas de mí no sé de quien no te quejarías. ¿Quieres que haga más aún de lo que he hecho y de lo que hago?

—Eso es… échate á llorar. Sólo falta quc me vengas con tus gimoteos.

—No lloro,—replicó con energía Maruja.—Mira ¿ves como no lloro? ¿Qué te figuras tú? Estoy muy contenta con comer boniatos para que tú no comas rancho y trenzo paja con tanta paciencia como cernería candeal en el pueblo. Lo que hay es que tú no me quieres ni me has querido nunca. ¡Si yo lo hubiese sabido!..

Levantóse Perico y exclamó, con extraño tono:

—¿Qué no te quiero dices?

—No.

—¡Maruja de mi alma! ¡Maruja de mi corazón! ¿Qué puedo hacer yo para que veas que te quiero lo mismo ahora que allá en el pueblo?

—¡Pedro! ¿Es verdad lo que me dices? ¿Me quieres como siempre?

—Te lo juro, ¡por la vida del nene!

—Pues entonces ¿porqué maldices la hora en que nos escapamos? ¿Por qué me echas á mi la culpa de que en vez de servir al rey en un cuartel seas aquí pobre, pero libre?

Perico hizo con la cabeza un gesto de indiferencia y abrazó á la joven tan estrechamente que no parecía sino que la iba á ahogar.

—¿Me quieres?—exclamó.

—Si, siempre te he querido, y más ahora que nunca, por lo mismo que pasamos tantos trabajos y estamos tan solos.

—Perico pareció reflexionar un momento y repuso:

—Eso que me has dicho ahora debías decírmelo siempre. Al oírlo siento que mis fuerzas se acrecientan; no tengo calor, ni tengo sed, no advierto que me piquen los mosquitos, ni me duelen los pies con las niguas. ¡Maruja de mi alma, no sabes el bien que me hacen tus palabras!

—¡Pues si con eso te has de poner contento, déjalo para mí, porque tantas veces te lo he de repetir que he de llegar á serte enfadosa! Pero la verdad es que si no somos felices es porque tú no quieres… Somos libres… aquí nadie nos estorba y podemos vivir tan sólo el uno para el otro… ¿No te gusta así? Tal para cual, Perico; si no soy tan guapilla como antes, tampoco has ganado tú mucho en la guapeza… Tómame como soy, ya que yo te tomo como eres tú… Aquí no tenemos que darle dentera á nadie, poniéndonos majos para ir al baile de la plaza… ¿qué más da este río que el Águeda? ¿qué más tienen esos árboles que los de nuestra tierra? Yo para ti y tú para mí y el nene para los dos…

—¡Maruja! ¡Eres una santa!

—¡Qué he de ser santa! Pero ya me confesaré algún día y nos casaremos en cuanto tengamos cuartos…

Lo que te digo, Perico… lo que te digo, Periquín… es que debemos querernos mucho… querernos siempre… Porque, créeme, todo consiste en el querer… No hay más felicidad que la que dos se quieran… ¿Qué nos importan á nosotros los demás mientras tengamos para vivir los tres? Trabajaremos lo que queramos, no lo que nos manden otros… ¿Te parece poco la libertad de hacer lo que más nos convenga?

—Sí . . . sí, Maruja…

—¿No ves acaso pasar á veces á los indios? Son feos ellos y ellas como demonios, pero no por eso se dejan de querer… y nada echan de menos gozando de plena libertad en los bosques… ¿Por qué no se

les ocurre meterse á vivir en los pueblos? Porque están mejor sueltos… Pues nosotros también… Bien sueltos vivimos; ¿qué sacaríamos de volver á agazaparnos en las huroneras de la gente?… Perico… ¡vivamos para querernos… y arda Troya!…

Cantó en aquel momento un sinsonte en una ceiba vecina, y Perico y Maruja cogidos de la mano quedaron como estáticos oyéndole, cual si les predicara las venturas del amor.

Alfredo OPISSO

Publicado originalmente en

IRIS

Barcelona 30 de diciembre de 1899

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s