LA ROSA NEGRA

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LA ROSA NEGRA

En Alemania apenas hay una leyenda donde el diablo no juegue el papel de protagonista. Y cuenta que ese país es el de las tradiciones.

En algunas se le ve representar la comedia con los pobres montañeses; en otras se eleva á la categoría épica con los habitantes de los antiguos castillos.

El diablo está en todas partes.

Hay quien le ve en la espuma de la cerveza, en las ruecas de las hilanderas, en el borrón de tinta, y, sobre todo, en la niebla que corona por la mañana los picos de las montañas, y desciende por sus flancos para cegar los ojos de los viajeros.

La niebla es el auxiliar de los precipicios.

Tiene la misión de distraer á las gentes haciéndolas olvidar su camino, y conduciéndolas como por la mano al borde de los abismos. Pues bien, allí está el diablo.

Oculta su diadema de fuego tras la niebla, y por la noche fulgura con su resplandor opaco y fosforescente.

Si bien es cierto que Satanás juega muy malas partidas á la especie humana, no lo es menos que es uno de los personajes más calumniados en todas las épocas y en todos los países; lo cual demuestra la malignidad de los hombres, que en punto á mentir, pueden apostárselas con él, dándole quince y falta.

Esto es lo que me propongo demostrar en el transcurso de mi relato.

Porque hablando con verdad, y haciendo antes mi profesión de cristiano viejo, no creo que el diablo tenga una participación tan directa en ciertos actos de nuestra vida por más que él sea capaz de todo.

*    *

*

Dick abundaba en estas mismas opiniones.

¡Ah! ¿Quién era Dick? me diréis.

Un buen muchacho, tan bueno como pobre, y tan pobre como desdichado.

Dick llevaba la desgracia á la espalda, como ciertos jorobados su joroba. Siendo pequeño, se había caído de un castaño y dislocádose un tobillo, por lo cual tenía algo del diablo cojuelo. Y siendo adulto se había enamorado de Federica, una muchacha tan rubia como un haz de espigas ya secas, tan lozana como las rosas que crecían en un rinconcito de su huerto, y tan alegre como las antífonas que entonaba el sacristán de la aldea, en la fiesta de la Natividad de la Virgen.

Para otro cualquiera no hubiese sido una desgracia enamorarse de tan linda chica, pero tratándose de Dick, ya era otra cosa.

Federica tenía una posición desahogada, y el bueno de Dick no podía ofrecerle más dote que una buena voluntad, y las venticuatro horas del día.

Una joven enamorada puede contentarse con esto, lo cual es algo difícil; pero las jóvenes acostumbran á tener padres, y no hay ninguno que no haya soñado para su hija casadera un emperador por marido. El padre de Federica no picaba tan alto; soñaba con un conde como límite de sus aspiraciones, pero no hubiera desdeñado un rico plebeyo, con tal de que poseyese alguna fortuna.

Esto pasaba en una aldea próxima á la Selva Negra, donde el padre de Federica tenía una posada que gozaba de gran crédito en aquella localidad.

Dick pasaba por allí todos los días hasta dos docenas de veces. Cuando veía á Federica asomada á su ventana, se quitaba la gorra hasta los pies, pronunciando un «Dios os guarde, señorita», que salía de lo íntimo de su corazón. Una mañana dijo Federica á su padre:

—¿Sabéis que Dick es un muchacho muy bien educado?

Pasó un mes, y cuando comenzaba el siguiente, Federica añadió á las anteriores frases, la siguiente:

—¡Y no es feo!

A los cuarenta y cinco días, la muchacha hizo esta nueva adición:

—Dick haría la felicidad de la joven que le diese su mano.

A los dos meses completos, las viejas de la aldea, murmuraban:

—Dick frecuenta mucho la calle donde vive Federica.

—Dick está muy descolorido, y la hija del posadero enrojece cuando la

saluda.

—Dick come poco y suspira mucho.

—Dick habla solo y mira á las estrellas, como si las pidiese alguna cosa.

Por último:

—Dick y Federica se aman.

*   *

*

Está probado hasta la saciedad, que no hay una cosa en el mundo tan impertinente como una vieja. Aquellas habladurías llegaron á oídos del posadero, quien cogiendo una estaca de acebuche, se colocó en la puerta de la posada á la hora en que Dick tenía costumbre de pasar por la calle; lo que no tardó en hacer el pobre mozo.

—Buenos días, Dick,—le dijo el posadero.

—Dios le guarde, señor Francisco.

—¿No sabes lo que sucede, Dick?

—No; pero vos me lo diréis… así lo espero.

—Sucede que mi hija está enamorada de tí…

Dick exhaló un suspiro de satisfacción, con tal fuerza que hubiera impulsado un molino de viento.

El señor Francisco prosiguió:

—La pobre Federica te tiene muy buena voluntad; pero como tú no posees ni un krentzer, yo no te la daré nunca por esposa.

Nuevo suspiro de Dick, tan fuerte como el primero, pero más triste que una lamentación.

—Tú eres un muchacho de juicio, y no darás lugar… ¿Ves que hermosa estaca de acebuche? Pues mira; para romperse, no espera más sino que tú vuelvas á pasar por esta calle.

Dick no esperó ni una palabra más; dobló la esquina, y desde aquel día Federica no volvió á verle debajo de su ventana. Los padres en general y los posaderos en particular, tienen unos medios muy expeditos para librarse de moscones.

*   *

*

Una de las veces que el diablo suele hacer sus excursiones por Alemania, es en junio, la víspera de San Juan. ¿Por qué? Lo ignoro: aunque lo probable es que en esa época del año, y en ciertas latitudes, estén las almas en sazón para ser trasladadas á sus dominios.

Si en aquella noche os extraviáis en algún sendero, es fácil que os encontréis alguna viejecita que os ofrezca una linda rueca de marfil, ó una copa primorosamente tallada llena de agua de los manantiales que brotan en la Selva Negra. También abundan los buhoneros, que brindan á las aldeanas preciosos dejes para adornar su cuello y sus orejas, y los peregrinos que os entregan un libro de oraciones, que no entenderéis, porque suelen ser conjuros, en el latín gótico de las leyendas.

Desconfiad de todos aquellos presentes. Cuando los exhiban á vuestras miradas apartad los ojos y murmurad un exorcismo, y empuñad la cruz de vuestro rosario, si le lleváis.

Porque aquellas viejas y aquellos buhoneros y aquellos peregrinos, no son otra cosa más que encarnaciones de Lucifer, según la opinión más generalizada de personas prácticas en apariciones.

Se cuentan cosas que aterran. Un viajero caminaba fatigado por la sed; al subir un repecho de la montaña vio que una linda joven le brindaba un vaso de agua fresca y cristalina.

El sediento cayó en la tentación y bebió. A la mañana siguiente se encontraron su cadáver carbonizado.

Los espíritus incrédulos echaron de ver que el viajero había caído en la boca de un horno de carbón.

Hay gentes que de todo sacan partido. Pues bien, Dick sabía todas estas cosas, y en la noche del veintitrés de junio de no sé que año, tomó el camino de la Selva Negra.

Dicen que en su interior iba haciendo el siguiente monólogo:

—Yo no quiero que la vara de acebuche del señor Francisco se rompa en mis costillas… al mismo tiempo no puedo pasar sin ver á Federica. Si el posadero no fuera su padre buen cuidado me daría á mí de sus estacas, á Dios gracias, no soy cobarde, pero es preciso respetar á ese hombre. ¡Dios mío! ¿Por qué los posaderos tendrán tan exageradas aspiraciones? Hoy estamos á veintitrés de junio, víspera de San Juan, dicen que el diablo suele aparecerse á los aldeanos y les concede todo lo que le piden á cambio de su alma, ¡es un cambio bien terrible por cierto!, si yo le pidiera la mano de Federica… esa muchacha bien vale el alma de un cristiano.

¡Ah! Si yo pudiera disponer del alma de su padre, con que gusto se la entregaría á Satanás. Pero todo eso no son más que hablillas de la gente, refieren muchos casos; pero yo no he presenciado ninguno, sería curioso que…

*   *

*

Dick tuvo que interrumpir su monólogo por un suceso extraño y original. Sin saber cómo ni por dónde se encontró con que su mano derecha oprimía un objeto que le punzaba.

Salió á un claro iluminado por la luna, y á su luz vio que aquel objeto era un hermoso rosal, cubierto de hojas y flores, que descansaba, ó por mejor decir, que prendía las raíces en una bola de tierra fresca y húmeda, como si hiciera pocas horas que le hubieran regado.

Aquellas flores, de la forma de los rosales comunes, eran negras. A Dick se le figuró ver que despedían sangrientos reflejos.

¿Quién había colocado en su mano aquel rosal?

Nadie. ¡Ah, esto no era posible! Sin embargo, Dick estaba persuadido de que á su vista no se había presentado ninguna humana forma, que su oído no había percibido el más ligero rumor; porque la noche era tranquila, serena, una noche sin brisa. Dick en aquel momento se acordó del diablo; arrojó el rosal lejos de sí y apretó á correr. Pero de repente se detuvo y volvió sobre sus pasos. Aquel rosal le atraía… le asió con mano trémula, y marchó hacia la aldea.

Al día siguiente todos iban á su casa á contemplar aquella especie de nueva de rosas negras desconocidas á Line y á todos los más célebres naturalistas.

Pero ¿y qué? ¿Adelantaban alguna cosa los amores de Dick y de Federica?

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 

No pasaron muchos días cuando el señor Francisco mantenía con Dick el siguiente diálogo, delante del extraordinario rosal.

—¡Ah! Mi buen Dick… ¡Cuánto tiempo hace que no tenía el gusto de verte!

—Qué queréis, señor Francisco; os respeto y me estimo demasiado para entablar conocimiento con vuestras estacas de acebuche.

—¡Ah! pero… ¿no lo sabías? He renunciado á las estacas.

—¿De veras?

—Sí. Creo que no son buenas más que para verlas chisporrotear en el fuego durante las veladas del invierno. Federica es de la misma opinión. ¿Hace mucho tiempo que no ves á mi hija? Aunque pálida, está hermosa como las santas que rodean el trono del buen Dios, según dice el señor cura: ¿sabes que ya está en edad de casarse?

—Señor Francisco, hay conversaciones que…

—Volvamos á las estacas: al renunciar á ellas me he decidido por los rosales. ¿Dime, muchacho, sigues amando á mi hija?

Dick creyó que el posadero se estaba burlando y montando en cólera y con el ademán de un rey ofendido por un noble, le señaló la puerta de su huerto, diciéndole con voz ronca:

—¡Salid!

Pero el padre de Federica en lugar de marcharse, se sentó sobre una piedra.

—¿Quieres que hagamos un trato?—le dijo como si nada hubiera advertido.—Tú me entregas ese rosal á cambio de la mano de Federica.

Dick retrocedió asustado. En su opinión el Sr. Francisco ya no se burlaba de él; estaba loco.

El posadero repitió su proposición hasta tres veces.

—¿Pero, habláis de veras?—preguntó Dick en el colmo del asombro.

—Pronuncia una palabra y es tuya la mano de mi hija.

Dick la pronunció efectivamente: el cambio se hizo, y el rosal pasó á manos del posadero el mismo día en que se verificó la boda de los muchachos.

*   *

*

Al poco tiempo el señor Francisco traspasó la posada é hizo un viaje á Inglaterra. Cuando regresó á Alemania era poseedor de una fortuna de tres millones de libras esterlinas.

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Los ingleses tienen ideas originales. En el testamento de mister Brake, rico propietario de la City, no había más que esta cláusula:

«Siendo un hecho probado que en el reino vegetal lo mismo que en el animal, existen toda clase de colores conocidos, dejo mi fortuna, consistente en tres millones de libras esterlinas, al que presente á mis testamentarios una rosa negra, la cual será depositada en mi sepulcro. Si pasan diez años sin que se realice el deseo de toda mi vida, dicha suma será distribuida entre todos los jardineros de Londres. Esta mi disposición testamentaria será reproducida en todos los periódicos de Europa y América para su mayor publicidad.—Guillermo Brake.

Cuando murió el señor Francisco aquella fortuna inmensa, pasó, como era natural, á poder de su hija y su yerno. Este debió su felicidad al rosal encontrado en la Selva Negra.

Deducción: todos los posaderos deben entregarse á la lectura de los periódicos ingleses, mientras existan las excentricidades de los hijos de la Gran Bretaña.

Eduardo de Lustonó

Publicado originalmente en

Iris

Barcelona 22 de diciembre de 1900.

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