LA PROPINA

norte1

Aun no hará dos años, una tarde de septiembre, el tren descendente que suele llegar á Cerneda á las seis y cuarto, dejó en el andén, como de costumbre, muy contados viajeros. La mayoría de éstos, que eran del pueblo, emprendieron la caminata desde la modesta estación, que no dista más allá de un tiro de fusil. Entre los dos ó tres que se quedaron había un joven de unos veintiséis años, de fina y expresiva fisonomía, rubio, delgado, ó más bien flaco, que cualquiera hubiese tomado por algún artista despreocupado ó por algún estudiante vicioso de esos que llenan los billares en las últimas horas de la noche. Era, sin duda, la primera vez que pisaba estos sitios, porque, no viendo á la puerta de la estación ómnibus ni vehículo de ningún género, dirigióse al mozo que recogía los equipajes y le preguntó:

—El coche de Calzadilla ¿no sale de aquí?

Me habían indicado que…

—¿El coche de Calzadilla?… Le diré á V. Tiene V. que ir á Cerneda, pero hay mucho tiempo entoavía. De allí sale á las siete y media, y días de las ocho: eso según. De modo que aun puede V. echar un bocado si quiere.

Con estos datos tomó el viajero el camino que conducía al pueblo, y á unos veinte pasos antes de llegar ya vio el mal pergeñado coche con asientos de madera y las ventanillas sin cristales, lleno de polvo y de mugre, abandonado á un lado de la carretera como armatoste inservible. En aquel punto ésta se bifurcaba muy desigualmente, con pintoresco declive en el ramal que seguía alrededor del pueblo y algo más llano el que llevaba al interior. Delante de unas casucas que formaban á manera de un siete con las primeras de Cerneda, había reunidos cuatro ó cinco hombres, unos con chaqueta y otros en mangas de camisa. En cuanto se acercó nuestro joven, salióle al encuentro uno de los de chaqueta y le preguntó si buscaba el coche de Calzadilla. Como aquél contestase afirmativamente, añadió con mucha melosidad que tendría que esperar hora y media por lo menos. Aun había que enganchar el tiro, y antes de enganchar el tiro verían si venían algunos más viajeros en el tren de las siete y treinta y cinco. Volvió entonces el joven á mirar el coche, y repuso en un tono delicadamente irónico:

—No dudo que esperen viajeros, pero que esperen muchos es lo que pongo en duda… porque con cuatro gatos se llena ese coche.

—¿Con cuatro? Dirá V. con seis, caballero, y tres en la berlina son nueve, si V. no lo lleva á mal.

Sin reparar en cierto movimiento de espanto que hizo nuestro joven, continuó el de Cerneda hablando con las manos metidas en los bolsillos y chupando un canuto de madera que se asemejaba cuanto posible era á un cigarro puro en el color y en la hechura:

—Mientras vienen ó no vienen, podía el señorito tomar un chocolate ó cualsiquier cosa…

—Almorcé tarde y no tengo gran apetito.

—Sin embargo, un chocolate no ocupa lugar.

Debe V. calcular que de aquí saldrán á las ocho de la noche y llegarán al establecimiento á las once, y eso cuando se llega…

—Sí, comprendido: cuando no se llega á las doce ó á la una de la madrugada por cualquier percance. ¡Un viajecito de recreo! El único para descansar de catorce horas de tren. Vaya, pues: voy á dar una vuelta y haré gana de tomar algo, —añadió el joven por huir del cafetero ó posadero, ó lo que fuere, que parecía bastante machacón. En vez de internarse en el pueblo, que presentaba mediano aspecto, eligió el camino que iba á parar al campo y á la carretera de Villagoni, construida aun no haría tres años. Andando por aquí tropezó con algún carromato, con borricos cargados de hortaliza, con labriegos y mujeres que traían grandes cestos, con chiquillos y ancianos muy pobremente vestidos que le pedían limosna. Toda esta gente del campo llevaba impreso en sus rostros, en las ropas, en la manera de mirar, un sello inexplicable de cansancio, de tristeza y de espantosa miseria. En cambio, y como contraste, con los reflejos del sol poniente, que inundaban de hermosa y rojiza claridad la extensión de la carretera, adquirieron de pronto vistoso lucimiento y doble brillo el traje claro del joven, la americana de cuadritos, el hongo de color café, el alfiler de la corbata, la cadena y los dijes de oro, los zapatos de elegante corte con sus lazos negros, y hasta el bastón de pulida caña con puño de marfil. Al pasar, lo mismo los chiquillos que los trabajadores se le quedaban mirando como embobados, deslumbrados, llenos de curiosidad, y algunos aun volvían la cabeza para contemplarlo á respetuosa distancia.

Satisfecho su deseo de dar un vistazo por los alrededores y pasear un rato, á tiempo que anochecía se encaminó de nuevo al pueblo; pero antes de llegar se tropezó con el hombre del convite, que ya le andaba buscando por todos los lados. Frisaría nuestro buen cernedeño en los cincuenta, y era de regular estatura, chupado de carnes, muy derecho, de color cetrino: una de las variedades, en fin, del tipo del castellano viejo.

—¿Hemos hecho ya gana, señor? Pues nada, cuando V. quiera puede venirse á tomar chocolate.

Ya no tardarán en enganchar,—le dijo, en cuanto le tuvo á dos pasos, para decidirlo al sacrificio, pues realmente debía ser casi un sacrificio aquel obligado refrigerio á que condenaban, sin duda alguna, á todos los viajeros que allí se detenían. Echó, por lo tanto, á andar nuestro joven, resignado más que convencido,y por hablar de algo le preguntó por las cosechas que se preparaban para el próximo otoño. Detúvose entonces mi hombre, y exclamó en el mismo tono de desconsuelo y dolor profético que pudiera hacerlo el propio Habacuc al anunciar la destrucción del imperio de los Caldeos:—Esto es un castigo, señor; porque llevamos ya tres años que todo lo que se recoge es una pobreza, tal y como se dice, una pobreza. Aquí, en esta parte de la Rioja, no es el vino de tan buena calidá como por allá arriba, pero es bueno y se vende bien. Pues nada, ni bueno ni malo, ni tan siquiera para el gasto de la familia. Y cuente V. que lo mismo ha pasao con el trigo y con el maíz y con la oliva… Lo que dice la gente: vendrá día en que no se pagarán los jornales. ¿Pa qué jornales? Pa lo que la tierra da de sí…

Hablando de esta suerte habían cruzado dos ó tres callejas del pueblo hasta llegar á la del invitador, que no era de mejor aspecto que todas las demás que fué viendo nuestro viajero. El zaguán estaba oscuro como boca de lobo, y á tientas y como Dios le dio á entender subió al primer piso por una escalera que merecía ser secreta por lo gastada y resbaladiza y llena de temibles hoyos. El invitador llamó á su mujer, y salió ésta al poco rato trayendo una humilde candileja que dejó sobre la mesa. La sala, el mueblaje, las paredes con enormes desconchaduras y el piso de ladrillo, donde se veían reproducidas las caprichosas desigualdades de la escalera, así como los demás objetos en que reparó nuestro joven, presentaban la misma apariencia de miseria que la gente que empezó á rodearle; pues hay que advertir que en cuanto se sentó á la mesa amanecieron por diversos puntos una anciana que le dio las noches con expresivo afecto, una muchacha de doce años que le saludó con timidez, y dos chiquitines sucios y desgreñados que se le plantaron delante rascándose la cabeza y sin quitarle ojo de encima.

Trajo, por fin, la mujer el chocolate y un azucarillo que el invitado no se atrevió á desleír en el vaso de agua porque hubo de observar en aquél ciertos puntos negros que decían bastante acerca de su excesivo trato y familiaridad con los múscidos. Aunque con alguna repugnancia, tomó el chocolate, que no era de lo peor; apuró el vaso de agua y echó sobre la mesa una monedilla de dos reales. No pecaba él de tacaño; pero tal era el estado de su ánimo y la excitación de sus nervios por las molestias pasadas y la pesadez del cernedeño y la curiosidad de los grandes y chicos de la casa, que sin hablar palabra recogió el real que le devolvieron y lo sepultó en el bolsillo. Despachado el refrigerio, se dirigió al coche, acompañado del antedicho cernedeño, que le despidió al parecer muy agradecido,

deseándole que le probaran perfectamente las aguas de Calzadilla.

Ya estaba enganchado el tiro cuando llegó para ocupar su asiento, y detrás de él subieron dos guardias civiles que solían ir en el coche siempre que no resultaba completo el número de viajeros. Entre los del interior y los de la berlina sumaban cinco, por lo cual pudo disfrutar de una comodidad y anchura con las que no contaba seguramente.

Verdad es que el movimiento del vehículo dejaba mucho que desear; pero una vez resignado, conforme fué avanzando la noche, empezó á pensar en el incidente del chocolate y en lo medianamente que había quedado no regalándoles ni cinco céntimos de propina. Reconstruyó en su imaginación el aspecto de la sala, las fisonomías y vestimentas de las mujeres, el miserable pelaje de los chicos que le miraban con estupefacción de hambrientos, y no pudo menos de afearse aquel mal proceder. ¿Le dolía despilfarrar veinte reales cuando se presentaba la ocasión? ¿Se sentía tocado de la avaricia? ¿Habíase vuelto tacaño y duro de corazón? Pues entonces… Satisfactoriamente no se explicaba nuestro viajero cómo pudo dar aquella grandísima prueba de lo que no era. Mortificado por estos recuerdos, habló muy poco durante las tres horas de viaje que se consumieron en arribar al establecimiento balneario de Calzadilla.

Les esperaban en la explanada el propietario, el médico director y algunos bañistas de los más curiosos, que rodearon al coche mientras bajaban los mozos mundos y baúles y salían dificultosamente los nuevos compañeros. Por lo poco que pudo observar nuestro joven en el comedor, en los pasillos y en el cuarto, comprendió que también por allí debía escasear el buen gusto, la comodidad y el dinero. Aquella noche, á causa de lo medianamente que había cenado ó de su reciente preocupación, cogió muy tarde el sueño y tuvo una horrible pesadilla. Levantóse de mal humor por la mañana, y, reflexionando sobre lo ocurrido la anterior noche, aun se le puso peor. Hasta que no miró el reloj no comprendió que aquel malestar inexplicable, inspirador de tan negros pensamientos, se debía á haberse levantado dos horas antes de lo de costumbre. Le había tocado el peor cuarto, quizás, del establecimiento: en el piso principal, sobre el ancho corralón donde las gallináceas aves, madrugadoras de por sí, ensayaban sus voces en toda la amplia sucesión diatónica de las siete notas. Y, naturalmente, con tal vecindad se disipaba como por ensalmo hasta el sueño del justo, el mejor de los sueños según dicen. Sus compañeros de coche habían tenido mejor suerte, porque confesaron motu propio haber dormido

como unos reverendos después de sabrosa y suculenta refacción. Entraba, pues, con mal pie en el establecimiento. Y ¿á qué atribuirlo? Comenzaron de nuevo sus cavilaciones, y hasta llegó á sospecharse si influiría en ello su comportamiento con el pobre hombre de Cerneda. De un triste chocolate y de unas rajas de pan ¿qué podía quedarle como ganancia? Allí su ganancia se reducía á la propina. Le había quitado la propina: luego lo dejó sin la debida recompensa, ó, en otros términos, sin el pan del día. Reflexionando sobre la mayor ó menor gravedad de esta falta, entró luego en la marcha general de los bañistas después de la visita obligada al médico director y de dejar su nombre: Valentín Ortigosa.

Continúa: La propina (conclusión)

JMMatheu2JOSÉ Mª. MATHEU.

Publicado originalmente en

La Ilustración Ibérica

Barcelona, 7 de septiembre de 1889.

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