SOLEDAD.

gitana

SOLEDAD

I

Era de Granada y se llamaba Soledad.

Los viajeros que visitaban la Alhambra, veíanla vagar por el cerro ó la alameda, corriendo unas veces tras las mariposas ó tendida perezosamente otras, á la sombra de frondoso plátano. Soledad, nunca se alejaba del morisco alcázar; una inconsciente admiración la atraía hacia aquellos legendarios sitios. Allí pasaba sus días y sus noches; cuando el sol declinaba, buscaba un refugio que la amparara en su sueño y abríanse sus ojos, al saludar los pájaros con sus gorjeos, la nueva aurora.

Estaba sola en el mundo; sólita anduvo durante su infancia; desconocía todo linaje de afecciones, y amaba tiernamente cuanto sus ojos contemplaban; aquella mísera criatura era feliz en medio de su soledad.

Una mañana despertó embargada por desconocido malestar. El día era espléndido y hermoso: la naturaleza exuberante de vida mostraba los cármenes esmaltados por los brillantes y abigarrados tonos de multitud de flores que con su perfume saturaban el ambiente; los pájaros lanzaban al aire bulliciosos cantos, la hora era dulcísima y altamente poética y, sin embargo, Soledad se sintió insensible á tantos encantos: indolentemente reclinada al pie de un árbol, apoyado en el suelo su brazo derecho y su rostro sobre su mano, contemplaba indiferente aquel cuadro de luz y de colores, de vida y alegría que se ofrecía á su vista. Por vez primera en su vida sintióse acometida por vaga é indefinible tristeza: empezaba á comprender lo mísero de su suerte. Largo rato permaneció entregada á sus reflexiones, y el día entero hubiera pasado en ellas, si el alegre rumor de un grupo de jóvenes que subían por el cerro no hubiese distraído su atención. Soledad volvió hacia ellos sus ojos, sin abandonar su actitud.

Los touristes iban avanzando. Llevaban animada conversación y por las observaciones que hacían, echábase de ver que visitaban por vez primera aquella incomparable maravillosa joya árabe.

Al llegar cerca de Soledad, uno de los jóvenes se separó de sus compañeros dirigiéndose apresuradamente hacia la rapaza.

Esta hizo un brusco movimiento, mezcla de recelo y de sorpresa, disponiéndose á alejarse de aquellos sitios.

El desconocido la detuvo.

—Quédate así unos minutos más,—la dijo,—no huyas. ¿Te causo miedo?

Soledad obedeció, pero no contestó á la pregunta que acababan de dirigirle.

El viajero entre tanto sacó su álbum de impresiones y dibujó rápidamente el tipo de la vagabunda.

Cuando hubo terminado, exclamó:

—¡Magnífico, precioso, soberbio tipo! Tu retrato será lo mejor que llevaré de Granada.

Luego sacó de su bolsillo una moneda de oro que puso en manos de su modelo, diciéndola:

—Toma, niña.

Soledad le devolvió la moneda.

—¿Por qué la rehúsas?

—Creerían que la he robado,—contestó vagamente Soledad.

—Dásela á tu madre, y verás como te bendice.

—Yo no tengo madre.

—A tu padre entonces, ó á tu hermano; á quien mejor te parezca.

—Yo no tengo padre ni hermanos.

—¿Con quién vives entonces?

—Sola.

—¿Sola?

—Sí; donde me coge la noche, allí duermo; donde me amanece, por allí discurro.

—Pero tú, ¿de qué vives?

—De lo que me dan.

—¿Cuántos años tienes?

—¿Cuántos años tengo? — repitió Soledad como si acabara de oír algo incomprensible.

—¿Tampoco sabes como te llamas?

—Soledad.

—¿Y á ti quién te ha dicho que te llamabas Soledad?

—Yo.

El desconocido besó con emoción la frente de aquella original criatura y con cariñosa solicitud le preguntó

—¿Quieres venirte conmigo?

—¿Dónde?

—A Barcelona.

—¿Está muy lejos?

—Un poco.

—¿Podría venir aquí todos los días?

El viajero besó de nuevo la frente de Soledad.

Esta miró á su interlocutor con ojos de indecible melancolía; nadie le había mostrado interés igual, nadie había besado su frente; jamás habían penetrado en sus oídos frases pronunciadas con tan ingenua bondad.

Soledad quiso decir algo que expresara la gratitud que sentía, pero tal era su emoción que sólo acertó decir:

—¡Qué bueno es V., señorito!

—Si te resuelves,—prosiguió su interlocutor, —disponte á seguirme dentro de breves días, pues yo pienso partir para mi tierra la próxima semana á más tardar.

—¿Y allí, qué haría yo?

—Deber mío fuera velar por tu suerte.

De nuevo calló Soledad y al cabo de breve pausa, repitió:

—¡Qué bueno es V., señorito!

Efectivamente, tan hábil artista como cumplido caballero era el desconocido que así hablaba á Soledad. Pertenecía á esa brillante pléyade de pintores catalanes que con tanta gloria siguen las huellas del inolvidable Fortuny; amaba el arte como necesario á su vida, con exuberante entusiasmo, pero más que él arte amaba aún su análisis. De continuo viajaba, sintiendo especial predilección por los monumentos orientales. Largo tiempo permaneció en Constantinopla, por mas que para Pablo (tal era su nombre), la esencia del arte oriental se encerrara en aquella prodigiosa Alhambra. Allí está reasumida toda la historia de la arquitectura árabe; allí se encuentra el centro de sus artísticos idealismos; por eso visitaba con suma frecuencia la ciudad de Boabdil, por eso con fuerza tan poderosa le dominaba cuanto mostraba un rasgo, una simple línea de su estudio favorito.

Pablo vio en Soledad un dechado de la más pura belleza oriental y al punto sintióse avasallado por los encantos de aquella desconocida vagabunda, que de buena gana hubiera trasladado á su regio estudio de Barcelona, ofreciéndola cuanto la niña hubiese ambicionado; pero por más que al principio convino ésta en acompañar á su bienhechor, faltóle resolución para hacerlo el día acordado para la partida.

Pablo salió solo para la ciudad condal, acompañándole en su memoria el recuerdo de su pequeña modelo.

jardinesdeljeneralife

II

Cuando al cabo de algunos años volvía Pablo á Granada, lo primero que divisó al cruzar la alameda que precede al famoso alcázar, fué Soledad.

La impresión que esta vez sintió á su vista fué bien distinta de la que le agitó la vez primera.

Sintió entonces irresistible simpatía; causábale ahora alguna repulsión; la que un día fué su modelo, ofrecíase á sus ojos como á una belleza indiscutible, pero era una belleza cubierta de harapos, mostrando en sus movimientos la más refinada indolencia, presentando el tipo perfecto de la vagabunda.

¿Qué haría por allí Soledad? ¿Continuaría vagando por aquellos sitios y viviendo de limosna?

¿Cómo no había habido quien la amparara, quien le ofreciera un medio honrado con que procurarse la subsistencia? Así discurría nuestro pintor, cuando Soledad le salió al encuentro interrumpiendo sus reflexiones.

La alegría que demostró á la vista de Pablo, desarmó á éste de la aversión que empezaba á sentir por ella, y de nuevo viva simpatía despertó en su corazón.

—Pero dime,—dijo á Soledad cuando ésta le hubo dicho mil palabras cariñosas,—¿qué te haces por aquí?

Soledad inclinó su frente y contestó con acento muy apagado:

—No hago nada.

—Menos no puedes hacer. Tú has crecido mucho, Soledad, pero en cambio tus sayas se han acortado lo necesario para que en vez de lástima inspires sentimiento menos caritativo á los que te ven. ¿Por qué no trabajas? ¿Por qué no te ocupas en algo? Una joven de tu edad no debe estar ociosa, no debe confiar su subsistencia á lo que le den, sino á lo que honradamente sepa ganar.

—No sé trabajar, no sé hacer nada; á mí nadie me ha enseñado un medio que me saque de mi lastimosa situación. ¡Qué quiere V., señorito! Las únicas palabras de ternura que han llegado á mis oídos, fueron las que V. me dirigió la vez primera que le vi. Sentí no haberle acompañado donde me indicó. Todos los días venía al cerro, esperando á V. como se espera al ser que nos hace un bien, pero V. no llegaba y de nuevo me consideré sola en el mundo. Ahora le veo á V. y V. me ha reñido; yo no me tengo la culpa de mi triste situación; he observado con imponderable vergüenza que se acortaban mis sayas á medida que yo crecía, pero si usted supiese! de seda me las ofrecieron un día, pero era tan alto el precio que no las pude aceptar.

Pablo dirigió una mirada llena de dulzura á Soledad. Esta secaba dos gruesas lágrimas que su confesión acababa de arrancarle.

Al cabo de breve pausa, el artista tomó cariñosamente la mano de la joven.

—Qué sentiste no ir conmigo á Barcelona me has dicho, ¿no es eso?—le preguntó.

—Sí,—contestó Soledad.

—¿Quieres venirte ahora?

—¿Allí, qué haré?

—¿Quieres venirte, te pregunto?

—Si.

—Partiremos dentro ocho días.

Y así fué. No sintió el Rey Chico tanta pena al abandonar el palacio de sus mayores, como la que embargó á Soledad al alejarse de unos sitios donde había pasado sus míseros días.

III

En un cuartito arreglado con decorosa modestia, viven unidas por la más cordial amistad, dos jóvenes de singular hermosura: una de ellas es Soledad, la otra es su amiga Petrilla, en cuya compañía vive desde que Pablo la trajo á Barcelona; sentadas en cómodas mecedoras y contemplando los jardines que á través de los cristales de su balcón divisaban, sostenían las dos amigas animado diálogo:

—Ha dos meses que estás en Barcelona y todavía no se te ha ocurrido en que puedes ocuparte,—decía Petrilla.

—No se me ocurre nada,—contestaba Soledad.

—Bien que tú poco tienes que preocuparte, ya que el maestro no quiere que carezcas de nada.

—Es muy bueno.

—¡Ya lo creo! ¿Pero, por qué no tomas una resolución definitiva? ¿Qué trabajo te costaría hacer lo que yo?

—¡Yo modelo!—repuso Soledad ruborizándose.

—¿Tiene eso acaso algo de malo?

—Me da rubor.

—¿Pero qué idea tú tienes de mi oficio? El estudio del maestro es un sagrado; allí no se permiten ni palabras, ni gestos, ni miradas que ofendan en lo más mínimo. ¡Bueno es don Pablo para permitir que sus discípulos se propasaran en lo más mínimo! Además, hay modelos de muchas clases; nos decía el maestro un día que una duquesa de Ferrara sirvió de modelo al Ticiano, para su más famosa y desnuda obra: eso sí la duquesa se puso una máscara… que el pintor le quitó luego.

—Será cierto cuanto me dices, pero yo no he nacido para eso.

—Pues tú para qué has nacido, ¿para princesa?—dijo desdeñosamente Petrilla, abandonando su asiento.

—No,—repuso tristemente Soledad.—Yo he nacido para ser siempre una infeliz.

Había tanta amargura en las palabras de Soledad, que Petrilla que estaba delante de un espejo, poniéndose la mantilla, volvióse á su amiga diciéndola:

—No te aflijas, querida, que nada nos ha de faltar porque tú desoigas mis buenos consejos; ¡que quieres! yo te lo decía porque me parece más decoroso que percibas un salario á cambio de tu trabajo, que no que lo debas á la bondad del maestro.

Besó luego á Soledad, y con semblante risueño y alegre, salió de la casa dirigiéndose al estudio de Pablo.

Soledad quedó muy preocupada; Petrilla tenía razón: no era digno seguir abusando por más tiempo de la generosidad de su bienhechor.

Entregóse á las más tristes reflexiones, y se sintió anonadada por profunda pena; parecióle que dentro de su cuarto le faltaba aire; su cabeza ardía y sus mejillas estaban encendidas por vivo carmín. Salió á la calle. ¿Qué idea cruzó por su frente? Sólo ella lo sabía, porque echó á andar con paso muy resuelto; bajó por la Rambla en toda su extensión; al llegar á la Puerta de la Paz dirigióse al muelle de Barcelona, y de allí á la escollera del Este. En uno de aquellos muros que avanzan en el mar, se sentó Soledad.

La tarde caía; el sol declinaba en su ocaso; el mar estaba tranquilo; infinidad de embarcaciones le daban la hermosa perspectiva de fantástico bosque que destacaba entre los vagos reflejos del crepúsculo; en el antepuerto se distinguían las fragatas de guerra, semejantes á inmensos ataúdes enclavados en gigantesco cristal. Soledad contemplaba indiferente aquel cuadro que tanta vaguedad respiraba; parecía dominada por avasalladora idea. Tan sólo la estremecía el frío contacto de las gotas de agua que besaban su frente cuando las olas chocaban contra la escollera.

Entró la noche y sintió frío; miró en torno y tuvo miedo á la oscuridad que la rodeaba; miró el mar que se agitaba á su vista y cerró los ojos; buscaba la muerte, sin saber lo que la muerte era. ¡Qué mucho que al comprender que era soledad y frío y oscuridad, huyese horrorizada de aquellos sitios!

¡Y con cuánto anhelo volvió á su casa y cómo se reprochaba á sí misma su injustificado retraimiento! —Seré razonable, se decía,— y, ¿por qué no he de hacer yo lo que hace Petrilla y lo que hacen otras excelentes jóvenes? Cuando vio á Petrilla la abrazó, manifestándola su resolución. Su amiga la colmó de caricias y la animó para que aquella misma noche la acompañara al estudio del maestro.

Como la resolución era muy reciente, era muy viva, Soledad no se hizo rogar. Ambas se dirigieron al estudio del maestro.

Pablo recibió á la joven con las más señaladas muestras de afecto; ella sentía una ansiedad febril desconocida que le prestaba invencible resolución.

Con Petrilla se retiró al gabinete dispuesto para las modelos y allí hizo cuanto su amiga le indicó… Luego entró en el estudio: allí ocupó suntuosa otomana cubierta de peluche marrón y bordados de oro. Pablo, entusiasmado en su obra, no se fijaba en la rigidez de su modelo. Cuando hubo terminado dijo:

—Puedes retirarte.

Soledad no contestó.

Petrilla corrió hacia ella y lanzó un grito desgarrador.

Luego abrazó delirante á su amiga, que no contestaba á sus cariñosas protestas.

—¡Muerta, muerta! — balbuceó anegada en llanto.

Pablo besó profundamente conmovido la helada frente de su modelo.

—¡Pobre Soledad!—exclamó.—¡No has servido para modelo de un artista, pero un artista te citará siempre como modelo de pudor!

ANTONIA OPISSO.

Publicado originalmente en

La Ilustración Ibérica

Barcelona 18 de abril de 1885

 

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