PENUMBRA (poesías y poemas)

paz481

PRÓLOGO

I

Las ilusiones son hojas del corazón, como diría Espronceda; pero también se ha de admitir que en este extraño árbol, jamas descrito por Linneo, los hábitos, esto es, la constante dirección de toda voluntad, de toda savia, de toda energía, en invariables y determinados sentidos, son las ramas que á las hojas y á las ilusiones sobreviven. Los hábitos, como las ramas, tortuosos ó rectos, levantados ó caídos, son más inquebrantables y resistentes, cuanto más se han endurecido con los años.

Esta consideración me la propongo á mí mismo como excusa. He sido periodista: ¿quién no lo ha sido alguna vez en esta última época de revueltas políticas? Hice el aprendizaje muy joven, y como el arbolillo era tierno, la torcedura que entonces se inició en el tronco, ha persistido después endurecida por el tiempo; y he aquí explicado por qué al comenzar este prologo, una inveterada costumbre me impele hacia aquellos giros, fáciles por lo amanerados, con que en tantas ocasiones, se encabeza toda publicación periódica que principia.

Después, si atentamente se considera, el prólogo de un tomo de poesías debe tener algo de manifiesto y ha de aspirar á ser casi un programa de gobierno, porque á pesar de lo mucho que se ha hablado de la república de las letras, Apolo es un verdadero rey constitucional: los poetas son sus ministros responsables; prometen un sistema que después no cumplen, en lo cual se parecen á los ministros responsables de todos tiempos.

Aparte de la verdad que hay en esto, no se puede negar tampoco que, aun en parodia, lisonjea decir: somos gobierno; sobre todo desde que las épocas variaron y las costumbres con ellas, no llegando, los que hoy escriben, á la cumbre de los poderes públicos por el camino de las letras, como antes sucedía algunas veces, sino que, por el contrario, desvanecidos por el triunfo los del campo de la política, con frecuencia invaden el terreno de las musas, alentados por los aplausos del vulgo que, en el vértigo que á los pequeños producen las alturas, confunden ignorantes las del Parnaso con las del presupuesto.

Dentro, pues, del escaso terreno que en el campo de las letras nos dejan las invasiones de los hombres de la política, se nos ha de permitir que, contaminados de los usos de éstos, hagamos á su semejanza y manera una exposición ó credo, como se dice ahora, de algunas de nuestras doctrinas literarias. Pero con esta ocasión, sobre nosotros influyen, como antes decíamos, antiguos hábitos adquiridos en la prensa diaria, de tal manera que, á dejarnos llevar de un natural impulso, ya hubiéramos encabezado las líneas de este prólogo, con aquellas titulares tan sacramentales: LO QUE SOMOS. LO QUE QUEREMOS.

Querer no es poder, aunque lo contrario afirme el refrán; pero no se puede negar que el querer es de una extensión tan ilimitada, que bien pudiera considerarse á esta facultad inconmensurable, como la ventana por la que el hombre se comunica con el infinito. Los medios no corresponden siempre á la intención, y de aquí que no en todas ocasiones se puedan cumplir todos los deseos; sin embargo, la imposibilidad de la empresa no disminuye la nobleza y elevación del propósito. El fin sigue siendo grande aunque el esfuerzo sea insuficiente. La limitación, lejos de negar, confirma la existencia del ideal.

Ahora bien; este ideal, vanamente perseguido, es lo que queremos, y la escasez de nuestras fuerzas representa lo que somos. Porque lo primero vale mucho y lo segundo casi nada, preferimos ocuparnos con anterioridad de lo primero. Ya lo hemos dicho: esto equivale á presentar un programa de gobierno que no hemos de cumplir; pero hay que resignarse, en este punto, con lo que las prácticas literarias tienen de constitucionales.

II

Si la imagen es la expresión más adecuada á toda idea, y si de todas las imágenes, las más exactas y comprensibles son aquellas á las que dan sensibles formas las varias artes del diseño, ninguna manera más real y más propia de representar la poesía que determinar sus caracteres y diferencias, en los caracteres y diferencias del relieve, del color y del dibujo.

Bien sea que las artes, esenciales en su origen, conserven siempre comunes caracteres, vanamente disfrazados por la diversidad del procedimiento; bien que la poesía requiera plástica expresión, en cuanto en ella ha de cumplir la palabra el cometido del mármol y del lienzo, y ha de irradiar luz y producir relieve; lo cierto es que en este arte sublime, hay tres manifestaciones que corresponden á otras tres propias del arte del diseño.

La epopeya tiene toda la objetividad de la estatuaria. Los personajes épicos son figuras salientes y recortadas, faltas de color, pero llenas de exterioridad y relieve. La epopeya canta la hazaña, el mármol representa al héroe. Homero esculpe como Fidias. Ahora bien: agrupad separadas estatuas enlazándolas en acción común sobre fondo que proyecte horizonte, y formaréis el bajo-relieve; haced que los personajes de una epopeya se muevan dentro de otro limitado horizonte, el fondo decorativo de un teatro, y produciréis el drama. Por esto, los grandes escultores de la antigüedad, más épicos que dramáticos, nos han dejado sublimes estatuas de héroes y dioses, pero no han sabido hacer del bajo-relieve esos terribles dramas con que los estáticos soñadores de la Edad Media, han decorado los zócalos de las catedrales sombrías.

Hay en las artes plásticas un momento en que la convexidad se deprime hasta fundirse en extendido plano; la profundidad desaparece; la línea, acusadora de la forma, tuerce hasta lo infinito las curvas que limitan los objetos, pero siempre sobre una misma superficie; las manchas oscuras reemplazan los huecos del relieve y la gradación de las sombras, el espacio que no existe; y entonces se créala pintara. Hay también en poesía otro instante sublime en que toda prominencia se nivela, toda proyección es interior, todo horizonte se dilata hacia dentro, y entonces la poesía lírica aparece.

La épica nace de la contemplación entusiasta de las luchas exteriores; la dramática, de esa misma contemplación sentida en la conciencia; la lírica, es la conciencia misma. La poesía lírica no es, pues, otra cosa que la espontánea expresión del estado del espíritu del artista al concebir y expresar cualquier sentimiento que, aunque producido por causa exterior, se asimile á su propia individualidad de tal manera que se funda en ella por completo, resultando como único y principal el sentimiento íntimo á través del elemento exterior, que le sirve de vestidura ó de pretexto, Hegel lo La dicho: «El poeta lírico es, por sí, un mundo subjetivo cerrado, por lo cual puede confundir en sí mismo, la sensación de lo exterior.»

De este carácter, esencialmente subjetivo del poeta lírico, se deducen las dos lógicas condiciones en que su genio se desarrolla: la libertad y la personalidad.

III

La libertad consiste en una amplia facultad de elegir todas las formas y adoptar todos los géneros, conservando siempre el sello subjetivo. De la negación ó el desconocimiento de esta ley, se han originado graves errores entre muchos críticos al observar no pocas veces que, sobre las limitaciones genéricas de los retóricos, ha sobresalido la personalidad artística, produciendo una verdadera anarquíaa, apareciendo lírico dentro del drama, ó apropiándose, para la expresión de una íntima sensibilidad, las formas y moldes épicos.

Algunos, reconociendo el fenómeno, si no lo han explicado, han enriquecido la vieja retórica con lo que se ha llamado desde entonces géneros compuestos: épicolírico, lírico-dramático, etc.

«¡Palabras, palabras, palabras!» El arte es uno; en los géneros no hay fronteras. En poesía, la lírica hoy lo invade todo porque los antiguos preceptistas, que ni siquiera habían soñado con ella, se olvidaron de encasillarla y rotularla convenientemente. Bien es verdad que todo trabajo hubiera sido inútil: allá, en los comienzos del siglo XVI, en que se organizó aquella especie de artística cruzada en busca de la realidad perdida para la forma, en medio de los extravíos del idealismo religioso, al romper unos moldes para erigir otros acaso más estrechos, se convirtió á Aristóteles en una especie de legislador indiscutible, y á la poética de Horacio en un decálogo artístico sin ajustarse al cual, nulla redemptio. Entonces se prefijó á la lírica un hueco: el de la oda clásica. Los que esto hacían ignoraban que la cuna, adecuada cama para el niño, aplicada á la edad viril, es tormentoso lecho de Procusto.

Hoy que la lírica ha crecido, se han roto sus antiguas envolturas: apenas si quedan ya los derrotados vestigios de aquellas inclinaciones académicas que, confundiendo la ampulosidad con la elevación, y la frialdad preceptiva con el gusto, vivían esclavas de la forma, vacías de inspiración interior, afeitadas y compuestas como viejas rídiculas que á deshora coquetean.

Pero esta libertad, que en la lírica se manifiesta como condición primera, se relaciona, y aun casi puede decirse que se origina del carácter esencialísimo de personalidad que también hemos dicho la distingue En la acepción más general, es indudable que la expresión de la personalidad del artista es indispensable á todas sus creaciones, en cuanto que el estilo jamas ha sido otra cosa. En pintura, en estatuaria y en literatura, los grandes artistas han tenido siempre una manera peculiar y propia de exponer la belleza por ellos concebida, y esta manera característica del genio, no es otra cosa que la personalidad artística; pero la personalidad del poeta lírico á que ahora nos referimos es aparte y distinta dentro de esta otra más general y extensiva.

La personalidad del poeta lírico no está en su estilo, ni en su peculiar manera de apreciar el arte y de sentirle, sino en algo mucho más interno que se arraiga en sus propias condiciones individuales, hasta el extremo de reflejar en la obra producida, no sólo las cualidades elevadas de su espíritu, sino sus errores y sus preocupaciones, sus propias caídas y sus propias debilidades.

El poeta lírico es el escultor que lleva en su alma la cantera de la que esculpe sus héroes; es el pintor que tiene en sí el lienzo sobre que pinta, la conciencia, aquella tábula rasa de que hablaban los escolásticos; es el Ergásilo de Plauto, viviendo, como los caracoles, de su propio jugo, y la garza de la fábula que se nutría devorándose las entrañas. El poeta lírico es, ante todo, egoísta: para él, el centro del universo está en el Yo, y no en el sol como sospechaba Copérnico: todo cuanto á su rededor se agita se somete á la influencia de su poderosa irradiación individual; es verdaderamente un sol cuyos rayos llevan hasta los últimos límites del espacio que le rodea, los grados de su calor y la entonación de su luz, envolviendo los objetos exteriores en efluvios que los confunden con su propia esencia y en reflejos que los asimilan á su propia personalidad.

RICARDO BLANCO ASENJO

 

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