La propina. (Conclusión)

La propina (primera parte)

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Al tercer día recibió una carta que debió impresionarle algún tanto, porque los compañeros lo buscaron inútilmente para completar las tres mesas de tresillo que se formaban al concluir de saborear el café de la comida durante las horas de más calor. La carta que le obligó á encerrarse en su cuarto, procedía de Bilbao y la firmaba Isabel Eguidazu, una linda hija de las Encartaciones que se acordaba muchísimo de la fecha, día 1.° de setiembre, en la que contaba tener al caballero Valentín á su lado según lo prometido. Bien natural era este deseo, puesto que pasaba por ser su novia oficial, con beneplácito de la familia y gran contentamiento suyo. Lo malo para ella venía á ser que aquellas relaciones, empezadas con tanto entusiasmo por el joven Ortigoza la temporada veraniega del año anterior, se habían ido enfriando entre las diversiones del invierno y comenzaban á pesarle. Asistía Ortigosa, que era empleado, á las reuniones que daba su director, y hubo de tropezar en éstas con otra señorita madrileña, si no tan ingenua y bonita como Isabel Eguidazu, cuando menos de más labia, de más gusto para vestir y presentarse en sociedad. No había sido otra la causa de su retraso en estar en Bilbao el día 1º de setiembre. Pero ahora, en su contestación á la carta de Isabelita, se excusaba con no haber conseguido antes la licencia del director y verse obligado á tomar las aguas de Calzadilla por consejo del médico. Estaría catorce días (¿qué menos?), pues eso de los septenarios y novenarios era ya cosa antigua y pasada de moda.

Después de cumplir con su novia, bajó á cumplir con los compañeros, que, formados en grupos, unos se dispersaron por los alrededores del establecimiento y otros se encaminaron al pueblo, distante, á todo tirar, unos ochocientos pasos. Para el que no es cazador ó muy andarín, Calzadilla ofrece poquísimos atractivos. Una de sus mayores distracciones es tomar un caballo ó alquilar cualquier mediano vehículo de cuatro ruedas (pues lo que es con buenos no hay que contar) y salir con los compañeros de fatigas á recorrer los tres ó cuatro establecimientos balnearios que existen en la misma zona. Hay que confesar, por lo tanto, que el joven Ortigosa se aburrió no poco y adelantó la marcha haciendo caso omiso de la prescripción facultativa.

Al salir de los baños aun estuvo tentado de volver á Cerneda para deshacer aquel desaguisado que tanto le daba que pensar; pero las cartas de Isabel Eguidazu apagaron estos renacientes ardores. Le quedaría sobrado tiempo á la vuelta. Y, sin embargo, cuando llegó á Bilbao ya llevaba cierto mal humor á causa de esta semicontrariedad: hubiera deseado salir cuanto antes de lo que consideraba como sagrada deuda. Se hospedó en el Hotel-Teresa, y el sabroso y variadísimo almuerzo que le sirvieron le quitó por el momento aquel amargor de boca. Saboreado asimismo el café, y limpio ya del polvo del camino, se presentó en casa de los señores de Eguidazu, que lo recibieron punto menos que en palmitas por ser ellos muy buena gente, sencilla y cumplidora de su palabra. Sólo Isabelita, que le quería de veras, le habló después aparte, dándose por resentida y quejosa de su tardanza y de los contados días que les quedaban de pasarlo reunidos.

—En el último día del mes termina la licencia, según tú dices,—insistió ella por segunda vez;—de modo que son diez y siete los que me reservas, ¡Vaya una ganga pues! Ya por poco… te quedas en Calzadilla.

—Por poco me vuelvo á Cerneda, donde tengo una deuda, una pequeña deuda que me duele no haber zanjado.

—Eso es, nada; y á mí lo último, lo que te sobra, como si fuese un plato de segunda mesa…

En otra ocasión estas quejas de enamorada habrían servido para avivar los sentimientos del joven y demostrarle que el verdadero amor es exigente; pero ahora, en la presente, no hicieron más que exasperarle. Pensó con mayor frialdad que antes en el modo de preparar su rompimiento. En medio de sus piques, y buscando medios indirectos de que Isabel estallase herida en su amor propio ó en su vanidad, no dejaría de presentarse algún motivo. Pero ella, por presentimiento, por intuición ó por corazonada, conocía, sin duda, que le convenía perdonar las vivezas de carácter, el mal humor de su novio, y se lo perdonaba todo. La única exigencia que tuvo al concluir el mes fué la de que aquél sacrificase el día del descanso y se marchara el día 30 para llegar á Madrid el 1.° de octubre. Sobre este punto se mantuvo firme, y tanto rogó y suplicó, que cedió el joven Ortigosa, pero decidido in mente á que esta condescendencia le sirviera de pretexto para cortar las relaciones. La despedida, por lo tanto, debía ser fría. Isabel se quedó triste, aunque aparentemente su carita fresca y sonrosada simuló mucha animación por la esperanza, tal vez, de ir á Madrid si la convidaban sus tíos, unos tíos muy ricos que tenían intención de visitar la corte allá por San Isidro.

Por su parte Ortigosa, siempre con la idea de la deuda, perdió medio día por pasar por Cerneda y detenerse á tomar un chocolate. Llegaba allí el tren á las diez de la mañana, y, apenas saltó al andén, se dirigió al pueblo, buscó al posadero ó cafetero ó lo que fuere, y le pidió la consabida jícara. Mi hombre se hallaba á esta hora en el estanco, y, cuando se le presentó el joven, no le reconoció al pronto. Había pasado tanta gente durante la temporada, que vaya V. á fijarse en cualquiera de los pasajeros! Además, mi hombre no estaba acostumbrado á servir chocolates á las once de la mañana, y no era de extrañar que le sorprendiera la… En fin, acompañó al viajero á su casa, encargó á su mujer que lo hiciera á escape y se lo sirvieron al poco rato más caliente y con mejores trazas que la primera vez. Apurada la jícara y bebido el vaso de agua, echó mano al bolsillo nuestro joven y dejó sobre la mesa medio duro. Ya se marchaba de prisa, cuando el cernedeño, que había entregado la moneda á su mujer para el cambio, le dijo:

—Aguarde V., señor, un momento.

Le sobran nueve reales.

—Para V. Eso no merece la pena.

—Pero… caballero… Vamos que… Pues muchas gracias, muchísimas gracias, porque yo… nosotros…—Entre asombrado y profundamente agradecido, no acertaba el buen hombre con la expresión exacta y natural que manifestase lo que en su interior pasaba. Como Ortigosa salió con algún apresuramiento por alcanzar el tren de las once y veinticinco, corrió detrás de él, y, hablando del tiempo y de la irregularidad y retraso de los trenes, le acompañó á la estación y aun le ayudó á colocar la manta de viaje, los bastones y la maletilla de mano. Silbó luego la máquina y se despidieron hasta la primera temporada de baños. Andando ya el tren, al recordar el joven lo solícito y servicial que anduvo el buen hombre de Cerneda, aun tuvo un amago de pesar. Le debía haber dejado veinte reales. Para quedar bien en las grandes ocasiones, no hay como soltar un duro. Como ello ya no tenía remedio, volvió á pensar en el otro asunto, en el asunto, de Isabelita, á quien no había de escribir, dando la callada por respuesta.

Y, en efecto, una vez en Madrid, engranado de nuevo como una de tantas ruedas en esta perezosa máquina de nuestra administración, metido en la danza de las reuniones, no tuvo que hacer gran esfuerzo para olvidarse de Bilbao y de la linda hija de las Encartaciones. Imaginando si estaría enfermo, Isabelita dejó pasar un mes, pero al mes y dos días cogió la pluma y le endilgó al olvidadizo novio una epístola de cuatro páginas, un poco más larga que la de San Pablo. El novio bajó la cabeza y dejó pasar la racha. A los quince días justos, la pobre provinciana, que no acertaba á explicarse aquel largo silencio que ni de fraile cartujo, tornó á la carga con otra cartita más apremiante y sustanciosa que la primera. Pero él se había cerrado á la banda y tampoco contestó.

Trascurrido otro mes, próximas las Pascuas de Navidad, Isabel, que, como mujer enamorada, habría intrigado á su manera y hecho lo indecible por lograr su objeto, le escribió otra tercera, pensando para sí, mientras palidecía de angustia:

—Lo que es como á esta no conteste…—Preguntábale en esta carta si era tal vez la causa de su disgusto el haberle obligado á estar un día más en Bilbao, pues no adivinaba ella cuál otra pudiera ser. «En ese caso,—escribía la muchacha, inspirada por la intensa ingenuidad y calor de sus sentimientos,—haz cuenta que, además de pagarme lo debido, á quien tanto te quiere, me has regalado veinticuatro horas de propina. ¿Te parece mucha la propina?» Leyendo esto Ortigosa, sintió algo inexplicable en su interior, algo así como el codazo de un amigo que nos hace reparar en lo inadvertido ó peligroso, y pensó que, en justicia, Isabelita no merecía tantísimo olvido. Pero demos lo suyo á cada uno de los sentimientos humanos: una parte á la simpatía, al buen fondo del carácter, y otra no menor al interés egoísta y calculador. Al final de la carta le decía su novia que no tardaría mucho en ir á Madrid con sus tíos, que la querían como si fuese hija propia, que eran muy ricos, que le regalaban mil cosas, que carecían de familia, que viajaban con frecuencia y se daban buena vida.

Cogió al otro día el joven Ortigosa un pliego de papel satinado y escribió á Bilbao: «Querida Isabel: Dispénsame el que haya dejado pasar tanto tiempo, etc., etc..»

JMMatheu2JOSÉ Mª. MATHEU.

Publicado originalmente en

La Ilustración Ibérica

Barcelona, 7 de septiembre de 1889.

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