A UN APURO OTRO MAYOR

sastre

¡Qué sastre aquél! ¡Qué hombre tan fino y tan cariñoso!

Cuando fui á que me tomara medida del traje el hombre se deshizo en obsequios.

—Tome usted un Cigarrito,—me decía, alargándome la petaca.—¿Quiere usted un fósforo? Siéntese usted en este rincón, que estará más abrigado. ¿Quiere usted probar un chorizo muy bueno que me han mandado de mi país?

Después nos pusimos á escoger la tela.

—Guíese usted por mí. Lleve usted ésta, que es de mucha dura. Quiero que salga usted satisfecho de esta casa. ¡Mire usted, mire usted qué punto de color más elegante!

Todo aquello me sedujo, y acabé por aprobar la elección del maestro, que me llevó á un cuartito situado en la trastienda, y se puso á medirme la espalda y los brazos y el pecho y todo lo demás, diciendo con voz campanuda:

—22-31-17-45…

Un dependiente iba apuntando estas cifras en un cuaderno, y yo me dejaba zarandear por el sastre, sin oponer la menor resistencia.

Habíamos convenido en que yo le daría diez duros en el acto de entregarme la ropa, y los otros diez á fines de octubre.

Una mañana entró en mi domicilio el dependiente, y mostrándome el traje nuevo, me dijo:

—De parte del maestro, que ahí tiene usted la ropa, y que se la pruebe por si hay algo que corregir.

Quise ponerme el pantalón, y no entraba por los pies; fui á ponerme la cazadora, y parecía un talego.

—Pero ¿qué me trae usted aquí?—exclamé, dirigiéndome á la crisálida del sastre.

—Bueno; ya he visto que el pantalón está un poco estrecho, y la cazadora una miajita ancha; pero eso se arregla.

Y, cogiendo el traje, salió de mi casa diciendo:

—Cuando usted pueda, pásese por allá para que lo vea el maestro y lo arregle.

El maestro no me recibió con la amabilidad de costumbre. Por el contrario, no hizo más que verme y comenzó á gruñir.

—A ver: vuélvase usted.—me decía, empujándome sin ninguna consideración. —Tiene usted el cuerpo más difícil que he visto en toda mi vida de sastre. ¡Encoja usted ese vientre, hombre de Dios! ¡Jesús! ¡Qué huesos le salen á usted en la espalda! Parecen dos clarinetes.

El traje, después de la reforma, quedó convertido en un adefesio; pero no tuve más remedio que admitirlo y, lo que es peor, que dar las cincuenta pesetas del primer plazo.

—Ya sabe usted que el día 31 de octubre debo recibir las otras cincuenta,—me dijo el sastre.

—Pierda usted cuidado.

Pero á los ocho días me dejaron cesante, y comencé á comer mal y á sufrir todo género de privaciones. Llegó mi desgracia hasta el punto de tener que dejar mis relaciones con Isolina, á quien obsequiaba frecuentemente con yemas de coco.

—¿Me traes las yemas? —me preguntó un día.

—No, cielín,—le contesté yo.

—¡Ya no me amas, Restituto!—replicó ella, dejándose caer con desaliento sobre una butaca coja.

La mamá intervino para decir con acento de reconvención amarga:

—¿Dónde están aquellos bisteques con que nos obsequiaba usted al principio de nuestras relaciones? Usted no quiere á mi hija, Restituto. Puede usted irse.

Aquel día concluyeron para siempre mis relaciones con la muchacha, y á la mañana siguiente recibía una carta del sastre que decía así:

«Sr. D. Restituto López:

Tres beces estubo el dependiente ácobrar las 50 pesetas que usted me hadeuda lo cual quespero me las rremita sin pérdida de tiempo.»

¿Dónde encontrar las cincuenta pesetas? ¿Dónde? Recurrí á la amistad; escribí á un tío sacerdote que tengo en Santander y que me contestó enviándome su bendición y una merluza, pero sin darse por entendido de los diez duros. Todos mis pasos fueron inútiles; pero á los ocho días recibí otra carta del sastre diciendo que me iba á dar un golpe donde quiera que me encontrara. Desde aquel momento ya no tuve reposo. A cada paso creía ver los ojos de mi acreedor que me miraban iracundos; no me atrevía á salir á la calle, ni á pisar fuerte, ni á estornudar, temiendo que el sastre estuviese escondido detrás de la puerta.

Había perdido mi natural rubicundez, y hasta los calzoncillos me venían anchos.

Cada dos ó tres días llegaba á mis manos una carta de mi verdugo concebida en esta forma:

«¡Dónde le encuentre á usted me lo como!»

Una tarde tuve que salir de mi domicilio contra mi deseo.

Habíame citado un personaje para ver si era posible meterme de macero en la Casa Consistorial. Yo iba ocultando la faz con el embozo de la capa, y de pronto… ¡horror!… de pronto vi al sastre parado en una esquina, con un palo muy gordo en la mano derecha, y unos ojos verdes ribeteados de grana que despedían chispas.

—¡Dios mío! ¡El!—digo yo.—¿Dónde me meto? No me queda más recurso que subir á una casa cualquiera. Sí: preguntaré por mi propio nombre, y así no me expongo á que me contesten que está en casa el interesado.

Y subí las escaleras.

Llegué al piso principal; apoyé el dedo en el botón del timbre, y la voz de un criado dijo desde adentro:

—¿Quién?

—Servidor.

—¿A quién busca usted?

—A don Restituto López. ¿No vive aquí?

—Sí, señor.

—¡Cómo!

—Sí, señor: pase usted.

—¡Me caí redondo!

Luis TABOADA

Publicado originalmente en

IRIS

Barcelona 17 de SEPTIEMBRE de 1904

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